domingo, 31 de marzo de 2019


KUKULI Y SUS SUEÑOS DE COLORES

No pierdo de vista a Kukuli mientras repaso imágenes de sus obras en Lima. Cuando estudiaba en el colegio Sophianum le impactaron los jinetes del Apocalipsis. Le gustaba dibujar y pintar caballos, más en este caso formaron parte de una serie de los tétricos personajes. Los vi y me impresionaron por salir de sus pinceles con gran fuerza. Recuerdo haberle contado que en Puno jóvenes doncellas bailan en noviembre con cráneos adornados con flores como si se aromaran de vida y así hizo  a la Muerte, pero completa en un alazán encabritado al sentir su materialidad.


Ahora tengo en mis manos el Hambre, personificado por un niño y cuán duro es verle. No muestra su rostro pero se adivina por su cuerpo esquelético, mustio. A mí me pareció el más expresivo, porque no debería darse y duele porque los niños son los más vulnerables. El ‘Hambre’ sigue galopando con los otros en su cabalgadura, al requerimiento de hombres enloquecidos por el poder.


Hace unas semanas Kukuli presentó una exposición en Taller, Filadelfia. EL OJO CÓMPLICE mostró por primera vez sus pinturas y tuvo una adición inesperada para los visitantes. Durante varios días la vieron trabajando un enorme mural con plumón y a mano alzada. Sus dedos se deslizaron con rapidez y eso lo he visto, nadie puede saber que irá saliendo orquestadamente como si estuviera copiando algo que solo ven sus ojos. Para los medios especializados de la hermosa ciudad fue una experiencia. 


DESCUBRIENDO EL PERÚ

Heredé de mi padre, Leandro Barrionuevo, la pasión de viajar. Entre dos carreras culminadas, las leyes y el periodismo, me decidí por la segunda. No en vano fue mi primer maestro después de haber sido redactor en diarios y revistas de Qosqo, Lima, Chiclayo, Cerro de Pasco y Huaraz. Cada desplazamiento, me dijo siempre, debía tener el propósito de investigar en esas páginas abiertas de cultura y paisajes que son nuestros pueblos.

Imagen relacionadaLa mayoría de veces y por motivos de trabajo lo he hecho sola, otras llevando a mis hijas como acompañantes, de vez en cuando con excelentes amigas, y también con fotógrafos y equipos de televisión, de acuerdo a las circunstancias. Para mí ha sido muy grato compartir caminos con Julia Chambi, Teresa Lastarria, Sonia Molina, Patricia Navarro-Grau y Zuly Azurín. Puedo decir que fueron muy animosas, esforzadas, capaces de vencer obstáculos e interesadas por conocer el Perú. Las vías del interior siguen siendo trochas polvorienta y vehículos viejos que se van desarmando, a menudo había que ir por los chakiñan, sendas estrechas de a pie, cruzar ríos en oroyas, volar en helicópteros y avionetas poco seguras,  en fin de aventura.
Los tiempos ha pasado y antes de que sigan rodando al infinito quiero abrir una pequeña serie con Zuly Azurín, profesora, actriz y, cantante de temas en runasimi,  a quien conocí cuando hizo el papel protagónico de ‘Alllpa Kallpa’, película con el guión de Hernán Velarde, producida y actuada por Tulio Loza. Ojalá sea posible.

