sábado, 11 de mayo de 2019


EL DÍA DE LA MADRE

Vuelvo a poner en mi blog ‘Los pájaros carpinteros del tiempo’ porque en estos segundos domingos de mayo vuelvo a sentir la misma nostalgia, pero esta vez estoy pensando en mi madre. Ella a la vez debió extrañarme y no sé si me estará oyendo desde alguna estrella. La acojo hoy, no como hija sino soñándola como madre. Así nos pasa y la siento en ese abrazo inconmensurable en que retorno al pasado. No nos fuimos. Siempre estamos con ellas.

LOS PÁJAROS CARPINTEROS DEL TIEMPO

Cerraste tu laptop, levantaste tus vitaminas de la mesa y comenzaste a sumar ausencias al ir recogiendo tus trajes del armario. Las indolentes maletas volvieron a llenarse. El pasadizo tornó a quedarse huérfano. Sentí una sensación de soledad. Nuestras conversaciones flotaban todavía en el aire cuando vino tu despedida. Te has ido tantas veces, tantas, que crecen enredaderas de olvido en los rincones. Dejas algo como siempre, las pavas de arcilla que ojalá batieran las alas para salir por la ventana volando, tus queridas piezas en las cajas magnificando su presencia. Kali ha modelado un ladrido intruso como diciendo a su manera que te quedes, pero te has ido sembrando la angustia de no verte más que en la computadora donde tengo la suerte de captar tu imagen en apariciones que no son lo mismo. Uno de los pocos inventos que me reconcilian con este mundo de hoy mecanizado. Un abrazo y he visto caer hechas trizas mis lágrimas pasando sobre ellas. Ya sé que todos nos vamos un día del hogar pero es imposible consolarse con esa parte de mis días. Sólo queda esperar que vuelvas y hagas repicar campanitas de alegría en casa inaugurando un nuevo espacio de horas sin pájaros carpinteros que picoteen mi sombra y me vayan quitando de mañanas para dejarme confundida en ayeres como no quiero. Tú y tu hermana le dieron sentido a mi vida, y yo asistí maravillada a cuánto dibujo salía de tus dedos y no digas que los odias porque me quedaría sin nada y amo las cuatro estaciones, los arcángeles y tus vikuñas  porque son bellas y me trasladan al mundo irreal que dejaste. Ya sé que no me olvidas y más tarde sonreirás desde la pantalla en este domingo separado para la ternura. Me has dejado melancólica, con los cuadernos que armé con tus dibujos, y sus hojas van cayendo en lluvia sobre mí. Allí me encontrarás alguna vez, más tarde, cuando los pájaros carpinteros del tiempo hayan terminado su trabajo y el árbol se pierda en rehuídos abismos. No sé si volveré a remontar los cielos hasta Orietta y Nueva York, cuando siempre te olvidabas de invitarme.

UN NEVADO FELIZ

Imagen relacionadaNo sé quién le dio al Salqantay, nevado de la región del Qosqo, el poder de otorgar una eterna juventud. Solo me contaron que los seres humanos no pueden alcanzarlo. Alguna vez se defendió de la audacia de un guerrero de llevar su nieve a la mujer que amaba. Defendió ese don de tal modo que no pudo sobrepasar los abismos que abrió para impedirle su acceso. Me gustó más bien la insólita declaración de una doncella que se atrevió a buscarle. Admirado de su intento le preguntó porque había sobrepasado sus linderos y ella le respondió que lo hizo por una razón poderosa, viéndole cada día desde el lugar donde vivía aprendió a amarle. Ella quería quedarse a su lado. El Salqantay se conmovió porque podría morir y ante su insistencia tomó una decisión. La convirtió en una orquídea que se llama Wiñay wayna, ‘joven eterna’, porque florece en su proximidad. Así protegió su vida..

