domingo, 22 de noviembre de 2015



OFRENDAS A LA PACHAMAMA Y A LOS APUS


Este diciembre prepararé ofrendas para la Pachamama y los Apus. Lo hago para mí y los míos nada más, pero he pensado preparar dos o tres ofrendas para personas interesadas en esta tradición andina. Será antes de Año Nuevo y sólo cinco asistentes cada vez. Creo que ellos me están motivando para hacerlo. No me causa extrañeza. Nos hemos comunicado hace tiempo y lo han hecho de diferentes formas. En las reuniones con Mario Cama, en mis viajes y ahora en que me dejan sentir su alborozo por alcanzarles “su plato”, así llamaban a la ofrendas en nuestras conversaciones en el Qosqo.
Mi asistente es Victoria Cano y pueden escribirle o llamarle. Más abajo escribiré sus datos.

Si me preguntaran cuántos son los Apus, Hirkas, Orqos o Aukis, daría su propia respuesta. La Pachamama Qosqo Wanka dijo que son miles porque se trata de los Andes y en algunos casos de otras cadenas de montañas del planeta. Una vez fue, a la mesa de Cama, Jábila de Portugal. Existe y es imposible contarlos. Por eso siempre se deja los dos últimos k’intus de coca para los Apus y Pachamamas olvidados.

El padre Jorge Lira, párroco de Quispicanchis por 1980 y también profundo investigador del alma andina, decía que la Pachamama, madre tierra, y los Apus, espíritus tutelares de los cerros, están vivos y sienten el agradecimiento o el olvido de millones de personas.
El pago, pagapu o despacho es una ofrenda que se hace a la Pachamama y a los Apus de cada lugar para que refuercen la energía, los sueños y las esperanzas de los oferentes.  La base siempre es ser positivo. Una persona que está por encima de la envidia, la violencia, el rencor, el odio, la dejadez, etc., puede esperar mejores tiempos  con mejor ánimo.
Los Apus y la Pachamama se sienten débiles cuando se les olvida. El despacho  les estimula para ayudar a que la gente pueda  afrontar cualquier acción negativa.
La ofrenda consiste en preparar un paquete con una concha de mar, hojas de coca, frutos de la tierra como quinua, maní, pallar y otros, plumas de ave, piedra imán, etc. y brindar con ellos unas gotas de chicha o vino.  Al prepararla hay la posibilidad de ver la suerte de cada persona a través del chiuchi- recado, pequeñas figuras que simbolizan buena salud, trabajo, amistad, viajes, etc.
El despacho, pago o pagapu tiene que ser hecho por una persona calificada en ese menester, -pedir o agradecer para recibir  su atención. Yo estuve buscando durante largos años a los Altomisayoq y Punkus, herederos de los sacerdotes prehispánicos.  En 1994 los encontré y escribí mi libro “Hablando con los Apus” que tiene un CD donde se escucha su voz, a través de Mario Cama.
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Victoria Cano tiene su muro en facebook. Se le puede escribir a través de miskha@terra.com.pe 


LOS DUENDES DEL PLATANO

Hace un tiempo estuve en Huacho y conocí al mismo tiempo el drama del turtupilín, un pajarito que puede morir en aras del amor, y una fantástica historia sobre los platanales. Se trata de la existencia de los duendes u hombrecillos que moran en los anchos tallos de los plátanos o bananos. Como es de suponer sólo se dejan ver por los niños inocentes. Cuando pasan de cierta edad, salen para siempre del área maravillosa donde aquellos se mueven.  
Al turtupilín lo conocí en la creencia popular antes de admirarlo en una foto extraordinaria de Heinz Plenge. El notable fotógrafo lambayecano fue también el único que logró capturar con su lente una espléndida imagen del águila harpía. Esta hermosa ave de rapiña es muy temida en la Amazonia. Cuando sale de cacería, cae sobre sus víctimas —generalmente animales pequeños— con la velocidad de un rayo.