Alfonsina Barrionuevo

lunes, 25 de marzo de 2019


UN DELICIOSO CONOCIDO  

Nos miramos frente a frente. Él, con su naricita graciosa, sus orejas de paraguas, sus bigotes ralos y sus ojazos risueños. Al sentirse descubierto hizo con un mohín. A muy pocos les gusta hablar de la edad. Lo descubrí de pura casualidad, leyendo un trabajo de Jane Wheeler y Juan Rofes. El cuye o kuye no sólo es tatarabuelísimo, sino muchísimo más. Los años le llueven por todas partes. Torrencialmente sobre su cabeza, en un patinaje loco encima de su cuerpo lustroso, y anegando los dedos de su patitas hasta formar un charco a sus pies como un océano.
El cuye (kuye) nuestro tiene millones de años de vivir sobre la tierra, este planeta al que los humanos no dejamos en paz. Los estudiosos Jane Wheeler y Rofes aseguran que los roedores llegaron a Sudamérica hace unos 35 millones de años, procedentes del continente africano. Tenemos así que la forma ancestral del suborden Hystricognathi dio origen, entre otros, a los Hystricidae (puercoespines) en Africa, y a los Caviidae (cuyes) en Sudamérica.

Resultado de imagen para cuyes de razaNo quiero seguir abundando en esta valiosa información por no incomodar al kuye, amigo de toda la vida, al que consumimos cariñosamente en Cusco al horno, relleno ─en nuestro caso─ con hierbas olorosas,  crocante como un lechoncito, y saboreando sus suaves carnes hasta dejar sus huesos mondos; y también aunque menos en qoelawa, qowilawa o “crema, sopa, de kuye”. En otras partes lo comen chaktado (Arequipa y Moquegua), frito (Ancash, Junín) o nadando en aceite (Cajamarca). De todas formas es delicioso.
Tampoco se trata de elogiarlo gastronómicamente, ni cómo ha sido recibido en mesas extranjeras (a los coreanos les gusta muchísimo), sino de revisar el trabajo de Wheeler y Rofes y agregar algunas notas recogidas en mis viajes.
Ellos afirman que el cuye doméstico, “un pequeño animalito de temperamento inofensivo”, que “posee piernas cortas, cuerpo y cuello anchos y carece de cola”; - esto último importante de remarcar, pues hace décadas lo confundían en Lima con la rata, que es muy diferente y tiene, además de hocico largo y amenazadores dientes, una larga y repugnante cola- puede tener unos 9,000 años de antigüedad, según los hallazgos en depósitos arqueológicos.
Y ahora sí que nuestro kuye (Cavia porcellus), cuyo nombre corresponde a su nombre peruano “qowe” o “qowi”,  respira con algún alivio. Se siente como un bebé al lado de sus antepasados, cuando los continentes estaban unidos y siendo tan tímido, tan ajeno a las aventuras, pudo pasar valientemente de uno a otro. ¡Pequeño gigante!
En Cusco, según las añejas tradiciones andinas, el Ukhupacha, el mundo de abajo, está poblado por unos hombres pequeñítos que tienen cabeza de qowe. Son los ukhupacharunachakuna, pastores de los poronqoes. Mi hija Kukuli los dibujó alguna vez llevando unos pequeños chalecos bordados con flores.
En Puno tuve la suerte de ver a los poronqoes que son kuyes silvestres. Al atardecer, en ciertas ocasiones, salen de sus madrigueras y se mueven en una mancha extendida. A medida que avanzábamos, en un auto que iba lentamente, se abrían. Eran miles y ni pensar en que se pudiera coger uno para examinarlo. Hubieran desaparecido en instantes porque son veloces.
Al parecer se alimentan principalmente o solo de pasto. Un guía del lugar nos informó que no son comestibles, porque su carne tiene sabor a hierba y no es agradable.
Jane Wheeler, de CONOPA, estuvo en lo cierto cuando afirmó que al convivir con el hombre ganó mucho. Su condición de doméstico le proporcionó un techo seguro y un ambiente grato, tibio, por el calor de los fogones, al haberse acomodado en la cocina. Al recibir una alimentación especial (alfalfa o sut’uche), su carne llegó a hacerse apetecible, considerándose además que, siendo magra, es muy deseable como alimento propio de los Andes.
Alfonsina Barrionuevo