Alfonsina Barrionuevo

domingo, 5 de mayo de 2019


RECUERDOS DE MACHUPIQCHU

Me he preguntado mil veces cómo habría sido el santuario en su apogeo. La piedra rutilando con engastes áureos y argentados, en el joyel alucinante de verdes de su entorno. El sol lloviendo en oros derretidos, la luna navegando en un oleaje de brumas, el arco iris prendiendo sus puentes en  el aire, las estrellas reflejando su luz en los espejos del agua, el viento haciendo girar sus husos en los túneles de la tarde. Hiram Bingham, buscador de tesoros, sólo vio sus muros desnudos. Pero tuvo la suerte de encontrar unos fardos inkas en una galería subterránea, que se abría al centro de una grieta abismal. Esa fue la versión del hijo de su arriero, de unos doce años de edad, a quien colgó del cuello una bolsa con monedas de plata, para pagar a  los peones que hallaran vasijas enteras. El muchacho los vio así cuando sacaron unas momias envueltas en finísimas telas, que se deshicieron al exponerse a la intemperie, y también varias piezas de metal. Su apasionante  relato no se publicó porque en la revista, donde yo colaboraba, pusieron en tela de juicio sus declaraciones, a las que sigo creyendo. Cuando lo busqué en la Universidad de San Antonio Abad, donde era jardinero, me mostró las postales que aquel le envió durante años.

Madre Piedra Foto Perushka Chambi
Hasta el arribo de Bingham no se conoció oficialmente el santuario. Parece que fue dejado hacía siglos. La gran ventana de la madre piedra, inconmovible tras el muro semicircular o ‘torreón’, pudo sufrir una descarga de rayos que calcinaron su marco gigantesco. En las comunidades sostienen que si el rayo cae sobre una construcción debe ser abandonada definitivamente,  porque éste toma posesión de ella. La pregunta queda en suspenso. ¿Le pasó eso a Machupiqchu?
Ante el torreón las miradas se clavan con insistencia. Se admira su arquitectura y se piensa en un lugar de vigilancia. Pero, no. Hay que subir a un nivel más elevado para advertir que rodea a una enorme roca al natural. Una salqa rumi que aflora desde las profundidades de la tierra con sus galaxias intactas. Ella es la gran waka que rige en Machupiqchu. El muro fue finamente pulido para protegerla. Sus propios sacerdotes debieron circular a paso lento para no tocarla en sus ritos. Tablones de oro debieron formar un anillo sobre los clavos de piedra colocados encima de las hornacinas de ofrendas, alguna de las cuales se abría para que dominara la vista de su espacio. El sol tendía sus escudos a la manera de un dosel para darle calor; la luna y las estrellas rielaban en sus aristas bañándolas de claridades desde el cielo, el tiempo se pulverizaba en su eternidad y también la vida alrededor de ella respetuosa. Desde ese lugar su kamaqen o esencia se proyectaba a todo el santuario.

En la oquedad de la parte baja, sostenida por un muro de contención, se extiende una plataforma con un gnomon que parece comunicarla con el Ukhu Pacha de donde insurge, mientras en la abertura se congela el zigzag del rayo, otra waka que la estrecha en un abrazo luminoso. La ubicación de estos sitios fue motivo de varios recorridos con Peruska Chambi que los captó para mi libro: ‘Templos Sagrados de Machupiqchu’, escrito con motivo del centenario de su apertura al mundo. Los identificamos en días lluviosos, ‘pronosticados por los brujos del SENAMHI’*, según el risueño comentario de los comuneros de Patallaqta que viven en sus cercanías.

Zuly y los atavillos.
En un próximo blog evocaciones de un viaje con Zuly Azurín a San Pedro de los Atavillos, Lima. Una localidad importante porque en el siglo XVI enfrentó a Francisco Pizarro con la más sabia de las medidas.

Alfonsina Barrionuevo

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*SENAMHI. Servicio Nacional de Metereología e Hidrología del Perú.

domingo, 28 de abril de 2019


UNA LIMA QUE ESPERA     


En cinco  siglos de vida Lima mantiene su poder sobre el resto del Perú. Las regiones, un sueño del siglo XX, siguen siendo un sueño. Sobre el tablero de ajedrez el jaque mate de la reina está siempre presente. Hace unos cincuenta años se convirtió en la tierra prometida de las provincias y hoy, con una población de nueve millones más o menos, constituida en una metrópoli caótica, es la gran  puerta de entrada a un país de maravillas. Muy adentro, en el Perú profundo, se advierte un despertar y no será extraño que un día, desde el interior, levante el vuelo. 
En 1535 Lima fue la niña mimada de sus gobernantes. En la capital de la Nueva Castilla engordaba la preciosa bolsa de riqueza que recibía el rey de las Españas y se olvidaba después del resto. Su camino principal se abría directamente del Callao. El océano era su cordón umbilical.

