domingo, 29 de enero de 2017

                                       Los hombres del viento
  
La selva era su hogar y se convirtió en un osario.
El calor, la lluvia, los mosquitos, eran familiares.
De pronto un aire trágico comenzó a flotar entre sus árboles.
Tú los viste morir chirreclés, volando muy alto.
 Tú, también caobo.
Tú fuiste testigo, cascarilla cuando la carretera comenzó a descolgarse
por Qosñipata, el valle del humo, Cusco.


Hablé con el jefe Dariwaripe, sentados en un tronco, al abrigo de un techo con ramas, mientras afuera llovía. ¿Alcanzarán los wachipaires a juntarse con las otras naciones? Sólo un milagro puede salvar a su etnia. Cada año avanzan, como si los empujara la fatalidad, hacia la muerte. Por ellos nadie se preocupa.

El ofidio polvoriento de la civilización llegó a penetrar un día con la muerte a la selva virgen. ¿Para qué hacer una carretera, estirándose sinuosa, entre los árboles que iban cayendo a su paso? Simplemente la explotación de la madera, sin preveer las consecuencias que podría tener en el medio ambiente esa boa oscura, artificial, que va reptando amenazante por la espesura.

Dariwaripe, quizá su último jefe, calculó entonces que a unas cuatro horas de caminata de villa Carmen, al interior del monte, había en ese tiempo unas dos mil familias de la nación wachipaire. Una de las que existen todavía en nuestra amazonía.

Abel Muñiz, que se fue a vivir a Avisqa, la propiedad que la ñust’a Chinpu Oqllo, dejó en herencia a su hijo, el Inka Carcilaso, me contó un hermoso mito acerca de las etnias de la omagua que saben conservar el frágil sistema de la región de los ríos.

Resultado de imagen para guacamayo
Un día el creador de la vida envió desde el mundo de arriba un papagayo, para poblar la selva. El ave con alas de arco iris debía colocar una semilla en el vientre de una niña virgen, la Pachamama. Cuando voló para cumplir su misión le vieron como una ráfaga de colores abriéndose paso en el aire.
Un tiempo después se levantaba hacia el cielo un árbol mágico. El árbol del guaname. Muy pronto se hizo frondoso, corpulento, se llenó de flores y frutos. Finalmente, disparó sus semillas como cápsulas lanzándolas muy lejos, tanto que se perdieron más allá del horizonte. De cada una salió una nación selvática, se separaron y caminaron mucho creando su propia vida y hasta su propio idioma.. Sin embargo, llegará el momento en que volverán a reunirse al pie del guaname, el árbol de la paz y vivirán como hermanos. Así dice el mito.

Hablé con Dariwaripe sentados en un tronco, al abrigo de un techo con ramas, mientras afuera llovía. ¿Alcanzarán los wachipaires a juntarse con las otras naciones? Sólo un milagro puede salvar a su etnia. Cada año avanzan, como si los empujara la fatalidad, hacia la muerte. Por ellos nadie se preocupa.

¿Por qué el mundo suele ser inhumano y paradójico? ¿No te da ganas de gritar Qosñipata? ¿No quisieras arrancarte del valle con tus árboles, tus brumas, tus cascadas, para venir a Lima y presentar un memorial de reclamos? ¿Tú que ves su agonía impotente con tus mil ojos de ave, árbol, agua? ¿Es el destino que tejen para ellos las parcas inexorables? No, es la industrialización, la necesidad de sacrificar los robustos gigantes vegetales para alimentar los aserraderos siguiendo proyectos planificados desde Lima y luego su comercio posterior.

Resultado de imagen para arboles de caoba en madre de diosPara los camioneros que consiguieron una vía para llegar a Puerto Maldonado, capital de Madre de Dios, llevando una serie de productos las naciones de la selva no existen. Nunca las ven porque ellas tampoco se dejan ver. Pero, la construcción de la carretera les llevó algo nuevo que su organismo no conocía y para lo cual no tenían defensa, el virus de la gripe. Así murieron casi la totalidad de familias wachipaires. Cuando llegué hasta su campamento había menos de cuarenta personas entre ancianos, mujeres, algunos jóvenes y niños. No es una invención, ni es un delirio, es una realidad injusta. ¿Verdad, chirreclés? ¿Verdad, cascarilla? ¿Verdad, caobo?

En la segunda mitad del siglo XVI llegó al Perú el padre Bernabé Cobo, un cronista acucioso. Entre sus notas hay una muy interesante. El padre Cobo se refiere con asombro a unas telas que los naturales sacaban de los árboles como si fueran una pieza. Yo me quedé asombrada cuando me enteré que los wachipaires se visten todavía con la corteza de un árbol, ¡el ojé! Miden el tamaño según la talla de la persona. Lo cortan. Golpean el tronco hasta que la corteza se desprende. La meten en el agua, siguen ablandándola, quitándole un ácido irritante que segrega. Cuando está lista, suave, tiran de ella y la abren por los costados y cosen los hombros con un junco que pasan por el orificio de una aguja de espino.

Para mí fue extraordinario conocer en el siglo XX esa técnica recogida en el siglo XVI. Según agregó Dariwaripe está empeñado en recoger la historia y las tradiciones de su pueblo para conservarlas. Por lo menos, señala con melancolía, quedarán en el papel. Eso me duele. Al escucharlo siento que algo se me muere en el corazón. Quisiera saber que ellos siguen allí y que han nacido algunos más. No quiero que llegue a mí la omagua con olor a vida deshecha.


