domingo, 18 de octubre de 2020

 

ESTRELLAS EN LOS SURCOS

Esta es la segunda parte del blog que salió en un domingo anterior. Lleva anotaciones recogidas en Tupe.

Mil disculpas por el retraso.

Alfonsina Barrionuevo


 

‘Aquella es la ch’isin ch’aska, -estrella primera, bella como ninguna.- A medianoche sale la Qoyllur,  -estrella de las princesas -,  la lluthu, que se oculta de rato en rato es la estrella perdiz. Por allá van las Hatun Calvario o Qolqa, que forman la gran Cruz del cielo. Washington Acurio  dice que son diez estrellas más o menos, aunque varía su número según el lugar. Si la cabeza es más luminosa indica un adelanto de lluvias y se siembra en setiembre y octubre, si la cabeza es opaca y el resto luminoso hay que esperar hasta noviembre. Si son brillantes las del pie aguardar hasta diciembre porque las lluvias serán tardías. El hanp’atu o estrella sapo salta sobre nuestras cabezas cuando atardece. La llamañawi camina con los rebaños y al amanecer prende su luz la ch’aska paqareq,  estrella matutina.’

La luna tiene también influencia en los campos. Los tubérculos que crecen bajo tierra se deben sembrar en cuarto menguante o luna nueva. Lo que la tierra produce encima en luna creciente o luna llena.

El viento, wayra, es un viejo de pómulos hinchados y desgreñada cabeza que trota desnudo por los campos, haciendo volar los techos de las casas, derribando árboles y girando sobre sí mismo, como un trompo de trecho en trecho porque es  loco. Hay un aire mujer de formas transparentes que se aroma con las esencias del día y un aire varón que hace sonar su cuerpo como una castañuela a la orilla de los ríos. El mankap’aki es un viento niño que hace sus ollitas en las playas de arena de los ríos. A quien los pisa los encanta y les hace caer.

En Ampay y Makay Dios pertenece también a la leyenda. La lluvia es una doncella que nace en el corazón helado del Ausanqati y el Salqantay, cumbres nevadas, pero se queda en el cielo cuando San Pedro le cierra las puertas. Los hombres hacen entonces que griten los niños a Dios golpeando unas latas vacías de leche, porque Él ya está sordo y sólo les escucha a ellos. ‘¿Por qué hacen tanta bulla? ¿Qué quieren los inocentes?’, pregunta mortificado. “Quieren que salga  la lluvia”, contesta gruñendo el bienaventurado pescador de Galilea. “Pues, que baje”, ordena el Señor. 

La lluvia tiene trajes diferentes según los meses del año. La Chiripa phuyu, se envuelve en un chal blanco que parece hecho con una nube de granizo; la rit’ipara es, menudita, con copos de nube; chirapa, que lo lleva entretejido con rayos de sol y  enferma; mistimanch’achiy, ¡que sólo asusta a los blancos!”

El arco iris es un ser maléfico que enreda en sus siete brazos de colores a hombres y animales, y los mata. Nace en el vientre de las nubes negras, en la niebla de los pantanos, en el ojo de los puqyus. El Inti cometa encierra al sol en sus anillos y abre las puertas del cielo con llave de oro para que salga la lluvia. El usa k’uichi, que es azul, se bebe en cambio toda el agua y seca el cielo.                                                                                                

Así los hombres de Ampay y Makay se mezclan con los personajes del tiempo y del espacio y conviven con ellos, recibiendo su ayuda o soportando sus extravíos. “Hay un granizo, el hatun chiqchi que es malvado porque roba los sembríos y otro, el mikhuy chiqchi que es como una hermanito pequeño y bondadoso que lleva en su corazón un grano de tierra que sirve de abono. El rayo o qhaqa es la espada de oro del patrón Santiago que rasga los cielos cuando está enojado. La nevada es el aliento tibio de la tierra que se convierte en rocío de nieve entre las manos del tiempo.

Para Abdón Yaranga, investigador peruano de la Sorbona, París, Mama Killa, la luna se identifica con la mujer, señala su periodo de fertilidad, marca los hitos de los meses y está asociada con las Pléyades. Por eso se relaciona con Saramama; el maíz; con Papamama, la papa y Kokamama, la koka. Ellas son sustento de la humanidad,  alimento de los seres vivientes, mitigadoras del cansancio y generadoras de su fuerza vital.

Choqe Chinchay , representado por un felino de dos cabezas, anuncia o determina la ciclicidad de Pacha, el tiempo-espacio. Mama Yaku o madre agua, origina los ciclos históricos. Inicia y regresa al fin del ciclo. Es germinativa. En el ritual del agua nueva, cuando se limpian las acequias, el agua es un ser bisexuado y acumula las energías de la creación. Es semen viril, residencia de la vida, vigor, eternidad y también esperma, concepción.

