domingo, 15 de enero de 2017

EL PACHAKUNUNUNUN  DE HUAROCHIRI

A principios de 1609 el momento más terrible en la vida de Huarochirí fue el descenso de sus habitantes a Lima. Una tempestad de dolor que hizo temblar las bóvedas celestes. Para las decenas de poblados aquello fue como un pachakunununun, un terremoto, que los sacudió hasta las entrañas. El cura Francisco de Avila consiguió que en la plaza de la capital del virreinato se quemara, en un excepcional auto de fe, las piedras que conocían como ídolos, algunos cuerpos resecos de sus antepasados, huesos distribuídos entre las familias, objetos llamados konopas y otros ceremoniales. Estaba tan equivocado que el llanto balbuceado amargamente lo entendía como una manifestación de alegría de tales gentes por haber abandonado sus creencias idolátricas.  
En 1980 a mi ruego el chofer del pequeño bus que me llevó a la pintoresca ciudad trepando y bajando cerros se detuvo unos minutos en el punto más alto de la carretera, arriba de los 4000 metros. Un paraje impresionante donde aparecían desperdigados unos enormes bloques de piedra como si los hubiera puesto una mano colosal. Había leído la biobibliografía de Avila hecha por el estudioso francés Pierre Duviols y me remeció cuanto había descubierto sobre una visión diferente de lo nuestro. Allí, en un entrecerrar de ojos, podría evocar claramente  el paso procesional con su carga penosa del río humano y sus afluentes, obligado a transportar sus pertenencias más queridas por ambientes soledosos, avasalladores como Chankuya, donde un sol dorado con ribetes rojizos ponía una nota dramática.
Hay sentimientos irrenunciables y me pareció lógico que a su regreso de viajes por las doctrinas como visitador de idolatrías, durante años, Avila encontrara espantado que sus antiguas divinidades se habían encarnado en las imágenes religiosas. Cómo no iba a ser si el viento, la lluvia, el granizo, son libres y amados en el campo. El tiempo le cobró dividendos y siendo ya canónigo se marchó viejo y desolado por éste y otros motivos. Es curioso como resultan más acérrimos enemigos los de la misma casa, pues Avila nació en  Qosqo.

Resultado de imagen para dioses y hombres de huarochiri
Pierre Duviols que trabajó con el manuscrito de Huarochirí, traducido del qechwa al español por el gran escritor José María Arguedas, investigó a Francisco de Avila. Releyendo su trabajo en el libro que ambos titularon “Hombres y Dioses de Huarochirí” puedo imaginar su acuciosidad y espíritu crítico al revisar antiguos y polvorientos archivos, removiendo partes, cartas y otros documentos escritos con una letra casi indescifrable y hasta pellizcados por la polilla. Sus páginas resaltan la vehemencia del cura desde que se ordenó, en actividades que sobrepasaban las órdenes; las circunstancias fluctuantes que le tocó vivir y la displicencia de la sociedad de su época.

Ha sido muy interesante para mí encontrar a Pierre Duviols después de haberle leído en el manuscrito de Huarochirí. En el 2015 cuando vino a Lima para recibir el título de doctor Honoris Causa de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) quise entrevistarle en mi programa “Huellas del Tiempo” en PaxTV. No coincidimos porque tuve que viajar a Qosqo pero conservé afortunadamente su correo electrónico. Por este medio le envié en noviembre páginas con fotografías de mi último libro: “Espacios Mágicos de Qosqo y Machupiqchu”. Le parecieron estupendas y quiso que le enviara un ejemplar. Lo mandé a Tholonet, de Provence, Francia, con otro anterior: “Templos Sagrados de Machupiqchu.”  Su correo donde los comenta generosamente me causó infinita alegría. su talla de investigador peruanista es mundial junto a otros estudiosos como John Rowe, John Murra, Gerald Taylor, Gary Urton, Tom Zuidema, que han dedicado su vida con pasión a desentrañar o dilucidar aspectos inéditos de nuestra historia. Decididamente tengo que agradecer a los khipukamayoq que alcanzaron sus memorias a Francisco de Avila por haberme comunicado con Pierre.   

Alfonsina Barrionuevo

domingo, 8 de enero de 2017

“HABLA MICAELA”

Si hay una mujer en el Perú que merece honores, en la ruta al Bicentenario de la Independencia,  nadie como Micaela Bastidas Phuyukawa, esposa de José Gabriel Thupa Amaru, cuya lucha por la libertad arranca de su matrimonio el tres de enero de 1760 en la iglesia de Surimana, Cusco.

Es cierto que la resistencia contra los invasores se generó desde el momento en que el primer español pisó tierra en Tumbes y que la protesta estuvo siempre prendida en el aire. Sin embargo,  en l780 llegó al máximo del heroísmo con ella, su esposo, su familia, sus seguidores y más de cien mil luchadores de los pueblos cusqueños, quienes murieron en las refriegas según cálculos de sus mismos enemigos.
Investigar su gloriosa historia me motivó el hallazgo de testimonios de su vida en un recorrido que hice hasta Surimana, a caballo desde Tungasuka. La hermosa alfombra que cubrió el presbiterio de la iglesia el día de su boda, el Niño Dios que veneraba en su casa y la Virgen del Carmen que su esposo mandó pintar en un batán, las cuales fueron robadas posteriormente. 