Alfonsina Barrionuevo
                                        Los hombres del viento
  
La selva era su hogar y se convirtió en un osario.
El calor, la lluvia, los mosquitos, eran familiares.
De pronto un aire trágico comenzó a flotar entre sus árboles.
Tú los viste morir chirreclés, volando muy alto.
 Tú, también caobo.
Tú fuiste testigo, cascarilla cuando la carretera comenzó a descolgarse
por Qosñipata, el valle del humo, Cusco.


Hablé con el jefe Dariwaripe, sentados en un tronco, al abrigo de un techo con ramas, mientras afuera llovía. ¿Alcanzarán los wachipaires a juntarse con las otras naciones? Sólo un milagro puede salvar a su etnia. Cada año avanzan, como si los empujara la fatalidad, hacia la muerte. Por ellos nadie se preocupa.

El ofidio polvoriento de la civilización llegó a penetrar un día con la muerte a la selva virgen. ¿Para qué hacer una carretera, estirándose sinuosa, entre los árboles que iban cayendo a su paso? Simplemente la explotación de la madera, sin preveer las consecuencias que podría tener en el medio ambiente esa boa oscura, artificial, que va reptando amenazante por la espesura.

Dariwaripe, quizá su último jefe, calculó entonces que a unas cuatro horas de caminata de villa Carmen, al interior del monte, había en ese tiempo unas dos mil familias de la nación wachipaire. Una de las que existen todavía en nuestra amazonía.

Abel Muñiz, que se fue a vivir a Avisqa, la propiedad que la ñust’a Chinpu Oqllo, dejó en herencia a su hijo, el Inka Carcilaso, me contó un hermoso mito acerca de las etnias de la omagua que saben conservar el frágil sistema de la región de los ríos.

Un día el creador de la vida envió desde el mundo de arriba un papagayo, para poblar la selva. El ave con alas de arco iris debía colocar una semilla en el vientre de una niña virgen, la Pachamama. Cuando voló para cumplir su misión le vieron como una ráfaga de colores abriéndose paso en el aire.

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Un tiempo después se levantaba hacia el cielo un árbol mágico. El árbol del guaname. Muy pronto se hizo frondoso, corpulento, se llenó de flores y frutos. Finalmente, disparó sus semillas como cápsulas lanzándolas muy lejos, tanto que se perdieron más allá del horizonte. De cada una salió una nación selvática, se separaron y caminaron mucho creando su propia vida y hasta su propio idioma.. Sin embargo, llegará el momento en que volverán a reunirse al pie del guaname, el árbol de la paz y vivirán como hermanos. Así dice el mito.

Hablé con Dariwaripe sentados en un tronco, al abrigo de un techo con ramas, mientras afuera llovía. ¿Alcanzarán los wachipaires a juntarse con las otras naciones? Sólo un milagro puede salvar a su etnia. Cada año avanzan, como si los empujara la fatalidad, hacia la muerte. Por ellos nadie se preocupa.

¿Por qué el mundo suele ser inhumano y paradójico? ¿No te da ganas de gritar Qosñipata? ¿No quisieras arrancarte del valle con tus árboles, tus brumas, tus cascadas, para venir a Lima y presentar un memorial de reclamos? ¿Tú que ves su agonía impotente con tus mil ojos de ave, árbol, agua? ¿Es el destino que tejen para ellos las parcas inexorables? No, es la industrialización, la necesidad de sacrificar los robustos gigantes vegetales para alimentar los aserraderos siguiendo proyectos planificados desde Lima y luego su comercio posterior.

Resultado de imagen para arboles de caoba en madre de diosPara los camioneros que consiguieron una vía para llegar a Puerto Maldonado, capital de Madre de Dios, llevando una serie de productos las naciones de la selva no existen. Nunca las ven porque ellas tampoco se dejan ver. Pero, la construcción de la carretera les llevó algo nuevo que su organismo no conocía y para lo cual no tenían defensa, el virus de la gripe. Así murieron casi la totalidad de familias wachipaires. Cuando llegué hasta su campamento había menos de cuarenta personas entre ancianos, mujeres, algunos jóvenes y niños. No es una invención, ni es un delirio, es una realidad injusta. ¿Verdad, chirreclés? ¿Verdad, cascarilla? ¿Verdad, caobo?

En la segunda mitad del siglo XVI llegó al Perú el padre Bernabé Cobo, un cronista acucioso. Entre sus notas hay una muy interesante. El padre Cobo se refiere con asombro a unas telas que los naturales sacaban de los árboles como si fueran una pieza. Yo me quedé asombrada cuando me enteré que los wachipaires se visten todavía con la corteza de un árbol, ¡el ojé! Miden el tamaño según la talla de la persona. Lo cortan. Golpean el tronco hasta que la corteza se desprende. La meten en el agua, siguen ablandándola, quitándole un ácido irritante que segrega. Cuando está lista, suave, tiran de ella y la abren por los costados y cosen los hombros con un junco que pasan por el orificio de una aguja de espino.

