martes, 22 de junio de 2021

 



QUÉ DICEN LOS KHIPUS

En 1583 el informe del cronista jesuita José de Acosta logró que el Tercer Concilio Limense ordenara que se quemaran todos los khipus históricos del Qosqo. Los consideraron peligrosos porque contenían una relación completa de sus creencias religiosas. Así se hizo y los estudiosos manifiestan en este siglo que solo quedan los khipus contables, alrededor de novecientos en museos del mundo y colecciones privadas. El contenido de los khipus históricos se debe apreciar en las crónicas del seiscientos, en los dictados de los Khipukamayuq a Pedro Cieza de León, a Cristóbal de Molina y a uno que otro más.

‘Lo que dicen los Khipus’, mi libro publicado en el 2019, es el inicio de un sueño, entrar en el iluminado corazón del Qosqo para recorrer caminos escondidos en busca de su verdadera historia. Al revisar las crónicas del siglo XVI  y XVII me fui dando cuenta cómo deseaban los españoles proyectar una imagen distorsionada de la capital del mundo andino. Un propósito que no es el mío. Quiero que no se vea a los señores Inkas con una lupa invertida, sino reunidos con nosotros bajo la misma fronda.

En esa circunstancia me ha sido dado descubrir, en la interlínea de los mismos manuscritos, a unos sabios maestros, los khipukamayuq. Nadie mejor que ellos para develar incógnitas y sacarlas a la luz. No he hecho más que seguirles y en los nudos en los hilos de sus cordeles surgen las respuestas a preguntas que se quedaron flotando en el infinito, me parece por una eternidad.

Afortunadamente vienen del ayer con su mensaje al presente derribando miles de barreras. Veamos cómo habrían registrado la preparación geológica del escenario  donde se desarrolló el Qosqo, si lo hubieran avizorado desde una estrella.

Habrían tomado el colmillo de un mastodonte para el ramal principal, tejiendo el pelo erizado de los megaterios o perezosos gigantes como cuerdas, conchas gigantes para los ñudos donde brillaran las turquesas del cielo con engarces diamantinos de hielo. Antecesores prehistóricos de Guaman Poma que relata brillantemente la acción del khipukamayuq mayor Kuntur Chawa que usó el pelo grueso de los ciervos viejos como husos y los granos de kihura o kinoa, para informar al Inka el número de los habitantes que había en el Tawantinsuyu con su edad, oficio y ubicación; a base de reportes que le entregaron los suyuyoq wayaqpuma, cabeza de regiones.


En los khipus geológicos hubiera quedado registrado el momento en que los Andes se arrancaron con estruendo del planeta hace millones de años, como si quisieran incrustarse en el espacio. En el lugar que ocuparía un día el Qosqo apareció entonces una inmensa y profunda cavidad. Los gigantescos deshielos y las afloraciones subterráneas la rellenaron formándose un lago glacial. Sucedió a inicios del Pleistoceno en la Era del Cuaternario, en un tiempo sin fin de soles cazadores y lunas pescadoras. En un área donde pacían criaturas prehistóricas descomunales transitando entre auroras inocentes y crepúsculos sombríos.

El agua, en un plano horizontal a simple vista, escondió por millones de años sus secretos. En realidad colgaba de la cabecera de Saqsaywaman, como una lágrima inconmensurable, hasta que se despeñó al producirse una ruptura en la desembocadura natural de la Angostura. El fragor quebró sus silencios y aunque es imposible saber si se debió a una fractura de origen tectónico que se activó y produjo un fuerte movimiento, o si los excesivos  deshielos vencieron el equilibrio de la masa líquida que estaba en declive, y por su volumen terminó huyendo angustiada hacia el Sur.  Sea una la causa o ambas el hecho es que el fenómeno geológico favoreció el futuro de la zona que después sería asiento de la capital de un imperio. 

Un rezago del lago es el humedal o laguna de Wakarpay, en Lucre. Al verle es imposible sospechar los eventos transcurridos en los remolinos del tiempo. Si hablaran los únicos que contarían las transformaciones sucesivas serían los silvestres poronqoes, qochaqoes o qochakuyes, antepasados de los kuyes actuales, empequeñecidos  en el transcurso de innumerables  lunas caídas en el bolsón plateado de la noche.

