domingo, 19 de marzo de 2017

S.O.S. A LA NATURALEZA


Estamos en un momento grave en que el barro estruja y ahoga el corazón en nuestro propio pecho. Tenemos un río de barro amenazando correr por nuestras venas. Escucho los gritos de las mujeres en el barro. El llanto de los niños con el barro como una garra apelmazada sobre sus carnes. A los hombres intentando resistir el abrazo hosco del barro.

Como somos Perú estamos en esa trinchera barrosa que en estos días nos invade. No quiero pensar si merecemos estas llokllas que se han desatado con furia. Este dolor que se niega en añadir su lágrima de espanto al barro. Todos sabemos que las heridas de barro que se han abierto han sido provocadas por el silencio nuestro. Lo sabíamos y nadie puede negar que arremetimos contra la naturaleza hasta que ella se rebeló de esta manea desesperante que tarda en terminarse.  

Estoy pensando en una persona que pronosticó, no el barro que nos hace temblar, sino algo peor como es la muerte. Recuerdo haber entrevistado, en las últimas décadas del siglo pasado, al insigne sociólogo brasileño Josué de Castro. Le pregunté si la explosión demográfica daría alas al hambre, uno de los crueles jinetes de la Apocalipsis. El, sombrío, me contestó. “No se preocupe por el hambre. Antes la gente se morirá de sed.”
A nivel mundial nosotros, necios, estamos destruyendo nuestro hermoso hogar, el planeta Tierra. El cambio climático que se ha ido acentuando desde 1925 cuando los periódicos del mundo publicaban sobre desastres como el fenómeno del Niño,  seguimos provocando a la Naturaleza en todos los niveles, desde los domésticos hasta los industrializados. La carrera es loca porque los que debíamos hablar, llenar las plazas en mitines, somos la mayoría, nosotros; y los que tienen la acción son una minoría que ya no se preocupa por el planeta debido a que creen que podrán irse con sus caudales a otro.
En el Perú porque la inercia es nuestra enemiga común. Los sometimientos crean a los que gritaron para adentro, lo cual es tan inútil, como enmudecer ante la opresión y el abuso.
A esta hora en que miles de familias se han quedado no sólo sin techo, sino sin nada para vivir sólo quisiera ir a las cumbres para llamarle a la Naturaleza y pedirle seguramente con Dios que me compaña, que espere, que se detenga un poco. Quisiera ir pero no puedo prometerle lo que no vamos a hacer. Esta es una encrucijada. ¿Qué podría decirle yo, solo una voz, abrumada por la tremenda pena que encarna a quienes están sufriendo más el despojo, el frío, el hambre,  la sed.
Si yo pudiera hablar con ella le prometería porque estoy en Lima que reforestaría las laderas de los cerros por donde discurre el río Rímac para contener otras descargas, para que los aluviones no encuentren viviendas incautas sino frescura de árboledas, cantos de pájaros, trinchera vegetal que ayude a respirar. Le ofrecería encausar el río Mamaqmayu (alias Rimaq), limpiarlo, evitar los desfogues mineros y otros, acabar con las aguas negras contaminantes y que vuelva a hacerse amigo. Le insistiría en hacer que haya más vida en la Carretera Central para que no esté en emergencia. Sería recomenzar con lo que se  debe hacer en el resto del país que sufre la misma pesadilla. No nos hemos preocupado por ella que nos brinda dulzuras que agotamos, quemamos y pisoteamos. Que vuelvan a ser los ríos de Lambayeque a Ica el albergue claro de criaturas dulces como los camarones de heroicas pinzas que nadan de ida y vuelta hasta las lagunas de los deshielos. Es bueno saber por Salvador del Solar que los grupos arqueológicos no se han dañado. Será porque en los viejos señoríos se sabía que era más seguro construir en las alturas. Somos millones de peruanos que no queremos que el barro mande de esa manera en los latidos, lo queremos siempre como barro fecundo, barro fértil para sembrar semillas de vida. 

Queremos siempre anochecer y amanecer con esperanza, ya lo dirá en runa simi inspirado Carmen Escalante Gutiérrez, quien sustentó el jueves dieciséis de marzo su tesis doctoral en  qechwa en la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla. Cómo se mantienen los valores de Qosqo, cómo se lucha para defenderlos, cómo se tiene que triunfar en España, porque el idioma de las sustentaciones de tesis tienen que ser en el Perú, en español. 


