domingo, 27 de septiembre de 2020


Un primer viaje a Ica pude apreciar un hermoso cerro blanco, de una forma pirámidal perfecta. Me dijeron que se llamaba el cerro de la Saraja. A su vera existió hace tiempo una laguna con el mismo nombre con pobladores sobrevivientes de una etnia muy antigua. El crecimiento de la ciudad e Ica desplazó a grupos que se instalaron en sus cercanías. Los originarios tuvieron que irse y la laguna se fue secando con el tiempo. A raíz de esta información es que surgió el cuento como una protesta por la forma con que tratamos a poblaciones vulnerables y a encantadores lugares que desaparecen con la invasión de otras. Me dijeron también que por ahí existió otra laguna, la Huega, que igualmente desapareció.

Alfonsina Barrionuevo

 

HISTORIA DE UNA SIRENITA

‘¡Hola! Soy Mati, la sirenita.

Los caballitos de mar me llevan de paseo. Vamos a los jardines de corales que hay en el norte.’

‘Son lindos porque parecen flores, hongos y juncos. Pero, en realidad, son parte de la fauna marina. Entre ellos nadan pececillos de colores. ¿Quién los pintó? ¡Mamaqocha, la madre mar!’

‘En verano llegan muchos visitantes, cuando el sol salta de su cama y recorre el espacio, hasta el atardecer, en que se acuesta con su pijama rojo.  Ellos aprovecharon para contemplar este hermoso dibujo que me gusta. Se parece al cactus San Pedro. ¡Debemos cuidarlo para que no se borre!

(La estudiosa María Reiche decía que el llamado ‘Candelabro’ podía ser la Constelación de las Adivinaciones, un conjunto de estrellas que tiene esa forma.) 


‘Las estrellas del cielo son mis amigas. Ellas bajan para jugar conmigo y se convierten en estrellas de mar. Hay noches en que forman figuras de nuestro mundo de acuerdo a los meses del año.

¿Imaginan un mono hecho con estrellas? ¿Un picaflor, un perro sin pelo, una araña, una pariwana o flamenco, un lagarto, una ballena y otros animales?’

‘-¿Se imaginan que los lobitos bebé tienen miedo al agua? ¡Increíble, pero cierto! Es que nacen en las islas. Yo les enseño a nadar. Al principio se resisten. Es gracioso, creen que se pueden ahogar. ¿Qué harían ustedes? ¡Claro que sí, un empujoncito y los agarro de una aleta. Así toman confianza y gozan de su primer chapuzón. Después me desafían a nadar y dejo que me ganen.’

‘Otro de mis amigos es Challwa, un  gran pez con aletas doradas. En su lomo voy a visitar a mi padre y a mi pueblo. Es el último de los antiguos señores parakas que fueron sabios. Los músicos copiaron en flautas de cerámica o de plumas los sonidos del viento, de las olas y el canto de las aves. Los tejedores adornaron sus mantos con bellísimos diseños. Los orfebres hicieron cintillos,  orejeras, y ¡hasta bigotes que colgaban de la nariz! ‘

‘Un día ocurrió algo terrible. Paraka, la madre de los vientos, se enojó y cubrió de arena la península. Mi pueblo se refugió en la laguna de la Saraja.- Allí están desde esos tiempos y aprendieron a vivir bajo el agua.


Cuando voy mi corazón cascabelea de alegría. Mi cola se convierte en piernas y puedo caminar.’

¿Un poco más allá está Ica, una villa que fundaron los españoles. En su campiña las señoritas uvas se dan la mano con los señores pallar. Al pasar el tiempo se convirtió en una gran ciudad. Un día aparecieron nuevas familias cerca de la Saraja, buscando un sitio para vivir. ¿Qué hacer cn ese problema?’

‘Me reuní con los lobos marinos de emergencia. Mi pueblo estaba en peligro. Antes, unos migrantes hicieron que se secara otra laguna, la Huega. Estos harían lo mismo con la Saraja, nuestro hogar. Los jóvenes buscaron el consejo de los más viejos que no podían moverse por el peso de sus cuerpos.’

‘¿Qué habrían hecho ustedes?. Al fin encontramos una solución. Tenían que irse y los jóvenes los trasladaron al lado iluminado de la luna que es tibio porque recibe los rayos del sol. Ellos hicieron muchos viajes. ¡Me sentí feliz al ponerlos a salvo pero triste porque están muy lejos! Aunque puedo viajar para verlos de vez en cuando.’

‘Me quedé en la bahía para proteger a mis amigos. Ayudo a los lobos y a los delfines a escapar de las redes de los pescadores, dejo en libertad a las tortugas que han sido capturadas, bajo de las canastas a los cangrejos cautivos y traslado a las conchitas de abanico para que puedan crecer sin miedo. Si quieren conocerme ¡Aquí estoy!’

*Han pasado los años. La laguna de la Saraja ya no existe. Solo queda la sirenita para contar su historia.