El anfiteatro rodeado de montañas a manera de un cáliz de roca resultó monumental y a la vez atemorizante. Los grupos humanos que lo avistaron pasaron de largo. No se decidieron a quedarse en el paraje dominado por los elementos cósmicos y telúricos en estado salvaje. Los rechazó la vista de su lecho agreste sembrado de ciénagas espesas plagadas de amenazas. Hierba inútil cortadera, manantes que afloraban imperiosos y riachuelos que se desbocaban sin freno, bosques de rayos en las tardes incendiando el infinito con su ramaje electrizante, arco iris ahogando a la lluvia en las nubes para impedir su parto, truenos horrísonos que hacían temblar las bóvedas del cielo, vientos huracanados que hostigaban el corazón de la tierra, granizo diluviando sobre las abras hasta cubrirlas, estrellas crujientes al chocar entre ellas como cuarzos cósmicos y sol castigador  que hacía hervir los espejos del aire y doblaba las rodillas de  la Pachamama.

Una naturaleza hosca pero mágica que poseía un alucinante kamaqen que es la esencia de los seres humanos, animales, vegetales y minerales del Ande. Su magnetismo  aún se desprende de los muros de piedra que quedan en el Qosqo. Bloques aparentemente  estáticos en cuyo  corazón discurre como un río la historia  que vivieron los pueblos del Perú, hasta donde llegaron los caminos de los                                                                                                                          cuatro  suyus.

Un espacio predestinado que no ofreció a la gente del ñaupa pacha, ‘el tiempo sin edad’, condiciones favorables para acometer sus sueños, cuando podían acceder a superficies  llanas en un vasto territorio, con entrantes a un mar bullente de vida, lagunas preñadas de criaturas dulces, valles bendecidos por la fertilidad,  bosques con revuelo de  frondas protectoras brindando frescura contra los calores o prestando refugio en los días lluviosos.

 En el caso de los Inkas su soledad les incentivó para sostener un pulseo franco con los elementos del cosmos y la tierra hasta llegar a un entendimiento y  coexistir en armonía. Ellos y la gente andina sabían cuán benéficos podían ser y cuán perjudiciales con los hombres y los campos. Nunca los consideraron dioses y al mismo tiempo que los querían  les temían.

Las wakas o espacios sagrados se establecieron para comunicarse con esas fuerzas o energías para hacerles peticiones mediante ofrendas, expresarles su reconocimiento por la gracia concedida o quejarse de sus excesos. Hasta ahora entablan diálogos a su entera voluntad. A veces cuando es imprescindible que el sol se quede un poco más para acabar las cosechas; que las estrellas floten por canales subterráneos para avisar dónde están las semillas que guarda el rayo, o que el  viento de agosto Apu Wayra controle sus furias y respete las parcelas de plantitas núbiles.

El Qosqo,  cuyo verdadero significado en qechwa es centro u ombligo, fue una ciudad muy amada por sus habitantes. Qosqo y no ‘Cusco’, tampoco ‘Cuzco’ que en el idioma peninsular quieren decir ‘perro pequeño’ y se usaron con burla para humillarla. En su época de gloria llegó a tener un altísimo rango político, religioso y social en el Imperio del  Tawantinsuyu. El puñado de españoles que la despojó de sus riquezas rompió sus esquemas al afincarse en ella. La ciudad sufrió innumerables atentados en el siglo XVI cuando fue saqueada por los aventureros que llegaron hambrientos de poder; doblegada por su nuevo vecindario y en éste, con su paisaje alterado para acomodarla a diversos intereses. La globalización no permite conocer a fondo su historia como ocurre también con otras ciudades nuestras donde florecieron magnas culturas.

En lo que vienen a ser los khipu o khipus de Qosqo, su memoria, el objetivo del  libro es ordenar hechos olvidados que constituyen la base del llamado ‘orgullo de ser peruanos’, sustentándolos en la información dada por los khipukamayuq a los cronistas. Al realizar la investigación se descubre la parte más destacada  de la existencia del Qosqo, resaltando la actuación de Pachakuti, el Inka estadista y urbanista, que convirtió un lugar inhóspito de la qechwa en una ciudad incomparable. Del mismo modo el conmovedor accionar de los khipukamayuq para conservar su historia. Curiosamente,  sin que sus valiosos ‘escritos’ de hilos y nudos tuvieran ese destino llegaran  a viajar al presente. Lo han hecho siguiendo su propia vía en una cápsula de tiempo de pabilos.

Alfonsina Barrionuevo

domingo, 13 de junio de 2021

HUARO Y MI RAÍZ


Mi relación con el distrito de Huaro es entrañable y viene de Sausipata, el antiguo solar de mi familia paterna en el cual aprendí a amar lo nuestro. Las circunstancias determinaron que mi padre al verme muy delgada y falta de vitalidad  me llevara a la casa donde aún vivía su madre, mi abuela, doña Elisa y su hermana, doña Mercedes. Los sanos aires del campo me ayudarían a tomar vigor para que continuara mis estudios.