Alfonsina Barrionuevo

domingo, 12 de marzo de 2017

EL PICHINKUCHA SILVA 
Una voz y una guitarra

En los Andes el canto del pichinko o gorrión llega al corazón y lo deshace en dulzuras. Será por comparación con la belleza de sus trinos que Manuel Silva, de Qaraypanpa, Aymaraes, Apurímac, fue bautizado a corta edad como “pichinkucha.” Desde pequeño su voz arrancaba como una invitación a la vida en la cocina donde crepitaban los leños, a la orilla de los hornos donde el pan se bañaba en su música, al lado de los waqrap’ukus sonoros o cornetas de cuerno.

La imagen puede contener: una persona, tocando un instrumento musical y guitarra
Así fue creciendo el “pichinkucha Silva” que, en las fiestas octubrinas de Mamacha Rosario, prendía manojos de notas en sus manos de paloma. Hasta que un día se vino a Lima con su guitarra en los brazos y todos los cantos de amor recogidos de los caminos en su alma. Al verlo el público se deshace en aplausos porque escuchándole evoca con nostalgia a su pueblo, regresando a sus raíces. Esperamos que el gorrión que lleva en su garganta nunca deje de cantar ni se suelte de las cuerdas de su guitarra.
                                                            


LINDAS PLAYAS EN HUACHO


A pocos les importa que la tempertura al elevarse esté matando ranas si pueden tostarse como un camarón. Cada fin de semana los veraneantes vuelan a las playas del Sur. El mar rompe sus olas y los recibe con un abrazo fresco. La arena puede quemar lo que quiera porque allí les aguardan las generosas aguas de nuestro océano.
Peronalmente me encantaría desviar la mitad de ese río humano hacia las playas del Norte Chico. Hay ciudades esperando a los visitantes con el regalo de un merecido descanso adormilados al borde del mar. Huacho es un buen destino a ciento cincuenta kilómetros de Lima, con hoteles y restaurantes acogedores.

La idea es salir el sábado en la tarde, tomar un alojamiento al llegar, darse un buen duchazo y gozar desde el parque el espectáculo del sol incendiando el horizonte. La plaza con una amplia rotonda, la catedral dedicada a San Bartolomé que sufrió martirio en el siglo I, la fachada que es el último vestigio de la casona de Sebastián Salinas Cosío, las casas de estilo alemán de Abel Mato y la afrancesada de Pitaluga. En el camino es una anécdota del pasado la Estación del tren que iba y volvía de Lima. Su jirón principal de luces de colores ofrece una última mirada al bulevar con sus enormes farolas que le dan un toque de distinción. 

Resultado de imagen para CALLE PRINCIPAL DE HUACHO PERUEn la mañana del domingo, después de un sabroso desayuno huachano con las famosas salchichas que gozan un renombre de siglos, chicharrones, tamales y camote frito, una caminata al puerto y luego encaminarse a la playa donde las sombrillas comienzan a abrirse como hongos. Para almorzar hay muy buenos sitios donde se lucen los platos marinos, las yucas harinosas y otros potajes que son orgullo de su cocina. A media tarde es hora de regresar relajados y felices de haber encontrado nuevos atractivos,  con el deseo de volver. 

Si se quiere sólo arena y mar están las playas Herradura y Paraíso; para los tablistas armarse de adrenalina con las gigantescas olas de la Centinela. Para jugar con el Pacífico y dorarse están Hornillos, Colorado, Tilca, Cerco Verde, Cocoy y Tartacay, entre otros lugares lindos como La Ventana, Quitacalzón y Lampay.
Para los amantes de la naturaleza hay una especie de zoológico en medio mar. Huacho tiene islas con lobos y aves marinas. Se recomienda proveerse de sombreros o viseras hechos con telas de algas que protegen de los rayos UVA. Los tours incluyen cuando se les pide una lonchera especial con sandwichs y gaseosas o agua para no deshidratarse.