domingo, 17 de marzo de 2019


QUE SE DETENGA AL PUMA VOLADOR

En épocas antiguas se hacían ofrendas al puma cuando la sequía se radicalizaba y la tierra hervía. Entonces el felino se ponía de un salto en el cielo y orinaba humedeciendo los surcos resecos. Su acción era contraria a la lluvia que se desborda, ch’aqwaytapara, antecedida por rayos y truenos.
En las partes altas del Perú estamos acostumbrados a este fenómeno. Enero, febrero y marzo son los meses por excelencia. Pero, últimamente se rompen los diques del cielo de tal manera que miles de familias se han quedado sin nada sufriendo sus inclemencias. No se sabe qué pasará en los siguientes meses cuando llegue el frío.

Hay tal pasividad que se escucha por radio o se lee en los diarios y se pasa por alto. En general las acciones destructivas de la naturaleza no provocan una preocupación conjunta. En muchas partes somos solidarios. En otras, no. Cuando el terremoto de Ica se reunió una gran cantidad de alimentos y sobre todo de agua embotellada que no llegó a los damnificados. Los periódicos informaron que autoridades irresponsables los almacenaron en sus casas y no pasó nada. Que sepamos  nadie fue sancionado.  También se ignora qué se hizo con el efectivo para apoyar la construcción de viviendas. En los tiempos de frío la pasaron muy mal en carpas improvisadas. No es sólo indiferencia. Es también corrupción.
En las últimas lluvias que parecen más bien diluvios en el Cusco, Puno, Ayacucho, Huánuco y otras provincias altas no se ha visto una ayuda semejante a la mencionada. Han llegado fotos, información de primera plana y comentarios, lamentando los excesos del cielo y no se obtiene una respuesta de trabajo contundente. La tragedia sufrida por pobladores, agricultores y pastores alpakeros, por cuya suerte no se pregunta, se borrará de la memoria colectiva o es posible que esté vigente aún por el tiempo que falta para pasar los meses en que el agua azota desde el cielo.

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En el Cusco el río Willkamayu Valle Sagrado duplica su caudal y la mayor preocupación puede ser la interrupción de las vías que  llevan a Machupiqchu. Se habló de los millones de dólares que se pierden cuando se cancelan reservas turísticas y el esfuerzo que se hará para que el tren vuelva a estar en condiciones operativas, pero no se dice palabra de la multiplicación de hoteles en Urubamba y Ollantaytambo, que da lugar a la desaparición de campos de maíz y huertos de frutales.
Si se construye el aeropuerto de Chinchero será una vía rápida para Machupiqchu y el empobrecimiento de los pueblos de paso. Por allí un alto ejecutivo estatal comentó hace algún tiempo que bastaría dar a cada familia cuatrocientos soles. No hay caso que falta espíritu de gobierno. Habría que entregar a la gente que mora en sus punas semillas, animales y si es posible, préstamos a largo plazo para que puedan levantar mejores viviendas y cobertizos.

Se habla de limpiar el cauce de los ríos en tiempo de secas pero no siempre se puede. El Vilcanota es un río demasiado caudaloso y sólo los Inkas, pudieron encauzar más o menos dos kilómetros frente a P’isaq que fue de la panaka de Pachakuti. Hay otros de menos cuantía en los que se puede hacer obras de defensa pero no hay previsión ni de los responsables ni de los que serán afectados por la imprevisión. En cada localidad los vecinos deberían hacer un mantenimiento anual de sus propiedades. El problema está en que nadie piensa en lo que puede ocurrir el día de mañana.      
Hace algunos años  se comentó que la laguna de Wakarpay, en la parte sur del Valle Sagrado, se estaba secando. Los habitantes de sus orillas aprovecharon la situación para usar esas tierras. Las lluvias le devolvieron su espejo anterior pero sus viviendas precarias fueron arrasadas y hombres, mujeres y niños se quedaron con lo puesto.

