domingo, 9 de junio de 2019


LA ASTILLITA DE DON MARTÍN

Por estos días, de vivir, Julia Chambi hubiera cumplido cien años. No me gusta escribir sobre  aniversarios post mortem. Pero, Julia fue una amiga entrañable. Me conoció desde años felices cuando las primariosas íbamos a tomarnos una foto carnet para la matrícula escolar y llenábamos el estudio fotográfico de su padre, don Martín, de la calle Marqués. Julia nos quería. Decía ‘mis chiquitas’ y la recibíamos con cariño cuando iba al colegio de Santa Ana como exalumna para jugar básquet.
Años más tarde, siendo ya universitaria, la encontré en las tertulias de café con periodistas, escritores y poetas, como Abel Ramos, Juan Bravo, Arturo Castro, Hernán Velarde, Rubén Sueldo Guevara y Ferdinand Cuadros, Angel Avendaño y Manuel Gibaja,  entre muchos. Ella me tomó bajo su protección y me sentí feliz porque significó mi ingreso a su ambiente familiar.
En su casa de la avenida de la Cultura las conversaciones con don Martín, saboreando las primicias de la manos de doña Manuelita, fueron inolvidables. Un t’inpu en invierno me reconciliaba con el frío, un adobo humeante no era de perder, el k’apchi de setas, fabuloso, su chiri uchú de Corpus era único, lo mismo que el chupe de lisas, y ni qué decir del kuye al horno, dorado como un lechoncito.
Resultado de imagen para julia chambiHermosos días en que caminamos por la cuesta retorcida de la calle de Siete Vueltas bajando de Qolqanpata, asistiendo al armado de las andas de San Cristóbal, visitando a los artistas de San Blas o recorriendo los puestos de la feria del Santurantikuy el dia de nochebuena. Habría mucho que contar. Bastará con dos viajes que hicimos. A Ocongate con Zuly Azurin y Juan Achahui para ver el saludo al Padre Sol de cientos de concurrentes a la fiesta de Qoyllur Rit’i;  y con mi padre, Leandro Barrionuevo, a Surimana, la tierra de Tupaq Amaru. En esos tomé en cuenta que le gustaba ir a pie. La naturaleza le atraía y su mirada brillaba cuando abarcaba los horizontes.
En la ida al mirador de Ocongate me mostró un arbusto de llaulli. Había escuchado su nombre en un wayno, que era una queja al viento, pero nunca vi la planta. Me asombró descubrir que sus flores estaban cercadas de espinos. En el camino nos calentó el café con chancaca y un dedo de pisco que llevó nuestro guía, reforzado con la chuta que compramos en Q’atqa, donde nos sirvieron un ponche delicioso.

