MUJERES PREHISPANICAS DE PODER
En el Perú prehispánico
existieron mujeres de poder con todos los atributos de mando. Residencias palaciegas,
literas para trasladarse, ricos atavíos y servidores. Al morir hacían su
ingreso al otro mundo fastuosamente, llevando objetos de oro y plata así como
hermosas telas dignas de su rango. La fama de estas mujeres se extendió en
diferentes comarcas, con características singulares. En Cao, por ejemplo, usó deslumbrantes
adornos que se prendían a su rostro ocultando sus labios. No hablaban ante los
demás mortales y sus órdenes eran transmitidas por los sacerdotes.
Siempre se dice que la mujer ocupa el lugar de la ternura. Tanto como
madre y como compañera de sueños. Sin embargo, hace miles y cientos de años,
mujeres elegidas desde el vientre materno llegaron a gobernar. No estuvieron en
el lado débil como se cree sino que también representaron la fuerza política,
religiosa y social de sus pueblos. Los arqueólogos han descubierto tumbas
suntuosas que corresponden a mujeres reinantes, mujeres que ejercían actos de
culto y también mujeres guerreras.
No se sabe cómo llegaron a ser
matriarcas las kapullanas o tallanpomas del norte. Se supone que los continuos
enfrentamientos entre los jefes de esas áreas dieron lugar a que sus esposas
los reemplazaran. Puede haber sido así o de otra manera que nunca será
desentrañada.
Los informes recibidos después
por los españoles indican que tuvieron decisión y comandaron sus
señoríos hasta entrado el siglo XVII. Habría que leer a los cronistas que
registraron su existencia. Acerca de ellas queda, como un recuerdo, un cerro en
Piura que se llama la Capullana.
Entre los moche, por hallazgos
en la segunda mitad del siglo pasado y éste, se puede decir con certeza que
participaron en el culto. La “señora” de
Cao, cuyo magnífico entierro fue descubierto por el arqueólogo Régulo
Franco, llama la atención por las cuantiosas joyas que se encontraron en su
mausoleo. Habría fallecido muy joven y
fue antecedida por otra sacerdotisa, cuya tumba fue hallada vacía porque sus
restos fueron trasladados, pero dejó un recinto exquisitamente decorado, alta
demostración de respeto.
En la waka del Sol Ricardo
Valderrama y Santiago Uceda pudieron reconstruir la contextura de su
sacerdotisa por las ropas que llevaba en una cesta de ofrenda. Las prendas
definieron su esbeltez, la delicadeza de un cuerpo joven que se envolvía en
finas telas. No se ha encontrado su cuerpo. Se perdió siglos atrás cuando su descanso
eterno fue perturbado por los buscadores de tesoros.
La existencia de las gobernantes
y sacerdotisas naskas y parakas sólo ha sido revelada por las preciosas
cerámicas donde destacan con el señorío de su linaje. Sus atavíos son hermosos
y variados. Ellas llevan tocados que señalan su prosapia en los pueblos del
litoral sureño.
En el Qosqo o Cusco los
chankas, según apuntes de los cronistas sintieron temor cuando enfrentaron a
Chañan Qori Kuka, una mujer que comandó un
grupo de defensores de la ciudad sagrada. Sus demostraciones de fuerza
espantaron a los agresores a quienes les pareció extraño que una mujer fuera
tan terrible.
En Puno un señorío fue
gobernado por mujeres guerreras. Las warmipukaras cobraron fama por enfrentarse
a los varones con rudeza. Ellas reaccionaban ante las situaciones sin
amilanarse y solían ser musculosas por los ejercicios cotidianos a los cuales
se sometían.
Hasta hoy, en la Amazonía, hay
grupos de mujeres que, en sus momentos de descanso, practican la lucha libre.
El escultor Felipe Lettersten logró filmarlas en uno de sus viajes para tomar
moldes de yeso de sus habitantes, hombres y mujeres, incluyendo niños. Ellas
serían descendientes de otras famosas que dieron nombre al majestuoso río que
nace en las alturas de Arequipa, llevando sus caudales de agua al Atlántico.
Lettersten pudo captarlas en sus enfrentamientos, con los cuerpos aceitados
para hacerlas escurridizas, las melenas ondeando al viento, con todos sus
músculos enervados, listos para disfrutar sus competencias.
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