En Tupe, un pequeño pueblo de Lima, a unos kilómetros del mar, en Cañete, se habla una lengua muy antigua, el kauke o Jakaru, originaria del pukina que se hablaba en el altiplano del sur, en Puno. La gente del lugar, donde antes se llegaba a pie desde Pakaraos (¿), observa el cielo con minuciosidad cuando la noche es clara, limpia, entre mayo y octubre, y se llena de estrellas.

Al Sol que se ve de día le llaman Pat sá. A la Luna, Man tsá, y conocen sus cuatro fases. La reconocen como Pá-se, cuando está apareciendo o naciendo; il’a, cuando es luna nueva; pà-se-kiwa, cuando cambia a cuarto menguante. Wa-xára es el nombre de las estrellas. Cada grupo o constelación tiene su nombre, escribe Alejandro Matos Avalos. Káx-ra, la escalera; usukia, la perdiz; Mayu el río de estrellas, la Vía Láctea.

domingo, 11 de octubre de 2020

 

EL JUANE BÍBLICO                                                                                        

Polvo de polvo. El viento hace volar en el desierto el polvo de Herodes Antipas, tetrarca de Judea. Polvo hollado o sin hollar que siempre es polvo y nada más. Por una paradoja su víctima, Juan el Bautista, llegó a nuestra época por una máquina de tiempo,  ‘la fe’, y nos mira con su piel de oveja desde un altar lleno de velas y flores. El culto al santo que bautizó a Jesús en el Jordán arranca en el Perú entre los siglos XVI y XVII para contribuir a la extirpación de la gran fiesta inka del Inti Raymi. 

Su historia es muy antigua. El tetrarca simpatizaba con ‘la voz que clamaba en el desierto anunciando la llegada del Mesías’, pero una noche, su hijastra Salomé bailó para él. ‘Te daré lo que quieras’, le había dicho entusiasmado sin saber lo que ofrecía. Ella, a instancias de su madre, que lo amaba y se sentía despechada por su rechazo le pidió insólitamente la cabeza de Juan en una bandeja.

Herodes, que lo apreciaba, no logró que cambiara de opinión y tuvo que entregarla en la fuente. Curiosamente, mientras él, su esposa y Salomé son polvo de polvo, en América y específicamente en el Perú y Colombia, la cabeza de Juan renace una y otra vez como un fruto en sus mesas. El juane o fane de esas provincias amazónicas reproduce su forma en un potaje tradicional.


No se sabe cómo ocurrió este singular tipo de sincretismo. San Juan Bautista entró redivivo a la Nueva Castilla por obra de los doctrineros. Sin embargo, la separación de su cabeza por el capricho de una niña y el odio de una mujer se plasmó en Maynas, Amazonas y San Martín en un potaje ahora ya clásico, el fane o juane popular, al alcance de los bolsillos y el exquisito nina juane de lujo.

Ambos son una especie de bollo que se parece a una cabeza. Mucho arroz y pollo sobre todo en el primero que es una especie de bollo de arroz con carne de pollo. El nina juane, “juan de fuego” con yemas de huevo, carne de paiche y yuka rallada, envuelto en hojas de bijao, que recuerda al santo varón y a Judea.

En la víspera nocturna de su día que figura en el calendario gregoriano se encienden fogatas o shungas y parejas de jóvenes saltan sobre ellas sufriendo a veces una lamida del fuego, según me contó el arquitecto Raúl Morey Menacho. En el filo de la madrugada, siempre en su homenaje, hay quienes se bañan en los ríos o en las qochas, “pequeñas lagunas”, para limpiar su alma. En ese momento se considera que sus aguas están más limpias, más claras, benditas como si hubiera entrado a ellas el Cristo para recibir el sacramento del bautizo.

Al día siguiente se lleva a cabo una fiesta campestre en los alrededores de las ciudades, en los caseríos cercanos o en las chacras. Se trata de una yunsa que en otras partes del país se llama cortamonte o tumbamonte que consiste en plantar un árbol muy adornado con cadenetas, banderines, quitasueños y hasta espejitos, colmado de regalos y una prenda de gran valor para quien logre cortarlo.

En la tarde, al son de un conjunto típico o bombo baile, conformado por bombo, tambor y qena, y a veces saxo y clarinete para darle más alegría o de un conjunto tropical, las parejas salen para tomar parte en las pandillas bailando el changanakuy, especie de cuadrilla selvática, alternando con la pícara y movida danza del sitarakuy, en la cual los bailarines imitan la picadura de la hormiga que lleva tal nombre con los pellizcos que intercambian.

Entre pandilla y pandilla los varones prueban su fuerza y habilidad con el hacha que va pasando de mano hasta que cae la umsha o sea el árbol. Quien lo logra está obligado a poner el árbol con todo su adorno el año que viene. La umsha es propia de la fiesta de San Juan pero también se acostumbra llevarla a cabo en los carnavales y en algunas festividades para darle más lustre.