Alfonsina Barrionuevo

lunes, 21 de septiembre de 2020

 

¡LOS PÍCAROS PICARONES!                                                                      

¡Aquí están los pícaros calientitos!

Me llaman picaronera

porque vendo picarones

y no me llaman ratera

aunque robo corazones.

¡Redondos y tostaditos

en su miel bien bañaditos,

 van provocando los pillos

a vejetes y chiquillos!’

Coquetería reposteril, en pirámide, con un ojo risueño al centro, enamorador, rociado con miel de chancaca donde entran hojas de higo para darle sabor y aroma, el picarón nos traslada a épocas inolvidables, cuando las picaroneras lo preparaban en las esquinas de las calles limeñas. A veces precedidos por el anticucho solazándose en su salsa para hacer el contraste. Otros tiempos, otras costumbres, otro regalo para el paladar que llega hasta ahora.

Entre el buñuelo y el picarón hay un cierto parentesco que se remonta más allá de la choznería; agregando que el buñuelo hispano puede tener una abuela árabe. Llegó de la península y entró en Lima a la sartén en una mezcla casi angelical, liviana, aristocrática y donosa de huevo, harina, leche y polvo de hornear. El picarón, partiendo del mismo tronco genealógico de ingredientes principales, asumió distintas características para alegría de los comensales.

Un tono áureo que aumentaba en kilates con el zapallo príncipe y el camote con señorío de la tierra y dulzuras antioxidantes. Su sabor solía ser más insinuante, aunque no tuviera campanillas de nobleza importadas y por lo mismo fuera más popular. ¿Quién puede atreverse a  compararlos?. El buñuelo tenía la gracia de ser considerado  en los villancicos navideños como preferido del infante divino:

‘Niño Manuelito,

¿qué querís comer?’

 dizque le preguntaban los cantores y éste respondía:

 ‘Buñuelitos fritos

envueltos en miel.’

‘El buñuelo se prepara también en otras partes del Perú como Arequipa, donde antaño se vendía con miel de caña a ‘los bañistas, en la puerta de los pozos o piscinas de Tingo’, menciona Manuel J. Bustamante de la Fuente, sin que le cediera campo  el picarón, inflado como un salvavidas, que sale con su abertura al centro y redondo cual una rueda, como si las manos de la picaronera tuvieran un molde. Cada uno con su propia personalidad aunque ambos se envuelven en la misma miel; pero sin desconocer que si el primero no hubiera existido, el picarón tal vez no se hubiera inventado; y este es el lazo de inspiración que los une aunque lo demás los separe.

Es de presumir que no fue la limeña de salón, ‘de talle de avispa, que arrastraba miradas de los flecos de su manto, sabiendo que la miraban, boca de risa, hoyuelos en las mejillas, de manos mórbidas y con  pies de reina,  chiquitos y muy monos’, como describe Pablo Patrón, la creadora del alabado dulce.

‘La preocupación de la limeña que era un ángel, sea que luciera en los salones el agradable metal de su voz, que se le viera hacer con  primor toda clase de labores femeninas, que se la contemplara recogida en oración en el templo, ejercitando las obras de misericordia en los hospitales o alegre y engalanada con los arreos propios de su sexo en los paseos y en los teatros, que era muy dispuesta para la música y el baile, no fue muy aficionada a preparar ni siquiera dulces,’ según observa Max Radiguet.

Fue la morena que la engreía haciendo malabares en la cocina, ya familiarizada con las especies alimenticias nativas la que definitivamente introdujo en la mesa europea el camote prehispánico, oriundo de los tibios valles de la chala, la yunga y la qechwa, llamado allí kumara, acompañado por el zapallo. Cucurbitácea cuya presencia en la culinaria nativa tiene milenios.

La distancia depende del momento en que aparece el picarón con entusiasmo en el panorama de la repostería nacional. Las crónicas que he leído lo sitúan en el siglo diecinueve y quizá antes compartiendo tres épocas, el virreinato en vías de fenecer y viviendo rabiosamente sus últimos años porque entendían que se iban, la independencia y luego la república con herencia de dos mundos.

Que las morenas, inspiradas en el arte de la culinaria y la repostería, lo inventaran antes de su liberación o después no tiene importancia. Pero en el humanísimo decreto de don Ramón Castilla, dado en Huancayo, les permitió desarrollar su talento a otro nivel, porque fueron al principio las picaroneras más profesionales que tuvo Lima.

Ellas incorporaron al yantar citadino de la aldea grande, como la llama Sebastián Salazar Bondy, los apetitosos anticuchos, chunchulíes, mollejitas, pancitas y mondongos, servidos con choclos, yucas, papas o camotes, y los picarones como un postre al vuelo. Para ponerlos a punto se modeló el brasero de carbón con abanico de totora y el perol de manteca humeante llevando ya la miel hervida con clavos de olor, hojas de higo, cáscara seca de naranja y tapas de chancaca cajamarquina o piurana.