Imagen relacionadaA las cinco de la mañana, bien sentadas en una roca, el espectáculo que se ofreció a nuestros ojos fue grandioso. La planicie de Sinaqara colmada de gente con el nevado de Qolqepunku al fondo. La puerta de plata por la cual la estrella Qoyllur irradia sus energías a la tierra. Apenas apuntaron los primeros rayos del astro radiante pareció que los cerros cobraban vida con los gritos de júbilo del haylli que se fueron prendiendo a lo largo de sus crestas. Julia y yo tomamos infinidad de fotos y al terminar tuvimos la sensación de que en su desbande las comunidades nos podrían atropellar. No fue así, hombres y mujeres bajaron en colorida formación, como en un gigantesco ballet que se desbordó con banderas y guiones. Cuando regresamos el polvo del cansancio traspasó nuestros huesos. Afortunadamente pasó un conjunto de danza. Su música fue anestésica y nos sentimos ágiles yendo tras ellos.
En otra ocasión me invitaron a la tierra de Tupaq Amaru. En tren llegamos hasta Tungasuca y de allí seguimos a caballo. A Julia le inquietó la idea de cabalgar, pero no tuvo más remedio, había que volver el mismo día a la ciudad. Entramos a Surimana como si fuera un templo. Captamos en el aire el espíritu independentista del kuraka prócer y la extraordinara Micaela, quien nació en Irumoqo, Panpamarka. En la iglesia nos esperaba una sorpresa. Los vecinos guardaron con unción valiosas reliquias. La alfombra que, según dijeron, se colocó en el presbiterio  cuando se casaron. Un Niño Dios de ella con su cunita y una piedra de molino donde aquel mandó pintar la Virgen del Carmen. No sé cómo las robaron. Su valor es inestimable. 
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Al paso del tiempo Julia cumplió un sueño de su padre. Llevar sus fotos  a las galerías del mundo. Un día me mostraron los negativos en vidrio que tomó en largos viajes transportando su cámara de cajón a lomo de caballo. Había cientos de lugares y personas que ya no existían. El día que se lograron copiar fue un triunfo técnico. Alcancé a ver en postales el balcón de Herodes, preciosa talla del barroco cusqueño, y el tranvía en la plaza mayor. 
En este momento veo en la evocación a la familia en la vieja casa sombreada por árboles, con arrullos de palomas. Don Martín y doña Manuelita presidiendo la mesa con sus hijos, Celia que vivía a media cuadra de San Francisco, Víctor que volvió al fin de Argentina, Manuel, arquitecto, que un día se vino a Lima para trabajar en la UNI y a Mery, la última, con su pequeña niña.
Esta nota de recuerdos compartidos con Julia se debe a un pedido expreso de Peruska, hija de Manuel, quien ha heredado el arte de la fotografía de su prestigioso abuelo.
Vuelvo a la calle retorcida de las Siete Vueltas. Me ha hecho bien revivir huellas que están intactas para mí.
Alfonsina Barrionuevo

domingo, 2 de junio de 2019


PERUANOS PRIMERIZOS     
             
Un Icaro prehistórico, extendiendo sus alas en medio del cielo azul, con catedrales de nubes a un lado y, al otro, un sol rojizo rebotando al filo del mar, los hubiera visto desde las alturas como un hormiguero en desbande.
Oleadas de inmigrantes pasaron de Asia hacia América hace unos 60,000 años atrás, sin testigos, venciendo la fragosidad del terreno, a través de un puente helado, el Estrecho de Behring que  se congeló ofreciéndoles la oportunidad de llegar a un nuevo continente. Ninguno tuvo un destino prefijado. Arrastrados por un viento interior hombres, mujeres y niños neardenthalenses o quizá cromagnones, avanzaron en pos de una tierra para sembrar  vida.
Es posible que lo hicieran en la última glaciación de Wisconsin o un poco antes, en las Aleutinas, según escribe Emilio Choy en su libro “Antropología e Historia”, publicado en 1979 por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. El hecho es que en sus páginas se siente su respiración entrercortada, agotados de empujar el tiempo a pesar de la fortaleza de sus extremidades. Más que seres humanos, dice el sabio, estos eran simples homínidos, sin lenguaje, que apenas guturaban, es decir mostraban reacciones fónicas y ademanes con determinados significados, expresiones de alegría, amenazas, llamados, o advertencias de algún peligro.
No se sabe cuántos se quedaron en el camino mientras el resto seguía sin brújula. Cazadores y recolectores buscando animales que pudieran atrapar para comer su carne y usar su piel para cubrirse, aunque Choy se figura que pudieron tener  una especie de hirsuta pelambre que los protegió del frío.

Un grupo grande pasó por Centro América donde otros se fueron quedando, adaptándose a su suelo y a su clima. Los demás cruzaron la línea ecuatorial, atraídos por una extensa cordillera de nevados y verdes lomas exultantes de vida. Regiones con una biodiversidad impresionante repartida en lo que hoy conocemos como chala, yunga, qechwa, suni, puna o jalka, hanka, rupa rupa y omagua.
Resultado de imagen para hombres neardentalesLa afirmación del estudioso de que los antiguos peruanos solo tenían un viento entre los carrillos se encuentra en la invención de vocablos para reconocer cuánto les rodeaba. Su incapacidad original de pronunciar palabras los convirtió en creadores de una variedad de lenguas que después desaparecieron. Aún subsisten junto al qechwa de Ancash, Junín, Cusco, Apurímac, Huancavelica y Puno, y el aimara, el kauki o hakaru (jakaru) –antiquísima, hija del pukina altiplánico- que aún se habla en Tupe, Lima, así como las que existen en las naciones de la selva.

