domingo, 17 de enero de 2021

 

LA ESENCIA DEL KAMAQEN

María Rostorowski me habló de que el nombre de Pachakamaq, el gran santuario de Lima, venía en realidad de pacha kamaqen, centro religioso donde estaba ‘la esencia de la tierra’. El crédito se desprendía del prestigio que le daban sus numerosos sacerdotes que eran oráculos vivientes, según decía el monseñor arqueólogo Pedro Villar Córdova. Los sunquyoq, expertos en descubrir arcanos en el corazón de las gentes; los mosqoq, que interpretaban el contenido de los sueños; los wamaq, que eran filósofos  y descifraban los secretos del tiempo. Así, muchos más. Ellos absolvían todo tipo de consultas de los peregrinos, que esperaban largo tiempo para ser atendidos. A mí me pareció que la definición podía ser exacta para Qosqo, donde estaba el kamaqen de su mundo.

Ella me dio la punta del ovillo y me guió a fray Domingo de Santo Tomás,  quien menciona la palabra kamaqen y su contenido en una “Plática para todos los yndios del Perú”, que fue escrita en qechwa y publicada en Valladolid, en 1560. Kamaqen, algo así como la fuente de una gran fuerza vital, invisible, que se desprendía, se arrancaba, desde muy adentro de un lugar, de un ser humano o de un objeto,  para transmitirse a otros.

Si se mira bien el hecho de que la ciudad emperadora tuvo el relieve de un felino, el puma, recostado en el lecho de un antiquísimo lago, se descubre un propósito largamente pensado. Que fuera recipiente de una imponente sacralidad. Aquella que le iban a dar trescientos cincuenta y tantas wakas, templos o sitios religiosos, que estaban dispuestos a lo largo de cuarenta y dos seqes o líneas que partían, figurativamente, del Qorikancha y sus cercanías, y se iban abriendo varios kilómetros a medida que se alejaban.

Rostworowski cuenta que un viejo del villorrio de Acos, acusado de ser hechicero, declaró en 1665 que “… los mallquis y camaquenes de los indios ablaban y daban respuestas de lo que preguntaban quando les hacían sacrificios.”

John Rowe reconoció en 1946 que ese sistema estaba admirablemente adaptado para el registro de los khipus, usados por los Inkas como ayuda memoria para almacenar una información compleja. “En cada seqe las wakas están enumeradas en forma constante. Se empieza por la más cercana a Qorikancha y se termina con la más alejada de este templo.”

No deja de ser portentoso que los elementos de la naturaleza, el cosmos y otros compartieran, con los señores de Qosqo, sus edificios o cercados, sus calles y sus plazas. En ellos estaba presente el inconmensurable poder del kamaqen que recibió Inka Yupanki, en Machupiqchu, y que quiso transmitir a su ciudad.

Las wakas “vivían” con ellos y tenían a su lado sus moradas, primorosamente labradas. Un espacio donde ocupaban tronos o tianas con suntuosos aderezos, así como un menaje reluciente de piezas de oro para sus ceremonias. En torno a las wakas principales se movía una población de sacerdotes wakakamayoq, “ministros” y servidores. Como tenían que gozar de su dedicación absoluta disponían de muchas propiedades. Ya de tierras fértiles, ya de rebaños de camélidos, que proveían cuanto pudieran menester.

Aunque resulte incongruente, sin el morbo de los perseguidores de idolatrías, en su deseo de convertir la población avasallada a una nueva religión;  y el afán de los cronistas por conocer la historia de los Inkas, los datos sobre sus sitios sagrados hubieran acabado incinerados en el fuego del olvido. 

Los primeros, aprendiendo el qechwa y el aimara para un control directo, quisieron hacerlos desaparecer. Su esperanza era conquistar, a la fuerza, a una feligresía que querían sumisa. Por paradoja lo que lograron, desde sus púlpitos o tribunas eclesiásticas, fue salvar la existencia  de muchas  creencias para el futuro.

Los otros, aprovechando la preeminencia de sus títulos o cargos,  trataron incesantemente de hacer crecer la subestima entre sus descendientes, como si fueran personas de segunda clase. Su acción tuvo un efecto discriminador que persiste; aunque, entre líneas, se filtre la aceptación de su genialidad.

Nuestras culturas siguen sorprendiendo al mundo al reaparecer, en las últimas décadas, con mayor frecuencia en los Andes. Sus extraordinarios hallazgos despiertan orgullo, sentimiento que estaba adormecido. Son una muestra de resistencia, comparable a la que sostiene la naturaleza que lucha, por sobrevivir. En el Perú nuestras ocho regiones son únicas por su inestimable y biodiversa herencia, retoñando en sus ochenta y cuatro pisos ecológicos. 

