domingo, 7 de marzo de 2021

 

HABLANDO DE WAKAS

 

Ni Cristóbal de Albornoz ni Juan Polo de Ondegardo sospecharon que los elementos cósmicos y telúricos tenían suma importancia para los antiguos peruanos. Menos que no tuvieran imágenes como en Europa. Los españoles insistieron en llamarles ídolos, falsos dioses. Sin embargo, Pacha Yachachiq o Kon Tici Wiraqocha, supremo creador, era invisible. Por eso los señoríos prehispánicos tomaron la piedra, que capta el lenguaje del agua, del viento, del trueno y de la luz, como su mejor representante. La piedra podía ser símbolo de cerros, montes y arroyos, así como de sus antepasados, reconoció el padre jesuita Pablo José de Arriaga, de Vizcaya. Sin embargo no pudo digerir que la religión andina fuera tan diferente.

Observando las preciosas piezas de oro y plata de las culturas norteñas y el hecho de que Pachakuteq no había llegado aún a esas comarcas, ocupado en la transformación de un Qosqo de barro en un Qosqo de piedra, hay pie para pensar que, en la hechura de los  bolos de oro y plata de las wakas, no trabajaron  artífices de otras partes.

Su confección perteneció a la mano dotada de los propios artistas cusqueños y si algunos estuvieron exquisitamente burilados o cincelados, fue gracias a las técnicas que habrían alcanzado para el manejo de los metales. Fernando Moscoso, comunicador y acucioso investigador de rastros mineros, encontró en Kuranba, muy cerca de un chaki ñan o camino inka, en las alturas de Huancarama, distrito de Andahuaylas, Apurímac, etapas de procesamiento y fundición de metales, oro, plata, cobre y otras aleaciones metalúrgicas.

Su población de mineros contaba con cuernos de animales para extraer los minerales, ‘quimbaletes’ para la molienda y una infraestructura de más de quinientos hornos, wayras o wayranas,  ubicadas en partes altas donde el viento las atizaba con la fuerza de sus pulmones. Las ‘madres de los minerales’ recibían sus primicias en un ushnu de dos niveles, bastante bien conservado. 

Betanzos llamó ‘bultos’ a las representaciones del Sol. Albornoz tomó a las wakas como ‘bolos’. Nunca se sabrá cómo fueron. Lastimosamente los españoles fundieron los de rico metal para llevárselos. A las piedras, sencillamente las desdeñaron.

Hay una pieza que pervive aún en el Qosqo, pero no tengo el derecho de permitir que sea mostrada en un museo como una curiosidad. No es como la hucha mikhuq, piedra alargada y semi ovoide “que come las penas, las angustias, las cóleras, los resentimientos, las envidias, cuanto hay de negativo en las personas que acuden en su busca para limpiar su alma.” En cambio reciben la energía positiva que ella puede hacer aflorar de su interior. Así pueden sentirse libres de los conflictos cotidianos yéndose en paz. Sobre la otra creo que  debe seguir donde se encuentra, mientras la comunidad que la custodia no decida lo contrario.

Las construcciones que se destinaron, como residencia, para las wakas principales, según escucharon los cronistas, estaban recubiertas con láminas de oro  y plata. Se daba casos en que habían sido colocadas en las junturas de los muros o dobladas en las esquinas para su adorno. Las wakas, salvo el material en que estaban hechas, no tuvieron nada espectacular para la soldadesca peninsular. Ellos solo querían apoderarse de las riquezas de Qosqo.

En su afán de dominar para imponerse no advirtieron que, las wakas reproducían las condiciones del paisaje y los fenómenos particulares propios de los diferentes pisos ecológicos de los Andes, así como hechos históricos verdaderos o míticos relacionados con los Inkas.

Al clérigo, extirpador de idolatrías, le hubiera gustado encontrarlas en un marco opulento para  defenestrarlas y sentirse victorioso. Si las llegó a ver, carecían casi de importancia. Los bolos de oro y plata desaparecieron en el  despojo de Qosqo. Las piedras, cabe que se las llevaran y ocultaran los wakakamayoq o que los primeros vecinos españoles de la ciudad las colocaran en los cimientos o ventanas de sus casas.

Albornoz y Polo de Ondegardo apuntaron, en sus escritos, toda la información que pudieron recolectar acerca de su condición. Algunas wakas que eran cerros, rocas o puqyus (manantiales), por ejemplo, no necesitaban ser representadas. Albornoz menciona setenta y un wakas en el Qosqo; Polo de Ondegardo, entre tanto, fue mucho más allá que aquel, haciendo un recuento exhaustivo. Llegó a nombrar trescientos treinta y tres wakas, agregando que pueden ser hasta trescientos cincuenta y quizá más, contando las wakas locales. Sobre las líneas o seqes propone un estimado de cuarenta, no necesariamente rectas, a lo largo de las cuales estaban colocadas.

El licenciado describe al Tawantinsuyu como “… quatro partes… que llamaron colca suyu, zincha suyo, ande suyo, inde Suyo… (desde) el Cuzco, del qual salen quatro camynos cada vno para una parte destas, como (aparece) en la carta de las Guacas…’ agregando que en ninguna parte fueron tantos los adoratorios.

Brian S. Bauer le da la razón al comentar que el Qosqo ‘…era inusual por su gran número de huacas… ‘ y que  “…además de ser el asiento real de la dinastía reinante y el núcleo gubernativo de la formación  política incaica era el centro geográfico y espiritual del imperio…’

En otro parte acota. “Aunque se trate de una hipótesis sugiero… en base a los patrones preexistentes del culto a los santuarios -fundado en el culto panandino de objetos y lugares sagrados-, los ceques de Cusco crecieron desde un sistema aldeano hasta llegar a ser la manifestación más compleja que conozcamos del culto a las huacas.’    

