domingo, 20 de marzo de 2016

EL SEÑOR DE QOSQO     


El Lunes Santo, cuando la luna se abre paso entre las nubes dejando caer sus rayos en el blanco sudario sobre el Cristo de los Temblores, hay un silencio que pesa en el aire. La noche se hace nido de una emoción que conmueve a miles de cusqueños concentrados en Waqaypata, la plaza mayor de la ciudad imperial Es el momento cumbre de la procesión cuando el santo Taitacha, el santo Señor, derrama sus bendiciones. Rocío de paz que baña cada corazón y lo refresca. Un momento crucial en el que, según la creencia popular, escoge a los que se llevará con El durante el año y por eso pugnan en retenerle cuando comienza a retroceder para entrar en la Basílica Catedral por la enorme Puerta del Perdón abierta de par en par.

¿Qué podría suceder si el Cristo se ausentara en una Semana Santa? ¿En dónde rescatarían los cusqueños su rostro tallado por la muerte, su frente nazarena coronada de espinas, sus brazos abiertos sobre el madero como si quisieran acoger a la humanidad, su torso exangüe con la herida que le abrió la lanza de Longinos, el paño bordado generalmente con el Escudo de la capital de los Inkas, sus pies cruzados a unos centímetros de sus andas? Sería imposible que pudiera ser. Los crespones de luto agitarían a la población que lo quiere, lo visita a diario y lo sigue con unción por la calles.

Se ignora desde cuando el ñuqchu, en cuyo interior sus pistilos forman una cruz, es derramado sobre la venerada efigie. Es la única flor cuyos rojos pétalos de seda lo tocan y a medida que avanza en su recorrido se acumula en lenguas de fuego perfumado en sus cabellos que flotan agitados por el viento conforme avanza la tarde, en sus brazos, su corona, su cuerpo y sus andas. Su presencia es tradicional y habrá que pensar en una limpieza cuidadosa después de cada procesión para que no lo afecte.

Otro problema que se señaló se dio hace dos décadas más o menos, con las cartas que los fieles solían introducir en la brecha abierta de su costado. Cartas a Dios escritas con lágrimas, dolor, desesperación, congoja, amor, esperanza. Las cartas y las telas que formaban un relleno en su interior ocasionaron un festín de termitas. La articulación de su brazo derecho que sufrió una especie de luxación fue una llamada de alerta para algunos canónigos y devotos para otra intervención de urgencia.


El Taitacha, el ñuqñu Jesús, cuyo culto arranca de 1650 cuando el Qosqo fue abatido por un terremoto en 1650, es muy amado. Los cusqueños, donde quiera que se encuentren se preocupan por Él y esperan que nunca se deje de escuchar en su homenaje el Apu Yaya Jesucristo, la tierna canción que es su himno en en qewcha


SANTO ALGODON DE RAMA

En la Semana Santa de Surco, el distrito más grande de Lima,  ya no está el virrey que acompañaba al Cristo vestido de terciopelo y tampoco quedan las parras, sepultadas hace años por el cemento. Pero el Crucificado, mientras tenga sus devotos, se seguirá aromando con azucenas la noche del Viernes Santo. El ochenta por ciento de los limeños ignoran que tienen tan cerca una Semana de Pasión, con las conmovedoras reminiscencias de antaño. A Surco no le importa. El Domingo de Ramos su antigua plaza se viste de flores lilas y la brisa despeina los cabellos de una bella efigie del Señor, que cabalga gallardo en su burrita blanca, haciendo volar alguna flor artificial de amankay, desde que las urbanizaciones marchitaron las de la panpa donde brotaban por millares. El Viernes Santo, después del Sermón de las Tres Horas, "los santos varones"  bajan de su madero al Cristo de la Agonía y limpian de su cuerpo el sudor de la muerte con algodón de rama, que se disputan los fieles. Sus brazos son articulados y se convierten en el Cristo yacente que da vuelta a la plaza.

CIGARRILLOS DE ANÍS

En el Perú el drama del Gólgota hizo carne con el Ande a través de sus flores nativas. El ñuqc'hu, que es rojo como un tizón, encierra entre sus pétalos diminutos una cruz; las waqankillas son lágrimas de la Virgen, convertidas en pétalos de terciopelo cristalino; las k'uichit'ika, flores del arco iris que se enredan en sus manos de paloma y muchas otras cuyo significado conservan las comunidades campesinas.
Lo propio sucede con hierbas aromáticas como el arrayán y el toronjil que hierven en ollas de barro para impregnar con su fragancia los montes o calvarios que se levantan en las iglesias; las hierbas de Judas, el ahorcado, que se buscan a medianoche entre el Viernes de Agonía y el Sábado de Gloria, para conjurar brujerías; el algodón de rama con que se limpia el torso del Nazareno al reeditar su martirio y es preciosa panacea para toda clase de males; las hojas de palma que se tejen primorosamente en Domingo de Ramos y los mentados cigarrillos de anís que fuman los patriarcas en Otuzco, La Libertad, para combatir el frío de los años.

EMPANADAS DE LA CONDESA

El tiempo es inexorable y muchas tradiciones se han perdido pero la Semana Santa sobrevive  en cientos de ciudades y pueblos. Mientras en Azángaro, Puno, ha desaparecido la bíblica estampa de la Ultima Cena; en Catacaos, Piura, y en Lambayeque, las viejísimas imágenes de los Apóstoles que acusan una calvicie de abandono son puestas, las primeras en el Presbiterio, donde les sirven potajes típicos, y las segundas, en una anda larguísima para la procesión. El Jueves Santo por regla tiene sus manjares. En el Cusco, doce platos que se completan con tamal y empanadas de la Condesa. En Piura, sopa de pan, sarandaja, cachema frita, carne aliñada, seco de cabrito y mala rabia. En Huancavelica el sabroso chupe de calabaza, el guiso de carne, el arroz con leche y el ponche con aguardiente, para las velaciones. En Huaura, Lima, tamales, chorizos, salchicha y camote frito. En Ayacucho, sopa de queso, el aichakanka, el puka picante, la mazamorra de calabaza, y el ponche de maní. En Huanchaco, La Libertad, sopa teóloga, qochayuyo y huevera con papa, causa de caballa, cangrejos reventados y seviche. La lista gastronómica santa es de no acabar.

