domingo, 2 de noviembre de 2014

LAS DIABLADAS DE PUNO Y BOLIVIA

Pongo a un “diablo” de Perú junto a un “diablo” de Bolivia y me encantan.
¿Se parecen como una gota de agua?
Ambos son diferentes.
¿El altiplano peruano se parece al altiplano boliviano?  Dicen que todo es una pampa sin fronteras. Sin embargo,  hay algo que se percibe. Las nubes que pasan de un lado a otro podrían hacerse morisquetas entre ellas porque son  iguales. La lluvia, echarse a tamborilear con los pies desnudos en ambos sitios. ¡Cómo no! El viento, puede tirarse las mechas de un lado a otro. ¡Quién podría ponerle ataduras! Hasta el arcoiris si quiere y es una tentación podría nacer en el lado vecino y terminar en el nuestro.
Pero,  “las diabladas”, se generaron por los curas doctrineros a su manera.

Foto: Llamerada UNESCO
Su afán por adoctrinar y combatir el pecado hizo sobredimencionar al diablo. Por eso hay muchos diablos en Puno y Oruro, pintorescos y pintados porque se integraron a la fiesta de sus vírgenes. Conozco una preciosa leyenda sobre el origen de la diablada en Bolivia y dos en territorio peruano. Sus fiestas sin los diablos no tendrían tanto lujo. Aunque, si bien los diablos son obligados actores la fiesta de nuestra Candelaria o de la Virgen de la Candela tiene el color y la belleza de las galas de las comunidades peruanas y a eso debe referirse el pedido hecho a las Naciones Unidas para la declaración de su fiesta como Patrimonio Inmaterial del Mundo.

En la Octava nuestra han desaparecido muchas danzas como la Llamerada, los Kallawayos, la Kullawada, la WaKa Waka, etc. para dar la preferencia a la saya. El fenómeno se debe a que los jóvenes no conocen las danzas de las décadas pasadas y les gusta la saya. Esta, por ahora, es dilecta para ellos que han dejado en el ayer la tuntuna, también de origen boliviano. Si aparece algún otro baile lo practicarán con entusiasmo sin duda porque así es la dinámica del tiempo. Ojalá resurja para la Octava el entusiasmo por nuestras danzas  de mucha historia y originalidad. El uso de gafas ocuras, guantes, sombrillas y botones en ellas surgió por la imposición de los encomenderos que les vendían a la fuerza cuanto llegaba de España y Europa.  El 2 de febrero, para la Entrada aún no hay problema. Tanto aimaras como qechwas conservan su tradición aunque no sepamos hasta cuándo, También ellos se están globalizando. 

Sería oportuno que el próximo 2 de febrero se graben en video las danzas nativas, como les llaman en Puno, para complementar el pedido a la ONU.  Así será muy fidedigno.
Por supuesto no hay que confundir las diabladas.
¡Qué linda es la diablada puneña!
¡Qué linda, la diablada orureña!

Tal vez un día en el puente del Desaguadero sus representantes vuelvan a  darse la mano. Lo hicieron en la segunda mitad del siglo pasado cuando llegaban con sus conjuntos musicales en homenaje a la Candelaria.  


 EN LA PIEL DE AMERICA

Felipe Lettersten sacó suys manos del mar dejando huérfana su historia con peces de oro y cangrejos raptores de estrellas; la retiró de la fronda coral de las iglesias como gorriones tenores; abandonó las auroras limeñas con rocío de emoliente en las mejillas y se ausentó de sus tardes buñueleras que retozan en cuencos de miel, para emigrar a  la selva donde pudo tocar con sus dedos poseídos de arte la piel cálida y tersa de una América virgen.

Se fue tras la sonrisa de unas mujeres shipìbas que vendían collares hechos con semillas. provenientes de un mundo mágico donde todo es puro y diferente. En su primer viaje Felipe, un nórdico alumbrado en Lince, vistió numerosos pueblos de la selva en su nave, el “Inka Pachakuteq”, internándose entre una vegetación densa para llegar a sus entrañas. Allí cogió la majestad,  quebrada sólo por la muerte, de Deit Deui, el último orejón de Yanayaku; la altivez de Setioma Achukba, la bora de San Andrés que trasciende del nombre corriente de Clara Chávez  impuesto por registradores electorales sin identidad; la aguerrida figura del tikuna con máscara de jaguar; la hospitalidad de los caribeños que fueron arrasados por las huestes de Colón; la inocencia del niño sobreviviente de los ikitos arrojados de su puelblo por los caucheros; la fuerza de las legendarias amazonas que luchan por deporte; continuando Perú adentro en un peregrinaje incansable para seguir recogiendo el testimonio vivo de los pueblos indios, a los que fue uniendo los que iba encontrando a lo largo de los tres segmentos de la América nuestra.

La pasión se siente por sus arte que se acrecienta con lo que significan par él “los hijos de la tierra” más su grito de protesta que pasa del yeso al bronce para que sea eterno, más sus sueños de justicia para ellos, más su preocupación por su destino, convierte a Lettersten en el gonfalonero de una conciencia a su favor que un día habrá de cobrar alas.

El fuego que sale en llamaradas de sus dedos creadores se alimenta en su sensibilidad y en su temperamento. Su entrega es total, conmovedora, porque no se rinde a la indiferencia de la gente que prostituye o deja morir a los auténticos forjadores de la cultura de América. Está en la lid con su brazo armado de coraje por las milenarias naciones que, hace tanto amor y tanto esfuerzo, han integrado su ancestro vikingo a su existencia.
En su mayoría no tiene alternativa. Ni siquiera la esperanza frente a lo inexorable.
No ignoran que al término de su camino les espera el fin. Su último consuelo es el rubio escultor de cabellera en rizos que recoge el alma de sus pueblos ¡en sus bronces ellos saben que atravesarán el tiempo y el olvido para alcanzar el futuro!