Los españoles llamaban ídolos a las wakas. El Inka Garcilaso les aclaró que eran cosa o sitio sagrado. No sólo se trataba de elementos de la naturaleza o del cosmos sino de “lugares naturales que tenían algo sobresaliente, como nevados, cerros, valles, fuentes, manantiales, rocas con alguna forma, abras, palacios inkas, cuevas, pasadizos, árboles y caminos; o, que registraban acontecimientos históricos importantes. Algunas wakas fueron observatorios y registraban las salidas y puestas del sol y otros astros.”

También se incluyeron wakas referentes a estados de ánimo (la alegrìa, el temor, la ira) o funciones vitales (el sueño, el cansancio, la muerte súbita)) de las gentes. Los españoles creían que les rezaban. Lo que hacían era hablarles, entablar una especie de monólogo como se hace hasta ahora en las comunidades, dando lugar a una comunicación íntima, o llegando a una especie de diálogo, si eran sacerdotes, pues obtenían respuestas. ‘Ese era el grano de oro,’ solía decir el médico arqueólogo Arturo Jiménez Borja. 

La mayoría de las wakas eran piedras semi redondas y aplanadas, como diluidas por el agua de los ríos que, al pasar su mano sobre ellas, con  la suavidad de una seda, produjeron un desgaste uniforme; o tal vez pulidas con unción por los canteros. Había una, dice Albornoz, que era como una bola, y no se puede saber la diferencia con los bolos que por la descripción se supone fueron redondos, así como también había guijarros o pedruzcos colocados en grupos.    

Otras, también únicas, estaban al borde de la Waqaypata y cerca de la Kusipata. El “bulto” del Sol estaba en el Qorikancha. Parece que lo sacaban, en algunas fiestas u otras ocasiones, y lo ponían en una especie de torre de piedra circular que había allí, donde sólo entraban el Inka, el Tarpuntay, el Willka Uma y otros sacerdotes. Igualmente podía ser expuesto en una plataforma que había en la plaza principal, junto a una pila. En ese lugar había una columna de oro, que también era waka.

Las wakas tenían cierto poder, ya que ayudaban a quienes les hacían ofrendas o se abstenían de dar su apoyo si eran olvidadas. Solían recibir pedidos, confidencias y deseos, favorecían las actividades humanas en base a experiencias o innovaciones; también aumentaban la producción de la tierra, la multiplicación de los animales, todo lo que era vida, sin que se observara una sujeción, sino una reciprocidad.

En Qosqo fueron muy numerosas y también en las comarcas cercanas donde algunas tenían los mismos nombres que en la capital imperial, por ser semejantes a las principales, lo que se puede aplicar a Machupiqchu.

Como Albornoz, el licenciado se percató de que, conociéndolas, se podía identificar a las que había en otras partes, porque a imitación del Cusco, guardaban un mismo orden.

Para este estudio he tomado en cuenta la descripción de las wakas del cura Cristóbal de Albornoz, así como las wakas que se hallan en la relación del licenciado Juan Polo de Ondegardo. Sus datos me han permitido identificar los sitios sagrados en Machupiqchu, que pueden tener semejanza con algunos de la ciudad puma.

El derecho de autoría que tiene el licenciado sobre su registro, que está extraviado desde mediados del siglo XVII, tiene un respaldo que no puede ignorarse. Por fortuna no es inédito. Fue conocido por varios cronistas de su época, quienes le hicieron excelentes comentarios.

En ellos Bauer encontró indicios concluyentes que lo señalan como su indiscutible autor. Rowe dijo que había un extracto  publicado en 1585, por orden del Tercer Concilio Limense, con el título de ‘Los errores y supersticiones de los indios’, sacados del tratado e indagaciones que hizo el licenciado.

Por lo mismo se debe considerar a Betanzos y a Polo de Ondegardo como los pioneros en el estudio de las wakas y seqes. Ellos efectuaron este trabajo a solo unos años de la invasión española, cuando estaba vigente la religión andina.

Alfonsina Barrionuevo

lunes, 1 de marzo de 2021

EL ORO INKA

Los cronistas se ocuparon con afán de las nuevas tierras conquistadas (Perú) porque el tema revolucionó Europa por la cantidad de los objetos de oro que llegaban de América. La opulencia de su exhibición dio lugar a que otros países se sintieran excluidos de participar en el botín que era enviado a España desde las Indias.

La única manera de intervenir fue oscura, dedicándose a la piratería, obteniendo patente de corso o abusando del poder con la trata de numerosos pueblos del Africa, a cuyos habitantes capturaban y vendían después en los mercados humanos. 

Solamente los tres primeros españoles, Pedro Martín de Moguer, Martín Bueno y Francisco de Zárate, que llegaron al Qosqo el 14 de febrero de 1533 con una tropa de feroces kañaris y lo desmantelaron, supieron cómo fue la ciudad. Ella creció, en un espacio monumental, rodeada de siete colinas como cóndores de piedra. Wanakaure, Senqa, Pachatusan, Muyuq Orqo, Saqsaywaman, Pukin y Piqchu

Ellos encontraron lo que ambicionaban, tablones de oro ‘del grosor de mi dedo pulgar’,  comentaría extasiado el padre Bartolomé de las Casas, quedándose corto. Otras piezas hicieron brillar sus ojos de lujuria. Aquella fue gente  ruda, inculta, hambrienta de poder que se lanzó a coger cuanto había pensando en su futuro reparto.