Lo peor es que faltan aún días cruciales de lluvias. Febrero ‘loco” y marzo ‘borracho’ se solía decir hablando del tiempo.  ¿Después de enero que siempre era ‘poco’ se debe esperar cualquier cosa con los cambios climáticos, por ejemplo derrumbes. Sería interesante conocer qué medidas están tomando los municipios, los comités de defensa civil y en especial las autoridades autónomas
Hay voluntad de ayudar. Habría que aprovechar ese espíritu para reconstruir las localidades afectadas, Se debe crear brigadas de voluntarios que se movilicen cuando sea necesario e incentivar a los vecindarios para que tomen parte en consolidar su situación y protegerse de problemas en el futuro. La madre Naturaleza agradecerá también que se detengan los desmanes del puma volador.
Alfonsina Barrionuevo

lunes, 11 de marzo de 2019


WAKAS DEL AGUA 
Entre el retumbar del trueno, el silbo atronador del viento y el tamborileo estridente del agua pluvial estaba CH’AQWAYTAPARA, lluvia ruidosa que caía con fuerza volteando y rompiendo los cántaros del cielo. Su waka habría estado en la calle Nueva Alta. En el Qosqo se sentía el contraste de la lluvia guerrera con la placidez del agua que dormitaba en los puqyus evocando viejos sueños, el encanto de las qochas que abrían sus ojos de agua al pie de los nevados y el transcurrir de las paqchas que saltaban entonando himnos o ensayando diálogos. La naturaleza dibujaba sobre su piel imágenes con dedos invisibles. En sus espejos copiaba el paso de las nubes remadoras, capturaba al sol que huía por un resquicio de su red y retenía aleteos de pájaros migrantes. Kusi Yupanki apreció su valer especificando sus cualidades como wakas. El oro azul de los manantiales favorecía a quienes requerían sus dones con una sola advertencia. Nunca se debe dormir a su vera porque tienen embrujo.
En el Qosqo las afloraciones eran numerosas. En la avenida Sol, donde se edificó el teatro del Centro Qosqo de Arte Nativo, vi el último chorro de agua pura  que surgía a borbotones y se abría un camino hacia el río.

Resultado de imagen para tambomachayEn Sapantiana, de madrugada, cruzando el puente de QORQORCHAKA, que era una waka sobre la quebrada de Patallaqta, se escuchaba a flor del río Tullumayu un golpeteo de las burbujas del manantial de QORQORPUQYU haciendo un ¡gor!... ¡gor!... ¡gor!... tal la razón onomatopéyica  de su nombre. El padre Lira decía que WARWA ILLAPUQYU sacaba del interior de la tierra una linda sal gema; OROKOTOPUQYU estaba en Karmenqa, según contaban  los khipukamayuq, y las aguas del ASPADKIRI eran muy deseadas porque quitaban el cansancio.
La cascada de AYPANOSPAQCHA llevaba el sobrenombre de qhapaq porque era poderosa; KISWARPUQYU, la fuente de los kiswares, era bendecida por apagar la sed de los soldados del Inka después de sus batallas; TOTORGO AYLLA, fuente que linda con el olvido,  a veces no la recordaban. Las aguas de MUTQAPUQYU, ‘manantial escondido’, salían a la luz al borde del Qorikancha hacia el cerrillo de Pumaqchupan entregando sus caudales a los ríos Saphi y Tullumayu. En T’INPUQPUQYU el agua termal salía hirviendo y el aire condensaba sus vapores al amanecer. En KACHIPUQYU se obtenía una sal gema muy fina, ‘molida en el interior de la tierra’. WAMANTANTA estaba junto a las wakas de Ayllipanpa y Pachamama. Al poniente corrían a campo traviesa las aguas de QOLQEMACHAQWAY bajando por las faldas del cerro Pukin. Su nombre auténtico sería Poqen, donde habría estado la legendaria Poqen kancha, famosa casa de arte donde estaban las tablas pintadas que relataban las hazañas de los Inkas.  En esa época existía el manantial de CH’URO que acunaba pequeños caracoles, de allí su nombre.
Alfonsina Barrionuevo