Sus intensas averiguaciones removieron el cordaje íntimo del corazón de los ancianos, a quienes buscaron, para que hablaran de Qosqo sin medirse, sumergiéndose en la nostalgia y la añoranza. Al derrumbarse sus sistemas de vida sintieron una necesidad física de remontarse, en el recuerdo, lo más lejos que podían. Los interrogatorios fueron un incentivo generado por aquellos, de saber más sobre lo que querían destruir.

Nada se hubiera podido conjeturar de no haberse dado, ambas situaciones, en un mismo escenario. La transformación de Qosqo en una ciudad hispana se dio a medias. El espíritu de sus constructores trascendió los cambios. Su voluntad manan wañunka, “que se niega a morir”, que vive eternamente, se mimetizó con sus altivos muros de piedra almohadillada y sus soberbias puertas de doble jamba para ser percibida, hasta que un pachakununun, “terremoto”, quiera sepultar Qosqo.

Alfonsina Barrionuevo

domingo, 10 de enero de 2021

 

EN EL BORDE DE LA VIDA

La danza de las doncellas era suave como la brisa. Sus pies desnudos apenas tocaban el ichu. Sus polleras giraban con delicadeza mientras ellas cantaban coplas de vida a los abuelos. Una vez al año la comunidad subía hasta los chullpares de Chimu para ese ritual en Puno. Los aipallanis o sacerdotes andinos retiraban de su descanso las calaveras de los gentiles, sus antepasados, y los depositaban en cestos donde habían colocado finas mantas de alpaka.

Las jóvenes prendían con alegría flores vivas en sus cuencas vacías y las encajaban también entre sus mandíbulas, k’intus de coca a su alrededor por cada familia, diminutas borlas de colores entretejidas como ofrenda, otra bellísima manta para proteger su cabeza y encima una corona de qantus. Hacían una ch’alla de pétalos que caía como rocío, una t’inka de chicha a los Achachilas y derramaban unas gota a la Pachamama. La música y la danza atraían su espíritu desde una estrella lejana. Era vida pura en homenaje a otra vida vivida, que se prolongaba una eternidad.

La gente andina sigue el calendario gregoriano publicado en el almanaque “Bristol”, pero sus costumbres son antiguas. Según ellos las calaveras son la parte mortal que queda en la tierra. Su ánima que pasó el yawarmayu, “el río de la muerte”, goza en otro mundo de buen tiempo, sol perenne, espacio azul en sus pupilas, dulce tibieza sobre su piel, sin que el frío se atreva a tocarle, ni la lluvia destruya sus sembríos, ni los truenos alteren su paz.  

 

Una vez concluida la ceremonia es devuelta con gran respeto a la ventana cavada en la roca, dejándola con sus ofrendas, hasta el año siguiente. Las comunidades festejan un día antes o más la dicha de estar vivos con sus seres queridos y sus vecinos.

Actualmente, cada dos de noviembre la movilización a los cementerios, que prácticamente es nacional, sigue esa corriente antiquísima. Los españoles acostumbraban ser enterrados en el atrio de las iglesias, a las sombra de sus campanarios, porque querían ser protegidos por Dios. En el caso de los andinos la mayoría de los cementerios no están cercados y las tumbas abiertas en el suelo tienen la forma de una caja. aunque los ponen en la tierra envueltos en ponchos nuevos multicolores. Esa costumbre les permite abrazar el túmulo, colocar en su cabecera una corona de flores y a veces una  cruz que sugieren con unción el cura o el sacristán, si hay cerca un poblado, para que ellos vayan a bendecirlos.

La ofrenda de la mesa de muerto está muy arraigada. En Puno me informaron que “la mesa servida” para la madre de un Presidente de la Corte Superior fue impactante por la cantidad y la calidad de los alimentos dispuestos en la mesa de su comedor. Había de todo en platos de buena loza sobre un blanco mantel, con servilletas de ribete a “crochet”. La ceremonia es absolutamente privada y se coloca en la cabecera una fotografía de la persona a quien se recuerda. Si una mariposa aparece y revolotea encima de los platos, lawas, chuños con queso, choqllos, ensaladas, asados, mazamorras, roscas, galletas y bizcochuelos que en vida saboreó con placer es señal de que el espíritu invocado se  presentó y probó todo.

En Cusco, detrás del cementerio de la Almudena, el zanjón donde ponen a la gente que migra de los pueblos y cuyos familiares no pueden pagar adentro un buen nicho, ofrece un aspecto llamativo. Las tumbas están pintadas de rosa, verde, celeste y otros colores que arrancan una sonrisa tierna. Hay comida de sobra y los sacristanes se multiplican rezando y derramando sobre ella agua bendita. Al atardecer se llevan lo que pueden.

Leyendo a varios cronistas, entre ellos el Inka Garcilaso, se tiene la impresión de que no había una fecha exclusiva para esta ceremonia. En el caso de los Inkas, los emperadores, embalsamados con tal arte que parecían animados, con los rostros tal como fueron, eran llevados en andas, con atuendos de lujo, a la Awkaypata para que presidan las ceremonias. No había una fecha especial para honrarlos porque lo hacían continuamente, cambiando sus atavíos y menaje de uso. Ellos, como en cada panaka o familia, eran los ancestros y “aconsejaban” a sus descendientes para solucionar problemas.