En su libro sobre Machupiqchu, el arqueólogo Marino Sánchez calcula, que sólo de los muros del Qorikancha deschaparon setecientas planchas de oro de tres de cuatro palmos de largo y diez a doce libras de peso. Era tal su riqueza que hasta sus techos, que simulaban ser de paja, eran de oro. Pedro Cieza de León decía que los pedruzcos de sus jardines fueron de oro.                                                                  

El arqueólogo Manuel Chávez Ballón, quien me proporcionó una excelente información sobre la historia del Qosqo, fue el primer investigador que me habló de sus wakas. Tuve la suerte de que hiciera conmigo un recorrido por un circuito muy poco visitado del Valle Sagrado.

Fue un viaje muy ilustrativo para los lectores de mi página ‘Descubriendo el Perú’ del diario ‘El Comercio’ de Lima. Verdadera cátedra desde que salimos por San Sebastián, siguiendo a San Jerónimo, el grupo arqueológico de Choqepuqyu,  la laguna de Wakarpay, Andahuaylillas, Huaro, Urcos, Quiquijana, Checacupe y Tinta, hasta  el templo de Raqchi.

Con él seguí los pasos de Pachakui Inka Yupanki, gran legislador y urbanista.

En mi búsqueda de los templos o sitios sagrados de Machupiqchu, podría parecer controversial la presencia de Cristóbal de Albornoz y Juan Polo de Ondegardo. Ellos, como Betanzos u otros, me han prestado su ayuda, al historiar aspectos de un mundo que se mantiene palpitante en sus crónicas. A cierta distancia de siglos recogieron una abundante cantidad de datos que interpretaron a su manera. Albornoz puso sobre mi mesa de trabajo un descubrimiento doblemente sensacional. Primero, que los Inkas no tuvieron ídolos. Segundo, que las wakas sólo representaban fuerzas poderosas, vivas, de la tierra y el  espacio. En ellas ponían unos bolos o bultos de oro, plata, piedra y diversos materiales para pedir agradecer o demandar  los beneficios o perjuicios que ocasionaban en sus vidas y en la salud de sus campos. El doctrinero no quería, por supuesto, competencias. Necesitaba cambiar ese panorama sacro para implantar el suyo traído del otro lado del Atlántico.  

Polo de Ondegardo, desplegando su condición de jurista, se comportó con mayor amplitud y comprensión con la gente que trató. Para él su misión no era contar solamente su número. Más bien averiguar en lo posible cómo funcionaban sus rituales, sin propósito de castigar sino más bien de ser objetivo. Sin parcializarse con nada, ajeno a la pasión del sacerdote.

Rowe comenta que su formación académica le permitió captar con orden toda una organización  sobre el desenvolvimiento de un novedoso sistema de seqes y wakas. 

Ambos, son los principales responsables de la investigación que emprendí,  en reversa, para entrar en la religiosidad andina, situándome al otro lado de las versiones históricas que describieron como las sentían de acuerdo a sus intereses. Vale decir ignorando sus valores para imponer los suyos. Atrás debía queda cubierta la existencia de una religión ecológica y carismática y original. El cuidado de sus relaciones con los elementos de la naturaleza. Que vuelve a un plano actual en este siglo con avanzadas para favorecer al planeta en el cual vivimos, nuestro hogar, para defender su medio ambiente.

Algunos cronistas formaron parte de la comitiva del virrey Francisco Toledo. en su Visita General al Perú, la cual tuvo lugar a partir de 1569. Al leer, sus respectivos manuscritos, parece que no intercambiaban opiniones acerca de lo que veían. Estando en posiciones distintas se dedicaron a hacer  su propio  acopio de datos y conclusiones.

Lo más importante no fue la mano que escribió frenéticamente, cazadora de misterios en el confesionario y fuera de él. Se cree que Cristóbal de Albornoz fue de Huelva. Nació posiblemente en 1530-1583. No se sabe cuándo llegó al Perú. En un escrito manifiesta en 1577 que estuvo en el Qosqo, ‘desde hace 12 años’ o sea desde 1565. Fue implacable perseguidor de idolatrías.

Alfonsina Barrionuevo

domingo, 21 de febrero de 2021

APUS DE CIELO Y TIERRA

Tuve la suerte de conocer al canónigo Maximiliano Rendón, apasionado recolector de historias fantásticas del Valle Sagrado de los Inkas. En una visita a P’isaq me refirió la construcción de un gran santuario que consigné en mi libro ‘Templos Sagrados de Machupiqchu’. La registró a mediados del siglo pasado en una comunidad de data muy antigua. Pertenece a la tradición oral y concuerda con el pensamiento del mundo andino.

Los piseños de entonces le manifestaron que Kusi Yupanki recibió la orden de edificar Machupiqchu de las energías sobrenaturales del cielo y la tierra. El joven inka quien después se llamó Pachakuti se encontraba acampando después de una campaña río abajo, donde el turbulento Willkamayu tuerce para entrar en el cañón del Urubamba. No siguió adelante, hacia Vitcos como se proponía, porque sintió el llamado poderoso de una montaña que existía en el lugar.  

Así se lo hizo saber al jefe de su ejército y éste repuso que mandaría construir de inmediato una gran balsa y le daría doce remeros fornidos, pues, en esa parte las aguas se embravecían al entrar en el cañón. Los remolinos que se formaban eran peligrosos y podían hacerla zozobrar. También le daría gente para que desbrozara el camino, porque allí debían abundar víboras y otros  animales salvajes.

El intrépido príncipe se negó rotundamente a ir acompañado. Las protestas del bravo guerrero, preocupado por su seguridad, chocaron con el blindaje de su decisión. Le expuso enfáticamente que iría solo, en una balsa pequeña, sin remos y sin armas. Si la montaña quería que acudiera a su llamado, ella sabría de darle facilidades.