De día Huaro era un pueblo encantador, asentado en las faldas de una vieja waka, con un puñado de casas blancas de aleros rojos, alrededor de una plaza alfombrada de verde donde caían en otoño los pavitos, flores encapsuladas de los pisonai. De noche habitado por los duendes de Nicolasa Pesque, el féretro en el que se llevaba a los difuntos pobres al campo santo, que a media noche caminaba a tumbos y anunciaba con su presencia quien habría de morir. El fraile sin cabeza que bajaba de las alturas arrojando polvos letales a los transeúntes.

La iglesia de San Juan Bautista en Huaro está pintada con los murales del Juicio Final de Tadeo Escalante. Entrando a la izquierda los elegidos suben al cielo con una palma, aunque desnudos y pensé entonces que arriba les darían ropa.  A la derecha está el Infierno poblado por un batallón de diablos rojos, ellos persiguen a los malos, los pinchan con sus trinches, les hacen dar vuelta en ruedas de tormento, los cuelgan de unas perchas, o los meten en enormes peroles de agua hirviendo, y ahí están increíblemente hasta curas y obispos.  Arriba de una arquería el Lanlako, un hombrecillo de tres cabezas que cuida las puertas del paraíso impidiendo que nadie se filtre del otro lado.  En el interior aparece la muerte cuando fue madrina. Una madrugada un hombre desesperado buscó a un transeúnte para bautizar a su hijo y se encontró con la muerte.  Ella aceptó ser la madrina, salvó al niño y le dio un regalo.  Llegando a ser mayor sería médico y curaría a todos sus pacientes salvo si la veía sentada a la cabecera del paciente.  Por eso en la pintura la muerte tiene corazón donde está sentado un niño.  

 


En el mes de mayo rezábamos con mis primos el Santo Rosario a las seis de la tarde.  Todos de rodillas, cuando alguien se dormía, el carrizo de la abuela Elisa le caía en la cabeza.  Me encargué de contarle a mi padre que eran tantas las Ave Marías que nos daban sueño.  Al escucharme se sonrió y dijo que su abuela en ese hermoso mes le hacía rezar con sus hermanos la Corona Seráfica de cinco rosarios. Huelgan los comentarios.

Las estalactitas de hollín creaban un ambiente de irrealidad en la cocina de  Dionisia, nuestra chef, abrigada por el fogón donde ardían los leños. Me acurrucaba entre los pellejos de sus poyos huyendo del frío. Según la estación había en los mediodías una fuente humeante de choclos tiernos o de mote con queso. En tiempo de cosecha los choqllopoqcochi, unos pajaritos negros de canto dulce picoteaban las mazorcas de maíz.  En la Universidad de San Antonio Abad descubrieron que las avecitas volaban al Qosqo desde el Brasil en esa época   para refocilar sus estómagos en nuestros campos. Las cogieron y una de ellas llevaba en la patita el anillo delator con fecha y procedencia. 

 

En el desván del segundo piso estaba mi cama, tendida en suelo con la cabecera rodeada de estampitas de vírgenes y santos, entre canastas viejas, costalillos, cajas de zapatos, baúles de cuero, una jaula sin portezuela y  otros.  En el fondo dominaba el espacio una incubadora que al principio miré con indiferencia. 

Pero guardaba en el sitio de los pollitos revistas Leoplán y libros novelados de príncipes árabes y cuentos. Cuando lo supe el cabito de vela que me daba mi tía Mercedes cada noche se tornaron cómplices de mis lecturas.


