sábado, 26 de enero de 2019


¡LA TIERRA PUEDE MORIR!

¡Alerta, nuestro planeta se encuentra en peligro!
¡Alertaaa!
Hace años estuve en Ciudad México y una espesa niebla la cubría. Era una de las capitales más contaminadas del mundo. Hace unos días mi hija Vida viajó a la ciudad mexicana. Me trajo una noticia alucinante. Admiró su cielo azul y sus plazas  y calles cubiertas de un verde milagroso. El aire pesado que la envolvía se limpió.
No sé si nuestra Tierra puede salir del oscuro alerta, pero con el ejemplo de Ciudad de México es posible. En Lima mucho se podría hacer sembrando árboles en las peligrosas laderas del Rímac que cientos de años atrás eran frondosas. Para eso tiene que trazarse un plan director en el cual participen las autoridades y los habitantes de la ciudad. Deben prepararse brigadas que enseñen cómo se foresta los cerros, empresas que ayuden al cultivo de plantones y generar un sentimiento de responsabilidad en la población. Somos solidarios, habrá una gran respuesta, lo único que hacer es organizar un movimiento para recobrar la protección que generan los bosques.
         
El problema se presenta a  nivel mundial, pero al menos en el país hay que tomar conciencia de su gravedad. La agresión a la Tierra fue advertida entre 1975 y 1980 más o menos. En una entrevista que le hice al famoso sociólogo brasileño Josué de Castro, autor de un best seller: “La Geografía del Hambre”, me dijo que, en un futuro distante habrían cambios climáticos tan extremos que, en ciertas partes, la nieve y el frío sería tan intensos que la gente se congelaría y, en otras, el calor tan agotador, que acabaría con la vida animal y vegetal. Cuando hablamos de la sobrepoblación agregó que su alimentación pasará a segundo plano. ‘El hombre, antes que morirse de hambre, dijo, se morirá de sed’.  
Cuando se dio la vida en el planeta, el único habitado del Sistema Solar, millones de niños jugaron en sus sueños prehistóricos con lunas de plata y estrellas brillantes, hicieron volar al arco iris como si fuera un cometa, se trasladaron de un sitio a otro en alas del viento, flotaron en las aguas del mar sobre pañales de plankton, treparon las cumbres más altas, se lanzaron en tobogán por el cuello de las jirafas, jalaron de la cola a los caimanes, se durmieron sobre los vellones de las alpakas, hicieron rondas con los pajaritos y fueron  felices. Durante millones de años la Tierra ha sido madre. En este siglo, a pesar del avance de las tecnologías, los países desarrollados la están poniendo en emergencia.
Este planeta, nuestro hogar desde épocas sin memoria, ha sido generoso, hasta que las industrias, las empresas y las ciudades crecieron indiscriminadamente provocando un caos terrible. En los últimos siglos la Tierra ha sido maltratada,  atropellada, atormentada, ensuciada, y esclavizada por el cemento. La mayoría se reduce a vivir sin respetar sus principios vitales. Una minoría la explota olvidando que una catástrofe futura los arrastrará también. Si suben los mares será en Nueva York como en Venecia, Bruselas, Egipto, o Suecia, En muchas partes donde hay excesiva tala de árboles el alza de la temperatura provocará sequías y sucesivas desertificaciones.