Si hay tiempo algo más. Un paseíllo a Huaura, donde está enclavado en media placita un campanario histórico. Entre sus bronces el mayor es la "campana de la libertad" y las otras son de las iglesias de San Andrés y Santa María. La casona del duque de San Carlos, Fermín Francisco de Carbajal Vargas y Alarcón, donde se guardaban las barras de plata que llegaban de Pasco cuando fue sede de la aduana marítima, es muy mirada por el balconcito desde el cual el general José de San Martín declaró la independencia. El edificio virreinal que ahora es museo de sitio se construyó entre 1710 y 1730. Los macizos de flores que dan alegría al patio de entrada son sugestivos. Invitan a atreverse a subir por la escalerilla al segundo piso y pasando la habitación entrar al balcón. El patio interior con ancho pasadizo conserva su añejo techo de madera y las ventanas de rejas torneadas. En las antiguas habitaciones del duque se exhiben cuadros y reliquias de épocas gloriosas.

¡Vamos para el Norte Chico!

Alfonsina Barrionuevo

domingo, 5 de marzo de 2017

RAUL PORRAS Y TORRE TAGLE

Resultado de imagen para raul porras barrenecheaLa imagen que tenía del historiador Raúl Porras Barrenechea cuando llegué de Qosqo, como un acérrimo hispanista, cambió cuando lo conocí. Aprecié su admiración por la ciudad emperadora en un prólogo de antología y me quedé pensando sobre esas opiniones equívocas que engañan. Le vi solo un par de veces pero él tenía muy buena memoria y un espíritu profundamente humano. La revista "Caretas", me pidió que le entrevistara sobre el Palacio de Torre Tagle y muy osadamente lo llamé al Ministerio de Relaciones Exteriores. ¡Qué tiempos aquellos en que se podía hablar a un ministro sin tanto trámite ni antesala!

Recuerdo a la ciudad, espigándose  en sus edificios, aire más puro, menos gente, chales de bruma en invierno y en verano chorrillos de agua que bajaban de los barrancos en Agua Dulce. El Doctor Porras me contestó que no tenía tiempo. Partía esa misma noche a la Conferencia de Cancilleres Americanos en San José de Costa Rica.  Un último viaje porque estaba muy enfermo, pero iba por el Perú. Nadie imaginó que volvería sólo para irse definitivamente.


"Lo siento Doctor, qué pena", le dije y rápidamente me contestó. "Pero, podemos hacerlo ahora". Me quedé estupefacta. "¿Por teléfono?" Para mí no era fácil porque llamaba de un anexo del Ministerio de Educación donde encontré trabajo mientras estudiaba leyes en San Marcos.
"Alfonsina, vamos a ponernos frente al palacio y yo se lo iré describiendo como si estuviéramos juntos. ¿Tiene un lapicero?"
"Adelante Doctor, estoy lista", le contesté. Fue una entrevista que duró más de media hora, sumamente rica en información porque él conocía muy bien su arquitectura y su historia. En sus palabras sentí el encanto del ambiente de esa casona montañesa que mandó construir a principios del siglo XVIII el comerciante José de Torre Tagle y Bracho, hombre de fortuna y buen gusto.
"Es un error encasillar su arquitectura en diferentes estilos siendo enorme su parecido con las casas de Santillana del Mar, ciudad que conserva su gran prestancia y señorío", comentó. "Los azulejos que se notan en la entrada y en la parte alta así como cierto arreglo en los arcos de la parte baja y los corredores le dan un aspecto ligeramente morisco, limeño, pero la solemnidad de su recinto es la misma de las casas montañesas."


Yo no tenía nada que preguntar sino apuntar. Era toda una explicación magistral y tuve la gran suerte de recibirla. "El Palacio sobrepasa las características de la casa colonial, compuesta de un zaguán generalmente oscuro que ponía un tramo  de sombra entre la luminosidad del patio y la calle; luego la sala, el traspatio, la cuadra. Esta consta de dos pisos, la parte alta con sus anchas galerías sobre el patio, donde se distribuyen los amplios y suntuosos salones, las pequeñas salas laterales, los dormitorios, el oratorio, y la parte baja destinada a los menesteres comerciales."