El plato típico de este día es el juane o fane que se prepara tanto en Loreto como en San Martín, Amazonas y Madre de Dios. Su relación con el Bautista es estrecha porque adopta la forma de su cabeza y se sirve en un plato evocando el trágico momento bíblico cuando por orden del tetrarca Herodes Antipas, fue llevada en una fuente para complacer un perverso capricho de Salomé, su joven hijastra y su madre.

Talma Hernández agrega que el almuerzo se completa con un buen caldo de gallina, plátanos maduros sancochados y ensalada de chonta.

Para beber hay una serie de bebidas exóticas desde el conocido masato que se prepara ahora sin tener que masticar la yuka, la chicha de jora y el guarapo, ventisho o jugo de caña fermentada, hasta el abejachado o colmenachado con miel de abeja, el indanachado con las fruta del indano,y  el uvachado o el licor de siete raíces.

Recuerdo haber saboreado una gratísima sopa en el Club Loreto con mi distinguida amiga Talma, la esposa de Arturo Hernández, el autor de ‘Selva Trágica’ y ‘Sangama’. Me contó que él no le habló un mes porque quería un  varón y nació una niña. Creyó que ella tenía culpa de su frustración. Cosas de cromosomas. ¡Qué tiempos aquellos!

Alfonsina Barrionuevo

domingo, 4 de octubre de 2020

ESTRELLAS EN LOS SURCOS

En las últimas décadas del novecientos el antropólogo Demetrio Roca Huallparimachi y sus alumnos de la Universidad Nacional del Qosqo recogieron aspectos de la vida de dos comunidades de la provincia de Calca, quienes practicaban las creencias traídas al Perú al lado de las suyas sin abandonar su territorio mágico.

Su lectura fue fascinante para mí porque a través del  informe de Juan de Dios Yábar, Marto Mansilla y César Cárdenas pude advertir el conocimiento que tenían sus pobladores del cosmos y la tierra.

La gente de Ampay y Makay, sabían descifrar los misterios del día y del campo nocturno. Hasta los niños podían marcar su paso en el pestañeo de una estrella, en el tamtam de los tambores de la lluvia o en la diafanidad de los puqyus o manantiales que reflejan las cóleras o júbilos del cielo.

Nadie conoce como ellos los mil rostros del tiempo que cabalga sobre los hombros encorvados del atardecer o se descalza para pasar por puentes de arco iris. Unas veces flor del aire o pájaro de la aurora o canción en la rama de un árbol que comienza a florecer.

¿Quién podría decir cuando nació? Pero, arranca de una eternidad en las cuencas vacías de los muertos antiquísimos o ‘gentiles’ y se proyecta a otra en el fondo de los ojos espectrales de los altumisayuq, sacerdotes andinos tocados por los rayos, que miran más allá de la vida y de la muerte.

Ampay es un pueblo diminuto que se recuesta en una quebrada, al pie de un cerro que parece una señora envuelta en un manto de flores. Sus raíces son  muy viejas. En un tiempo sin edad, cuando sólo alumbraba la luna, la tierra dio a luz, dicen sus habitantes, a unos seres de talla gigantesca, los ñaupa, que habitaban en cuevas. Un día salió el sol y se quemaron. Sus huesos se secan en las grietas de los cerros más sus espíritus, que nunca tendrán fin dialogan en las noches castigando a los osados que perturban su retiro.

Después vino otra humanidad, Son los hombres de hoy que viven al amparo de las montañas. Apu Qorivian, protector de los animales, que también se llama San Juan y San Mateo. Apu Intiwatana que juzga los actos de las gentes y las castiga. Apu Pukara Pantilliklla, señor de la flor del panti que cura a los enfermos que le llevan sus ofrendas. Apu Wakar, que ayuda a los hombres que sufren robos de su ganado acercándose a ellos bajo la forma de un pastorcito alegre y curioso.

En el mismo lugar, un poco más allá está Makay. Una trocha que parte de la carretera principal del Valle Sagrado de los Inkas es el cordón umbilical que une al pueblo con el resto del mundo. Makay que se acurruca a las orillas del Vilkanota, al abrigo de los mismos Apus, está habitado como su nombre lo indica por hombres arrogantes y bravos que viven hoy bajo el signo de la paz.

Su cielo es limpio y en las noches se baña de luz como si fuera un observatorio astronómico, por cuyos lentes pasan astros y constelaciones. Las estrellas ruedan sobre la chakitaqllas terrestres, por el tobogán de los techos y alumbran en la vida de los hombres que leen en el gran libro del infinito como lo hicieron sus antepasados, presintiendo la existencia de otros mundos galácticos y otros seres que ‘algún día vendrán a invadir la tierra aunque no sabemos si será como amigos o enemigos’.