Foto Peruska Chambi

Así fue y el temor del jefe se disipó cuando vio que el río se aquietó mientras la balsa se movía sola, atracando al costado de una intrincada vegetación. Kusi Yupanki bajó y la foresta, a medida que subía, se fue abriendo como por encanto. La neblina que era densa lo ocultó por un instante y luego se fue disipando. 

A medida que realizaba su ascenso las nubes oscuras, que se extendían amenazantes cubriendo la cúpula celeste, comenzaron a moverse. Al dar vueltas se fragmentaron y se fueron rompiendo hasta deshacerse en copos volátiles. Kusi Yupanki llegó sin dificultad a la cima sintiéndose ágil, como si tuviera alas en los pies. Arriba hay una piedra, con peldaños tallados, a la  que Juan Núñez del Prado llama ‘la piedra del Inka’. Podría ser el sitio donde se detuvo.

Su elección había sido decidida por las energías cósmicas y telúricas, y  cuando llegó, se prepararon para realizar sus proyectos. El joven inka no sabía cuáles eran sus designios pero estaba listo para inquirir por su deseo. Para el efecto ellas lo convirtieron en vaso comunicante de sus tres mundos. Hanaq Pacha, el cielo; Kay Pacha, la tierra en que vivimos; y Ukhu Pacha, la tierra del interior, recibiendo sus conocimientos.

En la parte más alta, cuando levantó los brazos en un ademán de saludo, un chorro de energía cósmica dorada, Hanaq Kallpa, descendió de los espacios celestes y se fundió con otras, plateadas, Uran Kallpa, que subieron de la tierra, envolviéndolo.

Al estar quieto entre ellas sintió, por unos segundos, la sensación de flotar en medio del universo, como si se hubiera despojado de su cuerpo mortal, nutriéndose con el aliento de su sabiduría. Cuando se ciñera la maskapaycha ellas le ayudarían a ser un gran gobernante. El Inka estadista, cuyas disposiciones políticas y religiosas normarían el crecimiento de un imperio.

En el trascurso del proceso preguntó a la montaña para qué lo había llamado. La respuesta que recibió explica por qué decidió la construcción de Machupiqchu. Las fuerzas cósmicas y terrígenas querían que construyera en ese lugar un santuario de santuarios, donde ellas estarían presentes por una eternidad. Él se encargaría de llevar a buen fin esa obra excepcional. Nadie tendría acceso a la ciudad sagrada sino los miembros de su panaka, después de purificarse y cumplir una serie de ritos  en los santuarios que se levantarían al paso.

Los nobles de otras panakas que se aliaron con los españoles, esperando recibir prebendas, no pudieron revelar su existencia porque la ignoraban. Sabían que la región pertenecía a Pachakuti y guardaron distancia.  

El Inka dedicó sus mayores desvelos al Qosqo. Para transformar la ciudad que amaba entrañablemente tuvo que remover ingentes cantidades de lodo, hacer que trasladaran tierra de otras comarcas en cantidades ilimitadas, alisar con cascajo el barro pegajoso que había y usarlo, también como base, para calzar los primorosos bloques de los muros que se fueron levantando, amarrar con llaves de piedra las habitaciones para que resistieran los terremotos después de sufrir varias remecidas, encauzar los arroyos que se desmandaban cuando el cielo volcaba sus caudales sobre la tierra, enlazar los manantiales con canales para conservar la gracia de sus balbuceos y sembrar cientos de árboles para vestir sus inviernos,  atemperando la frialdad del clima.

Antes de edificar sus palacios y templos dio a la urbe naciente la forma de un felino, el puma. Esperaba que el corpulento oqe michi de “ojos de niebla fuera su guardián por un largo tiempo, sin edad.

Juan de Betanzos que casó con Kusirimay Oqllo, su descendiente, anotó en sus crónicas que caminaba de madrugada por sus calles imaginando cómo quedaría- la que fue ‘yema y corazón…’ ¡del Tawantinsuyu!

Alfonsina Barrionuevo

lunes, 15 de febrero de 2021

 

EL PRÍNCIPE DEL RÍO    

Los señores de las antiguas culturas disfrutaron tanto con el camarón de robustas pinzas que lo inmortalizaron en su arte. Un homenaje al noble crustáceo decápodo, deleite de su mesa y precioso acompañante para saborearlo en la otra vida. El camarón, -Cryphiops caementarius- , fue una de las primeras criaturas que la naturaleza regaló al  hombre prehispánico.

Un crustáceo de carne jugosa, ligeramente móvil,  que  se escondía debajo de las piedras de los ríos como una joya viviente. Al principio lo capturaban con las manos y después levantando una especie de dique con palos llamado wina y desviando el agua para secar los lugares donde abundaba. Con el tiempo inventó unas redes llamadas isiwa, chiwa, chikerillo o atarraya, de donde los trasladaba a unas canastas de junco o caña llamadas isankas  o isangas.

Fue el primero en observar que al ocurrir su nacimiento la Mamaqocha o madre mar lo mecía en sus brazos como un bebé, pero que al crecer se encargaba de enseñarle a vivir el padre río, testigo orgulloso de su bravura para vencer la fuerza de su corriente y trepar hasta las partes muy altas. En su laboratorio de genética mar y río crearon una criatura especial.

El camarón nace en agua salada y adapta con el tiempo su sistema de oxigenación al agua dulce para hacer ese largo recorrido. Cuando se siente fuerte emprende el ascenso venciendo miles de metros de recorrido. Los machos fuertes se quedan para ser padrillos de muchas generaciones y las hembras fecundadas, incluyendo los juveniles, emprenden una segunda hazaña tan heroica como la primera hasta la desembocadura donde la hembra deposita miles de huevecillos. 