La inmortalidad se daba en los encumbrados personajes siempre que su cuerpo estuviera intacto. Por esa razón el príncipe Atawallpa aceptó ser bautizado. Esperaba renacer y reinar al fin. En las culturas más conocidas como la muchik, vikus, chachapoyas, lambayeque, parakas, wanchos, maranqas, atavillos, yarowillkas, chiribayas y otras, los señores eran enterrados con lujo y acompañamiento de niños, perros y llamas. A varios régulos se les ha encontrado con guardianes o guerreros astrales, a quienes les cortaban los pies para que no abandonaran sus puestos.          

El vínculo entre los mayores y sus parientes es tan fuerte que si en la primera mitad del siglo XX alguien se desprendía del tronco familiar para ir a probar fortuna a cualquiera otra parte del país o del extranjero, el resto prefería quedarse para visitar a sus muertos. En las últimas décadas la migración se incrementó tanto que hay campos y poblados casi abandonados en numerosos pueblos.

Cómo pudo arrancarse ese lazo prácticamente sagrado. Lo descubrí en el altiplano. En un viaje por tierra vi unas cajas de leche que podían contener cualquier cosa. Un pasajero que venía conversando conmigo sobre su pueblo, me dijo en plan de confidencia, que en ellas estaban trasladándose también los huesos de los abuelos. Así se salvaban del abandono para continuar juntos. Una hermosa muestra de cariño filial que la necesidad de buscar un futuro mejor no podía acabar.

Alfonsina Barrionuevo

domingo, 3 de enero de 2021

 

SANTAS IGLESIAS DEL RIMAC  

En el cataclismo de 1746 Santa Liberata habría cubierto con el manto su iglesia recientemente inaugurada en la Alameda de los Descalzos. Eran tiempos de mucha devoción, con olor a santidad, pues, el lugar fue frecuentado en los siglos anteriores por San Francisco Solano, San Juan Masías y seguramente  por Santa Rosa de Lima y San Martín de Porres.

En el siglo XX los sismos la sacudieron y el edificio ha sufrido daños en su estructura sucesivamente.

Las crónicas señalan que antes existió en su lugar un huerto de naranjos. La iglesia se levantó en 1711 en desagravio al Santísimo, terminándose de construir en 1716. Según la tradición el robo de un copón de oro, donde se guardaba las hostias consagradas en la Catedral de Lima, lo convirtió en lugar santo. El escándalo fue general, las iglesias no dejaban de doblar y las investigaciones en los barrios y galpones se sucedieron unos a otros.

El acto sacrílego tuvo lugar a principios del siglo XVIII cuando corrían los veinte primeros días  de enero de 1711. Por esa fecha se presentó un joven bien vestido al cura del Sagrario y le pidió que le dejara buscar una partida de bautismo. Concedido el permiso se quedó solo, buscando en los libros parroquiales. El interesado, según los datos recogidos por el tradicionista don Ricardo Palma, era Fernando Hurtado de Chávez. ‘Un dechado de vicios’, que ‘cantaba en ‘El Pollito y el Agua Rica’, trovas de moda con más salero que los comediantes de la tonadilla, que ‘para bailar el punto y las mollares tenía una desvergüenza que pasaba de castaño claro’, que empinaba el codo bebiendo el zumo de parra con más ardor que los campos la lluvia del cielo y que era capaz de tirar puñaladas hasta con el gallo de la Pasión, que  quiquiriqueaba regio’.


El cantor tahúr aprovechó el descuido del registrador para llevarse bajo su chambergo el santo píxide. Nadie se dio cuenta hasta la mañana del 31 en que se necesitó administrar el viático a un moribundo. En ese momento  se descubrió la sustracción. Está demás recalcar el revuelo que se armó. Se suspendieron todas las fiestas y se iniciaron rogativas en todas las iglesias para que cayera el ladrón. El ilustrísimo Virrey Obispo Diego Ladrón de Guevara, de la casa y familia de los duques del Infantado, ‘echó tras el criminal toda una jauría de alguaciles y oficiales.’

Las órdenes religiosas desesperaban por encontrar el copón y a los delincuentes cuando un pulpero, el catalán Jaime Albites, según Palma, descubrió al ladrón. Hurtado Chávez fue a venderle por una bicoca las crucecitas de la tapa. Apresado confeso su delito y declaro  que lo había escondido en el Altar de la Sacristía de San Francisco. Sobre el destino de las Sagradas Formas no pudo dar razón. Sólo recordaba que las había enterrado  envueltas en un papel al pie de un naranjo, en una huerta de la Alameda de los Descalzos.

