domingo, 18 de marzo de 2018


KUKULI Y SUS SUEÑOS DE COLORES

En 1996 Kukuli fue invitada a una reunión en Larapa. Las Pachamamas de Waqaypata Qosqo y de Calca Lares Y los Apus Panpawayllu, Sokllaqasa y Phutukusi serían convocados por el altomisayuq Mario Cama. Una interesante oportunidad para conocer el mundo mágico del Ande.
Normalmente la gente va para pedirles su ayuda espiritual y también la curación de algunas dolencias. Para mí fue entrar en una dimensión espectacular. Los “papitos y mamitas” como también los llaman hablan a través de las cuerdas vocales del altomisayuq.

Aquella fue la primera de una serie de sesiones que publiqué después en mi libro “Hablando con los Apus” que es muy solicitado. Para Kukuli fue muy simpático oírles decir que no tenían imagen porque eran solo fuerzas de energía. Regresó a Nueva York e intentó hacer una imagen de Panpawayllu. Al terminarla me llamó entusiasmada. Iba a quemar el barro, pero se quebró en varios pedazos. En una siguiente sesión les pregunté qué había pasado. Me dijeron que no tenía permiso. Se los pedí, me lo dieron e hizo una segunda pieza. Salió muy bien. Han pasado veintidós años. Vi a Mario Cama una vez más y después falleció. Espero una nueva sesión con su hijo José en cualquier momento. Me gustaría que me siguieran hablando sobre Qosqo y Perú.

  

PRIMER VIAJE A LA MARAVILLA

El día en que viajé por primera vez a Machupiqchu  me tocó beber el sol  de madrugada, tal como hacían los sacerdotes inkas en la Plaza Mayor de Qosqo. Al respirar pude ver mi aliento congelándose en el aire mientras el frío traspasaba mis huesos penetrando hasta los tuétanos.
El tren iba a salir  a las siete en punto, pero antes solía hacer  sus  ejercicios de rutina moviéndose ruidosamente en el patio de la antigua Estación de San Pedro.  Admiré las  nubes de vapor  que envolvían sus ruedas. Densas a tal punto que parecía que lo iban a levantar en peso.
Cuando nos instalamos salió rápidamente, resoplando con fatigas de altura, y comenzó a trepar el cerro de Piqchu en zigzag, anunciando en cada esquina su salida con un largo pitazo de advertencia, como las teteras de las bodegas de la Cuesta de San Blas, cuando avisaban que el agua estaba hirviendo para servir el té piteado. Es decir un té “bautizado “con un chorrito de pisco puro para calentar a los parroquianos.
Por esos pitazos los cusqueños llamaban al tren, “la teterita de Latorre”, el  apellido de un señor que fue contratista de la construcción de la vía férrea de trocha angosta allá por 1926. Una vía doméstica de segunda para un destino de primera.  
Mis entusiasmos desbordaban las expectativas. Visitar el santuario era un sueño que iba a compartir con Manuel Chávez Ballón, arqueólogo y apasionado historiador del Qosqo inka.


En su recorrido el tren se detendría en Huarocondo, en plena panpa de Anta. Allí tomaríamos un café y podríamos comprar unos deliciosos tamales para la hora del hambre. En Machupiqchu había un pequeño albergue,  sólo para turistas.
En nuestro descenso por el Valle Sagrado, mientras los sembríos se filtraban en mis pupilas en procesión de colores luminosos, el doctor Chávez Ballón me fue contando como el joven Kusi Yupanki, hijo del Inka Wiraqocha,  organizó  la defensa de la ciudad sagrada cuando los feroces chankas se acercaban  para arrasarla.

 Al abandonarla su padre se llevó a los únicos defensores que podían haberse quedado. Kusi Yupanki tomó las banderas de guerra sin arredrarse, multiplicándose como si tuviera alas. Su arrojo y don de mando se pusieron a prueba al convocar a los pocos señores que vivían en la región.

Foto Peruska Chambi
Le secundó Wilka Uma, el gran sacerdote, quien con suma sagacidad mandó vestir a unas enormes piedras, existentes en las alturas de Xaquiqawana,  con atavíos de guerra que hizo sacar de los tanpus o tambos donde se guardaban abastecimientos. Mantos, chu’kus o gorros a manera de casquetes reforzados, rodelas de maguey con malla de metal y piel, petos de cuero que se colocaban sobre los unkhus o túnicas y porras. Desde lejos parecía un ejército agazapado, amenazante, espectando las acciones, para levantarse prestamente en el momento preciso y combatir.  Tan reales, tan altivos, que al pasar por allí Kusi Yupanki y les gritó sonriente, pensando en refuerzos inesperados.
“¡Qué hacen allí sentados, hermanitos!  ¡Vamos a pelear!”

A su llamado los “guerreros de piedra” se pusieron de pie avanzando con una fuerza arrolladora, agitando las unanchas sobre sus cabezas y vociferando imprecaciones que hicieron vibrar de valor a las escasas huestes que tenía. Así pudo desarticular a los belicosos chankas que retrocedieron desbandándose ante el empuje de su gente. Al terminar Kusi Yupanki conoció la identidad mítica de sus refuerzos y los llamó purun aukas o pururaukas.  ¡Valerosos guerreros de piedra!