Hay algo de ceremonial en este regreso a su fuente de origen que obedece a un extraño impulso similar al del salmón a la inversa. La difícil experiencia  convierte al camarón en un pequeño gigante, tratándose de una criatura frágil que se alimenta de larvas, algas, caracoles y algunos vegetales acuáticos. Al avanzar contra la corriente cuando sube sus brazos o pinzas se van engrosando por el esfuerzo. Su lucha es épica, titánica, casi sobrehumana si cabe usar la palabra. Miles llegarán a su destino y miles caerán en el intento y la persecución de sus depredadores, pejerreyes, anchovetas, patos, garzas y otros. Al cabo de un  año, ya adultos, estarán listos para engalanar las mesas de los privilegiados comensales.

El  ojo analítico de los antiguos peruanos debió observar que al llegar la primavera, cuando los campos florecen y el amor llena de fragancias el aire, como si el potente Walllalo Karwincho, señor de la fecundidad, caminara por ellos, los camarones pululaban en manchas prodigiosas, disminuyendo su población en el invierno, como si al cargarse las aguas por efecto de las lluvias buscaran un refugio subterráneo, al abrigo de las piedras del fondo de los ríos o las oquedades rocosas.

No se conoce el motivo, pero los centros de vida para el camarón se hallan distribuídos desde los ríos de Chancay y  Chepén al Norte hasta Arequipa al Sur, donde según la leyenda, las illas mágicas o padres con caparazón de esmeralda y ojos de rubí deben estar en lugares muy profundos, extendiendo su área entre ambos extremos.

Los camarones machos que son de buen tamaño y notables pinzas, una de las cuales es más gruesa y larga que la otra, habita en los ríos de Ocoña, Vítor, Camaná, Sama, Tambo, Mala, Cañete, Fortaleza, Huaura entre otros, donde procrean justamente cuando aumenta el caudal de sus aguas.

El descenso es cuidadoso y van, como suben, apegados a las piedras del fondo para esconderse si hay peligro. La hembra, más pequeña pero más  resistente aprovecha la fuerza de la corriente para descender hasta su desembocadura transportando entre los vellos de sus patas o pleopodos de 30,000 a 50,000 huevos, quedándose donde encuentra resguardo hasta que todos, una vez maduros, eclosionan y nacen las larvas.

Por muy poco tiempo viven entre dos aguas, la salada del mar y la dulce del río, porque por un instinto atávico tratan de hacer el mismo recorrido de regreso apenas se sienten con fuerzas. Su travesía río arriba mientras van creciendo es lenta. Miles llegarán a su destino pero miles también caerán en el intento. Muy pocos llegan a viejos, dice Víctor Venturi, y lo increíble es que algunos como el camarón chirire se rodean de hembras como si tuvieran un harem.

Antiguamente, cuando la pesca era abundante se preparaba el amuka o ‘camarón seco’ mediante el empleo de fuego y de piedras o arena caliente, escribe Toribio Mejía Xespe. El transporte se hacía en unos cestos de totora llamados chipa en los cuales llegaba a los pueblos vecinos. Las comidas nativas que menciona a base del camarón son el pashe, purka o camarón asado; el yukra chupe o sopa de camarones con papas, rakacha, ají y verduras; el yukra uchu o picante de camarones y la okopa o guiso que se prepara con harina de maíz, maní, verduras y ají que se muelen incluyendo el camarón. Se sirve con papas, yuca y rakacha sancochada.

En el siglo XVI cuando llegaron los españoles a Lima el Mamaqmayu, “río de carrizales”, porque crecían en abundancia cubriendo sus márgenes, al que llamaron después Rimac, estaba tan poblado de camarones y peces que había pueblos de camaroneros y pescadores, a los cuales se puso bajo la advocación de San Pedro. Ellos tenían como obligación tributar con los mejores ejemplares para la mesa del virrey, el arzobispo, los oidores y las autoridades municipales. En el siglo XVII el padre Bernabé Cobo informaba que “hay mucha abundancia de ellos en este reino del Perú” y “se prenden (capturan) muchísimos”.        

Al transcurrir los años la contaminación determinó su desaparición y está pasando algo similar en otros cursos de agua donde la  naturaleza sigue siendo devastada. Aún el camarón es presa codiciada en los mercados, los restaurantes  y en las mesas familiares. Sin embargo su volumen va en disminución y en los últimos años está en peligro.

El anunciado represamiento del río Cañete o Warku, si se concreta, no sólo acabaría con el canotaje, parte del turismo de aventura que practican mucho en Lunahuaná, sino con los camarones que son un recurso vital para los camaroneros y la gente de paso que lo saborea en los caramancheles o comedores populares. Este crustáceo nativo es un medio de trabajo para mantener a muchas familias y una primicia para el paladar de sus visitantes.

Para los viejos pueblos del Perú el camarón fue uno de los alimentos de lujo de sus kurakas o reyes. En las vasijas naskas como en las mochikas aparece gloriosamente copiado con todas sus características por el alfarero y en imagen entró a las tumbas para que siguiera recreando el paladar de sus muertos ilustres.

Alfonsina Barrionuevo

lunes, 8 de febrero de 2021

 

LUNA Y ESTRELLAS

(Fragmento)

Alguna vez el destacado lingüista Rodolfo Cerrón Palomino dijo que en el antiguo Perú existieron unas sesenta y nueve lenguas. ¡Cuánta riqueza! En mi programa ‘Huellas del Tiempo’ de PaxTV presenté a principios del siglo a unos singulares bailarines de tijeras. Dijeron ser de Huancavelica y afirmaron con orgullo que eran chopkas y que hablaban hopka. No tuvimos tiempo de conversar y desaparecieron. Su indumentaria era vistosa, muy diferente de los clásicos bailarines de tijeras de Ayacucho.