EL CRISTO DE LA SOLEDAD

En la Semana Santa es lógico pensar que hay miles de Señores. Sólo evoco los más famosos. En el Cusco, el Taitacha Temblores de cuerpo magro ennegrecido por el humo de las velas y la savia dulce de las flores. En Ica, el Señor de Luren, una efigie de segunda que fue pagada con limosnas por el cura Madrigal y por milagro resultó de primera, salvado de la corrosión del agua que inundó las bodegas del galeón que lo trajo de España. En Ayacucho, el Nazareno de Julkamarka hecho por los ángeles igual que el Señor de Huamantanga, en Lima. En Arequipa, el Señor del Gran Poder flanqueado por anónimos penitentes de albos cucuruchos. En Huaraz, Ancash, el Señor de la Soledad, que emergió de un árbol en un bosque profundo. En Puno, el Cristo de la Bala enviado por Carlos V que protegió a su devoto recibiendo el proyectil que lo iba a matar. En Monsefú, Lambayeque; en Ayabaca, Piura, y en los Barrios altos, Lima, el patético Señor de los Trinitarios que fue Cautivo de los moros. En Tarma, Junín, el Cristo Yacente que pasa sobre las floridas "alfombras" de keyserinas, arrayanes, retamas y wairanpos, que “tejen” con puras flores sus fervorosos devotos. Cada uno con más de una historia prodigiosa, testimoniando con su presencia torturada y sangrante la fe de las gentes del Perú. 

Alfonsina Barrionuevo                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                


domingo, 13 de marzo de 2016


LA HUMANIDAD DE KARACHUGO


En Cajamarca, dice la leyenda, el Señor de Rosario Orqo, cerro tutelar, se encargó de crear una humanidad colectiva. Quería gente inteligente y de buena índole, que fuera su orgullo. Para lograr sus propósitos se armó de paciencia. Buscó la tierra más fina y firme, y dejó que el tiempo pasara sin apuros quitándole alguna paja que cayó, unas piedras diminutas arrastradas por el viento, hojas secas desprendidas de un árbol, un bichito que se quedó dormido para siempre. Los cristales de agua fueron objeto del mismo examen riguroso, sin impurezas, y para más cuidado la tomó en madrugadas azules.

Frotó la masa que se tornó obediente a su deseo y procedió a moldear cada una de sus sus criaturas con íntima complacencia y las fue colocando afable, sonriente, a su lado derecho, donde estaba sentado. No sería necesario cocerlas. Bastaría un soplo de vida.

En sus afanes el Señor de Rosario Orqo se olvidó de Karachugo, un hermano avieso, irresponsable y majadero, que tenía.  Estaba tan absorbido en sus obras que no advirtió su presencia. Éste se colocó  sigilosamente a su espalda y a medida que concluía una la cogía y la animaba con  un soplo malévolo.
Cuando el Señor se volvió para verlas su desencanto fue terrible. Aunque mudos, porque no llegaron a tener el don de la palabra, se estaban peleando con una rabia que lo estremeció. Aquella no era la humanidad que soñó.


Convirtió a Karachugo en piedra y desató los caudales del cielo, en un diluvio total que no dejó rastro de vida. La orfandad de la tierra le dolió. Esperó que los montes se secaran y procedió a crear una segunda humanidad. Esta vez ya no tuvo paciencia, no cuidó  que los ingredientes fueran óptimos.  No quitó pajas, no quitó pedruzcos ni hojas secas. Usó el agua de un riachuelo cualquiera y trabajó la masa rápidamente. Luego,  infundió el soplo de vida a sus nuevas criaturas y dejó que se las arreglaran como pudieran. Por culpa de Karachugo los seres humanos perdieron la oportunidad de ser perfectos. 


PERRO SIN PULGAS

El padre Bernabé Cobo decía en el siglo XVII que “… a primera vista el perro sin pelo causa repulsión  por su mala catadura, pues tiene el cuero pelado casi como el humano…”
“Pero, tratándolo, se descubre que es buen compañero, ideal para las noches de frío por la alta temperatura de su cuerpo, 40º grados, vegetariano por la fuerza porque no tiene los premolares y otros dientes, perseguidor tenaz de las ratas y bullicioso sin que muerda”, agregaba el doctor Pedro Weiss, quien publicó un interesante trabajo sobre la historia del perro peruano sin pelo llamado chino, viringo, q’ala o calato.
El distinguido estudioso hablaba de sus virtudes con conocimiento de causa, pues había criado algunos ejemplares: "Julita", que era una perrita de "bibelot", "Jacinto", y luego "Quino", otro hermoso ejemplar de esa especie.
  
En el Perú este perro fue muy querido por los chimu, los vikus, los muchik, los chankay y la gente de otras culturas. El singular perrillo aparece en sus cerámicas y reemplaza al puma, al cóndor, al halcón y a la serpiente en los esplendorosos brazaletes y cinturones de oro de 24 kilates, donde se le ve con la lengua afuera, adornada con discos colgantes.

Por las notas del padre Cristóbal de Avila se sabe que los wank’as de los Andes Centrales los comían después de sus ceremonias en honor de Wallallo Karwincho, personaje mágico expulsado del valle del Rimaq y condenado a comer perros en lugar de niños por el Apu del nevado Pariaqaqa.

En los pueblos andinos hay muchas bellas leyendas en que los perros, en general, se encargan de llevar el alma de los muertos a su morada definitiva. “Tenía que ser negro”, mencionaba el doctor Weiss, que creía que la denominación se refería al pelón, porque sólo así podía nadar a través de cierto lago con su amo y llegar a la tierra donde nunca llueve, ni graniza ni hay sequías.

El padre Arriaga decía que “…los muertos van a la tierra del silencio pasando por un puente de palos conducidos por perros negros”. Así mismo, Guaman Poma escribió, “la manera que tenían de enterrar los yungas o sea la gente de la costa…” se distingue en que los muchik alqomikhuq, comeperros, entierran sus cadáveres con sus perros. Esta costumbre tenían también los wank’as.” Lo hacían para que los perros ayudaran a los difuntos a pasar con felicidad el río de la muerte.

Al llegar los españoles el perro sin pelo, desplazado completamente por sus lebreles, “aporreadores de indios”,  pasó a la farmacopea. Los usos que tenía, según relataba el doctor Weiss, eran fascinantes e increíbles. Por su piel de alta temperatura fue el antecesor de la bolsa de agua caliente y dormía a los pies de su dueño. Por esa virtud en Argentina se le llamaba “perro colchón”, en México “perro para reuma”, en Colombia se llama “perra” a la bolsa de agua caliente.

