domingo, 28 de octubre de 2018

VAMPIROS Y PAJUROS


VAMPIROS Y PAJUROS 
     
Su aliento quemaba pero el lente de la cámara se aproximó lo más cerca que pudo y captó en primer plano la mirada malévola de sus ojuelos inyectados de rojo. Retrocedió milímetros y lo capturó cuando abría la feroz boca encolmillada para lanzar un rabioso chillido. A toda pantalla se sentía su furia. Volteó además la diminuta cabeza y mordió el dedo del médico que lo sostenía. No hubo cuidado. El guante que tenía el doctor Málaga era especial. 
Fue mi primer encuentro con un murciélago vampiro vivo cuando Manchay era un lugar agreste, en los extramuros de Lima. Me dijeron que mordían hasta niños.
Un año después lo vi en un documental del National Geographic. Estaba casi oscuro cuando se desplazó como un minúsculo hombrecillo, saltando con suma cautela entre las piedras donde descansaban los lobos marinos de Parakas.
Quiso morder en la oreja a uno, pero éste lo lanzó a muchos metros de un manotazo. Volvió a la carga cuando dormía y logró su intento. Hincó sus colmillos y se apartó. Fue suficiente. Después se puso a lamer su sangre en la herida abierta. Volvería cientos de veces y el otro nunca se percataría. Así son los vampiros tropicales.
No sabía que en nuestra Amazonía había una diversidad de murciélagos. No solo vampiros. En una tarde tormentosa fui al Zoológico del Bronx en Nueva York. Nos refugiamos en el espacio destinado a murciélagos vivos  porque arreciaba la lluvia, aunque sin esperar nada sensacional. Pero fue todo lo contrario, porque para mí fue un descubrimiento inesperado. La ambientación excelente, en penumbra, nos introdujo a un sector de selva viva, con árboles y riachuelos, donde aquellos volaban de un lado a otro tras una gruesa mampara de vidrio prácticamente invisible.

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Fue fascinante. Había murciélagos fruteros, murciélagos picaflores que absorbían la miel con su sorbete natural, murciélagos pescadores, murciélagos de un tamaño increíble,  algo más grandes que un kuye, que se pasaban raudos de una rama a otra, con una piel finísima que me hizo recordar a Atawallpa, el príncipe cusqueño. En Cajamarca, almorzando con Pedro Pizarro, se le derramó un poco de comida en el traje y salió a cambiarse. Este se asombró al verle retornar con uno que parecía de un lujoso terciopelo y cómo no, había sido armado con decenas de cueritos del pecho de unos voladores que mordían y habían sido llevados de ¡muy lejos!, Tumbes.
Apreté un botón y salió una reseña que me llenó de orgullo. Los extrañísimos murciélagos que estaba viendo eran en su mayoría del Perú,  donde había más de 500 variedades: ¡Una locura!
Los científicos que se dedican a estudiar lo que tenemos en nuestro territorio, aseguran algo muy cierto: En el Perú hay especies de flora y fauna que están desapareciendo sin que hayan sido registradas, porque lo existente es vastísimo.
Cada árbol, además de formar parte de ese pulmón que oxigena al planeta, es como un gigantesco rascacielos con pisos que albergan una infinidad de especies. Cuando se talan, los “inquilinos” son desalojados y tienen que huir aceleradamente. La tierra y el agua son el hábitat de otras tantas asombrosas  criaturas en formas, tamaños y colores. Ni la imaginación más fértil podría hacer lo que es obra de la naturaleza. En sapos he visto unos que parecen pintados como si fueran flores y flores donde el arco iris ha colocado su pintura con una gracia imposible de imaginar.
Pasando por nuestro germoplasma agroalimentario tenemos una diversidad de plantas medicinales increíble. En una feria limeña se pudo ver un extraño fruto llamado “teta de vaca” por su forma, con capacidad para limpiar uñas de los hongos más rebeldes. En Yarinaqocha, Pucallpa, una investigadora americana me mostró un pequeño arbusto que, según dijo, podía acabar con la calvicie y hacer que los varones conservasen undosas cabelleras. Me mostró su libro, un “best seller”,  y se fue rezongando de nuestra ignorancia. Lastimosamente no tuve a la mano una cámara para fotografiarla con la primicia vegetal.
En la cabecera del país los pajuros, especie de papas que crecen en  árboles coposos, son una delicia para cajamarquinos y amazonenses que no llegan a nuestros mercados. Sus frutos se mecen en una vaina grande como el pakae que parece una cuna. Los comen en el desayuno, mientras que en la ciudad es rutinario el té con pan francés, al que se ha sumado el serranito”, con  semejanza a las chaplas ayacuchanas, huancavelicanas y otras conocidas sólo en sus lugares de origen. Pan que huele a arrayán, a algarrobo, a eucalipto y a otras ramas que calientan los hornos donde se cuecen y que son su singularidad.
Hay mucho que mencionar, de vez en cuando aparece una que otra novedad como la llullucha que mencionaba Guaman Poma. El Perú, nuestra patria, es ¡un gigante! en recursos genéticos y culturas asociadas a estos bienes naturales.