Un negrito de ocho años de edad, Tomas Moya o Mollo, identificó el árbol donde vio arrodillado al ladrón días atrás en forma sospechosa. Al recobrar las hostias el negrito recibió su carta de libertad como premio pagando el  cabildo 400 pesos por él a su amo.

En el sitio donde estuvieron las Sagradas Formas se encuentra el Altar Mayor de Santa Liberata. Así figura en una placa que existe en su bóveda. La iglesia recibió ese nombre por ser ella Patrona de Siguenza, la ciudad donde nació el virrey. Los camilos edificaron a su costado un convento diminuto que llegó a ser casa de estudios. Un día el convento se convirtió en parroquia. Entre los cuadros de la iglesia hay uno que reproduce la escena del hallazgo de las Hostias. Es documental porque muestra la alameda de aquellos años.

El Señor del Rímac que sale en procesión el mismo mes del Señor de los Milagros tiene allí su capilla.

Su imagen, pintada en un lienzo fue encontrada por unos chiquillos en el Solar del Limoncillo, donde corría una acequia del mismo nombre. Una versión dice que la pintura estuvo sumergida en el agua, sin arruinarse; y, otra, que la sacaron de un hoyo que había en el suelo.

El lienzo milagroso es pequeño y está en el Altar Mayor. El que sale en procesión es una copia. Es el único Cristo del Perú que tiene un bastón de mariscal, regalo del Mariscal Oscar R. Benavides. La pieza tiene adornos de plata y piedras preciosas.

En el Patrocinio, edificado en el lado opuesto de la alameda se conserva la silla de San Juan Masías, lego dominico, beato hasta el año de 1975 en que subió a los altares. En el virreinato las señoras embrazadas se sentaban en la silla frailera rogándole al bienaventurado que les concediera un hijo. En esos tiempos el varón era muy deseado por los padres porque podía heredar el mayorazgo si eran nobles, seguir la carrera militar, hacerse cura o leguleyo, de ser segundón. En la actualidad hay señoras que todavía se sientan en la silla milagrera, pero sólo para pedirle un parto feliz. Las mujeres ya no están en desventaja.

El recuerdo de San Juan Masías, natural de la villa de Rivera del Fresno, Extremadura, España, se venera en el Patrocinio donde transcurrió su vida, y que a fines del siglo XVI era huerta de don Pedro Jiménez Menacho. El santo trabajó pastando ovejas y encargándose del cuidado de los frutales. Según la leyenda el Apóstol San Juan le cuidaba el ganado mientras él rezaba en su choza.

Se dice que en la huerta había un naranjo donde grabó una cruz en 1670. Después de su muerte, el arrendatario Juan Peláez mandó cortar el árbol y aparecieron en su corteza dos cruces perfectas de una cuarta que fueron llevadas a la igleia de la Guita y Copacabana. Del naranjo sacaron más tarde hasta doscientas cruces que repartieron entre los fieles.

El beato fue canonizado por un milagro que realizó en España. Multiplicó el arroz que había en la olla  la olla de un asilo hasta que todos los pobres quedaron satisfechos. Después de varios siglos de expedientes para el santo estaba casi terminado. Sólo le faltaba aquel empujoncito.

La iglesia y el monasterio de la Virgen del Patrocinio se construyeron en 1681. Según sus reglas el número de monjas no debía pasar de quince teniéndose en cuenta los quince misterios del Santísimo Rosario que rezaba Santa Rosa de Lima. La elección de su nombre fue providencial. Se barajaban posibilidades cuando llegó un marino para entregar una imagen diminuta de la misma, afirmando que en sueños se le había revelado ordenándole que la llevara al que sería su convento y dejándole las señas del mismo.

La Virgen del altar Mayor es una copia de la auténtica que está en el coro. Las obras de construcción se acabaron en 1734 y el autor fue el maestro albañil Juan José Aspur.

Alfonsina Barrionuevo

martes, 29 de diciembre de 2020

 CARTA A RUTH SHADY

POR CARAL EN PELIGRO

Recordada Ruth, estoy leyendo tu última invitación de otro aniversario de Caral y me abruma, indigna y apena que los inicuos mercaderes vende-tierras culturales hayan puesto los ojos en la milenaria ciudad y quieran arrancarte la vida si les impides el paso. En este verano nuboso me desconcierta su amenaza porque sé cómo proceden ellos y los invasores, vociferando y armados con palos, piedras, esteras y banderas. Los he visto arrasando Garagay, muy cerca del Aeropuerto Jorge Chávez, destruyendo el hermoso templo prehispánico que restauró Roger Ravines, sin dejar ni huella. Por un puñado de centavos los vándalos cometen la misma traición bíblica de Judas, en este caso no a un ser humano, el Cristo, sino aplicada a nuestra historia. El despojo de Caral sería bárbaro porque allí, en el valle de Supe, se registró hace unos cinco mil años la presencia de una civilización, a todas luces la primera que tuvimos en el Perú. Si invaden Caral perderíamos el capítulo inicial de su existencia, su partida de nacimiento, el albor de ciencias y tecnologías en una época temprana.