domingo, 3 de marzo de 2019




EL PESO DE UNA LÁGRIMA


El Callao podría ser arrastrado por una lágrima divina a los abismos del mar. Cuánto tendría que pesar la culpa de sus habitantes para sufrir tal destino. Los ojos azules del Señor del Mar son límpidos, sin asomo de reproche. Nunca se llenarían de sombras, dicen sus fieles. De enterarse de la terrorífica dimensión de castigo que se le atribuye su autor, Juan Martínez ‘Montañes´, tallador en el siglo diecisiete, habría protestado. El Santo Cristo fue enviado a Lima, capital virreinal, para que protegiera a su población y no para destruirla. La leyenda debió proceder de algún fanático procurador que empuño el miedo para amedrentar, lejos de lo que representaba la venerable imagen.
El 28 de octubre de 1746 un devastador terremoto que duró varios credos –como se medía en ese época lau intensidad y magnitud- dejó a Lima y el Callao en escombros. A la tierra que no dejaba de temblar se sumó un espantoso tsunami que azotó la bahía del Callao. El mar se retiró largamente y al regresar una monstruosa ola arrasó lo que encontró a su paso.
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Al amanecer del día siguiente el puerto estaba irreconocible. De los veintitrés barcos que estaban anclados en la bahía no quedó ninguno. Veinte se hundieron y los restantes fueron arrastrados tierra adentro. El bergantín de guerra "San Martín" fue varado más allá del centro del Callao, en la esquina del mercado de la "Cruz Blanca"; "El Michelot" de Adrián Corsin, por donde está el Real Felipe y "El Socorro" de Juan Baquíjano, a más de un kilómetro.

Por doquier se advertía desolación y muerte. De los ocho mil habitantes que tenía la ciudad quedaron vivos sólo doscientos. La caja que contenía la bellísima imagen fue respetada por las aguas. Hoy se venera en la iglesia de Santa Rosa.
Los sobrevivientes de la tragedia se pusieron de inmediato bajo su protección y le dieron el nombre de Señor del Mar. La talla policromada muestra al Señor en el momento en que sus verdugos lo sentaron en un tronco, lo coronaron de espinas y le pusieron en la mano una vara, declarándolo rey de los judíos. A lo largo de dos siglos recibió hasta seis capas de pintura, siendo restaurada por un técnico experto en 1961.

Resultado de imagen para real felipeLa fortaleza del Real Felipe no existía cuando ocurrió el doble desastre. No es posible calcular hasta qué grado de ola podrían resistir sus muros. Se edificó para hacer frente a los piratas que asolaban la costa del Pacífico y, por paradoja, cuando fue terminado aquellos no volvieron. Levantada durante los gobiernos de los virreyes Superunda y Amat jugó más bien un papel importante en la consolidación de la Independencia. Cada 22 de enero se cumple un aniversario de la rendición del brigadier Rodil que, en 1826, la entregó a los patriotas.  
El Real tiene forma pentagonal, con cinco baluartes, murallas, parapetos, terraplén, escarpa y contraescarpa. Para su defensa tuvo un gran foso ya desaparecido, dos puertas hacia el noreste y al sureste, cada una con verja y puente levadizo. Los baluartes, donde estaban emplazados los cañones, recibieron los nombres "del Rey", "de la Reina", "del Príncipe", "de la Princesa" y "de San José", cambiados posteriormente.
La fortaleza se abastecía de agua potable de  "la Aguada", fuente pública del Callao. Durante el sitio de Rodil se abasteció de sus propios pozos. Albergó a miles de personas, entre civiles y guarnición militar, con las consecuencias que eran de esperarse. "Cuando se hubieron consumido todos los caballos, mulas, gatos, perros y hasta ratas, y los víveres subieron a un precio increíble sucumbieron al rigor del hambre y de la peste escorbútica unas seis mil  infortunadas víctimas".
Otros tuvieron que evacuar del Real y fueron tantos que en cuatro meses, llegaron a salir 2,389 personas, todos civiles que se habían refugiado en él.
En los siguientes años el Real todavía fue escenario de muchas acciones. En 1879 fue ocupado por el personal de los batallones de la Marina y de la Guardia Chalaca que se cubrieron de gloria en la batalla de Miraflores. En la República fue sede de la Aduana del Callao y sus casamatas sirvieron como prisión para presos políticos. En 1952 se le declaró monumento nacional.