Volviendo al turtupilín, según el relato de un curandero del lugar, sólo la sangre del pobre pajarito puede “amarrar”  amores. El varón o la mujer que quiere obtener la atención de la persona amada, tiene que mandar bordar un pañuelito con un hilo empapado en la sangre del turtupilín. En aras de ello, la avecilla tiene que ser capturada viva, para que la aguja  —ensartada con el hilo blanco— atraviese su corazón. Este triste sacrificio obrará un encanto sobre la persona esquiva, para sujetarla con lazos eternos.

En cuanto a los hombrecillos o duendes, éstos suelen aparecer en las noches de luna, cuando el astro arropa los campos.  En cada mata de plátano hay uno que se arranca de su interior para pintar las “manos”, racimos o t’aukas que pasan del babero a la rotundez entre las enormes hojas que les sirven de cuna y pañal hasta que adquieren mayoría de edad. Ellos son los que les dan una finísima capa de color invisible que irá aflorando después cuando lleguen a la mesa.
Como otros personajes mágicos, esos duendes suelen jugar con los infantes a la ronda, las escondidas y la soga. Es un deleite verlos moverse en vuelos cortos, porque tienen alas, trabajando con un pincel o una brocha según el tamaño de los plátanos, dejando su trabajo cuando notan que son mirados. Entonces se esconden y por ratos se dejan sentir, al descubrir su presencia con risas lindas. Las familias tienen cuidado, en los platanales de Huacho, de bautizar a los niños apenas comienzan a caminar, porque a los “moritos” se los llevan.
Este hombrecillo o duende no es oriundo de Perú. Data del siglo XVI para adelante,  porque el plátano, frutal de la familia musácea (Musax paradisiaca), no es nuestro. Los gajos, hijuelos o retoños que se plantan y se cosechan una sola vez, fueron traídos a nuestro continente por los portugueses. Su largo periplo comenzó hace miles de años en Indonesia, país-isla que vendría a ser su asiento natural. De allí habrían seguido a Hawai y la Polinesia. Del África Occidental dieron un salto hacia Europa, dicen los estudiosos, entre los siglos III a.C.  al X.
En Huacho el hombrecillo mágico ha cobrado vida tratando de alcanzar la notoriedad de los espíritus del maíz y el maní, del pallar y el camote.  Vale decir que ha ingresado al mundo sobrenatural de los Andes,  para adquirir una nueva dimensión en los valles limeños.

Será por eso que se están resaltando las cualidades alimentario-medicinales del plátano. Jesús Valenzuela Tito ha entrado al internet  para destacar algo que se sabe sólo de oídas; su acción para disminuir  el riesgo de la presión arterial y el accidente cerebrovascular, por la cantidad de potasio que posee.
También  es rico en hierro para luchar contra la anemia. Lo mismo que en glucosa, para aumentar los niveles de energía, por la vitamina B6.
Se sabe que sus condiciones varían de acuerdo con sus variedades y los  pisos ecológicos donde se cultiva. La ración de vitaminas que se le atribuye es muy buena, sea plátano de seda, de  isla,  de  selva,  guineo,  manzanito o  bizcocho.      
         
Después de una noche de fiesta, el plátano  disminuye la “resaca” o malestar mañanero. En batido, con leche y miel, rehidrata al sistema nervioso. Servirlo en la dieta aporta un alto contenido de fibra para la digestión, combatiendo  problemas de estreñimiento. Si se va al campo o a sitios tropicales,  sin llevar repelente, basta frotar la zona afectada con la parte interior de la cáscara para aliviar el ardor provocado por las picaduras de los mosquitos.
Las personas propensas al estrés, en los llamados “trabajos de presión”, encuentran en este fruto el aporte ideal de carbohidratos para hacerles frente al pánico, la acidez y la irritación.