domingo, 21 de octubre de 2018


TESOROS VIVOS DEL MAR

Durante muchos años pensé que nos faltaba tener corales para completar nuestras maravillas. Un día entrevisté a Yuri Hooker de la Universidad Cayetano Heredia y me mostró videos y fotos. Teníamos un mar sorprendente con una diversidad de criaturas y entre ellas … ¡corales!  En este blog repito mi escrito del 2014 porque hace poco han estado en nuestro Mar Pacífico Tropical un grupo de exploradores, científicos y fotógrafos submarinos convocados por la Follow E.G.S. ONG americana liderada por el piurano Eduardo Salcedo. Ellos difundirán su riqueza a nivel mundial. Va siendo hora de que desde Punta Sal a Isla Foca sea reconocida por el gobierno como área protegida. Los depredadores surgen por todas partes.

DESCUBRIENDO ISLA FOCA

Corceles liliputienses, estrellas esponjosas, anémonas albas, medusas urticantes, babosas lumínicas, erizos cortantes, peces vestidos de amor, tiburones masticadores de cangrejos, praderas de algas, ‘jardines’ de corales, y otras extrañas criaturas,  forman la alucinante fauna submarina, única en el mundo por habitar entre aguas frías y calientes. El biólogo Yuri Hooker y su equipo llaman la atención sobre estos hallazgos vivientes en Isla Foca, y piden su protección.
Los peruanos sabemos  que gracias a la corriente fría que corre a lo largo de la costa – Corriente Peruana o de Humboldt-  nuestro mar se convierte en una despensa provista de  cardúmenes de peces. Sin embargo,  aparece Yuri Hooker, biólogo, oceanógrafo y videasta submarino y aclara el panorama. Frente a Piura la Corriente Peruana se quiebra inesperadamente y tuerce hacia la izquierda. A su vez, en ese punto, otra gran Corriente, la Tropical Ecuatorial que baja del Norte, gira a su derecha, creándose entre ambas un triángulo con una base de ciento cincuenta kilómetros. Allí, en el interior de aguas que combinan su frialdad y su calidez se genera un verdadero paraíso donde se mueve una infinidad de criaturas acostumbradas a vivir entre dos temperaturas.
En1971 el biólogo Enrique de Solar, nacido en Ica,  a bordo del arrastrero Challwa Japic I logró sumergir en el talud continental una rastra de su invención. Una leyenda norteña cobró visos de veracidad cuando extrajo poderosos cangrejos “lithoidos.” Sus brazos gigantescos hicieron pensar que en épocas aurorales un antecesor de mayor tamaño pudo atrapar a la luna en sus tenazas eclipsándola.
A unos cuarenta años de su proeza Yuri Hooker Mantilla, de cepa trujillana, estuvo registrando en el libro abierto del Pacífico la existencia de una biodiversidad prodigiosa. Isla Foca, en la costa de Paita, a unos metros de La Islilla, caleta de pescadores, aparece emperifollada con hermosísimos corales. Ellos no tienen que aventurarse en los abismos de Mama Qocha. Las maravillas están bajo la superficie y a corta distancia del litoral.

Imagen relacionadaEl biólogo, quien tiene miles de horas buceando en los mares del mundo, encuentra su mayor inspiración en nuestro mar. En estos días, encerrado en su casa, escribe “Pacífico Extremo”, una nueva obra con innumerables fotografías, sobre el gran panorama marino que ofrece el Perú. ‘En verano los bañistas piensan que es sólo una enorme masa gris, comenta. Hay que verlo por debajo, buceando en el balneario de Mejía, en Chimbote o Cabo Blanco, para asistir a una revelación. “Una vez, refiere con admiración, me topé con una medusa fantástica que se desplazaba airosamente. Esos encuentros son emocionantes y dan una idea de cuánto se puede disfrutar bajo el agua y aprender que sus habitantes merecen ser respetados.”