Resultado de imagen para amazonia peruanaLima es una muestra. En menos de cinco siglos ha pasado de valle fértil y próspero, con un río limpio dotado de peces y camarones, bosques rumorosos y cerros llenos de verdor a una megalópolis con distritos de estructuras diversas, grandes urbanizaciones, sectores populares y tugurios que se prenden de  cerros calvos que perdieron su encanto. No se ha terminado de monitorear la situación en otras partes.
La consecuencia es un aumento de cánceres a la piel y la ceguera. No basta proteger la cabeza con sombreros. Se necesita lentes especiales, pues, los rayos caen al suelo y rebotan a los ojos en un ping pong trágico. El calentamiento global o efecto invernadero es producto del uso de combustibles fósiles, -los dinosaurios convertidos en petróleo-,  el dióxido de carbono y otras sustancias químicas. 
Por los gases contaminantes en el Perú siguen disminuyendo sus glaciares. En Qoyllur Rit’i, lugar de multitudinarios peregrinajes, también se aprecia una sensible baja de  nieve. En Groenlandia así mismo satélites de la NASA registraron que en el año 2005 su casquete de hielo perdió 50 kilómetros cúbicos de hielo. De seguir subirá el nivel de los mares hasta 4 y 6 metros cubriendo poblaciones costeras y balnearios.
Puede parecer una paradoja pero hay que reforestar la selva u omagua- que va siendo cada día más vulnerable. No sólo es un pulmón que oxigena la atmósfera sino que protege la vida en su entorno. En San Martín y Amazonas hay áreas de selva seca, la purma. Se sabe que su ecosistema es muy frágil. apenas unos dos metros de tierra y debajo cuarzo. La refracción del sol aumenta la fuerza de sus rayos.
Que se cumplan las disposiciones legales para racionalizar la explotación maderera. Que no se corten completamente los árboles para que retoñen y que siembren tres por uno que se tala. Los gobernantes deben tomar medidas para proteger el medio ambiente y dejar de sumarse a los millonarios destructores de la Tierra. A la temperatura que aumenta se agregarán  otros  problemas. Las explosiones solares y la basura de los satélites y las naves espaciales.
Tenemos que luchar señores del gobierno. Hay que hacer campaña señores de las instituciones del medio ambiente. ¡A trabajar con las naciones que ya están pensando en salvaguardar el futuro de las próximas generaciones! De continuar el calentamiento del planeta disminuirán los recursos hídricos y desaparecerá un alto porcentaje de especies.
¡Salvemos a nuestra querida Tierra!  
Alfonsina Barrionuevo