    
Alfonsina Barrionuevo     

domingo, 26 de octubre de 2014

EL ALTOMISAYOQ MARIO CAMA


La sonrisa de Mario Cama inspiraba confianza. Trataba a la gente con simpatía pero hablaba poco. En una de las pocas conversaciones que sostuvimos  me contó su historia. Quise saber cómo fue elegido por los Apus. Hay muchas maneras.

-No lo sé, contestó con sinceridad. –Quizá cuando estuve en el vientre de mi madre. Tú conoces Q’atqa el pueblo donde nací. Está muy alto, unos 3,800 metros sobre el nivel del mar, y de noche se veían las estrellas. Hice la primaria en Ocongate y la secundaria en Cusco. Cuando terminé me fui a trabajar en unas exploraciones de petróleo en Madre de dios. Allí me picó la mosca que transmite la uta. Uno de mis pies se comenzó a gangrenar, la uta come la piel y se va adentro. Es algo muy feo. Trataron de curarme pero ese mal no se contiene. Hasta me llevaron a Lima sin obtener remedio. Yo tenía apenas 18 años y estaba desesperado. Alguien me dijo que tal vez podía ayudarme un altomisayoq.

Los Apus guiaron sus pasos a la casa de Zarzuela Baja donde atendía Nicolás Janco de Ayacucho. Ellos le dijeron que sería altomisayoq y lo curaron.

-Estuve a su lado como ayudante tres años. Los Apus me hicieron varias pruebas y al final el maestro me dijo que estaba listo para trabajar. Tenía que ir a Puerto Málaga, al pie del nevado La Verónica o Willka Weq’e para pasar la última prueba.
-¿Tendría que ser más difícil?
-No sabía qué me pedirían. Fui con Nicolás Janco, muy nervioso…
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Del libro “Hablando con los Apus” de la autora de este blog.


“EL COMEDOR DE LOS AGACHADOS”

A mediados del siglo pasado existió en Cusco un restaurante sui generis ubicado en media calle y atendía sólo por unas horas. El “comedor de los agachados” se encontraba en San Pedro, de paso a la estación del tren a Machupiqchu,  de donde partía “la teterita” de Latorre, como se le nombraba, entre silbidos de advertencia, mientras iba subiendo en zigzag el  cerro de Piqchu.
Pregunté por qué los llamaban así. La explicación fue sencilla. De madrugada, cuando al respirar el vaho formaba una nubecilla en el aire por el frío, los trabajadores tomaban al paso una sopa refocilante. No había bancas y tenían que hacerlo de cuclillas, cerca de las ollas colocadas en sus braseros. De allí el nombre de “los agachados”.

Con el tiempo se asignó a las vendedoras una sección en el interior del mercado grande y allí, cómodamente en bancas, los comensales se servían  el fragante caldo de carnero con mote, el oloroso caldo de cabeza con papas  y el caldo de gallina que era muy buscado por su poder para renovar las fuerzas. 

Después se comenzó a servir un desayuno convencional, también adentro donde se sentaban en taburetes, con variedad de jugos de fruta fresca, café en taza grande con una abundante y deliciosa nata, café con leche y pan con queso o un sabroso vaso de chocolate con pan de Huaro o de Oropesa.    
El lechón y los tamales tenían un lugar aparte. Generalmente se compraban calientitos, despidiendo un olorcillo provocador, para servirse en casa con la familia.

Si había viaje a Machupiqchu, como su salida era muy puntual, a las siete en punto, el tren se detenía en Huarocondo y era el momento propicio para comprar una porción del chanchito de leche al horno con tamales. Los que iban a Quillabamba, se servían en Aguas Calientes desde un buen plato de asado con papas, tallarines en salsa de carne, delirantes rocotos rellenos y emponchados entre otros.
Si el viaje en tren era a Puno se detenía en la estación de Pucará y las señoras del mercado subían a los vagones de primera con choclos y una buena tajada de queso si era su tiempo, y, el esperado kankacho de carne de cordero sazonado con sabiduría, que era el plato y sigue siendo el plato de bandera de Ayaviri, capital de Melgar, Puno.
“El comedor de los agachados” ha pasado al recuerdo pero se puede desayunar o saborear el clásico lechón en la sección comidas del mercado como siempre.


Alfonsina Barrionuevo



domingo, 19 de octubre de 2014

BUSCANDO EN EL MUNDO ANDINO   
                  
Me siento feliz de estar nuevamente con los Apus y Pachamamas. Salir del mundo real para  ir en su busca me renueva.  Todo cuanto existe en la naturaleza está lleno de vida, de sentimiento, de espíritu. Los nevados, los cerros, la tierra, los árboles, el mar, las lagunas, los ríos, las estrellas, el cielo, forman un conjunto de energías llmadas kawsay.
En miles de los antiguos peruanos aprendieron a percibir sus vibraciones. Lluvia, viento, oleaje, silbos, que les llegaban con voces llenas de sabiduría, ternura, protesta o reproche.
Cuando terminó mi primera sesión en la mesa mística de Mario Cama me llevó en su automóvil al hotel y fuimos conversando de estas y otras cosas. Quise saber quién era él, cómo entró a ser altomisayoq, quién le enseñó y cuánto ayuda estar  hablando con ellos. su relato fue sencillo pero muy importante para mí. Por primera vez  hablaba con un sacerdote andino y comenzamos por Qatqa, su lugar de origen, digamos su paqarina, la localidad donde él nació…
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Del libro”Hablando con los Apus”. Alfonsina Barrionuevo

                      
EL HISTORIADOR DE CÉSAR VALLEJO                                          

Los niños de Santiago de Chuco deben aprender los poemas de César Vallejo y sentir en la piel el cariño que aquel sentía por su tierra. Por ese camino podrian valorar al vate universal y entrarían a su casa como si fuera un templo, en silencio, tal como hacen los alemanes cuando visitan  la casa donde nació  Ludwig van Beethoven.

