domingo, 31 de octubre de 2021

 

EL SANTIAGO DE CARREÑO

Angel Carreño, el tradicionista cusqueño, remontó siglos con ojos ávidos leyendo en viejos archivos un documento testigo del suntuoso Corpus Christi de 1702. Le conocí siendo una estudiante primariosa, levita y camisa con las fatigas del tiempo, lentes empañados de bruma, barbilla con cuatro pelos y esternón huidizo. Su aspecto desmañado ocultaba al investigador acucioso, comprometido con su tierra natal. Entre sus datos innumerables que parecen extraídos del borde de los confesonarios de las iglesias o capturados de los cuentos indiscretos de las cuentoq’epe* hay algunos resaltantes de la vida de la ciudad que son valiosos como los del Corpus Christi. .  

*Cuentoq’epe. Chismosas.


En sus ‘Tradiciones de la Cibdad del Ccoscco’ se lee que la efigie del Santiago mataindios era una joya, por ser toda de plata, al tamaño natural. Tanto como para imaginar que descendió de un cielo argentado, cosa  que solo podía darse en el  Qosqo en sus años de apogeo, cabeceando el siglo. Sobre los derroches en homenaje al santo patrono Bernales Ballesteros encontró en el Archivo de Indias una mención extraordinaria. En su recorrido por la plaza los devotos le cambiaban hasta tres veces de caballo, cada cual mejor acabado, con monturas y arreos de oro y plata.

A Carreño le atrajo más la espléndida asistencia de los Caballeros de la Orden de Santiago con sus damas de galano traje de fiesta. Los detalles se  desprenden de su libro.

‘Los hombres con jubón atrencillado, zamarreta de terciopelo, con mangas acuchilladas y almidonadas, gorguera de encaje, calzón a media pierna, medias blancas de seda, zapatos de rostro bajo con hebilla de oro y espolín. Las pelucas rizadas y empolvadas de blanco. Al hombro capetilla con broches de oro y cadenilla rematada en higas, borlas de oro colgantes. En la mano el tricornio negro galoneado con franja de oro.’

‘Las mujeres con justillos, gorgueras y chorreras de encaje en las mangas; cruz de oro con cadeneta y el cabello recogido arriba por peineta de plata, con adornos de oro y brillantes. Falda de seda y arabescos bordados con sartas de perlas. Anillos de oro con piedras preciosas, los ‘chupetes’ de brillantes; y sobre los hombros el clásico mantón de Manila.’

Siguiéndoles desfilaba el Alférez de Indios llevando el guión asignado, acompañado por sus veinticuatro cabildantes, dos por panaka, vestidos de acuerdo a su rango. A continuación marchaban las autoridades y comunidades religiosas, el Alcalde de Segundo Voto al frente de sus soldados y finalmente la gran masa del pueblo, yendo por delante los devotos con sus hermosas ceras adornadas con relucientes cintillos.   

Alfonsina Barrionuevo

martes, 26 de octubre de 2021

 

HABLANDO CON LOS APUS

En el  2000 salió la primera edición de mi libro ‘Hablando con lo Apus’ y la última unos años más tarde. Tuve algunos reparos en publicar mis sesiones con 'los papitos y las mamitas’ como les llaman en el Qosqo a estas entidades de energía del mundo andino. Antes, ni yo hubiera creído que los cerros y la madre tierra hablaran con nosotros, los seres humanos. Me dijeron que curaban y no les di crédito. Hasta que  las circunstancias  determinaron mi encuentro con ellas. No fui por una curación pero un día respondí a una invitación y no conocía nadie. Después me enteré que no daban entrevistas y cuando murió su maestro de convocación las sesiones se acabaron. No pienso publicar otra edición de ‘Hablando con los Apus’ sin embargo me han reclamado tanto por el libro que algo haré. Estoy terminando un ensayo sobre la procesión del Corpus Christi y los diálogos con ellos reaparecerán en una segunda parte. Pienso que será a mediados del próximo año.

Ojalá sea posible. La financiación es un desafío en estos tiempos de pandemia.  