Al llegar debieron sentir el peso de una geografía avasallante, como si anduvieran perdidos entre amaneceres pintados de celajes y crepúsculos con soles de cobre en arenales interminables, valles y quebradas de voces rumorosas, panpas y punas de vegetación franciscana al pie de glaciares que refractaban el parpadeo de las estrellas, y, la selva donde el arco iris se colgaba del aire.
Tal su universo, aún desconocido, para esos recolectores de paladar silvestre que obedecían a los requerimientos elementales de su estómago. Criaturas que se guiaban por el hambre en un territorio vasto donde experimentaban cada día sensaciones nuevas, siendo sus propios conejillos de Indias para saber si los frutos eran dulces o amargos, si contenían ponzoñas o elementos tóxicos, cuáles podían matarlos o ser fuente de vida.

Un paraíso inédito, misterioso, que fueron descubriendo lentamente en la escena de la  prehistoria, donde es fácil imaginarlos sorbiendo con fruición la jugosa pulpa de los mariscos, degustando la carne de los cangrejos, volteando tortugas sobre su dura panza para impedir que se vayan o recogiendo huevos de ave y yuyos para completar su incipiente menú.
Miles de años en que sus manos, el primer recipiente que usa para beber, culminan una milagrosa tarea al lograr que la tierra florezca, después de haber pegado su pupila a las plantas para descubrir sus arcanos. En ese momento, sin saberlo, estuvieron inventando la agricultura, irá tomando forma la idea de una Pachamama, madre tierra, generosa con sus hijos a quienes ofrece sus primicias. Nunca se sabrá cómo lo hizo ni bajo qué estrella sucedió. Siendo los hombres cazadores por excelencia muchos estudiosos piensan que las mujeres fueron las que iniciaron la agricultura. Ya observando si los frutos que caían al suelo de sus brazos repletos echaban raíces señalando el rastro de su paso, si las semillas que arrojaban después de comer prendían en tierra fértil y fructificaban o si ellas fueron testigos casuales, interesados y curiosos de la siembra que hacía la propia naturaleza.
Alfonsina Barrionuevo

domingo, 26 de mayo de 2019


KUKULI Y SUS SUEÑO DE COLORES

Kukuli está creando en Filadelfia una nueva serie. Se llama ‘esculturas para abrazar’ y tiene el rostro de Vidita, su hija. Recuerdo a los hijos y nietos de Edilberto Mérida, el artista de los barros de protesta. Los visité en su museo de Inkariy, Calca, Qosqo, al pie del Pitusiray,  y me mostraron unas magníficas piezas de cerámica prehispánicas que levantaban para que las viera mejor, mientras hacíamos un recorrido por sus salas. Me invitaron a cogerlas y me preocupó que pudiera soltarlas. Podría romperse un testimonio de miles de años. Sonriente, Edilberto nieto me dijo que eran una fina reproducción. No se perdería el original. Si sucedía a lo más darían un rebote en el suelo. Las replicaron porque a muchas personas les gusta tocarlas. 


