domingo, 24 de mayo de 2015

SUBARAURA   
Foto: Fernando Seminario S.
He vivido en Santo Domingo, Cusco, mucho tiempo y jamás imaginé cuánto estoy encontrando hasta ahora. Recuerdo los catecismos dominicales cuando nos reunían a la gente menuda del barrio para rezar el santo rosario; la gran torre cuyas campanas nos despertaban con sus sones al vuelo, la imposición del cíngulo de Santo Tomás de Aquino, las miradas por encima de la reja del huerto dominico que daba a Arrayánpata, las bodegas de la esquina donde compraba pan de Huaro, el pequeño café donde servían muy temprano la nata deliciosa, el colegio mercedario cobijo de chiquillas con uniforme marinero,  pero nada de Subaraura, la gran piedra o wanka que manejaba el sistema pétreo de Qosqo. El torreón del Qorikancha formaba parte del miraje cotidiano sin que se supiera nada más.
Ahora, tiene para mí otra connotación. Cuando miro el muro semicircular amorosamente pulido pienso en una gigantesca roca clavada a varios metros de profundidad, -de tal manera que se creyó que esa parte estaba sobre otro templo prehispánico- porque no se sospechaba su existencia.          

  
En Machupiqchu hay otro muro a semejanza de ése y también una wanka. Pensando en ella me figuro cómo será ésta, magnífica, intocada tal como apareció después de que el lago Morkill se vació. Con su cima coronada de estrellas, soles, lluvias, neblinas. cantos de pájaros. La madre piedra que fue respetada por los Inkas y que hoy se halla oculta y sosteniendo en uno de sus extremos el altar mayor de la iglesia.  Algún día deben quitarse las baldosas que la cubren y dejar que se vea. No atenta contra el templo. Ella tiene su propia majestad. Algo más del Qosqo Inka que puede aflorar para ser reconocida.     



LOS REYES MAGOS DE SAN PABLO

Melchor, Gaspar y Baltazar vuelven siempre a San Pablo, tierra legendaria de plateros en Cusco. Aunque los actores del distrito no sepan mucho de su historia celebran el auto sacramental como hace más de cuatrocientos años.
Para esos días las fraguas se apagan, los fuelles de pergamino de cabra se cierran, y, el cobre de sus peroles se enfría. El 6 de enero con pretexto de la fiesta la gente salió de sus casas, hubo feria de frutas en la plaza y compra y venta de ganado en la panpa del municipio.
También misa, pero el número principal, como siempre, fue la Carrera de los Reyes Magos a cuya suerte se confía la prosperidad o se atribuye la miseria venidera.
Si gana el español o sea el rey blanco habrá abundancia y dinero. Si triunfador es el rey indio las cosechas serán buenas. Si vence el rey negro habrá que soportar la hambruna, dicen los vecinos persignándose para alejar los hados malos.

La mañana suele ser casi siempre lluviosa. Estuve allí cuando Doroteo Tito, el ecónomo de la iglesia, sacó con mucho cuidado al Niño Navidad de su urna, soplando el  polvo y las telarañas que lo cubren. Los comuneros de Rocona, Sunqoña, Chara, Sunchuchumo y Akala, bajaron  las cruces de las apachetas, cubiertas con flores, para que el taita cura las bendiga.

Foto: Alfonsina Barrionuevo
Sólo así podrán atajar al granizo en los días de tormenta. Sus ayudantes arreglaron las andas de Mamanchiq Belenta, la Virgen de Reyes, que en cada carrera anual interviene “regalando favores al afortunado”.
En el atrio montaba guardia el busto en bronce, también trabajo de los plateros sampablinos, del párroco Manuel Ponce que además de rezar refaccionó la iglesia, ayudó a hacer el puente de Santa Bárbara y participó en otras obras públicas que le conquistaron la gratitud del vecindario. Adentro, en la penumbra, se arruman mohosos el Patrón Santiago, un San Pablo penitente y el Niño de Praga o Wawa Wiraqocha.

También enormes lienzos donados en 1676 por Juan Yupanqui y Melchor Tauri y otros tesoros antiguos, casullas doradas y plateadas, manteles de encaje y capas con flecos oxidados, que de tiempo en tiempo los sampablinos dan de baja de común acuerdo.
Hace muchísimos años eran los ricos kurakas de Canchis los que montaban el auto sacramental de los Reyes Magos a instancias de los doctrineros que inventaron mil recursos para aumentar sus prebendas.
El papel de cada uno, me dijo Isaac Aragón, se heredaba como si fuera un mayorazgo de padres a hijos, hasta que fue decayendo. Hubiera desaparecido de no ser don Angel Tito, bachiller a mediados del siglo pasado que tomó con infinita ternura y responsabilidad la presentación de Herodes y los pintorescos monarcas.
En traje de civil arrugado, mustio, casi sordo, don Angel estaba muy lejos de ser el actor ideal para interpretar al orgulloso sátrapa israelita. Pero, había que verlo después, “en su balcón” de la plaza principal en ropa de carácter.
El hombre renacía dentro de la túnica larga, manto de florones, máscara  con barbas venerables y turbante con corona, dejando de ser el anciano ruinoso y apático, para adquirir fuego y sacar a escena una vena histriónica insospechada. Por algo era Herodes desde hacía cincuenta años.
A su lado, como segundón, estaba su secretario de levita, Eloy Cruz, y entre los dos, sólo con ademanes y movimientos de cabeza, lograban entretener a todo el auditorio, haciéndolo estallar en carcajadas. Herodes dictaba, no se sabe qué, y su escribano redactaba el contenido con una pluma de pato marcando puntos y comas imaginarios.
De vez en cuando los dos recorrían el horizonte con su catalejo de dos linternas unidas, para ver si llegaban los reyes y se rascaban impacientemente la coronilla.
Hasta que al son de pututus aparecían por una esquina de la plaza. La estrella de Belén es sólo de hojalata. Alguna vez fue de oro, después de plata y el ángel con alas de crepé y traje blanco era un mocetón que contenía apenas a su arisca cabalgadura. Melchor, Gaspar y Baltazar, cuyos nombres han sido casi olvidados, lucían vistosas capas raídas por el uso y montaban potros cerriles, bien cuidados para la competencia.
El diálogo duraba apenas minutos pero era suficiente para que los chicuelos se enteraran que buscaban al Niño Dios. Luego, todo el mundo corría a la panpa donde ellos ya se estaban poniendo en su sitio.
La Virgen de Belén es siempre “la presidenta” pero el juez de partida es el vecino principal y el juez de llegada un funcionario estatal.
En las vísperas y sin testigos cada rey con su respectivo altomisayoq hicieron los pagos a la tierra, invocando a los manes tutelares de San Pablo, Apus y aukis, para que “amarren” las patas de los caballos rivales y “pongan alas” al suyo.
El acto es de carácter ritual y cada uno tiene que cumplir, no se le puede engañar al tiempo. Sólo quienes triunfan tienen derecho a la prosperidad y a la riqueza, bajo el disfraz de los monarcas orientales que, en San Pablo, corren como vulgares mortales.
El que gana recibe en premio al Niño Navidad para ser su mayordomo al año siguiente.
Según la tradición el año será bueno para las comunidades del rey que gane. Si no, no importa. Los plateros sampablinos, expertos desde antaño, en “acuñar” monedas de plata de nueve y cinco décimos afirman socarronamente que puede ser más negocio acuñar monedas. Esta no es una broma. Son capaces de hacerlas aunque no lo lleven a la práctica.