Cuando grabé con José Luis Gonzáles un documental sobre Vallejo que titulé: “Un Pueblo: Un Hombre”, porque entendí la estrecha relación que guardó con su pueblo toda su vida, puse rosas en el dormitorio de su madre, donde nació,  mientras afuera el sol  derramaba lágrimas doradas en el  arbolillo de su patio. Para entonces había leído todos sus poemas sintiendo vivo en ellos a Santiago de Chuco.   En París la nostalgia por la tierra donde fue feliz afloraba en sus versos.
 En esas circunstancias me emocionó conocer por la cercanía a su sobrino, don Oswaldo Vásquez Vallejo, hijo de Nativa, la hermana a quien nombra  en uno de sus poemas. Se enteró del programa que tenía en el Canal 7RTP, “Descubriendo el Perú” y me visitó porque quería mostrar en la pantalla certificados de los estudios del poeta en la Universidad de Trujillo y contar detalles desconocidos de su vida. Para mí fue grato acoger su presencia en el estudio y dejar que fluyeran sus revelaciones. Había una alegría sana, dulce, que se desprendía de sus palabras. Un entusiasmo que lo hacía vibrar y trasmitir un magnetismo contagiante. Admiraba tanto al “shullka” (el último) que no decía César sino “el poeta”, con un sentimiento fuerte, impreso en el corazón.

Un tiempo después cuando le conté a Marco Leclerc, jefe de escenografía del Canal 4 AméricaTV, que había conocido al hijo de doña Natividad, hermana del poeta, me relató a su vez que tenía al Cristo de la madre de Vallejo. Se lo regaló una señora del pueblo cuando fue a hacer una grabación. Ella le dijo que había servido en su casa, que estaba muy anciana y si moría nadie cuidaría a la santa imagen. Me invitó a su departamento y la vi. Se trataba de una buena talla, de unos cincuenta centímetros. Marco agregó que ella le comentó que lo conoció desde muy pequeño y era muy tierno. Siendo niño  le quitó los clavos que herían sus manos y sus pies,  y los amarró a la cruz  con cintas de encaje.
Pasaron los años y cuando tuve un nuevo programa, “Las Maravillas del Saber”, en el Canal 2 Frecuencia Latina, don Oswaldo volvió a buscarme. Vino con mayor confianza porque ya me conocía, desbordando siempre la satisfacción de recoger los pasos del “shullka”. Tenía mucho que decir y, como yo dejaba que se desbordara como un río, olvidé preguntarle por el Cristo que no sé dónde está ahora. Marco infelizmente murió y no volví a verme con su esposa que pasaba la mayor parte de su vida en los Estados Unidos.

En esa ocasión me reveló con gran alegría que había descubierto la identidad de  “la amada y dulce Rita, de junco y capulí” a quien se refirió en uno de sus poemas. Era la hija de un hacendado, que estaba en un colegio de Trujillo, y a la que César Vallejo  enviaba  poemas y cartas. Ella tenía miedo porque las monjas eran estrictas, pero se ingeniaba para contestarle. Por cierto, no se llamaba Rita. El joven que  estudiaba en la Universidad, usaba ese nombre  para proteger el anonimato de su amada.

Don Oswaldo presentó en cámara, como una primicia, la fotografía de la colegiala y explicó que fue sorprendida justamente con el famoso poema. Las monjas enviaron una notificación a su padre y éste llegó de Santiago de Chuco contrariado y se la llevó cortando sus estudios. En esa época no les interesaba que las hijas estudiaran. Cumplían con una formalidad, como una preparación para que se casaran después.
Mi ilustre entrevistado buscó a “Rita”, en esa época ya una señora y al parecer viuda. Ella le refirió sus inocentes amores y le habló del poema que logró esconder en el oratorio del fundo que tenían. El afán de don Oswaldo los llevó al lugar, fuera de Santiago de Chuco y buscaron en los resquicios que tenía el altar principal. Quizá su padre lo descubrió antes y lo hizo desaparecer. En la conversación  reconoció que lo escribió para ella y que estaba clara la alusión a su falda de franela que usaban en esa época las niñas de colegio.  
 
Mi última entrevista con don Oswaldo tuvo lugar en el set de los ansumo o “nutrias de mar” en Pax Televisión. Había escrito un libro valioso, con datos inéditos. Su encuentro con Georgette, la esposa parisina de Vallejo, y su peregrinación al cementerio de Pére Lachaise donde descansa César Vallejo. Habló poco por la fatiga de los años sin perder la vivacidad que por momentos hacía brillar sus ojos. Para mí fue el último contacto con “el poeta” redivivo en sus vivencias, sus júbilos, sus afanes, sus investigaciones. Hoy están juntos en la eternidad y en Santiago de Chuco, su raíz.