Estas aplicaciones eran corrientes. Los curanderos indicaban otras realmente espeluznantes. En Lima, por ejemplo, el doctor Weiss oyó recetar para el asma beber sangre caliente de perro chino degollado en la misma cabecera del enfermo. “Se creía también (Valdizán y Maldonado) “que su lamedura favorecía la cicatrización de las heridas y las placas carachosas. El caldo de cabeza de perro se aconsejaba para las enfermedades nerviosas, la locura de amor, el histerismo; el sebo para los dolores óseos; la ceniza del cráneo del perro con molle y “untu sin sal” para la gangrena; su orina para borrar las pecas etc.”
En la época prehispánica los perros sin pelo vivieron felices dando su calor al hombre y recibiendo en cambio su cariño. El sabio Julio C. Tello, en 1919, tuvo que dormir en la cuja de bronce que le prepararon y que era de la dueña de casa. Se despertó preocupado cuando sintió que alguien se introducía a sus pies. Era el perro que buscó el sitio donde solía pasar la noche. Vivió en sitios fríos mientras abrigaba a su dueño y fue tan fiel que hasta le sirvió de comida en casos extremos.

domingo, 6 de marzo de 2016

GEOGRAFIA DEL HAMBRE


Pasando la mitad del siglo pasado se hablaba de la explosión demográfica. En los países que vivían muy recogidos en sus fronteras había un consenso. Acabar con las familias grandes que dejaban agotadas a las mujeres. Entonces las cigueñas no dejaban de cruzar los cielos del mundo con su carga de parvulitos envueltos en un pañal. Desde que se inauguraban los lloros en un hogar no paraban en años larguísimos. Los hijos llegaban por docenas y se lavaban al día cientos de pañales. Ni se soñaba con innovar los pañales de bomabasí y los de gasa. Ya vendría un invento maravilloso, los descartables, que harían descansar a las bateas. La única distracción de los "pater familias" era fabricar niños. No había televisión, computadoras, tabletas ni celulares.

El mayor peligro que enfrentaba el planeta era la explosión demográfica. En esas circunstancias era lógico que un médico especialista en nutrición escribiera un libro: “La Geografía del Hambre”.  Un “boom” de Josué de Castro, de Brasil, quien hizo un largo recorrido para llamar a la razón con cifras. Había que concientizar a la gente de la sabiduría de tener una familia corta para dar una pausa a las madres y que sus pequeños recursos no se fueran en alas del viento.
Tenía que suceder, el tamaño de las mesas se fue recortando, el gasto en alimentos, ropa, útiles y otros se aligeró. No era una fantasía. Se estaba dando una tregua al amor. La planificación llegó al exceso, tener más de un hijo fue un delito en varios continentes.
Quise hablar con Josué de Castro sobre  la explosión demográfica. Sin decirlo sintió que su libro ya estaba pasado. Las preguntas se quedaron en el tintero. El sabio de Recife ya miraba al futuro. “Entonces, ¿cuál será el problema?”. Sus ojos brillaron y una ligera sonrisa afloró a sus labios. Fue breve y rotundo. “Mañana hay que pensar en la contaminación. La Tierra se va cargando de basura. En efecto, la basura comenzaba a romper la capa de ozono que la protege del sol. Lo que viene será terrible. Mientras en un lugar el frío apretará de tal forma que penetrará hasta los huesos, en otra el calor romperá records.”
Lo estamos sintiendo. Los industriales que acumulan cuatrillones de dólares y euros que nunca llegarán a gastar, creen  que podrán irse a otro planeta como si fuera fácil.  La naturaleza no hace distingos y caerán como todos. 
Y pensar que nuestro hogar aún es hermoso. Hay que luchar por la Tierra. La amamos. 
No podemos sufrir en silencio hay que entrar en acción






EL AGUA DEJARA DE CANTAR                         


En el antiguo Perú el agua bajaba del cielo, de los nevados y los manantiales, cantando dulcemente. Ella bajaba desde las alturas cantando por los cerros, para dar felicidad a los seres humanos, animales y plantas. La humanidad que no ha sabido respetarla está arrancando lágrimas de pesar a Mama Yaku o Madre Agua, cuyo carácter sagrado se pierde.
¿Nos dejará el más frágil y más importante de los elementos de la Madre Naturaleza? ¿Podríamos vivir veinticuatro horas sin agua? La situación es  grave.
Para la cultura andina el agua está viva como el resto de la naturaleza y, por ende ahora sufre. No puede ser de otro modo, porque su contaminación va creciendo en ciertas cuencas, mientras en otras los  ríos ya están muertos, convertidos en  oscuros sudarios.
El agua es bella cuando salta cristalina en las cascadas y corre traviesamente  volteando los cantos rodados o piedras menudas en los pequeños riachuelos.
El agua es “oro azul” cuando está limpia, translúcida.
Este mundo “civilizado” recién parece enterarse de su valor. Los diamantes  palidecen a su lado, pues, ella es invalorable. Los antiguos peruanos llamaban Mama Qocha -“Madre Mar”- al Océano Pacífico, porque alberga vida en sus entrañas. Alguna relación tiene. ¿No dicen que las estrellas de la Vía Láctea entran al mar y flotan por canales ocultos para volver a la tierra y aflorar para la ceremonia del yarqa aspiy o “limpieza de las acequias”?
El agua nos ha preocupado siempre. Ha sido compañera en los viajes por lugares distantes, donde calmaba nuestra sed sin temor a la contaminación generada por la ciudad. La hemos admirado en las cataratas que descienden de los nevados y la hemos sentido correr por nuestras arterias. ¿Qué haríamos si ella nos falta, siendo parte  del cuerpo de todos los seres vivientes?
Proyecciones a mediados de la segunda mitad del siglo anterior indicaban catástrofes climáticas si las grandes industrias —principalmente— descuidaban un buen manejo del medio ambiente. Diversos especialistas lanzaron advertencias que caían en saco roto. Recuerdo a Josué de Castro cuando le hablé de la falta de alimentos. “No se preocupe, me dijo. La gente no se morirá de hambre, primero se morirá de sed”. Parecía un comentario a larguísimo plazo, pero estamos en las vísperas, viendo las consecuencias.

En el Perú nos sentíamos orgullosos de nuestras cadenas de nevados, majestuosos, impolutos. Mas, su eternidad ha sido rota. La agonía del glaciar Pastoruri, en Ancash, cuya belleza queda impresa para el recuerdo en postales y páginas de diarios y revistas, estremece. En las comunidades de Quispicanchis, Cusco, la gente se pregunta por qué está cambiando el nevado Qolqe Punku, “la Puerta de Plata”, entrada de las energías cósmicas. Una noche la Qoyllur no encontrará glaciares que irradiar y ya no será Qoyllur Rit’i, nieve que sacralizada una estrella. Aquella que era recibida por los peregrinos con unción para “limpiar” su espíritu.       