Alfonsina Barrionuevo

domingo, 17 de mayo de 2015

MESA INKA EN QOSQO

El dieciseis de junio armaré una mesa inka de ofrenda en el Museo Histórico Regional “Inca Garcilaso” de Cusco. Al revisar distintas versiones de los khipukamayoq y declaraciones de taitas de las comunidades andinas del Valle Sagrado encontré los componentes que usaban hace más de quinientos años. Qué emoción componer nuevamente una de estas mesas en la capital imperial.  Solamente la pondré sobre una lliklla o manta. Nunca me atrevería a trabajar en ella porque si bien lo siguen haciendo ha cambiado mucho con el sincretismo y dista de las que se organizaban en el mismo corazón de un imperio, el Tawantinsuyu.

Un solo detalle con un solo elemento de la mesa puede dar idea de la connotación que debió tener. Hay un huesito del oído del kuye, kuwi o qoe, al que llaman popularmente “zorrito”. En las reuniones, cuando se sirve un kuye, se busca ese “zorrito” que da lugar a apuestas sobre quién lo encuentra y lo pone en su vaso, generalmente de cerveza, y logra ingerirlo de una sola vez.  Es muy difícil pasarlo, hay que tener suerte, porque el huesito se pega al cristal.
 En el mundo andino no se da ese uso al “zorrito”. En las fiestas donde se come kuyes se buscan los “zorritos”, pero no para competencias de bebida. Los “zorritos” son muy importantes para la siembra. Si es posible se coloca un “zorrito” en cada surco o wachu para que defienda a las plantas de papa, maíz u otras, de la agresión de plagas, del viento o de los excesos de agua. El atoq, como se le llama en qechwa, vela por los cultivos y al acto de buscarlos se llama atoqchay. La forma como se deposita en la tierra es un ritual que viene de lejos.
 En la mesa que armaré colocaré los atoq que estoy reuniendo para que vaya con buen viento la Exposición Fotográfica que haré de las wakas del casco histórico de Qosqo.  Los “zorritos” se encargarán de proteger su ambiente  y darle su fuerza,  su energía.
No dejen de ir si están en Cusco o si lo visitan en la segunda quincena de junio, en su Mes Jubilar. Les esperamos  con Ana María Gálvez, la gentil Directora del Museo,  y los  amigos con quienes comparto mis investigaciones.      

PUMAKAWA: PODER Y HEROISMO

Cuando Oscar Paredes me pregunto qué pensaba acerca de Mateo Pumakawa le expresé mi total rechazo. Había ayudado con saña, como otro español encarnizado, a la captura y ejecución de Tupaq Amaru. Su arrepentimiento tardío si lo hubo no fue válido. Si quiso morir como un héroe no lo logró. Siempre habrán dudas. Un lobo siempre es un lobo. Oscar Paredes, que es docente de la Universidad Nacional “San Antonio Abad” me alcanzó un trabajo interesante de su autoría sobre este personaje tan contradictorio. De hecho, siguió los pasos del gran revolucionario de linaje inka que luchó por la libertad del Perú y América. Veamos qué pasó para que renunciara a los honores que recibió hasta los setenta años para abrazar la causa independentista. Lo conversamos.

-Oscar, no hace mucho, cuando eras Decano de Ciencias Sociales,  reeditaste el estudio de Jorge Cornejo Bouroncle sobre Tupaq Amaru. ¿Por qué diriges ahora  tu atención a Pumakawa?
-Porque sus actitudes son complejas y da la impresión de que la perspectiva historiográfica llegó a su límite en su caso. No existen mayores investigaciones sobre aquellos hechos en los que participó, menos sobre su personalidad durante los últimos años de su vida, de manera que nos apoyaremos en la teoría política y el psicoanálisis, para dar algunos alcances de aquel hombre que, a pesar de su noble estirpe, también  inka, fue leal a un régimen opresor de su cultura y sociedad. Mateo Pumakawa Chiwantito, fue el resultado de todo un constructo social de más de dos siglos, posiblemente de compleja estructura psicológica y características psíquicas muy suigéneris, las mismas que determinaron sus formas de actuar ante las diversas circunstancias que enfrentó en las siete décadas de su vida. La andinidad de Pumakawa estaba enmarcada por el estatus de ser kuraka y Alférez Real de los Indios Nobles; mientras que su  “hispanidad”, se daba por la alta jerarquía lograda dentro de la estructura política colonial. De esa manera, entre nobles e indios de a pie, la lealtad estaba asegurada, así mismo la subordinación de la  persona, donde sus actitudes, pensamientos, sentimientos y repertorio conductual se desenvolvían  en un mundo de constantes contradicciones, inestabilidades, crisis identitarias, afirmaciones, reafirmaciones, negaciones de sí y consigo mismo, hasta  el momento que le cortaron la cabeza.

-Su caso es muy particular. ¿Cómo consiguió ingresar a un círculo cerrado de poder virreinal siendo un cacique o kuraka? ¿Cómo pudo moverse y ascender en esa élite?
- Mateo Pumakawa fue kuraka por herencia de su padre de las localidades de Chinchero, Maras, Guayllabamba, Umasbamba y Sequecancha. Estuvo en un colegio para nobles indios que luego serían caciques, ocupando sucesivamente cargos en la estructura política colonial. Fue internado, bajo la tutoría de los curas  para aprender la religión cristiana negando todo lo andino, aprendió la historia de los monarcas europeos, la gramática y retórica de un idioma ajeno, aritmética para desplazar el sistema de los khipus, latín para acceder a la teología, desde luego literatura, también occidental; así mismo modales, conducta y posturas de la nobleza española. O sea, fue despersonalizado y alienado, a fin de que tomara distancia de su mundo de origen.

-Por esos colegios pasaron otros hijos de “indios”nobles, pero no hicieron como Pumakawa una meteórica carrera de poder entre los españoles. Habría que preguntarse cómo hizo méritos para agradar a los enemigos de su raza.
- Por sus servicios recibió reconocimientos y privilegios. Nombrado Capitán de la Compañía de Indios Nobles de Chinchero, su fidelidad a la religión católica y lealtad a la corona invasora se haría irreversible. Fue en aquellos tiempos que  estalló la rebelión de José Gabriel Thopa Amaru y el militar Mateo Pumakawa, de ascendencia real cusqueña y kuraka o cacique, tomó parte por la causa monárquica.