Alfonsina Barrionuevo

domingo, 12 de octubre de 2014


 LA DESPEDIDA DE LOS APUS

Debo confesar que la Pachamama del Waqaypata me soprendió totalmente esa mañana. Primero cuando me preguntó cómo quería que se fuera, luego cuando dijo que se iría por mis rodillas. En mi vida de periodista he pasado por muchas situaciones. Esta era excepcional.
Me quede quieta y abrí los ojos en la oscuridad cuando sentí algo que no esperaba. Alitas bajando desde mis rodillas hasta el tobillo. Una sensación inenarrable. Así ella me estaba expresando su cariño. Alas como si muchos pajaritos me tocaran sucesivamente. Al terminar una ala mayor rozó mi mejilla derecha, una ala de viento. Al irse ella se fueron los demás.

-¡Adiós, hijita, volveremos a encontarnos!
-¡Nos gustó conocerte!
-¡Volveremos para conversar!
-¡Bienevenida a nuestra mesa!
Y yo repitiendo.
-Hasta la próxima señor Panpawayllo.
-Adiós Mamita de Lares.
-Gracias por venir, señor Potosí Bolivia.
¡Adiós! ¡Adiós!

La próxima vez que vaya a Cusco espero volver a encontrarme con ellos. Ahora será con José, el hijo de Mario haciendo la invocación. ¡Será maravilloso!  
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Del libro “Hablando con los Apus”

EDILBERTO MERIDA Y SU SEMILLA

Tengo un hermoso toro con furia de arcilla sobre sus cuatro patas. Me fascinó apenas lo vi. De todas las obras de Edilberto Mérida era muy especial  y logré comprarla, siendo de primera y única mano porque no volvió a hacer otra.  Tuve la suerte de escribir las primeras notas sobre su arte en la revista “Caretas”, en el diario  “El Comercio” y en el suplemento “Variedades” de “La Crónica”. Aunque él les llamaba figuras grotescas yo insistí en darles una justa connotación como “barros de protesta”.
En su primera exhibición tuvo una Ultima Cena con los Apóstoles y el mismo Cristo con ch’ullu y ojotas. Para mí fue extraordinaria y saludé con entusiasmo al artista que se atrevía a caricaturizar a Dios, afirmación que no le gustó. Pensó que los miembros de la Iglesia Católica lo iban a excomulgar lo cual no sucedió. Más tarde plasmó en el más noble de los materiales, pues el primer hombre según las notas bíblicas fue hecho de barro, al Taitacha Temblores y tuvo un éxito inusitado. Cusco había alumbrado un artista cuyos trabajos de alto kilate fueron celebrados a nivel mundial.
El t’uru rimacheq, “el hombre que hace hablar al barro”, como lo nombró el periodista Hernán Velarde, apareció  por primera vez en una Feria Internacional del Pacífico hace muchos años.

Su arte fue un descubrimiento y hubiera parecido que terminaría cuando tuvo que voltear la última esquina de la vida. Le sigue con fervor filial su hija María Antonieta. Ella conserva memorables recuerdos de su quehacer febril, la invención de un horno especial para cocinar sus piezas, la mezcla del barro para darle una cierta eternidad, la búsqueda de canteras de arcilla en los alrededores de Cusco, la elección  de texturas, el secado de la leña, el ojo atento para registrar gestos, ademanes y posturas de la gente de campo. Ojos empequeñecidos por la luz con telarañas de dolor, bocas cinceladas por el hambre, manos arañando el aire para asirse a los sueños, pies enormes queriendo enraizarse con la tierra.

En sus últimos años Mérida siguió con alegría su afición a su arte. El destino le obligó a residir en Lima por esa paradoja que quita al hombre de altura la capacidad de jalar el oxígeno que mueve el mecanismo de sístoles y diástoles del corazón. Ambos abrieron un taller donde ella crea sucesivamente obras para nuevas exposiciones con el estilo del padre. Una propia de barros dorados. Los recibimos con el mismo cariño deseándole que siga adelante en la segunda etapa Mérida.  

Alfonsina Barrionuevo    

domingo, 5 de octubre de 2014

LA PACHAMAMA SE FUE
POR MIS RODILLAS

Cuando ella e pregunto por donde quería que se fuera  me dejó atónita,
Mil preguntas acudieron a mis labios. ¿Qué quería decir? Si llegó volando era lógico que se fuera de la misma manera. Vino un silencio de segundos y sentí que debía reaccionar pronto. ¿Qué significaba eso? ¿Cómo podía decidir yo su retiro de la mesa de Mario Cama?
Ante eso yo estaba en la calle. Ella fue más rápida. antes de que siguiera imaginando cómo podía irse dijo algo que fue un terremoto para mí. 
– Sabes, hijita, me iré por tus rodillas.
Me gustó su entrada, sus explicaciones, la  idea de escribir un libro. Mas, que me tocara me dio escalofríos. En plena oscuridad no podía escapar de la silla que me sujetaba como si tuviera ataduras invisibles. ¿Cómo podía saber qué significaba eso? Algo hizo que saliera por la tangente, como se acostumbra decir para desviar la respuesta.
-¿Por qué no te vas por mi corazón? –le respondí sin pensar en las consecuencias.
-¿Qué, me estás retando? – preguntó sorprendida.
Tenía que ser categórica y así le contesté.
-No.
-Pues, me iré por tus rodillas.
Y…
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Del libro “Hablando con los Apus”


LA SEÑORA DE CAO

Cao Viejo  es famoso por una  mujer  de  alto rango y una fuerte relación con el agua y la fertilidad de  los campos. Ella fue hermosa, en la edad de los sueños. Su historia está graficada en una vasija de caolín o arcilla blanca  que fue colocada a su lado. Se trata de una sacerdotisa, envuelta en un manto pallar,  realizando una imposición de mano sobre el ombligo de una niña que lacta en los brazos de su madre. 
Parecía dormida cuando se fue.  Buscaron su rastro en el pasado, unos 1,700 años, y se  pudo evocar su rostro altivo, sus ojos grandes, su cuerpo esbelto y sus pies menudos que parecían deslizarse al caminar.