Resultado de imagen para caral limaEn la República, Lima siguió viviendo de espaldas al Perú y  también a ella misma. Lima olvidó siempre que es la cabeza de un departamento y ahora una región. ¡Y qué región comenzando por Caral que dio la vuelta al mundo como noticia de primera plana! Si conociera cuanto más puede ofrecer al mundo le entraría locura por lo que no vio durante cinco siglos, ocupada en exprimir a las provincias. 
Lima, como región, es tan rica que alguna vez será uno de los grandes polos de turismo del país, con  una increíble gama de atractivos históricos, geográficos, antropológicos y ecológicos insospechados. Una Lima con fiestas que son una sorpresa. Santas y santos patrones que se dan el lujo de ser festejados con danzas muy antiguas. Cientos de años de ostracismo que han favorecido su autenticidad.

La arquitecta Patricia Navarro Grau contó hasta cuarenta iglesias doctrinales en Oyón; El antropólogo Manuel Ráez publicó libros sobre costumbres y fiestas tradicionales. En Tupiqocha, muy cerca, las autoridades comunales reciben en el primer día de año nuevo varas como símbolo de mando y también antiguos khipus prehispánicos de cuerdas con nudos. Los limeños capitalinos nunca han  visto las danzas de los turkuchas con poncho y máscara, con acompañamiento de violín hecho con madera de sauce, ni de los kurkus o foráneos disfrazados de policías, mexicanos, toreros y hasta americanos, al son de flautas, guitarras, violines y arpas.El 6 de enero las danzas son de adoración al Niño Dios. 

Imagen relacionada
En el virreinato los negros se compraban con onzas de oro y el estudioso encontró en la limpieza de acequias de Lachaki, Canta, un bailarín negro solista y su conjunto, todos con máscaras de pana negra.Una vez al año, durante un ritual prehispánico, se busca la fertilización del campo en dos litos femeninos que cuidan el agua, para que su caudal sea abundante.Su danza sensual, propiciadora, es cortada abruptamente por el matachín, evocación del antiguo encomendero y su cuadrilla, que imponen sus elegantes evoluciones.En Quipán  y Marco, al otro extremo de Canta, los abuelitos son el adorno de la plaza. A pesar de “sus años” salen rumbosos, casquete con espejuelos y hermosas cintas labradas que caen hasta sus talones, máscaras de yeso con ojos azules, bigote, perilla y cascabeles en las polainas. Su coreografía es variada y como las danzas son la luz de los pueblos son invitados a numerosos distritos.En Gorgor, Cajatambo, o Huarochirí la tierra de Julio C. Tello, basta mencionar las pallas y las ingas. Las primeras con sus trajes isabelinos, de cuellos con encajes almidonados y levantados como pétalos de flores.Las segundas, cortejo del Inka y la Qoya, llaman la atención por las cortinas de monedas de plata que cuelgan sobre su rostro. También la contradanza y las wankas o diabladas de Corpus en San Pedro de Casta y Matucana; las pastoras de Huañec, la pandilla de Atawallpa de Ayavirí, los negritos de Langa, y otras que forman un universo desconocido.Una de sus localidades, Rapaz, llamó mucho la atención por una iglesia completamente pintada con sugestivas notas hasta en sus vigas y la existencia  de un khipu donde siguieron ’escribiendo’ hasta fines del siglo XIX. Las aguas termales de Churín,  Chiuchín y Huancachín son la atracción de personas que buscan sus cualidades terapéuticas cada fin de semana así como otros atractivos al paso.

En la región qechwa la producción de quesos, manzanas, paltas, chirimoyas y otros dan lugar a ferias concurridas donde todo se vende en un solo día. En los pueblos se sienten la carencia de carreteras para desarrollar su agricultura. Algún día le llegará a Lima la necesidad de descubrir sus secretos y disponer de vías asfaltadas, hospedajes y restaurantes para mostrar nuevos aspectos, grupos arqueológicos como Rupaq, Cheqta, Rapasmarka y otros. Será como abrir un cofre de sorpresas.
¡Que no espere tanto!