Al atardecer volaba por la escalera de piedra para aprovechar su luz. Me sentía feliz, hasta que un día me preguntaron por qué llevaba una crucecita de madera colgando del  cuello con una pita.  Respondí que me protegía del ‘condenado’. Su observación me aterró, si el condenado quería  que fuera su cena cortaría la cuerda, me comería y dejaría junto a la cruz mis huesos mondos y lirondos.  Al día siguiente cuando llegó mi padre le rogué con desesperación que me llevara al Qosqo, no quería quedarme ni un minuto más. Habló con su hermana y salieron juntos. Tuve miedo cerval de que se hubiera disgustado. Pero se fue a una comunidad campesina y al cabo de varias horas regresó con Justina.  Una niña de mi edad más o menos. Ella estaría a mi lado. En los días siguientes le expuse mis inquietudes sobre el ambiente  sobrenatural de Huaro. El infierno  en el mundo de abajo, en el cual unos   diablos de trajes rojos, cuernos, cola y trinches, esperaban a los pecadores para atormentarlos. Ante la historia de espanto me miró con los ojos muy abiertos. Abajo, dijo con énfasis, no había tal infierno. Estaba el Ukhu pacha, el mundo donde hallaban las pequeñas illas, madres poderosas de los animales que vivían en la tierra.  En los cerros no había frailes sin cabeza, allí habitaban los Apus, quienes protegían a los cultivos y su gente. En cambio me habló de la ruidosa Ch’akwaytapara , la lluvia que hace bulla al caer; de Wayra, el viento mayor, que corre sin ropa haciendo volar las ramas de los árboles, y me llevó a la playa del río para que viera como torneaban sus ollitas los Mankap’aki, vientos diminutos del tamaño de un dedo meñique.  A maravillosos  que fui encontrando sí Justina me introdujo en el maravilloso mundo andino del Perú, que luego fui descubriendo desde las orillas del mar a las nieves eternas y luego a la omagua. Sus habitantes no revelan sus secretos. Cuando entrevisté a unos estudiantes de Carabaya, Puno, que recibieron en premio un viaje a Lima para conocer el mar. Les pregunté sobre el fabuloso sakako y dijeron no saber qué era. Me referí a Luli, a K’aqya, ‘el del labio torcido’, el trueno. Sus rostros  relumbraron. ‘¡Claro que sí! En noches azotadas por los rayos  el sakako, un enorme sapo con cara de varón feo corta el paso.

En ‘Habla Micaela’  se siente el ardor de la batalla y el coraje de los hijos de Quispicanchi y de otras provincias y regiones de todo el Perú que no se rindieron. Ellos continúan de pie ante los siglos.

Alfonsina Barrionuevo


martes, 1 de junio de 2021

 LA RIQUEZA DE LOS ANTEPASADOS

La propuesta de Pedro Castillo es buena. A la par que el turismo externo los niños y los jóvenes deben ser protagonistas de un turismo interno y recorrer el Perú. Hay que considerar como a la riqueza material la recuperación de la riqueza espiritual de los antepasados,  aquella que enseña la historia y que se ignora y se olvida cuando es básica para configurar una real identidad, lo que se llama el orgullo de ser peruanos.

Los niños y los jóvenes deben hacer un turismo nacional con el apoyo del sector para que puedan desplazarse en nuestro territorio. Tenemos un hermoso país con todos los climas de la tierra, con ochenta y cuatro pisos ecológicos, vastas regiones que van del mar a las nieves eternas y de allí a la inmensidad de la selva. Ellos  deben ver y admirar  lugares privilegiados donde florecieron una infinidad de culturas.  Lugares  donde sus antiguos habitantes cuando no tenían qué colocar en su mesa domesticaron cientos de especies alimenticias, removieron montañas para abrir caminos y construir edificios, la piedra conmovida por el calor de sus manos adquirió ligereza, el barro cogió las voces del viento y el mineral alzó vuelo, tornándose ingrávido.

Los niños y los jóvenes inicialmente deben empaparse primero de peruanidad con lo que tienen en su provincia, para luego descubrir y asimilar con lo que hay en las otras, Caral, Kuelap, Vikus, , Moche,Chanchan, el Brujo y la dama de Cao, los señores de Sipán y Sikán , Phuruchuku, Pukllana, Pachakamaq, Naska, Machupiqchu y Sillustani, entre otras,  incluyendo las innumerables bellezas naturales que se distribuyen pródigamente en nuestro suelo. Riqueza histórica que debe volver a la currícula escolar  actual en la cual la historia está disminuida, tan venida a menos en la educación. Hay que volver a darle el lugar magno que se merece. Bien lo resaltó el periodista Hernán Velarde en el prólogo de mi libro ‘Cusco Mágico’:  Había que hacer primero lo que tú hiciste: amarlo hasta la tortura y para amarlo, conocerlo; divulgarlo y para divulgarlo, sentirlo. Sólo en el fondo de ese amor podía ser hallada la mina de odio puro, conque se unieran de nuevo las partes destrozadas de Inkari.

Alfonsina Barrionuevo


miércoles, 26 de mayo de 2021

 

ALCALDES DE LA LIBERTAD

¡No sé cómo celebrará el Perú su Bicentenario con héroes prestados!’