miércoles, 23 de enero de 2019

EL CÁNTARO DE URPI WACHAQ   
En un tiempo sin edad, la mar no estaba poblada. Los peces de escama plateada vivían en un cántaro que guardaba con celo Urpi Wachaq, una mujer de Pachakamaq. En su interior las nubes navegaban y el sol también a veces, bogaba la luna y las estrellas prendían sus luces. Nadie tocaba el urpu o cántaro, porque era sagrado.
Hasta que Urpi Wachaq lo descuidó por curiosa. Encargó a una serpiente que lo cuidara y se fue para ver a Kawillaka, la orgullosa hija de un señor de Végueta, que pasó por allí, huyendo de Kuniraya Wiraqocha. El príncipe trató de alcanzarla, según la leyenda, pero la joven fue más rápida y se arrojó con su hijo a la mar, avergonzada de su presencia. No aceptó que un pordiosero fuera el padre de su vástago. Así lo vio cuando asistió al consejo de los príncipes wilkas.
Resultado de imagen para MARTINEZ DE COMPAÑON PESCADORES
Una historia que habla de los desdenes de la doncella y cómo fue castigada por Kuniraya, quien usó sus poderes para convertirse en ave y dejar caer su simiente en el fruto de lúkumo que aquella comió. 
Malhumorado por su fracaso Kuniraya volvió sobre sus pasos y descubrió en la mansión de Urpi Wachaq a sus dos hijas. Quiso enamorarlas, pero ellas, tornadas en palomas, volaron. Más irritado aún convirtió en arena a la culebra, que era su guardiana, y dio un puntapié al cántaro, que rodó hasta la mar volcando su precioso contenido.
Los peces encontraron en el océano un urpu infinito, apenas ceñido por la ancha faja de la corriente de Humboldt. Ahí se multiplicaron.  Nuestro mar tropical recibe su aporte benéfico gracias a la existencia de una voluminosa biomasa de fitoplancton y zooplancton, microorganismos que son el inicio de  la cadena de unas 800 especies ictiológicas, desde la pequeña y tímida anchoveta (Engraulis ringens) hasta el atún de aleta amarilla ((Thunnus alalunga), que llega a medir más de dos metros.
En las madrugadas del siglo XVI la salida de miles de pescadores a lo largo del litoral debió ofrecer una vista majestuosa. Sentados o de rodillas, sobre sus caballitos de totora, se movilizaban con sus redes en pos de los peces de cada día. Las mujeres aguardaban su regreso con ansias y salaban los sobrantes.
Había días en que la mar, Juana Puyka, se enfermaba y los cardúmenes se alejaban, o  las olas se encabritaban. Ellos se abastecían para entonces o los destinaban a los mercados de trueque,  donde cambiaban los productos marinos por otros para sustentarse, ropas, vajillas de arcilla y animales domésticos.
Los españoles hicieron el primer contacto con el Perú por medio de la mar. Se cuenta  que frente a Tumbes Bartolomé Ruiz abordó una balsa chincha de dos pisos y lo primero que tomó fueron sus provisiones de pescado. Sin que se enterara jamás, ingresó a uno de los mares más ricos del planeta.
Los chinchas tenían rutas por mar y tierra, y visitaban muchas poblaciones llevando llevaban una diversidad de mercancías. A través de milenios ellos perfeccionaron las artes de pesca. Al principio  trataron de coger los peces con las manos, después hicieron pequeños diques en los lugares donde los ríos entraban al océano,  generalmente cuando bajaban de caudal. Luego inventaron redes de diferentes tamaños para coger distintas especies.
En los dibujos que mandó hacer el obispo Baltazar Jaime Martínez de Compañón, aparecen en naves más grandes, que acomodaban en pareja para hacer una pesca abundante. En Caral se ha encontrado Instrumentos primigenios para la cosecha marina.
Así como las artes de pesca demuestran el talento de los antiquísimos abuelos para hacerse a la mar, se aprecia del mismo modo la evolución de la gastronomía. De hecho los primeros peces se comieron crudos, después asándolos sobre piedras calientes o envueltos en hojas gruesas,  agregándoles sal y unas hierbas olorosas.  En algún momento usaron el jugo ácido del tumbo para preparar sus delicadas carnes, sin necesidad de fuego. Ese debió ser el origen del seviche, ceviche o cebiche, cuyo nombre varía en su escritura, aunque no en su peruanidad neta. 
En el Museo de las Ciencias de la Salud, que existió en la calle del Arzobispado, a media cuadra de la Plaza Mayor de Lima, el recordado médico historiador Fernando Cabieses Molina ofreció a los periodistas un almuerzo con platos prehispánicos. Entre ellos figuraba el seviche que preparó Melchor Salomón, quien heredó estas especialidades de su madre. El tumbo le dio sabor y aroma exquisitos que nunca he vuelto a probar. El limón también lo cocina y es agradable, pero lo antecedió un fruto de esta tierra: el tumbo que es ácido cuando está verde y dulce en su madurez tiene su clima y su altura que son poco conocidas.
A Kuniraya, quien enredó la lengua de los papagayos porque dijeron que Kawillaka estaba muy lejos y no la alcanzaría, hay que agradecerle su impulso de mandar a rodar el cántaro de Urpi Wachaq. Así permitió que los peces se dispersaran en el mar. Por ende puso al alcance de todos un producto alimenticio que es una fuente de salud para el mundo.
Alfonsina Barrionuevo  