No se sabe cuánto podría resistir a un tsunami o maremoto. El edificio está en un lugar de riesgo. Es mejor desear que no se desprenda esa lágrima atroz del Señor del Mar y que los movimientos de la placa de Naska que nos remecen levemente no lleguen a adquirir un grado supremo en los cambios de estación.
Alfonsina Barrionuevo

domingo, 24 de febrero de 2019

LOS HIJOS DE LOS ARBOLES

El amor rompió lanzas en Chachapoyas, Amazonas. Una historia que encontré en esas tierras le otorga un aura de romance. El hijo del señor del gran Vilayo se enamoró de la hija de su homónimo de Kuelap. Su padre trató de disuadirlo porque era su único heredero, pero él escuchaba solo a su corazón. Tenía que intentar lo imposible. Hacer volar por los aires su lanza hasta que llegara a los dominios de la hermosa, pasando un abra interminable. Amor o muerte era el precio de su audacia. Se presumía que iba a lograr una gran hazaña, más su brazo no pudo consumar su esfuerzo. Ya no quiso vivir y las flechas de uno y otro lado se cruzaron en su cuerpo, desatando una guerra.
La cultura de los sachapuyas, antiguos hombres de la foresta, pusieron en valor a Chachapoyas que da nombre a la capital de Amazonas abre al mundo la ciudad prehispánica de Kuelap, testimonio grandioso de su vida. Sus momias revelan que tuvieron una piel muy clara y una gran estatura. Una de ellas mide un metro noventa. Sus armas demuestran que fueron amantes de la lucha.   
Los Inkas lograron doblegar su orgullo por poco tiempo. Llegaron los españoles y en franca rebelión los apoyaron. Los chacha o sacha, ‘hijos de los árboles’, podían aparecer o desaparecer en su fronda, perderse en sus nieblas o internarse en sus ríos. Conocían el poder de ciertas plantas y alguna daba brillo a sus cabellos adornados con vinchas de plumas. Usaban camisas de algodón en verano y entretejidas con fibra de camélidos en invierno, mientras las mujeres prendían sus mantas con tupus o tipkis. Por la finura de sus sandalias caminaban sin dejarse sentir.
Su cerámica fue sencilla como sus vasos de madera, pero inventaron cucharas y cucharitas mucho antes que en Europa. En los tiempos de paz gozaban con la música. Fueron expertos tañedores de antaras, qenas de hueso, okarinas y silbatos de cerámica.