Las piezas de Kukuli tienen un parecido en el sentido de que se pueden sostener como un bebé si se quiere. Entre sus manos la arcilla toma una forma tierna con tocados que evocan nuestras culturas. Aún no sabe cuántas hará en diversas posiciones. Hay mucho de su hija que aflora en la mirada, presta a mil preguntas, en la boca risueña que a veces se aprieta y en el gesto inquieto. Ella crece, indiscutiblemente. El tiempo prepara a cada infante para la primavera que llegará y en la cual abandonará el nido. De alguna manera ella la retendrá después en esa escultura para abrazar. Evoco en ese amor que sale de las entrañas a Gabriela Mistral, la Premio Nobel, cuando escribía, más o menos, ‘Yo no quiero que a mi niña me la vuelvan golondrina…’

LOS ORGULLOSOS ATAVILLOS

Apenas se estableció en Lima Francisco Pizarro pidió a Felipe II un título de nobleza. El rey de España le dijo que sería ‘marqués’, solo debía enviarle el nombre de su encomienda. El machu-capitán, como lo nombraban en el Ande porque era viejo, no lo pensó mucho y se apresuró a decirle que sería el señor de los atavillos. Entre un galeón y otro le llegó una nueva pregunta. Debía indicar cuántos hombres tenía en sus tierras. El conquistador mandó que los contaran y se quedó estupefacto cuando se enteró que los atavillos habían desaparecido. Una forma directa de manifestarle que no querían su dominio. No tuvo tiempo de hacerlos volver y quedó con el título recortado. Sería simplemente ‘marqués’, a secas. Cuando leí en una crónica que se fueron me encantó y quise saber dónde estaban los orgullosos atavillos. Los busqué en innumerables escritos y nadie me dio razón de su paradero.
Un día, en una feria artesanal encontré unas hermosas mantas. Pregunté quiénes eran los autores y respondieron para mi regocijo, son los atavillos de San Pedro. El dato me entusiasmó, al fin podría conocer su historia. Esperar que llegaran a Lima los descendientes de los atavillos fugitivos fue nada en comparación a su ausencia. En la entrevista los jóvenes tejedores se asombraron de mis preguntas y me invitaron a visitar su pueblo en su fiesta patronal, debía hablar con sus autoridades y la gente mayor. No tenían noticia del desaire que hicieron sus antepasados al machu-capitán, aunque sí conservaban su patronímico.
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Un 29 de junio abordé un ómnibus trepidante con Zuly Azurín, mi compañera de viaje en varias comisiones por el Perú profundo. En esa ocasión para conocer el pueblo que se ocultó en una arruga de Andes Centrales. Conocí a Zuly en la filmación de una película producida por Tulio Loza, entonces de mucha popularidad, Allpa Kallpa, ‘Fuerza Telúrica’,  con el guión de Hernán Velarde. En el rol protagónico Zuly desbordó todas las expectativas con una actuación que reveló sus dotes de actriz a la par que la reciedumbre que requería su personaje. La cinta denunció el abuso y la prepotencia de los terratenientes, mereciendo un premio en un festival internacional de cine que se llevó a cabo en Rusia.

Nos fuimos de aventura en un ómnibus que jadeaba al coger una altura de campeones. Aquella fue otra de nuestras excursiones a una Lima que parecía de otro mundo, con valles fraternos que conjugaban el mismo lenguaje, árboles amigos y riachuelos con encajes blancos. Suspendido sobre franjas pajizas, San Pedro de los atavillos se mostró radiante con sus viviendas semicirculares, de cimientos inexplicables por su antigüedad pero presentes, de calles sembradas en el cerro con un patrón lejano y una iglesia de adobe.
Disfrutamos la fiesta, asistiendo a la misa y la procesión con redoble de campanas y sones de las bandas que acompañaron a sus danzantes. Recogí una buena información de su vida pero muy poco de los atavillos que descansan en los roquedales más viejos, con su memoria archivada  en el olvido. Al día siguiente tuvieron corrida de toros mientras nosotras nos despedíamos del pueblo.