viernes, 11 de enero de 2019


SAN PEDRITO DE ILO    
En Ilo, Moquegua, los viejos pelícanos parecen filósofos con alas, esperan las barcazas para robar uno que otro pececillo. A su espera montan guardia en los roquedales como aquellos que vieron pasar a los antiguos peruanos rumbo al Sur. Es extraordinario que fuera, en aquellas épocas, un puerto internacional de donde salieron los osados navegantes  del Qosqo en grandes balsas buscando nuevos lugares que conocer. El sol del atardecer que se oculta tras los abanicos de las palmeras, es el único que podría dar fe de su proeza pues regresaron de lo desconocido.
Paúl Rivet, el famoso antropólogo francés que pasó una temporada en el lugar, estaba seguro de que llegaron a Tahití y otras islas, intercambiando productos. Lo comprobó el capitán Domingo de Goyenechea en 1772 y el noruego Thor Heyerdahl en 1947. Conexiones que a lo mejor un día pueden repetirse para los turistas en busca de aventura, pero en una nave con todas las comodidades y en menor tiempo.
Resultado de imagen para casas de mojinete IloEn la ciudad de hoy los viajeros admiran la iglesia de San Jerónimo que es notable por el material que fue empleado para su construcción. Como es pequeña se le da vuelta y se comprueba que está hecha íntegramente de madera. El párroco y los feligreses tienen mucho cuidado con las velas que se encienden para San Pedro en su fiesta, pues, un incendio podría destruir la reliquia. Su venera de agua bendita es una gigantesca concha marina traída del Viejo Mundo, con una valva que mide abierta unos ochenta centímetros y un grosor de treinta por lo menos.
El lugar fue encomienda de Nicolás de Ribera, el Viejo, quien cortó los primeros bosques de algarrobo, yaro, pacae y guarango, para construir embarcaciones. Su idea era una permanente comunicación  con Lima, ciudad de la que fue su primer alcalde. La iglesia está dedicada a San Jerónimo, pero San Pedro tiene más devotos por la cantidad de gente que se dedica a la pesca y requiere sus favores. Incluso hay dos imágenes del santo apóstol y portero del cielo. Una  grande que sale en procesión y otra pequeña, de un San Pedrito, que sale al mar y les asegura una  buena pesca. Las familias arrojan, cuando su barca comienza a moverse, una gran cantidad de claveles  en recuerdo de los pescadores muertos, convirtiendo las aguas en un jardín flotante lleno de hermosos recuerdos.
Aunque su primer encomendero fue español, quienes se afincaron en Ilo fueron ingleses y franceses con un permiso especial de Felipe V en 1700, y después italianos y yugoeslavos, que hicieron fortunas con el comercio de pescado salado, vinos, aceitunas, azufre, magnesio, salitre y cuanto se podía vender en Lima, Tacna y Europa.
Las casas de mojinete que sólo se encuentran al sur del Perú son muy fotografiadas  por los turistas, a quienes llama la atención ese tipo de arquitectura mozárabe. En el siglo pasado se tenía un transporte original, ‘el calamazo’, un camión que corría sobre rieles y jalaba coches de primera, segunda y tercera. Muy cerca del mar quedan vestigios de las bodegas de los chinos que vendían caña de azúcar, chancaca y miel.
La construcción más antigua es un sugerente ranchito cuyos techos se sostienen sobre columnas de palo. Sus paredes son de quincha. Es muy buscada por los visitantes quienes declaran que debía estar en vitrina. Sus casonas más típicas, que son muestras de su antiguo esplendor, son las casas Chocano, de tipo republicano, que luce un larguísimo balcón, y la Casa Gonzáles, donde funciona el Museo Naval. Otro atractivo turístico es el mirador que mandó hacer el alcalde Augusto Díaz Peñaloza, integrando las rocas y el mar. Lugar de ensoñación para tres generaciones que van hasta hoy para contemplar las puestas del sol, el movimiento de las olas que bordan encajes al pie, el paso de las embarcaciones y el vuelo de las aves marinas cerca de tierra.
El Muelle Fiscal no era un lugar de paseo, sino embarcadero de mercancías productos de campo, y hasta vacas que eran bajadas en grúas, como gordas balletistas, a los lanchones. No olvidar a la visita a Punta Coles donde retozan, aman o duermen simplemente los lobos marinos. Yo fui en 1992 y así conocí la villa que guardo en la memoria.
Alfonsina Barrionuevo