 “Se debe poner énfasis en la necesidad de que el SERNANP  declare como nuevas áreas protegidas a Isla Foca, Los Organos, Cabo Blanco, Ñuro y Punta Sal”, dice Hooker. Sus videos grabados en vivo y en directo, por su productora Terra Aquatica, son  impactantes.
Las grabaciones le permiten un fichaje completo de las criaturas marinas, con apoyo del Laboratorio de Biología Marina de la Universidad Peruana Cayetano Heredia (UPCH) y la ONG Naturaleza y Cultura Internacional ((NCI) El documental “Los Secretos de Isla Foca” fue  financiado por el CONCYTEC.
La captura de imágenes se hace de día y de noche. En cada viaje y sobre todo a Isla Foca se  anota peculiaridades de sus protagonistas. Un tramboyo  llega a cambiar de color gris a rojo rabioso cuando enamora, mientras tiburones pequeños de crestas duras se dan opíparos banquetes triturando cangrejos.

Las estrellas de mar no brillan como las que parpadean en los ámbitos celestes, pero tiene clasificadas unas treinta bellísimas. La imaginación se queda corta cuando aparecen ante el lente babosas marinas sui generis como ondulantes odaliscas. Hay unas cuarentitrés especies de peces multicolores y entre ellos los ángeles. Graciosos caballitos de mar. Erizos  galleta que despiertan admiración. Pastizales de algas y sobre todo corales  rojos y amarillos que semejan floridos jardines siendo animales.
El mar iluminado que presenta Yuri Hooker es fascinante, sin mencionar la fauna que mora encima. Lobos de mar, pingüinos,  golondrinas, pelícanos,  aves fragata, ballenas jorobadas y hasta orcas que surcan majestuosamente las olas. Los niños de La Islilla que han buceado con su equipo se sienten entusiasmados con su mar. Urge que se declare área marina reservada para proteger su medio ambiente porque está latente la amenaza de las bolicheras y las empresas grandes.
 ¡El Perú tiene que proteger sus tesoros!

domingo, 14 de octubre de 2018


PODER EN LOS ANDES

A veces es necesario reiterar que los Andes comienzan desde las orillas del mar con las dunas, siguen elevándose hasta tocar el cielo con sus picos de nieve y luego se hunden en el follaje y el aroma de la selva.  El Perú es un país andino y para mí es grato avizorar para este blog un antiquísimo camino, un ñaupa qhapaqñan, en busca de los científicos peruanos de ayer, hombres y mujeres que domesticaron cientos de especies alimenticias y medicinales contribuyendo inmensamente a la dieta de la Humanidad. 
‘Sus manos, el primer recipiente que tuvieron para beber, culminaron una milagrosa tarea al lograr que la tierra floreciera, después de haber pegado su pupila a las plantas para descubrir sus arcanos. Es cuando, sin saberlo, entraron  en la agricultura y pasaron de un estadio a otro’, escribí para mi libro ‘Qorimanka’, a pedido de Dalila Pardo de Saric, gran promotora de nuestra comida mucho antes que alzara el vuelo.
Nunca se sabrá cómo lo hicieron ni bajo que estrella sucedió. Si los frutos que caían al suelo de sus brazos repletos echaron raíces señalando el rastro de su paso, si las semillas que arrojaron después de comer cayeron en tierra fértil y fructificaron o si fueron testigos casuales interesados y curiosos de la siembra que hace la propia naturaleza.
Sus primeras cosechas del pallar con sabor a leche, del tomatillo agridulce y el zapallo harinoso, cambiaron el ritmo de su existencia. Ya no tienen que errar infatigablemente tras los rebaños de llamas, alpakas y venados, ni migrar bajo cielos con altares plúmbeos o techos de añiles luminosos. Sus ataduras con la tierra, la del seno oloroso después de la lluvia, la amante del sol y la amada de los seres humanos, se consolidó lentamente.      
Su tesón hará que el maíz montaraz, armado de granos erizados, pierda sus espinas o púas con los sucesivos cultivos y que su grano tomen formas redondas y suaves; pasando lo mismo con la papa, cenicienta del Ande, a la que confiere dulzura, quitando la naturaleza amarga de su fécula, de sus hojas y hasta de sus flores y frutos.
Observando al siwairo, un animalito tímido, de hociquillo rojo y uñas largas, que escarba la yuka y la unkhucha en la ceja de selva, incluirán esos tubérculos en su alimentación y otros de distintas regiones que también son comestibles como el camote que en el Perú se llamaba kumara, la achira, el olluko, la arrakacha, la oka, el llakhun.