Enseguida recurrí a las cartas y bandos de su mano, que figuran en el proceso, y logré configurar la personalidad de esta bella y joven mujer, escribiendo en primera persona, usando mis conocimientos de los lugares donde estuvo y mi condición de periodista andina.
Hay que reivindicar el extraordinario sacrificio de Micaela y vayan algunos párrafos de mi libro “Habla Micaela”, donde se explican los motivos por los cuales tuvo lugar el movimiento libertario de José Gabriel Thupa Amaru.

Niño Dios de Micaela. Foto: Alfonsina Barrionuevo D.R.
 “Las leyes de protección escritas en España para los naturales de Indias, que así nos llaman, no tienen verdadera fuerza,” -escribió José Gabriel.-. “Están exentos de pagar tributo los menores de dieciocho años y los mayores de cincuenta, los ciegos, los dementes e imperfectos, los sacristanes y cantores de las iglesias. Pero se incumplen y hay que pagar por los niños tiernos y por los ancianos, por los inválidos y los locos, por los vivos y por los muertos, y como nunca se terminan las deudas, se heredan por dos y tres generaciones. Nadie puede escapar a este sistema y todos viven temblando. Antes sobraban los alimentos. Había comida para los tiempos de sequía y los de inundación. Hoy se cultiva menos cada vez”.
“Las minas son como sepulcros, explicaba a Micaela,- “He reclamado mucho el derecho de leguaje, pues caminan tanto para trabajar en las minas, por lugares escabrosos y helados que, a veces, mueren en el trayecto o llegan extenuados para lo mismo. En las galerías permanecen sin ver la luz, sin dormir, sin descansar, trabajando día y noche, recibiendo palos y azotes si se atrasan, pereciendo en los derrumbes, y si tienen suerte salen con la salud tan quebrantada que mueren en  el camino de regreso. El mineral que sacan chorrea sangre”.

“Hay también una especie de fiscales de puna o sacristanes que cuentan a los que nacen o mueren en las serranías para cobrar después derechos de bautismo y de entierro, decía ella. -Estos son tan crueles que, si no cobran, dejan a los muertos con una mano afuera para que se sepa que sus familiares no han cumplido con la parroquia. Si no pueden pagar porque son muy pobres, ponen a los difuntos de cabeza para que se vayan al infierno. Si hay alguno que falleció en su ausencia, basta saberlo de boca para registrarlo.”
Micaela, de sólo 35 años de edad, siempre pensó en tomar el Cusco y hacerse fuerte en la capital imperial. La partida desde Surimana y Tungasuca se fue postergando hasta que se decidió hacerla. Había esperanza en ella pero también preocupación porque el general Del Valle ya había salido de Lima para impedir su ingreso.

“Al fin se inicia la campaña sobre la Ciudad Sagrada, -pudo haber dicho.-. Nuestras tropas suman miles. Hasta los machulas han reclamado su derechos a estar allí. ‘Nosotros ayudaremos a los jóvenes, han dicho. Cantaremos las antiguas canciones de guerra para animarles. ¡Qué se levante el puma que estaba aletargado en su corazón!”
El sitio no fue propicio por múltiples razones pero principalmente por la presencia del ejército español con buenas armas y numerosas tropas bien entrenadas.

Alfombra de su boda. Foto: Alfonsina Barrionuevo D.R.
José Gabriel y Micaela tuvieron que replegarse, pero manteniendo su ánimo. La idea era llegar a Puno y reforzar sus huestes con la gente de Thupa Katari. La retirada fue dolorosa. “Seguimos luchando. Los españoles exhiben como trofeos las cabezas de los caídos. Los pututos resuenan día y noche. Tampoco descansan los wankares.”
Como tenía que ser el bando de Areche ofreciendo 3,000 pesos por la cabeza del líder andino dio resultado. En Tinta Su compadre Francisco Santa Cruz arregló su entrega y también Micaela fue detenida.
Es de imaginar cómo estuvo la ciudad sagrada cuando llegaron. Su cielo encapotado parecía compartir su congoja.
“Nos han hecho entrar a Cusco en una tarde que parece enferma de melancolía, en que mi boca siente la amargura de la hiel. No he sentido pena por mí sino por nuestro pueblo. No quería entrar así cuando parece que las piedras lloraran sangre. Los indios agachan la cabeza y la voltean. No hay nada peor que contemplar una esperanza trunca.”
Al momento de la ejecución salió de su prisión en el convento jesuíta. Había sufrido un terrible y procaz interrogatorio, vejámenes y martirio. Para escuchar su sentencia tuvieron que sostenerla. No se sabe cómo fue al tabladillo para morir. En la mesa de sus verdugos había la imagen de un Crucificado. Seguramente tuvo tiempo para pensar.