Para mí fue extraordinario conocer en el siglo XX esa técnica recogida en el siglo XVI. Según agregó Dariwaripe está empeñado en recoger la historia y las tradiciones de su pueblo para conservarlas. Por lo menos, señala con melancolía, quedarán en el papel. Eso me duele. Al escucharlo siento que algo se me muere en el corazón. Quisiera saber que ellos siguen allí y que han nacido algunos más. No quiero que llegue a mí la omagua con olor a vida deshecha.


Alfonsina Barrionuevo

domingo, 22 de enero de 2017

ALLIN YACHAY
ALLIN MUNAY
ALLIN LLANK’AY

Juan Achahui me ayudó a conocer el respeto que tienen las comunidades por el Padre Sol. La jornada que hicimos con él para saludarle, al filo del  Ocongate, a 4,800 metros sobre el nivel del mar, en Quispicanchis, Cusco, fue larga. Las horas, los minutos y los segundos de esa fecha que se mueve con los astros, se hacían trizas en cada pisada. Fuimos trepando andén tras andén y cuando éstos terminaron, seguimos por un chakiñan que iba bordeando los cerros como una cinta. En el cielo las estrellas se movían risueñas hasta que se fueron convirtiendo en burbujas de luz, confundiéndose con la niebla.

Julia Chambi, Zuly Azurín y yo caminamos toda la noche hasta que nuestro guía llegó a una cumbre. Ofreció mostrarnos un Inti Raymi auténtico en el siglo XX, y sólo veíamos sombras que pasaban fugazmente. Comenzó a llover y sentimos temor cuando el ruido del río fue creciendo. Alguien se podía resbalar a sus aguas y nunca lo encontrarían. Hasta que volteamos el último cerro con las piernas entumecidas y vimos un resplandor que cogió el pico de los cerros derramando sobre ellos su oro cósmico. En ese mismo momento se escuchó un huracán de vivas a lo largo de los cerros como si ellos le dieran la bienvenida: “¡Haylliii!, ¡haylliii!, ¡haylliii!,..” Al fin, con su luz iluminando la altura, mi corazón copió la alegría de la gente que estaba con una rodilla en tierra y los brazos levantados. Había el temor de que se hubiera ido pero al cabo el astro radiante volvió en un nuevo solsticio de invierno.

Fotos: Alfonsina Barrionuevo
Lo demás fue estupendo. Contemplamos el armónico ballet de las doncellas al bajar, con sus guiones de plata, luego los conjuntos de danza con una vivacidad sorprendente y los peregrinos abriendo y y cerrando filas como un pallay sobre la panpa. Cuando se fueron me quedé con una emoción inenarrable. Bajar fue más pesado porque estábamos cansadas y nos cogimos del hilo musical de los q’arachunchos. Cada vez que se detenían, la fatiga era un polvo que se asentaba sobre nuestros músculos tensos. Volvía su música y nos sentíamos ágiles como tarukas. Los ukhukus o pabluchas nos adelantaban riendo debajo de sus máscaras pasamontaña, haciendo restallar sus látigos. Ellos venían de Qoyllur Rit’i, donde subiría el año siguiente para un encuentro con Qolqe punku, el nevado por donde entran las fuerzas que irradia la estrella Qoyllur desde el infinito.

Cuando sea el momento, mi alma volverá recogiendo los pasos de esos viajes inolvidables. El de Ocongate fue un Inti Raymi donde los gritos de bienvenida al Padre Sol se elevaron como un viento  humano colmando el relieve diseñado en la cordillera.
Aún las manos de Pachamama, la Madre Tierra, no habían tocado mis mejillas. Pero recibí el fuego llameante de nuestro Padre Sol fundiendo en mis huesos. Por eso estoy de pie, en actitud de warmipukara, “mujer que lucha,” y no podrán vencerme.
Cusco celebraría, un poco más adelante, su fiesta jubilar. Un 24 de junio que Velasco Alvarado convirtió en el Día del Campesino, quitándole toda su connotación. En el Día del Indio, día de los runas, millones de peruanos nos abrazábamos porque sentíamos que sangre de milenios se desgalgaba por nuestras arterias. Al cambiar la palabra ese sentimiento se destruyó.

Doncellas con guiones
Si le pregunto qué piensa de eso la Pachamama, estará en silencio. En ese ¡chin!, ese “vacío” en el que se arropa para no escuchar cuando sufre. Hay que esperar que vuelva del sueño en que se sumerge porque ama a sus hijos y se apena al callar. En agosto habrá en las comunidades y pueblos ofrendas para que sepa que es amada.       
Los españoles que inventaron el “ama qhella, ama suwa, ama llulla”, como “preceptos inkas”, atribuyéndolos inclusive al gran Pachakuteq, lo hicieron para rubricar el abuso. “No seas ocioso y trabaja para el patrón”, “no le robes al patrón”, “no le engañes al patrón”. Los andinos nunca fuimos gente de manos ociosas, porque queremos a la Madre Tierra y nos gusta hacer ayni con ella y que en pago nos de kausay: “vida.” No tomamos lo ajeno porque tenemos lo suficiente. Mentir corresponde a una negación generada por el temor y el engaño que no funcionan frente a la sinceridad. Me parece mejor, para los peruanos de hoy expresar: “Allin yachay, allin  munay, allin llank’ay”, “Piensa bien, quiere bien, trabaja bien”.