Alfonsina Barrionuevo

domingo, 19 de mayo de 2019


EL ZODÍACO DE NASKA

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En el extenso Parque de las Pampas de Naska se impone recordar a María Reiche. Le debemos una placa y más que nada cuidar del famoso zodíaco andino en su nombre. En 1940, cuando Paúl Kosok pasó por allí sólo vio el fragmento de una ave y una línea que señalaba el solsticio de invierno. La científica alemana limpíó sus figuras en innumerables años de paciencia y soledad, encontrando cientos de líneas y más de veinticinco siluetas que se identificaron con ella. El picaflor, que rozaba sus mejillas con su exquisito vuelo vibrátil; la majestuosa pariwana, haciendo ondular su espacio para hacerla sonreír al cortarlo en zigzag con su cuello cortaviento; el cóndor que abanicaba con sus alas su frente sudorosa; el pájaro fragata escribiéndole mensajes en lenguaje morse; la ballena orca asomándose para verla entre encajes de olas; el perro calato, fiel a su cariño hasta el final; los dos monos, el grande, abrigando su cuello con su cola esponjada y, el pequeño, con ganas de columpiarse en sus brazos; la gran araña, pacha, migala o tarántula, siguiéndola infatigablemente; el algarrobo extendiendo sus ramas en sombrilla para protegerla de los rayos del sol y así otras que están ahí esperando su retorno.
Ella sigue vigente en nuestras protestas cuando camioneros irrespetuosos que se introducen en la panpa sobrepasando débiles prohibiciones y hacen saltar las líneas restauradas. Un trabajo titánico que realizó en largos años, despellejándose las manos para que el pedregal las sintiera como una caricia. Cuando podía aún caminar, ya sin ver, por la ceguera, pensaba en que estaba recorriendo cada dibujo en su último refugio. Midiéndolos con sus pasos. Mientras mantuvo sus energías no hubo nadie que lo impidiera y, después, lo hacía desde el lecho con la mente siempre puesta en la panpa. Ante la indiferencia de los gobiernos por ese patrimonio ella mantuvo su espíritu libre, sin amarras. María Reiche la amaba, como algo muy personal, íntimo, desde que inició sus estudios dedicándole su vida.

Alguna vez hablamos sobre las constelaciones celestes que se ven en los pueblos más altos de los Andes. Allí está el calendario que los astrónomos naskas reprodujeron cerca a la costa. Es una pena que no alcanzáramos a ir para que contemplara las estrellas formando diversas figuras en el cielo. Su visión hubiera cambiado dándonos tal vez más de una sorpresa. No tuvimos tiempo. Gracias a sus afanes, a su lucha que es un ejemplo, miles de turistas sobrevuelan ahora los dibujos y las líneas; pero les falta recorrer las alturas para completar la visión de los naskas que leían el destino de los hombres y los campos en el fulgor de los cuerpos celestes. 
Un día podremos cambiar el zodíaco occidental que no nos corresponde por el que debe regirnos desde llas panpas de Naska, porque estamos en el otro lado de la tierra. Por eso no coincide nuestra suerte en el amor, en los negocios, en la salud, en los viajes, en cuanto forma parte de nuestra vida. Mientras tanto hay que conservar las figuras sobre la grava rojiza. Hasta caminar simplemente sobre ellas puede causarles daños irreparables porque son muy frágiles. Las necesitamos para los días que vendrán.
Alfonsina Barrionuevo

sábado, 11 de mayo de 2019


EL DÍA DE LA MADRE

Vuelvo a poner en mi blog ‘Los pájaros carpinteros del tiempo’ porque en estos segundos domingos de mayo vuelvo a sentir la misma nostalgia, pero esta vez estoy pensando en mi madre. Ella a la vez debió extrañarme y no sé si me estará oyendo desde alguna estrella. La acojo hoy, no como hija sino soñándola como madre. Así nos pasa y la siento en ese abrazo inconmensurable en que retorno al pasado. No nos fuimos. Siempre estamos con ellas.