En ese momento la voz de la operadora sonó imperativa. "Voy a cortar. Está ocupando el anexo demasiado tiempo."
Yo no supe qué decir. Fue el ilustre historiador quien solucionó el impase al identificarse. "Señorita, el Ministro de Relaciones Exteriores está dictando unas notas. Hágame el favor de no interrumpirme." Ella fue muy cortés. "Disculpe, Doctor, puede seguir" y, muy extrañada me dejó abierta la línea.
"Seguimos, Alfonsina, en el zaguán existen unos poyos provistos de argollas, que servían para atar los caballos, y de escaleritas, para que subieran las señoras a sus cabalgaduras.  Entramos al patio y en el ángulo izquierdo existe un mascarón de proa, adorno que recuerda el cargo de Pagador Mayor de la Armada que poseía el primer marqués y que fue hereditario en su familia. Esta proa servía para pesar las mercaderías. Los cañones de la entrada eran símbolo de nobleza y en ellos se colocaba una cadena, que la convertía en una "casa de cadena". En casas como ésta podían asilarse los prófugos, ya que por una real cédula la justicia no podía ingresar sin permiso del dueño.”

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"La fachada, soberbiamente tallada en piedra con motivos barrocos, lleva al centro el escudo nobiliario de los Tagle. Los balcones primorosamente realizados dan una nota de suntuosidad al conjunto siendo una característica de la arquitectura limeña, porque desde ellos se podía atisbar la calle sin ser visto, una coquetería arquitectónica que se revela en otros lugares de la casa, ingeniosamente disimulados, desde donde se puede observar sin ser visto. Uno de los balcones es más grande que el otro, particularidad también propia de las casas limeñas. En el piso alto destacaban el gran salón, relativamente pequeño para su relieve, una hilera de piezas, el comedor al frente y a su lado el oratorio, que en la casa limeña era colocado junto a la cuadra (sala). Parece que se adoptó esta medida para facilitar el ingreso de las personas del comedor al oratorio después de la comida para rezar el rosario."
"En la arquitectura del palacio es notable la mezcla de motivos coloniales con cierto primor barroco y algunos rasgos andaluces vivaces con el atuendo y solemnidad de las casas de Santillana del Mar."

"Doctor gracias por su generosidad, me despedí al terminar. No le vi nunca más. Pero, cada vez que leo la antología de Qosqo no puedo menos que evocar su presencia patricia, mostrándome con cariño uno de los primeros ejemplares del Diccionario Qechwa de Holguín, que era un tesoro para él, según dijo. Bastó verle una vez para saber como el Dr. Raúl Porras Barrenechea, más que hispanista era un señor peruanista.

Alfonsina Barrionuevo


viernes, 24 de febrero de 2017

UNA LUZ EN EL MUSEO

He visto como se construye un museo y como se destruye. Fernando Cabieses recibió un elefante blanco en la Av. Javier Prado, un local ministerial que nunca funcionó, y le puso su alma. Por un tiempo corto fue “el orgullo de todos los peruanos”. Tuvo un número glorioso de salas y hasta dos o más auditorios. Después se fue minimizando. Poco a poco ha vuelto a ser casi un erial, una panpa de cemento armado.

File:Gliptodonte clavipes, Caja Municipal Cusco.JPGEn el Qosqo Ana María Gálvez, antropóloga y especialista en restauración, recibió con entusiasmo la histórica Casa del Inka Garcilaso. El museo que alberga pasó un buen momento con Teófilo Benavente hasta que decayó. Fue quedando a trasmano, se deslustró con los años y una pátina  de abandono lo cubrió. Ella fue una tabla de salvación para la antigua morada del soldado D. de Oñate quien la cedió al capitán “cambia-banderas” Sebastián Garcilaso de la Vega, a quien la ñust’a Chinpu Oqllo le dio un hijo insigne. De hecho, no iba a naufragar. Ella fue una luz para el museo, ubicado en la waka Kugitalis, donde durmió un Inka, soñando con batallas ganadas para el imperio.
Su soplo vital reanimó las salas con montajes inspirados para pinturas y esculturas. Un día logró imprimirle más dinámica inaugurando una sala de exposiciones temporales que es solicitada desde el extranjero. En el patio, donde existió un viejo lugar de descanso o de rendición de cuentas, delimitado por torneadas columnas de piedra, encontró el espacio ideal para visualizar fechas y hechos importantes.