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Hace unos 6,000 años la gente es capaz de percibir el cambio de las estaciones en los terciopelos del aire. La primavera con la presencia de Wallallo Karwincho, un ser mítico, quien la lleva pegada a sus talones, reverdeciendo lo que toca; el verano con la ausencia de Apu Wayra, el padre de la brisa, que hace su siesta bajo un manto de calor; el otoño con los afanes de Sunichunpi quien recoge en sus faldas las hojas maduras que ruedan de los árboles; el invierno con el reinado de los hermanos quintuples: Para, la lluvia; Qasa, la helada; K’aqya, el trueno; Illa, el rayo; y. Chiqchi, el granizo; bajo cuyo imperio se produce la parición de las nubes y el brote de una flor que quema, el fuego.
Al principio piensa que pertenece a los jardines del cielo, ella no puede ser tocada, es tabú. Esa idea lo contiene durante cientos de años hasta que vence su propia prohibición, se atreve a cogerla, procura conservarla prendida y no duerme para impedir que se apague. Finalmente, consigue producirla a su antojo, por el choque de pedernales o tomándola con espejos de la sagrada antorcha solar.
El manejo del fuego le abre perspectivas insospechadas. Hasta entonces todo lo que consume es crudo. Después soasa los trozos de carne en las brasas y hace lo mismo con otros alimentos que adquieren a su contacto un nuevo sabor. No tiene sartén ni parrilla pero se ingenia para calentar piedras planas al rojo, entre las cuales introduce piezas grandes para achicharrarlas; y, piedras pequeñas, cantos de río, que coloca ardiendo en calabazas con agua y varios ingredientes para preparar su primer chupe.
Más tarde construye hornos con terrones o k’urpas para las watias de papas que todavía se usan y son modelo de la que será después la pachamanka o sea “olla de tierra”, cuyas paredes se caldean y cuando se ponen blancas sirven para poner suficiente comida para un banquete.
Sus hazañas llegan a sus descendientes en alas del mito y la leyenda. Según se dice, muchos alimentos provienen del cuerpo del hijo del mismo Padre Sol, en una pobre mujer creada y abandonada por Pachakamaq. Sin alimentos, su pareja murió antes de hambre y ella pidió ayuda al astro radiante. Este, para llenar su soledad, envió uno de sus rayos a su vientre y nació una criatura cósmica. Envidioso de su participación en su obra el cruel Pachakamaq cogió al recién nacido y lo despedazó. Para que la madre aplacara su dolor y no se quejara al Sol sembró sus dientes y de ellos nació el maíz de granos apretados y tiernos; sembró las costillas y otros huesos y nacieron las yukas, los camotes y otros tubérculos, hizo lo mismo con la carne y de allí crecieron frutos dulces como el pepino, el pakae, la chirimoya,  el níspero y la lukma.

Alfonsina Barrionuevo

domingo, 7 de octubre de 2018


ALIMENTO QUE DA VIDA  

En el Valle Sagrado de Qosqo, donde se produce el mejor maíz del mundo en calidad y en tamaño, las mujeres tienen un rol principal en su recolección y  manejo. En la cosecha ellas se encargan del despanque y guardan el maíz en las despensas o taqes, retirando lo que se necesita para el diario sustento, pues se trata de Saramama, la doncella del Sol.
Los hombres no deben tocar las mazorcas porque, según dicen, “sus manos son de viento”, makiwayra, y si lo hacen hay el peligro de que el maíz se acabe velozmente atrayendo al hambre como un ser maléfico. Las parejas se alegran cuando su primer hijo es una mujer, porque en el  futuro será como una hermana de Saramama.
En el antiguo Perú el maíz tuvo un carácter de sacralidad. El mito que atribuye a los Hermanos Ayar la fundación del Qosqo menciona que ellos enseñaron a los hombres a sembrar el maíz que llevaron de su cerro de origen en Paqareqtanpu, como precioso regalo de sui padre, Illa Teqse Wiraqocha.
Tanto era su prestigio que Cieza de León describe que los fabulosos jardines del Qorikancha estaban “artificiosamente sembrados de maizales los cuales eran de oro, así las cañas de ellos como las hojas y mazorcas; estaban tan bien plantados que los vientos más recios no los arrancaban.”
Otro mito señala que la paqarina o lugar de nacimiento de la nación de los Wankawillkas fue Choklloqocha, “la laguna del maíz”, la mayor de las lagunas del altiplano huancavelicano. De allí salió el padre de ese grupo étnico y sus acompañantes llevando el maíz como obsequio y distintivo. De allí que se pueda cultivar tanto a nivel del mar como a 3,600 metros de altura habiendo sido uno de los principales alimentos del mundo andino.
El maíz más antiguo tiene cromosomas sin botón menciona el estudioso alemán Hans Horkheimer, indicando que en las tumbas y basurales del Perú prehispánico se ha encontrado ejemplares con estas características. Antes, ya Mangelsdorff, había propuesto que el maíz más antiguo de los Andes había partido de una planta con una diminuta mazorca, cuyos granos estaban envueltos por una cápsula en forma de túnica. En miles de años, con sucesivas selecciones, abono orgánico de  cabezas de pescado que colocaban junto a cada semilla, y otros cuidados  lograron desarrollar y mejorar el fruto. 