-En una carta dirigida a España en 1800 declara cómo participó en su captura por su propia voluntad.
- En ese año Pumakawa era Coronel de Milicias y Capitán de Ejército y reclama la devolución de los documentos y certificaciones que hacen notorios sus servicios y su adhesión al Rey. Es curioso como en su interior sembraba semillas fértiles que  con el tiempo tuvieron resultados muy complejos y aun adversos contra el mismo sistema que lo cobijaba, siendo el caso más emblemático el conflicto José Gabriel Thopa Amaro-Mateo Pumakawa Chiwantito, que fue una seria advertencia al régimen. La respuesta monárquica, fue radical, por lo que antes, en 1787, ya se había creado la Audiencia y Cancillería Real del Cusco, dejando de ser Lima el único centro de decisiones políticas. Al producirse el movimiento de resistencia anticolonial de José Manuel Ubalde y Gabriel Aguilar, hace pública su posición de protesta contra esa conspiración y reafirma como Presidente de la Audiencia del Cusco su absoluta lealtad con el régimen. Aguilar y Ubalde fueron condenados por  la Real Audiencia y la pena capital se cumplió el 5 de diciembre de 1805.

-¿Qué pasa después con el kuraka de Chinchero para que cambie de actitud. Como si pasara del día a la noche insólitamente?
- Pumakawa llega a gozar del rango militar de Coronel de Infantería Española, jerarquía otorgada el 25 de julio de 1811 por el Virrey Abascal; luego vendría la alta jerarquía de Brigadier, concedido por el mismo monarca Fernando VII, con un sueldo de doscientos escudos de vellón. En setiembre de 1812 ocupó por segunda vez el cargo de Presidente de la Real Audiencia de Cusco.

-Cuando renuncia a las mercedes que reclamaba por sus servicios y demostraciones de amor al Rey ya era un hombre viejo para su época. ¿Prefirió dejar ese barco porque intuyó que se hundiría? Eso desmerece, deslustra al antihéroe.
- Las tendencias a los cambios políticos eran evidentes. La Constitución de Cádiz, promulgada por las Cortes Generales de España en marzo de 1812 fue la más  liberal de su tiempo. Establecía la soberanía en la Nación, la monarquía constitucional, la separación de poderes, sufragio universal masculino indirecto, la libertad de imprenta, de industria, el derecho de propiedad, abolición de los señoríos. Conocida la existencia de la nueva Constitución de Cádiz, Mateo  Pumakawa, como Presidente de la Audiencia debía cumplir con ciertos protocolos, que en fondo constituyen “ritos de paso” en el ejercicio del poder político, pero los fue posponiendo. Así demostró las contradicciones internas entre su lealtad a la monarquía y su apego a la nobleza india. En aquella lealtad se encuentran las pautas interiorizadas o que se autoimpuso desde cuando heredó de su padre el cacicazgo, no como obligación, sino como parte de lo bueno; mientras tanto, como parte de la estructura del gobierno colonial, estaba totalmente sujeto a las diversas normas emanadas desde el Estado virreinal, las mismas que venían a constituir una prescripción, o sea, la imposición de la voluntad de la autoridad institucional sobre el sujeto. Mateo Pumakawa, Presidente de la Audiencia del Cusco, es la negación de Mateo Pumakawa representante de los Indios Nobles del Cusco a través de la figura del Alférez.

-Dos extremos, ¿no?
- Los conflictos internos expresados en indecisiones fueron debilitando su   autoridad, situación favorable para un cuestionamiento que vino de algunos criollos y a través de memoriales. Su respuesta fue jurar lealtad a la Constitución de Cádiz. Al mismo tiempo reforzó el Regimiento de los Nobles Indígenas, actitud que fue censurada por el Cabildo de Cusco.

-O sea que entendieron su maniobra.
- Su situación políticamente se hizo insoportable. El  26 de abril de 1813, renunció a su cargo y se retiró a sus heredades de Urquillos. El Cabildo constitucional lo acusó de abandonar su puesto. En esas condiciones el 3 de agosto de 1814 estalla la revolución del Cusco y a la cabeza de tal movimiento se puso el Dr. José Angulo. Luego del apresamiento de los miembros de la Audiencia se constituye el Gobierno Interino encabezado por José Angulo, su hermano Vicente y extrañamente el Brigadier Mateo Pumakawa, a los 72 años de edad, deja la opción monárquica y se pone al servicio de la revolución y de la independencia.  En su nueva posición alcanza un triunfo en la batalla de Apacheta el 9 de noviembre y es derrotado meses después en la batalla de Umachiri, el 11 de marzo de 1815;  capturado en Sicuani, es encarcelado,  enjuiciado y ejecutado.

-Realmente incomprensible su actitud de dar un vuelco a sus convicciones para plegarse a la causa patriota. Qué reconocimientos o favores  esperaba obtener de sus nuevos partidarios. A su edad no tenía futuro. Por sus acciones anteriores pareciera más bien que fue traidor a la causa española y por eso murió.
-La reflexión debe continuar. Si rectificó lo hecho su heroísmo no debe ser olvidado.  El 17 de marzo, fue el bicentenario de su ejecución. Eso tampoco se puede negar. 

domingo, 10 de mayo de 2015

 LOS PAJAROS CARPINTEROS DEL TIEMPO

Cerraste tu laptop, recogiste tus vitaminas de la mesa y comenzaste a sumar ausencias cogiendo tus trajes del armario. Las indolentes maletas volvieron a llenarse. El pasadizo comenzó a quedarse huérfano. Sentí una sensación de soledad. Nuestras conversaciones flotaban todavía en el aire cuando vino tu despedida. Te has ido tantas veces, tantas y crecen enredaderas de olvido en los rincones. Dejas algo como siempre, las pavas de arcilla que ojalá batieran las alas para salir por la ventana volando, tus queridas piezas en las cajas  magnificando su presencia.  Kali ha modelado un ladrido intruso como diciendo a su manera que te quedes, pero te has ido sembrando la angustia de no verte más que en la computadora donde tengo la suerte de recoger tu imagen en apariciones que no son lo mismo. Uno de los pocos inventos que me reconcilian con este mundo de hoy mecanizado. Un abrazo y he visto caer hechas trizas mis làgrimas pasando sobre ellas. Ya sé que todos nos vamos un día del hogar  pero es imposible  consolarse con eso. Sólo queda esperar que vuelvas y hagas repicar campanitas de alegría en casa inaugurando un nuevo espacio de horas sin pájaros carpinteros que picoteen mi sombra y me vayan quitando de mañanas para dejarme confundida en ayeres como no quiero. 

Tú y u hermana le dieron sentido a mi vida, y yo asistí maravillada  a cuánto dibujo florecía entre tus manos  y no digas que los odias porque no me quedaría nada y amo las cuatro estaciones, los arcángeles y tus vikuñas  porque son bellas y me trasladan a un mundo irreal que dejaste. Ya sé que no me olvidas y más tarde sonreirás desde la pantalla en este domingo separado para la ternura.  Me has dejado melancólica, con los cuadernos que armé con tus dibujos, y sus hojas van cayendo en lluvia obre mí. Allí me encontrará alguna vez, más tarde, cuando los pájaros carpinteros del tiempo hayan terminado su trabajo y el árbol se pierda en sus abismos.  No sé si volveré a remontar los cielos hasta Orietta y Nueva York, porque siempre me olvidas de invitarme.