Carnaval de Ampay en Qosqo

Hay conceptos que figuran en la memoria de los pueblos como Ampay y Makay y que merecerían estar en las páginas de los libros como esta definición del cielo llena de sugerente poesía.

‘El cielo es una bóveda de rocas redondas de cristal, que cubre la tierra como la sombrilla de una gran kallanpa (hongo), resplandece de día con el sol y de noche se borda de estrellas. El cielo o Hanaq Pacha es el primer mundo o tierra de arriba donde vive Dios, en un palacio de espejos con su legión de ángeles y santos’.

‘Hay una escalera de piedra, orientada a la salida del sol, que trepa desde abajo entre árboles frutales y enredaderas. Ismael Huamán, de 73 años, enfermó gravemente y subió por ella viendo a la Virgen que tejía con unos qaytos y ovillos de lana. Sin embargo  lo enviaron de regreso porque no había llegado su hora. Por allí van las almas después de dejar sus cuerpos en la tierra y tocan las puertas del cielo. Los elegidos entran. Los otros son condenados a vagar eternamente por las laderas de los cerros´

‘El Kay Pacha, la tierra en que vivimos, declaró Mariano Huaranca, patriarca de ojos acuosos, está suspendida sobre pilares de oro y plata encima de una gran laguna, la Marqocha o Juana Puyka, la madre del agua. Hay un tercer mundo, el Ukhu Pacha o Tierra de Abajo, poblada por las madres o los padres de los seres vivientes que hay arriba.’

Marcosa Manotupa pìensa que el sol es ‘un joven buen mozo, que nunca envejece. Taitanchis Wayna Qhapaq, Señor Todopoderoso’. ‘Los Apus le enviaron para alumbrar el mundo que sin él sería laqa, -oscuro, sin vida.- El destello fuerte de sus barbas y sus cabellos de oro impiden verle. A veces va a pie, a veces en un caballo blanco con herrajes de luces. Cuando termina el día reclina fatigado su frente en el seno de Mama Puyka y se refresca en sus aguas.’

La luna es una niña de plata que camina con su cántaro de agua. Eleuterio Chanpi, de Makay, que no sabe de cohetes espaciales ni astronautas, afirma que ‘es la Virgen que suelta sobre la tierra su cabellera argentada´’. Sebastián Huaranca, de Ampay, asegura que es ‘Erwa’, la primera mujer.

Antonio Cauri, panpamishayuq o sacerdote de Ampay habla de los eclipses como ‘enfermedades que aquejan a los astros por la mala conducta de los hombres. Las “barbas del sol se opacan y la luna se enfría encima de los cerros o se mancha de sangre, contagiando sus males a hombres y animales.’

Las estrellas son luciérnagas celestes, pinchinkurus, gusanos de luz que encienden el ‘farolito de sus vientres.’ ‘Desde la tierra parecen iguales pero son diferentes y sólo nosotros las conocemos,’ revela Santusa Wallpari. ‘Aquí los niños nacen de cara a las estrellas y cuando los viejos bajan a la tierra la visión de ellas es lo último que se llevan en sus ojos’.

 

Alfonsina Barrionuevo

domingo, 27 de septiembre de 2020


Un primer viaje a Ica pude apreciar un hermoso cerro blanco, de una forma pirámidal perfecta. Me dijeron que se llamaba el cerro de la Saraja. A su vera existió hace tiempo una laguna con el mismo nombre con pobladores sobrevivientes de una etnia muy antigua. El crecimiento de la ciudad e Ica desplazó a grupos que se instalaron en sus cercanías. Los originarios tuvieron que irse y la laguna se fue secando con el tiempo. A raíz de esta información es que surgió el cuento como una protesta por la forma con que tratamos a poblaciones vulnerables y a encantadores lugares que desaparecen con la invasión de otras. Me dijeron también que por ahí existió otra laguna, la Huega, que igualmente desapareció.

Alfonsina Barrionuevo

 

HISTORIA DE UNA SIRENITA

‘¡Hola! Soy Mati, la sirenita.

Los caballitos de mar me llevan de paseo. Vamos a los jardines de corales que hay en el norte.’

‘Son lindos porque parecen flores, hongos y juncos. Pero, en realidad, son parte de la fauna marina. Entre ellos nadan pececillos de colores. ¿Quién los pintó? ¡Mamaqocha, la madre mar!’

‘En verano llegan muchos visitantes, cuando el sol salta de su cama y recorre el espacio, hasta el atardecer, en que se acuesta con su pijama rojo.  Ellos aprovecharon para contemplar este hermoso dibujo que me gusta. Se parece al cactus San Pedro. ¡Debemos cuidarlo para que no se borre!