Tenemos que recurrir querida Ruth a quienes tienen la obligación de proteger los extraordinarios vestigios que estás rescatando del olvido con tu equipo. El gobierno, Ejecutivo y Legislativo juntos actuando de inmediato, a pesar de la pandemia que acosa al mundo. El Estado tiene una alta responsabilidad, porque la ley le ordena velar por los bienes culturales que son intangibles. 

Así lo entendió Valentín Paniagua, el presidente que se preocupó por la recuperación de Caral a principios del siglo en que vivimos. Hay que tocar las puertas de las fuerzas vivas de esta Lima que no se da cuenta de algo importantísimo, que la ciudad puede ser un polo de desarrollo, un imán de historia y leyenda para viajeros del futuro, del interior y el exterior. Has trabajado arduamente en los lustros que se fueron y de la escobilla de los arqueólogos emergen hoy treinta y dos pirámides volviendo a apuntalar el cielo. Habría que añadir a la norma constitucional una pena de prisión para contener a los aviesos negociantes e invasores. Sería de esperar que los Ministerios de Educación y de Cultura difundieran los valores históricos y culturales de la urbe, que un día los estudiantes acudan en su auxilio, como ocurrió con las pirámides de los maranqas, las cuales fueron salvadas por los estudiantes sanmarquinos de ser recortadas para la ampliación de una avenida. Las universidades debieran establecer lazos con Caral porque puede ser un inestimable laboratorio de materias relacionadas con sus diversas carreras profesionales, antropología, arqueología, biología, arquitectura, economía, zoología, y más. 

Las municipalidades podrían aprender del pasado cómo se hace una planificación adecuada de manzanas, calles y plazas, organizando a la población para un mejor funcionamiento inspirado en una concertación con el tiempo. Allá debería levantarse un gran museo como el de Pachakamaq, que sufre también hace años de amenazas de invasión, para salvaguardar la integridad de la ciudad y exhibir a la par las sucesivas conquistas de nuestras culturas. Creo que el cerro Gogne, su apu tutelar, debió sentirse complacido cuando fui con José Alvarez Blas y dos altumisayuq q’eros de Qosqo para hacerle una ofrenda. La noche fue propicia y el fogón central brilló mientras ponían en su altar sobre una manta diez ollitas en miniatura con untu, grasa animal, hojas de coca, plumas de picaflor y otras cosas. Dices, Ruth, que Caral es una ciudad sagrada por sus numerosos fogones ceremoniales. En noches como aquella ardían seguramente a la vez en sus edificios y residencias en ciertas ocasiones. Cada día el fuego ponía al rojo vivo las piedras que hacían hervir una sopa de carne de venado con papas, camotes, zapallo y llakhun, que se sirve hasta ahora en las fiestas de Cajatambo y se llama pari. En las pirámides sus sacerdotes astrónomos auscultaban las luces de su sábana nocturna, para recibir los anuncios de sucesos que se avecinaban. Sus edificios públicos y ceremoniales de varias plataformas eran sismorresistentes y estaban pintados de colores por temporadas, rojo, beige, gris, blanco e igualmente negro. Es posible que hubiera un vínculo entre el color de la pintura de sus paredes y los colores del algodón país, ese que las aqllas del Qosqo hilaban y podían colocar, dicen, hasta cien hilos en un centímetro cuadrado. El descubrimiento de unos khipus apenas bosquejados hace suponer el amanecer de la ciencia de los números en sus cuerdas. En tu libro indicas, dilecta amiga, que había arcilla de colores, una característica curiosa que investigar. 

Cuanto se registró en Caral sorprende, florece en un estadio precerámico, en el cual tampoco se había inventado la rueca y se confeccionaban sus prendas a la aguja, entrelazando las hebras. Por los trozos hallados se advierte un quehacer notable que debió ocupar durante meses sus manos dotadas para el arte. La música estaba en el aire, en el arrullo de los pájaros, en el susurro de la brisa en los manantiales, en el vozarrón del trueno, pero ya reproducían sus pentagramas en  huesos de  pelícanos y de otras aves menores. Me figuro tus júbilos en cada hallazgo. En una cajita me mostraste unas estatuillas de barro que lucían increíbles modelos de peinados de acuerdo a las edades, al sexo y la posición social. En perfectas melenas, divididos en bandas sobre la frente y largos como se usan las mujeres en la actualidad. Hace cinco mil años no había atisbo de celulares que nos hubieran dado la imagen de la gente de Caral. Pero lograste con tu equipo recuperar el rostro de uno de sus habitantes, un joven trabajador, con sus músculos, el delineado de  las cejas, el ancho de la nariz, la forma de la boca, la textura de la piel logradas en la parte final por Edilberto Mérida jr. 