Nunca se encontró un fardo funerario moche excepcionalmente conservado de, ciento veinte kilos, un cortejo de mujeres y hombres sacrificados para su servicio, muchas joyas como símbolos de poder.         
La sacerdotisa de la Waka Cao Viejo envuelve en su encanto el espacio sagrado donde se hallaba, en el complejo arqueológico El Brujo, a 60 kilómetros, al noroeste de Trujillo. El lugar donde reposaba, arrullada por un lejano rumor de olas, en los brazos de la madre tierra de Chicama, estaba en la esquina de una  pirámide trunca.
Trescientos metros cuadrados, un techo a dos aguas con el soporte de una columna bellamente decorada, un frontis donde se repìte con gran colorido un personaje de rostro con rasgos felínicos, manos llevando cóndores y serpientes, y pies abiertos, entre  muros con relieves geométricos que son un jubileo de peces life serpentiformes (trichomycterus sp) y unos pequeños felinos (oncifelis colo colo).
Regulo Franco, arqueólogo director del proyecto El Brujo, cuyo mayor logro es el hallazgo de la mujer más relevante del antiguo mundo moche, considera que esta caracterización, en la fase temprana de dicha cultura, tiene un vínculo con el mundo de los muertos.
En el marco de la pompa fúnebre un estudio riguroso registra  desde el momento en que manos reverentes lavaron el cuerpo desnudo de la joven Señora de Cao con agua de mar o agua con sal y le rociaron polvo de cinabrio, sulfato de mercurio, para impedir su corrupción, acomodando su larga cabellera, con  fleco o cerquillo sobre su frente.
Era delicada, de una talla que bordeaba el metro cincuenta y apenas unos veinte a veinticinco años espléndidos  que hacían resaltar los tatuajes impresos en sus antebrazos, los dedos de la mano, la palma, los tobillos y los dedos de los pies, con misteriosos dibujos de serpientes, arañas, peces, caballitos de mar, pulpos, un gato montés, líneas y rombos. Una relación interesante con las imágenes en relieve policromado emblemáticas que se repiten en las paredes del templo.


Su rostro fue cubierto respetuosamente con un cuenco de metal, se colocó un segundo en la parte lateral del tórax y un tercero hacia la espalda.  Alrededor de su cabeza, cuarenta y cuatro narigueras de oro y plata magistralmente decoradas con pelícanos, alacranes, serpientes bicéfalas, cangrejos y arañas.
También quince collares de oro, cobre y piedras semipreciosas, sartas de aretes de cobre con incrustaciones de turquesa y orejeras. Un tesoro digno de su estatus mágico religioso y social.
Envuelta con varias mantas fue colocada sobre una base de caña brava y debajo del cuerpo depositaron veintitrés estólicas buriladas, con representaciones diferentes. Estas lanzadoras de dardos aparecen en la iconografía mochica en escenas de caza del venado y lanzamiento de flores con probable intención ceremonial de purificar el aire.

La revistieron con un manto de placas metálicas, cosidas a la tela como si fueran un estandarte. Encima acolchonaron la superficie con una capa de algodón blanco que parecía  espuma de mar. A su lado añadieron husos, ovillos, agujas de oro, de cobre y vestidos  pintados con figuras geométricas o bordados con peces.
Siguieron envolviéndola en ricas telas y en la última delinearon su rostro con   anillos y  placas de metal. Sobre este primer fardo fueron sus emblemas, coronas, diademas, bastones-porras a los costados  propios de varones  y más paños de tela y piezas de tejido llano, una tan larga que le dio 48 vueltas. El último envoltorio, cosido con puntadas en zigzag, llevaba dibujado otro rostro coloreado.

Hace años visité con Régulo Franco  la Waka El Brujo o Waka Cortada, después de entrevistar a don Guillermo Wiese de Osma, quien hizo reproducir en el museo de una sucursal  del Banco Wiese, Miraflores, las extraordinarias pinturas que se encontraron en sus andenes. Al caminar por ellos, donde aparecen danzarines, guerreros victoriosos y prisioneros, se percibía mucha energía. 
Todavía estaba inédito el contenido de la waka de Cao Viejo, en cuyas cercanías quedan los escombros de una iglesia virreinal y un poblado, Magdalena de Cao con rancherías. Los españoles difundieron que sus habitantes eran brujas, en realidad gente de curandería.

En el año 2,008  el apoyo de la Fundación Augusto N. Wiese y el Instituto Nacional de Cultura de la Libertad permitió excavar en la waka de Cao Viejo. Al comienzo los arqueólogos hallaron unas vasijas enterradas y un fragmento de mate pirograbado. Al pie de la banqueta del recinto esquinero notaron el contorno de una fosa extensa. Hacia el sur una lechuza de cerámica los orientó a ofrendas incineradas de hilos en husos de madera, restos de tejidos, agujas de cobre, y otros.
El siguiente paso fue el  descubrimiento de un guerrero, una pequeña escultura de madera que lleva sobre su  cabeza un tocado de cobre dorado y en sus manos una porra y escudo forrado también con metal dorado. Así se llegó a la Señora de Cao. Su entierro corresponde a una de las fases más antiguas, previa al terremoto  devastador que afectó todas las construcciones en el siglo IV d.C., a juzgar con los fechados de carbono 14, con evidencias de su gobierno o cogobierno con asistentes.