(La estudiosa María Reiche decía que el llamado ‘Candelabro’ podía ser la Constelación de las Adivinaciones, un conjunto de estrellas que tiene esa forma.) 


‘Las estrellas del cielo son mis amigas. Ellas bajan para jugar conmigo y se convierten en estrellas de mar. Hay noches en que forman figuras de nuestro mundo de acuerdo a los meses del año.

¿Imaginan un mono hecho con estrellas? ¿Un picaflor, un perro sin pelo, una araña, una pariwana o flamenco, un lagarto, una ballena y otros animales?’

‘-¿Se imaginan que los lobitos bebé tienen miedo al agua? ¡Increíble, pero cierto! Es que nacen en las islas. Yo les enseño a nadar. Al principio se resisten. Es gracioso, creen que se pueden ahogar. ¿Qué harían ustedes? ¡Claro que sí, un empujoncito y los agarro de una aleta. Así toman confianza y gozan de su primer chapuzón. Después me desafían a nadar y dejo que me ganen.’

‘Otro de mis amigos es Challwa, un  gran pez con aletas doradas. En su lomo voy a visitar a mi padre y a mi pueblo. Es el último de los antiguos señores parakas que fueron sabios. Los músicos copiaron en flautas de cerámica o de plumas los sonidos del viento, de las olas y el canto de las aves. Los tejedores adornaron sus mantos con bellísimos diseños. Los orfebres hicieron cintillos,  orejeras, y ¡hasta bigotes que colgaban de la nariz! ‘

‘Un día ocurrió algo terrible. Paraka, la madre de los vientos, se enojó y cubrió de arena la península. Mi pueblo se refugió en la laguna de la Saraja.- Allí están desde esos tiempos y aprendieron a vivir bajo el agua.


Cuando voy mi corazón cascabelea de alegría. Mi cola se convierte en piernas y puedo caminar.’

¿Un poco más allá está Ica, una villa que fundaron los españoles. En su campiña las señoritas uvas se dan la mano con los señores pallar. Al pasar el tiempo se convirtió en una gran ciudad. Un día aparecieron nuevas familias cerca de la Saraja, buscando un sitio para vivir. ¿Qué hacer cn ese problema?’

‘Me reuní con los lobos marinos de emergencia. Mi pueblo estaba en peligro. Antes, unos migrantes hicieron que se secara otra laguna, la Huega. Estos harían lo mismo con la Saraja, nuestro hogar. Los jóvenes buscaron el consejo de los más viejos que no podían moverse por el peso de sus cuerpos.’

‘¿Qué habrían hecho ustedes?. Al fin encontramos una solución. Tenían que irse y los jóvenes los trasladaron al lado iluminado de la luna que es tibio porque recibe los rayos del sol. Ellos hicieron muchos viajes. ¡Me sentí feliz al ponerlos a salvo pero triste porque están muy lejos! Aunque puedo viajar para verlos de vez en cuando.’

‘Me quedé en la bahía para proteger a mis amigos. Ayudo a los lobos y a los delfines a escapar de las redes de los pescadores, dejo en libertad a las tortugas que han sido capturadas, bajo de las canastas a los cangrejos cautivos y traslado a las conchitas de abanico para que puedan crecer sin miedo. Si quieren conocerme ¡Aquí estoy!’

*Han pasado los años. La laguna de la Saraja ya no existe. Solo queda la sirenita para contar su historia.

Alfonsina Barrionuevo

lunes, 21 de septiembre de 2020

 

¡LOS PÍCAROS PICARONES!                                                                      

¡Aquí están los pícaros calientitos!

Me llaman picaronera

porque vendo picarones

y no me llaman ratera

aunque robo corazones.

¡Redondos y tostaditos

en su miel bien bañaditos,

 van provocando los pillos

a vejetes y chiquillos!’

Coquetería reposteril, en pirámide, con un ojo risueño al centro, enamorador, rociado con miel de chancaca donde entran hojas de higo para darle sabor y aroma, el picarón nos traslada a épocas inolvidables, cuando las picaroneras lo preparaban en las esquinas de las calles limeñas. A veces precedidos por el anticucho solazándose en su salsa para hacer el contraste. Otros tiempos, otras costumbres, otro regalo para el paladar que llega hasta ahora.

Entre el buñuelo y el picarón hay un cierto parentesco que se remonta más allá de la choznería; agregando que el buñuelo hispano puede tener una abuela árabe. Llegó de la península y entró en Lima a la sartén en una mezcla casi angelical, liviana, aristocrática y donosa de huevo, harina, leche y polvo de hornear. El picarón, partiendo del mismo tronco genealógico de ingredientes principales, asumió distintas características para alegría de los comensales.