LOS PÁJAROS CARPINTEROS DEL TIEMPO…

Cerraste tu laptop, levantaste tus vitaminas de la mesa y comenzaste a sumar ausencias al ir recogiendo tus trajes del armario. Las indolentes maletas volvieron a llenarse. El pasadizo tornó a quedarse huérfano. Sentí una sensación de soledad. Nuestras conversaciones flotaban todavía en el aire cuando vino tu despedida. Te has ido tantas veces, tantas, que crecen enredaderas de olvido en los rincones. Dejas algo como siempre, las pavas de arcilla que ojalá batieran las alas para salir por la ventana volando, tus queridas piezas en las cajas magnificando su presencia. Kali ha modelado un ladrido intruso como diciendo a su manera que te quedes, pero te has ido sembrando la angustia de no verte más que en la computadora donde tengo la suerte de captar tu imagen en apariciones que no son lo mismo. Uno de los pocos inventos que me reconcilian con este mundo de hoy mecanizado. Un abrazo y he visto caer hechas trizas mis lágrimas pasando sobre ellas. Ya sé que todos nos vamos un día del hogar pero es imposible consolarse con esa parte de mis días. Sólo queda esperar que vuelvas y hagas repicar campanitas de alegría en casa inaugurando un nuevo espacio de horas sin pájaros carpinteros que picoteen mi sombra y me vayan quitando de mañanas para dejarme confundida en ayeres como no quiero. Tú y tu hermana le dieron sentido a mi vida, y yo asistí maravillada a cuánto dibujo salía de tus dedos y no digas que los odias porque me quedaría sin nada y amo las cuatro estaciones, los arcángeles y tus vikuñas  porque son bellas y me trasladan al mundo irreal que dejaste. Ya sé que no me olvidas y más tarde sonreirás desde la pantalla en este domingo separado para la ternura. Me has dejado melancólica, con los cuadernos que armé con tus dibujos, y sus hojas van cayendo en lluvia sobre mí. Allí me encontrarás alguna vez, más tarde, cuando los pájaros carpinteros del tiempo hayan terminado su trabajo y el árbol se pierda en rehuídos abismos. No sé si volveré a remontar los cielos hasta Orietta y Nueva York, cuando siempre te olvidabas de invitarme.

UN NEVADO FELIZ

Imagen relacionadaNo sé quién le dio al Salqantay, nevado de la región del Qosqo, el poder de otorgar una eterna juventud. Solo me contaron que los seres humanos no pueden alcanzarlo. Alguna vez se defendió de la audacia de un guerrero de llevar su nieve a la mujer que amaba. Defendió ese don de tal modo que no pudo sobrepasar los abismos que abrió para impedirle su acceso. Me gustó más bien la insólita declaración de una doncella que se atrevió a buscarle. Admirado de su intento le preguntó porque había sobrepasado sus linderos y ella le respondió que lo hizo por una razón poderosa, viéndole cada día desde el lugar donde vivía aprendió a amarle. Ella quería quedarse a su lado. El Salqantay se conmovió porque podría morir y ante su insistencia tomó una decisión. La convirtió en una orquídea que se llama Wiñay wayna, ‘joven eterna’, porque florece en su proximidad. Así protegió su vida..

Alfonsina Barrionuevo

domingo, 5 de mayo de 2019


RECUERDOS DE MACHUPIQCHU

Me he preguntado mil veces cómo habría sido el santuario en su apogeo. La piedra rutilando con engastes áureos y argentados, en el joyel alucinante de verdes de su entorno. El sol lloviendo en oros derretidos, la luna navegando en un oleaje de brumas, el arco iris prendiendo sus puentes en  el aire, las estrellas reflejando su luz en los espejos del agua, el viento haciendo girar sus husos en los túneles de la tarde. Hiram Bingham, buscador de tesoros, sólo vio sus muros desnudos. Pero tuvo la suerte de encontrar unos fardos inkas en una galería subterránea, que se abría al centro de una grieta abismal. Esa fue la versión del hijo de su arriero, de unos doce años de edad, a quien colgó del cuello una bolsa con monedas de plata, para pagar a  los peones que hallaran vasijas enteras. El muchacho los vio así cuando sacaron unas momias envueltas en finísimas telas, que se deshicieron al exponerse a la intemperie, y también varias piezas de metal. Su apasionante  relato no se publicó porque en la revista, donde yo colaboraba, pusieron en tela de juicio sus declaraciones, a las que sigo creyendo. Cuando lo busqué en la Universidad de San Antonio Abad, donde era jardinero, me mostró las postales que aquel le envió durante años.