En un viaje a las serranías de Lima llegué caminando desde Pacaraos a Tupe, esquivando a los ciempiés que llovían en su estrecha senda, eran pequeños pero muy venenosos según me advirtió el guía. En el poblado. asentado en un área muy quebrada, las mujeres aún vestían un traje muy elegante que databa de una época muy antigua, todo negro con ribetes rojos y pañoleta roja en la cabeza. La gente recordaba a un viejo poblador, taita Conce, quien sabía hablar con el viento y le hacía ofrendas para que no tocara a las plantitas de sus surcos y se retirase a descargar su furia a unos desfiladeros que existen en su área.

En Tupe se habla todavía una lengua muy antigua, el kauke o Jakaru, originaria del pukina que se hablaba en el altiplano del sur, Puno. Sus habitantes observan el cielo con minuciosidad cuando la noche es clara, limpia, entre mayo y octubre, y se llena de estrellas.

Al Sol que se ve de día le llaman Pat sá. A la Luna, Man tsá, y conocen sus cuatro fases. La reconocen como Pá-se, cuando está apareciendo o naciendo; il’a, cuando es luna nueva; pà-se-kiwa, cuando cambia a cuarto menguante. Wa-xára es el nombre de las estrellas. Cada grupo o constelación tiene su nombre, escribe Alejandro Matos Avalos. Káx-ra, la escalera; usukia, la perdiz; Mayu el río de estrellas, la Vía Láctea. 

El granero del cielo está formado por nueve o diez estrellas y se ve entre setiembre y octubre. Si se muestra brillante anuncia que tendrán lluvias y entonces adelantan la siembra. Si las estrellas arrojan una luz tenue, débil, su señal indica  la presencia de lluvias tardías y los surcos deben esperar el arribo de diciembre. Las fases de la Luna tienen también influencia en el campo para determinar el trabajo de todo lo que se produce debajo o encima de la tierra.

Cada ser que viene al mundo nace con su estrella. De su conducta depende que tenga menor o mayor fulgor. Si enferma redobla sus bríos. Si no se cuida cabe el peligro que se debilite. Abdón Yaranga, investigador peruano que se fue a la Sorbona  de París, me dejó notas sobre la Luna en el Valle Sagrado del Qosqo. Mama Killa, la reina nocturna del cielo, se identifica con la mujer, señala su periodo de fertilidad, marca los hitos de los meses y está asociada con las Pléyades. Por eso se relaciona con Saramama; la madre maíz; con Aqsumama, la madre papa y Kokamama, la madre koka. Ellas son sustento de la humanidad,  alimento de los seres vivientes, mitigadoras del cansancio y generadoras de su fuerza vital.

En el Qosqo dicen que Choqe Chinchay, representado por un felino de dos cabezas, anuncia o determina la ciclicidad de Pacha, el tiempo-espacio. Mama Yaku o madre agua, origina los ciclos históricos. Inicia y regresa al fin del ciclo. Es germinativa. En el ritual del agua nueva, cuando se limpian las acequias, el agua es un ser bisexuado y acumula las energías de la creación. Es semen viril, residencia de la vida, vigor, eternidad y también esperma, concepción.

En montes llenos de arbustos se encuentra una abeja sin aguijón llamada wankayruy, que instala sus panales de miel en el suelo o en los troncos de los árboles.

Alfonsina Barrionuevo

domingo, 31 de enero de 2021

 

SEÑORITA OKA

‘El grano de maíz  vive, el cerro vive, la tierra vive’, decía el padre Jorge Lira, -profundo conocedor del sentimiento del hombre de campo-, y agregaba: ‘En la mente de nuestro pueblo además tienen conciencia.’

El sentimiento del munay, ‘el del cariño’, distingue a las plantas y a los animales. Tal ocurre con la oka (oca), (Oxalis tuberosa) Ella se engríe cuando comienza a crecer  en las entrañas de los Andes. En su cuna, que se mece entre los 3.000 y 3,500 metros sobre el nivel del mar, retoza como una niña linda, antes de convertirse en un regalo de los Apus, espíritus tutelares de los cerros.

Su piel es tan delicada y fina que se come sin pelarla. Su caso es semejante al del llakhun (Polimnia pantifolia), pues, no la conocen muchísimos peruanos. Sin embargo, apenas se difunda que combate el paso del tiempo, puede hacerse famosa en el mundo.

El ingeniero Tulio Medina Hinostroza, quien ha dedicado una parte de su vida a estudiar la oka, nos informa que este noble tubérculo nativo tiene antocianina como el maíz morado. Se trata de pigmentos que capturan a los radicales libres o factores que determinan el envejecimiento prematuro en el organismo humano, debido mayormente al estrés.

En Europa y en los Estados Unidos están estudiando con mucho interés estos pigmentos antioxidantes. Hace unos años una investigadora del Museo de Historia Natural de la Universidad de Chicago visitó al INIA, Lima, para conocer el Proyecto de la Oca y el porqué de su diversidad o variabilidad en esta parte de los Andes, así como sus propiedades alimentarias y medicinales.

La presencia de la oka en laderas y hasta cúspides andinas es increíble, porque sobrevive  a las inclemencias de la altura soportando resistiendo el embate de heladas, granizadas y sequías.

El agricultor que sigue técnicas de cultivo y formas de procesamiento milenarias, siembra al mismo tiempo numerosas variedades de la especie, cada cual con capacidad natural para afrontar el azote impiadoso de la naturaleza. De cincuenta que son diferentes, unas quince resistirán la escasez de lluvia. Si el chiqchi o granizo golpea los surcos otras le harán frente. Lo mismo sucede con las heladas. Por eso la oka nunca falta en la dieta andina.