Este comentario de una historiadora americana que dictó en Lima una conferencia magistral sobre nuestro aniversario cívico me indignó. La distinguida docente tenía la razón. No estaba llamada a saberlo pero tampoco aquí no se consideró a miles de hombres y mujeres que ofrendaron sus vidas por la libertad de nuestro país subyugado por España que causó despoblamientos principalmente en la costa norte y el sur con sus abusos. Ni tampoco que comandó la sublevación una joven líder de apenas treinta y cinco años, Micaela Bastidas, con su esposo José Gabriel Thupaq Amaru, de estirpe andina..

Estuve buscando una fecha para lograr que se les rindiera el homenaje que merecían como héroes de la lucha libertaria. La encontré en el Bicentenario  que evoca la presencia definitoria de los generales José de San Martín y Simón Bolívar. La Declaración de la Independencia se hizo en 1821 a solo cuarenta años del movimiento nacional que se creyó terminado con la terrible ejecución de la pareja patricia. No le bastó a José Antonio Areche, el visitador convertido en verdugo. Persiguió a sus fuerzas maltrechas con el ejército bien armado de José del Valle. En los pueblos sindicados como rebeldes sus habitantes fueron exterminados sin reparo por calles y plazas, y aún los sacaban de sus casas para enfrentar a sus milicias arteras.

En una visita al distrito de Huaro, donde está Saucipata, el antiguo solar en el cual residió mi familia paterna, hablé con Fernando Salas Vizcarra sobre el proyecto del homenaje a sus antepasados.  Al enterarse de sus propósitos de enaltecer su recuerdo como ejemplo de amor al Perú invocando el más sagrado de sus derechos decidió apoyarlo. Su entusiasmo fue el punto de enlace con las autoridades ediles de la provincia para su exposición. Salas Vizcarra que pertenece a una vigorosa rama del prócer Simón Barrionuevo es regidor municipal. Ambos trabajamos para comunicarnos con ellos arduamente durante más de un año antes de la pandemia del Covid19. Su respuesta fue la esperada y en este año los burgomaestres de Quiiquijana, Huaro, Andahuaylillas, Urcos, Quiquijana, Q’atqa, Ausangati, Oropesa, Ocongate y Cusipata presidirán un acto cívico único. En  la plaza de su distrito. ’Los Alcaldes de la Libertad’ colocarán con orgullo una placa de homenaje a sus  hijos ilustres, caídos en la revolución de 1780. ¡Nunca, en adelante, volverán a ser olvidados!

Mi admiración por los Thupaq Amaru y sus seguidores data de mis años universitarios. La incentivó el gran maestro Jorge Cornejo Bouroncle, de Arequipa, profesor de sociología  de la Universidad de San Antonio Abad. Leí con ansias cada línea de su libro sobre sus acciones en 1780 y viajé a caballo tres largas horas de ida  y tres de vuelta porque debía regresar el mismo día en tren, para conocer la iglesia donde José Gabriel contrajo matrimonio con Micaela. En Tungasuca no queda ni rastro de la casa en que vivieron. Areche ordenó demolerla y esparcir sal para que la vieran como tierra estéril.


En la sacristía, arrumadas entre decenas de cosas existían algunas de sus pertenencias que escondieron los vecinos y se salvaron del odio; el Niño Dios muy maltratado, que según dijeron los actuales había sido  de la heroína, la piedra de molino donde el caudillo mandó pintar la imagen de la Virgen del Carmen y la alfombra, regalo de los tejedores de Pampamarca, distrito de Canas. El acucioso investigador, quien organizó  el Archivo General del Qosqo revisó una serie de documentos del juicio despiadado que les siguieron. También llegó a dilucidar que la plácida vega caneña fue  el lugar de nacimiento de Micaela, la hija de Josefa Phuyukawa. No Tamburco, actualmente  en Apurímac por su creación política.

En 1975 salió a la luz mi libro ‘Habla Micaela’. Inicialmente traté de hacer una biografía pero no hallé material suficiente. Entonces intenté escribir un relato de su historia hasta su muerte con ella en primera persona como si yo hubiera estado a su diestra  captando su respiración. De ese modo su protesta por la inhumana situación en la que se encontraba la gente del Perú, podría adquirir vida de nuevo. No se acostumbra y aún ahora me parece un atrevimiento, justificable solamente porque quería que la escucharan con su propia voz a arrancándose de canteras ignotas, con el acento y el sentir de nuestra lengua materna, el qechwa. Para escribirla fui al Qosqo en busca de inspiración y tranquilidad  a la  casa de mis padres en Santo Domingo y a la vivienda taller de San Blas de Antonio Olave, el  escultor de los famosos Manuelitos, los niños Dios cusqueños. En el silencio de la noche discurrí en el teclado de mi Remington por los caminos que recorrieron.