“Estoy ante una mesa donde han puesto un santo Cristo entre dos cirios. ¡Tampoco tuvieron piedad contigo, Señor! ¿No sé por qué estás ahí? ¿Qué quieren nuestros enemigos? ¿Hacerte cómplice de su infamia?”
Su último sufrimiento fue asistir desde el tabladillo al suplicio de sus compañeros de lucha y… de su hijo.
 “¡Ay…mi corazón se revuelca en mi pecho, en un charco de dolor…! Pasan a la horca mi hermano Antonio, José Verdejo, Andrés Gastelú, Antonio Oblitas, Francisco Tupha Amaru…  ¡Hipólito…mi hijo! ¡Wawaymi!  ¡Siento en mis senos correr la leche que te dí! ¡Me estás devolviendo la vida y estoy muriendo contigo! ¡Las lágrimas astillan  mis ojos sin salir! ¡Hipólito, perdón por haberte traido a la vida y por llevarte  a la muerte!  ¡Por haber olvidado en el fragor de la lucha que era madre y también, porque si acaso pudiera retroceder el tiempo, yo volvería a  caminar lo andado!”
El coraje de la mujer andina se prueba en no rendirse en el último momento sino mantener un canto de esperanza.
“He visto a José Gabriel con la sangre negra sobre su ropa. El cree, lo sé, que nuestro pueblo tardará mucho en levantarse. Yo quisiera animarle, infundir calor a su corazón. Decirle otra vez y mil veces que lo amo, que voy a morir cantando, que la esperanza no muere, que tengo fe en el mañana…”
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*. En el Perú todos somos andinos porque las últimas estribaciones de los Andes llegan hasta el mar y entran a la omagua. Las fotos que ahora son fotos testigo, son mías. D.R.


Alfonsina Barrionuevo

lunes, 2 de enero de 2017

MAGICO BOSQUE FLOTANTE

Lima puede retozar a sus anchas en sus lagunas de sierra adentro. Entre montañas cubiertas de verdor las aguas de los deshielos del Pariaqaqa crean remansos, cascadas, lagunas y recodos. A 4,800 metros sobre el nivel del mar se suma un bosque flotante, con un árbol acuático. karka-, que me dio la primicia de ser la primera periodista y productora de televisión que llegó a su área.
Dalí podría haber pintado, en una de sus genialidades lindante con la locura, un bosque flotante en el agua o en el aire. Con sus pinceles y su arte hubiera sido fácil. Otra cosa es que exista un bosque real semihundido en el agua, creciendo misteriosamente sobre un manto de rocas, sin un gramo de tierra, conocido por la gente del lugar como Papaqocha. Los árboles que pueden alcanzar hasta tres o cuatro metros de altura ocupan un perímetro respetable.
A este increíble capricho de la madre naturaleza se puede llegar por La Oroya, entrando por Pachacayo, centro administrativo de la SAIS “Tupac Amaru” o por Cañete haciendo un ascenso al cielo. El  bosque y la laguna que lo amamanta son producto de dos nevados. El majestuoso y legendario Pariaqaqa, de cinco cuerpos, - roca, nieve,  granizo,  lluvia y  viento-; y, Tikllaqocha, otro nevado menor.
En la cuenca de la vertiente occidental andina no existe algo semejante dijo el amauta huanuqueño Javier Pulgar Vidal, a cuya casa fui con la grabación en video del bosque. Para él fue un motivo de gozo contemplar las imágenes captadas por el camarógrafo. Su espléndido ramaje, sus raíces desnudas abrazándose angustiosamente a las piedras y los riachuelos que corren por el piso con gran bullicio, impidiendo el ingreso de persona alguna porque el piso debe ser muy resbaladizo.
Su historia la conocen solamente las aves que se posan ligeramente sobre sus ramas. No se han visto nidos cerca y puede ser porque la karka, así es su nombre andino, tiene ramas con espinas. “El árbol del agua” forma este singular bosque que está rodeado por decenas de especies herbáceas y arbustivas. Será necesario estudiarlas. Puede haber medicinales.
En sus viajes el célebre botánico Antonio Raymondi no pasó por allí. No se sabe con precisión sus características porque es una enigmática novedad botánica. El hecho de que se encuentre a tanta altura, a cierta distancia de la cadena de nevados del Pariaqaqa, ha mantenido la densa masa hidrófila inédita para la ciencia.
Al otro lado de la laguna está cuidando a su criatura el Pariaqaqa, nevado cuyas historias míticas recogió el clérigo cusqueño Francisco de Avila en el siglo XVI en su idioma nativo, el qechwa, siendo traducido al español en el siglo XX por José María Arguedas y después en una segunda versión por Gerald Taylor. Las diferencias deben ser interesantes. José María tenía una alma andina, Taylor es un estudioso notable.
Sus deshielos que se unen a los del Tikllaqocha, dan lugar a una inmensa laguna, de un hermoso color turquesa, que es la primera de muchas otras. La gente le llama Papaqocha pero no tiene sentido. Podría hacer sido p’aspaqocha porque refleja en sus contornos los roquedales y parece por momentos una masa rocosa líquida.
La laguna hacia el lado sur rebasa un muro natural de contención que es inmensamente ancho. Sus aguas se descuelgan silenciosamente unos diez metros y al tocar el piso o manto se abren en decenas de brazos ruidosos que bajan con fuerza el declive rodeando los árboles de troncos leñosos, para despeñarse en seguida en una grandiosa catarata. Cuando la vi me conmocionó. Sentí que el agua corría por mis arterias y mis venas.
El bosque de Papaqocha no tiene relación con los manglares de la costa cuyas raíces encuentran la tierra fangosa que se forma con la que arrastra el río hacia el mar. Los especímenes vegetales que llamaron la atención del ilustre geógrafo viven en el elemento líquido como una contradicción a todo lo conocido, donde algo deben encontrar para sobrevivir.
En tiempo de sequía se puede observar en algunos sectores un musgo rojizo llamado shinka por los lugareños. Tampoco se sabe qué es. Entregué algunas muestras al experimentado botánico Ramón Ferreira, investigador del Museo de Historia Natural Javier Prado. Después de unos días me dijo que por las primeras observaciones, es muy  parecido a la Skallonia myrtilloides, un arbusto espinoso de tierra llamado también t’asta que fue descrito por Raimondi, Weberbauer, Linneo y ha sido encontrado en Cajamarca, Amazonas, Huanuco, Apurímac, y fuera del Perú en Bolivia y Venezuela. En este caso no se sabe por que ha buscado un medio acuático adaptándose a él y desarrollando más de lo usual. A su lado hay ejemplares del Senecio soukupii aferrado igualmente a las piedras debajo del agua.
Imagen relacionada
Al ver los árboles las preguntas son numerosas. ¿Cómo se adaptó esta especie de ramas con hojas blanquecinas, espinos y diminutas flores amarillas, a escalar semejante nivel ecológico en un elemento glaciar? ¿Desde cuándo es hidrófila? ¿En qué momento prescindió de la tierra para internarse en la laguna? ¿Qué pasa con sus semillas? ¿Cómo pueden crecer si están expuestas a que la corriente se las lleve?
Evidentemente hace falta que los investigadores vayan a estudiar la karka y sus intimidades. Es tan extraña que hasta hace equilibrios para mantenerse erguida y soportar en parte el embate de la cascada donde se precipitan las aguas con ímpetu bajando por un bellísimo graderío natural.