Resultado de imagen para kuelap el tinteroManejaban los khipus con soltura y podían anotar unidades, decenas, centenas y millares. Trabajaban con tres tipos de nudos y los estudiosos piensan que los simétricos eran un puro registro numérico y los que variaban en su colocación contenían mensajes, vale decir escritura.
Aún no se ha investigado la tradición oral que puede arrojar luces sobre existencia que no pudo transcurrir en el anonimato. El tiempo ha guardado sus secretos y por sus tumbas hay mucho que añadir. Los hombres eran cazadores y conocían el arte de tratar los cueros hasta dejarlos lisos para decorar la superficie de sus bolsos; instrumentos para tejer, tallas con figuras humanas y animales. Les echaban agua por la parte superior de la cabeza y salían por los genitales. Posiblemente un ritual.
La cultura chacha abarcaba un gran territorio. Su clima es frío en general y húmedo cerca de la laguna de los Cóndores. Su gente vestía con ropas pintadas y los hombres se rapaban la cabeza como los shipibos en su época de juventud hasta que formaban familia. Sus viviendas cónicas son singulares y tienen un sobrepiso para protegerse en tiempo de lluvias. En Luya todavía hay ese tipo de construcción al lado de casas actuales que son más cómodas pero han perdido su belleza y su misterio.
Mi viaje hasta Chachapoyas fue largo y tedioso. Hay tres rutas terrestres. Puede ser por Trujillo, Chiclayo o Cajamarca que ofrece hermosos paisajes. La primera, partiendo desde Lima, son 28 horas desesperantes en buses estrechos y polvareda que se asienta en los pulmones.
Así lo hice cuando fui. Ahora que Kuelap se ha convertido en un fuerte destino turístico, incluyendo la hermosa catarata de Gocta y los santuarios aéreos de Karajía. Hay vuelos de aviones y avionetas y unas modernas telecabinas para llegar directamente a Kuelap disfrutando de inolvidables paisajes.

Resultado de imagen para telecabina en chachapoyasLos estudiosos afirman que hay otras ciudades chachas por descubrir. Kuelap es sorprendente, con una arquitectura admirable. Muros altísimos, una entrada  de embudo para proteger a sus habitantes, viviendas, templos, canales de riego, miradores y otros espacios enigmáticos. Hay una construcción que es única, probablemente ceremonial, llamada ‘el tintero’, una especie de pirámide invertida que es un alarde de maestría y un cerco en la parte más alta para proteger una inmensa roca, la mamaqaqa o madre piedra, al estilo inka.
Los árboles que han invadido sus recintos no han podido ser erradicados en su totalidad. Han quedado varios con flores y ramas de colores que han profundizado sus raíces en los muros y contribuyen a protegerlos del agua que baja del cielo.
Viajar a Chachapoyas es una primicia. En la selva alta o rupa rupa su gastronomía es diferente. Su iglesia es moderna porque la antigua se cayó, afortunadamente le quedan algunas casonas y sus hoteles se engalanan con preciosos orquidearios. Sus artesanos son ingeniosos y ponen a disposición de los viajeros un abanico de piezas con acento a selva. Hay que ir.    
Alfonsina Barrionuevo  

jueves, 21 de febrero de 2019


EL MILAGRO DE LA TUNA
           
Helada, con el frío de altura en sus entrañas, la tuna puede calmar la sed más ardiente. Si pudiera soñar en los veranos pensaría en una siesta glacial en la refrigeradora, preparándose para mitigar los calores. Muy conocida de punta a punta en las Américas, desde Canadá hasta el Estrecho de Magallanes, tiene en el Perú el encanto de un Niño divino que apareció en un tunal espantando a la sequía.

La tuna, cualesquiera su color, verde o blanca, roja o morada, amarilla o anaranjada, se hace amar por su entrega total. Su envoltura con espinas amedrenta a los depredadores, pero ella, que se recuesta en un lecho de seda y terciopelo, es tierna y dulce.
He visto la historia del nopal mexicano, casi semejante. Ambas cactáceas detentan un pasado prehispánico y son Opuntia ficus indica Linneaus y Miller porque así, esta planta de orejotas verdes fue descrita científicamente en 1753 por Carlos Linneo y atribuída al género Opuntia por Philip Miller en 1768.
En su testa ovalada se albergan un mismo bicho, la cochinilla, “Dactyloplus coccus Costa”. Pero, allá es casi un árbol, un poco flaco y de hojas alargadas. Aquí es menos alta y más gruesa. En México el fruto ostenta veintitrés nominativos. Se llama higo chimbo, choya y tasajillo, entre otros. En el Perú el patronímico es tuna simplemente. La distancia las separa y establece las diferencias.
Los antiguos peruanos la descubrieron en su habitat principal, entre mar y cielos azules, en los valles interandinos, sobre suelos arenosos, calcáreos, pedregosos y tierra poco fértil, tomándola como un alimento al alcance de su mano. El ecologista Antonio Brack Egg calculaba que fue consumida hace más de 2,000 años.
Ellos no tardaron en darse cuenta de la propiedad que tenía un vecino cariñoso de la tuna, la cochinilla, que se recubre con una especie de gasa blanquecina. La apretaron y se mancharon las manos de carmín. Su tinte rico en color ha sido hallado en  textiles tiawanaku, chimu, naska, parakas, chankay, wari e inka.