Javier Luna Elías aprendió el pregón de la picaronera de la tradicionista Rosa Mercedes Ayarza de Morales, que lo recogió de la calle para darle abrigo. Ella encargó al ‘Grupo Jueves’ ponerlo en circulación en sus reuniones culturales y así lo conservó en su memoria el arquitecto Luna Elías que lo concluye con una acotación ingeniosa también de las sabihondas, que tenían el placer de ofrecerlo en la fiesta y la procesión de la Virgen del Carmen en los Barrios Altos. .’...y si lo dejas un día/ y el picarón se enfría, un hervorcito le das y volverá su frescura. Tiene que estar borrachito, remojado en su propia ambrosía, para volver a renacer.

No podemos afirmar con seguridad que la famosa hojarasca que se come con gusto en la fiesta de la Virgen de Cocharcas, sobre todo en Orcotuna, Junín, sea una hermana andina del buñuelo. ¡Se le parece mucho! Pero, por qué dudar en el posible parentesco. Después de todo las fiestas religiosas fueron traídas de España y algo más tuvieron que aportar además de los rezos, las misas y los maitines en el interior, para alegría de los niños.

Alfonsina Barrionuevo

domingo, 13 de septiembre de 2020


PERUSKA CHAMBI

He leído solo el título de un artículo de la revista ‘Somos’ del diario ‘El Comercio’, acerca de Peruska Chambi y me motiva para escribir estas líneas. Al fin viajó a Coasa, la tierra de su famoso abuelo, don Martín Chambi. Allá, a orillas del cielo en Puno, aquel recibió el chispazo que iluminó su vida. Hace unos nueve años viajé con ella, heredera de su arte, a Machupiqchu para tener las fotos que ilustran mi libro: ‘Espacios Mágicos del Qosqo y Machupiqchu’. Fuimos casi en el mismo tren que llevó al ilustre fotógrafo a la maravilla, cuando apenas descubierta, virgen para el siglo, desperezándose de un sueño largo.  
Don Martín y su esposa doña Manuelita vivían un otoño de años cuando los conocí. Para entonces ya había jubilado su legendaria cámara de cajón con la que cubrió muchos caminos capturando fotos en placas de vidrio que almacenó como joyas de luz y sombra en un armario, hasta que fueron reveladas y difundidas dentro y fuera del Perú.
Cuando Peruska y yo llegamos a la estación de Aguas Calientes nos enteramos de que tendríamos una semana fatal. Los técnicos de Patallaqta, que fue poblado de Pachakuti Inka Yupanki, nos comentaron que los ‘brujos’ del Senamhi’ habían pronosticado que la lluvia estaría cayendo durante siete días. Contaba con la gentil ayuda de Machupiqchu Pueblo Hotel, de Inkaterra, pero no podíamos volver. Al santuario le llaman también ‘ciudad entre las nubes’, había  que lograr buenas fotos, no cabía otra cosa, haciendo honor a ese nominativo. No importaba que fueran a través de una cortina de agua. La serie estaría empapada pero sería igualmente selecta. Felizmente Peruska está hecha de paciencias y allí estábamos   para cazar los segundos de apertura que nos iba a dar el cielo cada día, contando con su benevolencia. Solo así ella encontró dos primicias, a Ñan, ‘el altar de los caminos’, un pasadizo de rocas puntiagudas abriéndose a las distancias, y el templo del viento trepando a Waynapiqchu, cuando yo no podía caminar por haberme fracturado el dedo meñique del pie derecho. Los turistas que coronaban la punta del pequeño cerro volvían defraudados porque desde arriba se gozaba solo de panorámicas del conjunto arqueológico. No advertían la presencia de unos muros donde el viento se acomodaba en leve brisa al amanecer y en las tardes golpeaba el espacio con su tormentoso chal, al soltarlo o envolverlo.
En las cercanías del templo de las tres ventanas hallamos la gran roca que hace yanantin, me parece con el cerro de Mandor, emparejando sus bordes como si estuviera contrapuestos, una suerte de cuestión visual que vio el destacado médico fotógrafo José Álvarez Blas.
En el llano el sol apareció por unos minutos para que Peruska tomara el altar o templo del cóndor de majestuosa gola, esperando sentado la orden de los Apus,  para levantar el vuelo, al consumarse un mágico ritual. Inmediatamente pasamos al monumento telúrico del trueno, proyectando al infinito su vozarrón petrificado. Otro templo del bosque de templos de Machupiqchu que tenía como misión y en la grata compañía de la nieta de don Martín. Sería injusto escribir que los manes de Machupiqchu no nos ayudaron. Reconozco que nos permitieron la osadía de un recorrido por el santuario, partiendo de la relación de wakas del Qosqo. El santuario develó secretos en los minutos que precedían a los disparos de la cámara fotográfica. Incluso en la hora vespertina para una foto en ‘el trono del Inka´, después de haber diluviado todo el día.