Sus artes de la pesca eran variadas, las redes eran de diferente grosor y tamaño, seleccionando la captura de peces, y el uso de la anchoveta, pececillo multinutrificante, en la alimentación humana.

Habría mucho más que decir de Caral y cada una de las maravillas que recrean el fuego de su espíritu. El espacio de un artículo me resulta estrecho para abordar otros aspectos de Caral. El estudio de sus ciencias y tecnologías deben ser la semilla portadora del orgullo de ser peruano. Tenía razón Javier Pulgar Vidal al mencionar que recogió los nombres de las regiones de gente que nunca fue a la escuela, porque tenían una universidad de milenios. Sin Caral no hubieran escrito sus obras el Inka Garcilaso y Guaman Poma. Gracias, querida Ruth, por tu vida dedicada a reinsertar la primigenia ciudad con su valioso contenido a nuestra historia. Vamos contigo a proteger Caral, la cuna de nuestros ñaupa-abuelos. 

 Alfonsina Barrionuevo

domingo, 20 de diciembre de 2020

 

Amigos, siempre es grato enviar una tarjeta para desear que tengan una feliz Navidad. Ésta tiene algo especial. Nos olvidamos siempre que vivir es un regalo del Cielo y claro es necesario remarcarlo en esta ocasión en que la pandemia ha arrebatado a los hogares miles de vidas. Celebremos la dicha de estar vivos!! FELIZ NAVIDAD y FELIZ AÑO NUEVO!




domingo, 13 de diciembre de 2020

 

EN LA MIRA DE OXAPANPA

La gota de miel soñó que le nacían alas y se iba volando. El sol la vio y logró evaporarla en el aire probando su dulzura con deleite.

La miel toma el alcance. Su fragancia  es divina, desde el cielo el astro hace un gesto afirmativo porque siente que es una ambrosía  de exportación. Un endulzante natural que alimenta y es producto de la química entre las abejas y las flores de ´la pampa de paja.´En 1881 austroalemanes: tiroleses, renanos y bávaros, vencieron dos océanos en busca de una nueva tierra. En 1853 el Presidente Ramón Castilla la ofreció al Barón Damián Feibern Schutzholzhousen, firmando un contrato que no se concretó para que se instalaran 13,000 colonos alemanes a la zona del Bajo Amazonas.

Un gran grupo de inmigrantes europeos se estableció en el Pozuzo después de una increíble odisea. Nadie ya los esperaba. Las penurias que pasaron para llegar al lugar fueron sin cuento porque no les dieron facilidades para trasladarse y colonizar una comarca en la rupa rupa.

Allá fueron con sus valses vieneses y sus mazurcas. Al principio la actividad principal fueron los aserraderos. Los patriarcas vegetales cayeron unos tras otros. Ahora, sus descendientes, hablan de reforestar los cerros erosionados con pinos, lo que es muy bueno. 

Sus extensas hectáreas están registradas en papeles muy antiguos que guardan como certificado de un sueño. Para ellos fue sorprendente encontrar otra geografía, otra ecología, otro clima, distintos a las que habían dejado. Sin carretera que los uniera al resto del país los pioneros que llegaron al Pozuzo fundaron un pueblo añorando los que dejaron en el Viejo Mundo. Una parte de sus descendientes  fueron blancos, rubios, de ojos azules que aprendieron a hablar el español como segunda lengua. Los hombres mantuvieron un larguísimo tiempo sus trajes de corte antiguo, pantalones con tirantes y boina; las mujeres, sus blancos pañuelos en la cabeza, blusas con encajes hechos a mano, anchas faldas con enaguas, y delantales.

En 1890 el Barón Ernesto von Mullenbruck convenció a pobladores del Pozuzo para extenderse  a tierras oxapanpinas en Pasco, más accesibles a otros pueblos. 

Juliana de la Rosa Rubio, nacida en Villa Rica, uno de los distritos de Oxapampa,  ya de la cuarta generación, disfruta sus primicias y trabaja con su esposo, mientras cría a su primer hijo. Ellos no quieren vender sólo en el Perú sino también exportar. Su intención es poner sus productos algún día en el mercado de sus tatarabuelos de Austria y Alemania, para restablecer  sus vínculos, así como otros países.

Su empresa, asentada entre Chaupimonte y Las Perlas se nutre en una tierra pródiga. Un paraíso de varias hectáreas con árboles muy altos que soportan la coquetería de las orquídeas, -especialmente el zapatito de reina y el boca de león, que cuelgan de cualquier rama-, manantiales que alborotan a una avifauna abundante con agua transparente además de cantora, campos sembrados de café, cultivos de  llakhun o yacón como lo pronuncian y lo escriben en la chala. donde la “ll” es una letra que se les muere en la punta de la lengua.