Las lagunas y el bosque están a unos cuatrocientos metros de Vilka, pequeño y pintoresco poblado. Uno de sus vecinos más notables fue don Germán Zárate quien llegó en 1914 realizando una excelente labor. Inició la cría de truchas, impulsó la ganadería y propició la construcción de un puente con tres arcos por donde discurren las aguas cristalinas de los nevados. Su hijo, el ingeniero Rubén Zárate, que fue gerente general de la SAIS Tupaq Amaru, logró que la zona fuese considerada Santuario Turístico. Ahora es Reserva Paisajística Nor Yauyos Cochas y hay que cuidarla. Es vulnerable a varias empresas mineras cercanas.  

domingo, 25 de diciembre de 2016

POESIA EN EL AMOR Q’ERO

En el 2010 José Alvarez Blas visitó a los q’ero y se quedó un tiempo. Una buena química surgió entre él y los “los hijos de la luz”, al punto que aceptó ser compadre de varios. Sus espléndidas fotos captan el quehacer cotidiano en este pueblo legendario.
En Chuwa Chuwa y Qocha Moqo, a 4,500 metros al pie de los nevados, los taitas, que endulzan su vejez con llipta y coca, enseñan a sus nietos a identificar astros y constelaciones vinculadas con su vida y sus creencias, el manejo de una tres variedades de khipus y a interpretar como apirinkus canciones dulces a la naturaleza.

Los hombres visten el unkhu imperial, camisa sin mangas, sin cuello, de una sola pieza y de color negro. Las mujeres adornan sus trenzas con tirinkas, borlas de hilo de colores, y usan sombreros en lugar de la llakolla, especie de manta inka ceremonial que  se dobla encima de la cabeza. Todos dominan el arte textil y sus antiguas técnicas para impermeabilizar las telas y darles una decoración al tornasol; extrayendo los tintes de hierbas como el chuku chuku, que da verde pasto; el chapi, rojo; el punki, amarillo anaranjado y la luna chillka, negro.
En Q’ero, su segundo nivel, a 3,400 metros, sus viviendas de piedra, barro y paja brava, desafían al viento punero de siderales dimensiones y siguen siendo colectivas, son las mismas que conoció Oscar Núñez del Prado, miembro de la comisión de la Universidad de Cusco que los visitó en 1955 y a quien entrevisté mucho tiempo después. En los alrededores tienen las kanchas o corrales para sus llamas, alpakas, ovejas, vacas, cerdos y caballos, que son sus mayores recursos.

Puskhero, su tercer nivel, a 1,800 metros, es su paraíso, sumergido en nieblas azules, frondas casi irreales, torrenteras o paqchas de aguas blancas, puentes de troncos de árboles sobre los precipicios, peldaños plagados de abrojos, desfiladeros estrechos que provocan vértigo y tramos del camino inka a Pantiaqolla. Las casas de madera, poéticamente cubiertas con helechos y enredaderas, se clavan con horcones en la mitad de las pendientes.
En la empinada ladera de los cerros siembran y cosechan acrobáticamente ochenta variedades de papa como la ruk’i para el chuño y la moraya; la rakacha y el llakhun, tubérculos dulces; además de ollukos, okas, añu, camotes, maíz, papaya de color, achira y calabazas. 
Es tan inclinada que si rodara una papa podría matar, por la velocidad, una serpiente que abajo estuviera levantando la cabeza.

Los q’ero viven en los tres niveles al mismo tiempo. Su capacidad para resistir los frecuentes cambios de clima y altura es asombrosa. Suben y bajan en sólo horas. De las cumbres a los bosques hay 70 kilómetros en línea casi vertical; con cruces para el paso de las llamas en Kiospanpa.