La última foto la tomó Peruska en el complejo imperial de Pachakuti en la ciudad emperadora. El periodista Fernando Moscoso Salazar me refirió la existencia de un intiwatana, ‘altar donde el sol amarra sus rayos,’ en un predio, a tres cuadras más o menos de la Plaza Mayor. El oratorio prehispánico estaba en el interior del ‘Hotel Sueños del Inka’, entre la calle Ruinas y la callejuela de Alabado. Se trataba de una enorme piedra o wanka con un hermoso gnomon o aguja sobresaliente de tono verdoso, favorito del gran estadista cusqueño. Un registro sumamente valioso e inesperado que figura en nuestros archivos como testimonio del viaje y en mi libro.

En los entre tiempos hablé con Peruska de su trabajo habitual como profesora universitaria y sus viajes por el Perú. En el mes de julio atraía su atención la Virgen del Carmen de Paucartambo, ‘la santa mamita que bendecía a la gente con sus manos de cinco rosas’, como dice el dulce canto: ‘Bendicionta churaway6ku, piska rosas makiykiwan. Ay mamallay. Ay sunqullay.’  Alrededor de la medianoche captó a un qolla, bailarín de Paukarqolla, Puno, en medio de una selva de luces piroténicas, y al día siguiente la alucinante salida del sol en Tres Cruces, dejando correr sus oros derretidos sobre una alfombra de nubes reverberantes. Atalaya del Ande sobre la Amazonía, a más de 4,000 metros de altura sobre el nivel del mar, donde el frío muerde los tuétanos. 


En su archivo personal tiene fotos de antología. Recuerdo haber visto con fruición una foto y un video suyos en Facebook con ukhukus desfilando al borde del Nevado desde la Estrella. No parecían seres mortales sino, como Qoyllur Rit’i, Qosqo, dice la leyenda mitad hombres, mitad osos, en un extraño ceremonial. Como le digo siempre ya tiene bastante para aparecer al lado de don Martín pero haciendo su propio camino. Estoy segura que así lo siente él, ‘mamá Manuelita, Víctor, Celia y Julita, la astillita, tu padre el arquitecto Manuel, cofundador del Instituto de Cine del Qosqo, desde el mundo inolvidable del recuerdo, y Mery en éste, en el que vivimos.
Alfonsina Barrionuevo

domingo, 6 de septiembre de 2020

UN CUENTO DE LIMA ANDINA
En un día cansado, en una tarde lluviosa o en una noche fría, creo que un cuento de tradición oral puede dar tregua y calor al espíritu. La de historia de éste fue ambientada en Tupe, localidad extraordinaria de Huarochirí, Lima, donde se habla aún el kauki o hakaru, una antiquísima lengua que puede ser madre de muchas del antiguo Perú. Tupe, donde se celebra a San Bartolomé, es tierra de roquedales donde hay muy poco sitio para sembrar. El viento es su peor enemigo porque arranca las plantitas. Taita Conce, un viejo y sabio anciano le entregaba ofrendas de los tupinos, hojitas de coca, naranjas o cigarrillos, y Wayra, el viento, se iba a desahogar sus furias a un desfiladero donde golpeaba las piedras para probar sus fuerzas.  Tuve la suerte de ir caminando tres horas desde el último punto de carretera donde me dejó un bus. Guardo un grato recuerdo de sus motadores. El traje que visten los niños del cuento es de un corte preinka. Cuando llegué lo usaban todavía. Los dibujos son de Kukuli.

LAS TAREAS DE YACHA 

Amat, Llut y Shala suspendieron sus juegos.
-El arco iris ha encerrado a la luna y el año será seco
No habrá lluvia y las plantitas se morirán de sed –señaló Amat.
-Las perdices han hecho sus nidos en el lecho de los ríos.
Mala señal –agregó Llut. -Tenemos que hacer algo –concluyó Shala.
Los tres buscaron a Mama Yacha para ver que podían hacer. Ella tenía secretos de sus antecesores.
-Tendrán que traer agua de estrellas –les dijo.
-Las piedras de colores que guarda el rayo en la laguna del otorongo o jaguar.
-También una pluma del Qoriq’ente, el sagrado picaflor de oro.
Los niños se dividieron las tareas. Amak preguntó a su abuelo cómo podría conseguir agua de estrellas.
-He visto en el cielo un río de estrellas que se metió en el mar-le respondió éste. –Una parte volverá a la pampa del Amaru.
Allí la recogerás.
Llut habló con Rumi, que era pastor de alpakas.
-¿Conoces la laguna del jaguar, la Otorongoqocha?