Sus flores jamás dejan de mostrarse en los surcos llenas de vivacidad y alegría. El viento arrastra a veces el inútil polen fertilizador de sus enanos estambres masculinos que nunca pueden alcanzar a los esbeltos pistilos femeninos. Si hay paridad las semillas que producen semejan graciosas pepitas, como diminutas piñas, que los niños hacen reventar en la palma de sus manos.

Que su semilla por el momento no sea viable o no sirva para propagarla no es motivo de preocupación. Hace milenios que el problema fue resuelto por los domesticadores prehispánicos. Ellos descubrieron que el tubérculo de la oka es un tallo modificado donde se almacenan todos los nutrientes, básicamente almidón, azúcares y agua, que le permiten constituirse en semilla.

La oka solamente exige amor. En la cosmovisión andina la naturaleza se humaniza y  ella requiere que se le hable con cariño, que se le trate como parte de la familia, con cuidado, sin maltratos. Cuando los campesinos la ofrecen como lo mejor que tienen, hay que recibirla con la misma atención, pues es un regalo valioso. Si sucede lo contrario ella y se resiente. Al respecto, se cuenta que en Sachapìte, Huancavelica, luego de la cosecha, los agricultores hicieron una fiesta y se olvidaron de las okas. Ante ello, muy dolidas, estas se convirtieron en doncellas de abundantes polleras y coloridas llikllas, y se fueron llorando del lugar. Las lágrimas caían de sus hermosos ojos y corrían por su rostro terso que se había puesto pálido por la tristeza. 

Cieza de León y el Inka Garcilaso, menciona el ingeniero Medina, apreciaron que su consumo era masivo en el Tawantinsuyu. En ella hay una condición de factibilidad, un origen cósmico. Lo entendieron bien los doctrineros hispanos para advertir que era grata en las ofrendas a la tierra, por lo que quisieron hacerla desaparecer. Lo que hizo la oka fue refugiarse donde no les fuera fácil llegar. En 1996, en un enorme esfuerzo hecho  por el INIA se formó una colección de 1,200 muestras de oca acopiadas de todo el Perú a través de las estaciones experimentales de Cajamarca, Puno, Junín, Ayacucho, y Puno. De este conjunto, 715 presentaban diferentes tamaños, formas, colores y sabores. Las más grandes pueden medir  de veinte a veinticinco centímetros.

La señorita oka lleva trajes de acuerdo con su ecotipo o su variedad: blanco, amarillo, rosado y hasta morado, casi negro, la más rica en antocianina. Sus grosores también varían desde una infinita delgadez hasta una rozagante robustez. Las más gorditas y cilíndricas llegan a tener un diámetro de diez centímetros.

La  oka se come cruda y sancochada aunque es particularmente deliciosa luego de varias exposiciones al sol como si hubiese recogido dulzura de los rayos del Apu Inti que la envuelven. Algunas son harinosas, muy ricas. En varios lugares, como Puno, Cusco, Junín, se conserva como un legado ancestral el congelamiento y deshidratación del tubérculo para obtener la khaya, muy parecida a la tunta o chuño de papa amarga. Aunque parezca casi idealizada dicho producto es potente y sirve para hacer dulces y sopas.

En lugares inhóspitos de la Cordillera donde no hay riachuelos y el astro rey es castigador, los caminantes y labriegos suelen llevar consigo un fiambre de oka para refrescarse porque el ochenta por ciento del tubérculo es agua. En esas soledades con su sabor agridulce, según  comenta el ingeniero Tulio Medina, no son necesarios los carbohidratos, sino los azúcares que mantienen la energía.

Sobre lo dicho el director de AgroNoticias, Reunaldo Trinidad, nos cuenta que en 1976 vio en Nueva Zelandia el cultivo de la oka para el Japón donde la consumían principalmente en ensaladas y encurtidos. En consecuencia, gracias a su sabor agridulce, a su producción ecológica y a su rico contenido de carbohidratos, azúcares y antocianinas, la señorita oka está llamada a jugar -como en el antiguo Perú- un papel protagónico en la alimentación sana del país y el mundo.

Es otro prodigio comestible de nuestros Andes.

No se necesita prepararla. Basta solearla hasta que madure bien y se hierve. Suele ser más o menos dulce según el sol haya enriquecido sus antocianinas con sus rayos.

Alfonsina Barrionuevo

lunes, 25 de enero de 2021

 

LOS AYAR LEGENDARIOS

En 1995 la Pachamama Waqaypata Qosqo dijo algo nuevo sobre el Qosqo en una sesión con el altumisayuq Mario Cama, sacerdote andino natural de Q’atqa, Quispicanchi.

‘Mucho antes de que llegaran los Inkas había en este sitio una qocha o laguna. Hasta que un día sus aguas se fueron y el lugar se convirtió en un pantanal. Yo estaba sentada en el centro de una piedra y  por eso  me dieron el nombre de Pachamama Qosqowanka, ‘mujer sentada en el ombligo de la piedra’. Sus primeros pobladores, mis hijos, fueron wallas y willus, quienes vinieron de muy lejos. Los inkas rellenaron los pantanos con tierra que trasladaron de varias partes y edificaron sus viviendas. Eso era poder.’

En 1911 el geólogo Herbert Gregori y el osteólogo George Eaton de la Universidad de Yale, USA, acompañantes de la expedición de Hiram Bingham, encontraron en el valle de Qosqo restos fósiles. Su estudio determinó la existencia de un lago,  en el Periodo Pleistoceno de la Era Cuaternaria, al que llamaron Morkill en reconocimiento de un empresario que les habría prestado  apoyo con provisiones y acémilas. La Pachamama mencionó la qocha en la sesión de Cama.