Tenemos una tradición milenaria de la Saramama, el maíz, y al mismo tiempo, infortunadamente, una guerra de guerrillas con el trigo que dura todavía.  A pesar de los largos años el trigo caro, ajeno y foráneo, sigue siendo preferido manteniendo al  maíz a la sombra de su prosperidad. Los españoles le colgaron el sambenito de “grano maldito que provocaba una serie de enfermedades” mientras el trigo era “bendito porque podía convertirse en el cuerpo de Dios” durante la Misa. El tiempo se encargó de reivindicarle pero falta una mayor difusión de su empleo en sopas, las gratísimas lawas, bizcochos y  maicillos.  
Qué difícil resulta amar a nuestros propios alimentos. Cómo hace falta ese cariño que pone el hombre del Ande a su cultivo. El maíz es sagrado allá donde el sembrador besa con unción la tierra, derrama unas gotas de chicha y dice: “Bebe, tierna y hermosa madre tierra para que así fortalecida nos des tus mejores frutos.”
Como la religión católica participa de sus ritos agrarios es el momento en que se limpian los zapatos de San Isidro Labrador. Los maiceros afirman que estos se llenan de barro porque en la época de la siembra el santo se turna con los Apus para hacer una ronda por los campos y volver luego a su iglesia.
Los maíces que se siembran pertenecen a numerosas variedades. Los principales de acuerdo al lugar son el parakay, maíz de color blanco, de granos perfectos y gran mazorca;  el ira maíz de color amarillo; el saqsa maíz, morado con blanco; el chullpi, delicado y dulce; el  taullasara y el pispito.
La cosecha se efectúa con ceremonias dedicadas a Saramama, el espíritu femenino del maíz, a la tierra, a San Isidro y Santa Lucía. Según el antropólogo Faustino Mayta Medina la principal actora es la mujer que asume las funciones de la fecundidad. Las segadoras cortan las cañas del maíz a ritmo acelerado entre bromas y risas, apilándolas en fila como hacían sus antepasadas. Después del despanque los maíces se secan en los tendales protegidos por una cruz de maíz adornada con rosas y claveles.
Tanto en la siembra como en la cosecha las canciones  se deshojan al viento. Tarpuy kamuy, harawi; qori rejawan, qolqe rejawan. “Sembremos, harawi; con reja de oro, con reja de plata”. ¡Y el wallay waychayllay! ¡wallay waychayllay¡, que suena como un grito de entusiasmo.
Alfonsina Barrionuevo

domingo, 30 de septiembre de 2018

KUKULI Y SUS SUEÑOS DE COLORES

El Perú que vibra en las obras de Kukuli estará en Londres a partir del próximo 4 de octubre. Ella partirá de Filadelfia para asistir a la apertura de la exposición en la galería James Freeman donde sus esculturas ya la están esperando con su mensaje de eternidad.
Entre ellas hay una muy significativa, de un personaje prehispánico en el momento en que se decapita. Nunca se podrá saber qué lo motivó hace 3,000 años para esa decisión suprema. Hacer que su propia mano corte la arteria vital y que la sangre se dispare. ¿Se trató tal vez de una auto ofrenda? La pieza de la cultura Cupisnique impresiona por el tema y la maestría de su anónimo autor. A Kukuli le inspiró en nuestro siglo para hacer una recreación a su estilo y color de la postura del sacerdote al transferir a su barro actual su aura mágica.
En las últimas semanas Kukuli se ha trasladado a las universidades de Texas y Utah para dictar conferencias sobre sus artes pues suele aplicar la pintura a la cerámica. En los primeros meses del año estuvo en Creta/Roma, realizando un proyecto conjunto con Doug Herren, destacado ceramista. En noviembre concurrirá como invitada de honor al Tercer Encuentro de Cerámica Artística de Colombia, en la Universidad Nacional de Bogotá. 