-Sí. Pero deberás subir hasta las faldas del Ausanqati –le contestó. –Se encuentra a cinco días de aquí. Rumi le aconsejó que llevara caramelos de granizo como regalo a la laguna.
La madre de Shala le señaló donde encontrar al qoriq’ente el picaflor de oro, como lograría que le diera una pluma.
Ella le dijo que fueran a Rapaz, un viejo templo prehispánico. En sus jardines crecían unas flores muy lindas, donde dormía el picaflor sagrado.
Los niños volvieron a reunirse y acordaron seguir juntos. Así podrían ayudarse si fuera necesario.
En la pampa de la Amaru los tres buscaron al charco. Allí estaba con las estrellas que volvían al cielo, y Amat recogió el agua en un cantarillo. Aún faltaban dos tareas.
Amat, Llut y Shala hicieron pequeños trabajos. Con las monedas que juntaron compraron los caramelos granizo.
En recompensa la laguna dejó que cogieran las más hermosas piedras de colores.
En Rapaz hallaron al picaflor de oro. Apenas supo de sus afanes, para que la luna saliera de su encierro, alabó su buen corazón y les regaló una pluma.
Mama Yacha echó el agua de estrellas en su olla mágica, colocó las piedras de colores y la pluma. Al hervir su vapor subió al cielo. El arco iris abrió sus anillos y dejó libre a la luna. Gracias a Amat, Llut y Shala, ella haría que la lluvia bajase y diera vida a los surcos.
Alfonsina Barrionuevo

domingo, 30 de agosto de 2020

 

VERDE QUE SANA

Isla Takile en el lago Titiqaqa, Puno, se encuentra en una alta plataforma. Hay que vencer un puñado de gradas bajando de la lancha para acceder a la población. Antes de subir una niña suele entregar a los viajeros unas ramitas de la fragante muña con la indicación de frotarlas entre las manos y aspirar su agradable aroma. En el techo del mundo, 3,900 metros de altura la muña,  (Minthostachys mollis), triplica la energía y alegra al corazón.

Una hermosa leyenda, recopilada por  el profesor José Portugal Catacora, asegura que el primer hombre andino fue creado con el untu, grasa o esencia vital de las plantas, los animales y las piedras. De allí se origina su intensa relación con el mundo que le rodea y con las plantas medicinales que le ayudan a superar cualquier malestar físico o espiritual. Su caminata por los yermos inhóspitos sin fatigarse se facilitaba con la muña.

La pacha salvia (Salvia offinalis), cuyas hojas soasadas le servían para combatir dolores reumáticos, la misma que se conoce con el nombre de ñuqch’u, flor sagrada de los Inkas, que era derramada sobre sus andas áureas, pasando después a ser sedosa ofrenda para el Señor de los Temblores, en la procesión de Lunes Santo en el Qosqo. 


Sobre la importancia de éstas y otras plantas, el médico huanuqueño Hermilio Valdizán Medrano y el químico farmacéutico-arequipeño Angel Maldonado Alcázar, ambos doctores en sus especialidades, con estudios en Francia e Italia, publicaron el “Diccionario de Medicina Popular Peruana” en las primeras décadas del siglo pasado. En sus páginas aparecía un minucioso registro de muchos especímenes, con sus respectivos dibujos.

En 1995 John Eddowes Villarán, médico psicólogo limeño de abuelo inglés, trabajó veintitrés esencias florales y siete productos de plantas que combinan efectos curativos. En 1939, según mencionó, el doctor Edward Bach de Gales, Gran Bretaña, publicó por primera vez un registro de esencias florales.

Dichas esencias que tituló “Sistema Kinde”, pertenecen a un grupo importante que ha sobrevivido a la extinción de especies por su fortaleza ante los cambios ambientales. Su adaptabilidad para enfrentar situaciones adversas y cambiantes es aprovechada como terapia para tratar ciertos desequilibrios emocionales asociados generalmente a malestares físicos. La Organización Mundial de la Salud (OMS) las considera como medicinas de uso libre.   

La descripción de las virtudes y propiedades de las plantas que maneja John Eddowes es tan expresiva y jugosa como esas anotaciones que son clásicas.


Así tenemos la manayupa (Desmodium molliculun), conocida también como ‘pata de perro’, ‘amor seco’ o ‘pega pega’, que vive entre 2,000 y 3,000 m.s.n.m. en los Andes. Se usa para purificar y desintoxicar el cuerpo de fármacos y drogas, estimulando el funcionamiento de los riñones. También sirve para limpiar los ambientes pesados.

La yawar chonka, (Oenothera rosea), que crece en grandes alturas, es famosa porque disipa la tristeza y apaga la pena. Es buena para enfermedades cardíacas y los problemas circulatorios. Sus flores tienen pétalos rosados o lilas. Con la infusión de esas flores el corazón recupera un ritmo sosegado y baja la presión.

El diente de león o achicoria amarga (Taraxacum Offinale), tiene hojas dentadas y largas, flores amarillas y frutos en forma de bolas con pelos sedosos que dispersa el viento.  Es una planta diurética, que estimula la función del hígado y los riñones, combate el exceso del colesterol y reduce la obesidad. Su esencia floral es muy útil para liberar la tensión y la furia contenida.