lunes, 7 de enero de 2019


LA DUEÑA DEL AGUA   
En invierno, mientras fuertes ventarrones agitan  las flores de los eucaliptos, una arteria gruesa, barrosa y caliente, salta a un costado del cerro ‘La Botica’. La fuente, oculta en su interior, se abre paso en querella con el día. En tiempo de estío, en su falda, otro manantial bosteza haciendo globitos intermitentes que revientan dibujando una ‘o’ sobre su piel cálida. Su corriente se desliza por el campo con los pies descalzos, dejando huellas de vapor que son más altas cuanto más temprano.
Cachicadán, La Libertad, con su arco blanco de tejas rojas, es tierra de termas ferruginosas y sulfurosas certificadas por el sabio naturalista Antonio Raimondi en 1850. Sus vecinos y visitantes disfrutan de  la voluptuosa caricia del agua que ayuda cuando hay reumatismo y otros problemas que demandan su abrazo benéfico.
Al atardecer y en noche de luna el ojo tiene ‘encanto’. No hay que dejarse provocar por su aura mágica. Hace cincuenta años una recién casada, que fue con su jarra para llenarla, sintió la fuerza de un extraño movimiento en sus bordes. El miedo puso alas en sus pies y se alejó. En la noche soñó con una bellísima mujer, la dueña del agua, quien la invitó a  su palacio de cristales. En la tarde siguiente los árboles susurraron dulcemente su llamado. En la tercera noche la dueña del agua volvió a aparecer ofreciéndole preciosas joyas. Así hasta cinco veces y vio cómo se abría el cerro, iluminado por dentro. Su esposo no quiso perderla y luchó con ella hasta vencer sus artes con puro amor.
Muy cerca, en Wakás, la tierra se rompe y afloran las burbujas. El barro llamado akusha que queda al fondo es un prodigioso cosmético, aseguran las señoras del campo. Las industriosas madres de familia que conocen sus virtudes lo mezclan con miel de abeja y lo ofrecen para limpiar las manchas del rostro, el acné, las espinillas y las líneas del tiempo.
Resultado de imagen para cachicadanEn el cerro ‘La Botica’, crecen una infinidad de hierbas medicinales, obsequio de su dueño a los hijos del lugar.  La variedad de especímenes que brota a cada paso haría la delicia de un botánico. Para encontrarlas hay que hacerle un regalo. Pedir permiso con un trozo de chancaca, cigarrillo, coca o flores, al entrar en su territorio. El señor del gigantesco vivero natural de plantas curativas gusta de la correspondencia. Como es su heredad, siente la falta de cariño, la indiferencia y si no saben cuál es la costumbre o se olvidan de hacerle una ofrenda esconde lo que se busca.
Al frente los cerros se arropan en mantos de color. El paisaje, oración polícroma  que se combina con el cielo, enciende las pupilas de acuerdo a la luz del día y a las estaciones del año. Quién podía imaginar que en Cachicadán ‘vive’ Katekill, el soberbio señor del rayo y la tormenta, a quien buscaron infructuosamente los curas doctrineros de los primeros siglos españoles. La persecución fue implacable durante más de cien años. Katekill, similar del Illapa Inka podía anegar los campos o provocar las sequías.
La Virgen del Carmen, patrona del pueblo, entró al valle tibio con los agustinos por 1797. Su iglesia se construyó después porque era sitio poblado y allí queda un registro de bautizos, matrimonios y defunciones en libros de viejos pergaminos. San Martín de Porres  llegó mucho más tarde por devoción de una vecina reumática que se curó con su fe y los baños.
La gente lo adoptó como "hijo ilustre" después de varios hechos portentosos y se formó una hermandad en 1941. Hoy lo celebran cada 9 de noviembre, con alba en el día en que baja de su altar y festivo paseo de vacas, patas y cabezas adornadas con limones, flores y billetes. En el día de doces o vísperas, con jubilosas danzas de pallos, quiyayas, pishpillas que bailan tocándose la cara, turcos y canasteros, juegos artificiales y serenata de bandas. En el día del día  procesión grande y quema de castillos en la noche, hasta la octava con la promesa de volver, ‘si Dios quiere’.
En esos días los caminos se llenan de peregrinos, ansiosos por deshojar sus alegrías y sus penas ante el santo, abrazar a sus parientes, visitar a sus amigos, saborear las primicias de la tierra, jamones que saben a gloria, okas dulces soleadas, Kancha tostada, revuelto de papas, arroz de trigo, lenteja lino, manzanas, membrillos, quesillos con higos en almíbar, y gozar en las pozas, a flor de todos los poros, la calidez de esas aguas taumaturgas que los devuelven a felices tiempos.
Alfonsina Barrionuevo