Alfonsina Barrionuevo

domingo, 14 de abril de 2019


EL QOSQO DEL INKA GARCILASO 

Tras la importante información de su obra el Inka Garcilaso esconde una compleja existencia. Al ser un hombre de dos mundos se dio cuenta que finalmente no pertenecía a ninguno. Su padre lo alentó mientras vivió. Después tuvo que luchar para vivir en tierras extrañas. Sin su arrogancia como ejemplo su timidez fue una traba constante. Hubiera querido volver al Perú con un nombramiento como funcionario, recibir tierras o tener por lo menos una pensión. No pudo a causa de un gesto amable. Eso lo perdió por un gesto caballeroso. En un encuentro de con el grupo de los Pizarros sublevados, uno de ellos perdió su caballo y se salvó porque le cedió el suyo. Tal gentileza la pagó caro en la corte  como un máximo demérito. Personalmente no pudo mantener el nombre de Gómez Suárez de Figueroa porque su familia paterna se lo negó y tuvo que adoptar el de Inka con mucho derecho, pues descendía de Pachakuti.
Cuando se fue a la península se llevó una imagen de Qosqo más española y menos inka. Para escribir sus crónicas tuvo que descubrir su historia, contando con la ayuda de sus parientes maternos a quienes un día quiso olvidar. Su testimonio, ya terminando el siglo XVI, resulta valioso. Sin embargo se disculpa de penetrar en las antiguallas de la ciudad  que fue madre y señora de un imperio, por haber nacido en ella.
Durante su infancia estuvo cerca de su madre, la palla Chinpu Oqllo, hasta los diez años, aprendiendo a hablar el qechwa. Su padre se casó con la española Luisa Martell de los Ríos y desalojó de la casa de Oñate a la joven de alcurnia imperial.
 Sus recuerdos alcanzan apenas a Qasana, ‘casa nevada’, palacio en el septentrión cuyos muros mostraban un pasmoso pulido y dividían muchos aposentos. Su galpón muy espacioso medía unos  doscientos pasos de largo y sesenta de ancho. Relató que en días de lluvia permitía celebraciones a su abrigo. Podían entrar unos sesenta jinetes a caballo si querían jugar cañas. El Inka dijo que vio como derribaron el palacio para hacer tiendas y portales.
De las dos torres que daban lustre a la Haukaypata sólo alcanzó a ver una. En la misma dirección habría estado Qoraqora, ‘hierbazal’, de Inka Roqa que no conoció. Al volver sobre sus pasos solo nombra al ‘corredorcillo' con arquerías que daban a la calle’, desde el cual espectaba los juegos de sortijas y cañas de los amigos de su padre. No tuvo tiempo de enterarse que este lugar fue una waka, Kugitalis. Sitio donde durmió Wayna Qhapaq y retornó con gloria después de una batalla.
Las referencias del inka Garcilaso sobre la sagrada Aukaypata o Haukaypata son escuetas.  Si escuchó que Illapa, el Trueno, se bañaba en una de sus calles adyacentes no le dio importancia porque se crió y creció en la nueva religión. 
A pesar de todo su visión de Qosqo es la más completa. Desde el mirador de Qolqanpata vio como se transformaba mientras pasaba de la niñez a la adolescencia y luego a la pubertad. En el primer recodo de la vía que trepaba a Saqsaywaman, Pachakuti mandó edificar el precioso templete que perennizó la memoria de Ayar Auka. Los sacerdotes lo evocaban en las espaciosas áreas
Casa donde vivió. Foto Fernando Seminario
cercadas con muros que tienen bloques recortados que simulan una incrustación de margaritas de piedra que están intactas. Más abajo se extendía el barrio de Wakapata lindando con el río Saphi y sujetando un manojo de andenes.
El Inka escritor cita una calle maestra que bajaba desde las casas de Manko Qhapaq y enlazaba a lo largo palacios y wakas. Ya tenía el nombre de San Agustín por el convento que ocupó el área donde estuvo el Khipukancha con la escuela de khipus y sus archivos. Sus construcciones fueron arrasadas en su totalidad y no las conoció. La arteria terminaba a corta distancia de Rimaqpanpa, ‘la plaza de los pregones’, donde se anunciaban a viva voz las leyes y disposiciones del Inka. Por allí salía el camino real que se dirigía al Qollasuyu.
Paralela corría desde la plaza hasta el Qorikancha la imponente calle del Sol,  Inti k’iqllu, al costado del Aqllawasi, cuyo soberbio muro resguardaba de las miradas profanas a las aqllas. Continuando a Maruri y haciendo un pequeño rodeo por la calle Panpa del Castillo,llegaba al Qorikancha. En tiempo de los Inkas fue una arteria de mucho ajetreo por donde transitaban comitivas, sacerdotes y viandantes que iban con sus ofrendas al templo de oro y a sus wakas.