El lirio naranja, lirio del Perú o lirio de los Inkas (Lilium bulbiferumrum), tiene un follaje de pocas hojas, lanceoladas, y sus flores ostentan pétalos con marcas o parches de colores. La tradición popular relaciona a estas flores con los buenos augurios cuando se regalan. Su uso incrementa la creatividad, despeja los bloqueos mentales, alienta el optimismo y ayuda a innovar el quehacer personal y profesional.   

El heliotropo (Heliotropium peruvianum) tiene flores que siempre miran al sol y lo buscan. Son empleadas para tratar problemas de huesos y articulaciones, así como afecciones  respiratorias.

El pepino dulce (Municatum Ait), oriundo del Perú y reproducido en la cerámica prehispánica, posee una esencia floral que refresca la mente y alivia de preocupaciones, ayudando además a reducir el estrés.

La chuchuwaska (Brunfelsia grandiflora), llamada también “sanango”, “francisquita” y “borrachero”, es una planta “maestra” de la Amazonía. Su esencia floral ayuda a regular las sensaciones extremas de frío y calor. Es recomendable usarla tópicamente para la rosácea.

El molle, (Schinus molle), ‘escobilla’ o ‘árbol de la pimienta’, es analgésico, antiinflamatorio, antibacteriano, antiespasmódico, astringente, balsámico, diurético y estimulante. 

La hierba del alacrán, (Heliotropium angiospermun, Murria), también conocida como ‘cola de gato’ y ‘hierba del sapo’, es útil ante problemas de huesos y artritis, afecciones respiratorias y  picaduras del alacrán. En esencia floral es una bebida burbujeante que ayuda a relajar la columna vertebral y mejorar la postura.

La verbena (Verbena offinalis), ‘hierba de los hechizos’ , ‘verbena del campo’ o ‘verbena negra’, crece en las ocho regiones hasta 5,000 metros, posee vitaminas A, B y C,  y es recomendada para tratar infecciones, bronquitis y hepatitis.

La wachuma (Trichochocereaus pachanoi),  cuyo nombre popular es San Pedro, es una  cactácea de la costa norte, con espinas pardas y flores blancas. En la medicina tradicional del norte peruano se usa en ceremonias de curación, por sus efectos depurativos (purgante y psicoactivo). También es usado en casos de sinusitis, fiebre alta y problemas de la piel y el cuero cabelludo, entre otros. Su esencia floral da claridad a la mente y afina la intuición. Los baños del cactus hervido calman los nervios.

John Eddowes combina las plantas con esencias Kinde o con diferentes productos, según los casos que debe tratar. 

Para momentos extremos de la vida o para reducir el estrés cotidiano: yawar chonka, diente de león, pepino y mariposa roja.      

Para emociones intensas, cuando se llora fácilmente o se está al borde de la desesperación: mango, yawar chonka y molle.

Para aclarar mente y ordenar los pensamientos: agerato, jacarandá, ocopa, lirio y estrella púrpura. 

Para relajar el cuerpo y la mente: Diente de león, verbena y pepino.

Para conciliar el sueño: extracto de wachuma con colágeno de tuna y aloe, más vitaminas. Aplicar en el cuerpo antes de acostarse o en momentos de estrés.

Para desinflamar y regenerar articulaciones, tendones, músculos, huesos cartílagos y otros: Extracto de molle, matico, chilka y llantén.

Para limpiar los dientes y proteger las encías: Harina de coca, salvia y arcilla medicinal.

Para dormir: propax, cápsulas naturales.

En resumen, para mantener la salud tenemos una lista abundante de plantas medicinales. a las que se puede recurrir. 

Alfonsina Barrionuevo

domingo, 23 de agosto de 2020

 

A CUIDAR EL ORO AZUL       

En el antiguo Perú el agua bajaba del cielo, de los nevados y los manantiales cantando dulcemente. Ella bajaba desde las alturas para dar felicidad a los seres humanos, animales y plantas. La humanidad que no ha sabido respetarla está arrancando lágrimas de pesar a Mama Yaku, la Madre Agua, cuyo carácter sagrado se olvida.

¿Nos dejará el más frágil y más importante de los elementos de la Madre Naturaleza? ¿Podríamos vivir veinticuatro horas sin agua? La situación es grave.

Para el mundo andino el agua está viva, siente y ahora sufre. No puede ser de otro modo, porque su contaminación va creciendo en ciertas cuencas, mientras en otras los ríos ya están muertos, convertidos en oscuros sudarios interminables.

El agua es bella cuando salta cristalina en las cascadas y corre traviesamente volteando los cantos rodados o piedras menudas en los  riachuelos.

El agua es ‘oro azul’ cuando está limpia, translúcida.

Este mundo civilizado recién parece enterarse de su valor. Los diamantes palidecen a su lado, pues ella es invalorable. Los antiguos peruanos llamaban Mama Qocha –‘Madre Mar’- al Océano Pacífico, porque alberga vida en sus entrañas. Alguna relación tiene. ¿No dicen que las estrellas de la Vía Láctea entran al mar y flotan por canales ocultos volviendo a  aflorar para la ceremonia del yarqa aspiy, la limpieza de las acequias?