CORREO DE LUCES 

Es posible que en su cuadra o aposento del Qorikancha las estrellas tuvieran una dinámica distinta por tratarse de miríadas, como si la luna rompiera sus fuentes de luz en un parto augural de una infinidad de trozos brillantes. Ellas aparecen en cielo abierto con un discurso escrito en noches de encanto entre mayo y agosto, identificándose con pueblos y pisos ecológicos de altura. El templo del Sol fue su segundo hogar donde concurrían de acuerdo a las estaciones y los meses del año, recibiendo ofrendas. Sus sacerdotes afirmaban que todos los seres vivientes nacían con una estrella que debía alumbrar el camino de  sus vidas.
Entre las principales se distinguía Ch’aska, la fulgurante  estrella de cabellos largos y crespos, esperada en dos momentos cumbres; como la matutina Ch’aska Pacha paqareq, hermosa estrella que anuncia el día, o como la vespertina Ch’isin Ch’aska, que descorre los velos del atardecer; Qoyllur, la estrella que inspiraba los sueños de las piwiwarmi, princesas inkas; y la constelación qechwa de las Onkoymita o Siete Cabrillas, respetadas por su postura  y tamaño, que encerraban en su espiral de luces años prósperos o sombríos para los campos. En los casos desesperados había que adelantar o retrasar la siembra para salvar los cultivos.

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Los astrónomos inkas que descifraban sus mensajes de buen augurio o de alerta conocían el gran mapa nocturno de estrellas, ubicando hasta los huecos oscuros en el rastro que dejaban al perderse en los abismos siderales. Ellos leían sus jubilosas o preocupadas profecías en esa kallanpa u hongo negro que es la noche, mirando en las tinajas de plata con agua del Qorikancha, los manantes, remansos de los ríos y hendiduras de los roquedales.
Sus lecturas dependían de sus apariciones, ausencias, calidad de sus fulgores débiles o fuertes y otras señales. Si la Qolqa, conjunto de estrellas granero, abría sus luceros en todo su esplendor los surcos florecerían después con el mismo alborozo. Si alguna se delineaba apenas o no asistía a su cita en el cielo estaba anunciando un tiempo de escasez.  Qoyllur era también la estrella de las adivinaciones. Si las seis estrellas de Tarpuyoq, el sembrador, aparecían unidas en una doble línea de surcos lo festejaban en todo el imperio, si había variación en sus reflejos se adelantaba o retrasaba la siembra. La fuerza que mostraba el majestuoso río de estrellas que llenaba el cielo de resplandores de este a oeste, el Willkamayu o Vía Láctea, pronosticaba buenos augurios y hacía temblar de alegría su corazón.

Alfonsina Barrionuevo

martes, 25 de septiembre de 2018

OTRA EDICIÓN DE CASACOR

Verónica de Haaker llegó a la edición veintitrés de CASACOR con una modernísima muestra en San Isidro. Un sueño en la CASA MARIO BIANCO donde tuvo lugar un despliegue de imaginación, talento y materiales de los expositores. En los muebles donde predominó el color blanco se lució una línea propia del siglo que estamos viviendo.
¡Felicitaciones Vero! 


EL DANZAQ MÁGICO   

Llegué a Puquio una tarde en que el sol la envolvía con la tibieza de sus rayos. Pero apenas se fue arreció el frío. En el único hospedaje que había me acurruqué en mi bolsa de dormir. Fui para hablar con un bailarín de tijeras de quien me hablaron. Lo encontré finalmente y cuando pregunté por su historia me invitó a caminar por sus alturas en busca de una paqcha mágica. Había en él una alegría desbordante y recordé a José María Arguedas que estuvo en el pueblo y escribió la historia del legendario Rasu Ñit’i que entró danzando al reino de la muerte.
Tuve la suerte de haber entrevistado a la primera pareja de danzaq que llegó a Lima.    
Uno de ellos, Gerardo Chiara, dijo que la danza de las tijeras se remonta a épocas muy antiguas, antes de los españoles. En Parinaqochas, me explicó, se hablaba de un pequeño danzante que bailaba en el interior de una paqcha o cascada, con una castañuela de piedra, acompañándose con la música que producía el agua al caer en una artesa natural.
El río de Wanka Wanka, mencionó en su relato, baja de las alturas y va formando cascadas que embalsan sus aguas en plácidos remansos. En ellos se bañan las sirenas, pero lo más extraordinario es que en el interior de sus cuevas cientos de gotas producen al chocar con el piso sonidos musicales que siguen los danzantes. Por eso van allá arpìstas y violinistas, para recogerlas.
Mi danzaq guía me contó que una joven mujer que vivía cerca del río mandó a su hijo de once años buscar leña para cocinar. El muchacho se alejó y reunió la suficiente. Se  sentó para descansar y en  eso se le acercó otro niño casi de su misma edad, quien le propuso jugar al lado de la paqcha. Así lo hicieron divirtiéndose enormemente, hasta que de pronto el niño misterioso comenzó a bailar haciendo acrobacias con los pies y siguiendo el compás con una castañuela de piedra que hacía sonar como si fuera de metal.