La visión del poderoso Willkamayu,  el río que nace de una lágrima solar, me emocionó. Faltaba poco para llegar a la ciudad inka. Instintivamente bajé la cabeza cuando entramos en un pequeño túnel y en mis labios se prendió una sonrisa.
No creí haber llegado cuando el tren se detuvo en un pequeño villorrio. Aquel era la estación final llamada Aguas Calientes porque tenía un afloramiento de aguas termales. Bajamos sin más en un andén polvoriento. Al frente unos chiquillos de pies descalzos miraron con curiosidad los viajeros que descendieron del tren. Este se quedó estacionado hasta media tarde, para devolvernos al Qosqo.
Nos acomodamos en un microbús que esperaba y nos fuimos cuesta arriba, zigzageando por la ladera del cerro viejo. Hasta que llegamos a un espacio abierto, en medio de la vegetación, donde se recibía a los visitantes.  El administrador del hotel salió premuroso a la puerta y nos abrumó con sus atenciones, invitándonos a tomar un mate de coca.
A unos pasos, oculto por la vegetación, Machupiqchu aguardaba  con sus silencios,  desafiando al tiempo en la eternidad de la piedra. Entonces se  entraba  por un pasadizo estrecho que al terminar mostraba su majestuoso  escenario.  Al fondo me estremeció  la magia del paisaje que ofrecen  los fértiles valles de Kollpani y la cadena de picos con el Kutija y el Phutukusi emergiendo de  frondas azules  como guardianes abuelos. Recuerdo haberme recreado escribiendo sobre las viejas parcelas de hierba en su airosa arquitectura, sus acrobáticos andenes,  sus escalinatas hechas entre vértigos y precipicios.  Tenía que volver y lo hice por el camino inka haciendo ch’allas de flores y dejando k’intus de coca en los templos de paso.

Alfonsina Barrionuevo

domingo, 11 de marzo de 2018

KUKULI Y SUS SUEÑOS DE COLORES

Kukuli siempre me sorprende con sus obras. En 1991 vi en su estudio a Santa Chingada. El comentario de esta pieza en el catálogo de “Patrimonio”, su exposición en Lima el 2012, es conciso y directo. Dice textualmente: “Santa Chingada es una respuesta personal a la hipocresía social de elevar a la mujer a un pedestal si se sacrifica y somete, cualificando sus bondades en la medida que acepta su sufrimiento. Su iconografía comprende un bozal, un cinturón de castidad, clavos en el pecho y el vientre embarazado.”

Cuán atroz ocultar debajo de la máscara plácida, de ojos claros y tez rosada, un rostro congestionado por el dolor y aparecer como la “sacrificada madre, fiel mujer,  devota, serena, obediente, domesticada, venerada,  bendecida con la maldición de ser una santa.”


Kukuli Velarde
Aquella vez lamenté en mi fuero interno la  situación de las “santas arruinadas” o  “fregadas”, que eso quiere decir el vocablo mexicano. Acaba de pasar el “Día Internacional de la Mujer” y si bien el cinturón de castidad evocaba la obligación de fidelidad en tiempo de las Cruzadas en Tierra Santa, tal parece que si las mujeres hemos conquistado casi todo  no nos libramos de la barbarie.
En 1991 Santa Chingada fue un adelanto de la protesta. Ya se puede denunciar y gritar en público, decir ¡no! al atropello, a la burka física y psicológica que cubre ojos morados y otras heridas que no se cierran. Tengo la suerte de ser una periodista que salió a la calle buscando la noticia y que viajó sin temor por todos los confines del Perú, blindada por el cariño de mi padre y el afecto de los pueblos a los cuales llegaba tratando de canalizar sus inquietudes. Los años pasan pero hay que seguir luchando, aunque ahora sea más difícil porque el enemigo puede estar en la misma casa y se han multiplicado los retos, y  las necesidades se enfilan a más abismos y hay vientos de locura que reinan en todas partes.
No sé por qué el miedo tiene que estar como una sombra tras la mujer.

Busquemos el amor y la sonrisa en las niñas y en los niños. ¡Por favor!



UNA CASONA CON HISTORIA
Hay chispitas de oro en la mañana que invitan a recorrer la Casona de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, en el Parque Universitario, que ahora es su Centro Cultural, donde todos los días hay muchas actividades.
En la fuente, el agua gorjea con su eterna voz de soprano mientras el sol pasa los dedos sobre la dócil melena de los árboles.
El silencio crece ahora como una enredadera. 
Se fueron definitivamente los miles de alumnos que poblaban sus aulas y da la impresión de que podrían reaparecer en cualquier momento los novicios de San Ignacio de Loyola. Es que la casona fue convento jesuita, en un silencio santificado por Dios, antes que funcionara allí la primera Real y Pontificia Universidad de Lima, creada por cédula del rey Carlos V y confirmada por bula de Roma.
¡Vamos caminando!
En los patios la vida se desliza perezosamente, sin prisas. En el descansillo de la escalera que lleva al segundo piso se encuentra el retrato al óleo de fray Tomás de San Martín, fundador de la universidad, y también los nombres de los rectores que la gobernaron sufriendo los altibajos de su época. Las juventudes siempre han sido rebeldes y más de una vez la universidad y más tarde las universidades fueron sus focos de protesta. No olviden que San Marcos ha tenido algo que ver con las luchas de la Independencia. Y no es cuestión de que los viejos ya no pueden entender a los jóvenes, sino que la juventud, hermosa etapa, desborda siempre en efervescencia; mientras que la serenidad y la cordura de los años se van adquiriendo con el tiempo.