El sol que retoza en sus arquerías y balcones como un niño de maskapaicha y medallón de oro, estuvo atento a su trabajo creativo. Algo más para enriquecer la casa. Su equipo cumplió con creces sus indicaciones poniendo en valor un ambiente del primer piso,  en el segundo andén de la waka, donde los visitantes propios y extraños pueden remontar millones de años. El museo del Inka se place ahora al sorprenderles con éste de aires antiquísimos. Un bebé gliptodonte petrificado en su puerta y un mastodonte recuperado a partir de una costilla rota. Allí la antropóloga armó salas secuenciales de las culturas cusqueñas. Hizo como Fernando Cabieses de cuartos oscuros una ala vasta donde se puede historiar, a través de reliquias sin edad y sin tiempo, cuanto se vivió en el Qosqo antes de que fuera el vaso de un lago glacial,  pegado como una lágrima colosal a los Andes. 

Sólo una vidente podría saber qué pasará en los próxímos años con el “Museo Casa del Inka Garcilaso”, así escrito sin el agregado de Chinpu Oqllo que alarga en demasía su nombre, como eso de poner desconcentrado a las instituciones estatales que están fuera del área de Lima, como para marcar un menosprecio que se aguanta pero no se digiere. Las discriminaciones siempre molestan.

En una Semana Santa lluviosa, para más señal el Lunes de la procesión  del Señor de los Temblores, aprecié su cariño y su respeto por lo nuestro. Al entrar a la plaza principal sus cofrades quitaron a la imagen del venerado Taitacha el plástico que lo protegía. Estábamos en el mismo balcón y sólo dijo: “el Cristo no debía mojarse”. Al día siguiente gente del Centro de Restauración que tenía a su cargo la acompañaron para cuidar que quedara seco, sin problemas futuros.
Ana María Gálvez ha hecho mucho más. De sus años compartidos con el centro de Tipón recuerdo al párroco que le llevó imágenes convertidas casi en leña y pinturas ennegrecidas, “para que hiciera cualquier cosa con eso”. Al año siguiente regresó con una sonrisa sarcástica, preparado para el fracaso. Se quedó mudo. No estaba listo para el esplendor rescatado.

Hay que amar estas cosas, como decía el pintor Teodoro Núñez Ureta. Las pruebas de lo contrario se ven cada día. Su reubicación para dar el mando de la Casa del Inca a otra persona no es justa. Hay que dejarla trabajar, aprovechar su ánimo, su espíritu de entrega. Que siga siendo una luz en el museo de la calle Heladeros, siempre de la mano con la cultura haciendo honor a su sangre. 

Alfonsina Barrionuevo

domingo, 19 de febrero de 2017

¿Y AHORA, DON MARTIN…?

Don Martín Chambi hablaba poco de las placas de vidrio que conservaban fotos que tomó durante medio siglo. A caballo y a pie se perdía por los caminos más agrestes para captar paisajes, rostros, fiestas, matrimonios, bautizos y cuanto llamara su atención. Todavía me tomó unas fotos carnet para el colegio con una máquina matrona de cajón y luego otras cuando volvía de vacaciones de “El Comercio” de Lima o de la revista “Caretas”. Hasta que un día dio de baja a sus reliquias y compró una moderna que cabía en el bolsillo de su saco. El Inti Raymi ya no era el mismo de los tiempos del qorilaso Pancho Gómez Negrón pero le gustaba ir a Saqsaywaman, para competir con la ola de fotógrafos y camarógrafos que llegaron después.

Llama micheq. Martín Chambi
En los armarios del patio de su casa las antañonas placas dormían apiladas en cajas, acumulando rumor de viento y de lluvia, resistiendo embriagueces de sol en los días azules o tiritando en las noches de helada. Nunca pude saber cómo llegaron a Qosqo. Tuvo que ser por barco hasta Mollendo y luego otros caminos.
Me tocó viajar con Julia, su hija, heredera de su arte y de sus sueños, a P’isaq, la ciudad inka de las pisaqas o perdices y a Ocongate con Zuly Azurín para asistir a la aparición del sol en el solsticio de invierno, frente a Qoyllur Rit’i.