Un tono áureo que aumentaba en kilates con el zapallo príncipe y el camote con señorío de la tierra y dulzuras antioxidantes. Su sabor solía ser más insinuante, aunque no tuviera campanillas de nobleza importadas y por lo mismo fuera más popular. ¿Quién puede atreverse a  compararlos?. El buñuelo tenía la gracia de ser considerado  en los villancicos navideños como preferido del infante divino:

‘Niño Manuelito,

¿qué querís comer?’

 dizque le preguntaban los cantores y éste respondía:

 ‘Buñuelitos fritos

envueltos en miel.’

‘El buñuelo se prepara también en otras partes del Perú como Arequipa, donde antaño se vendía con miel de caña a ‘los bañistas, en la puerta de los pozos o piscinas de Tingo’, menciona Manuel J. Bustamante de la Fuente, sin que le cediera campo  el picarón, inflado como un salvavidas, que sale con su abertura al centro y redondo cual una rueda, como si las manos de la picaronera tuvieran un molde. Cada uno con su propia personalidad aunque ambos se envuelven en la misma miel; pero sin desconocer que si el primero no hubiera existido, el picarón tal vez no se hubiera inventado; y este es el lazo de inspiración que los une aunque lo demás los separe.

Es de presumir que no fue la limeña de salón, ‘de talle de avispa, que arrastraba miradas de los flecos de su manto, sabiendo que la miraban, boca de risa, hoyuelos en las mejillas, de manos mórbidas y con  pies de reina,  chiquitos y muy monos’, como describe Pablo Patrón, la creadora del alabado dulce.

‘La preocupación de la limeña que era un ángel, sea que luciera en los salones el agradable metal de su voz, que se le viera hacer con  primor toda clase de labores femeninas, que se la contemplara recogida en oración en el templo, ejercitando las obras de misericordia en los hospitales o alegre y engalanada con los arreos propios de su sexo en los paseos y en los teatros, que era muy dispuesta para la música y el baile, no fue muy aficionada a preparar ni siquiera dulces,’ según observa Max Radiguet.

Fue la morena que la engreía haciendo malabares en la cocina, ya familiarizada con las especies alimenticias nativas la que definitivamente introdujo en la mesa europea el camote prehispánico, oriundo de los tibios valles de la chala, la yunga y la qechwa, llamado allí kumara, acompañado por el zapallo. Cucurbitácea cuya presencia en la culinaria nativa tiene milenios.

La distancia depende del momento en que aparece el picarón con entusiasmo en el panorama de la repostería nacional. Las crónicas que he leído lo sitúan en el siglo diecinueve y quizá antes compartiendo tres épocas, el virreinato en vías de fenecer y viviendo rabiosamente sus últimos años porque entendían que se iban, la independencia y luego la república con herencia de dos mundos.

Que las morenas, inspiradas en el arte de la culinaria y la repostería, lo inventaran antes de su liberación o después no tiene importancia. Pero en el humanísimo decreto de don Ramón Castilla, dado en Huancayo, les permitió desarrollar su talento a otro nivel, porque fueron al principio las picaroneras más profesionales que tuvo Lima.

Ellas incorporaron al yantar citadino de la aldea grande, como la llama Sebastián Salazar Bondy, los apetitosos anticuchos, chunchulíes, mollejitas, pancitas y mondongos, servidos con choclos, yucas, papas o camotes, y los picarones como un postre al vuelo. Para ponerlos a punto se modeló el brasero de carbón con abanico de totora y el perol de manteca humeante llevando ya la miel hervida con clavos de olor, hojas de higo, cáscara seca de naranja y tapas de chancaca cajamarquina o piurana.

Javier Luna Elías aprendió el pregón de la picaronera de la tradicionista Rosa Mercedes Ayarza de Morales, que lo recogió de la calle para darle abrigo. Ella encargó al ‘Grupo Jueves’ ponerlo en circulación en sus reuniones culturales y así lo conservó en su memoria el arquitecto Luna Elías que lo concluye con una acotación ingeniosa también de las sabihondas, que tenían el placer de ofrecerlo en la fiesta y la procesión de la Virgen del Carmen en los Barrios Altos. .’...y si lo dejas un día/ y el picarón se enfría, un hervorcito le das y volverá su frescura. Tiene que estar borrachito, remojado en su propia ambrosía, para volver a renacer.

No podemos afirmar con seguridad que la famosa hojarasca que se come con gusto en la fiesta de la Virgen de Cocharcas, sobre todo en Orcotuna, Junín, sea una hermana andina del buñuelo. ¡Se le parece mucho! Pero, por qué dudar en el posible parentesco. Después de todo las fiestas religiosas fueron traídas de España y algo más tuvieron que aportar además de los rezos, las misas y los maitines en el interior, para alegría de los niños.