LA AVENTURA DE KUMARA
                     
Los Andes recibieron con alegría los finales del Pleistoceno. Las capas de nieve que los cubrían iniciaron su retirada. Pachamama, Madre Tierra desde la prehistoria, estaba allí, acurrucada, hibernando, en una larga espera. De haberla visto, hubieran pensado que era una niña.
Cuando el mar comenzó a bajar y vinieron los deshielos, ella descendió radiante a los valles, donde los ríos filtraban sus aguas hacia canales subterráneos, llevando una gran cantidad de alimentos.  
Eran muchos,  pero cabían apretados en sus brazos. Las papas tenían el tamaño de una pasa, los frijoles eran como granos de trigo, las raíces de la yuka y el camote liliputienses, como un pedacillo de mondadientes.
Hace más o menos 10,000 años, los primeros recolectores encontraron las papas casi a ras  de tierra y escarbaron centenares de finísima piel para agregarlas a su dieta de mariscos y cangrejos. En el caso de kumara o camote  (que se llamó después batata o boniato en México, Centroamérica y el Caribe), les fascinó sus raicillas ligeramente gorditas y dulcetes.

A estas alturas del tiempo muy poco se piensa del proceso de domesticación. Ahora que en el mundo se consumen “nuevas especies de los Andes como la kihura o kinua y la kiwicha, debía recordarse la hazaña de los domesticadores.
Los primeros cultivos deben haber resultado como de un juego, cuando los remotos habitantes de nuestro territorio hicieron huecos con un dedo, escarbando la tierra con la uña, a manera de lampa diminuta, y colocaron allí los pequeñísimos frutos que un día salvaron del hambre a dos gigantes: China y Africa.
Al principio en tierra áspera, árida, y las plantas se secaron. Entonces, buscaron lugares húmedos, pero también se murieron. Al cabo los irrigaron a gotas y brotaron hojitas verdes que protegían a los bebés de papa, de frijol, de camote, de pallar o de calabaza.
En lugar de hacer un monumento a la ojota, ciertos alcaldes sin capacidad para realizar buenos proyectos, deberían levantar monumentos a los antiguos agricultores de Perú, que siguen dando primicias a la Humanidad a través de sus descendientes.

Kumara, quizá una voz aimara, desdeñada por los españoles, siguió la aventura de crecer. Acompañó al hombre de una altura a otra, se solazó en los espacios fértiles, absorbió la dulzura del agua, se diversificó y contribuyó a su vida. Con el nombre científico de lpomoea batatas alcanza una producción del 83% en China. Se conoce al camote blanco, un poco seco, delicioso; al camote amarillo, de pulpa suave. ideal para el ceviche; al camote morado, de las watias, engreído por las señoras chefas del Ande. Más debe haber una buena cantidad de  variedades que  no podemos contabilizar, porque se investiga poco.
La historia del camote es descrita escuetamente por los arqueólogos, como una curiosidad, entre otros vestigios. Sus laboratorios se pierden —como los de todos los alimentos nativos— en las páginas amarillentas de los milenios. El registro de restos encontrados pertenecen a unos 4,000 años a.C. en trabajos de campo. De 1962 a 1988  en basurales  y grupos arqueológicos, enteros o fragmentados con una longitud de dos centímetros o un poco más.

¡Qué habría avizorado el prehistórico observador para advertir un buen sabor  en raíces parcialmente carbonizadas por fuegos (rayos) caídos del cielo!  En la Pampa de Llamas, Casma, Thomas y Sheila Pozorski descubrieron camotes del precerámico a un metro de profundidad, al lado de paltas, ciruelas del fraile, pallar, achiras, lúkumas, yucas, maníes, ajíes y zapallos.
En el valle de las Tortugas, también en Casma,  los investigadores Donald Ugent y Linda W. Peterson vivieron su propia experiencia, trabajando en Waynuma a unos cuantos kilómetros.
Mama Aqsu y Mama Kumara fueron creciendo mediante experimentos casuales o deliberados. Si la semilla caía y germinaba junto a una cabeza o cola de pez, ganaba en tamaño y su opulencia provocaba placer a los paladares ávidos y los estómagos hambrientos. Si las regaban con cuidado, las plantas se erguían con mayor prontitud, como si llegaran a una pubertad insospechada.
En Pachakamaq, Lima, aproximadamente 1,000 años d.C. ya mostraban una personalidad contundente. En el cerro “Las Tres Ventanas” de  Chilca,  el Dr. Frederic Engel encontró camote con ají y tuna, además de  otros alimentos. En “La Centinela”, dentro del reino Chincha, Ugent y Peterson hicieron similares hallazgos. Los chinchas eran mercaderes y llevaban por el litoral y el interior sus cosechas para trocarlas con otros productos.
Más abajo, en Parakas, otros estudiosos los encontraron como ofrendas en los fardos funerarios de sus gobernantes.  Ya habían  dado un paso a la eternidad en otro nivel, como alimentos para la otra vida.
El Centro Internacional de la Papa reconoce el valor del camote como especie alimentaria básica. Según la tradición las mujeres prehispánicas tenían preferencia por este tubérculo que mantenía lozana su piel, el brillo de sus cabellos y su disposición al amor. Está demás hablar de las propiedades de nuestro peruanísimo camote. Evita la ceguera infantil y le llaman Cilera Abana (protector de los niños) en Africa, posee vitamina C, hierro, sodio, ácido fólico y otros benéficos componentes. Otro regalo de los Andes.   


Alfonsina Barrionuevo

domingo, 3 de mayo de 2015

MUJERES PREHISPANICAS DE PODER

En el Perú prehispánico existieron mujeres de poder con todos los atributos de mando. Residencias palaciegas, literas para trasladarse, ricos atavíos y servidores. Al morir hacían su ingreso al otro mundo fastuosamente, llevando objetos de oro y plata así como hermosas telas dignas de su rango. La fama de estas mujeres se extendió en diferentes comarcas, con características singulares. En Cao, por ejemplo, usó deslumbrantes adornos que se prendían a su rostro ocultando sus labios. No hablaban ante los demás mortales y sus órdenes eran transmitidas por los sacerdotes.
Siempre se dice que la  mujer ocupa el lugar de la ternura. Tanto como madre y como compañera de sueños. Sin embargo, hace miles y cientos de años, mujeres elegidas desde el vientre materno llegaron a gobernar. No estuvieron en el lado débil como se cree sino que también representaron la fuerza política, religiosa y social de sus pueblos. Los arqueólogos han descubierto tumbas suntuosas que corresponden a mujeres reinantes, mujeres que ejercían actos de culto y también mujeres guerreras.         
                                              