Al natural la raíz del llakhun es jugosa, transparente, con un sabor grato que no atosiga. Ellos, como otras familias oxapanpinas  lo convierten en una mermelada deliciosa, ligeramente ácida que es su mayor atractivo, y que también tiene marca de exportación. Lo mismo sucede con el té filtrante, las cápsulas de llakhun y el jarabe concentrado que es muy bueno siendo mejor que los edulcorantes artificiales. Después de los largos años de reclusión, un siglo y pico, quieren dejarse sentir y conocer además el país que los antiguos colonos adoptaron y que hoy es suyo, aunque sea comenzando por Lima que es la más cosmopolita de sus provincias.

En el camino a Oxapanpa es frecuente encontrar al gallito de las rocas, que es su ave emblemática, de cresta roja muy colorida y plumaje oscuro, mientras en Pozuzo los papagayos lucen ufanos colores brillantes. Al fondo eleva sus picos la Cordillera Negra y una frondosa vegetación donde suele albergarse el otorongo o jaguar, entre otros animales. 

Los atractivos son ecológicos. Lagunas artificiales, recreos donde se siente la magia de la rupa rupa, cataratas que parecen velos de novia, paseos en caballos de paso, gallos de pelea, e ingenios de caña con trapiches a impulso hidraúlico.

A  la hora de comer pueden ofrecer a sus huéspedes platos exóticos con carne  de monte frita y apanada. Los hombres suelen cazar con perros gallinetas y un roedor gigante, el  paka, que  pesa unos 12 kilos y es buen nadador. Entre los dedos tiene unas membranas como las palmípedas, También sirven el típico strudel, el caldo de pelotas de carnes con arroz y harina de yuka, y la pachamanka donde se dora el pollo en cilindros con piedras calientes al vapor.

En sus huertos crecen generosamente  pakaes, paltas, higos, lúkumas,  mangos, plátanos, piñas, kamu kamu, aguaymanto y naranjilla o kito kito, un citrico con vitaminas.  Por allí los panales de abejas suman cientos. Sus  licores son muy buenos, elaborados con frutas. Como recuerdo vale la pena traerse unos quesos de su planta lechera.   

Juliana sonríe cuando afirma que la iglesia de Oxapampa tiene el diablo adentro. Lo dice por  una madera que se llama diablo fuerte de color marrón rojizo. Las fiestas principales se celebran en Semana Santa, el 30 de agosto que es el día de Santa Rosa de Lima, su patrona, y el aniversario de la fundación de Oxapampa. En esos días tienen lugar las peleas de gallos, en que lanzan al ruedo a los mejores ejemplares de sus 400 cordeles.

¡Nuevos atractivos en el Perú profundo!

Alfonsina Barrionuevo

domingo, 6 de diciembre de 2020

 

ALIMENTOS MILENARIOS

Sucedió ayer, una aurora de años

                            

Hace miles de años unas manos callosas, ásperas, pero llenas de amor, enmarcaron en la curva de sus dedos unas hojitas que despegaban de la tierra. Sabían que era una temeridad acariciarlas; pero, los ojos del hombre o la mujer, que estaban en la escena, las miraron con ternura. De allí saldría una flor y luego una vaina de bolitas ovaladas de buen sabor.

No tenían idea de lo que significaba pero estaban en los inicios de la agricultura. Cuando se habla de la biodiversidad de alimentos que tenemos en el Perú siempre se debe pensar en el desarrollo. ¿Cómo llegaron los hombres y mujeres de la prehistoria a desarrollar esa actividad?

Sus sesenta y nueve culturas muestran un largo trabajo. ¿Cómo comenzaron? Aquello siempre será inédito, propio de una historia legendaria que nos dará una verdad a medias envuelta en velos de fantasía.

El pallar es la oreja de un personaje mágico de los valles de la costa; el padre del maní otro personaje que se solaza en una cuna de cáscara arrugada, donde absorbe esencias ignoradas; el maíz, una doncella convertida por el Padre Sol en una esbelta planta que alimenta a los seres humanos; la calabaza una madona andina regordeta, que derrama dulzuras, y así, infinidad de historias relacionadas con los alimentos.  

 

La realidad nos introduce en otra verdad que tiene también su ”fascinums”. Entramos en ella al conocer a Elmo León Canales, uno de los expositores en un homenaje a Georg Petersen, en el Museo Andrés del Castillo.

Por primera vez tuve el gusto de conocer a un paleoarqueólogo que podía remontar el tiempo cabalgando sus olas en reversa hasta asomarse al misterio. El estudioso me puso en autos de las nuevas tecnologías para descifrar épocas remotas y yo, que me había quedado en el carbono 14 para identificar restos orgánicos antiguos, me encontré de pronto con novedades en el conocimiento de la prehistoria.

Elmo León, director de Investigaciones en el Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia, doctor en arqueología egresado de nuestra Universidad Nacional Mayor de San Marcos y de filosofía en la especialidad de prehistoria y postgrado en la Universidad de Bonn, y otros centros especializados de Alemania, Francia y Suiza, renovó nuestro panorama.