Los juegos amorosos se dan en el pastoreo, la siembra y la cosecha.  Al cabo, la elegida recibe una soguilla para amarrar su telar. Si el pretendiente le gusta le entrega una ch’uspa o bolsa. Ambos deben cumplir algunas exigencias. La joven debe tener ojos risueños, saber tejer, hilar, cocinar, cuidar el ganado y ayudar en las tareas del campo. El varón debe poseer algunas chacras, ganado, y ser afable, comprensivo y trabajador.

Si se aman los padres celebran el warmichakuy, la  petición de mano, con un diálogo figurativo. Hablan de una paloma que se ha posado en un árbol de romerillo. Para bajarla qué darán, pregunta el padre de ella. Siete brazas de cinta y dos hachas, responde el padre de él.
Las preguntas van y vienen hasta que el padre del joven menciona que “el ave que vuela en el espacio tiene su pareja; el gusanillo que dormita en el corazón de la tierra, también; el hilo debe tener dos dobleces, no puede ser de una sola hilada. 
-De igual modo, nuestros hijos deben vivir en pareja”, concluye.
“Si es bueno su kawsay pacha, destino, que convivan. No vaya a ser nuestra hija para la pena, no vaya a ser abandonada con un niño”, agrega la madre.    
Acto seguido celebran el k’intuy quedando sellado el compromiso.  De nacer un niño sin la ceremonia será un niño q’aqa, un hijo de nadie, y al nacer debe ser abandonado. Se salva si lo adopta el abuelo materno como ocurre casi siempre.

En las últimas décadas los q’ero no han podido sustraerse al contacto con el Cusco. Recelosos y desconfiados han comenzado una relación amistosa con los estudiantes de la Universidad de San Antonio Abad, para “leerles” en la coca si les irá bien en los exámenes. Estos piensan que es todo lo que saben y se equivocan. Sus hanpiq o médicos son depositarios de una sabiduría  inédita. Su mundo mágico gira en torno de los kawaq,  los altomisayoq y los laik’as. 
Los primeros gozan entre su gente de respeto y prestigio. Descifran el porvenir, tienen en sus manos los secretos de la vida y la muerte, conocen las propiedades de las hierbas medicinales, su preparación para curar las enfermedades y lo que es más, están autorizados para convocar a los Apus y los Aukis, espíritus del Ande, y hablar con ellos sin usar alucinógenos ni chakchar koka (coca). A los terceros los temen porque pueden atraer la desgracia.

Su vida sigue regida por el Waman Ripa pero se siguen abriendo más porque ahora muchos se expresan en español con propiedad. Sus prendas han variado poco. No abandonan su ch’ullu con pompones donde van cosiendo piñis o mostacillas para darle realce, ni su poncho de diseños referenciales, ni su wara, pantalón de bayeta negra. Pero, les agrada usar relucientes relojes de pulsera, como muestra de modernidad, y han aprendido a manejar el celular como cualquier habitante de la ciudad.


Hace unos meses dos q’ero, a invitación de José Alvarez Blas, montaron en un jet intercambiando comentarios en qechwa y admirando desde el aire, un privilegio de los cóndores, la grandeza de los cerros que son sus protectores. Después, viajaron hasta  Caral, y con la venia de la arqueóloga Ruth Shady, recuperaron su majestad de sacerdotes andinos para hacer una ofrenda al Gogne, el cerro tutelar de la civilización más antigua de América del Sur.
Al filo del atardecer el médico fotógrafo captó, con su Hasselbladt digital, el momento supremo en que milenios se dieron un abrazo cuando ardió jubilosamente Apu Nina, el fuego sagrado, y Mama Kuka voló en alas de Apu Wayra, el viento, sacralizando el espacio.


Alfonsina Barrionuevo

domingo, 18 de diciembre de 2016

LOS Q’EROS, HIJOS DE LA LUZ


El día en que José Alvarez Blas me dijo que viajaría a Qosqo para visitar a los q’eros, a más de 4,500 metros sobre el nive del mar, me sorprendió. El recorrido es muy agreste. Antiguamente, desde Paucartambo, eran noventa y dos kilómetros, a pie o en mula. Hoy, existe una trocha, que trepa más o menos hasta la mitad,  acortando el esfuerzo.
A esa altura el corazón parece un cóndor enjaulado. Sin embargo, valió la riesgosa experiencia para el notable médico y fotógrafo, porque gracias a ella logró capturar con su cámara el toque mágico que cubre a Q’ero, sus paisajes y su gente. Una aventura fascinante desde que se entra a la azulada cadena de cuchillas del Waman Qaqa y se continúa sucesivamente por T’iobamba, Q’ero Paskana y Kulis Phausi. Más adelante, siguiendo el curso del bramante  Sunturmayu se asiste a su encuentro con el Willkamayu, río sagrado, para alcanzar el valle glaciar del Willka Yunka que se abre en círculo de elevados picos que es preciso tramontar para alcanzar el desafiante Waman Ripa, su Apu de nieves perpetuas y cerros escarpados.
La impresión al vencer su accidentada orografía es tan real que se puede asistir, gracias a su arte, deshojando el tiempo a la inversa, a un grandioso espectáculo del pasado, cuando la tierra estaba débilmente iluminada por la luna. Contemplar  al astro nocturno detenido en un harapiento mar hollín, mientras abajo se mueven los ñaupa machu, unas poderosas criaturas de colosal estatura, que hacen girar las rocas a voluntad y las disparan convirtiendo las montañas en llanuras.