domingo, 30 de diciembre de 2018


EL WATAQ
Sabían que el Wataq es el dueño del tiempo?
Es un abuelo abuelísimo que vive con los doce meses en el interior de los cerros donde guarda sus tesoros.
Sus ojos son de fuego, son de agua, son de viento.
Rojos como las brasas son, grises con el color de la lluvia, de la tierra que se levanta en torbellino, que gira en espiral.
En su mano derecha sostiene una vara de chonta con puño de plata labrada.
Hay doce varayoq o alcaldes que tienen doce varas delgadas y doce hondas de flores. Doce alcaldes que salen de los cerros cada año, a medianoche, con cuatro doncellas que son las estaciones.
Ellas visten polleras adornadas con grecas, camisas de cuello alto, casacas de fina castilla y cintas de colores en sus monteras.
Todos bailan. Cada doncella con sus tres alcaldes.
El Wataq amarra en su puño sus hondas de flores.
Cada mes suelta una honda y un alcalde se va con su doncella, hasta dejarlo solo.
Así es el Wataq,  señor del tiempo.

ALCALDES NUEVOS
La historia del Wataq siempre me pareció poética. Ahora con mayor razón en que la corrupción es como una marea que alcanza a medio mundo. Antes, ser autoridad era un honor. Habría que preguntar en qué arruga del espacio se quedaron los valores éticos que distinguían a esos líderes civiles. Lástima que se pierdan. Ojalá vuelvan  hoy, para ser ejemplo.
En algunas comunidades como las de Paucartambo, Qosqo, donde se comienza el año eligiendo un nuevo alcalde. Una flor representa un voto para ese acto cívico que data de los finales del siglo XVI cuando el  Varayoq surge como equilibrador de dos mundos diferentes. No sé si el color y la forma tienen algún significado. Pero el número de flores que van cayendo en una manta representa la voluntad de los votantes que confían en su candidato.

Al filo del Año viejo y del Año Nuevo las comunidades andinas más alejadas se retiran a sus viviendas para elegir al día siguiente a su Varayoq. Ellos llevan una vara de mando como parte de las atribuciones que fueron dadas a sus antepasados por Francisco Toledo.

Imagen relacionadaEste virrey creó el honroso cargo mediante una Ordenanza para manejar el mundo andino. La elección se lleva a cabo en muchas comunidades, según me contó Jorge Núñez del Prado. Los candidatos eligen una flor que los represente –qantu, aranwa, achankaray, etc.-. Cada flor es un voto y los votantes, que la han identificado de antemano, llevan la suya y la colocan discretamente sobre una manta que es como una urna textil. Al ponerse la última se hace el conteo y el que logra una mayor cantidad de flores es el ganador. Si bien resulta bastante singular una elección con flores se debe a la comodidad. Las flores crecen en campos y collados y se descartan después.
Los alcaldes salientes entran después a la iglesia o capilla del lugar y poniendo la rodilla en tierra depositan con respeto en el altar la vara de chonta con empuñadura de plata que honraron por un año. Al salir corren alrededor de la plaza, donde estarán reunidos los pobladores y van arrojando la montera, el ch’ullu, el poncho, la casaca y el chaleco, como señal de honradez.