El cronista Juan Diez de Betanzos se adelantó a otros recolectores de datos cuando descubrió aspectos tempranos del Qosqo que son como una campanada. Según dijo, cuando aún no estaban en el lugar los orejones inkas había un pequeño pueblo de casas ruines cuyo jefe era Alkavika.  Aquel señor los recibió con mucho contento, les ofreció su amistad y se mudó junto a las ciénagas. No se conoció como se había acomodado en el lecho irregular y cuánto sufrieron en un ambiente tan inhóspito.

Betanzos, esposo de la noble palla Kusirimay Oqllo, debió sentirse en sorprendido al enterarse de como fue el origen de los Inkas. ´La tierra se abrió en Paqareqtanpu, ‘la Posada del Amanecer’, Paruro,  y sus antecesores salieron a gatas de una cueva. Algo sin precedentes porque, aunque se arrastrar hacia el exterior entendió que eran gentes muy poderosas. ‘Ayarcache y su mujer Mamaguaco, Ayaroche y su mujer  Mamacura, Ayarauca y su mujer Raguaocllo y Ayar Mango y su mujer Mama Oqllo’

Al enterarse de sus cuantiosas riquezas el oscuro soldado debió quedarse obnubilado. Su informante le contó de su prestancia, de cómo se aparecieron relumbrantes con sus vestiduras y bolsas de oro, armados con alabardas de oro. Las mujeres igualmente, ataviadas ricamente, con prendedores de oro muy finos, llevando ollas, cántaros, escudillas y vasos también de oro.

En la caminata, que duró jornadas innumerables  que llevaron a cabo  por algún designio secreto, Ayar Kachi, el primer hermano, hizo tales demostraciones de fuerza, asustando a la gente de las comarcas por donde pasaban,  que preocupados lo devolvieron a la cueva. Inventaron una estratagema y se cuidaron de que nunca pudiera escapar. En Wanakaure Ayar Uchu se trepó a una waka y ésta indignada lo petrificó. Ayar Awka, a quien le crecieron alas recibió una orden solar de que a reconocer el valle telúrico. Obedeció y al descansar en Qolqanpata, indica el cronista, se convirtió también en piedra. Al cuarto hermano, Ayar Manko,  le tocó fundar el Qosqo. Estaba dispuesto que sería el primer inka con el nombre de Manko Qhapaq, señor todopoderoso.  

La importancia de los Ayar, quienes fueron extraídos de la crónica de Betanzos, está dada por la posible evocación de sus recorridos en  en Machupiqchu de Paqareqtanpu y Wanakaure. Hay otros pasajes históricos coincidentes.

Acerca de los fundadores del Qosqo se consignan varias leyendas. La clásica de Manko Qhapaq y Mama Oqllo que habrían salido del lago Titiqaqa; a la que se suman Inkari y Qollari, que fueron creados por Ruwal en la región Q’ero; y, la de Mama Lloqlla, que llegó a Chinchero, cuando la tierra estaba en tinieblas. Ella dio a luz en el poblado a su hijo Malqo quien, más tarde,  se casó con la doncella Pitusilla y tomó el nombre de Manko Qhapaq. 

Aparentemente Pachakuti Inka Yupanki consideró que los Ayar o Ayara fueron sus antepasados y como tales dio categoría de wakas a los dos cerros que recordaban su salida y su paso. Estos sucesos fueron memorables para él. En el Warachiku los jóvenes de la nobleza que habían llegado a cierta mayoría de edad y aspiraban a ser guerreros tomaban parte en una serie de pruebas. Al término de ellas iban a Wanakaure para hacer sus ofrendas.

En ‘Suma y Narración de los Inkas’ el americanista Tom Zuidema escribió que Alkavika o o Alkawisa, jefe de los primeros habitantes del Qosqo, recibió con simpatía al último de los Ayar y su comitiva. Al verles les concedió supremacía por el brillo del oro que rutilaba en sus trajes, en sus armas y otros aderezos, e igualmente ´porque Ayar Manko dijo que eran ‘hijos del Sol’. Dio a su hija en matrimonio  a su heredero.   

Ambos pasaron buenos momentos hasta que Alkawisa murió y la sobrevivencia de su pueblo se fue haciendo difícil. El deterioro de sus vínculos de amistad creó una distancia insalvable. Andando el tiempo los Inkas se entregaron a realizar mejoras para extender su posesión.

Se ha hecho una tradición señalar Qolqanpata, residencia inka que levanta su original arquitectura en la plaza de San Cristóbal, como el palacio de Manko Qhapaq. Los siglos llueven sobre las puertas ciegas de doble jamba alineadas en su andén, donde montaban guardia sus los guerreros.

Juan Polo de Ondegardo menciona que ‘la cuarta guaca del cuarto ceque del Chinchaysuyu se llamaba Colcanpata y era la casa de Paullu Inca, donde estaba una piedra por ídolo, que adoraba el ayllo de Andasaya; y el origen que huvo fue haberla mandado adorar Pachacutic Inca, porque dijo que cierto señor se había convertido en dicha piedra.’

Dio a conocer también que, ‘en el sexto ceque del Qollasuyu la primera (guaca) era un buhío llamado Tanpocancha’ que estaba en el sitio de Manso Sierra de Leguisamo’, que fue morada de Manko Qhapaq. . …’No sería extraño que el markayoq, o fundador del Qosqo, hubiera vivido en ambos sitios, primero en uno y después en el otro. 

A Manko Qhapaq le sucedió su hijo Sinchi Roqa y siguieron sucesivamente sus descendientes hasta Kusi Yupanki, quien nació en Kusikancha. Este señor emprendió varias campañas sojuzgando a los Ayarmaka Ayllu y otros señoríos del Valle del Willkamayu o Vilcanota, surcado por un río que nace de una lágrima solar desprendida del nevado Khunurana, en Santa Rosa, Puno.

Alfonsina Barrionuevo