Alfonsina Barrionuevo

domingo, 7 de abril de 2019


UN INTI RAYMI EN EL ANDE


Nuestro anfitrión de Ocongate, don Juan Achahui, debió preocuparse cuando me vio con Julia Chambi y Zuly Azurín. Se preguntó si llegaríamos bien a más de 4,000 metros sobre el nivel del mar. Por lo menos nos animaría un buen café con chancaca, para endulzarlo, rociado con pisco. Mi viaje tenía como meta contemplar en la madrugada, desde la cumbre, el saludo que harían al Padre Sol miles de peregrinos que habían ido a Qoyllur Rit’i. A Julia, hija del famoso fotógrafo Martín Chambi, la conocía. Yo le escribí pidiendo su ayuda para hacer un reportaje en un diario de Lima y le conté de mis viajes. A Zuly la veía por primera vez. En fin, ya estábamos allí, tendría la respuesta en el camino. 
En la subida que era el primer tramo, de escalinatas anchas y empinadas, estaba la pequeña iglesia de Tayankani que fue escenario de un milagro. Allí donde existió un árbol de tayanka, siglos atrás, el Niño Jesús que jugaba con un pastorcito de alpakas fue acorralado por orden del obispo Moscoso de Qosqo. En ese lugar dejamos a Zuly que sintió el impacto del frío de altura. Volvería al Qosqo con nuestro guía. Julia y yo seguiríamos adelante venciendo el graderío alumbrado por la luna. Ya coronábamos su cima cuando nos alcanzaron. El café caliente y sabiamente bautizado alejó el conato de un soroche y avanzada un tanto la noche demostró su fibra chanka.
Salimos de la ciudad en autobús ya de noche y Achahui calculó que yendo muy despacio llegaríamos, a eso de las cuatro o cinco de la madrugada, a un lugar desde el cual podríamos asistir a la ceremonia inka. En  el recorrido el vehículo se detuvo en Q’atqa para comer unos tamales y tomar un ponche estimulante. Desde Ocongate y sus gradas haríamos una jornada de aventura por varios chakiñan, sendas de pie que se irían enlazando. Menos mal que en la primera década de la segunda mitad del siglo XX las mujeres ya usábamos pantalones. El resto de nuestra indumentaria se completó con dos chompas, un poncho abrigador, chalina, mitones, gorro pasamontaña, sombrero de paño, medias gruesas, y para andar cómodas zapatillas. Yo llevaba una cámara Rollei para las fotos.
Resultado de imagen para qoyllur ritiEn oquedades, protegidos del viento, vimos unos arbustos de llaulli, con flores de seda que suavizaban la aspereza de sus ramas. Nadie las puede tocar porque recibiría más de un pinchazo. Al verlos comentamos un wayno muy popular que hablaba al llaulli del amor, como una planta que igual crecía y se marchitaba, que era una pena merecedora del olvido para ir en busca de un nuevo cariño.
La caminata fue larga hasta que llegamos al sitio que era un balcón abierto sobre Qoyllur Rit’i. La luz del día nos permitió avizorar al fondo la hondonada de Sinaqara donde se movía una multitud. De pronto el sol bañó de oró las matas de ichu y de los cerros adyacentes brotó un reguero de vivas soberanas. ¡Haylli! ¡Haylli! ¡Haylii …! La imagen fue triunfal cuando levantaron sobre sus cabezas a manera de banderines chalinas y phullus. La gente del Ande saludaba la aparición del astro rey evocando un inti raymi esplendoroso. Acto seguido bajamos un poco y les vimos asombradas moviéndose como un ballet, ya abriendo o cerrando filas de hombres y mujeres ataviados con galas multicolores.
Fue algo inolvidable como si fueran los mismos Andes de rostros, brazos y piernas bruñidas. Por un instante creímos que se desmandarían y hasta sería posible que nos envolvieran en la vigorosa cascada de su descenso. Pero, lo hicieron ordenadamente, dando vida a las laderas como banderas vivientes, triunfando en un espacio inconmensurable.