No se sabe cómo llegaron a ser matriarcas las kapullanas o tallanpomas del norte. Se supone que los continuos enfrentamientos entre los jefes de esas áreas dieron lugar a que sus esposas los reemplazaran. Puede haber sido así o de otra manera que nunca será desentrañada.
Los informes recibidos después por los españoles  indican  que tuvieron decisión y comandaron sus señoríos hasta entrado el siglo XVII. Habría que leer a los cronistas que registraron su existencia. Acerca de ellas queda, como un recuerdo, un cerro en Piura que se llama la Capullana.
Entre los moche, por hallazgos en la segunda mitad del siglo pasado y éste, se puede decir con certeza que participaron en el culto. La “señora” de  Cao, cuyo magnífico entierro fue descubierto por el arqueólogo Régulo Franco, llama la atención por las cuantiosas joyas que se encontraron en su mausoleo. Habría fallecido  muy joven y fue antecedida por otra sacerdotisa, cuya tumba fue hallada vacía porque sus restos fueron trasladados, pero dejó un recinto exquisitamente decorado, alta demostración de respeto.
En la waka del Sol Ricardo Valderrama y Santiago Uceda pudieron reconstruir la contextura de su sacerdotisa por las ropas que llevaba en una cesta de ofrenda. Las prendas definieron su esbeltez, la delicadeza de un cuerpo joven que se envolvía en finas telas. No se ha encontrado su cuerpo. Se perdió siglos atrás cuando su descanso eterno fue perturbado por los buscadores de tesoros.

En la waka Wallamarka, en Lima, otra sacerdotisa despierta asombro entre los visitantes. Ella también murió joven y se nota en sus huesos alargados, sus manos que no conocían el trabajo y su rostro erguido con gracia, que está enmarcado por una undosa cabellera de más de dos metros de largo. El arqueólogo Arturo Jiménez Borja descubrió a su lado una curiosa caja de maquillaje. La sacerdotisa usó un rubor para acentuar sus pómulos y sombras azules para los párpados y el cuello.

La existencia de las gobernantes y sacerdotisas naskas y parakas sólo ha sido revelada por las preciosas cerámicas donde destacan con el señorío de su linaje. Sus atavíos son hermosos y variados. Ellas llevan tocados que señalan su prosapia en los pueblos del litoral sureño.
En el Qosqo o Cusco los chankas, según apuntes de los cronistas sintieron temor cuando enfrentaron a Chañan Qori Kuka, una mujer que comandó  un grupo de defensores de la ciudad sagrada. Sus demostraciones de fuerza espantaron a los agresores a quienes les pareció extraño que una mujer fuera tan terrible.

En Puno un señorío fue gobernado por mujeres guerreras. Las warmipukaras cobraron fama por enfrentarse a los varones con rudeza. Ellas reaccionaban ante las situaciones sin amilanarse y solían ser musculosas por los ejercicios cotidianos a los cuales se sometían.
Hasta hoy, en la Amazonía, hay grupos de mujeres que, en sus momentos de descanso, practican la lucha libre. El escultor Felipe Lettersten logró filmarlas en uno de sus viajes para tomar moldes de yeso de sus habitantes, hombres y mujeres, incluyendo niños. Ellas serían descendientes de otras famosas que dieron nombre al majestuoso río que nace en las alturas de Arequipa, llevando sus caudales de agua al Atlántico. Lettersten pudo captarlas en sus enfrentamientos, con los cuerpos aceitados para hacerlas escurridizas, las melenas ondeando al viento, con todos sus músculos enervados, listos para disfrutar sus competencias.        

Alfonsina Barrionuevo

domingo, 26 de abril de 2015

WAYRA; EL PADRE VIENTO

Conocer a Rosa María Alzamora fue un anticipo de mi encuentro con los Apus. Ella nació en Yukay, en el Valle Sagrado de los Inkas, Qosqo, donde estuvo uno de los aqllawasis o conventos de las víergenes del Sol. Estuve con ella y otras personas haciendo una ofrenda al viento en el santuario inka de Ollantaytanpu. Comenzamos un despacho con klos taitas a las cinco de la tardde en la antigua plaza de Manyaraki, al lafdo de uno de sus muros. Un kuraq akulleq, muy viejo, se encargó de llamarle. A eso de las once de la noche pensó que era un buen momento para que se presentara. La calma era total y parecía imposible que tuviéramos un temporal. El taita comenzó llamándole quedamente con palabras en qechwa de una dulzura indescriptible, recordándole que era su padre desde sus antepasados y que quería comunicarse con él. Poco a poco todo fue cambiando. Comenzó con las manos juntas delante del pecho y a medida que las iba separando tuvimos primero una bruisa gentil, suave como una caricia, aumentando de intensidad cuando las fue separando. Fue increíble como se fue haciendo más fuerte hasta bramar de tal modo que nos mantuvo en vilo. Me pregunté si irñía a levantarnos, pero tampoco se movió uno solo de mis cabellos. Estaba sobre nuestras cabezas poniéndose huracanadoy volento cuando extendió los brazos y los mantuvo completamente abiertos. Nadie habló pero mentalmente cada uno lo saludó, agradeciendo su presencia. Cuando el Kuraq akulleq comenzó a cerrar los brazos y llegó a juntar sus manos sarmentosas el viento fue entrando en ellas, hasta que termino por escurrirse entre sus dedos convertido en leve soplo.

Unos días después me enteré que en Tupe, yauyos, vivió a mediados del siglo pasado un curandero, un anciano respetable llamado Jose Silvestre, a quien pedían ayuda cuando el viento de agosto amenazaba los cultivos.  En privado le rogaba que tuviera consideracion con sus hijos de Tupe, Lima, una tierra áspera con poca agua y cerros de roca sin vegetación. No sé qué regalos le haría. Quizá un poco de cañazo, unas hojas de coca, unas flores. El viento sin duda reflexionaba y asentía porque se desviaba de la dirección en que debía soplar torciendo hacia un desfiladero, donde golpeaba furioso provocando derrumbes y dejando en paz a las débiles matas de papa de los tupinos.
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Notas del libro “Hablando con los Apus”


 ALPAKAS VIAJERAS

Unas patitas nerviosas enfundadas en leggins de última moda y calzadas con unas zapatillas de cadencioso balance, un abrigo de legítima fibra natural y dos ojazos rutilantes que miran asombrados debajo de un cerquillo undoso que cae graciosamente sobre su frente. Toda una dama que pasó por nuestras narices para tomar un vuelo  a Toscana, Italia.
Así tendríamos la visión antropomorfa de una alpaka abordando el jet en el Aeropuerto Internacional Jorge Chávez. Las alpakas conocen esta ruta al viejo continente. Hace varias décadas que su fibra ha sido transportada a Europa y otros destinos. También ellas han sido llevadas vivas, con peso pluma, pues han ido trasquiladas.