Resultado de imagen para casona de san marcosPero, volvamos a San Marcos.   
Es  la Universidad más antigua de América.
En 1551, fray Tomás de San Martín logró que el rey autorizara el funcionamiento de un centro de estudios generales, con la misma organización y las mismas prerrogativas de la Universidad de Salamanca. Sus gestiones, que llegaron a feliz término, obedecieron a la solicitud del Cabildo de Lima interesado en tener una entidad de tanta jerarquía.
En 1574 se le buscó un santo patrono lo que dio lugar a que la opinión pública dividiera sus preferencias entre San Bernardo, San Cipriano, Santo Tomás, San Juan, San Lucas, San Marcos y San Agustín. Se dice que se convocó hasta a tres claustros (votaciones) y a la tercera salió ganador San Marcos, quedando dueño del campo. Su proclamación, con asistencia del virrey y autoridades, se llevó a cabo solemnemente el 22 de diciembre de ese año.
La universidad funcionó primero en el convento de Santo Domingo. Posteriormente bajo el gobierno del Virrey Toledo fue trasladada a San Marcelo. Luego pasó a un local propio en la Plazuela del Santo Oficio. Finalmente fue llevada al noviciado de la Compañía de Jesús, construido en 1606 en un lugar rústico conocido como la Chacarilla, donde había grandes huertos y una capilla dedicada a San Antonio Abad.
Hoy es el Parque Universitario.
El conjunto es abierto, luminoso, con amplios corredores y hermosos patios. La Capilla de Nuestra Señora de Loreto que ha sido salón de grados durante muchísimos años conserva la magnificencia de su bóveda deliciosamente decorada con santos, santas y doctores en teología, pintados pulcramente en paneles de madera. Al centro está, dominando todo el conjunto, la Virgen de Loreto entre ángeles y nubes.
Actualmente funcionan allí tres museos que pertenecen a la primera casa de estudios superiores del Perú. El Museo de Arqueología y Etnología, el Museo de Arte e Historia y el Museo de Reproducciones Históricas. Si quieren conocer sus secretos además de su historia hay visitas guiadas de lunes a sábado. La dirección es Avenida Nicolás de Piérola 1222. Parque Universitaria.

Alfonsina Barrionuevo



domingo, 4 de marzo de 2018


KUKULI Y SUS SUEÑOS DE COLORES

En 1993 al cumplirse quinientos años del descubrimiento de nuestro continente Kukuli expuso sus obras de protesta en la Galería Bertha and Karl Leubsdorf de Hunter College, de Nueva York. Sus piezas recordaban a todos aquellos que perdieron la vida por los efectos del genocidio cuando América se llenó de sangre. 

Kukuli Velarde
Antes debió presentar una de ellas con Ana Ferrer, en el mismo tema, en la ventana de exposiciones del Instituto of Technology. El día de la instalación de las obras el instituto las censuró y prohibió su montaje por su excesiva fuerza interpretativa dando lugar a una controversia en la que ellas recibieron el apoyo de la prensa neoyorkina y ganaron.
Vuelvo a colocar la fotografía del bebé que murió sin nacer porque lo mataron. La foto no llegó a salir en el blog.
Tuve la oportunidad de ver estas obras. Kukuli ha guardado ‘el Empalado’, un hombre al que una viga atraviesa entrando por la boca. Como no puede gritar sendas bocas se abren en sus costados. Valdría la pena que los ejecutivos de cultura la trajeran, la exhibieran y la comprasen. El horror no debe ser olvidado.