Madre Piedra Foto Perushka Chambi
Hasta el arribo de Bingham no se conoció oficialmente el santuario. Parece que fue dejado hacía siglos. La gran ventana de la madre piedra, inconmovible tras el muro semicircular o ‘torreón’, pudo sufrir una descarga de rayos que calcinaron su marco gigantesco. En las comunidades sostienen que si el rayo cae sobre una construcción debe ser abandonada definitivamente,  porque éste toma posesión de ella. La pregunta queda en suspenso. ¿Le pasó eso a Machupiqchu?
Ante el torreón las miradas se clavan con insistencia. Se admira su arquitectura y se piensa en un lugar de vigilancia. Pero, no. Hay que subir a un nivel más elevado para advertir que rodea a una enorme roca al natural. Una salqa rumi que aflora desde las profundidades de la tierra con sus galaxias intactas. Ella es la gran waka que rige en Machupiqchu. El muro fue finamente pulido para protegerla. Sus propios sacerdotes debieron circular a paso lento para no tocarla en sus ritos. Tablones de oro debieron formar un anillo sobre los clavos de piedra colocados encima de las hornacinas de ofrendas, alguna de las cuales se abría para que dominara la vista de su espacio. El sol tendía sus escudos a la manera de un dosel para darle calor; la luna y las estrellas rielaban en sus aristas bañándolas de claridades desde el cielo, el tiempo se pulverizaba en su eternidad y también la vida alrededor de ella respetuosa. Desde ese lugar su kamaqen o esencia se proyectaba a todo el santuario.

En la oquedad de la parte baja, sostenida por un muro de contención, se extiende una plataforma con un gnomon que parece comunicarla con el Ukhu Pacha de donde insurge, mientras en la abertura se congela el zigzag del rayo, otra waka que la estrecha en un abrazo luminoso. La ubicación de estos sitios fue motivo de varios recorridos con Peruska Chambi que los captó para mi libro: ‘Templos Sagrados de Machupiqchu’, escrito con motivo del centenario de su apertura al mundo. Los identificamos en días lluviosos, ‘pronosticados por los brujos del SENAMHI’*, según el risueño comentario de los comuneros de Patallaqta que viven en sus cercanías.

Zuly y los atavillos.
En un próximo blog evocaciones de un viaje con Zuly Azurín a San Pedro de los Atavillos, Lima. Una localidad importante porque en el siglo XVI enfrentó a Francisco Pizarro con la más sabia de las medidas.

Alfonsina Barrionuevo

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*SENAMHI. Servicio Nacional de Metereología e Hidrología del Perú.

domingo, 28 de abril de 2019


UNA LIMA QUE ESPERA     


En cinco  siglos de vida Lima mantiene su poder sobre el resto del Perú. Las regiones, un sueño del siglo XX, siguen siendo un sueño. Sobre el tablero de ajedrez el jaque mate de la reina está siempre presente. Hace unos cincuenta años se convirtió en la tierra prometida de las provincias y hoy, con una población de nueve millones más o menos, constituida en una metrópoli caótica, es la gran  puerta de entrada a un país de maravillas. Muy adentro, en el Perú profundo, se advierte un despertar y no será extraño que un día, desde el interior, levante el vuelo. 
En 1535 Lima fue la niña mimada de sus gobernantes. En la capital de la Nueva Castilla engordaba la preciosa bolsa de riqueza que recibía el rey de las Españas y se olvidaba después del resto. Su camino principal se abría directamente del Callao. El océano era su cordón umbilical.