Alfonsina Barrionuevo

domingo, 13 de septiembre de 2020


PERUSKA CHAMBI

He leído solo el título de un artículo de la revista ‘Somos’ del diario ‘El Comercio’, acerca de Peruska Chambi y me motiva para escribir estas líneas. Al fin viajó a Coasa, la tierra de su famoso abuelo, don Martín Chambi. Allá, a orillas del cielo en Puno, aquel recibió el chispazo que iluminó su vida. Hace unos nueve años viajé con ella, heredera de su arte, a Machupiqchu para tener las fotos que ilustran mi libro: ‘Espacios Mágicos del Qosqo y Machupiqchu’. Fuimos casi en el mismo tren que llevó al ilustre fotógrafo a la maravilla, cuando apenas descubierta, virgen para el siglo, desperezándose de un sueño largo.  
Don Martín y su esposa doña Manuelita vivían un otoño de años cuando los conocí. Para entonces ya había jubilado su legendaria cámara de cajón con la que cubrió muchos caminos capturando fotos en placas de vidrio que almacenó como joyas de luz y sombra en un armario, hasta que fueron reveladas y difundidas dentro y fuera del Perú.
Cuando Peruska y yo llegamos a la estación de Aguas Calientes nos enteramos de que tendríamos una semana fatal. Los técnicos de Patallaqta, que fue poblado de Pachakuti Inka Yupanki, nos comentaron que los ‘brujos’ del Senamhi’ habían pronosticado que la lluvia estaría cayendo durante siete días. Contaba con la gentil ayuda de Machupiqchu Pueblo Hotel, de Inkaterra, pero no podíamos volver. Al santuario le llaman también ‘ciudad entre las nubes’, había  que lograr buenas fotos, no cabía otra cosa, haciendo honor a ese nominativo. No importaba que fueran a través de una cortina de agua. La serie estaría empapada pero sería igualmente selecta. Felizmente Peruska está hecha de paciencias y allí estábamos   para cazar los segundos de apertura que nos iba a dar el cielo cada día, contando con su benevolencia. Solo así ella encontró dos primicias, a Ñan, ‘el altar de los caminos’, un pasadizo de rocas puntiagudas abriéndose a las distancias, y el templo del viento trepando a Waynapiqchu, cuando yo no podía caminar por haberme fracturado el dedo meñique del pie derecho. Los turistas que coronaban la punta del pequeño cerro volvían defraudados porque desde arriba se gozaba solo de panorámicas del conjunto arqueológico. No advertían la presencia de unos muros donde el viento se acomodaba en leve brisa al amanecer y en las tardes golpeaba el espacio con su tormentoso chal, al soltarlo o envolverlo.
En las cercanías del templo de las tres ventanas hallamos la gran roca que hace yanantin, me parece con el cerro de Mandor, emparejando sus bordes como si estuviera contrapuestos, una suerte de cuestión visual que vio el destacado médico fotógrafo José Álvarez Blas.
En el llano el sol apareció por unos minutos para que Peruska tomara el altar o templo del cóndor de majestuosa gola, esperando sentado la orden de los Apus,  para levantar el vuelo, al consumarse un mágico ritual. Inmediatamente pasamos al monumento telúrico del trueno, proyectando al infinito su vozarrón petrificado. Otro templo del bosque de templos de Machupiqchu que tenía como misión y en la grata compañía de la nieta de don Martín. Sería injusto escribir que los manes de Machupiqchu no nos ayudaron. Reconozco que nos permitieron la osadía de un recorrido por el santuario, partiendo de la relación de wakas del Qosqo. El santuario develó secretos en los minutos que precedían a los disparos de la cámara fotográfica. Incluso en la hora vespertina para una foto en ‘el trono del Inka´, después de haber diluviado todo el día.

La última foto la tomó Peruska en el complejo imperial de Pachakuti en la ciudad emperadora. El periodista Fernando Moscoso Salazar me refirió la existencia de un intiwatana, ‘altar donde el sol amarra sus rayos,’ en un predio, a tres cuadras más o menos de la Plaza Mayor. El oratorio prehispánico estaba en el interior del ‘Hotel Sueños del Inka’, entre la calle Ruinas y la callejuela de Alabado. Se trataba de una enorme piedra o wanka con un hermoso gnomon o aguja sobresaliente de tono verdoso, favorito del gran estadista cusqueño. Un registro sumamente valioso e inesperado que figura en nuestros archivos como testimonio del viaje y en mi libro.

En los entre tiempos hablé con Peruska de su trabajo habitual como profesora universitaria y sus viajes por el Perú. En el mes de julio atraía su atención la Virgen del Carmen de Paucartambo, ‘la santa mamita que bendecía a la gente con sus manos de cinco rosas’, como dice el dulce canto: ‘Bendicionta churaway6ku, piska rosas makiykiwan. Ay mamallay. Ay sunqullay.’  Alrededor de la medianoche captó a un qolla, bailarín de Paukarqolla, Puno, en medio de una selva de luces piroténicas, y al día siguiente la alucinante salida del sol en Tres Cruces, dejando correr sus oros derretidos sobre una alfombra de nubes reverberantes. Atalaya del Ande sobre la Amazonía, a más de 4,000 metros de altura sobre el nivel del mar, donde el frío muerde los tuétanos. 


