SUBARAURA
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Foto: Fernando Seminario S. |
He vivido en Santo Domingo, Cusco, mucho tiempo y jamás imaginé cuánto
estoy encontrando hasta ahora. Recuerdo los catecismos dominicales cuando nos reunían
a la gente menuda del barrio para rezar el santo rosario; la gran torre cuyas
campanas nos despertaban con sus sones al vuelo, la imposición del cíngulo de
Santo Tomás de Aquino, las miradas por encima de la reja del huerto dominico
que daba a Arrayánpata, las bodegas de la esquina donde compraba pan de Huaro,
el pequeño café donde servían muy temprano la nata deliciosa, el colegio
mercedario cobijo de chiquillas con uniforme marinero, pero nada de Subaraura, la gran piedra o wanka
que manejaba el sistema pétreo de Qosqo. El torreón del Qorikancha formaba
parte del miraje cotidiano sin que se supiera nada más.
Ahora, tiene para mí otra connotación. Cuando miro el muro semicircular amorosamente
pulido pienso en una gigantesca roca clavada a varios metros de profundidad,
-de tal manera que se creyó que esa parte estaba sobre otro templo prehispánico-
porque no se sospechaba su existencia.
En Machupiqchu hay otro muro a semejanza de ése y también una wanka.
Pensando en ella me figuro cómo será ésta, magnífica, intocada tal como
apareció después de que el lago Morkill se vació. Con su cima coronada de estrellas,
soles, lluvias, neblinas. cantos de pájaros. La madre piedra que fue respetada
por los Inkas y que hoy se halla oculta y sosteniendo en uno de sus extremos el
altar mayor de la iglesia. Algún día
deben quitarse las baldosas que la cubren y dejar que se vea. No atenta contra
el templo. Ella tiene su propia majestad. Algo más del Qosqo Inka que puede
aflorar para ser reconocida.
LOS
REYES MAGOS DE SAN PABLO
Melchor,
Gaspar y Baltazar
vuelven siempre a San Pablo, tierra legendaria de plateros en Cusco. Aunque los
actores del distrito no sepan mucho de su historia celebran el auto sacramental
como hace más de cuatrocientos años.
Para esos días las fraguas se apagan,
los fuelles de pergamino de cabra se cierran, y, el cobre de sus peroles se
enfría. El 6 de enero con pretexto de la fiesta la gente salió de sus casas, hubo
feria de frutas en la plaza y compra y venta de ganado en la panpa del municipio.
También misa, pero el número principal,
como siempre, fue la Carrera de los Reyes Magos a cuya suerte se confía la
prosperidad o se atribuye la miseria venidera.
Si gana el español o sea el rey blanco
habrá abundancia y dinero. Si triunfador es el rey indio las cosechas serán
buenas. Si vence el rey negro habrá que soportar la hambruna, dicen los vecinos
persignándose para alejar los hados malos.
La mañana suele ser casi siempre
lluviosa. Estuve allí cuando Doroteo Tito, el ecónomo de la iglesia, sacó con
mucho cuidado al Niño Navidad de su urna, soplando el polvo y las telarañas que lo cubren. Los
comuneros de Rocona, Sunqoña, Chara, Sunchuchumo y Akala, bajaron las cruces de las apachetas, cubiertas con
flores, para que el taita cura las bendiga.
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Foto: Alfonsina Barrionuevo |
Sólo así podrán atajar al granizo en
los días de tormenta. Sus ayudantes arreglaron las andas de Mamanchiq Belenta,
la Virgen de Reyes, que en cada carrera anual interviene “regalando favores al
afortunado”.
En el atrio montaba guardia el busto
en bronce, también trabajo de los plateros sampablinos, del párroco Manuel
Ponce que además de rezar refaccionó la iglesia, ayudó a hacer el puente de
Santa Bárbara y participó en otras obras públicas que le conquistaron la gratitud
del vecindario. Adentro, en la penumbra, se arruman mohosos el Patrón Santiago,
un San Pablo penitente y el Niño de Praga o Wawa Wiraqocha.