Sinceramente no fue fácil.  En ciertos momentos inenarrables, en  lo que sintió cuando vio a su hijo caminando a la horca. Evocarlo en un fragmento de segundos su infancia hasta su adolescencia, feliz en la seguridad de su hogar su reacción en ante el compromiso de la causa abrazada. Cómo conjugar ambas situaciones es y la pensé implorando su perdón, quebrada por dentro. Cundo casi no podía sostenerse de pie por el martirio sufrido.

Cuando miró a su hijo caminar a la horca se deshizo en dolor al implorarle…

¡Perdón, Hipólito, por haberte traído a la vida y por llevarte a la muerte! ¡Me estás devolviendo la leche que te di y yo siento que voy a morir contigo! ¡Las lágrimas astillan mis ojos sin salir! ¡Hipólito, perdón por haber  olvidado en el fragor de la lucha que era madre! ¡Ahora todo se acaba! ¡No asistiré a tus nupcias ni traerás a un niño a mis brazos!

Sin embargo,  como líder y como jefe de Estado Mayor  acepta que otra sería su actitud.

… Y perdóname, porque si  retrocediera el tiempo yo volvería a caminar lo andado! ¡ Ay Hipólito, cómo te apagas…!

En el 2019 la dirección de Cultura del Qoso,  con la supervisión del escritor Luis Nieto Degrégori, efectuó una segunda edición  de la obra. En el 2020 solicité al Ministro de Cultura en Lima. Deseaba enviarlos a los colegios de Quispicanchi. No fue posible porque la edición se había agotado. Espero hacer copias por lo menos para la biblioteca de sus municipalidades.  ‘Habla Micaela’ debe llegar algún día a las manos de los estudiantes de todo el país con su mensaje haciendo arder el aire, inflamándoles de fervor, levantando un  altar a la libertad en sus corazones. En sus últimos momentos sus palabras podían haber sido de consuelo.

He visto a José Gabriel como un despojo. La sangre negra sobre su ropa desgarrada, manchándole de la cabeza a los pies, sus brazos colgando flácidos, rotos, ¡Cómo estará sufriendo! En su rostro tan delgado y tan pálido sus ojos queman. El cree, lo sé, que nuestro pueblo tardará mucho en levantarse, que nuestra causa no pudo madurar. Yo quisiera animarle, decirle otra vez y mil veces que le amo, que voy a morir cantando, que la esperanza no muere, que tengo fe en el mañana, que volveremos a encontrarnos…

Alfonsina Barrionuevo


domingo, 16 de mayo de 2021

 

‘LAS WAKAS DEL QOSQO’

Los wakakamayuq o sacerdotes de las wakas eran elegidos para este oficio, por algún rasgo misterioso o excepcional. El hecho de llegar al mundo en tiempo de tempestad, entre rayos y truenos; haber estado ‘juntos en un vientre’, mellizo o trillizo. Se accedía al cargo religioso cuando hubiere adquirido experiencia; tener condiciones para predecir lo que iba a suceder; ser vidente como los yakarkaes de Huaro que leían el porvenir en el fuego; en casos señaladísimos por haber sido tocado hasta dos veces por el rayo, perdiendo la vida en el primero y recobrándola en el segundo con poderes; o, haber recibido una preparación que lo consagraba.   

Su número era excesivo dice Albornoz, porque cada una de las wakas tenía sus ‘ministros’ y ‘guardas’ (guardianes), que además de las ofrendas y sacrificios conservaban su memoria, atendiendo las consultas que les hacían.

Las ofrendas eran disímiles, desde figuritas de piedra, oro y plata preciosamente vestidas, hasta ramos de leña, flores y plumas de pariwana, también ‘acollicos’ o sea porciones de coca mascada que era valiosa para los caminantes. Si no tenían otra cosa que dar la ponían en las apachetas para invocar su protección.

No se conoce el origen de las qhapaq qocha que mencionan algunos cronistas como sacrificios humanos de niños. Parece que se hacían en Centro América. Los Inkas respetaban la vida de los seres humanos. Pachakuti protegió sobre todo a los niños. No hay vestigio de que aquello sucediera en el Perú. Hay quien cita el Qorikancha como lugar donde se hacinaban mujeres y niños con ese propósito, imposible porque en el santuario no hay espacio físico y solo entraban los Inkas. En sus grandes fiestas hacían ofrendas de animales, ‘que llamamos ovejas y carneros de la tierra, llamas y guanacos tiernos’, escribe Cobo,  ‘y ponen·conchas marinas enteras, molidas o partidas’. A las llamas la gente les nombra ‘guaguas’.