Ruwal, el espíritu creador, caudillo de los Apus, quiso aumentar su poder, pero, los altivos ñaupa lo desdeñaron. Irritado por su soberbia Ruwal creó “una estrella brillante”, el sol, y ordenó su salida. Casi ciegos por la luz se refugiaron en sus cuevas. El astro rey los deshidrató y fueron muriendo con sus carnes adheridas a los huesos. Algunos lograron sobrevivir. Son los soq’as que salen de sus cuevas cuando se pone el sol o hay luna nueva.

Foto: José Alvarez Blas en Q´ero
Al marchitarse la tierra los Apus crearon a Inkari y Qollari, un hombre y una mujer. El primero recibió una barreta de oro y la segunda una rueca, símbolos de poder y laboriosidad. Inkari debía arrojar la barreta y fundar la capital de un imperio donde se hundiera. La primera vez cayó mal. La segunda, se clavó oblicua entre un conjunto de montañas negras y un río. Allí fundó Q’ero y quiso quedarse porque le tomó cariño.
Los espíritus de los cerros le obligaron a cumplir su mandato permitiendo que los ñaupa cobraran vida. Los hijos de la oscuridad hicieron rodar enormes bloques de piedra hacia el pueblo para destruirlo. Como no quería perderlo Inkari huyó hacia la región del Titiqaqa. Se quedó un poco para meditar y caminó hacia el norte lanzando la barreta por tercera vez, desde la cumbre de La Raya, y se clavó vertical en el centro de un valle donde fundó Qosqo.

Los q’ero vivieron un tiempo tranquilos, en su extraño mundo poblado de leyendas, hablando con sus montañas, conservando antiquísimos ritos y costumbres, aprendiendo a danzar con los kios, pájaros míticos de altas patas que se mezclaban con ellos, mientras los descarnados ñaupa esperaban en las oquedades que se apagara el sol. Un mundo donde el día dura cinco horas, -de las siete a las once de la mañana-, en que un manto de oscuridad lo envuelve.

Cuando los  Inkas iniciaron su expansión pidieron a los q’eros que rindieran un tributo anual y estos le mandaron pacas con excremento de llama. Semejante burla los indignó y devolvieron a su comitiva con las manos cortadas. Ante tremenda reacción acataron su mandato y enviaron a Qosqo hermosos vasos de madera tallada llamados keros y prendas finamente tejidas.
La dificultad para llegar hasta el lugar les dio una cierta libertad en los siglos siguientes. En el que acaba de pasar resultaron incorporados a la hacienda de don Luis Angel Yábar, gran catalogador de papas, quien tenía un famoso huerto al que puso el nombre de “Manicomio Azul”. Lo hizo por sus audaces injertos en sus árboles frutales que daban especímenes de aromas y sabores alucinantes. En tiempo de lluvias los q’eros tenían la obligación de bajar a su casa hacienda de Paucartambo para reforzar el muro del “huerto enloquecido” que daba al río Llavero. Al abusivo señor, que les cortó su larga trenza, signo de su estirpe inka, nunca le importó que sus enfurecidas aguas se llevaran a más de uno o dos por cada vez.

Foto de José Alvarez Blas en Q´ero
En 1958 el gobierno de Manuel Prado expropió Q’ero y se los dio a petición de Oscar Núñez del Prado, Carlos Monge Medrano, Pedro Beltrán y Luis E. Valcárcel, personajes muy ilustres. Sus comunidades de Chuwa Chuwa, Q’ero y Puskero prefirieron desde entonces aislarse. Sus chozas, solitarias, enquistadas en la cordillera, con un jirón de siglos clavado en todo lo alto resumen en las fotos de José Alvarez Blas la historia prodigiosa y formidable de este pueblo, que conserva frescas y vivas sus raíces.

Alfonsina Barrionuevo


domingo, 11 de diciembre de 2016

LAS TABLILLAS DE TIKNAY

Aún tenía polvo en las mejillas y sensación de cansancio en mis huesos, después de un recorrido de once días en ómnibus, a caballo y a pie, por los tortuosos caminos de la provincia de La Unión, Arequipa; cuando me enteré de la existencia de unas tablillas asombrosas con un mensaje de milenios. Algo que no podía dejar que escaparan de mis pupilas en Tiknay. Atardecía cuando Fernando Polanco de Alka, mi incansable guía de viaje y promotor de su tierra, me mostró algunas de las páginas de su biblioteca pétrea. Una huella de vida antiquísima al lado de unas flores silvestres que crecían en un cerco de pirka. Las linternas desprendían una luz brillante. Yo hubiera querido alumbrarme con luciérnagas más ellas estaban muy lejos. Fue una rápida mirada. Otra cosa sería alguna vez a plena luz del día aunque sin la magia nocturna.
Polanco me informó que hasta las últimas décadas del siglo XX sus coterraneos vivieron allí. Después se trasladaron a un paraje menos frío, más abrigado, con el nombre corriente de Pueblo Nuevo, abandonando el de Tiknay. Sólo vuelven en algunos meses para cultivar los surcos sin advertir la cercanía de un grupo arqueológico, ajenos a la grandeza de esos lazos de sangre que los emparentan con el pasado.
Sus niños, curiosos por acercarse a los "gentiles", por si acaso encontraran un trozo viejo de cerámica, hicieron un portentoso hallazgo. En sus juegos descubrieron hallaron una misteriosa entrada, detrás de una gran roca, protegida por la vegetación. Los más audaces se deslizaron hacia adentro y encontraron un recinto que visualizaron con ayuda de un hermoso rayo de sol. Su luz les permitió  llegar a una galería donde se apilaban cientos de lajas o tablillas.