LA CASA DE PILATOS


En la segunda mitad del siglo XX la Casa de Pilatos recuperó su esplendor. Volvió a lucir sus columnas, la escalera frontal, los arcos abiertos que se abrían al cielo y todos sus ambientes. Es posible que antes del terremoto de 1740 tuviera una gran fachada. Se dice que entonces perdió sus balcones de corte neogótico. Sólo queda la portada bastante huérfana y recortada. Se deja de lado el hecho de que se trata de una de las construcciones más viejas de Lima. La casa de Pilatos fue edificada alrededor de 1590 y quién sabe un poco atrás.
No la salva del lamentable anonimato en que se encuentra ni siquiera el hecho de que al frente, a medio patio, tenga una escalera de piedra que lleva al segundo piso y que ha sido motivo de conjeturas. Se sabe que sólo los conquistadores podían gozar del privilegio de tener escalera frente a la puerta de calle.
Al parecer fue mandada edificar por el rico comerciante español don Diego de Esquivel. ¿Si es así qué relación tuvo éste con alguno de los conquistadores para poner en su casa una escalera frontal? Dice don Ricardo Palma que, “con maderas y ladrillos sobrantes de la fábrica de San Francisco,  Esquivel  la encargó al mismo arquitecto que edificara el Colegio Máximo de San Pablo”.
La construcción de la casa misteriosa, edificio sólido y a prueba de sismos, que  han resistido sin experimentar desperfectos, indica  una excelente fábrica. Su patio que es más o menos amplio y severo tuvo como un detalle interesante columnas de madera que fueron reemplazadas por haberse deteriorado. En el siglo pasado fue sede de la Casa de la Cultura con el escritor José María Arguedas como director.
No se sabe cómo habría sido el patio en 1635 ocupado por las vendedoras de fruta cuando el mercado estaba en la plaza de San Francisco. Qué de bullicio y de aromas, además del trajín de mineros y comerciantes portugueses que vivían en la casa convertida en “posada y lonja” desde que Esquivel, siempre según Palma la arrendó sacando “un interés más que decente del capital empleado”.
Imagen relacionadaDe acuerdo a la tradición fue a causa de estos portugueses que la finca recibió el nombre de “Casa de Pilatos”. A ellos se les atribuye, en esos tiempos, una serie de herejías por las que pagaron muy caro. Unos con su vida en el peor de los casos y en el mejor con el pellejo pudriéndose por muchos años en una cárcel.
“Cuenta el pueblo que un Viernes Santo, a medianoche, entró a ella cierto mozo truhán que llevaba alcoholizados los aposentos de la cabeza. El portero probablemente se olvidó de echar el cerrojo, pues, el postigo de la puerta estaba entornado”. El joven vio luces en los altos, sintió algún ruido o murmullo de gente, y confiando hallar allí jarana y “moscorrofio,” atrevióse a subir la escalera de piedra que es, dicho sea de paso, otras de las curiosidades que ofrece este edificio.
El intruso caminó por los corredores y llegó a una ventana, tras cuyas celosías se colocó, y pudo examinar a sus anchas un espacioso salón. Bajo un dosel vio sentado a uno de los hombres más acaudalados de la ciudad, el portugués Manuel Bautista Pérez y hasta cien compatriotas de éste en escaños, escuchando con reverente silencio el discurso que les dirigía.
Frente al dosel, y entre blandones de cera había un hermoso Crucificado de tamaño natural. Cuando terminó Pérez, todos los circunstantes, se fueron levantando por riguroso turno del asiento, avanzaron hacia la imagen y descargaron sobre él un fuerte ramalazo.
Pérez, como Pilatos, autorizaba con su impasible presencia aquel escarnecedor castigo. El espía no quiso ver más profanaciones, escapó como pudo y fue con el chisme a la Inquisición que pocas horas después les echó la zarpa. El fiscal del Santo Oficio dijo que hubo profanación del Cristo. El juicio duró tres años. Pérez y diez de sus correligionarios fueron quemados en auto de fe en 1639 y se penitenció a cincuenta más de mucho dinero.
El padre Javier Vargas Ugarte dice que la casa perteneció después a doña María de Esquivel y Jaraba y, a su muerte, la Inquisición y otros acreedores, por deudas que tenía, la sacaron a remate. Su sobrino Diego de Esquivel y Jaraba, natural de Qosqo, caballero de Santiago y marqués de Valleumbroso, no quiso que la famosa casa pasara a manos extrañas y después de pagar deudas de 15,000 pesos, la compró en 29,000.
En el segundo piso se encontraba el oratorio,  el gran salón donde  se recibía a las visitas, otro con el nombre de salón Castilla, con retratos del Mariscal y su esposa, luego el salón de la Academia de la Lengua, el Salón de Actos y el Salón  San Martín. Ojalá que la Casa sea destinada a museo u otra actividad cultural de acuerdo con su rango. Se encuentra en el jirón Ancash N° 394, en el mismo centro de Lima.

 Alfonsina Barrionuevo

domingo, 25 de febrero de 2018

KUKULI Y SUS SUEÑOS DE COLORES

Los hombres que trajo Cristóbal Colón a América, muchos de ellos salidos de los presidios, cometieron atrocidades. Una de ellas era poner en fila a doce o trece mujeres que tenían el vientre abultado. La apuesta era quiénes podían matar al mismo tiempo con un solo disparo a la madre y al bebé en camino.
KUKULI VELARDE
Kukuli puso en su arte a los no nacidos. La forma cómo América se desangró aquella vez se rubricó en una dolorosa/dolida arcilla. Millones murieron en aquella ocasión y se registró un despoblamiento terrible. Se calcula que se salvó solo un veinte por ciento, corriendo ríos de sangre. Un genocidio sin nombre que no se recuerda.
El olvido cubre el horror.     


FLORES DE LA TIERRA
                             
La papa será siempre “la flor” de nuestros alimentos.
En el Perú, donde los deslumbramientos se están dando a menudo alguien descubrió un jardín de papas de colores. Se intentó multiplicar los cultivos y fue imposible. Las condiciones de la tierra huancavelicana, creadora de esa maravilla, no se podían repetir en otra parte. Sus ingredientes son un secreto de la Pachamama de Aimara. La idea del Proyecto de Innovación y Competitividad de la Papa, INCOPA,  del Centro Internacional de la Papa, fue convertir entonces esas papas en pétalos crocantes. Por primera vez los consumidores se llevaron a la boca sus hojuelas como si fueran flores de la tierra.
Así viajaron al exterior las Jalka Chips y el Puré Andino en polvo de papa amarilla tunbay, ganadora de una exposición en Crevan, Francia.