En seguida una nota de introducción a uno de los apus, Soqllakasa de Saywite que protege los campos de anís, entresacada del libro. Llegué el día de su cumpleaños. Le hicieron una fiesta y me regaló un cuye delicadamente horneado. Lo sentí bailar con la pachamama de Calca Lares. Ambos lo disfrutaron:  

A veces soy muy indecisa para viajar, pero me llama Regina, que tiene urgencia de consultar con los Apus y las Pachamamas, y sin pensarlo dos veces estoy en el avión, con destino al Qosqo. En la víspera llamé a Amésquita por teléfono para avisarle de nuestra ida.

--Viene usted a buena hora –me contestó--. Mañana es el cumpleaños del señor Soqllakasa.

--Qué cosa, ¿los ángeles cumplen años?

--Sí, como nosotros y habrá una gran fiesta. Procure llegar antes de las doce del día.

--Estaremos a las siete de la mañana –le dije al despedirme.

Esa fue la intención, pero una densa neblina no permitió que nuestro avión, el primero de ese día, pudiera despegar a hasta las diez de la mañana. Amésquita había ido dos veces al hostal “El Peregrino”, donde nos alojaríamos. Me encontró cuando bajaba del auto que nos condujo del aeropuerto.

--¡Vámonos, ya casi no hay tiempo! --urgió.

--Pero, recién estoy llegando…

--No hay tiempo, vamos.

Pregunté a Regina si quería ir. Había viajado con cierta aprensión sobre los efectos de la altura y prefirió quedarse porque al comienzo suele sufrir el soroche. Le dejé mi maletín y me fui.

Llegamos cuando estaba por terminar el último turno. Había unas quince personas que entraron, cerrándose luego la puerta…..

Alfonsina Barrionuevo

martes, 19 de octubre de 2021

 LOS FUNDADORES

Hay varias versiones sobre la fundación del Qosqo. Van algunas entresacadas de mi libro de los Khipus.

En otra historia los hermanos Ayar se sumieron por caminos subterráneos que ocultaron su larga caminata para salir después en Paqareqtanpu, ‘la posada del amanecer’. No se nombra pero ellos difundieron la cultura de la kihura, kinoa o kinua. La palabra de Ayar se origina de ayara, el nombre de una kinua deliciosa, pequeña, que se cultiva en Ayaviri, comentan varios autores.

El relato del encuentro de los Inkas con el Sol tuvo un propósito, aclarar por qué los Inkas se llamaban Hijos del Sol y serían señores. En el caso de los Ayar fue un proceso desde el momento en que debieron abandonar la meseta qolla. Los hermanos solo secundaron a Manko, el principal. El resto, Ayar Kachi atemorizando a los pueblos al convertir los cerros en llanos haciendo alardes de fuerza, Ayar Uchu trepando a la waka que lo sujetó primero y luego lo petrificó para darle sacralidad, y Ayar Auka absorbiendo la fuerza telúrica del valle,  complementaron  el recorrido del primero para la fundación del Qosqo. Pachakuti Inka Yupanki lo tuvo como antepasado y fue a Paqareqtanpu para ubicar la ventana de Tanpu t’oqo de donde salió aquel con sus hermanos y sus mujeres,  designando al cerro como waka. Lo mismo hizo con Wanakauri vinculado con su estrategia para ingresar en un momento prudente al valle.


Juan de Betanzos, soldado rudo, se dio el gusto en la descripción de sus atuendos porque parecían de fábula. ‘Ellos y sus mujeres vestidos con indumentarias relucientes, chuspas, chunpis y mantas entretejidas con hilos de oro; así sus armas, hondas, alabardas y  sus utensilios y hasta los cacharros de cocina.’ La comitiva procuró rodearse de una aura mágica para obtener alianzas con los pueblos del paso y lograr en muchos casos que los siguieran, dejando sus tierras. En el antiguo Perú el brillo y belleza de dos metales, el oro y la plata, causó admiración en los régulos que los consideraron de uso exclusivo para los señores y los templos.  

En el valle del Morkill Ayar Manko apareció majestuosamente, con música y acompañamiento. Asistieron con estupor a la ceremonia de posesión unas treinta familias lideradas por Alkawisa, el señor que se atrevió a amar con su gente la tierra huraña.  