La ofrenda a la Pachamama, que tiene hambre y sed cuando despierta, puede ser pequeña o abundante. Basta un k’intu, es decir, tres hojas de coca si los tiempos son flacos. Si hay suerte, semillas, chancaca, wayruros, pallar, maíz, coca, en una q’esita, o sea el codiciado nido de un picaflor. Si hay más se colocan elementos que pertenecen a los tres reinos de la naturaleza, terminando con el qori libro y el qolqe libro: “hojitas de oro y plata”. Hay unas doscientas formas de preparar ofrendas. En todas tiene que primar el sentimiento. Se dice también despacho y pagapu, pero me gusta más ofrenda, amor como ingrediente precioso.
Desde el primer día de agosto hasta el 31 del mes, ella “saborea” los regalos que comparte con los Apus, espíritus de los Andes, protectores de las comunidades que viven en sus cercanías, sus cultivos y sus ganados; así como con las Pachamamas y los Apus olvidados. La gente andina es generosa y los recuerda. Están agrupados en las ocho regiones multi-diversas: nevados, cerros, mesetas, ríos, lagunas, bosques, sembríos, animales domesticados y silvestres, hermanados con la Pachamama y la Mama qocha.

“Mamita, toma este juguito para tu sed” y le derraman unas gotas de chicha al terminar la ceremonia. La ofrenda debe arder sobre una “cama” de tizones al rojo vivo y los oferentes se retiran para que concurran los invitados de la Pachamama. Si el obsequio se consume dejando una fina ceniza ha sido aceptado y ellos corresponderán en lo posible.
La reciprocidad depende del clima y en eso, cuando interfieren los hombres y crean problemas críticos como poner el planeta en emergencia, se producen conflictos que afecta a la Pachamama y a los Apus. Las comunidades expuestas a los nuevos peligros están advertidad de lo que pasa a traveés de los sacerdotes andinos y ya se están prepaando. Ellas tienen que defender su vida y la vida de la tierra en que vivimos.

Alfonsina Barrionuevo   

domingo, 15 de enero de 2017

EL PACHAKUNUNUNUN  DE HUAROCHIRI

A principios de 1609 el momento más terrible en la vida de Huarochirí fue el descenso de sus habitantes a Lima. Una tempestad de dolor que hizo temblar las bóvedas celestes. Para las decenas de poblados aquello fue como un pachakunununun, un terremoto, que los sacudió hasta las entrañas. El cura Francisco de Avila consiguió que en la plaza de la capital del virreinato se quemara, en un excepcional auto de fe, las piedras que conocían como ídolos, algunos cuerpos resecos de sus antepasados, huesos distribuídos entre las familias, objetos llamados konopas y otros ceremoniales. Estaba tan equivocado que el llanto balbuceado amargamente lo entendía como una manifestación de alegría de tales gentes por haber abandonado sus creencias idolátricas.  
En 1980 a mi ruego el chofer del pequeño bus que me llevó a la pintoresca ciudad trepando y bajando cerros se detuvo unos minutos en el punto más alto de la carretera, arriba de los 4000 metros. Un paraje impresionante donde aparecían desperdigados unos enormes bloques de piedra como si los hubiera puesto una mano colosal. Había leído la biobibliografía de Avila hecha por el estudioso francés Pierre Duviols y me remeció cuanto había descubierto sobre una visión diferente de lo nuestro. Allí, en un entrecerrar de ojos, podría evocar claramente  el paso procesional con su carga penosa del río humano y sus afluentes, obligado a transportar sus pertenencias más queridas por ambientes soledosos, avasalladores como Chankuya, donde un sol dorado con ribetes rojizos ponía una nota dramática.
Hay sentimientos irrenunciables y me pareció lógico que a su regreso de viajes por las doctrinas como visitador de idolatrías, durante años, Avila encontrara espantado que sus antiguas divinidades se habían encarnado en las imágenes religiosas. Cómo no iba a ser si el viento, la lluvia, el granizo, son libres y amados en el campo. El tiempo le cobró dividendos y siendo ya canónigo se marchó viejo y desolado por éste y otros motivos. Es curioso como resultan más acérrimos enemigos los de la misma casa, pues Avila nació en  Qosqo.

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Pierre Duviols que trabajó con el manuscrito de Huarochirí, traducido del qechwa al español por el gran escritor José María Arguedas, investigó a Francisco de Avila. Releyendo su trabajo en el libro que ambos titularon “Hombres y Dioses de Huarochirí” puedo imaginar su acuciosidad y espíritu crítico al revisar antiguos y polvorientos archivos, removiendo partes, cartas y otros documentos escritos con una letra casi indescifrable y hasta pellizcados por la polilla. Sus páginas resaltan la vehemencia del cura desde que se ordenó, en actividades que sobrepasaban las órdenes; las circunstancias fluctuantes que le tocó vivir y la displicencia de la sociedad de su época.

Ha sido muy interesante para mí encontrar a Pierre Duviols después de haberle leído en el manuscrito de Huarochirí. En el 2015 cuando vino a Lima para recibir el título de doctor Honoris Causa de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) quise entrevistarle en mi programa “Huellas del Tiempo” en PaxTV. No coincidimos porque tuve que viajar a Qosqo pero conservé afortunadamente su correo electrónico. Por este medio le envié en noviembre páginas con fotografías de mi último libro: “Espacios Mágicos de Qosqo y Machupiqchu”. Le parecieron estupendas y quiso que le enviara un ejemplar. Lo mandé a Tholonet, de Provence, Francia, con otro anterior: “Templos Sagrados de Machupiqchu.”  Su correo donde los comenta generosamente me causó infinita alegría. su talla de investigador peruanista es mundial junto a otros estudiosos como John Rowe, John Murra, Gerald Taylor, Gary Urton, Tom Zuidema, que han dedicado su vida con pasión a desentrañar o dilucidar aspectos inéditos de nuestra historia. Decididamente tengo que agradecer a los khipukamayoq que alcanzaron sus memorias a Francisco de Avila por haberme comunicado con Pierre.   