Curiosamente, en el siglo XVI, la primera mata de papa fue enviada a un botánico del Viejo Mundo en una canastita como bellísimas flores. Al marchitarse descubrió que tenían un fruto comestible debajo de la tierra.
Durante siglos nuestro tubérculo de bandera tuvo que vencer humillaciones y maltratos en Occidente. Sin embargo fue una heroína cuando salvó del hambre a Europa. En los últimos años su cultivo se ha extendido y la producción mundial pasa los trescientos millones de toneladas por año.

Hay que ver los nombres sugestivos que tiene en  Huancavelica:
illa pillpintu, mariposa radiante; pumachaki, garra de puma; paqari t’ika, flor del amanecer; kusi sonqo, corazón alegre; inka tipana, medallón del Inka; munay tuta, pasión de medianoche. 
Hay que pensar también en los mitos, leyendas y tradiciones que le dan encanto. En Otuzco, La Libertad, los campesinos saben de su relación con la Virgen de la Puerta, en el Qosqo Santa Bárbara de Poroy es la Pachamama de la papa y sus mayordomos adornan sus andas con walkas o collares de papas, En su octava las mujeres juegan con un bate inka empujando una pelota de madera que se le parece. Las ganadoras merecen las mejores cosechas del año siguiente, mientras los niños libran una batalla con el tanpurokoto, el fruto castigador de la papa.
 
La creatividad de la madre naturaleza produce unas 3,600  variedades, con hermosas flores de colores y apetitosos sabores que son exclusivos y se deben a la variedad de pisos ecológicos que tenemos y  donde ella retoza, recogiendo el efluvio de las dulzuras de cada altura y tipo de  tierra, con nombre y apellido propios.
La papa reconoce a sus domesticadores milenarios y se siente amada por sus continuadores. Lo que siente es no ser recepcionada como antes a nivel popular. Últimamente se está retrayendo por la indiferencia de los consumidores. Si en 1973 se consumía per cápita 89.5 kilos al año, qué pasó para que baje a 50 kilos en el 2000. Es preocupante que este fenómeno se registre en el país de la papa.
La papa está viva, la papa sufre y una tradición popular afirma que no se puede tratar mal a los alimentos porque ellos suben al cielo, se quejan y se pueden quedar. Otra, que se ha  recogido en Huancavelica, informa su  aflicción si no se le festeja al terminar la cosecha. Cuando no recibe una cariñosa ofrenda toma la forma de seres humanos y puede emigrar dejando huérfana la tierra donde nació.
¿Se deberá la baja de su consumo a que el arroz y el fideo se imponen  en la dieta de los peruanos? ¿Será causante la pobreza del pueblo por resultar costosa la papa para sus ínfimos ingresos? La situación afecta a miles de  productores de las zonas altoandinas, entre los 1,500 y 4,500 metros, quienes se decepcionan por no tener demanda.

Resultado de imagen para papas huancavelicaIncopa hizo el esfuerzo de poner en los supermercados la t’ikapapa, una selección de yana imilla, putis, camotillo, duraznillo, qaspar, qonpis, wayro,  novia waqachi -que hace llorar a la novia- y otras; además de la moraya o chuño blanco. Se le está llamando tunta pero la gente del Sur, sobre todo de Puno y Qosqo, sabe que son distintas. Una es de papa amarga que se cocina al vapor con queso –buena acompañante de asados-, y la otra es una papa alargada y semiplana, especial para chupes, sopas o revueltos con leche y queso.
La imposibilidad de colocar en nuestros mercados populares las diferentes variedades de papa que tenemos puede dar lugar a que la papa logre mejores precios en los mercados del exterior.

Los consumidores de otros países deben reconocer a la “Papa Perú”. Una infinidad de papas nativas de  pulpas blancas, amarillas, rojas, azules, naranjas y moradas, de sabor agradable, alta calidad nutricional, buena textura, menor grado de humedad, mucha energía y proteína, alto contenido de aminoácidos esenciales, vitamina C y minerales.
La búsqueda de alimentos sanos y naturales, dice el economista Ordinola, es oportuna para su comercialización. En este nuevo tipo de introducción el agricultor debe recibir más por kilo de lo que  pagan los recolectores, “veinte centavos” el kilo en la chacra, costando más de dos soles el  mismo kilo en los mercados populares.
¡Debemos comer papa y sentir el orgullo de que es nuestra!

Alfonsina Barrionuevo

domingo, 18 de febrero de 2018

KUKULI Y SUS SUEÑOS DE COLORES

En nuestra América corrieron ríos de sangre después del descubrimiento. Había unos perros expertos en matar gente. Se cuenta de un español que quiso deshacerse de una vieja india y la mandó llevar una carta a un lugar distante  Calculando que estaba por la mitad del camino soltó a su temible lebrel. Ella iba lentamente y cuando escuchó sus ladridos se detuvo. Al verle con sus feroces colmillos desenvainados se arrodilló y le dijo: “Señor perro, debo entregar esta carta, déjame ir.” Al quedarse inmóvil el perro la olisqueó, orinó y se fue. Lebreles como éste ‘aperreaban’ hasta setenta indios por día según figura en una publicación del sesquicentenario de la barbarie. Alguna vez se lo comenté a Kukuli en un 12 de octubre que absurdamente celebrábamos en una América rota.
Ella hizo sentir su protesta en una exposición de sus piezas en el Central Park de Nueva York, en 1992, que tituló “Nosotros los colonizados”.
La pieza que ilustra esta nota representa a un ser sufriente, con clavos en el pecho. Su foto ilustró mi libro “Habla Micaela”.