Para los clientes amigos, casi medio Qosqo, era natural verlo desaparecer tras su cortina negra y luego, estirando el brazo, dar la voz de atención sacando la chapita que cubría el lente captador de imágenes. Tengo fotografías con él sonriendo, tomadas por Julia que formó mi colección particular y exclusiva, copiada hace poco por Stéfano Klima para que la vea Jan Mulder, quien tiene la suya de Machupiqchu, captada por don Martín en la tercera  década del novecientos.

Arequipa. Martín Chambi
El tiempo fue generoso y le dejó vivir con alegría en la ciudad imperial. Su casa fue siempre muy visitada por intelectuales ilustres. Siguieron su línea sus hijos: Víctor, que amaba también la fotografía, y Manuel, que era cineasta. Sus hijas, Celia, Julia, Mery, colaboraron con cariño en sus afanes. Un día lo seguirían sus nietos, Teo y Peruska, de su mismo linaje. Doña Manuelita, su esposa, lo engreía con manjares de la cocina cusqueña. Sus manos eran incomparables para el tínpu, los kuyes, el chiri uchu, los tamales, los rocotos emponchados, las lawas y los caldos. La extrañó cuando tuvo que irse, hasta que cansado de vivir y enjugar sus lágrimas, recordando días felices, terminó por seguirla.

El descubrimiento de las placas de don Martín por fotógrafos extranjeros fue una revolución. Había y hay maravillas en ellas porque falta mucho por revelar. Afortunadamente aguantaron con fidelidad el peso de un siglo ya transcurrido. Julia, a quien llamaba “mi astillita” y lo puso en letras de oro, se encargó de organizar exhibiciones de esas fotografías de antología en Europa y Estados Unidos.
Machupiqchu en su bosque de nubes, el Cusco de su época, la plaza con la riel del tranvía de principios del siglo XX, la calle que lucía el famoso Balcón de Herodes hasta que cayó, la novia vestida de un blanco ilusión, campesinos con auténticos trajes de lujo, decenas de músicos en una fiesta patronal, amigos jugando al sapo, el pastor con su llama que dio la vuelta al planeta y así incontables, mantienen intacto un pasado fulgurante de luz y sombra que comparten por igual exquisiteces de su pupila.

Retrato. Martín Chambi
Don Martín fue un cazador de imágenes y, en la última colección que Julia me regaló de Arequipa, los contrastes son hermosos Don Martín esperaba,  paciencia en ristre, el giro del sol para disparar su cámara. Podían ser días, meses o años. 

Su presencia puso en primer plano a otros colegas. Poco a poco se descubrió un Perú inédito, vivo en sus placas donde se mira un pasado memorable. Ella se alegraba por todos, y, "por papá, ¿te das cuenta?, sin él los otros estarían olvidados". No le falta razón. Fue el gonfalonero de su gremio. Quiero pensar que está en el viejo estudio de la calle Marqués esperándome. Gracias, Julita, por tu cariño y por albergar en tu alma la obra de don Martín. Dale un abrazo por los días llenos de amor.

Alfonsina Barrionuevo


domingo, 12 de febrero de 2017

CABRAS EN LOS ANDES

A ladrido limpio, cuatro perrazos me cerraron el paso, como si defendieran un palacio y no una casucha. Al oirlos salió con paso cansino Eduardo Salvatierra. Ojos de soledad, piel surcada por el tiempo, manos gruesas encallecidas por el duro trabajo. Su sonrisa relució cuando dijo ser un cabrero de San José de Chorrillos, un pueblito de Huarochirí, sin otro futuro que ser llevado por las cabras de un lado a otro.
“Ellas son como el viento -dijo -Cuando tienen hambre son capaces de escarbar el suelo y sacar las raíces más hondas. Así se comieron mi pequeña chacra. Ahora voy donde me llevan y así será hasta que mis huesos queden en algún desmonte. Soy cabrero, lo fueron mis abuelos y mi mujer, Saturnina Willka, quiere a las cabras como a sus hijos. Ellas nos acompañan. Los otros, a quienes recibimos con cariño y les dimos todo para que fueran gente de provecho, nos dejaron un día.”