Impulsado por la música que parecía brotar de la paqcha el muchachito imitó a su compañero, repitiendo sus mismos pasos con una alegría que lo hizo olvidar todo. Cuando el ruido de la paqcha lo devolvió a la realidad el niño misterioso se arrojó al agua y no volvió a aparecer.
Esperó largo rato que volviera, pero, luego, cargó su q’epe o atado con leña sobre la espalda y regresó  kk.a su casa con la “castañuela” de piedra que el otro dejó en la paqcha.
Imagen relacionadaYa en su casa puso en el suelo su carga y, recordando la extraña melodía, se puso a bailar con mucho ímpetu, usando la castañuela de piedra tal como vio. Su madre sorprendida le preguntó qué pasaba, pero como él no parecía darse cuenta de nada lo siguió angustiada, observando que en la parte posterior de su pantalón llevaba colgando un tusuq muñeco, un muñeco bailarín, con vistosas ropas de colores. Se lo arrancó y entonces, como por encanto dejó de bailar. Ella quiso quemar al muñeco y destrozar la rumi tijera. Su hijo le rogó que no lo hiciera refiriéndole lo pasado y suplicándole  que le hiciera  un vestido igual al del tusuq muñeco.
Su historia fue conocida rápidamente en el pueblo y todos acudieron para verle bailar quedando asombrados con su danza.
Los llaktakumunruna, autoridades del lugar, decidieron que el prodigio no pasara desapercibido y acordaron realizar una gran fiesta. Pero faltando pocos días el niño desapareció. Su madre con el rostro lloroso fue preguntando por él de casa en casa sin resultado. Finalmente, al pensar que su desaparición tenía algo que ver con la paqcha, pidió a dos amigos de su hijo que fueran al sitio. Ellos decidieron ir al Wanka Wanka y allí estaba bailando cerca de la cascada, siguiendo el ritmo de una música bellísima. Ambos creyeron que dentro de la cueva alguien estaba tocando algún instrumento pero no vieron persona humana. Entonces fueron unos músicos distinguieron dos figuras como de “gente que no eran gente”, que tenían dos instrumentos muy raros (el arpa y el violín).
El niño bailarín les dijo que debían lavarse las manos con el agua y al obedecerle quedó grabada en su mente la imagen de los instrumentos. Una vez que regresaron al pueblo, dijeron que habían visto a sus padres, los gentiles, “y habían aprendido su arte”. Luego fabricaron los instrumentos cortando la madera y dándole una forma parecida a la vista. Hecho esto se pudieron a tocar y los habitantes del pueblo se fueron acercando. Al niño le bautizaron con el nombre de tusuq o danzante y con él  formaron un grupo  que atrajo la atención de los pueblos vecinos.
El niño bailarín, quien llegó a ser un gran danzante, desapareció un día para siempre. “Los danzantes aprenden como ese niño, mirando no más”, dijo Chiara. Cuando tienen contrato hacen la pachaq t’inka para que la tierra no amarre sus pies.
De regreso mi guía bailarín me mostró la estatua del tusuq Benito, que era pawaq, es decir volador en la mágica tierra de Puqyu.

Alfonsina Barrionuevo

domingo, 23 de septiembre de 2018

VEINTITRÉS AÑOS DE CASACOR

Verónica de Haaker llegó a la edición veintitrés de CASACOR con una modernísima muestra en San Isidro. Un sueño en la CASA MARIO BIANCO donde tuvo lugar un despliegue de imaginación, talento y materiales de los expositores. En los muebles donde predominó el color blanco se lució una línea propia del siglo que estamos viviendo.
¡Felicitaciones Vero! 