Alfonsina Barrionuevo

domingo, 8 de enero de 2017

“HABLA MICAELA”

Si hay una mujer en el Perú que merece honores, en la ruta al Bicentenario de la Independencia,  nadie como Micaela Bastidas Phuyukawa, esposa de José Gabriel Thupa Amaru, cuya lucha por la libertad arranca de su matrimonio el tres de enero de 1760 en la iglesia de Surimana, Cusco.

Es cierto que la resistencia contra los invasores se generó desde el momento en que el primer español pisó tierra en Tumbes y que la protesta estuvo siempre prendida en el aire. Sin embargo,  en l780 llegó al máximo del heroísmo con ella, su esposo, su familia, sus seguidores y más de cien mil luchadores de los pueblos cusqueños, quienes murieron en las refriegas según cálculos de sus mismos enemigos.
Investigar su gloriosa historia me motivó el hallazgo de testimonios de su vida en un recorrido que hice hasta Surimana, a caballo desde Tungasuka. La hermosa alfombra que cubrió el presbiterio de la iglesia el día de su boda, el Niño Dios que veneraba en su casa y la Virgen del Carmen que su esposo mandó pintar en un batán, las cuales fueron robadas posteriormente. 

Enseguida recurrí a las cartas y bandos de su mano, que figuran en el proceso, y logré configurar la personalidad de esta bella y joven mujer, escribiendo en primera persona, usando mis conocimientos de los lugares donde estuvo y mi condición de periodista andina.
Hay que reivindicar el extraordinario sacrificio de Micaela y vayan algunos párrafos de mi libro “Habla Micaela”, donde se explican los motivos por los cuales tuvo lugar el movimiento libertario de José Gabriel Thupa Amaru.

Niño Dios de Micaela. Foto: Alfonsina Barrionuevo D.R.
 “Las leyes de protección escritas en España para los naturales de Indias, que así nos llaman, no tienen verdadera fuerza,” -escribió José Gabriel.-. “Están exentos de pagar tributo los menores de dieciocho años y los mayores de cincuenta, los ciegos, los dementes e imperfectos, los sacristanes y cantores de las iglesias. Pero se incumplen y hay que pagar por los niños tiernos y por los ancianos, por los inválidos y los locos, por los vivos y por los muertos, y como nunca se terminan las deudas, se heredan por dos y tres generaciones. Nadie puede escapar a este sistema y todos viven temblando. Antes sobraban los alimentos. Había comida para los tiempos de sequía y los de inundación. Hoy se cultiva menos cada vez”.
“Las minas son como sepulcros, explicaba a Micaela,- “He reclamado mucho el derecho de leguaje, pues caminan tanto para trabajar en las minas, por lugares escabrosos y helados que, a veces, mueren en el trayecto o llegan extenuados para lo mismo. En las galerías permanecen sin ver la luz, sin dormir, sin descansar, trabajando día y noche, recibiendo palos y azotes si se atrasan, pereciendo en los derrumbes, y si tienen suerte salen con la salud tan quebrantada que mueren en  el camino de regreso. El mineral que sacan chorrea sangre”.

“Hay también una especie de fiscales de puna o sacristanes que cuentan a los que nacen o mueren en las serranías para cobrar después derechos de bautismo y de entierro, decía ella. -Estos son tan crueles que, si no cobran, dejan a los muertos con una mano afuera para que se sepa que sus familiares no han cumplido con la parroquia. Si no pueden pagar porque son muy pobres, ponen a los difuntos de cabeza para que se vayan al infierno. Si hay alguno que falleció en su ausencia, basta saberlo de boca para registrarlo.”
Micaela, de sólo 35 años de edad, siempre pensó en tomar el Cusco y hacerse fuerte en la capital imperial. La partida desde Surimana y Tungasuca se fue postergando hasta que se decidió hacerla. Había esperanza en ella pero también preocupación porque el general Del Valle ya había salido de Lima para impedir su ingreso.

“Al fin se inicia la campaña sobre la Ciudad Sagrada, -pudo haber dicho.-. Nuestras tropas suman miles. Hasta los machulas han reclamado su derechos a estar allí. ‘Nosotros ayudaremos a los jóvenes, han dicho. Cantaremos las antiguas canciones de guerra para animarles. ¡Qué se levante el puma que estaba aletargado en su corazón!”
El sitio no fue propicio por múltiples razones pero principalmente por la presencia del ejército español con buenas armas y numerosas tropas bien entrenadas.