El Inka Garcilaso mencionó a los Ayar sin dar el nombre de su informante, citándolo solo como ‘un tío materno’, quizá Kusi Walpa o Walpa Thupa, que solían hablarle en sus niñeces con melancolía de los tiempos idos. Cualquiera le contó la portentosa historia de un personaje con mucho poder que apareció en el Tiawanaku, a mediodía de distancia del Qosqo, y repartió el mundo entre cuatro hombres o reyes. El  primero Manko, quien recibió el lado del septentrión; el segundo Qolla, que tuvo la parte meridional; el tercero Tokay, a quien le tocó el del levante; y el cuarto Pinawa, al que le dio la región del poniente. No se sabe con qué tenían que ver, tal vez con los cuatro suyus.

LOS ÑAUPAMACHU

Las versiones que siguen son poco nombradas. En 1945 salió de las sombras una prehumanidad, los ñaupa machu. La gente del pueblo q’ero, ubicado en la región anti, le contaron  al antropólogo Oscar Núñez del Prado que en un tiempo sin edad la tierra estuvo en tinieblas, débilmente iluminada por la luna. En ella evolucionaban los ñaupa, hombres gigantescos que derribaban y aplanaban montañas para entretenerse. Ruwal, el espíritu hacedor, que accedió asombrado a sus ritos les manifestó su deseo de aumentar su poder. Ellos, orgullosos, rechazaron su propuesta porque creían que les bastaba con su fuerza. Cuando llegaba la noche el descanso curvaba su espalda y en cuclillas, la cabeza reposando sobre sus brazos, la tierra renovaba su vigor. Frente a su desdén Ruwal hizo surgir una gran estrella, el sol, que los obnubiló, deshidrató sus músculos potentes y los secó. Los que pudieron huir se ocultaron en el fondo de unas cuevas, condenados a no salir, huyendo de la luz.


El Hacedor dejó en el olvido a estos primeros seres humanos, los ñaupa machu, solo hombres, y creó a Inkari y Qollari, una pareja, para poblar el Ande q’ero, entre la puna y la yunga. Ambos debían dirigirse hacia el lugar elegido con tres varas, para lanzarlas con fuerte impulso. La primera cayó en la espesura y se perdió. La segunda se clavó en una ladera donde Inkari fundó un pueblo, Q’ero, en el cual pensó quedarse. Ruwal le ordenó que continuara su camino y como insistió que aquel sería su hogar, porque le nació cariño, se enojó permitiendo que salieran los ñaupa machu sobrevivientes. Ellos removieron unas rocas enormes y amenazaron con arrojarlas para destruirlo. Inkari y Qollari marcharon entonces a su destino y llegaron a una colina. La tercera vara hendió los aires y fue a  clavarse en el centro de un valle tempestuoso donde habría que civilizar a los elementos cósmicos y telúricos. Al terminar su periodo volvieron a Q’ero y después de algunos años se internaron en la selva. Solo sus descendientes, los hijos de la luz, saben qué pasó. 

    Su historia floreció en Paukartanpu, en cuyas punas viven aislados los q’eros. Sus comunidades que ocupan tres niveles: el brumoso y frío de Q’ero, el más templado de Chuwa chuwa y el tibio de Pushkero, conservan increíbles prácticas medicinales, como devolver el ánima a quien ha perdido el deseo de vivir. Para el efecto lo meten desnudo dolo en la cavidad todavía palpitante de una llama, después de quitarle las vísceras, para que absorba su fuerza a través de los poros. Vieja tradición que se torna maga en las manos demiurgas de las mujeres lloqe; en el armado de la más pequeña y la más fuerte de las ofrendas en el nido diminuto de un picaflor; o en costumbres ancestrales como ‘el pedido de la paloma’ a través del diálogo poético de los pater familias cuando hablan de sus hijos.  