EL DANZAQ MÁGICO   

Llegué a Puquio una tarde en que el sol la envolvía con la tibieza de sus rayos. Pero apenas se fue arreció el frío. En el único hospedaje que había me acurruqué en mi bolsa de dormir. Fui para hablar con un bailarín de tijeras de quien me hablaron. Lo encontré finalmente y cuando pregunté por su historia me invitó a caminar por sus alturas en busca de una paqcha mágica. Había en él una alegría desbordante y recordé a José María Arguedas que estuvo en el pueblo y escribió la historia del legendario Rasu Ñit’i que entró danzando al reino de la muerte.
Tuve la suerte de haber entrevistado a la primera pareja de danzaq que llegó a Lima.    
Uno de ellos, Gerardo Chiara, dijo que la danza de las tijeras se remonta a épocas muy antiguas, antes de los españoles. En Parinaqochas, me explicó, se hablaba de un pequeño danzante que bailaba en el interior de una paqcha o cascada, con una castañuela de piedra, acompañándose con la música que producía el agua al caer en una artesa natural.
El río de Wanka Wanka, mencionó en su relato, baja de las alturas y va formando cascadas que embalsan sus aguas en plácidos remansos. En ellos se bañan las sirenas, pero lo más extraordinario es que en el interior de sus cuevas cientos de gotas producen al chocar con el piso sonidos musicales que siguen los danzantes. Por eso van allá arpìstas y violinistas, para recogerlas.
Mi danzaq guía me contó que una joven mujer que vivía cerca del río mandó a su hijo de once años buscar leña para cocinar. El muchacho se alejó y reunió la suficiente. Se  sentó para descansar y en  eso se le acercó otro niño casi de su misma edad, quien le propuso jugar al lado de la paqcha. Así lo hicieron divirtiéndose enormemente, hasta que de pronto el niño misterioso comenzó a bailar haciendo acrobacias con los pies y siguiendo el compás con una castañuela de piedra que hacía sonar como si fuera de metal.

Impulsado por la música que parecía brotar de la paqcha el muchachito imitó a su compañero, repitiendo sus mismos pasos con una alegría que lo hizo olvidar todo. Cuando el ruido de la paqcha lo devolvió a la realidad el niño misterioso se arrojó al agua y no volvió a aparecer.
Esperó largo rato que volviera, pero, luego, cargó su q’epe o atado con leña sobre la espalda y regresó  kk.a su casa con la “castañuela” de piedra que el otro dejó en la paqcha.
Imagen relacionadaYa en su casa puso en el suelo su carga y, recordando la extraña melodía, se puso a bailar con mucho ímpetu, usando la castañuela de piedra tal como vio. Su madre sorprendida le preguntó qué pasaba, pero como él no parecía darse cuenta de nada lo siguió angustiada, observando que en la parte posterior de su pantalón llevaba colgando un tusuq muñeco, un muñeco bailarín, con vistosas ropas de colores. Se lo arrancó y entonces, como por encanto dejó de bailar. Ella quiso quemar al muñeco y destrozar la rumi tijera. Su hijo le rogó que no lo hiciera refiriéndole lo pasado y suplicándole  que le hiciera  un vestido igual al del tusuq muñeco.
Su historia fue conocida rápidamente en el pueblo y todos acudieron para verle bailar quedando asombrados con su danza.
Los llaktakumunruna, autoridades del lugar, decidieron que el prodigio no pasara desapercibido y acordaron realizar una gran fiesta. Pero faltando pocos días el niño desapareció. Su madre con el rostro lloroso fue preguntando por él de casa en casa sin resultado. Finalmente, al pensar que su desaparición tenía algo que ver con la paqcha, pidió a dos amigos de su hijo que fueran al sitio. Ellos decidieron ir al Wanka Wanka y allí estaba bailando cerca de la cascada, siguiendo el ritmo de una música bellísima. Ambos creyeron que dentro de la cueva alguien estaba tocando algún instrumento pero no vieron persona humana. Entonces fueron unos músicos distinguieron dos figuras como de “gente que no eran gente”, que tenían dos instrumentos muy raros (el arpa y el violín).
El niño bailarín les dijo que debían lavarse las manos con el agua y al obedecerle quedó grabada en su mente la imagen de los instrumentos. Una vez que regresaron al pueblo, dijeron que habían visto a sus padres, los gentiles, “y habían aprendido su arte”. Luego fabricaron los instrumentos cortando la madera y dándole una forma parecida a la vista. Hecho esto se pudieron a tocar y los habitantes del pueblo se fueron acercando. Al niño le bautizaron con el nombre de tusuq o danzante y con él  formaron un grupo  que atrajo la atención de los pueblos vecinos.
El niño bailarín, quien llegó a ser un gran danzante, desapareció un día para siempre. “Los danzantes aprenden como ese niño, mirando no más”, dijo Chiara. Cuando tienen contrato hacen la pachaq t’inka para que la tierra no amarre sus pies.
De regreso mi guía bailarín me mostró la estatua del tusuq Benito, que era pawaq, es decir volador en la mágica tierra de Puqyu.

Alfonsina Barrionuevo