Alfombra de su boda. Foto: Alfonsina Barrionuevo D.R.
José Gabriel y Micaela tuvieron que replegarse, pero manteniendo su ánimo. La idea era llegar a Puno y reforzar sus huestes con la gente de Thupa Katari. La retirada fue dolorosa. “Seguimos luchando. Los españoles exhiben como trofeos las cabezas de los caídos. Los pututos resuenan día y noche. Tampoco descansan los wankares.”
Como tenía que ser el bando de Areche ofreciendo 3,000 pesos por la cabeza del líder andino dio resultado. En Tinta Su compadre Francisco Santa Cruz arregló su entrega y también Micaela fue detenida.
Es de imaginar cómo estuvo la ciudad sagrada cuando llegaron. Su cielo encapotado parecía compartir su congoja.
“Nos han hecho entrar a Cusco en una tarde que parece enferma de melancolía, en que mi boca siente la amargura de la hiel. No he sentido pena por mí sino por nuestro pueblo. No quería entrar así cuando parece que las piedras lloraran sangre. Los indios agachan la cabeza y la voltean. No hay nada peor que contemplar una esperanza trunca.”
Al momento de la ejecución salió de su prisión en el convento jesuíta. Había sufrido un terrible y procaz interrogatorio, vejámenes y martirio. Para escuchar su sentencia tuvieron que sostenerla. No se sabe cómo fue al tabladillo para morir. En la mesa de sus verdugos había la imagen de un Crucificado. Seguramente tuvo tiempo para pensar.


“Estoy ante una mesa donde han puesto un santo Cristo entre dos cirios. ¡Tampoco tuvieron piedad contigo, Señor! ¿No sé por qué estás ahí? ¿Qué quieren nuestros enemigos? ¿Hacerte cómplice de su infamia?”
Su último sufrimiento fue asistir desde el tabladillo al suplicio de sus compañeros de lucha y… de su hijo.
 “¡Ay…mi corazón se revuelca en mi pecho, en un charco de dolor…! Pasan a la horca mi hermano Antonio, José Verdejo, Andrés Gastelú, Antonio Oblitas, Francisco Tupha Amaru…  ¡Hipólito…mi hijo! ¡Wawaymi!  ¡Siento en mis senos correr la leche que te dí! ¡Me estás devolviendo la vida y estoy muriendo contigo! ¡Las lágrimas astillan  mis ojos sin salir! ¡Hipólito, perdón por haberte traido a la vida y por llevarte  a la muerte!  ¡Por haber olvidado en el fragor de la lucha que era madre y también, porque si acaso pudiera retroceder el tiempo, yo volvería a  caminar lo andado!”
El coraje de la mujer andina se prueba en no rendirse en el último momento sino mantener un canto de esperanza.
“He visto a José Gabriel con la sangre negra sobre su ropa. El cree, lo sé, que nuestro pueblo tardará mucho en levantarse. Yo quisiera animarle, infundir calor a su corazón. Decirle otra vez y mil veces que lo amo, que voy a morir cantando, que la esperanza no muere, que tengo fe en el mañana…”
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*. En el Perú todos somos andinos porque las últimas estribaciones de los Andes llegan hasta el mar y entran a la omagua. Las fotos que ahora son fotos testigo, son mías. D.R.