Imagen relacionadaEl Varayoq demuestra así que hizo un buen “gobierno,” que fue trabajador, que no favoreció a nadie, que no hizo abuso de su cargo, que no se aprovechó de su situación para obtener prebendas y que siempre fue honesto. Algo que no podrían hacer muchas autoridades de las ciudades y en particular del gobierno central.
La elección del nuevo Varayoq reúne a los abuelos que han revisado con celo el historial de los posibles candidatos. No serán muchos, pero bastará con cuatro para que salga el mejor.
Los Varayoq tienen que merecer por su conducta el respeto de sus electores y mantener ese prestigio para llegar a ser con los años un Llaqta varayoq o Llaqta cargo, alcalde de pueblos o  Segunda, alcalde de región. En otras partes los de mayor categoría se llaman Auki varayoq y Sulka varayoq, y encabezan la procesión de la Cruz en mayo y la Fiesta del Agua en  agosto. En el momento en que recibe la vara hace la t’inka asperjando unas gotas hacia sus cerros o Apus y también derramando otras a la Pachamama; pidiéndole al Cristo que lleva en la empuñadura de su vara, tener siempre espíritu de justicia.
Por eso, en el primer día del año, se verá  aparecer en las comunidades y también en los pueblos a los varayoq con sus trajes de gala para dejar la vara. Ya no tendrán el poder que tuvieron y que fue recortado de acuerdo a la conveniencia de corregidores y encomenderos, y más tarde de gobernadores y mandones.    
El Presidente Augusto B. Leguía suprimió en 1921 el cargo de los Varayoq y nombró a los tenientes gobernadores. La ley  que promulgó no pudo remover la institución de la vara firmemente arraigada en las comunidades. Se dice que la función hace al hombre. En este caso fue el hombre el que la honra. La vara volvió a hacer brillar sus ojos velados por las injusticias y dignificó sus manos encallecidas por el duro trabajo. Este le transmitió la grandeza de su estirpe.
Alfonsina Barrionuevo

domingo, 23 de diciembre de 2018



¡2018! 

Mañana, cuando llegue un nuevo día, todavía sin usar, hay que recibirlo como si fuera el único que tenemos. Como lo es, vivirlo desde el amanecer con alegría. Que florezcan las sonrisas hasta que sean un árbol para cobijarnos. Que las horas naveguen en aguas buenas y cayendo la tarde, que nuestro sembrador interno tenga siempre días felices que cosechar. La vida es lo más precioso y dulce que tenemos para dar. Hay que acostumbrarse.
¡Felices días en el 2019!
Alfonsina

UN NIÑO CON ROSTRO

'Esta noche es Nochebuena, 
noche de felicidad.
Esta noche es Nochebuena 
y mañana es Navidad.
En el cielo hay una estrella 
que el camino alumbrará
Quiera Dios que nunca deje 
la estrellita de brillar…'

En esta noche quiero permitirme recordar a un Niño Dios sin rostro que ha estado en cada Navidad conmigo. El Niño Dios y un misterio que me regaló mi padre. Yo estuve con una fiebre altísima y medio inconsciente para mis seis años pequeños dibujé algo parecido y lo coloqué en mi mesita de noche. Muy tarde llegó él y cuando vio el papel salió en busca de un Nacimiento verdadero. Ya todos los vendedores de arte popular que lo tenían se habían ido, pero encontró uno sin pintar. 
A ese Niño le puse rostro en los belenes que armé mucho después, luego en los documentales de Navidad que realicé en el Canal 2TV y en PAXTV, viajando a muchas ciudades y pueblos del Perú y en mis cuentos infantiles.
Hoy, con ese Niño adorable, quisiera alcanzarles la ternura de mis padres. La siento viva en el parvulito de yeso que acuné en mis manos. Quiera Dios que encuentre siempre un segundo hogar en el corazón de la gente de aquí y del mundo.
Alfonsina Barrionuevo

domingo, 16 de diciembre de 2018

LA MASCOTA DE PIZARRO   


Al horno, dorado al rojo vivo y con un irreverente rocoto en el hocico, el chancho mamón o lechón acelera el pulso y hace gua la boca con su sola vista. Los comensales lo saborean con un placer que encanta. En el Cusco el lechón curado previamente con sal y recubierto con miel de chancaca, es sin igual porque adquiere el sabor del horno calentado con la leña de chachakomo y se complementa con un tamal. Claro que siempre es un plato de lujo, casi tostado, crocante o tratado en otras formas.
No se sabe cuándo el  piernicorto animal, de cola enrulada ajustó su paso al de Francisco Pizarro recordándole su infancia extremeña. En sus viajes al Perú anduvo escaso de fondos y es de conjeturar que fue parco en las provisiones de su tropa. Pudo ser que el chancho acomodó su trote al suyo cuando fundó Lima. No estuvo, pues, en el Puerto del Hambre ni en la legendaria Isla del Gallo donde se decidió la suerte de atrevidos y descontentos.
El padre Bernabé Cobo quien arribó mucho después, leyendo cuanto fue escrito y recogiendo versiones orales, escribió que ‘lo trajeron los primeros españoles’ después de fundada Lima. Un dato tomado tal vez de Nicolás de Ribera, el Viejo, quien dijo que en 1536 la primera carne de Castilla que se pesó en una pulpería de Lima fue de puerco.