Resultado de imagen para caral limaEn la República, Lima siguió viviendo de espaldas al Perú y  también a ella misma. Lima olvidó siempre que es la cabeza de un departamento y ahora una región. ¡Y qué región comenzando por Caral que dio la vuelta al mundo como noticia de primera plana! Si conociera cuanto más puede ofrecer al mundo le entraría locura por lo que no vio durante cinco siglos, ocupada en exprimir a las provincias. 
Lima, como región, es tan rica que alguna vez será uno de los grandes polos de turismo del país, con  una increíble gama de atractivos históricos, geográficos, antropológicos y ecológicos insospechados. Una Lima con fiestas que son una sorpresa. Santas y santos patrones que se dan el lujo de ser festejados con danzas muy antiguas. Cientos de años de ostracismo que han favorecido su autenticidad.

La arquitecta Patricia Navarro Grau contó hasta cuarenta iglesias doctrinales en Oyón; El antropólogo Manuel Ráez publicó libros sobre costumbres y fiestas tradicionales. En Tupiqocha, muy cerca, las autoridades comunales reciben en el primer día de año nuevo varas como símbolo de mando y también antiguos khipus prehispánicos de cuerdas con nudos. Los limeños capitalinos nunca han  visto las danzas de los turkuchas con poncho y máscara, con acompañamiento de violín hecho con madera de sauce, ni de los kurkus o foráneos disfrazados de policías, mexicanos, toreros y hasta americanos, al son de flautas, guitarras, violines y arpas.El 6 de enero las danzas son de adoración al Niño Dios. 

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En el virreinato los negros se compraban con onzas de oro y el estudioso encontró en la limpieza de acequias de Lachaki, Canta, un bailarín negro solista y su conjunto, todos con máscaras de pana negra.Una vez al año, durante un ritual prehispánico, se busca la fertilización del campo en dos litos femeninos que cuidan el agua, para que su caudal sea abundante.Su danza sensual, propiciadora, es cortada abruptamente por el matachín, evocación del antiguo encomendero y su cuadrilla, que imponen sus elegantes evoluciones.En Quipán  y Marco, al otro extremo de Canta, los abuelitos son el adorno de la plaza. A pesar de “sus años” salen rumbosos, casquete con espejuelos y hermosas cintas labradas que caen hasta sus talones, máscaras de yeso con ojos azules, bigote, perilla y cascabeles en las polainas. Su coreografía es variada y como las danzas son la luz de los pueblos son invitados a numerosos distritos.En Gorgor, Cajatambo, o Huarochirí la tierra de Julio C. Tello, basta mencionar las pallas y las ingas. Las primeras con sus trajes isabelinos, de cuellos con encajes almidonados y levantados como pétalos de flores.Las segundas, cortejo del Inka y la Qoya, llaman la atención por las cortinas de monedas de plata que cuelgan sobre su rostro. También la contradanza y las wankas o diabladas de Corpus en San Pedro de Casta y Matucana; las pastoras de Huañec, la pandilla de Atawallpa de Ayavirí, los negritos de Langa, y otras que forman un universo desconocido.Una de sus localidades, Rapaz, llamó mucho la atención por una iglesia completamente pintada con sugestivas notas hasta en sus vigas y la existencia  de un khipu donde siguieron ’escribiendo’ hasta fines del siglo XIX. Las aguas termales de Churín,  Chiuchín y Huancachín son la atracción de personas que buscan sus cualidades terapéuticas cada fin de semana así como otros atractivos al paso.

En la región qechwa la producción de quesos, manzanas, paltas, chirimoyas y otros dan lugar a ferias concurridas donde todo se vende en un solo día. En los pueblos se sienten la carencia de carreteras para desarrollar su agricultura. Algún día le llegará a Lima la necesidad de descubrir sus secretos y disponer de vías asfaltadas, hospedajes y restaurantes para mostrar nuevos aspectos, grupos arqueológicos como Rupaq, Cheqta, Rapasmarka y otros. Será como abrir un cofre de sorpresas.
¡Que no espere tanto!


Alfonsina Barrionuevo