En una reunión de expertos en Valencia, España, dieciocho ganadores del premio Nobel instaron a la comunidad internacional a tomar medidas para afrontar la inminente falta de agua en el mundo. Ellos expresaron que –sólo un 0.35 % en el planeta es agua dulce, el resto es agua salada y hielo. Un bien precioso- y al mismo tiempo un recurso escaso y mal distribuído entre una población que crece con un ritmo de 100 millones de nuevos habitantes por año. Miles consiguen dificultosamente unos cuantos litros fangosos para sus familias, haciendo  penosas caminatas diarias en su busca.
El problema se percibe en los cinco continentes por el deshielo creciente, el aumento de las inundaciones y la gravedad de las sequías. El tema conmovió Europa con motivo de la Expo Zaragoza en el 2008, La revista alemana “Deutschland” la llamó con acierto “El Oro Azul” mencionando que más de 50 países que pueblan el planeta- ya sufren de aguda escasez hídrica.   

“El consumo es alto en regiones industrializadas y con mucha población. Donde crece la industria aumenta el consumo de agua”, escribió Oliver Sefrim. La Organización de  Naciones Unidas ha proclamado cada 22 de marzo como “Día Mundial del Agua” y al período 2005-2015 como Década del Agua, con el nombre de  “Agua para la Vida”.
“Según datos del Instituto de Investigaciones de los Impactos del Clima, de Potsdam, la escasez de agua dulce se agudiza con el cambio climático, que afecta su ciclo y particularmente a una de sus fuentes: las lluvias. De acuerdo con los modelos de los investigadores del clima, mucho parece indicar que el volumen de lluvias disminuye. Allí donde ya llueve poco, en el futuro lloverá menos. Por el contrario, donde ahora llueve mucho, lloverá más. El peligro de sequías extremas, inundaciones y tempestades aumenta. Otras causas de la escasez de agua son el crecimiento de la población, la urbanización y la industria. En los últimos cien años el consumo mundial de agua casi se ha multiplicado por diez.”
Pero no sólo se necesita agua potable para los seres humanos. También el agro y la industria dependen de este crucial recurso. Sólo la agricultura  consume más de dos tercios del agua y en el Perú se desperdicia en los cultivos de arroz y caña de azúcar, que tienden a desertificar la costa; mientras que en otras regiones los bosques de eucalipto beben agua de más, introduciendo sus raíces hasta llegar a las napas freáticas.
Los llakuases que habitaron la parte alta de Canta, Lima, querían mucho al agua y -según una hermosa leyenda- cuando se fueron, sus guerreros se transformaron en estelas líticas, para cuidar la laguna y los canales de riego que beneficiaban  los campos de cultivo. 
Es urgente cuidar este vital recurso como una joya. Sin agua, la vida se acabará en el planeta. Hay que crear conciencia y reflexionar de que sin ella los seres vivientes dejarán de existir, incluyendo los irresponsables industriales y empresarios que acumulan riquezas poniendo en peligro la vida de todos.

Alfonsina Barrionuevo

domingo, 28 de febrero de 2016

LA HIJA DE KUSIRIMAY

El viejo Juan Diez de Betanzos desnudó la espada  para atravesar el corazón enamorado de su hija María Diez de Betanzos Yupanki. Su huída del convento donde quería que tomara el velo de monja causó revuelo en el Qosqo por su ascendencia. La furia del cronista oficial se hizo notar en el Qosqo. No podía pedir a las milicias del virrey que fueran a buscar a la joven. En esos tiempos los padres decidían la vida de los hijos y ella debía haber obedecido su decisión al recluirla. Lo que quedaba era casarla y él no aprobaba un matrimonio que apagara su vergüenza.

Su reacción para castigarla fue desheredarla y nadie aprobó esa medida. Su madre Kusirimay, nieta del gran Pachakuteq e hija de Wayna Qhapaq, era dueña de muchos bienes. Mal podía disponer Betanzos de la  herencia de su esposa, un oscuro soldado a quien ella ayudó para escribir la crónica “Suma y Narración de los Inkas”.
Fue peor para él devolver a su hija los bienes que le pertenecían ante el reclamo de sus parientes. Finalmente buscó la conciliación y perdonó sus amores.  

Al fin y al cabo  no fue un hija que lo enfrentara, sino  una muchacha firme pero dulce. Además a él le esperaba un segundo enlace que le daría cuatro hijos. 



SANTIAGO DE CHUCO Y VALLEJO

En los últimos años los niños se han apoderado de la fiesta del Apóstol Santiago, el Mayor, en Santiago de Chuco, La Libertad. Hay pallos y quiyayas de corta edad que lucen una sonrisa graciosa en las caritas aterciopeladas con piel de durazno. Los mayordomos y los maestros han logrado, con acierto, trasladar a los pequeños el entusiasmo de los grandes, para que las tradiciones no se pierdan. Ellos cumplen en cierta forma el sueño de César Vallejo, su ilustre paisano, que quería ser en su infancia estandartero del santo patrón, según contaba su amigo, el periodista Ernesto More.

El recuerdo inolvidable de aquellos tiempos se deja sentir en un poema donde el poeta lo menciona.  "Luce el Apóstol en su trono, luego; /y es, entre inciensos, cirios y cantares, /el moderno dios sol para el labriego."

Así se ve en su iglesia, presidiendo la nave desde su altar, antes de salir a la plaza y recorrer las calles con gran acompañamiento hasta entrada la noche donde hay una serenata con artillería mágica de colores.  
El 25 de julio de cada año Santiago de Chuco se viste de fiesta para celebrar a su santo patrón en las faldas del cerro Andaymarka. Los santiaguinos afirman que fundó el pueblo, aunque los papeles digan que lo hizo el capitán de milicias Diego de Serna el 25 de julio de 1610 y que sus primeros vecinos fueron gallegos.
Según afirman aquello pasó en el Pueblo Nuevo. Pero en cuanto quisieron la imagen esta regresó una y otra vez a la pampa de Shirag, donde creció el pueblo porque así lo quiso.
En ciertas noches sale en su corcel de viento haciendo chispear el empedrado del  cielo. El santo patrón que gobierna con benevolencia la vida espiritual de sus devotos es uno de los vívidos recuerdos en la obra del poeta donde menciona a Dios como si fuera un buen amigo.