Imagen relacionadaSin duda se sintió tan a gusto que se reprodujo de prisa y el 14 de agosto del mismo año el Cabildo mandó que se matara cada día un puerco y se vendiera a veinte reales la arroba, sin que se sacrificara por algunos años la carne de otros animales procedentes de la península. Ya en su tiempo el padre historiador comentaría que ‘en esta ciudad un cebón vale de 8 a 10 pesos, pero en otras partes lo venden más barato”. 
Al cabo se afirmaba que “los mejores y en más abundancia en este reyno se crían en el valle de Jauja de esta diócesis; en la ciudad de Cusco y en la diócesis de las Charcas, en el valle de Tarija’. Se agrega que ‘suele hacerse manteca de todo el cebón y sacar carne magra de los perniles, de la que hacen longanizas y otros adobos de regalo.’ Un detalle interesante alude al consumo de varios, generalmente los cimarrones. ‘Si se quiere guardarlos algunos días sin que se dañen los asan en barbacoa, menciona una crónica. La carne así asada van consumiendo después en guisados lo cual aprendieron los españoles de los indios que no supieron hacer otro género de sabroso charki que de este modo la carne se guarda por algún tiempo.
El Inka  Garcilaso indica que ´’en el año de 1560 un buen cebón valía en el Cusco diez pesos; otros valen a seis y a siete, y valieran menos si no fuera por la manteca que la estiman los españoles. Las puercas han sido muy fecundas en el Perú. En el año de 1558 vi dos en la plaza menor de Cusco con 32 lechones que habían parido a 16 cada una. Los hijuelos serían de poco más de treinta días. Estaban tan gordos y lucios que causaba admiración como pudiesen las madres criar tantos.’
El cerdo español traído al Perú tuvo que pertenecer a alguna raza de tamaño mediano, posiblemente un poco magra en relación a las otras, pero con sus innatas virtudes. Alimentado con los desperdicios de la cocina y con  el sutuche, residuo del maíz germinado para preparar la chicha ha pasado bien horneado de un siglo a otro. Antes de llegar a adulto y por eso más codiciado; en exquisito jamón no sólo “del país” que tiene una presentación y sabor de fuera sino que es inconfundible; ahumado en los fogones de Otuzco, la Libertad, o en Huaraz, Ancash, que comparten el secreto de su fábrica.
Qué decir del chicharrón con mote y las infaltables hojas de hierba buena para que el hígado no se sienta agredido,  del charki o la cecina tan apetecibles en Caraz, Ancash, o en Huánuco, entre otros lugares donde se prepara en casa o para las picanterías o quintas. También parte principal de la salchicha huachana cuyo pregón se ha perdido en el tiempo, y del relleno que recoge su sangre dulce con cebolla picada para el chorizo.
Ingrediente especial en la qarapulkra sabrosa, en el guiso con frejoles donde ‘agarra un  gusto único con la lonja y la oreja’en el sin igual “queso de chancho” donde el rollizo amigo de Pizarro aparece en el Cusco prensado con pimienta negra como condimento, listo para ser ofrecido en hermosas rodajas acompañando al  oloroso chocolate que se servía en jícaras de plata y que las abuelas tomaban  con ceremonia, como el tokto hecho en aceite hirviendo para masticarlo con kanchita o ñut’u chicharro, más menudo para el nutritivo chuñolawa y; finalmente, en gruesa hilacha para dar el punto de gusto al tamal cusqueño que se abre como una flor y que arroba por ser delicado y gentil.

 Alfonsina Barrionuevo