Alfonsina Barrionuevo

lunes, 2 de enero de 2017

MAGICO BOSQUE FLOTANTE

Lima puede retozar a sus anchas en sus lagunas de sierra adentro. Entre montañas cubiertas de verdor las aguas de los deshielos del Pariaqaqa crean remansos, cascadas, lagunas y recodos. A 4,800 metros sobre el nivel del mar se suma un bosque flotante, con un árbol acuático. karka-, que me dio la primicia de ser la primera periodista y productora de televisión que llegó a su área.
Dalí podría haber pintado, en una de sus genialidades lindante con la locura, un bosque flotante en el agua o en el aire. Con sus pinceles y su arte hubiera sido fácil. Otra cosa es que exista un bosque real semihundido en el agua, creciendo misteriosamente sobre un manto de rocas, sin un gramo de tierra, conocido por la gente del lugar como Papaqocha. Los árboles que pueden alcanzar hasta tres o cuatro metros de altura ocupan un perímetro respetable.
A este increíble capricho de la madre naturaleza se puede llegar por La Oroya, entrando por Pachacayo, centro administrativo de la SAIS “Tupac Amaru” o por Cañete haciendo un ascenso al cielo. El  bosque y la laguna que lo amamanta son producto de dos nevados. El majestuoso y legendario Pariaqaqa, de cinco cuerpos, - roca, nieve,  granizo,  lluvia y  viento-; y, Tikllaqocha, otro nevado menor.
En la cuenca de la vertiente occidental andina no existe algo semejante dijo el amauta huanuqueño Javier Pulgar Vidal, a cuya casa fui con la grabación en video del bosque. Para él fue un motivo de gozo contemplar las imágenes captadas por el camarógrafo. Su espléndido ramaje, sus raíces desnudas abrazándose angustiosamente a las piedras y los riachuelos que corren por el piso con gran bullicio, impidiendo el ingreso de persona alguna porque el piso debe ser muy resbaladizo.
Su historia la conocen solamente las aves que se posan ligeramente sobre sus ramas. No se han visto nidos cerca y puede ser porque la karka, así es su nombre andino, tiene ramas con espinas. “El árbol del agua” forma este singular bosque que está rodeado por decenas de especies herbáceas y arbustivas. Será necesario estudiarlas. Puede haber medicinales.
En sus viajes el célebre botánico Antonio Raymondi no pasó por allí. No se sabe con precisión sus características porque es una enigmática novedad botánica. El hecho de que se encuentre a tanta altura, a cierta distancia de la cadena de nevados del Pariaqaqa, ha mantenido la densa masa hidrófila inédita para la ciencia.
Al otro lado de la laguna está cuidando a su criatura el Pariaqaqa, nevado cuyas historias míticas recogió el clérigo cusqueño Francisco de Avila en el siglo XVI en su idioma nativo, el qechwa, siendo traducido al español en el siglo XX por José María Arguedas y después en una segunda versión por Gerald Taylor. Las diferencias deben ser interesantes. José María tenía una alma andina, Taylor es un estudioso notable.
Sus deshielos que se unen a los del Tikllaqocha, dan lugar a una inmensa laguna, de un hermoso color turquesa, que es la primera de muchas otras. La gente le llama Papaqocha pero no tiene sentido. Podría hacer sido p’aspaqocha porque refleja en sus contornos los roquedales y parece por momentos una masa rocosa líquida.
La laguna hacia el lado sur rebasa un muro natural de contención que es inmensamente ancho. Sus aguas se descuelgan silenciosamente unos diez metros y al tocar el piso o manto se abren en decenas de brazos ruidosos que bajan con fuerza el declive rodeando los árboles de troncos leñosos, para despeñarse en seguida en una grandiosa catarata. Cuando la vi me conmocionó. Sentí que el agua corría por mis arterias y mis venas.
El bosque de Papaqocha no tiene relación con los manglares de la costa cuyas raíces encuentran la tierra fangosa que se forma con la que arrastra el río hacia el mar. Los especímenes vegetales que llamaron la atención del ilustre geógrafo viven en el elemento líquido como una contradicción a todo lo conocido, donde algo deben encontrar para sobrevivir.
En tiempo de sequía se puede observar en algunos sectores un musgo rojizo llamado shinka por los lugareños. Tampoco se sabe qué es. Entregué algunas muestras al experimentado botánico Ramón Ferreira, investigador del Museo de Historia Natural Javier Prado. Después de unos días me dijo que por las primeras observaciones, es muy  parecido a la Skallonia myrtilloides, un arbusto espinoso de tierra llamado también t’asta que fue descrito por Raimondi, Weberbauer, Linneo y ha sido encontrado en Cajamarca, Amazonas, Huanuco, Apurímac, y fuera del Perú en Bolivia y Venezuela. En este caso no se sabe por que ha buscado un medio acuático adaptándose a él y desarrollando más de lo usual. A su lado hay ejemplares del Senecio soukupii aferrado igualmente a las piedras debajo del agua.
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Al ver los árboles las preguntas son numerosas. ¿Cómo se adaptó esta especie de ramas con hojas blanquecinas, espinos y diminutas flores amarillas, a escalar semejante nivel ecológico en un elemento glaciar? ¿Desde cuándo es hidrófila? ¿En qué momento prescindió de la tierra para internarse en la laguna? ¿Qué pasa con sus semillas? ¿Cómo pueden crecer si están expuestas a que la corriente se las lleve?
Evidentemente hace falta que los investigadores vayan a estudiar la karka y sus intimidades. Es tan extraña que hasta hace equilibrios para mantenerse erguida y soportar en parte el embate de la cascada donde se precipitan las aguas con ímpetu bajando por un bellísimo graderío natural.


Las lagunas y el bosque están a unos cuatrocientos metros de Vilka, pequeño y pintoresco poblado. Uno de sus vecinos más notables fue don Germán Zárate quien llegó en 1914 realizando una excelente labor. Inició la cría de truchas, impulsó la ganadería y propició la construcción de un puente con tres arcos por donde discurren las aguas cristalinas de los nevados. Su hijo, el ingeniero Rubén Zárate, que fue gerente general de la SAIS Tupaq Amaru, logró que la zona fuese considerada Santuario Turístico. Ahora es Reserva Paisajística Nor Yauyos Cochas y hay que cuidarla. Es vulnerable a varias empresas mineras cercanas.  

domingo, 25 de diciembre de 2016

POESIA EN EL AMOR Q’ERO

En el 2010 José Alvarez Blas visitó a los q’ero y se quedó un tiempo. Una buena química surgió entre él y los “los hijos de la luz”, al punto que aceptó ser compadre de varios. Sus espléndidas fotos captan el quehacer cotidiano en este pueblo legendario.
En Chuwa Chuwa y Qocha Moqo, a 4,500 metros al pie de los nevados, los taitas, que endulzan su vejez con llipta y coca, enseñan a sus nietos a identificar astros y constelaciones vinculadas con su vida y sus creencias, el manejo de una tres variedades de khipus y a interpretar como apirinkus canciones dulces a la naturaleza.

Los hombres visten el unkhu imperial, camisa sin mangas, sin cuello, de una sola pieza y de color negro. Las mujeres adornan sus trenzas con tirinkas, borlas de hilo de colores, y usan sombreros en lugar de la llakolla, especie de manta inka ceremonial que  se dobla encima de la cabeza. Todos dominan el arte textil y sus antiguas técnicas para impermeabilizar las telas y darles una decoración al tornasol; extrayendo los tintes de hierbas como el chuku chuku, que da verde pasto; el chapi, rojo; el punki, amarillo anaranjado y la luna chillka, negro.
En Q’ero, su segundo nivel, a 3,400 metros, sus viviendas de piedra, barro y paja brava, desafían al viento punero de siderales dimensiones y siguen siendo colectivas, son las mismas que conoció Oscar Núñez del Prado, miembro de la comisión de la Universidad de Cusco que los visitó en 1955 y a quien entrevisté mucho tiempo después. En los alrededores tienen las kanchas o corrales para sus llamas, alpakas, ovejas, vacas, cerdos y caballos, que son sus mayores recursos.