El agua nos ha preocupado siempre. Ha sido compañera en los viajes por lugares distantes, donde calmaba nuestra sed sin temor a la contaminación generada por la ciudad y a hemos sentido correr por nuestras arterias. ¿Qué haríamos si ella nos falta, siendo parte  del cuerpo de todos los seres vivientes?

Proyecciones a mediados de la segunda mitad del siglo anterior indicaban catástrofes climáticas si las grandes empresas no hacían un buen manejo del medio ambiente. Diversos especialistas lanzaron advertencias que caían en saco roto. Recuerdo al brasileño Josué de Castro, autor de una famosa obra ‘La Geografía del Hambre’, cuando me dijo en una entrevista sobre la explosión demográfica: ‘La gente no se morirá de hambre, primero morirá de sed’. Parecía que su comentario se haría realidad en un larguísimo plazo, pero estamos en las vísperas, viendo las consecuencias.

En el Perú nos sentíamos orgullosos de nuestras cadenas de nevados, majestuosos, impolutos. Más, su eternidad ha sido rota. En las comunidades de Quispicanchis, Qosqo, la gente se pregunta por qué está cambiando el nevado Qolqepunku, ‘la puerta de plata por donde entraban las energías cósmicas. Una noche la Qoyllur no encontrará glaciares que irradiar y ya no será Qoyllur Rit’i, nieve que sacralizada una estrella. Aquella que era recibida por los peregrinos con unción para “limpiar” su espíritu.       

En la reunión de expertos en Valencia, España, dieciocho ganadores del premio Nobel instaron a la comunidad internacional a tomar medidas para afrontar la inminente falta de agua en el mundo. Consideran que el agua dulce alcanza sólo a un 0.35 % en el planeta, el resto es agua salada y hielo. Se trata de -un bien precioso- y al mismo tiempo un recurso escaso y mal distribuido entre una población que crece con un ritmo de 100 millones de nuevos habitantes por año. Miles consiguen dificultosamente unos cuantos litros fangosos para sus familias, haciendo diariamente penosas caminatas en su busca. 

El problema se percibe en los cinco continentes por el deshielo creciente, el aumento de las inundaciones y la gravedad de las sequías. El tema conmovió a Europa en la Expo Zaragoza del  2008. La revista alemana “Deutschland” la llamó con acierto ‘El Oro Azul’ y mencionó que más de 50 países -un tercio de los 6,600 millones de personas que poblaban  el planeta- ya sufrían  de aguda escasez hídrica.   

‘Según datos del Instituto de Investigaciones de los Impactos del Clima, de Potsdam-decía el articulista alemán- la escasez de agua dulce se agudizará con el cambio climático, que afecta su ciclo y particularmente a una de sus fuentes: las lluvias. De acuerdo con los modelos de los investigadores del clima, mucho parece indicar que el volumen de lluvias disminuye. Allí donde ya llueve poco, en el futuro lloverá menos. Por el contrario, donde ahora llueve mucho, lloverá más. El peligro de sequías extremas, inundaciones y tempestades aumentará. Otras causas de la escasez de agua son el crecimiento de la población, la urbanización y la industria. En los últimos cien años el consumo mundial de agua casi se ha multiplicado por diez.”

Pero no sólo se necesita agua potable para los seres humanos. También el agro y la industria dependen de este crucial recurso. Sólo la agricultura consume más de dos tercios del agua y en el Perú se desperdicia en los cultivos de arroz y caña de azúcar, que requieren mucho líquido y tienden a desertificar la costa; mientras que en otras regiones los bosques de eucalipto beben agua de más, introduciendo sus raíces hasta llegar a las napas freáticas.

Los llakuases que habitaron la parte alta de Canta, Lima, querían mucho al agua y -según una hermosa leyenda- cuando se fueron, sus guerreros se transformaron en estelas líticas, para cuidar la laguna y los canales de riego que beneficiaban  los campos de cultivo. 

En la Expo Zaragoza, adelantándose a lo que estaba previsto para dentro de unos 50 años, lapso que fatalmente se acorta, se exhibieron diversas técnicas para racionalizar el manejo del agua. Por ejemplo, emplear los rayos ultravioleta para purificarla. El agua  fluye por un recipiente con una fuente de luz ultravioleta en su interior y su energía  destruye  la estructura celular de las bacterias. El agua de lluvia que corre por las calles o por terrenos industriales contiene partículas contaminantes, pero puede ser interceptada y filtrada en el momento de caer. En casos de emergencia, como catástrofes, hay equipos que  filtran el agua y la  purifican para los damnificados.

El Perú como todos los países del mundo está viviendo la emergencia del COV19. Apenas se pueda controlar será necesario volver al tema del agua por la vida de todos. Acaba de fragmentarse la última planicie de hielo del Polo Norte.