Su fiesta se inicia con novenas el 1º de julio y termina el 2 de agosto con la misa de despedida. Una visita para el 25, el día del día, ofrece el atractivo de  conocer la tierra de Vallejo, su casa, las costumbres del pueblo y hasta el balneario de aguas termales de Cachicadán. Casi nada ha cambiado desde que el vate salió para no volver, salvo la iglesia que es nueva porque la vieja se derrumbó con un sismo y el edificio municipal que se ve tieso, almidonado con cemento de izquierda a derecha.
Si regresara encontraría a Santiago de Chuco como la llevó en las retinas del alma. Sus mismas calles en posición de oruga, su misma languidez de adobe, su mismos aleros de rejas donde se columpia la lluvia, sus mismos árboles abuelos, sus mismos trigales arropando la mansedumbre de los campos, su mismo cielo retozón, su mismo sol chiquillo chapoteando con los pies descalzos en los charcos.
Desde el 15 los novenantes llevan al Inter, una pequeña réplica de la imagen  titular, a su casa. Allí preparan un altar y sirven café con las tradicionales tajadas: bizcochos, bizcochuelos, pastelillos y dulces de maíz. Al día siguiente los devuelven a la iglesia con banda de músicos y quema de cohetes. Otros se encargarán de festejarlo sucesivamente hasta el veinticuatro, en que se inicia la fiesta grande al bajar la imagen de su trono del altar mayor.
Al día siguiente sale a recorrer las calles entre una algarabía de petardos y campanas, acompañado por las bandas de mojigangas que tanto atraían a Vallejo. Un suceso que se vuelve a repetir en la octava o segunda fiesta. En la iglesia el Apóstol está radiante, en traje de terciopelo bordado con hilos de oro y plata recamado con piedras.
Los fieles prenden en su manto billetes que irán aumentando a medida que se acerque el 1º de agosto en que hace su segunda salida

De niño el poeta soñaba con ser su estandartero. Hoy lo es del Perú a nivel mundial y llegará el tiempo en que los turistas lleguen en doble peregrinaje a Santiago de Chuco. Por él y por el santo que sacude la modorra del pueblo y lo hace vibrar. 

Alfonsina Barrionuevo

domingo, 21 de febrero de 2016

MENSAJES DEL ANDE

Las señoras del campo guardan los ‘zorritos’ para que cuiden los surcos. El ‘zorrito’ es un diminuto hueso del oído del cuye o qoe que se busca después de comer al sabroso animalito. En la siembra se coloca para impedir la presencia de alguna plaga. Como su sobrenombre lo indica el huesito tiene la forma del felino y es muy pequeño. En las ofrendas, despacho o pagapu se colocar entre los elementos del reino animal, el heneqen que es vegetal y el llinpi, o polvo mineral.  Nada es obligatorio cuando se trata de hacer un regalo a los Apus o la  Pachamama. La invocación es cariñosa:


“Apu Khunurani, taitay, hamuy
qantan kunan kaypi qanpaq
mesata mast’ashayku
qantapichaytan qantamunasiayku.”
Apu Aunsanqati, padre mío, ven.
Ahora tengo para ti esta mesa tendida
porque te queremos.

Al poner el primer k´intu,-tres hojitas de coca-, el panpamisayoq se dirige al Apu elegido. Sus palabras son íntimas porque se trata de una entrega. Antes fue así y será mañana cuando quiera agradecer su atención como un hijo.

*Kunanmi, qaqa sutuq,  millma wasi,
qosunmusunchis huq kuka, k’intutachata
qankunaman, sumaqllata, chaskikuychis,  Apukuna.
Ahora, roca que gotea, casa de lana,
te ofrezco un puñadito de coca
recíbelo con cariño, padre mío.

Cuando se ofrece el vino a la Pachamama para calmar su sed,  le dice:

Kay vinuchata, uvachata,
pukurimusqayki, tomayku,
santa tierra, Pachamama.

Lo cual es:
Esto que es vinito, uvita, la derramo
para tí. Recíbela, Pachamama.

Y se agrega:
Que no nos siga la tristeza,
que no nos siga la desgracia,
calle de oro, calle de plata,
tierra sagrada.
calle de oro, calle de plata.

* Hay miles de palabras que se emplean en los rituales en ocasiones especiales, aparte de la comunicación diaria.
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*Notas del Padre Luis Dalle. Ayaviri, Puno.


SAN PEDRITO
           
En Ilo, Moquegua, los viejos y calvos pelícanos de alas caídas, que parecen filósofos, esperan ansiosos que lleguen las barcazas para robar uno que otro pececillo. En los roquedales montan guardia, como sus antecesores, que vieron   a los antiguos peruanos surcar las aguas del Pacífico rumbo al Sur. Es extraordinario que fuera, en aquellas épocas, un puerto “internacional” de donde salieron osados navegantes que llegaron de Qosqo y armaron grandes balsas buscando nuevos lugares que conocer. El sol del atardecer, que se oculta tras una palmera  abanicándose, es el único que podría dar fe de cómo fue su proeza pues regresaron de lo desconocido.

Paúl Rivet, el famoso antropólogo francés que pasó una temporada en el lugar, estaba seguro de que llegaron a Tahití y otras islas intercambiando productos. Lo comprobó el capitán Domingo de Goyenechea en 1772 y el noruego Thor Heyerdahl en 1947. Conexiones que a lo mejor un día pueden repetirse para los turistas en busca de aventura, pero en una nave con todas las comodidades y en unas horas.

En la ciudad de hoy los viajeros admiran la iglesia de San Jerónimo que es notable por el material que fue empleado para su construcción. Como es pequeña se le da vuelta y se comprueba que está hecha íntegramente de madera. El párroco y los feligreses tienen mucho cuidado con las velas que se encienden para San Pedro en su fiesta, pues, un incendio podría destruirla en minutos. Su venera de agua bendita es una gigantesca concha marina traída del viejo mundo, con una valva que mide abierta unos ochenta centímetros y tiene un grosor de treinta por lo menos.

El lugar fue encomienda de Nicolás de Ribera, el Viejo, quien cortó los primeros bosques de algarrobo, yaro, pakae y guarango, para construir embarcaciones. Su idea era una permanente comunicación con Lima, ciudad  de la cual fue su primer alcalde. La iglesia está dedicada a San Jerónimo, pero San Pedro tiene más devotos por la cantidad de gente que se dedica a la pesca y que requiere sus favores. Incluso hay dos imágenes del santo apóstol y portero del cielo. Una  grande que sale en procesión y otra pequeña, de un San Pedrito, que sale al mar y les asegura una  buena pesca. Las familias arrojan, cuando su barca comienza a moverse, una gran cantidad de claveles en recuerdo de los pescadores muertos, convirtiendo las aguas en un jardín flotante.