En las ceremonias ‘asperjaban con los dedos la chicha hacia el Sol, la Tierra o el Fuego’ Eso se llama hacer la t’inka. Unas una forma de reverencia, como hacerle un convite. Para la Pachamama , la madre tierra, derramaban unas gotas hacia ella con suma delicadeza y cariño, deseando que calmara su sed.

Cuando querían hacer un saludo a las ‘guacas’ hacían la mocha. Según Cobo  volvían  el rostro  hacia ellas o a  sus templos. ‘Ias guacas, inclinaban la cabeza y cuerpo con una humillación profunda… extendiendo los brazos para adelante… con las manos abiertas y levantadas en alto poco más que la cabeza… hacían con los labios un ciertos sonido como quien besa y .. soplaban hacia las extremidades de los dedos..  mandándolo al aire’.

El cronista de la ‘Historia del Nuevo Mundo’ agregaba que ‘La misma forma u orden guardaban cuando sacrificaban al Sol para que criase, al Trueno para que lloviese y no granizase ni helase’.

Alfonsina Barrionuevo

lunes, 10 de mayo de 2021

 

LA ESPLENDOROSA TIERRA  

En  noches de vigilia hay muchas cosas que se vienen a la mente…

Una es la pandemia  que reemplaza a las pesadillas y nos amedrenta a nivel mundial.

La pandemia, lo más terrible que nos podía suceder con su estela de muerte. El trauma  de tenerla tan cerca nos marca.  Es imposible saber por qué se generó y en noches de vigilia estoy sospechando que la Tierra, nuestro planeta, nuestro hogar, está probando una manera de deshacerse del género humano. Razones no le faltan. Pensemos que habiendo sido tan bella y generosa, con infinitos paisajes de colores, debe sentirse irritada de verse convertida en un esperpento. No quepa otra idea. Siento que nos persigue, que ha dejado de querernos y nos está matando con el COVID 19. Un desastre  y aunque hagamos mil esfuerzos por superar sus efectos ella puede más. Nunca había ocurrido y provoca escalofríos la noticia de que nuestros cementerios estén empezando a  colapsar. Adónde llevaremos a nuestros muertos, un sitio en el que podamos llorarlos. Ya no se trata solo de contagios de cuerpo a cuerpo, por la nariz y la boca que protegen con las mascarillas y la distancia social,  sino que el espantoso virus se columpia en el aire como una flor maléfica.


En el mundo andino alivia la existencia de Pacha Tierra o Pachatira, la Tierra que protesta, que castiga, que destruye, contrapuesta a la Pachamama, la Madre Tierra que ama a sus hijos. La Pacha Tierra que aparece cuando los seres humanos  descuidan los campos y hacen sufrir a la Pachamama.  El cronista jesuita José de Acosta, que se dedicó a estudiar las acciones de la Naturaleza en el Perú del siglo XVI observó su presencia singular.

Podría ser que Pachatira desbanda sus efectos en todos los países.  Hay señales del agobio que ha estado padeciendo nuestro planeta, nuestro hermoso hogar desde que se pobló hace milenios. Nos hemos empeñado en no verlas. En el Perú hemos talado los bosques de la altura y la selva al punto de que  las avalanchas o la purma las degradan a menudo. El oro que se extrae,  la plata y otros minerales no justifican la muerte  de hectáreas que terminan siendo inútiles. Los ríos que deben ser lavados  con sustancias químicas para que sigamos utilizando sus aguas. En el mundo los océanos se extenúan con la basura que les descargan y la contaminación que agrede a sus criaturas. Las abejas no se pueden quejar pero están perdiendo el sentido de la orientación para regresar a sus colmenas y pronto habrá que elaborar miel artificial. Lo sabemos y sin embargo lo olvidamos. Recuerdo la historia en Europa de un pueblo que explotó de tal manera sus minas de carbón que sus cerros aparecían plagados de huecos. Hasta que sus  niños acusaron síntomas de raquitismo, debilidad, palidez en las mejillas, falta de apetito. Cuando la gente se dio cuenta que eran la consecuencia de la sobre extracción del carbón llevaron tierra y agua limpia a los cerros. Con los meses todo volvió a florecer y sus hijos se salvaron. Jamás aprendemos la lección y el ataque frecuente que inferimos a la tierra la está confundiendo. La excesiva industrialización como el flagelo de las guerras la están aniquilando. Como no hay compromiso para suspender su contaminación física y sonora, y como seguimos  manteniendo una indiferencia crónica ante los problemas que causamos a la Tierra es lógico imaginar en noches de vigilia que ella nos está viendo como una humanidad indeseable. Si hemos llegado a ese extremo  es natural que quiera desembarazarse  de nosotros.