CAMINO QUE SE HACE EL ANDAR…
Oswaldo Gonzáles afirma que nació en Andahuaylillas, Cusco, y lo confirma su obra. En sus pupilas, desde que era un erk'e*, se imprimieron los colores que inundan profusamente la iglesia y a las cuales se agregó la suma prodigiosa de su cielo esplendoroso, sus cerros protectores, sus maizales amigos, de su río caminante, de la lluvia compañera, del rayo luminoso, del arco iris que se despedazaba en los charcos. Un artista predestinado que tuvo un padre escultor, filósofo, que convertía en piezas únicas los osteoblastos que podía conseguir.

La Escuela  de Bellas Artes le enseñó mucho de academismo y lo preparó para hacer sus propias batallas. Le dio las bases y después la naturaleza se encargó de abrir a sus pinceles nuevos caminos telúricos. En cada uno de sus lienzos hay herencias ancestrales que deben llenarle de orgullo porque hablan de Cusco, de Perú y de América.
Conozco a Oswaldo Gonzáles a través de la innumerable procesión de vida impresa en sus lienzos. Estoy de acuerdo con sus hormigas humanas ante la grandeza de sus columnas de piedra, sus crepúsculos incendiados, sus remolinos de viento, sus caídas de agua, sus astros prendidos o rodando sobre sus telas. No sé cómo hace para combinar la pintura con los versos y dejar testimonio de su ciudadanía andina.

Andrés Gonzáles Castro
Inevitable evocar al autor de sus días y sus noches, Andrés Gonzáles Castro, a quien conocí en su casa estudio de Kishkapata, en Santiago. En una tarde que resbalaba por las paredes declaró entonces que volvería a hacer a Dios si pudiera mientras terminaba un Cristo que se descolgaba de su cruz, cansado de tantos siglos sembrados de dolor. Aquella vez  le pregunté qué quería con sus esculturas alucinantes hechas con polvo óseo. ¿Trabajar para otra eternidad o viviendo en otra vida tener el lujo de volver a la nuestra para recordarnos que existe? Su respuesta fue realista. "No puede ser de otro modo porque estoy de lado de la protesta" y claro, con razón.
Oswaldo Gonzáles lleva mucho del espíritu de su padre. Cuando hablé con aquel me dijo que el Cusco era demasiado hermoso para decir que venía de él. "Digamos que salí de la noche, que recogí mi alma de las lozas, que escapé de los muertos para gritar que existo." Su hijo ha heredado la luz de sus sombras, la poesía escondida en  sus reclamos, la alegría convertida más que en esperanza en la realización que aquel deseaba y que conquistó con pura perseverancia.
El artista es un crisol de oros cusqueños que nos anima con cada creación a esperar la que vendrá. Tiene aún un largo camino por andar. Es un producto hecho en el Cusco, en el Perú, en América, porque en  su sangre crepita la vitalidad de las culturas. Esperamos que sus pinceles, que arrancan de sus poderosas raíces, sigan en floración. Su mensaje está por venir.
(Lima, febrero de 2005) 


*Erk’e. Niño pequeño.


Alfonsina Barrionuevo

domingo, 11 de febrero de 2018

KUKULI Y SUS SUEÑOS DE COLORES
El sesquicentenario del descubrimiento de América encontró a Kukuli en Nueva York. Estudio arte en el Hunter College e hizo amistad con un nuevo material: el barro. Bajo sus dedos sintió su calidez y lo adoptó. Antes habíamos hablado mucho de esa América que asoló la muerte con manos impiadosas. Millones de mujeres, hombres, niñas y niños. El pavor que se desprendía como una neblina de tanta barbarie. Cuánto puede hacer la ambición sumada a la crueldad que se desataba de la gente reclutada por Colón, el fruto de los presidios que destruía sembrando el terror. Kukuli abrió su protesta con un empalado y quienes lo vieron no pudieron dormir muchas noches. El palo que entraba por la boca de largo le impedía gritar y entonces se le abrieron otras bocas en el cuerpo gritando desesperadamente su dolor ante tanta ignominia. Me parece que lo quiso exhibir en una ventana, quizá de una galería con otra artista, Ana Ferrer, también reclamando a través del arte, y cerraron la instalación. Dio lugar a una controversia que se publicó en un diario. 