Hoy es diferente. Se ha dado un acercamiento interesante de  los Andes a Europa, sin intermediarios. Gracias al Banco Agropecuario (AgroBanco) que ha organizado a 900 familias  en 18 asociaciones de alpakeros de Puno y Cusco, bajo el nombre de Consorcio Alpaquero Perú Export, se ha logrado el envío de un primer lote de 18 nil kilos de fibra hasta el puerto italiano de Livorno, dentro de un Programa Especial de Financiamiento de Fibra de Camélidos.
La unión hace la fuerza y es una buena estrategia. En una entrevista con el economista Carlos Garatea Yori, distinguido miembro del directorio de AgroBanco, le hablé del origen cósmico de los alimentos. Una leyenda sobre el zorro quien se enteró de que habría un banquete de aves en el cielo y consiguió que el cóndor lo llevara de pasajero. Podría despacharse manjares a su gusto y beber sin reparos pero la hora de regreso sería exacta. El zorro comió embebido de néctares maravillosos se durmió. Cuando despertó las aves se habían ido. Tejió una soga y comenzó a bajar a tierra. En el trascurso bromeó con unos loros, a quienes llamó “señorías de nariz jorobada”. Ellos, muy enojados por la burla, le cortaron la cuerda y se cayó. Los alimentos que había comido se esparcieron en los Andes. Inmediatamente el doctor Garatea acotó que si el zorro y el cóndor se hubieran asociado –el principio de asociatividad que quiere el banco para la gente de campo- tendríamos una mayor cuota alimentaria. Ciertísimo.   

La vida de los alpakeros es muy azarosa en la puna donde les toca vivir prácticamente discriminados y aislados por dedicarse al pastoreo de estos hermosos animales. Salir de allí sería  más difícil que escapar de la famosa prisión americana “El Alcatraz” porque no tienen adónde ir. En esas alturas, por ejemplo, la ropa no seca en una semana y las madres no tienen cómo cambiar a sus bebés y las enfermedades broncopulmonares son agudas. Muchos niños mueren antes del año de vida.
En cuanto a la alpaka el arqueólogo Duccio Bonavía explicaba como en tiempos prehispánicos fue reina y señora de los Andes. Al llegar la oveja y la vaca españolas resultó confinada a la penúltima región andina. De allí sólo queda el inhabitable imperio de las nieves eternas. En esa época cuando el frío se intensificaba los rebaños bajaban a climas tibios donde se reproducían sin que las crías  muriesen.

Actualmente, según últimas noticias, se ha comenzado a construir en algunos lugares cobertizos que alivian su situación. Con el tiempo habrá que ver se les provea de pasturas. La gente de ciudad cree con suma indiferencia que están acostumbrados, -seres humanos y animales-, a esas alturas, pero el asunto es muy complejo y hay que vivirlo para atreverse a dar soluciones.
Al unirse y obtener ganancias saludables los alpakeros podrán mejorar pero siempre y cuando haya una intervención inteligente y justa. En el caso del Consorcio Alpaquero Perú Export, con AgroBanco y el Ministerio de Agricultura y Riego, se les abre un horizonte de esperanza. Los Andes no sólo son de plata, como escribía en verso el poeta José Santos Chocano, también son de nervio y voluntad, pues se trata del habitat de miles de peruanos integrados en comunidades que suman a la extrema pobreza las inclemencias del clima.

Los tops que se han exportado son de alpaka Wakaya (fibra corta) de las calidades Royal, Baby, Flecce, Huarizo y grueso, por un valor de 361 mil dólares. Un segundo embarque de fibra de alpaka Suri (larga) completa las primeras remesas. La compradora es la empresa textil  Pecci Filata Spa, de Toscana.
La idea es sacar a las familias de alpakeros que subsisten precariamente en la región altoandina donde la única actividad económica es la crianza de camélidos. El doctor Garatea manifiesta que existe el propósito de que los créditos lleguen a ampliarse en el futuro para el mejoramiento genético, levantar más instalaciones,  disponer de una buena cantidad de pasturas, tener manejo técnico y otros adelantos ligados al sector.

En una información de AgroBanco sobre la  promoción de la asociatividad y el fortalecimiento de las organizaciones de pequeños productores y criadores de alpakas, con la participación de Sierra Exportadora, unas 236 agrupaciones de alpakeros de Cusco, Puno y Arequipa podrán acceder a un financiamiento para salir a flote.  
Por ahora tenemos la  exportacion  de fibra procesada en tops. Esperemos que un día los alpakeros exporten tejidos con la misma calidad de los tejedores del Tiawanaku, cuyas telas, tapices, gorros, bolsas y fajas, siguen asombrando al mundo por su finura y diseño.

Alfonsina Barrionuevo


sábado, 18 de abril de 2015

PALABRAS SEMBRADAS AL VIENTO

Alguien dijo una vez que había arado en el mar, por decir que había hecho un trabajo inútil.  Nunca he dejado de pensar que lo que hago es servir al Perú.  Me gusta haberle entregado mi vida. Eso podría hacerme delirar si tuviera fiebre.  No importa que un día pierda mi sombra porque ya no estoy pero valió la pena. Las semillas crecerán aunque mi nombre se evapore en mi última lágrima. Siento con alegría que me voy fundiendo con los rayos de sol que ya no entrarán por mi ventana. Aquí sigo preparando mi Exposición fotográfica con las maravillas capturadas por José Alvarez Blas y Fernando Seminario Solaligue. Sus fotos darán imagen a mis investigaciones sobre las wakas o sitios sagrados del Cusco. Siendo una ciudad con una historia magnífica es justo que se conozca en su etapa  más importante y se divulgue. Estoy luchando por llevarla a cabo y lo haré de todas formas.  Bastante difícil obtener ayuda, debo tocar cien puertas que alguna se abrirá.  Me falta lo necesario para el montaje y otros gastos para llevar la muestra a la ciudad imperial.  Aún hay tiempo y espero vender los últimos ejemplares de mi libro “Hablando con los Apus” con “Templos Sagrados de Machupiqchu”” en cien soles. 

Si los compran podré seguir adelante. Si Ud. se anima, amigo lector, escríbame a miskha@terra.com.pe. No quiero que estas palabras se vayan al viento. Es urgente para mí que germinen para realizar los sueños. Este año terminaré de escribir mi libro “La Memoria de los Khipukamayoq”. Para el próximo no sé qué otro proyecto aparecerá.  Gracias.           


SERENATA  PARA  LA KINUA

En  los Andes Centrales los agricultores  cantan y bailan para animar a la kinua (Chenopodium quinoa) en setiembre.  Los hombres se mueven como sombras cuando arranca un cohete en único disparo. La noche sembrada de estrellas propicia  la serenata, se hace confidente de la quena y la tinya, y parpadea desde el surco tras el primer corte cuando los pies del cortador bordan encajes sobre los tallos heridos. Después la voz dibuja ternuras en el campo donde las panojas se yerguen con millares de granos, como si escucharan. 
“En Tunso, Concepción, y en San Juan de Iscos,  existen canciones antiguas,“  declara el escritor Simeón Orellana, doctor Honoris Causa de la Universidad del Centro, quien tiene documentados los trajes nativos que se usan todavía en los poblados.
La kinua aprendió a vivir con los agricultores de las partes bajas del lago Titiqaqa y fue amada por ellos hace miles de años, dejando de ser áspera y espinosa como sus parientes. Una leyenda aimara dice que fue un regalo astral que llenó los campos con estrellas y arco iris luminosos. Con tres mil variedades o genotipos es innegable que su habitat originario fue el altiplano, a 3,800 metros.