Su atuendo y sus tatuajes concuerdan con un papel de sacerdotisa de la Luna. Las coronas repujadas con diseños de felinos, arañas o adornadas con una diadema en forma de “V” y una figura  de murciélago son típicas de los personajes sobrenaturales relacionados con el mar, la noche y con el mundo subterráneo, escribe Régulo Franco.
Ella habría ejercido un rol soberano entre los  moche a pesar de su extrema juventud,  que supone un gran carácter. Debió influir en el gobierno y en la religión por su capacidad de vidente definiendo si el año sería bueno o malo para la agricultura, su dominio para curar y el ejercicio de ceremonias y rituales que la elevaron a un sitial donde no llegaron otras mujeres ni  hombres de su época.  Hay que visitar su museo de sitio para admirarla.


Alfonsina Barrionuevo

lunes, 29 de septiembre de 2014

GRABANDO PARA LA PACHAMAMA

No podía mirar al Apu Salqantay porque estábamos a oscuras. Debió aflorar a sus labios una sonrisa. Me miró desde sus alturas y dijo con voz clara y fuerte:
-No. Lo que haré como despedida será rozar tus cabellos. Kutimunkiña. Los únicos que tienen derecho de entrar en mi estrella son los cóndores porque son mis criaturas. Te dejé tomar una foto de la laguna donde se zambullen, la Waynaqocha. Tú la tienes pero los pilotos de los aviones que dan vueltas a veces nunca la verán.
Su ala derecha pasó muy cerca de mí y se sintió la fuerza de sus alas. Mis cabellos se levantaron ligeramente y cayeron sobre mi frente. Maquinalmente los arreglé.  Al menos prometió regresar.
Nos quedamos mudos otro tanto y la Pachama del Waqaypata rompió el silencio.
-Has escrito poco para mí –comentó en tono de reproche.
-Nos conocemos poco, mamita –le contesté. Ádemás me han dicho que no les gusta que les graben y mi memoria no es buena para retener lo que digas tal como debe ser.
-Tienes razón. Estás autorizada para traer una grabadora.
-…y una cámara fotográfica.
- No.
-¿Por qué?
-Nosotros, Apus y Pachamamas, no somos como uds.  Somos energía pura, seres de luz.  No saldría nada y antes de que trataras de disparar el botón  ya nos habríamos ido.
-Haz lo que te dice –me indicó Mario Cama.
-Y ahora, -Cómo quieres que me vaya?
La pregunta me inmovilizó.
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Resumen del libro  “Hablando con los Apus”.


RENACE EL ALGODÓN DE COLORES

Lo veo en internet como si fuera  un sueño. A lo lejos parece el botón de una rosa encendida, como una brasa. Así se deben ver también otros capullos: con una imponente sinfonía de colores. Amarillos,  marrones, negros, blancos  o morados.

Los cronistas de siglo XVI fueron parcos. Se limitaron a decir que habían visto algodón de colores y guardaron su entusiasmo para otros temas. Los encomenderos explotaron sin mayor demora los tejidos de las telas “kunbe” de algodón andino para enviarlos en fardos a la península. Era tal su ansia, que hacían trabajar sin piedad hasta a los niños. Les ataban del tobillo a los telares, como pajaritos, para que no escapen. Ellos tejían igual que los mayores, desde el alba hasta que caía el sol.

La industria decayó cuando Europa comenzó a abarrotar el mercado de América con sedas, terciopelos, castillas, encajes, gasas y cuanto servía para vestir a la gente de la ciudad. Nuestro algodón discriminado como la propia gente nativa, luchando desesperadamente para sobrevivir.
Ahora, en que escribo estas líneas, me doy cuenta de cuánto hay que batallar, incluso para cambiar el pensamiento de esa otra mitad de peruanos que no entienden el compromiso quetenemos con la historia y que no debemos dejar que la patria se diluya ante nuestros ojos. Los españoles crearon en nuestros pueblos un trauma de inferioridad al que incorporaron plantas y animales. Estamos viviendo un momento difícil en que la globalización nos invade. Necesitamos unir fuerzas. Merecemos un destino mejor y hay que conquistarlo. Tenemos que apoyar a nuestro  algodón de colores para que recobre su sitial.

El algodón blanco es originario de varias partes del globo. Entre ellas la isla Barbados en Centro América, cuna de la especie Gossypium barbadense, una malvácea. A ésta le tocó diversificarse, siendo llevada como rica presea de un sitio a otro, hasta que levantó un vuelo generacional en Egipto. Entre tantas vueltas llegó al Perú, estableciéndose como un nuevo algodón, el “Pima”, que ha absorbido los valores de nuestro ambiente.
Entretanto, nuestro algodón de colores fue puesto hasta el borde de la extinción.