También enormes lienzos donados en
1676 por Juan Yupanqui y Melchor Tauri y otros tesoros antiguos, casullas
doradas y plateadas, manteles de encaje y capas con flecos oxidados, que de
tiempo en tiempo los sampablinos dan de baja de común acuerdo.
Hace muchísimos años eran los ricos
kurakas de Canchis los que montaban el auto sacramental de los Reyes Magos a
instancias de los doctrineros que inventaron mil recursos para aumentar sus
prebendas.
El papel de cada uno, me dijo Isaac
Aragón, se heredaba como si fuera un mayorazgo de padres a hijos, hasta que fue
decayendo. Hubiera desaparecido de no ser don Angel Tito , bachiller a mediados
del siglo pasado que tomó con infinita ternura y responsabilidad la presentación
de Herodes y los pintorescos monarcas.
En traje de civil arrugado, mustio,
casi sordo, don Angel estaba muy lejos de ser el actor ideal para interpretar al
orgulloso sátrapa israelita. Pero, había que verlo después, “en su balcón” de
la plaza principal en ropa de carácter.
El hombre renacía dentro de la túnica
larga, manto de florones, máscara con barbas
venerables y turbante con corona, dejando de ser el anciano ruinoso y apático, para
adquirir fuego y sacar a escena una vena histriónica insospechada. Por algo era
Herodes desde hacía cincuenta años.
A su lado, como segundón, estaba su
secretario de levita, Eloy Cruz, y entre los dos, sólo con ademanes y
movimientos de cabeza, lograban entretener a todo el auditorio, haciéndolo
estallar en carcajadas. Herodes dictaba, no se sabe qué, y su escribano redactaba
el contenido con una pluma de pato marcando puntos y comas imaginarios.
De vez en cuando los dos recorrían el
horizonte con su catalejo de dos linternas unidas, para ver si llegaban los
reyes y se rascaban impacientemente la coronilla.
Hasta que al son de pututus aparecían
por una esquina de la plaza.
La estrella de Belén es sólo de hojalata. Alguna vez fue de
oro, después de plata y el ángel con alas de crepé y traje blanco era un mocetón
que contenía apenas a su arisca cabalgadura. Melchor, Gaspar y Baltazar, cuyos nombres
han sido casi olvidados, lucían vistosas capas raídas por el uso y montaban
potros cerriles, bien cuidados para la competencia.
El diálogo duraba apenas minutos pero
era suficiente para que los chicuelos se enteraran que buscaban al Niño Dios.
Luego, todo el mundo corría a la panpa donde ellos ya se estaban poniendo en su
sitio.
La Virgen de Belén es siempre “la
presidenta” pero el juez de partida es el vecino principal y el juez de llegada
un funcionario estatal.
En las vísperas y sin testigos cada
rey con su respectivo altomisayoq hicieron los pagos a la tierra, invocando a
los manes tutelares de San Pablo, Apus y aukis, para que “amarren” las patas de
los caballos rivales y “pongan alas” al suyo.
El acto es de carácter ritual y cada
uno tiene que cumplir, no se le puede engañar al tiempo. Sólo quienes triunfan
tienen derecho a la prosperidad y a la riqueza, bajo el disfraz de los monarcas
orientales que, en San Pablo, corren como vulgares mortales.
El que gana recibe en premio al Niño
Navidad para ser su mayordomo al año siguiente.
Según la tradición el año será bueno para
las comunidades del rey que gane. Si no, no importa. Los plateros sampablinos,
expertos desde antaño, en “acuñar” monedas de plata de nueve y cinco décimos
afirman socarronamente que puede ser más negocio acuñar monedas. Esta no es una
broma. Son capaces de hacerlas aunque no lo lleven a la práctica.
Alfonsina
Barrionuevo
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