Salvatierra no sabe que las cabras son una especie de atila de cuatro patas, cuernos y chiva impertinente. Por donde pasan nunca vuelve a crecer la hierba. Tal parece que conllevan una maldición bíblica. Según informaciones ellas desertificaron el Sahara que tuvo hermosos campos hace miles de años. Remontaron los océanos como la vaca y el cerdo en las bodegas  de los galeones y se asentaron en tierras americanas.
No hay un censo que nos entregue datos acerca de la forma como ha ido aumentando su población. Se reproducen continuamente y aunque terminan en las mesas familiares y en los restaurantes de pueblos y ciudades, no se acaban. En más de una ocasión hemos visto reses y ovinos en un estado lamentable de flaqueza por falta de pasto, pero las cabras sobreviven a cualquier desastre climático.

Cuando me dicen: "Hay que comer un sabroso seco de cabrito, yo contesto: "Hay que comer a todos los cabritos lo más pronto que sea posible", y no es una broma como puede parecer. Hace un buen tiempo encontré un rebaño de cabras y cabritos a 4,000 metros del nivel del mar en Tanta, Yauyos, y sentí escalofríos. Su presencia allí indica una próxima depredación de la parte alta de los Andes porque también ya están en otras partes.
Nadie lo ha advertido y no hay quien hable seriamente con los campesinos sobre el peligro que ofrecen. Los bofedales se irán entre sus voraces mandíbulas y no quedará alimento para los camélidos cuya fibra es preciosa. Las heladas matan miles cada vez. Son un fenómeno de la naturaleza y de los cambios que últimamente apreciamos. Hoy tienen un nuevo enemigo. La cabra.

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Han subido a la puna y son una amenaza creciente para las alpakas y las vikuñas porque pelan todo. Por su causa la India es un país donde abundan los desiertos. Lo mismo sucede con toda la cuenca del Mediterráneo que ha quedado sin vegetación. También han depredado montes en Italia, España, Africa del Norte. En Nueva Zelanda el Parque Nacional de Monte Egmont fue arruinado hacia 1920 por las cabras que los agricultores importaron para destruir las zarzas y los cardos que estorbaban el cultivo de otras plantas.
La cabra está ligada a la economía de la pobreza. Ella es la vaca del pobre. Pero su crianza no tiene parámetro alguno como se hace en Francia o Suiza, donde se reconoce que es un animal depredador. Si no las detienen acabarán con el ichu andino, aunque su carne sea apreciable así como su leche que sirve para preparar riquísimas natillas y quesos.


Alfonsina Barrionuevo

domingo, 5 de febrero de 2017

                



SENDERO DE ORQUIDEAS

En el teclado de mi computadora  cada letra se convierte en una orquídea en  homenaje a José Koechlin y su esposa Denise Guislain por restaurar y conservar el bosque de nubes de Inkaterra Machupiqchu Pueblo Hotel, en cuyos árboles se mecen estas flores de exquisita belleza. Es una parte del entorno mágico del santuario inka donde ellas parecen estrellas que se descuelgan del cielo. Son más de trescientas diferentes que saltan entre mis dedos aromando comillas, signos de admiración, números, paréntesis, guiones y letras, mientras evoco su sendero donde circulan turistas que llegan para copiar en sus pupilas sus delicadas y caprichosas formas.

Presiono una tecla y es la misma orquídea que admiraron los chavin hace milenios para eternizarla en la piedra. Otra es Wiñay wayna, la doncella inka, que acarició con sus dedos de pétalo al nevado Salqantay recibiendo el don de vivir convertida en una flor por el Apu de la Eterna Juventud. Sigo y encuentro la Waqanki que no pudo amar al guerrero que la descubrió, en una noche de luna bañándose en la cascada, y llora por haberlo perdido. La Epidendrum pachakuteqianum recuerda al poderoso señor que recibió el mandato de las fuerzas cósmicas y telúricas de construir Machupiqchu. Entre las recién descubiertas la Kefersteinia koechlinorum ’Denise’, lleva su nombre por los cuidados que ella les brinda. Más o menos al final la Epidendrum sp. nov. y la Telipogon sp. que aluden a Moisés Quispe, el excepcional jardinero jefe, antes agricultor, que aprendió a identificar, coleccionar y cultivar las orquídeas nativas hasta irse a su paraíso. Nunca sabremos qué orquídeas, según la leyenda, fueron convertidas en mujeres por los espíritus de la foresta, pero debieron ser muy bellas al haberles dado el corazón de una orquídea como paqarina o lugar de nacimiento.