Injustamente se le consideró áspero y ordinario, olvidando que fue empleado por los extraordinarios tejedores de Caral, Chavin, Parakas, Chankay o Inka, entre otras culturas. Según los estudiosos, en una pulgada se cuentan hasta 398 hilos de una finura admirable.  Sus colores cautivan desde las tramas de fondo o  los magníficos bordados que han resistido el paso de milenios.
A principios del siglo XX se creyó curiosamente que la gente del Perú teñía el algodón y la fibra de alpaka con tintes minerales. Sumo error que confundió la apreciación de nuestro algodón nativo, también conocido como algodón país. Este algodón, que se encuentra principalmente en el norte, sintió la reducción de su área de subsistencia al dársele de baja. El golpe de gracia lo recibió en 1940, cuando por decreto gubernamental se prohibió su cultivo. El veto oficial decía que era culpable de causar plagas en las plantaciones del algodón foráneo de blanquísima fibra.

La resistencia que surgió de inmediato lo salvó del naufragio en los surcos donde antes se enseñoreaba.  Inspira ternura la valentía de las mujeres de Lambayeque que lo cobijaron en sus huertos osadamente, para seguir tejiendo chales, alforjas y fajas, sin tener que recurrir a los tintes alemanes que llegaban a todos los mercados.
En los últimos lustros, cuando la calidad de nuestros productos se está imponiendo en  el mundo, el algodón nativo ha comenzado a recibir aliento. La prestigiosa arqueóloga Ruth Shady, que acaba de celebrar el decimo noveno aniversario del redescubrimiento de Caral-Supe, anunció que tiene en camino un proyecto para su rescate. Como primer aporte los campesinos han recolectado 6,000 plantones que ya tienen un lugar para crecer sin temor y con cariño.
De acuerdo con el hallazgo de motas, atados compactos y semillas de algodón pardo, marrón, crema y beige en Supe, se puede afirmar que los antiguos caralinos habían emprendido su manejo. La existencia de ruecas, telares y restos de tejidos evidencian que hace 5,000 años los pobladores de la Ciudad Sagrada de Caral ya lo habían descubierto en los albores de los conocimientos matemáticos, astronómicos y arquitectónicos.  Gracias a su presencia, ellos pasaron del taparrabo de junco a la prenda  liviana y sugerente.

En uno de mis primeros viajes al norte, el antropólogo James Vreeland me mostró con entusiasmo vellones sorprendentes del algodón de colores. Los tenía una señora de Mórrope, de la Asociación de Productores de Algodón Orgánico que el estudioso fundó para su salvataje. Sus características, según dijo, eran asombrosas por la cantidad de tonalidades naturales que tenía.
La planta es tan buena, que puede enfrentar al desierto y la sequía. Sus raíces se alargan buscando agua, hasta hallar fuentes subterráneas por su cuenta. Su resistencia a las pestes la convierte en un acorazado vegetal.  De fibra larga y pródiga para el hilado,  este algodón da dos cosechas al año. Incluso es posible extraer de sus pepitas  un fino aceite,  como el de oliva. 
La situación del algodón de colores sigue siendo crítica. Sin embargo, esperamos que tenga una segunda oportunidad. Los agricultores de las viejas culturas se han hecho polvo. El trabajo de los arqueólogos, siendo muy laborioso, es limitado. Pero, felizmente, tenemos a Ruth Shady. Ella va más allá de los registros en su deseo de tonificar  Supe, Végueta y Vichama, motivando con la grandeza del pasado a una población poco afortunada económicamente.

La jefa del Proyecto “Caral-Supe” puede lograr imposibles si recibe recursos para este algodón heroico, que a lo mejor se convierte en un dínamo para ayudar a los vecinos del poderoso grupo arqueológico.  Esperemos que vuelva a crecer la sombra benéfica del cerro Gokne, su apu protector. En este siglo globalizado hay preferencia por lo orgánico y el algodón de colores  tiene que ganarle con todo derecho al plástico en las competencias de la moda con la marca Perú.

Alfonsina Barrionuevo

domingo, 21 de septiembre de 2014

SALQANTAY: REY DE REYES

La entrada del  Salqantay, rey de reyes de Qosqo, fue espectacular. Hizo temblar el aire Cerré los ojos porque parecía que iba a levantar la casa. No escuché sus pasos. Me sorprendió cuando me saludó cariñosamente con voz muy alta. Se colocó arriba, en un espacio propio, con una majestad que se imponía.

-Estoy muy complacido hija, con lo que has escrito sobre mí en “Cusco Mágico” –dijo en español y siguió en qechwa sin parar. El torrente verbal que venía del lugar donde se había colocado era música para mis oídos. No pude captarle del todo pero me hizo una relación de lo que puse en mi libro. El respeto que le tenían los pueblos del Ande, las historias mágicas que había recopilado y cuanto me faltaba hacer. Al terminar me preguntó de una manera que me pareció insólita

-¿Quieres que haga algo por tí?
-Sí, -le respondí,  y con una audacia que a mí misma me pareció increíble le pedí un imposible.
-Quiero que pongas tus manos sobre mi rostro.
Lo hice porque es un Apu que puede otorgar la juventud eterna. Tiene ese poder, pero estaba cometiendo una gran temeridad al pedírselo apenas acababa de conocerle. Un atrevimiento que dejó mudos a todos los que estaban conmigo. Podría haberme castigado como hizo con el guerrero que fue a buscar sus aguas taumaturgas para dárselas a su amada. Ni siquiera lo dejó que se acercara y lo  convirtió en un pobre leqecho, una ave de canto lastimero. Me demostró su cariño al responder con suavidad después de un largo silencio que me estremeció y bajó el ritmo de mis latidos porque estaba ante una fuerza poderosa.
-Lo que voy hacer hija es pasar mis manos sobre tu cabeza, -me ofreció con suma simpatía.
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Resúmenes del libro “Hablando con los Apus”.