TABLAS MAGICAS DE SARWA
A media luz un muchachito trepó a la viga maestra y dio vueltas de un extremo al otro. Arriba parecía un gato probando su resistencia. Abajo lo miraron con expectación. La casa debería estar bien hecha para resistir las remecidas del tiempo. Cuando terminó colocaron una tabla pintada y .. comenzó la fiesta. Aquello sucedió hace más de medio siglo. En éste que abordamos hace poco alguien acusó a las tablas de Sarwa de exaltar al terrorismo, quizá por ignorancia o con mala intención. Va el resumen de un artículo que escribí cuando llegaron por primera vez a la capital.  Parece una pintura.
Corría 1975 cuando llegaron a Lima Víctor Sebastían Yucra y Primitivo Evanan Poma con unas extrañas tablas pintadas. Ambos cargaron con ella y se atrevieron a salir caminando de San Juan de Sarwa,  un pueblo inédito del Ande peruano. Sarwa está a seis horas de Chukcha, el punto más cercano de la civilización, pero sus habitantes muy rara vez se animan a hacer una dura jornada, por cerros empinados, con el sol sobre sus espaldas como una carga hirviente de oro, a 3,80 metros de altura. 
Raúl Apesteguía los descubrió y los trajo para presentar sus obras en su galería del antiguo Tambo de Belén. Los sarwinos se deslumbraron al conocer la jungla de cemento y su hormiguero humano, pero también asombraron con el polícromo mensaje de las tablas que son pintadas en su pueblo cada vez que alguien construye una casa, como si fuera la viga espiritual sobre la cual descansa la vida física futura de sus habitantes.

Imagen relacionadaNo se sabe quién pintó la primera tabla ni dónde está. Hay algunas muy viejas que tienen más de trescientos años. Lo único que hacemos “es seguir la costumbre” dijeron. “En el pueblo los compadres tienen el compromiso de obsequiar una tabla pintada a sus ahijados cuando levantan una casa nueva. En la tabla se pinta a toda la familia trabajando en lo que sabe hacer, a los parientes, y a los propios compadres y también a los amigos si hay sitio. En la cabecera se ponen al sol y a la luna, nuestros padres, al señor wamani que es el cerro tutelar del barrio, porque Sarwa está dividido en Sauka y Qollana, y al final la imagen religiosa que más quieren.

Las tablas donde se encuentra la genealogía de sus habitantes tienen tanto valor documental como sus libros parroquiales, porque abarcan por lo menos de 4 a 5 generaciones. Su tamaño y disposición varía de acuerdo a la casa, se pinta en el sentido más funcional, ya sea vertical u horizontal. Su número depende de los compadres que tenga el constructor de la vivienda. La mayoría tiene unas dos tablas. Aparte hay tablas de fiesta que mandan hacer los mayordomos  para que queden de recuerdo, indicando cuanto hicieron y cuanto gastaron.

La madera que usan proviene de sus bosques, de pate, un árbol muy común de allá, de chachakomo y eucalipto. Se comienza con una primera mano de yeso, a la que sigue una segunda. Ya listas se hace un ligero boceto a lápiz para que trabajan los pinceles de pluma de ave, de las más finas a las más gruesas. Los personajes son dinámicos, están muy engalanados y en diferentes faenas campestres. Las mujeres pastoreando a sus animales, sirviendo la comida a sus invitados o atendiendo a sus criaturas. Los hombres arando con la yunta, cosechando o haciendo música.
Yucra y Evanan Poma comentaron el gran abismo que hay entre Lima y su pueblo “en nuestra tierra como una pintura, verdecito no más cuando llueve y loa cerros dorados en estío. Aquí uno se puede perder y no hay campo. De noche es bonito con tantas luces, pero qué pena sin conocer a nadie.” Sin embargo no han podido resistir la atracción de la urbe. Ahora viven en una concentración suburbana donde están trasladando sin pausa los mitos, costumbres y tradiciones de Sarwa a sus tablas pintadas, que han ingresado con mucho éxito al mercado del arte popular, pero fuera del valor genealógico que tienen en su pueblo.

*. Resumen de un artículo del libro “Artistas Populares del Perú”


Alfonsina Barrionuevo

domingo, 4 de febrero de 2018



KUKULI Y SUS SUEÑOS DE COLORES

En Bogotá Kukuli expuso en el Planetario. Allá fuimos y nos ayudaron sus amigos Beatriz Sánchez y Jaime Pulido, con los cuales hizo un curso de restauración en Qosqo. Visitamos el Museo de Oro donde destellaban joyas prehispánicas y pudimos conocer también la Quinta de Bolívar. Fue un viaje memorable. Allí asistió a la muestra Armando Villegas, gran artista nuestro, precursor del realismo fantástico y una de las figuras representativas de la plástica latinoamericana, a quien entregó la nacionalidad colombiana el mismo presidente de entonces César Gaviria. En ese encuentro le conté al ilustre maestro su preocupación cuando tenía ante ella un lienzo vacío. Generosamente el gran artista decidió darle unas clases sobre el lenguaje de la pintura. Para Kukuli fueron seis meses en que respondió a sus inquietudes como una alumna privilegiada. Sus pinceles volvieron a buscar los colores en su paleta. Mucho después viajó a México y luego a Nueva York. 