Imagen relacionada
He ido otras veces a Sinaqara para asistir a sus ritos, las demandas a los Apus, las ofrendas de danzas increíbles, los diálogos con los ukhkus, el recibimiento de la nieve irradiada por la Qoyllur. Nada será igual de emocionante al napaykuy o saludo colectivo de aquella vez compartido con Zuly, Julia y Juan Achahui.
Ni contar cómo volvimos. Nos sentíamos muy cansadas y no había otra forma de volver. En eso pasó un grupo de q’arachunchu bailando al son de sus pitos y tambores. El polvo de la fatiga se disipó y los seguimos. La música es anestésica y terminamos saltando como grillos. Así llegamos a las gradas de Ocongate. Ellos siguieron por un chakiñan, nosotras por el graderío hasta la plaza del pueblo. De allí el regreso a Qosqo y a Lima con Zuly y una imponente visión de oros en las pupilas.
Alfonsina Barrionuevo

domingo, 31 de marzo de 2019


KUKULI Y SUS SUEÑOS DE COLORES

No pierdo de vista a Kukuli mientras repaso imágenes de sus obras en Lima. Cuando estudiaba en el colegio Sophianum le impactaron los jinetes del Apocalipsis. Le gustaba dibujar y pintar caballos, más en este caso formaron parte de una serie de los tétricos personajes. Los vi y me impresionaron por salir de sus pinceles con gran fuerza. Recuerdo haberle contado que en Puno jóvenes doncellas bailan en noviembre con cráneos adornados con flores como si se aromaran de vida y así hizo  a la Muerte, pero completa en un alazán encabritado al sentir su materialidad.


Ahora tengo en mis manos el Hambre, personificado por un niño y cuán duro es verle. No muestra su rostro pero se adivina por su cuerpo esquelético, mustio. A mí me pareció el más expresivo, porque no debería darse y duele porque los niños son los más vulnerables. El ‘Hambre’ sigue galopando con los otros en su cabalgadura, al requerimiento de hombres enloquecidos por el poder.


Hace unas semanas Kukuli presentó una exposición en Taller, Filadelfia. EL OJO CÓMPLICE mostró por primera vez sus pinturas y tuvo una adición inesperada para los visitantes. Durante varios días la vieron trabajando un enorme mural con plumón y a mano alzada. Sus dedos se deslizaron con rapidez y eso lo he visto, nadie puede saber que irá saliendo orquestadamente como si estuviera copiando algo que solo ven sus ojos. Para los medios especializados de la hermosa ciudad fue una experiencia. 


DESCUBRIENDO EL PERÚ

Heredé de mi padre, Leandro Barrionuevo, la pasión de viajar. Entre dos carreras culminadas, las leyes y el periodismo, me decidí por la segunda. No en vano fue mi primer maestro después de haber sido redactor en diarios y revistas de Qosqo, Lima, Chiclayo, Cerro de Pasco y Huaraz. Cada desplazamiento, me dijo siempre, debía tener el propósito de investigar en esas páginas abiertas de cultura y paisajes que son nuestros pueblos.

Imagen relacionadaLa mayoría de veces y por motivos de trabajo lo he hecho sola, otras llevando a mis hijas como acompañantes, de vez en cuando con excelentes amigas, y también con fotógrafos y equipos de televisión, de acuerdo a las circunstancias. Para mí ha sido muy grato compartir caminos con Julia Chambi, Teresa Lastarria, Sonia Molina, Patricia Navarro-Grau y Zuly Azurín. Puedo decir que fueron muy animosas, esforzadas, capaces de vencer obstáculos e interesadas por conocer el Perú. Las vías del interior siguen siendo trochas polvorienta y vehículos viejos que se van desarmando, a menudo había que ir por los chakiñan, sendas estrechas de a pie, cruzar ríos en oroyas, volar en helicópteros y avionetas poco seguras,  en fin de aventura.
Los tiempos ha pasado y antes de que sigan rodando al infinito quiero abrir una pequeña serie con Zuly Azurín, profesora, actriz y, cantante de temas en runasimi,  a quien conocí cuando hizo el papel protagónico de ‘Alllpa Kallpa’, película con el guión de Hernán Velarde, producida y actuada por Tulio Loza. Ojalá sea posible.