"Los ojos del diablo". Foto Fernando Polanco
Tuve la suerte de ver unas cuantas. En su superficie aparecían jaguares, pumas soles y arco iris. Los jaguares u otorongos de patas acolchadas debieron ser llevados de la jungla cálida a la estepa fría como un regalo. Los pumas u oqe mishi, según sus leyendas, suelen volar entre los cerros llamando a la lluvia. Ellos la provocan al despedir chispas celestes por su hocico y por su rabo. En las noches claras, entre mayo y octubre, el puma se deja ver en el cielo formando una constelación.
El hallazgo de Tiknay, en la provincia de la Unión, Arequipa, confirma la reverencia que se observó desde hace miles de años por los felinos, sin precisar hace cuántos, porque aún falta levantar las piezas y realizar un estudio exhaustivo de las pinturas. Han salido las primeras y han despertado admiración por la originalidad de sus diseños y el mensaje dejado en una etapa auroral de la humanidad.
Los soles y lunas de colores que refulgen en otras lajas también son impresionantes. Los tikneños prehistóricos sabían hacer círculos con una propiedad sorprendente, como si fueran a compás. Debieron admirar los crepúsculos y también la presencia de la luna en la kallanpa o globo del infinito, ya llena, nueva, creciente o menguante. Imposible descifrar su pensamiento. Los antiguos fueron unos pintores inspirados que copiaron los fenómenos celestes y terrestres que tenían a la vista, conociendo su influencia sobre los cultivos, la parición de los animales y su propia vida. Los soles y las lunas podían ser días, meses y años. Una contabilidad de su existencia.

En 1996, cuando viajé a Alka para grabar un documental de televisión sobre los increíbles “Ojos del Diablo”, una panpa de caprichosas aguas termales dispuestas en volcancitos como los párpados blancos de unas pupilas sangrientas, -hierro sin duda-, visitando el bosque de rocas de Santo Santo o Wanka Wanka y otros atractivos geológicos que hay en la provincia, conocí las maravillosas tablillas pintadas. Un día estarán en el itinerario de los turistas porque La Unión es un verdadero emporio de sorpresas, donde el hombre y la naturaleza lograron verdaderas obras de arte en alturas que pasan los 4,000 metros sobre el nivel del mar.

Alfonsina Barrionuevo

domingo, 4 de diciembre de 2016

UNA PAVA QUE QUIERE VIVIR

Un día de esos me llegó la noticia de que habían encontrado una pava en la quebrada del Frejolillo, en Piura. Una criatura que se pensaba extinta desde hace más de un siglo. Me emocionó que se hubiera escapado del ojo implacable de los cazadores. Ella tenía que ser hermosa, una belleza entre la avifauna norteña. “Esbelta, de ojos con un charco de luz donde se perdía la mañana, cuello alto, garboso, de gargantilla roja, patas largas, rosadas o anaranjadas, prestancia en el andar, sin prisas, linaje impreso en alas que se abrían en abanico al volar.”
Bueno, nada de eso. Se trataba simplemente de una ave timidona, sin aires de reina, cuya única gracia era hacer su nido y vivir en las ramas de los árboles como si fuera un pajarito. Felizmente sobrevivió y cuidada de lejos siguió viviendo en paz en su reducto norteño. Sin embargo, hace nos días llego una terrible noticia. Un incendio devastador arrasó con la vida de los animales de los bosques donde se le creía segura. La gente de los caseríos cercanos y pueblos, guardaparques y bomberos que fueron desde Cusco, lucharon más de una semana para dominar el fuego. El desastre fue inmenso y no se sabe que pasó con la pava y el oso de anteojos entre otros. Ojalá hayan escapado de las llamas voraces que han abrasado numerosas hectáreas. Vuelvo a poner datos de ella para que la conozcan de cerca.
 “Si logra remontar el tiempo –escribí hace algunos años, -será dueña y señora de la quebrada del Frejolillo, su último refugio cerca de Olmos, entre Piura y Lambayeque. La pava aliblanca (Penelope albipennis) se reproduce una sola vez al año y pone únicamente dos huevos. Si se la sigue protegiendo podrá aumentar su población, hasta que se considere a salvo.
Hace más de cien años su vuelo pareció haberse apagado en el ramaje seco de los bosques arenosos del norte. El hallazgo de un ejemplar fue una apuesta a la esperanza, que mereció una disposición intentando que se recupere.

La crácida ha luchado mucho contra la adversidad. Por un lado, la reducción de su mundo. La tala indiscriminada del bosque seco había recortado su hábitat haciéndola retroceder, al engullir con voracidad algarrobos (Prosopis pallida), palosantos (Burse huasango), frejolillos o huayrulos (Eritrina smithiana), almendros (Grave olens) y hualtacos (Loxop terygium); a la vez que era presa de temibles depredadores. Su migración, en busca de  nuevas tierras, no favoreció su existencia.