MAMA LLOQLLA

En Chinchero, tierra de K’uichi, el arco iris, donde este arquero andino suele cuadruplicar sus disparos, encontré otra versión conservada celosamente en las comunidades por venir de sus abuelos. Sucedió, dijeron, en épocas muy antiguas, con la tierra envuelta en cendales de niebla, sin color aún. Nadie la esperaba en una tarde feroz de vientos encontrados y cielo macilento, cuando llegó con paso cansino una joven mujer que reveló un nombre terrígeno, Mama Lloklla, ia ‘madre aluvión’.

Al notar que esperaba un hijo por su rostro dulce y su vientre abultado sus  habitantes le dieron la bienvenida con cariño. El niño sería de todos y no debía preocuparse por su futuro. Mucho después las mujeres asistieron a su natividad, advirtiendo con sorpresa que en la frente del recién nacido destellaba una pequeña luz, un sol brillante que fue aumentando de tamaño a medida que crecía. Cuando llegó a la mayoría de edad iluminaba el pueblo y lo que es más determinó un cambio en los campos que mostraron por primera vez jubileos de colores. En ellos K’uichi, el arco iris inauguró su presencia estrenando sus dones. 

Al percibir una fuente de luz en Chinchero gente de comarcas lejanas que vivían en la sombra le buscaron. Sus ruegos conmovieron a Malko, el hijo de Mama Lloklla, a quien pidieron que los alumbrase también. Para eso tendría que subir al cielo y dijo que lo haría después de casarse.   

Andando el tiempo se enamoró de Pitusilla, una linda doncella que conoció su destino. La pareja tenía que buscar un valle escondido para fundar una ciudad que se llamaría Qosqo. Las autoridades del pueblo prepararon la ceremonia y celebraron su desposorio. Ya podría fundar la ciudad y se pusieron en camino. El joven que se llamó inicialmente Malko cambió su nombre a Manko Qhapaq, señor todopoderoso. Al cabo cumplió el anhelo de los señores comarcanos, ascendió al infinito y cada día envolvió a la tierra amorosamente dándole luz y calor con sus rayos. Pitusilla tenía que esperar su regreso y como tardaba en volver lloró formando con sus  lágrimas el nevado Willka Weq’e.

Alfonsina Barrionuevo

lunes, 11 de octubre de 2021

 

Qosqo en Cáliz de Roca

En 1911 el geólogo Herbert Gregory y el osteólogo George F. Eaton encontraron asombrados unos restos fósiles de inesperadas criaturas cuando exploraban los cerros del Qosqo. Ambos pertenecían a la Expedición Científica de la Universidad de Yale y la National Geographic Society. Al hallazgo prehistórico se sumó un descubrimiento que los conmocionó. La ciudad del Qosqo, que tenían a la vista, ocupaba el lecho de un inmenso lago glacial desaparecido en una época remota al que dieron el nombre de Morkill.


Los fragmentos óseos que hallaron en sus exploraciones pertenecían a un mastodonte, parecido al mamut, predecesor del elefante actual, realmente colosal si se considera que tenía la dimensión de un edificio de tres pisos; y de un gliptodonte, igualmente gigantesco, lejanísimo pariente de nuestro armadillo o kirkincho, cuya caparazón se convierte en caja de resonancia musical del charango o chillador en muchos poblados.

Más tarde salieron al descubierto en localidades cercanas nuevos vestigios de una megafauna. Abuelísimos megaterios parecidos a los perezosos; más gliptodontes  recubiertos de gruesas placas exagonales como acorazados; paleollamas de enormes lampos de fibra; agresivos felinos de colmillos mortales y antiquísimos caballos que acabaron yéndose a galopar a la Patagonia. Los cambios climáticos y quién sabe la pérdida del lago influyeron en la extinción de estos descomunales animales. En 1946 el biólogo cusqueño Carlos Kalafatovich encontró fósiles de algas y caracoles ampliando su impresionante panorama.

La idea de reproducir el lago Morkill gráficamente, para que se aprecie cómo habría sido en una época auroral, permite hacer una regresión para explicar la existencia del Qosqo desde que el fuego magmático resquebrajó la megamasa que nos tocó y empujó los Andes hacia arriba arrugándolos. Voy pasando los dedos sobre sus relieves y siento la transmisión de una energía estremecedora. En cada orqo o cresta de la cordillera pareciera que duermen bajo toneladas de tierra, arcilla y arena mastodontes, gliptodontes y megaterios que poblaron sus orillas en la eras terciaria y cuaternaria.     