Su libro sobre “Orígenes de los Andes del Perú” es apasionante. Lo leí a vuelo de pájaro pero pude profundizar en aspectos interesantes en una entrevista de mi programa “Huellas del Tiempo”, de PAX Televisión.

No conozco la famosa cueva de Guitarrero, de la Cordillera Negra del Callejón de Huaylas, Ancash, pero he podido penetrar en ella, a través de sus páginas, para sorprender a un remoto habitante masticando unos frejoles (Phaseolus vulgaris) hace más o menos  8.600 años a.C.

Tomás Lynch, que descubrió allí nuestra menestra, cometió una errata involuntaria. No tuvo a la mano la calibración radiocarbónica que ubicó a su lejano protagonista mil años más atrás; dando 9,600 a.C. para el yacimiento nacional más importante por la antigüedad de sus cultivos. Esto resulta un “boom” para la historia de la agricultura andina e incluso mundial, dice Elmo León. Fechados similares como ha señalado  D. Lavallée proceden sólo de yacimientos muy tempranos         

C. Earl Smith analizó otros restos botánicos en la misma cueva identificando por lo menos cuatro plantas  que ya eran cultivadas para entonces. El frejol, la oka (oxalis.sp.), el ají (Capsicum chinense) y el “huachulla” (Solanum hispidum similar a la cocona)  que posee propiedades medicinales.


“Lo impresionante, dice el paleoarqueólogo, es que estas especies proveyeron a los habitantes de esa época (más de 11,000 años) nutrientes e inclusive paliativos medicinales.” El frejol (Phaseolus vulgaris) contiene proteínas y sus vainas benéficos efectos antidiarreicos y hasta diuréticos. Por parte de la oka les proporcionó carbohidratos sumados a un alto contenido de fósforo. El ají, además de un alto contenido de caroteno tiene propiedades diuréticas.           

De alllí que Smith y Kaplan sugieran que los ensayos e inicios de la domesticación de estos y posiblemente otros cultivos, pueden ser más antiguos de lo sospechado por lo milenario de este tipo de conocimiento en los Andes.

Aparte de estas especies hace 8,500 atrás, aproximadamente, se incorporaron a la dieta de la gente que habitó el lugar la Cypella peruviana, una especie de rizoma, que ya no se usa y la Pouteria, es decir la lúkuma. La ingesta de esta fruta, además de calcio, proteínas, ácido ascórbico y hierro, les proporcionó fósforo. También cabe mencionar que posiblemente corresponde a esta época la domesticación del olluko (Basellacea).

Poco después, en los inicios del noveno milenio a.C. se presenta la introducción del  pallar y la calabaza. El pallar tiene una gran cantidad de aminoácidos. Igual importancia se concede a la calabaza (Cucurbita sp)  cuyos frutos y semillas tienen varios aminoácidos, vitaminas A y B, grasas, minerales y azúcares. No hay que olvidar que ella es un antipirético natural que reduce la fiebre entre otras virtudes como ser antidiarreica  y cicatrizante.

La cueva de Guitarrero resulta una caja de sorpresas, porque en ella se ha encontrado también pakay (Inga.sp) y mazorcas de maíz, de otra época; o sea que fue muy visitada.

Sobre la margen izquierda del río Nanchoq Tom Dillehay y su grupo, Jack Rossen y Patricia Netherly localizaron una de las más antiguas culturas Paiján, en los límites de Cajamarca y Lambayeque. Con un fechado entre 1067 a 1085 años a.C dedujeron que sus habitantes ya estaban experimentando la horticultura.             

Expertos en botánica descubrieron restos de calabaza (Cucurbita sp), maní (Archis hypogaea), quinua (Chenopodium quinoa) ciruela (Bunchiosia armeniaca), entre otros frutos y tubérculos como la yuka que sugiere una vinculación con la amazonía.

Por hallazgos realizados en Telarmachay podría pensarse que hace 6,000 años a.C se habría preparado una pachamanka, aprovechando la presencia del fuego. El hombre todavía no lo creaba ni manejaba pero sí comenzaba a utilizarlo cuando caía. Se sabe que las mujeres del norte hicieron un intento para cocinar sus alimentos poniéndolos en calabazas donde después echaban piedras calientes. La memoria de esas prácticas llega a nuestros días con el “pari”, de carnes hervidas y papa seca que se sirven con pequeñas piedras calientes. 

En el Perú hay mucho por investigar y cuando el doctor Elmo León dice que, por los huesos devueltos al Qosqo por la Universidad de Yale, se puede saber de cuáles suyus llegaron los peregrinos al gran santuario, sentimos que tiene mucho que aportar al estudio de nuestra historia desde la prehistoria.

¡Es una suerte contar con un paleoarqueólogo tan calificado que nos dará más sorpresas!

Alfonsina Barrionuevo