Aunque su primer encomendero fue español, quienes se afincaron en Ilo fueron ingleses y franceses con un permiso especial de Felipe V en 1700, y después italianos y yugoeslavos, que hicieron fortunas con el comercio de pescado salado, vinos, aceitunas, azufre, magnesio, salitre y cuanto se podía vender en Lima, Tacna y Europa.
Las casas de mojinete que sólo se encuentran al sur del Perú son muy fotografiadas por los turistas, a quienes llama la atención ese tipo de arquitectura mozárabe. En el siglo pasado se tenía un transporte original, “el calamazo”, un camión que corría sobre rieles y jalaba coches de primera, segunda y tercera. Muy cerca del mar quedan vestigios de las bodegas de los chinos que vendían caña de azúcar, chancaca y miel.

La construcción más antigua es un sugerente ranchito cuyos techos se sostienen sobre columnas de palo. Sus paredes son de quincha. Es muy buscada por los visitantes quienes declaran que debía estar en vitrina. Sus casonas más típicas, que son muestras de su antiguo esplendor, son las casas Chocano, de tipo  republicano, que luce un larguísimo balcón, y la Casa Gonzáles, donde funciona el Museo Naval. Otro atractivo turístico es el mirador que mandó hacer el alcalde Augusto Díaz Peñaloza, integrando las rocas y el mar. Lugar de ensoñación para tres generaciones que van hasta hoy para contemplar las puestas del sol, el movimiento de las olas que bordan encajes al pie, el paso de las embarcaciones y el vuelo de las aves marinas cerca de tierra.
El Muelle Fiscal no era un lugar de paseo, sino embarcadero de mercancías,  productos de campo, y hasta vacas que eran bajadas como gordas balletistas en grúas a los lanchones. No olvidar a la visita a Punta Coles donde retozan, aman y duermen simplemente los lobos marinos. Yo fui en 1992 y así conocí la villa que guardo en la memoria.


Alfonsina Barrionuevo

domingo, 14 de febrero de 2016

VOLVIENDO CON LOS APUS  

Las ofrendas andinas varían de acuerdo a las peticiones. La más poderosa podría ser la que se hace en el nido de un picaflor. Siendo una miniatura de plumas pintadas, con chispas de oro del sol, es de imaginar que tiene mucha fuerza, y al mismo tiempo es miskhi, dulce, delicada. Según un relato mágico, en una competencia de aves, donde participaron el halcón, el águila y el cóndor, el qoriq’enti fue el ganador y se bañó con sumo regocijo en un charco formado con los rayos de oro del sol. La ofrenda, despacho o pagapu, como se le llama también, es única. Primero porque es difícil de conseguir un nido tan pequeñito, después de que se han ido sus encantadores ocupantes,  y, segundo porque en su interior quepan muy pocos elementos. Hay que ser un maestro para hacerlo y que el pedido cobre alas y vuele directamente al infinito.  

Hace algunos años me tocó hacer una ofrenda muy extraña. Recibí un encargo telefónico de los Estados Unidos, de que los Apus me pedían una ofrenda o despacho especial. La voz femenina que escuché, con el típico acento norteamericano, indicó que debía prepararla al día siguiente, a las once de la mañana,  con pétalos de dos rosas, -blanca y roja-,  miel y coca. A esa hora, además de conseguir los ingredientes, no iba a estar en mi departamento sino que debía cumplir con una cita en un consultorio médico. Un tremendo problema, porque en ellos siempre hay pacientes. Luego, la miel podía derramarse y ponerme en dificultades al dejarme con los dedos pegajosos. La señora que llamó me dio el mensaje y cortó, no pude preguntarle nada, quién la llamó, como marcó mi teléfono y de qué Apus se trataba. Afortunadamente todo salió a punto. Compré las rosas, tenía coca y encontré miel de abeja cristalizada en una tienda naturista. Al día siguiente los pacientes fueron atendidos muy pronto y tuve tiempo de armar mi ofrenda y terminarla sin apuro, cuando el médico atendía a su ultima paciente.
Después me vio.
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Vuelvo con las ofrendas en el próximo blog. 




EL SECRETO DE LOS KHIPUS                                
         
Miles de ojos miran  ávidos las famosas cuerdas que existen en museos y colecciones privadas. Nadie puede explicar para qué servían. Los españoles quemaron los que encontraron en numerosas piras. No les convenía que se guardaran. Hoy sólo vemos cuerdas con nudos enigmáticos. Nudos donde palpitaba nuestra historia, porque no se trataba sólo de cuentas. Guaman Poma los consideró en uno de sus dibujos, donde un khipukamayoq levanta un khipu interminable. El avispado cronista, escritor, historiador, crítico, dibujante, escribe un mensaje a la posteridad. Un cartelito que dice encima  “carta.”
¿Qué dicen los khipus? La pregunta inquieta a los investigadores peruanos y extranjeros. Se creía que eran un sistema contable, números. Pero, Guaman Poma dice “carta” y cuando el  kuraka de Hatun Xauxa fue a reclamar privilegios y exoneración de tributos al rey de España llevó un cargamento de khipus. Anotaciones de la ayuda que prestó a Pizarro cuando estuvo en Cajamarca. Hombres, mujeres, provisiones, llamas, alpakas, con fechas, nombres y  lugares de entrega.
En los museos tenemos pocos khipus. Durante años Carlos Radicatti trató de leerlos. También William Burns. Hace unos años entró a tallar en el misterio Frank Salomón, sumándose a otros estudiosos. ¿Qué escribieron los khipukamayoq que conocían el arte de leerlos? Las nubes del tiempo ocultaron hasta ahora su significado. Los restos de la historia del antiguo Perú, un gigante roto, yacen en documentos del Archivo de Sevilla que guardan verdades a medias.
Desde que pude recorrer el país mis ojos miraron las comunidades campesinas. La gente de ciudad los marginan aún. ¡Son analfabetos, ignorantes, coqueros! En lo que a mí se refiere expreso mi admiración. He caminado mucho por sus heredades registrando las maravillosas historias que conservan. Los antropólogos podían trabajar en ellas, pues, son numerosas. Pero, las comunidades campesinas no existen para los gobiernos ni las autoridades de educación. La mayoría continúa bajo mantos de olvido salvo cuando se exalta su extrema pobreza con fines políticos.