UNA MADRE PAPA MULTIDIVERSA
          
Perú, país de auroras que se bañan en oro solar; de cerros protectores con tesoros en sus entrañas, de valles donde extiende sus polleras bordadas la madre tierra, de lagunas turquesa adormiladas en las mil manos de los Andes, de regiones exultantes de vida y de muerte. País de paradojas donde la Pachamama asiste con pena a la desaparición de variedades de la papa nativa que regaló a sus habitantes.
Mientras el mundo se globaliza la soledad engulle como un animal monstruoso plantas alimenticias, medicinales y decorativas, acabando su ciclo. Entre ellas la papa. Un regreso inexorable al Ukhupacha. la tierra de las sombras que dejó para llevar alegría al mundo.

“El fenómeno avanza lentamente pero se deja notar, se siente”, observó en una oportunidad Celfia Obregón Ramírez, ingeniera agrónoma. que volvió a nacer después del cataclismo que sacudió el Callejón de Huaylas, Huaraz y otras ciudades, en 1970. Ella tenía diez años y se salvó de morir cuando, en seguida un pico de glaciar se desprendió del Huascarán y arrasó su tierra, Yungay. Ella providencialmente estaba en una parte alta, donde colocó su carpa un circo.
En Lima estudió en la Universidad de la Molina y posteriormente, en un trabajo conjunto con el Ministerio de Agricultura, el CIP  y el INIA, recorrió casi todas las regiones paperas que son diecinueve, subiendo hasta  4,000 y 5,000 metros de altura, en  la sierra de Piura, Huánuco, Pasco, Ancash, Lima,  Junín, Ayacucho, Huancavelica, Cusco, Puno y otras. Su propósito fue ayudar a registrar las papas nativas, algo así como darles una partida de nacimiento, para que sean reconocidas.   

Tenemos alrededor de 3,600 variedades de papa. Unas 160 comerciales y el resto nativas, de auto consumo, de todas las formas, flores y colores que no van a los mercados. Los jóvenes de las comunidades y los pueblos tienden a emigrar a las ciudades en busca de oportunidades. Quedan los padres y a veces los abuelos. No son suficientes para seguir sembrando y cosechando sus papas tradicionales. Su área se recorta a la par que las familias hasta que un día sólo quedará el viento llorando sobre los surcos resecos.

“El poco aprecio que se tiene por la papa se traduce en su manejo. Su comercialización es desordenada. Las bolsas para recoger basura en Lima son mejores que los sacos en que la llevan a los mercados mezclada con tierra, rebajando su valor”, señala. “Tampoco hay una buena selección de semillas. No se advierte más, para mí, la papa está en emergencia.
Antes de hablar con Celfia no podía imaginar en cuanto puede sorprender esa maravilla que nos obsequia la naturaleza. La papa añil, por ejemplo, que por  ser muy oscura parece una yanapapa, “papa negra” más real que la buscada orquídea negra.

Valery Barbier, una francesa experta en merketing y comunicaciones que vino a hacer una pasantía, se fijó en la cantidad de antioxidantes que contiene y logró otener una crema cosmética para proteger el rostro del tiempo. Al final de conversar con laboratorios locales ha puso en orbita la MishkiPerú, producida por Yana Cosmetics S.A.C.
La papa añil es de Huánuco y las mujeres de cierta comunidad  la usan en rodajas para proteger sus sienes y los costados de los ojos para conservar una piel bella, lozana, tersa, gracias a ella. Celfia que camina por la puna hace catorce años observó esta costumbre y comenzó el estudio de la papa añil. “Los laboratorios quisieran una tonelada para trabajar con ella pero a lo más  se cosecha unos 450 kilos, explica. Su sabor es excelente pero a las mujeres del lugar les gusta utilizarla para protegerse de los efectos del sol, el viento, el frío. No puedo saber cuándo descubrieron su frescura pero la usan desde las tatarabuelas y aquellas seguramente de las suyas.”

Le pregunto si no sería oportuno extender su cultivo y ella contesta que no funciona. “Hemos tratado y saliendo de su área pierde el color y varían sus componentes. Es que las papas se parecen a las personas. Tienen su hogar donde se sienten a gusto, su familia, su nombre y apellido, su identidad, su lugar de nacimiento, de origen. Las papas nativas tienen sus pisos y no les gusta que las trasladen. Sus flores son moradas pero en otro nivel pueden ponerse violetas y hasta blanquecinas. Ya no son ellas. Es una defensa natural de nuestras papas nativas. Los gobiernos deben preocuparse por lo que tenemos, reclama la ingeniera. Al Sur  la isla de Pascua sólo tenía un tipo de papa. Ahora Chile tiene 360 variedades. Sus características, por supuesto, serán diferentes. Hay que preguntar cómo han salido. Pasó la época en que fueron un regalo y salvaron al mundo del hambre.”

Por más que en otros países se afanan por mejorar las papas que cultivan sólo sacan papas blancas, buenas para freir. Debemos aprovechar para exportar productos alimentarios, agrega Celfia Obregón. Tenemos papas muy ricas para puré, causa, sopas y hasta para postres, palitos de papa, suspiro limeño y otros.”
Entre las papas nativas hay muy exóticas como la papa piña con formas muy caprichosas. ADERS, la asociación a la que pertenece, está siempre en contacto con el Centro Internacional de la Papa CIP) y el Instituto Nacional de Investigaciones Agrarias (INIA).
  
Alfonsina Barrionuevo