Ellos formaron una corona de vida que impregnó el ambiente del gigantesco cáliz de roca donde se albergaron los Hermanos Ayar y su gente. Su rispidez fue un desafío al que respondieron sin dar
un paso atrás, intuyendo que podrían transformar el erial con la fuerza de sus sueños. Si algo conquistó su espíritu debió ser la sensación de seguridad que se desprendía de los cerros circundantes y la presencia grata del agua susurrando promesas al deshacer sus melenas en húmedas caricias. El lecho pantanoso no los  arredró. Era una labor que tendría que hacerse en el futuro. En ese tiempo los khipukamayuq ya estaban trabajando con sus khipus.

Del libro ‘QUÉ DICEN LOS KHIPUS’

Alfonsina Barrionuevo

viernes, 1 de octubre de 2021

QUÉ DICEN LOS KHIPUS INKAS

Esta nota que va a continuación debió ser el principio de mi último libro. Sin embargo, al investigar qué sucedió en el Qosqo cuando llegaron los españoles cambié de parecer. Lo que hicieron fue terrible. Ya lo verán en un próximo blog.

Este libro es el inicio de un sueño, entrar en el iluminado corazón del Qosqo para recorrer caminos escondidos en busca de su verdadera historia. Al revisar las crónicas del siglo XVI  y XVII me fui dando cuenta cómo deseaban los españoles proyectar una imagen equivocada de la capital del mundo andino. Un propósito que no es el mío porque yo quiero que no se vea a los señores Inkas como terceros, a los que se examina de lejos con una lupa invertida, sino reunidos conmigo bajo la misma fronda. En esa circunstancia me ha sido dado descubrir, en la interlínea de los mismos manuscritos, a unos sabios maestros, los khipukamayuq. Nadie mejor que ellos para develar incógnitas y sacarlas a la luz. No he hecho más que seguirles y en los ‘ñudos’* de sus cordeles surgen las respuestas a preguntas que se quedaron flotando en el infinito, me parece por una eternidad.


Afortunadamente vienen del ayer con su mensaje al presente derribando miles de barreras. Veamos cómo habrían registrado la preparación geológica del escenario  donde se desarrolló el Qosqo, si lo hubieran avizorado desde una estrella.

Habrían tomado el colmillo de un mastodonte para el ramal principal, tejiendo el pelo erizado de los megaterios o perezosos gigantes como cuerdas, conchas gigantes para los ñudos donde brillaran las turquesas del cielo con engarces diamantinos de hielo. Antecesores prehistóricos de Guaman Poma que relata detalladamente/brillantemente la acción del khipukamayuq mayor Kuntur Chawa que usó el pelo grueso de los ciervos viejos como husos y los granos de kihura o kinoa, para informar al Inka el número de los habitantes que había en el Tawantinsuyu con su edad, oficio y ubicación; a base de reportes que le entregaron los suyuyuq wayaqpuma, cabeza de regiones.

En los khipus geológicos hubiera quedado registrado el momento en que los Andes se arrancaron con estruendo del planeta hace millones de años, como si quisieran incrustarse en el espacio. En el lugar que ocuparía un día el Qosqo apareció entonces una inmensa y profunda cavidad. Los gigantescos deshielos y las afloraciones subterráneas la rellenaron formándose un lago glacial. Sucedió a inicios del Pleistoceno en la Era del Cuaternario, en un tiempo sin fin de soles cazadores y lunas pescadoras. En el área donde pacían criaturas prehistóricas descomunales transitando entre auroras inocentes y crepúsculos sombríos.