Puskhero, su tercer nivel, a 1,800 metros, es su paraíso, sumergido en nieblas azules, frondas casi irreales, torrenteras o paqchas de aguas blancas, puentes de troncos de árboles sobre los precipicios, peldaños plagados de abrojos, desfiladeros estrechos que provocan vértigo y tramos del camino inka a Pantiaqolla. Las casas de madera, poéticamente cubiertas con helechos y enredaderas, se clavan con horcones en la mitad de las pendientes.
En la empinada ladera de los cerros siembran y cosechan acrobáticamente ochenta variedades de papa como la ruk’i para el chuño y la moraya; la rakacha y el llakhun, tubérculos dulces; además de ollukos, okas, añu, camotes, maíz, papaya de color, achira y calabazas. 
Es tan inclinada que si rodara una papa podría matar, por la velocidad, una serpiente que abajo estuviera levantando la cabeza.

Los q’ero viven en los tres niveles al mismo tiempo. Su capacidad para resistir los frecuentes cambios de clima y altura es asombrosa. Suben y bajan en sólo horas. De las cumbres a los bosques hay 70 kilómetros en línea casi vertical; con cruces para el paso de las llamas en Kiospanpa.

Los juegos amorosos se dan en el pastoreo, la siembra y la cosecha.  Al cabo, la elegida recibe una soguilla para amarrar su telar. Si el pretendiente le gusta le entrega una ch’uspa o bolsa. Ambos deben cumplir algunas exigencias. La joven debe tener ojos risueños, saber tejer, hilar, cocinar, cuidar el ganado y ayudar en las tareas del campo. El varón debe poseer algunas chacras, ganado, y ser afable, comprensivo y trabajador.

Si se aman los padres celebran el warmichakuy, la  petición de mano, con un diálogo figurativo. Hablan de una paloma que se ha posado en un árbol de romerillo. Para bajarla qué darán, pregunta el padre de ella. Siete brazas de cinta y dos hachas, responde el padre de él.
Las preguntas van y vienen hasta que el padre del joven menciona que “el ave que vuela en el espacio tiene su pareja; el gusanillo que dormita en el corazón de la tierra, también; el hilo debe tener dos dobleces, no puede ser de una sola hilada. 
-De igual modo, nuestros hijos deben vivir en pareja”, concluye.
“Si es bueno su kawsay pacha, destino, que convivan. No vaya a ser nuestra hija para la pena, no vaya a ser abandonada con un niño”, agrega la madre.    
Acto seguido celebran el k’intuy quedando sellado el compromiso.  De nacer un niño sin la ceremonia será un niño q’aqa, un hijo de nadie, y al nacer debe ser abandonado. Se salva si lo adopta el abuelo materno como ocurre casi siempre.

En las últimas décadas los q’ero no han podido sustraerse al contacto con el Cusco. Recelosos y desconfiados han comenzado una relación amistosa con los estudiantes de la Universidad de San Antonio Abad, para “leerles” en la coca si les irá bien en los exámenes. Estos piensan que es todo lo que saben y se equivocan. Sus hanpiq o médicos son depositarios de una sabiduría  inédita. Su mundo mágico gira en torno de los kawaq,  los altomisayoq y los laik’as. 
Los primeros gozan entre su gente de respeto y prestigio. Descifran el porvenir, tienen en sus manos los secretos de la vida y la muerte, conocen las propiedades de las hierbas medicinales, su preparación para curar las enfermedades y lo que es más, están autorizados para convocar a los Apus y los Aukis, espíritus del Ande, y hablar con ellos sin usar alucinógenos ni chakchar koka (coca). A los terceros los temen porque pueden atraer la desgracia.

Su vida sigue regida por el Waman Ripa pero se siguen abriendo más porque ahora muchos se expresan en español con propiedad. Sus prendas han variado poco. No abandonan su ch’ullu con pompones donde van cosiendo piñis o mostacillas para darle realce, ni su poncho de diseños referenciales, ni su wara, pantalón de bayeta negra. Pero, les agrada usar relucientes relojes de pulsera, como muestra de modernidad, y han aprendido a manejar el celular como cualquier habitante de la ciudad.


Hace unos meses dos q’ero, a invitación de José Alvarez Blas, montaron en un jet intercambiando comentarios en qechwa y admirando desde el aire, un privilegio de los cóndores, la grandeza de los cerros que son sus protectores. Después, viajaron hasta  Caral, y con la venia de la arqueóloga Ruth Shady, recuperaron su majestad de sacerdotes andinos para hacer una ofrenda al Gogne, el cerro tutelar de la civilización más antigua de América del Sur.
Al filo del atardecer el médico fotógrafo captó, con su Hasselbladt digital, el momento supremo en que milenios se dieron un abrazo cuando ardió jubilosamente Apu Nina, el fuego sagrado, y Mama Kuka voló en alas de Apu Wayra, el viento, sacralizando el espacio.


Alfonsina Barrionuevo