Resultado de imagen para ave aliblancaEn 1876 Jean Stolzmann vio un ejemplar desorientado en la isla Condesa de los manglares de Santa Lucía, en el delta del río Tumbes. Un año después, en 1877, el famoso naturalista polaco Ladislao Taczinowski avistó otro y lo clasificó, dándole su apellido. Se creyó que la especie estaba casi extinta porque no se pudo ubicar otros. Por coincidencia, igual suerte corrió en Piura un “baile de la pava”, en el que las parejas imitaban su encendido cortejo. Simplemente se dejó de ejecutar en el siglo pasado.    
Sin embargo, la estudiosa Maria Koepcke sospechó que podía haberse internado en otros bosques secos, donde se creyó más segura. Ella convenció al conservacionista Gustavo Del Solar Rojas para que la buscara. Así lo hizo, y en 1977 Sebastián Chinchay le reveló que había algunas en la quebrada de San Isidro en Olmos, Lambayeque. Allí encontró, con el ornitólogo John O’Neill, algunos ejemplares. Su hallazgo fue base para obtener la Ley Nº. 280499. que protege su vida en libertad.

Para un ave que subsistió aterrada, perseguida por los cazadores o expuesta a enemigos naturales, fue un respiro hallar abrigo en 34,412 hectáreas de fronda que le cedió en Chaparrí la comunidad moche de Santa Catalina de  Chongoyape.

A la par Gustavo Del Solar le dio asistencia, creando en su fundo el Zoocriadero “Bárbara d’Achille”. Sus esfuerzos fueron recompensados cuando nacieron las primeras pavitas en cautiverio. En el 2006 varias parejas fueron introducidas —por primera vez— en su ambiente, debidamente monitoreadas para comprobar su adaptación. 
En ese interín, una pequeña pero significativa cantidad de estas princesas de plumaje verde tornasolado, con la característica franja blanca en los extremos de sus alas, fue descubierta en la quebrada del Frejolillo, donde había permanecido casi en secreto. El lugar está dentro del territorio del caserío Limón, sector El Platanal, exhacienda San Martín de Congoña, distrito de Huarmaca, provincia de Huancabamba, Piura.
El bosque prodigioso toca con un extremo la provincia de Lambayeque, por Olmos. La vía es muy usada por los “bird watchers” u observadores de aves y los investigadores que la conocen.
Ultimamente anduvo por allí el periodista Enrique Angulo Pratolongo, gran conocedor de la vida silvestre, quien me relató la azarosa historia de esta ave, conocida como la pava del pasallo (Eriotheca ruizi), por el árbol, cuyas flores son su postre favorito. Por correo me envió, para nuestros lectores, fotografías que tomó Michell León.  Según dijo es “una gloria internarse en un verdadero paraíso interandino, entre 150 y 2,000 m.s.n.m., donde tienen sus pisos una diversidad de animales, pájaros e insectos.”
La quebrada del Frejolillo, bosque seco de colina, “espinoso, premontano y tropical”, tiene la amplitud que le confieren sus 1,300 hectáreas, de verdes exultantes entre enero y abril, y de oro pajizo entre junio y setiembre. La pava aliblanca prefiere mantenerse lejos de los sajinos (Pecari tajacu)  las boas, en especial  la macanche (Boa constrictor ortonii), los gatos monteses (Oncafelis colocolo), las ardillas nuca blanca (Sciuris stramineus) y el  puma (Puma concolor).
En cambio es amistosa vecina de viskachas (Lagidium peruanum) y  venados grises (Odocoileus virginianus), a la par de una avifauna esplendorosa, cuyos cánticos y estridencias no la molestan.
Los especialistas han reconocido estas especies en peligro de extinción: el colibrí  Estrellita Chica (Acestrura bombus), el rascahojas de capucha rufa (Hylocryptus erytrocephalus),  el mosquerito pechigris (lathrotricus), el jilguero azafranado (Carduelis slemiradzkii), el loro cabeza roja (Aratinga erythrogenys), el carpintero de Guayaquil (Ccampephilus gayaquilensis) y el tirano de Tumbes (Tumbezia salvini).
El ingeniero forestal Fernando Angulo, quien dirigió el Zoocriadero de Olmos y trabajó en el Centro de Ornitología y Biodiversidad (CORBIDI) sucesivamente, menciona otras aves típicas, endémicas y amenazadas, como el elegante pecho-de-luna (Melanopareia elegans), el carpintero ecuatoriano (Picumnuselegante Psclateri), el trogón ecuatoriano (Trogon mesurus), el chotacabras de matorral (Nyctidromus anthonyi) y el zorzal de dorso gris (Turdus reevei). También se puede apreciar a la paloma de vientre ocráceo (Leptotila ochraceiventris), a la lechucita de frente anteada (Aegolius harrisii) y al copetón de corona tiznada (Myiarchus phaeocephalus). Asímismo, especies raras como el águila solitaria (Buteogallus solitarius) y el gallinazo rey (Sarcoramphus papa)”.
El turismo parece interesar a las comunidades de su entorno, que están dispuestas a ofrecer hospedaje, comida tradicional y avistaderos. Actualmente es muy buscado el guía Lino Rico Parra, quien podría ser el maestro de futuros guardaparques. La pava aliblanca será su principal atracción, junto con todas las criaturas silvestres que constituyen un zoológico al aire libre, a disposición de los amantes de la naturaleza y la vida silvestre.

“Muchos visitantes suelen ir de noche”, agrega Enrique Angulo, alumbrándose con la luz que arrojan sus celulares”. Una fascinante experiencia.”

Alfonsina Barrionuevo