Alfonsina Barrionuevo

jueves, 9 de septiembre de 2021

 

EL MILAGRO DE LA TUNA

Hace un tiempo busqué en los mercados de Huamanga alguien que vendiera tunas. Las había visto prendidas a las enormes orejotas de la planta y pensé que sería absurdo estar en su tierra y no saborearlas. Ni allí ni en los pueblos cercanos pude encontrarlas. En la víspera del vuelo de regreso le pregunté a mi último entrevistado donde se vendían aquellos jugosos frutos. Me dijo sonriendo que no tenían valor porque nadie las cultivaba, eran silvestres. Se fue y regresó con una bolsa con las apetecidas tunas y me apenó no poder comerlas todas. Se debía a que no tenían valor comercial. Ahora que pueden estar en la mesa va la investigación hecha sobre su historia.

Helada, con el frío de altura en sus entrañas, la tuna puede calmar la sed más ardiente. Si pudiera soñar en los veranos pensaría en una siesta glacial en la refrigeradora, preparándose para mitigar los calores. Muy conocida de punta a punta en las Américas, desde Canadá hasta el Estrecho de Magallanes, tiene en el Perú el encanto de un Niño divino que apareció en un tunal espantando a la sequía.

La tuna, cualesquiera su color, verde o blanca, roja o morada, amarilla o anaranjada, se hace amar por su entrega total. Su envoltura con espinas amedrenta a los depredadores, pero ella, que se recuesta en un lecho de seda y terciopelo, es tierna y dulce.

He visto la historia del nopal mexicano, casi semejante. Ambas cactáceas detentan un pasado prehispánico y son Opuntia ficus indica Linneaus y Miller porque así, esta planta de orejotas verdes fue descrita científicamente en 1753 por Carlos Linneo y atribuida al género Opuntia por Philip Miller en 1768.

En su testa ovalada se albergan un mismo bicho, la cochinilla, “Dactyloplus coccus Costa”. Pero, allá es casi un árbol, un poco flaco y de hojas alargadas. Aquí es menos alta y más gruesa. En México el fruto ostenta veintitrés nominativos. Se llama higo chimbo, choya y tasajillo, entre otros.  En el Perú el patronímico es tuna simplemente. La distancia las separa y establece las diferencias.

Los antiguos peruanos la descubrieron en su habitat principal, entre mar y cielos azules, en los valles interandinos, sobre suelos arenosos, calcáreos, pedregosos y tierra poco fértil, tomándola como un alimento al alcance de su mano. El ecologista Antonio Brack Egg calculaba que fue consumida hace más de 2,000 años.

Ellos no tardaron en darse cuenta de la propiedad que tenía un vecino cariñoso de la tuna, la cochinilla, que se recubre con una especie de gasa blanquecina. La apretaron y se mancharon las manos de carmín. Su tinte rico en color ha sido hallado en  textiles tiawanaku, chimu, naska, parakas, chankay, wari e inka.

Unos trescientos años atrás los tintes alemanes llegaron a nuestros Andes cruzando dos océanos. Ahora y gracias al  “coccus” le toca al milenario tinte hacer el viaje a la inversa. El Perú es primer productor en el mundo de carmín y cubre una demanda que llega al 90%.

En los febreros, meses con paraguas, Ayacucho, que se gloria de grandes tunales, celebra el Festival de la Tuna y la Cochinilla. La tuna al natural es agradable. Como fruta, cortada en rodajas, da un toque de alegría a las ensaladas de verduras o de frutas. También en mermeladas, jaleas, yugurt, néctares, alcoholes y vinos.

En la farmaceútica se diversifica para la preparación de champúes, cremas, jabones, lociones, mascarillas y cosméticos que brillan en las mejillas y en las sonrisas.

La goma de la penca con barro y paja sirve para el tarrajeo de las viviendas de adobe y como floculante y clarificante para las aguas turbias. Las raíces forman una malla para detener la erosión. Sus tallos sirven al ganado como forraje en las sequías y sus cenizas son fertilizantes.

En el Virreinato acrecentó su valor un infante celestial que apareció, según los relatos, en Huanta para jugar con los niños. Blasito, su nuevo compañerito, les enseñó a respetar a los pájaros y a los sapos que eran blanco de su puntería. 

Un día caluroso los encontró cabizbajos, sin ánimo. Preguntó el motivo de su desazón y le contaron que el sol se había llevado a la lluvia y abrasaba los sembríos. El año sería malo y no tendrían qué comer.