En su archivo personal tiene fotos de antología. Recuerdo haber visto con fruición una foto y un video suyos en Facebook con ukhukus desfilando al borde del Nevado desde la Estrella. No parecían seres mortales sino, como Qoyllur Rit’i, Qosqo, dice la leyenda mitad hombres, mitad osos, en un extraño ceremonial. Como le digo siempre ya tiene bastante para aparecer al lado de don Martín pero haciendo su propio camino. Estoy segura que así lo siente él, ‘mamá Manuelita, Víctor, Celia y Julita, la astillita, tu padre el arquitecto Manuel, cofundador del Instituto de Cine del Qosqo, desde el mundo inolvidable del recuerdo, y Mery en éste, en el que vivimos.
Alfonsina Barrionuevo

domingo, 6 de septiembre de 2020

UN CUENTO DE LIMA ANDINA
En un día cansado, en una tarde lluviosa o en una noche fría, creo que un cuento de tradición oral puede dar tregua y calor al espíritu. La de historia de éste fue ambientada en Tupe, localidad extraordinaria de Huarochirí, Lima, donde se habla aún el kauki o hakaru, una antiquísima lengua que puede ser madre de muchas del antiguo Perú. Tupe, donde se celebra a San Bartolomé, es tierra de roquedales donde hay muy poco sitio para sembrar. El viento es su peor enemigo porque arranca las plantitas. Taita Conce, un viejo y sabio anciano le entregaba ofrendas de los tupinos, hojitas de coca, naranjas o cigarrillos, y Wayra, el viento, se iba a desahogar sus furias a un desfiladero donde golpeaba las piedras para probar sus fuerzas.  Tuve la suerte de ir caminando tres horas desde el último punto de carretera donde me dejó un bus. Guardo un grato recuerdo de sus motadores. El traje que visten los niños del cuento es de un corte preinka. Cuando llegué lo usaban todavía. Los dibujos son de Kukuli.

LAS TAREAS DE YACHA 

Amat, Llut y Shala suspendieron sus juegos.
-El arco iris ha encerrado a la luna y el año será seco
No habrá lluvia y las plantitas se morirán de sed –señaló Amat.
-Las perdices han hecho sus nidos en el lecho de los ríos.
Mala señal –agregó Llut. -Tenemos que hacer algo –concluyó Shala.
Los tres buscaron a Mama Yacha para ver que podían hacer. Ella tenía secretos de sus antecesores.
-Tendrán que traer agua de estrellas –les dijo.
-Las piedras de colores que guarda el rayo en la laguna del otorongo o jaguar.
-También una pluma del Qoriq’ente, el sagrado picaflor de oro.
Los niños se dividieron las tareas. Amak preguntó a su abuelo cómo podría conseguir agua de estrellas.
-He visto en el cielo un río de estrellas que se metió en el mar-le respondió éste. –Una parte volverá a la pampa del Amaru.
Allí la recogerás.
Llut habló con Rumi, que era pastor de alpakas.
-¿Conoces la laguna del jaguar, la Otorongoqocha?

-Sí. Pero deberás subir hasta las faldas del Ausanqati –le contestó. –Se encuentra a cinco días de aquí. Rumi le aconsejó que llevara caramelos de granizo como regalo a la laguna.
La madre de Shala le señaló donde encontrar al qoriq’ente el picaflor de oro, como lograría que le diera una pluma.
Ella le dijo que fueran a Rapaz, un viejo templo prehispánico. En sus jardines crecían unas flores muy lindas, donde dormía el picaflor sagrado.
Los niños volvieron a reunirse y acordaron seguir juntos. Así podrían ayudarse si fuera necesario.
En la pampa de la Amaru los tres buscaron al charco. Allí estaba con las estrellas que volvían al cielo, y Amat recogió el agua en un cantarillo. Aún faltaban dos tareas.
Amat, Llut y Shala hicieron pequeños trabajos. Con las monedas que juntaron compraron los caramelos granizo.
En recompensa la laguna dejó que cogieran las más hermosas piedras de colores.
En Rapaz hallaron al picaflor de oro. Apenas supo de sus afanes, para que la luna saliera de su encierro, alabó su buen corazón y les regaló una pluma.
Mama Yacha echó el agua de estrellas en su olla mágica, colocó las piedras de colores y la pluma. Al hervir su vapor subió al cielo. El arco iris abrió sus anillos y dejó libre a la luna. Gracias a Amat, Llut y Shala, ella haría que la lluvia bajase y diera vida a los surcos.
Alfonsina Barrionuevo