Personalmente me siento orgullosa y feliz de que una comunidad haya arrojado luz sobre la oscuridad que cubre los khipus. Roberto Aldave Palacios, promotor de turismo a Chiquián, donde se encuentra el imponente nevado Waywash, y autor de nuevos circuitos en la ruta de la Qantuta, descubrió a una khipukamayoq de nuestro siglo en Cuspón. Mamalikuna o Mamarikuna podía escribir y leer oraciones fúnebres en khipus. La primicia se registró en una pequeña anexo de la provincia de Bolognesi,  Ancash.
Los khipus se colocaban en los ajuares funerarios de los antiguos régulos peruanos reseñando sus triunfos. Sin embargo es posible que estuvieran también el Poqenkancha de Cusco, donde estaban relatadas en pinturas las hazañas de los Inkas. No sería extraño porque se hicieron miles de khipus y se debieron guardar en una verdadera ”biblioteca” que incendiaron los españoles! Felizmente su su tecnología ha trascendido hasta hoy.

El antropólogo Arturo Ruiz Estrada, quien fue invitado por Aldave, declaró que se trata efectivamente de auténticos khipus. Mamalikuna o Mamarikuna, “la señora que sabe ver”, agregó Aldave, también cineasta además de  promotor turístico, era descendiente del linaje Carhuachín. “Escribe en una cuerda de dos colores, marrón y blanca en lana de oveja, para que el difunto cruce con felicidad el yanamayu o río de la muerte y pueda defenderse de los malos espíritus que acechan en el camino. El khipu contiene oraciones y tiene un paralelo con  sociedades como la griega y otras de Europa con creencias parecidas. “Los difuntos, relató el Dr. Ruiz Estrada tenían que pagar con una moneda a Caronte, el barquero, para pasar el lúgubre río.”  
En aquella oportunidad se informó de la necesidad de recoger los conocimientos de la khipukamayoq y que algún día se encuentre el código andino de lectura y escritura. En el proceso de la elaboración ella comenzaba con el escarmenado, en seguida el hilado en la rueca o pushka, luego el torcelado del hilo en una dirección que debe tener una razón. La cruz que encabeza su trabajo está allí por el sincretismo y al amarrar los nudos que son posiblemente palabras va diciendo a viva voz sus invocaciones, mientras la comunidad permanece en un silencio sepulcral, religioso. Es un khipu vestigial que se diferencia de los khipus inkas u otros, con variaciones del khipu clásico, lo que también es necesario destacar. Antiguamente debieron existir en nuestro vasto territorio diversos códigos de khipus y sistemas”.

Decididamente el Perú es un país de sorpresas que nunca entenderán las generaciones de  cultura globalizada. Hace poco tiempo Mamalikuna tuvo que irse, dice su descubridor. Afortunadamente ha hecho valiosos hallazgos en sus viajes a Chiquián. En las comunidades de Roca, Canis y otras que son lejanas y a las cuales se llega con mucha dificultad  ha encontrado otros khipukamayoq. Los antropólogos aún tienen tiempo de aprender las artes de la escritura y lectura en khipus, declara Roberto. Una oportunidad para descifrar cogiendo la punta de un ovillo que llega hasta nosotros cubriendo cinco siglos.

Alfonsina Barrionuevo

domingo, 7 de febrero de 2016



MAMITA CANDELARIA    

Los qochaqoe, esos kuyes de agua, antiquísimos abuelos de los kuyes de hoy deben haberse sentado sobre las patitas para asistir a los ensayos de las danzas de la Candelaria. Lo mismo el viento que se ríe de cuanto ser viviente quisiera hacerle competencia cuando corre por las llanuras abiertas, nadie más veloz que él.  Ídem, los qeles que a veces sacan las cabecitas curiosas entre los juncos del lago para ver como los caminos se pueblan de júbilos y colores con el revuelo de los sombreros, las monteras y las polleras andinas. Entre el domingo pasado y el de hoy han sido más de veinte mil bailarines y bandas que conmovieron la tierra del Titiqaqa, el lago navegable más alto del mundo. Todos sus caminos desde los más apartados se llenaron de música y de giros, nervio y movimiento, volcándose en el estadio Torres Belón para prender una llamarada en las pupilas de la Candelaria.

La primera vez que llegué a Puno, un inolvidable dos de febrero, me encantó la presencia de los conjuntos que asistían,  tímidamente, con una Ave María musitada en las puertas de su iglesia. En años posteriores fueron aumentando las octavas vestidas de sedas, bayetas, cintas labradas y encajes o de máscaras alucinantes con ojos de foco y bichos avernales, morenos con enormes pipas de tabaco sobre las bembas coloradas, mujeres con ricos pejes nadando sobre su pecho, polleritas coquetas imitando las ondas de su mamaqocha, que encandilan las miradas de pobladores, viajeros  y peregrinos. Un río espectacular de tundiques, llameradas, waka-wakas, kallawayos, morenadas, tuntunas, sayas  y diabladas. No hay mundos paralelos en la Entrada y en la Despedida porque de veras no puede ser, son uno.  En las puertas de su casa la Candelaria recibe el multitudinario homenaje de los bailarines. Suerte de la Mamita de la Candela del Parque Pino que los arrastra tras el borde de su manto celestial, mientras sigue olvidada la Fundadora, como hace siglos, después de proteger a sus devotos cuando se derrumbaron galerías en la mina de Santa Bárbara, de San Luis de Alba, la fabulosa ciudad minera. Para  entonces no existía Puno, nacida luego en Puñuypanpa, la Panpa del Sueño. Ella, según la leyenda, hizo retroceder a cientos de diablos, candela viva, que aparecieron para llevarse a los mineros atrapados. Si quieren conocerla está en la Basílica Catedral, con dos rasguños, uno en la mejilla y otro en la mano, que se hizo al levantar unas vigas, puro amor, pura bendición. Lo de hoy, 2016, estuvo entre devoción y espectáculo soberbio, enceguecedor, a tono con el título de su Festividad: Candelaria, Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Los puneños adoran bailar, a rabiar. A nosotros nos encanta también.


PLANTAS QUE AMAN
                              
Una hermosa leyenda, recopilada en Puno por José Portugal Catacora, asegura que el primer hombre andino fue creado con el untu, grasa o esencia vital de las plantas, los animales y las piedras.  De allí se origina su intensa relación con el mundo que le rodea. Su advenimiento en forma de semilla, para participar de esas  fuentes, se dio para emerger igual que una yema, crecer abriendo sus hojas; seguir el paso cíclico de la estaciones; comportarse como una una criatura de sangre caliente para procrear y enfrentar los retos de la vida con la voluntad propia del poderoso blindaje de las células de la roca.
Su hermandad con el mundo vegetal lo proveyó desde épocas lejanas de plantas medicinales para superar cualquier malestar físico o espiritual. Su caminar por los yermos inhóspitos de altura no lo fatigaba porque tenía la muña (Minthostachys mollis), cuyo agradable olor aspiraba al frotarla entre sus manos para renovar su energía.