No deja de ser curioso que en tierra wanka, particularmente Chahuac,  Chupaca,  se conserven canciones,  bailes y  música como cariñosa  ofrenda. En Cusco y Ancash hay rezagos por investigar de expresiones  dedicadas a la quinua, que son puro sentimiento.
En el siglo XVI  a la vez que se dio la dominación española también se sometió especies animales y vegetales.  El arroz, el trigo y la cebada se enseñorearon en las mejores tierras y si bien la papa, tubérculo andino, logró conquistar las mesas europeas recordemos cuánto tuvo que batallar la Aqsumama o madre papa para ser aceptada.  Por paradoja no está siempre en la canasta familiar por su alto precio.
A la kinua,  casi vecina de chacra,  no le fue mejor y estuvo a punto de perecer. Sobrevivió en una cuerda floja más allá de la segunda mitad del siglo pasado, manteniéndose como una refugiada en las comunidades más pobres de la Cordillera. Su consumo se fue atomizando y se salvó sólo por la inusitada demanda de su grano en el extranjero. De pronto Bolivia, país conque la compartimos igual que Colombia, Argentina, Ecuador y Chile, -por donde se extendió el Tawantinsuyu-  inició su exportación. Así terminó su destierro  en las punas. 
“Actualmente se trabaja su aclimatación a nivel del mar”, comenta la ingeniera Elsa Varallanos, del Instituto Nacional de Investigación Agraria (INIA). “En el Perú la kinua o quinuas blancas, negras o púrpuras se posicionan cuando se logra el mejoramiento de variedades comerciales. Lo estamos haciendo con la blanca Salcedo, la blanca Junín, la pasankalla de color vino  que es dulce por su bajo contenido de saponina y  la negra qollana,  igualmente dulce, las dos de Puno,  y la amarilla sakaka medio anaranjada.”

En el Año Internacional de la Quinua se consideró su alto valor.  El grano de oro de los Inkas, llamado así por haber intensificado Pachakuti su distribución, merece alcanzar otra clasificación y que se le deje de nombrar como “pseudo cereal”,  frente a la avena,  el arroz, la cebada, el centeno, el trigo, el sorgo o el sésamo.
Las numerosas  variedades que hay en los Andes peruanos, dicen los técnicos de la FAO, son una reserva para el futuro de la Humanidad.  La falta de agua que se avecina con los cambios climáticos la hará invalorable para el planeta. En los últimos años se está introduciendo con carácter experimental en Europa (Francia e Italia), Asia y Africa.

Habiendo sido criado en la soledad de los páramos, soportando condiciones extremas, sus características son increíblemente gloriosas. Los cultivos o cultivares enfrentan los vientos creando un microclima,  almacenan hasta la última gota de lluvias mínimas y escasas, resisten las heladas encapsulando su floración  y  aprovechan los minerales de los suelos áridos en su  beneficio. 
El diminuto grano de kihura, confundido por los cronistas íberos con el poco apreciado “bledo” de su campiña, tiene la potencia de un gigante. Sus proteínas, aminoácidos esenciales  y vitaminas refuerzan la energía muscular, previenen los daños hepáticos,  mantienen buenos niveles de azúcar y colesterol en la sangre, combaten los radicales libres, ayudan a reducir la anemia y la osteoporosis,  incrementan el colágeno, colaboran en la disminución de la impotencia y la frigidez, interactúan en problemas del sistema nervioso como la memoria, el aprendizaje y la plasticidad neuronal, la depresión, la ansiedad y el estrés. Valores a los que se agregan significativamente minerales como potasio, manganeso, fósforo, zinc, cobre y litio.

Las plantas que son hermafroditas, rabiosamente feministas, se autopolinizan. Su tallo alcanza los tres metros de altura, sus hojas se parecen a una pata de ganso, de donde proviene su nombre científico, y sus panojas de flores pequeñas sin pétalos, albergan miles de semillas. 
En los siglos XVI y XVII los extirpadores de idolatrías la persiguieron como grano herético, porque los sacerdotes inkas lo usaban en sus ceremonias.  En esos tiempos aplicaba a una voz qechwa, chisiyamama, que querría decir: “madre de las semillas”. Los kallawayas, curanderos del altiplano, ponían emplastos de quinua para curar golpes y fracturas de huesos.
En el presente siglo su carrera es triunfal.  Se aleja de la humilde lawa y del sencillo pesqe, tan queridos en el Ande, para ser ingrediente de lujo de exóticas creaciones gastronómicas. El bolsillo popular se adelgaza y sólo queda la esperanza de su florecimiento en las provincias costeras para combatir la desnutrición y la pobreza.

 Alfonsina Barrionuevo

domingo, 12 de abril de 2015

SE AGOTA “HABLANDO CON LOS APUS”

En los últimos meses tengo muchas llamadas preguntando por mi libro “Hablando con los Apus”. Me dicen que han ido por librerías en Lima y no lo tienen. He consultado con la señora Victoria Cano, encargada de mis libros, y me ha dicho que deben quedar unos veinte ejemplares.  De allí le pediré un par para mí y así se terminará la edición como los de otros libros anteriores. No sé si sentir pena o satisfacción. No podré volver a publicar “Hablando con los Apus” pero, al menos están en las manos de los que aprecian el trabajo realizado. Han sido cinco años dedicados a ir a Cusco, asistir a la mesa de Mario Cama, preguntar sobre una serie de temas a los Apus y Pachamamas y finalmente escribir.

Ahora estoy batallando por auspicios para mi Exposición de Fotografías sobre las Wakas de Qosqo y no encuentro apoyo para esa muestra que se llevará a cabo de todos modos. Creo que tendrán que salir los últimos ejemplares de los Apus con el libro “Templos Sagrados de Machupiqchu”, para que pueda recaudar algo para el montaje. Difícil trabajar así. La cultura la tenemos devaluada en general y no podemos conservar el gran capital que recibimos como herencia de los antepasados milenarios. No tenemos un gran Museo en Lima y tampoco en Cusco para comenzar. Las investigaciones no van a los colegios ni a las universidades. Se archivan y amén.  Cada día llegan miles de turistas a Cusco y recorren las calles sin saber por donde caminan, arrastrados por la información turística superficial que no hace honor al Qosqo Inka ni a Machupiqchu Necesitamos que nos conozcan mejor y que haya un mayor respeto a los pocos testimonios que nos quedan. Es urgente preservar lo que hay. Cada piedra tallada y pulida con pasión tiene un mensaje que dar.
Nos debemos a las manos extraordinarias que las cortaron y prepararon para los edificios religiosos y civiles. Que todos sepan por qué el Qosqo fue sagrado para el mundo andino.