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En el teclado hay muchas más que lo llenan de colores como si el arco iris se hubiera entretenido con la paleta de un pintor, haciendo maravillas. Blancas con vena granate, amarillas moteadas con marrón, azules con blanco, fucsia en degradé, rosadas, púrpura casi negras, en fin una colección interminable, en las que puso el embrujo de sus pinceles.
La historia del sendero, donde el sol mide la fuerza de sus rayos para ser una leve caricia y la lluvia que al caer va de puntillas respetando su fragilidad, es conmovedora. Primero, porque restaurar bosques talados no es fácil. Es una tarea de tiempo, días, semanas, meses, años, para que las orquídeas vuelvan a reinar en su hábitat. En un lugar devastado por agricultores que, en su urgencia de vivir, no percibieron la grandeza de los cerros adyacentes, el majestuoso Phutukusi, el recio Kutija y más allá las frondas del Kollpani. Es justo que La Society American Orchid considere que los jardines de Inkaterra en Machupiqchu contienen la mayor cantidad de orquídeas nativas expuestas al  público en su lugar natural.
Las orquídeas no son parásitas como se cree. No todas carecen de fragancia o provocan rechazo, algunas como la Trichopilia fragans la Kefersteinia koechlinorum o la Pleurothallis revoluta desprenden un aroma delicioso al anochecer. Hay orquídeas terrestres que crecen a nivel del suelo, litofitas sobre piedras y rocas, epifitas abrazadas a los árboles meciéndose en las hamacas del aire o incrustándose en los troncos como preciosas miniaturas que se aprecian mejor lupa en mano, hemiepifitas que trepan desde abajo como una hilacha vegetal en busca de la luz y saprofitas que gustan extrañamente de la materia en descomposición. 
Imagen relacionada
El libro “Orquídeas” de Inkaterra compendia con excelentes fotos y dibujos  los secretos de estas flores  mágicas que merecieron estudios apasionados  de cusqueños como Fortunato L. Herrera y César Vargas, siguiéndoles otros peruanos y extranjeros.
Son hermafroditas o masculinas y femeninas. Sus agentes polinizadores son diversos. Abejas macho que al impregnarse con su esencia se tornan en amantes irresistibles; mariposas alas de cristal o dípteros que aterrizan suavemente en su “pista de aterrizaje”, cubierta por un  polvillo  parecido al polen; y colibríes verdiblancos o cola de raqueta que se sostienen en equilibrio para sorber su néctar. Cuando maduren sus frutos unos cuatro millones de semillas volarán a balancearse en los columpios de la brisa en busca de un hongo de germinación. Llegarán a su adultez en cinco o seis años y así otra vez en los jardines de Machupiqchu Pueblo Hotel que son el mayor centro global de conservación in situ de orquídeas y el mayor banco de germoplasma creado para repoblar áreas afectadas.
Con las orquídeas se vienen sobre mi teclado el gallito de las rocas que es una llamarada viviente y escucho nítidamente en una grabación increíble al perico gorrinegro, al chotacabras ocelado, al jacamar frentiazulado, al hormiguero gargantillado, a la cotorra carirroja, al rondabosque rayado, al relojero coroniazul, al colibrí pechicastaño, al carpintero olivacero, al plañidero grisáceo, al cucarachero bigotudo, al quetzal cabecidorado y hasta ciento cuarenta voces aladas. 

En el sendero hay lugar para un oso de anteojos que estuvo recluído en una jaula donde apenas podía moverse y ahora se siente libre, con desayuno a la carta y hasta un “spa” cristalino donde se mete y luego se sacude satisfecho.

Gran labor de los ejecutivos de Inkaterra: Jose Koechlin, Denise y sus colaboradores que protegen una innumerable y preciosa familia iluminados por los Apus del Urubamba. 

Alfonsina Barrionuevo