PERSONAJES MÁGICOS

Los Andes están  allí, no se han  ido, y en esa dimensión las cosas tienen otro encanto, otro significado. Es una distinta manera de vivir con los dedos del sol resbalando como una caricia por los surcos o los andenes de los cerros, o con el techo bajo, cargado de amenazas. Aunque los mediodías tallen las mismas sombras en el rostro de la gente de campo o los mismos crepúsculos incendien la pupila de los pájaros. Aunque la noche sea la misma que se filtra a través del tañer de las campanas o baje como un telón rutilante de estrellas donde muchos seres humanos han dejado su fantasía como un tributo a la modernidad.
Es otro mundo, paralelo a éste que ha hipotecado hasta las nubes en sus afanes de dominio, que no cree en nada, que se ríe de todo y que hace mucho espantó de sus veredas a los personajes mágicos del Perú. Como tenía que pasar se fueron. No podían existir sin el oxígeno de la imaginación y no quisieron marchitarse en las pistas de cemento de las ciudades.

También ellos pertenecen a ese mundo que libró heroica resistencia para sobrevivir. Son las prodigiosas criaturas del aire, del agua y de la tierra, que todavía se encuentran cumpliendo su destino en los pueblos más viejos, más lejanos, más solos. Conviviendo con los hombres como hace cientos de años. Compartiendo el magro pan de sus sueños, de sus miedos y sus luchas. Hermanados en la vida y en la muerte. Identificados con su ambiente en las ocho regiones naturales que son su habitat, donde alguien los colocó para entretenerse o para explicarse los fenómenos que no entendía.
En la inmensidad de los arenales, cuyas dunas violetas o rosadas, surcan de noches bellísimas sirenas de ondeante cabellera, salen del mar donde protegen a  peces, tortugas,  lobos marinos y pingüinos.
En la cordillera donde una multitud de cerros, apus, achachilas, wamanis y hirkas, cuidan los sembríos y los animales silvestres.
En la tierra de los ríos y los árboles donde entrecruzan los senderos infinidad de criaturas como el chullanchaki.

Allí están igualmente el soq’a o ñaupa machu, seres sin edad, que no pueden ver la luz. El ichik ollqo que a veces se deja ver en la hondura de los manantiales y cuando sale al exterior provoca tormentas golpeando con sus manos su ampuloso vientre donde retumban los truenos y estallan los rayos. Las dueñas del agua que en los amaneceres de neblina pasean por la orilla de las lagunas y esperan recibir ofrendas para dejarla correr a los campos. El ollkaiwas, mitad hombre, de la cintura a los pies, mitad perro para arriba, que no puede escapar de su cárcel de espinos pero sí tiene poder para llamar a la lluvia cuando mira el cielo con sus ojos lacrimosos.
En la exuberante vegetación de la selva las atengariite, estrellas de su cielo, que ayudan a los sembradores a recoger semillas alumbrando su camino; el kaukirosi que aplica su sabiduría y regala a los curanderos hierbas medicinales con poderes prodigiosos; y, los marenachiite, de talla gigantesca, que manejan el rayo y crían jaguares a manera de perros para custodiar las plantas de maní, de yuka y calabaza.

También la yakumama que es muy respetable y habita en los ríos más grandes, más anchos y más profundos; y, ronin, la serpiente cósmica, porque conocen el eterno secreto de la juventud. A pesar de que se remontan al principio de la vida en el planeta vuelven a vivir una nueva juventud al cambiar de piel cada doce meses.
Algunos personajes son adorables, inofensivos, como el uchuchullko que cuida a los venaditos, las viskachas y las perdices en los collados de la yunga o el espíritu del plátano que pinta de oro los frutos para que maduren. Otros son fatídicos como el nak’aq, qarasiri, phistaqo o michulay, que absorben la grasa de sus  víctimas al ser sorprendidas por ellos en los caminos solitarios, enflaqueciendo hasta morir. Los hay burlones como el muki que desprecia la codicia de los hombres y mira con simpatía a los que no son ambiciosos, poniendo señales en las galerías para que encuentren las vetas más ricas.

Los hay enamorados como el arcoiris, yoki, k’uichi. tulumanya o trumaña, que tiene amores y hasta hijos con las pastoras y enferma a los hombres que lo sorprenden cuando está naciendo en los manantes o charcos después de la lluvia.
Su existencia, transmitida con afán de una generación a otra, se debe a muchas causas. A la obligada reclusión en que viven todavía algunas comunidades, casi perdidas en su accidentada geografía, a la falta de vías de comunicación que se mantiene en muchos sitios, a sus costumbres intocadas en muchas partes. Nadie como ellos para conocer las señales que reciben desde arriba, el cosmos, para indicarles los cambios climáticos. Así se enteran cuánto tienen que esperar para sembrar las semillas en las chacras o si deben adelantar su trabajo para no perder las cosechas que esperan.
Un conjunto de personajes mágicos  que, a pesar de su antigüedad, son paralelos a los que forja el mecanizado hombre de hoy, que ha abierto más sus horizontes, que se ha liberado de tabúes en apariencia, pero que se ha convertido en esclavo de un nuevo tiempo y sigue creando nuevos mitos. Su distancia en el tiempo con la gente de tierra adentro se acorta con la integración que cada día avanza más.

Cabe preguntar si al librarse de su mundo irreal, mágico, fantástico, para entrar al otro, descarnado y realista, la gente de campo saldrá ganando o a lo mejor estará perdiendo algo que todavía le pertenece.


Alfonsina Barrionuevo