La pacha salvia (Salvia offinalis), cuyas hojas soasadas le servían para combatir dolores reumáticos, recibió el nombre de ñuqch’u, flor sagrada de los Inkas, cuando la derramaban sobre sus andas áureas, pasando a ser después sedosa ofrenda para el Señor de los Temblores de Cusco, cada Lunes Santo.
Sobre la importancia de éstas y otras plantas, el médico huanuqueño Hermilio Valdizán Medrano y el químico farmacéutico-arequipeño Angel Maldonado Alcázar, ambos doctores en sus especialidades, con estudios en Francia e Italia, publicaron el “Diccionario de Medicina Popular Peruana” en las primeras décadas del siglo pasado. En sus páginas apareció un minucioso registro de muchos especímenes con sus respectivos dibujos.
En 1995 John Eddowes Villarán, médico psicólogo limeño de abuelo inglés, comenzó a trabajar con veintitrés esencias florales y siete productos de plantas que curan. En 1939, según dice, el doctor Edward Bach terminó en Gales, Gran Bretaña,  el primer sistema de esencias florales con agua de manantial.
Las esencias de su sistema, que ha titulado el Sistema Kinde, pertenecen a un grupo importante que ha sobrevivido a la extinción de especies por su fortaleza  ante los cambios ambientales. Su adaptabilidad para enfrentar situaciones adversas y cambiantes es aprovechada como terapia para ciertos desequilibrios emocionales asociados generalmente a malestares físicos. La Organización Mundial de la Salud (OMS) las considera como medicinas de uso libre.   

La descripción de las virtudes y propiedades de las plantas que maneja John Eddowes es tan expresiva y jugosa como las anotaciones clásicas. Veamos: 
La manayupa (Desmodium molliculun), conocida también como “pata de perro, amor seco o pega pega”, vive entre 2,000 y 3,000 m.s.n.m. en los Andes. Se usa para purificar y desintoxicar el cuerpo de fármacos y drogas, estimulando el funcionamiento de los riñones. También sirve para limpiar los ambientes pesados.
La yawar chonka, (Oenothera rosea), que crece a grandes alturas, es famosa porque “disipa la tristeza y apaga la pena”. Es buena para enfermedades cardíacas y problemas circulatorios. Sus flores tienen pétalos rosados o lilas. Con la infusión de estas flores el corazón recupera un ritmo sosegado y baja la presión.

El diente de león o achicoria amarga (Taraxacum Offinale), tiene hojas dentadas y largas, flores amarillas y frutos en forma de bolas con pelos sedosos que dispersa el viento.  Es una planta diurética, que estimula la función del hígado y los riñones, combate el exceso del colesterol y reduce la obesidad. Su esencia floral es muy útil para liberar la tensión y la furia contenida.
El lirio naranja, lirio del Perú o lirio de los Inkas (Lilium bulbiferumrum), tiene un follaje de pocas hojas lanceoladas y flores de pétalos con marcas o parches de colores. La tradición popular relaciona a estas flores con los buenos augurios cuando se regalan. Su uso incrementa la creatividad, despeja los bloqueos mentales, alienta el optimismo y ayuda a innovar el quehacer personal y profesional.   
El heliotropo (Heliotropium peruvianum) tiene flores que siempre miran al sol y lo buscan. Son empleadas para tratar problemas de huesos y articulaciones, así como afecciones  respiratorias.
El pepino dulce (Municatum Ait), oriundo del Perú y reproducido en la cerámica prehispánica, posee una esencia floral que refresca la mente y alivia de preocupaciones, además de reducir el estrés.
La chuchuwaska (Brunfelsia grandiflora), llamada también “sanango, francisquita y borrachero”, es una planta “maestra” de la Amazonía. Su esencia floral ayuda a regular las sensaciones extremas de frío y calor. Es recomendable usarla tópicamente para la rosácea.
 El molle, (Schinus molle), escobilla o árbol de la pimienta, es analgésico, antiinflamatorio, antibacteriano y antiespasmódico, astringente, balsámico, diurético y estimulante. 

La hierba del alacrán, (Heliotropium angiospermun, Murria), también conocida como “cola de gato y hierba del sapo”, es útil para problemas de huesos y artritis, afecciones respiratorias y  picaduras del alacrán. En esencia floral es una bebida burbujeante que ayuda a relajar la columna vertebral  y mejorar la postura.
La verbena (Verbena offinalis), “hierba” de los hechizos, verbena del campo o verbena negra”, crece en las ocho regiones hasta 5,000 metros, posee vitaminas A, B y C, y es recomendada para tratar infecciones, bronquitis y hepatitis.
La wachuma (Trichochocereaus pachanoi),  cuyo nombre popular es San Pedro, es una cactácea de la costa norte, con espinas pardas y flores blancas.  En la medicina tradicional del norte peruano se usa en ceremonias de curación, por sus efectos depurativos (purgante y psicoactivo. También es usado en casos de sinusitis, fiebre alta y problemas de la piel y el cuero cabelludo.  Su esencia floral da claridad a la mente y afina la intuición. Los baños del cactus hervido calman los nervios.

John Eddowes combina las plantas con esencias Kinde o con diferentes productos, según los casos que debe tratar. Veamos. 
Para momentos extremos de la vida y reducción el estrés:  Yawar chonka, diente de león, pepino y mariposa roja.         
Para emociones intensas, llanto fácil o al borde de la desesperación: Mango, yawar chonka y molle.
Para aclarar mente y ordenar los pensamientos: Agerato, jacarandá, ocopa, lirio y estrella púrpura. 
Para relajar el cuerpo y la mente: Diente de león, verbena y pepino.
Para conciliar el sueño: extracto de wachuma con colágeno  de tuna y aloe, más vitaminas. Frotar el cuerpo antes de acostarse.
Para desinflamar y regenerar articulaciones, tendones, músculos, huesos cartílagos y otros: Extracto de molle, matico, chilka y llantén.
Para limpiar los dientes y proteger las encías: Harina de coca, salvia y arcilla medicinal.
En resumen, una lista abundante de plantas medicinales que curan y que están para ayudar en nuestros Andes. 

Alfonsina Barrionuevo