Alfonsina Barrionuevo




domingo, 16 de agosto de 2020

 LA TIERRA QUE SE ENOJA

En el mundo andino la Pachamama era muy amada porque era madre. Nadie hubiera pensado que pudiera castigar. Para eso existía Pachatira, la Pachatierra que mostraba su enojo cuando la gente se olvidaba de dar y agradecer a la Pachamama sus bondades. Ella surgía para reclamar a los agricultores sus descuidos y olvidos. La descubrió José de Acosta, fraile jesuita a quien le interesaba la naturaleza. Es el único cronista que advierte lo que puede sobrevenir en esos casos en que la Pachamama no podía cumplir con su hermosa misión en la producción de frutos.

Los khipukamayuq llevaban cuenta rigurosa de los desastres que podían sufrir los cultivos y la gente de campo. Acosta estuvo muy poco tiempo en el Qosqo pero se enteró que al sobrevenir una chirapa onqoy, ‘lluvia con sol’, sus pobladores podían enfermar; si la tierra se enojaba, pacha makaska, hundía los sembríos golpeando sus raíces; en caso de ponerse furiosa, pacha wakamakaska, abría heridas en los surcos y tenían que dejarlos sin sembrar por un tiempo; ensuciar o contaminar un manantial provocaba su maldición, puqyuq tapiasan, o se marchitaban las plantas de maíz y papa, mamasara o mamaaqsu akoyaurmachiskan onqoykuna. La magnitud del maltrato ocasionaba un qhapaq onqoy, una calamidad mayor como la sequía y las inundaciones. Todos tenían cuidado de no provocarlas.

El fraile Pablo José de Arriaga observó que se preocupaban si hallaban en la cosecha dos mazorcas o dos papas unidas de manera irregular o unas okas demasiado grandes. Los malos augurios exigían mayores cuidados y demandar la protección de las wakas a las cuales invocaban ayunando y haciendo sacrificios de animales. 

En casos especiales las estrellas dibujaban sus mensajes en el agua y el fuego advertía los peligros en sus flamas. Las peticiones se hacían sin esperar respuesta. Bastaba el hecho de consultar para crear un enlace con el viento, el granizo, la montaña o las constelaciones. Las ofrendas que mandaban hacer los kurakas en miniaturas de sí mismos en oro y plata se enterraban en las wakas; el resto se quemaba, ya fueran finísimos tejidos, brazadas de flores, conchas de la mar o panojas de kihura o kinoa real.

Sería muy largo analizar las trescientas cincuenta wakas dispuestas en cuarenta y dos seqes que recopiló Juan Polo de Ondegardo entre 1559 y 1561 en el Qosqo. El jurista español recibió una excelente información de los khipukamayuq, lo difícil para él debió ser lidiar con el idioma qechwa que aprendió a hablar, pero cuyas palabras mal escuchadas y peor escritas se convirtieron en un increíble conjunto de acertijos. Su gran número sirvió para entender una que otra característica, sobre todo geográfica. 

A Toledo no le sirvió porque era demasiado pretender que pudiera arremeter contra ellas. Al ser demolidas en su totalidad para apropiarse de sus tesoros los españoles crearon la fantasía de que las wakas volaban y continuaban promoviendo idolatrías y supersticiones desde el aire. Cuando el virrey visitó el Qosqo entre 1570 y 1572 la ciudad ya había sido modificada. Los nombres auténticos de las wakas quedarán ocultos hasta que un qechwista interesado en la historia inka pueda descifrarlos. El jurista anotó sus nombres pero cometió muchos errores. Escribió por ejemplo para un manantial, Canchapacha, indescifrable; cuando era en realidad K’anchariq paqcha*, ‘cascada luminosa’.  

El Inka era centro de ese universo que debía funcionar conforme a sus deseos. Por fortuna para el Qosqo Pachakuti fue, a la par que eximio estadista y urbanista, un hombre excepcional.                                

Un khipu imperial debió guardar asimismo la fabulosa experiencia que tuvo el Inka,  cuando era muy joven y se llamaba Kusi Yupanki, al ser llevado a Machupiqchu, el cerro viejo, donde se convirtió en vaso comunicante de las fuerzas cósmicas y terrígenas. La montaña lo llamó y fue sólo, atravesando las aguas turbulentas del Willkamayu, el río que nace en una lágrima solar. El jefe de su ejército estuvo preocupado por su integridad física pero se tranquilizó al ver que las aguas empujaron mansamente su balsa y que la espesura se abrió para que pudiera llegar a la cumbre donde ambas fuerzas lo encriptaron para transmitirle su energía. Pensando en las circunstancias extrañas que confluyeron en ese momento entendió que debía contar con la admiración del pueblo y la creación de un espacio mágico de wakas fue la mejor idea para lograr ese propósito. 

La ciudad puma en su cabeza, cuerpo y cola tenía una infinidad de wakas que favorecían la vida de sus habitantes de la ciudad sagrada y del Imperio.

Alfonsina Barrionuevo