Unos trescientos años atrás los tintes alemanes llegaron a nuestros Andes cruzando dos océanos. Ahora y gracias al  “coccus”  le toca al milenario tinte hacer el viaje a la inversa. El Perú es primer productor en el mundo de carmín y cubre una demanda que llega al 90%.
En los febreros, meses con paraguas, Ayacucho, que se gloria de grandes tunales, celebra el Festival de la Tuna y la Cochinilla. La tuna al natural es agradable. Como fruta, cortada en rodajas, da un toque de alegría a las ensaladas de verduras o de frutas. También en mermeladas, jaleas, yugurt, néctares, alcoholes y vinos.

En la farmaceútica se diversifica para la preparación de champúes, cremas, jabones, lociones, mascarillas y cosméticos que brillan en las mejillas y en las sonrisas.
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La goma de la penca con barro y paja sirve para el tarrajeo de las viviendas de adobe y como floculante y clarificante para las aguas turbias. Las raíces forman una malla para detener la erosión. Sus tallos sirven al ganado como forraje en las sequías y sus cenizas son fertilizantes.
En el Virreinato acrecentó su valor un infante celestial que apareció, según los relatos, en Huanta para jugar con los niños. Blasito, su nuevo compañerito, les enseñó a respetar a los pájaros y a los sapos que eran blanco de su puntería. 
Un día caluroso los encontró cabizbajos, sin ánimo. Preguntó el motivo de su desazón y le contaron que el sol se había llevado a la lluvia y abrasaba los sembríos. El año sería malo y no tendrían qué comer.
Su amigo entendió el problema y les dijo que volvería  en unos días, que buscaran sus hondas. Cuando regresó y le preguntaron a quién dispararía respondió sonriente que sería al cielo. Las piedras iban a ser tres en nombre del Espíritu Santo.
Ellos pensaron que el sol había enloquecido a Blasito. Pero, la primera piedra abrió una huella en la bóveda celeste, la segunda logró que una nube asomara por el boquete, la tercera permitió que saliera. Ella engordó como un globo y dejó caer a la lluvia. Otras salieron por el mismo forado y la sequía se acabó.

Su amigo dijo que no volvería, que lo buscaran en la Panpa de San Agustín, en Huamanga. Al acabar la cosecha fueron con sus padres y se  acongojaron cuando vieron que era un sitio solitario de tunales. Lo buscaron de todas maneras y lo hallaron en medio de una floración increíble como ceras encendidas, convertido en un Niño Dios de pasta. En el lugar se edificó una iglesia. La imagen lleva una honda y tres pedruzcos de plata recordando el milagro.

Nuestra tuna lleva en sus carnes la fuerza extraída de los Andes. Su base son minerales esenciales, potasio, selenio, fósforo, cobre y zinc, que la nutren. Los estudiosos destacan su contenido de proteínas, carbohidratos, calcio y vitaminas antioxidantes que pueden ayudar a controlar la fiebre, la diabetes, el colesterol malo, el exceso de triglicéridos, las ulceras estomacales, los problemas del hígado irritado y constituir un soporte del organismo frente el cáncer. 
Desde hace algunos años la tuna sale de su ostracismo para dar batalla entre los alimentos peruanos. Su corazón es de oro.
Alfonsina Barrionuevo