Su amigo entendió el problema y les dijo que volvería  en unos días, que buscaran sus hondas. Cuando regresó y le preguntaron a quién dispararía respondió sonriente que sería al cielo. Las piedras iban a ser tres en nombre del Espíritu Santo.

Ellos pensaron que el sol había enloquecido a Blasito. Pero, la primera piedra abrió una huella en la bóveda celeste, la segunda logró que una nube asomara por el boquete, la tercera permitió que saliera. Ella engordó como un globo y dejó caer a la lluvia. Otras salieron por el mismo forado y la sequía se acabó.

Su amigo dijo que no volvería, que lo buscaran en la Panpa de San Agustín, en Huamanga. Al acabar la cosecha fueron con sus padres y se  acongojaron cuando vieron que era un sitio solitario de tunales. Lo buscaron de todas maneras y lo hallaron en medio de una floración increíble como ceras encendidas, convertido en un Niño Dios de pasta. En el lugar se edificó una iglesia. La imagen lleva una honda y tres pedruzcos de plata recordando el milagro.

Nuestra tuna lleva en sus carnes la fuerza extraída de los Andes. Su base son minerales esenciales, potasio, selenio, fósforo, cobre y zinc, que la nutren. Los estudiosos destacan su contenido de proteínas, carbohidratos, calcio y vitaminas antioxidantes que pueden ayudar a controlar la fiebre, la diabetes, el colesterol malo, el exceso de triglicéridos, las ulceras estomacales, los problemas del hígado irritado y constituir un soporte del organismo frente el cáncer. 

Desde hace algunos años la tuna sale de su ostracismo para dar batalla entre los alimentos peruanos. Su corazón es de oro.

Alfonsina Barrionuevo

martes, 7 de septiembre de 2021

 

EL PINCEL DE PUMAKALLU 


La Virgen de Belén  fue una de las primeras imágenes que fue venerada en el Qosqo. Regalo regio del emperador Carlos V conquistó el cariño de sus habitantes. El obispo Manuel de Mollinedo y Angulo, impresionado por su historia y sus milagros mandó hacer una pintura detallándolos a Basilio Santa Cruz Pumakallu. El lienzo que está en la Basílica Catedral equivale a un libro abierto. Nuestra Señora figura en primer plano y a su alrededor se encuentran las escenas semejantes a las páginas sueltas. Ya meciéndose en una caja misteriosa en el mar del Callao; ya paseada en una espantosa sequía para permitir la bendición de la lluvia para que baje sobre los campos resecos; ya salvada por Selenque,  un joven disoluto,  cuando estuvo por caer en un puente del río Saphi; ya arrojándose  a los pies de su divino Hijo, el Justo Juez, rogando por el alma de su salvador  a punto de ser arrastrado al infierno.

En cada Corpus Christi las vivanderas del mercado de San Pedro preguntan  con suma preocupación a sus cargadores por el peso de sus andas. Si estaban livianas el año sería bueno y habría abundancia en sus puestos. Si las sentían pesadas mal presagio de pesares futuros. Si en su rostro veían sus mejilla arreboladas como rosas se avecinaban buenos tiempos. Si perdía color de pura  tristeza el pronóstico encogía sus  corazones.  


Si les iba bien en sus negocios le regalaban joyas que lucía en la procesión, agujetas de diamantes para sus cabellos, collares de perlas de fino oriente, pecheras deslumbrantes de plata con piedras preciosas, brazaletes de oro y anillos, además de rosetas y florones para su manto.

 Los maestros plateros creaban exquisitos modelos de pendientes  con derroche de oro, plata, perlas finas y piedras preciosas. Sus devotas las copiaban con afán luciéndolas en la entrada y salida de las efigies a la plaza. Los famosos choclos de perlas que reproducían en miniatura los granos de maíz, los candados de aros con engranaje de perlas, las caravanas semejando lámparas que colgaban sobre sus hombros, los pavos de oro de  plumajes rutilantes, los fabulosos chupetes de esmeraldas o rubíes y los  resplandecientes quintos de oro con el rostro del rey. 

Alfonsina Barrionuevo