Alfonsina Barrionuevo

lunes, 25 de marzo de 2019


UN DELICIOSO CONOCIDO  

Nos miramos frente a frente. Él, con su naricita graciosa, sus orejas de paraguas, sus bigotes ralos y sus ojazos risueños. Al sentirse descubierto hizo con un mohín. A muy pocos les gusta hablar de la edad. Lo descubrí de pura casualidad, leyendo un trabajo de Jane Wheeler y Juan Rofes. El cuye o kuye no sólo es tatarabuelísimo, sino muchísimo más. Los años le llueven por todas partes. Torrencialmente sobre su cabeza, en un patinaje loco encima de su cuerpo lustroso, y anegando los dedos de su patitas hasta formar un charco a sus pies como un océano.
El cuye (kuye) nuestro tiene millones de años de vivir sobre la tierra, este planeta al que los humanos no dejamos en paz. Los estudiosos Jane Wheeler y Rofes aseguran que los roedores llegaron a Sudamérica hace unos 35 millones de años, procedentes del continente africano. Tenemos así que la forma ancestral del suborden Hystricognathi dio origen, entre otros, a los Hystricidae (puercoespines) en Africa, y a los Caviidae (cuyes) en Sudamérica.

Resultado de imagen para cuyes de razaNo quiero seguir abundando en esta valiosa información por no incomodar al kuye, amigo de toda la vida, al que consumimos cariñosamente en Cusco al horno, relleno ─en nuestro caso─ con hierbas olorosas,  crocante como un lechoncito, y saboreando sus suaves carnes hasta dejar sus huesos mondos; y también aunque menos en qoelawa, qowilawa o “crema, sopa, de kuye”. En otras partes lo comen chaktado (Arequipa y Moquegua), frito (Ancash, Junín) o nadando en aceite (Cajamarca). De todas formas es delicioso.
Tampoco se trata de elogiarlo gastronómicamente, ni cómo ha sido recibido en mesas extranjeras (a los coreanos les gusta muchísimo), sino de revisar el trabajo de Wheeler y Rofes y agregar algunas notas recogidas en mis viajes.
Ellos afirman que el cuye doméstico, “un pequeño animalito de temperamento inofensivo”, que “posee piernas cortas, cuerpo y cuello anchos y carece de cola”; - esto último importante de remarcar, pues hace décadas lo confundían en Lima con la rata, que es muy diferente y tiene, además de hocico largo y amenazadores dientes, una larga y repugnante cola- puede tener unos 9,000 años de antigüedad, según los hallazgos en depósitos arqueológicos.
Y ahora sí que nuestro kuye (Cavia porcellus), cuyo nombre corresponde a su nombre peruano “qowe” o “qowi”,  respira con algún alivio. Se siente como un bebé al lado de sus antepasados, cuando los continentes estaban unidos y siendo tan tímido, tan ajeno a las aventuras, pudo pasar valientemente de uno a otro. ¡Pequeño gigante!
En Cusco, según las añejas tradiciones andinas, el Ukhupacha, el mundo de abajo, está poblado por unos hombres pequeñítos que tienen cabeza de qowe. Son los ukhupacharunachakuna, pastores de los poronqoes. Mi hija Kukuli los dibujó alguna vez llevando unos pequeños chalecos bordados con flores.
En Puno tuve la suerte de ver a los poronqoes que son kuyes silvestres. Al atardecer, en ciertas ocasiones, salen de sus madrigueras y se mueven en una mancha extendida. A medida que avanzábamos, en un auto que iba lentamente, se abrían. Eran miles y ni pensar en que se pudiera coger uno para examinarlo. Hubieran desaparecido en instantes porque son veloces.
Al parecer se alimentan principalmente o solo de pasto. Un guía del lugar nos informó que no son comestibles, porque su carne tiene sabor a hierba y no es agradable.
Jane Wheeler, de CONOPA, estuvo en lo cierto cuando afirmó que al convivir con el hombre ganó mucho. Su condición de doméstico le proporcionó un techo seguro y un ambiente grato, tibio, por el calor de los fogones, al haberse acomodado en la cocina. Al recibir una alimentación especial (alfalfa o sut’uche), su carne llegó a hacerse apetecible, considerándose además que, siendo magra, es muy deseable como alimento propio de los Andes.
Alfonsina Barrionuevo