No se trata de quitar solamente el cemento que cubre la tierra fértil de los parques y plazas sino sacarlo de nuestros cerebros. Quién sabe aún hay tiempo de reflexionar sobre el futuro. La Pachamama dijo que estaba en  el lugar, aunque fuera pequeño, donde apuntaba una flor o se escuchaba  el canto de un pájaro. Su vocación es el amor. Hay que trabajar en ese sentido sin el riesgo de que nos rechace. Cien aviones por día para que los turistas vayan a Machupiqchu es mucho. Un aeropuerto en Chinchero sería una catástrofe para el Valle Sagrado y una serie de ciudades, templos y wakas  y templos inkas, menos horas de vuelo, tráfico muy intenso y posibilidades de estrellarse en el Chikón. En el proyecto de 1967 con el arquitecto Belaunde los técnicos peruanos y extranjeros, encontraron que Paruro sería mejor.

En el resto del mundo hay otras situaciones que lastiman los derechos de la Tierra a vivir sin tanto estruendo, a respirar sin que sus pulmones se llenen de hollín, a soñar en paz. Ella quiere que la arropen con pintadas sábanas de puestas de sol en los atardeceres y gozar del miraje a las estrellas.  

Alfonsina Barrionuevo


lunes, 3 de mayo de 2021

 

RECUERDOS DEL TIEMPO

En medio de la pandemia y las elecciones un momento de paz.

 

En Pachakamilla, una waka o espacio sagrado del valle del Rimaq, que guardaba estrecha relación con el gran santuario de Pachakamaq se enseñoreó un día el Señor de los Milagros. Un Cristo brotado del dolor y la desesperanza de los negros angolas, mandingas y candonbes, que habían sido arrancados de sus hogares en el Africa para sufrir el peso de la esclavitud en América. Los portugueses traficantes de hombres ejercieron durante un largo tiempo el más vil y cruel de los oficios.

La waka limeña convertida en humillante galpón debió tener varios niveles, En ellos pasaban la cuarentena antes de ser vendidos según su edad y condiciones físicas. Así figura en antañones archivos de la parroquia de los Huérfanos y otras de la ciudad. En sus páginas figuran bautizos, matrimonios y defunciones de los esclavos que tuvo Lima. Allí para vergüenza de los compradores se registraban al detalle datos ignominiosos que se referían a sus características para el caso de que huyeran. Estatura, edad sugerida, calidad de los dientes, y, en la situación de las mujeres si estaban esperando un hijo, lo que aumentaba su valor.


La pintura del Crucificado, cuyo poder nace del amor del pueblo, está a unos metros del piso y es imposible que su autor hubiera dispuesto de un andamio. En el lugar el que estaba, hacinado con otros compañeros de infortunio, la realizó de una manera inexplicable. No pudo tener quien le enseñara a hacer ni siquiera unos trazos. No olvidemos que el galpón estaba en Pachakamilla, un antiguo templo del señorío de Tauri Chusco, kuraka del valle usurpado para dar paso a solares particulares y religiosos de la Nueva Castilla. El milagro revela que fue obra de una mano divina que guió al pintor.   

En el siglo XVIII uno de los fuertes temblores que sacudieron a Lima de tanto en tanto descubrió la energía protectora que irradiaba la imagen pintada en el antiguo galpón y cundió su culto. En tiempo del virrey Manuel de Amat y Juniet se modificó totalmente el galpón de  Pachakamilla y se levantó primero una humilde capilla y más tarde un solemne edificio.


Un día el Cristo, al que los ricos vecinos y la gente común obsequiaban preseas de oro y plata, recibió un regalo singular. El que le hicieron con fervor unas manos  morenas salvadas de una artrosis deformante. Por la enfermedad conocida como ‘el mal de la mano de garra’ la esclava Josefa iba a quedar libre pero sin medios para sobrevivir. Su historia dice que desesperada recurrió al Cristo y fue curada. En agradecimiento creó un dulce que puso a sus pies, el turrón de doña Pepa, oro y miel, que pronto se hizo famoso. Gracias a ella octubre en Lima, que es malva por el color de la Pasión, es también de oro. El turrón de doña Pepa que da trabajo a decenas de personas que lo elaboran actualmente en todo el año y se ha convertido en producto de exportación.

Alfonsina Barrionuevo