RUMBO AL PHUTUKUSI

El Phutukusi entró en mi vida a través de mi cámara fotográfíca. Enfoqué uno de los cerros majestuosos que rodean a Machupiqchu y allí estaba él, asomándose con curiosidad desde su acera verde. Su cumbre ovalada me gustó. Se veía muy buen mozo. Alguna vez diría como en sueños: “Soy un cerro alto.” Este Apu y el Kutija son los principales guardianes del santuario. Desde entonces el Phutukusi imantó mis miradas. Cuando iba las atraía y retozaba en mis pupilas.  
Nunca pensé en ascender al cerro. Lo veía inaccesible. Ni soñar en aventurarse alguna vez entre su fronda virgen. Hasta que me enteré que habían hecho una escalera con troncos de árboles para llegar a su cima. Desde allí se veía el santuario arropado entre nieblas o con el arco iris dormitando  entre el Intipunku, “la Puerta del Sol” y Wayna Piqchu. Yo tenía que ir.

La última vez que fui a Machupiqchu pensé en no volver. Ha cambiado mucho desde que nos conocimos. Me gustaban sus jardines llenos de orquídeas. El ingreso un tanto agreste por un pasadizo que se abría entre hojarascas. Antes de seguir me gustaba sentarme en una banca que parecía colgar sobre sus abismos. En silencio sentía el encanto de su paisaje. Pequeños detalles que ya no existen. Hoy se entra empujando una media puerta de metal como si se tratara de un supermercado. El toque mágico en sus templos persiste, pero lo siento cansado, soportando a diario una carga humana que busca olvidar el ruido de la globalización.
El Putukusi me ofrecía la oportunidad de verlo, trascendente, como antes, al asomarme en su mirador que convierte en una hilacha los caudales del río Willkamayu o Urupanpa, cuando cambia de nombre al entrar al cañón. Desde allí podía moverme despaciosamente, entre los templos sacros, como si estuviera en un globo de cristal. Redescubrir su grandeza entre el vaho denso que baja del cielo y se va disipando a medida que camina la mañana.
Abril prendía aún sus agujas de agua sobre las tejas de los bungalows de Machupiqchu Pueblo Hotel de Inkaterra. En la rupa rupa los cántaros del cielo se derraman y la lluvia desmadeja sus cabellos en cualquier momento. Sucede mucho entre noviembre y marzo.

Podía haber esperado un par de semanas pero tanto yo como Verónica Haaker, que se entusiasmó con la idea de subir a tomar energía del Apu, teníamos acelerado el reloj  del tiempo y  mayo ya estaba hipotecado. Iba a ser mi último esfuerzo olvidando muchas cosas, mi riesgo de fractura en las muñecas, las hernias en la columna vertebral por una caída que me oprovocan un constante dolor, dos intervenciones quirúrgicas esperando y la advertencia de que no hiciera esfuerzos.  
El día anterior había llovido largamente. ¡Qué lindo es ver la lluvia detrás de la ventana, con fuego en la chimenea! La sentíamos cantarina casi sobre nuestras cabezas. Podía ser que se diera una tregua al día siguiente. “Febrero loco, marzo borracho, abril gotas mil”, solía decir mi padre. Bendito mes, cuando el  sol se toma unos días de vacaciones.

Las escaleras que  ha puesto el Inrena están acordes con el medio ambiente. Los árboles cortados y tendidos en cinco trechos, dos muy largos, uno mediano  y dos cortos. Los peldaños, igual. Subir y bajar es una aventura fascinante porque hay que moverse trepando de uno a otro con las manos en continuo movimiento para avanzar y lo mismo con las piernas, justo como un oso. Se baja de la misma manera, de espaldas,  y es más rápido. Los peldaños estaban húmedos y barrosos pero eso forma parte de una caminata a campo abierto. Pensándolo sinceramente vencer las escaleras fue relativamente fácil. Un cable tensado como una soga en las primeras ayudó mucho. Faltaba un travesaño y quise sobrepasarlo. No pude y quedé colgando del cable. Felizmente el guía que nos acompañaba me ayudó a volver a la escalera.

Trepar el cerro es más difícil y prueba la resistencia porque hay piedras grandes y chicas, gradas a medias y lugares fangosos por la lluvia, que nos impidieron gozar del hallazgo en el camino de joyas vegetales, orquídeas, otras flores de diferentes colores y, de vez en cuando, el canto o el vuelo de un pajarillo de alas en salsa de colores, incluyendo el rojo fuego del gallito de las rocas.
“Cuando vengas, -me dijo el señor Phutukusi en una mesa que me parece de sueños, -ve con cuidado siempre a la izquierda. A la derecha puede haber culebras. Arriba hay un templo y otras construcciones inkas.” Yo lo escuché con atención y lo olvidé después.  No creí que diez años más tarde estaría escalando el Apu sin fatiga después de haberle pedido con un k’intu de coca permiso para entrar en su territorio.

No le faltaba razón, parte del camino es inka pero descuidado, roto, con las piedras arrancadas por la vegetación y el agua. Arriba no se ve nada. Todo está cubierto por el monte. “Es importante, dijo.”  No sería extraño que se encuentre un santuario más en el entorno que irradia la luz de tres mundos. Una prospección arqueológica puede comprobar  sus palabras. Las escaleras de troncos de árboles son un acierto. No disturban la armonía del lugar. Desde abajo están prácticamente ocultas y si bien faltaban unas gradas se renuevan cada año según hemos podido saber.        
Había hecho el recorrido del Camino Inka de cuatro días. Al llegar a Warmiwañuska, el abra donde se comienza a descender al Inti Punku, más de 4,000 metros sobre el nivel del mar me sentí en mi elemento. Soy una periodista de alturas. La ascensión al Phutukusi toma sólo horas, más o menos unos 500 metros de altura, pero fue muy fuerte. Además había hecho un gasto de energía inútil el día anterior en el Valle Sagrado recorriendo un campo donde la hierba había crecido mucho. Me hundía al caminar y parecía que llevaba kilos en los tobillos.

Me hubiera gustado acampar en su cima. Me preocupó ver que la  lluvia se venía a pasos agigantados y di la vuelta con pesar. En la subida sentí como disfruta la naturaleza de su libertad, no estar aprisionada por el cemento, no escuchar otros sonidos que los suyos propios, sumergirse en sus silencios y percibir ampliamente el perfume de las flores y el canto de las aves.
Ya tenemos tantos cerros cautivos, padeciendo la presencia de los seres humanos, que quisiera que se quitaran las escaleras al Phutukusi, le dije a  Luis Sánchez, el guía que nos acompañó. Sé que no lo harán. El camino está abierto. Este mismo artículo que estoy escribiendo será un incentivo. Sólo se debe hacer que la subida y la bajada sean siempre agrestes para preservar su intimidad.


 Alfonsina Barrionuevo