En  trance  de consultora nutricional, Jesús afirma que el plátano tiene cuatro veces la dosis de proteínas que tiene la manzana, el doble de carbohidratos, tres veces más el ácido fosfórico y  cinco veces más la vitamina “A”,  así como altos porcentajes de  minerales.
Si es tan útil,  pensemos que el plátano tiene duende y muy efectivo. Lo cierto es que lo apreciamos poco, porque se da generosamente. Una “cabeza” puede tener unos 14 frutos de buen tamaño o 24 si son medianos y hasta más si son pequeños.
Ahora, que las otras frutas  se están ausentando de las mesas populares por sus precios, hay que recurrir al plátano que dosifica sus azúcares y brinda la invaluable calidad de un corazón de oro.

Alfonsina Barrionuevo

domingo, 15 de noviembre de 2015


EL PIRGUSH

En Huánuco vive un pajarito que no tiene plumas y se abriga apenas con una pelusa delgada. Se pasa las noches en vela porque el frío no le deja dormir. Me contaron su historia. El pirgush fue un hombre que siempre dejaba sus obligaciones para el día siguiente. Se la pasaba vagabundeando por ahí, gozando fácilmente de la vida y aprovechando de la buena disposición de los vecinos que le ayudaban. Si le preguntaban cuándo sembraría su chacra contestaba: “¡Mañana lo haré!”. Si le decían cuándo arreglaría su casa tenía la misma respuesta: “¡Mañana lo haré!”. Todo lo dejaba para un mañana que nunca llegaba.  Hasta que el Sumo Creador decidió que el holgazán debía ser castigado. Lo convirtió en una avecilla que iba a padecer los rigores del frío por una eternidad si no aprendía a trabajar.
Quienes conocen el lenguaje de los pájaros afirman que el pirgush es incorregible. En su canto monótono arguye que recogerá pajitas para hacer su nido, cuando salta de rama en rama para entrar en calor. Al día siguiente, cuando sale el sol olvida su promesa y se pasa las horas retozando. Cuando la tarde declina su canto se torna lastimero, prometiéndose a sí mismo que lo hará en un día que sigue posponiendo, mientras los demás duermen calientitos, cubiertos con sus colchas de plumas.



MERIDA Y SUS BARROS GENIALES 
                   
Estoy frente al teclado y pienso en Edilberto Mérida años ha. “Es de Cusco”, me dijeron y me pareció imposible que sus obras hubieran escapado de mis ojos buscadores de manos creadoras. Cuando lo entrevisté, en un alero de la Feria Internacional del Pacífico, me impresionó un cuadro de la “Ultima Cena”, donde Jesús y sus Apóstoles estaban con ch’ullu, poncho y ojotas. ¡Una revolución! “Estupendo, este artista es el único que se atreve a  caricaturizar a Dios”, escribí y no le gustó mi afirmación. “Yo respeto a Dios, cómo puede decir Ud. eso, los curas van a pensar que me deben excomulgar”,   reclamó cuando lo volví a ver. “Los artistas son libres de ver a Dios como quieren”, le respondí.

Unas semanas después me dió la razón y así comenzó mi amistad con él y con Josefina Henríquez, su esposa. Durante su vida recibió muchas distinciones y hasta un título de Doctor Honoris Causa en una universidad norteamericana. Una alegría grande para que sus amigos que lo vieron irse un día dejando una obra memorable y el legado de su arte a su hijo Edgard, a su nieto Edilberto y a su biznieto que se revela como un nuevo heredero de su sangre.
Lo hizo en el Perú, donde los abuelos antiquísimos convirtieron al barro deleznable y humilde en instrumento sonoro, en precioso vaso de ofrenda y en recipiente de la eternidad para cobijar el sueño de la muerte. En su caso irrumpió en el arte peruano con una fuerza, un vigor y un estilo que, sin haberlo imaginado en su sencillez de artesano ebanista, haría escuela, desatando una ola incontenible de imitadores y seguidores que descubrieron en el barro el material ideal para reproducir el hombre a la imagen y semejanza de sí mismo con mayor o menor talento.

Sus barros de protesta, mal llamados “arte grotesco” por los comerciantes de artesanías, provocaron un shock en quienes no soportaban la crudeza de su denuncia, y, una deslumbrada aceptación en quienes penetraban en su contenido. Gracias a Mérida, el barro principio y fin del hombre, recibió un soplo vital y entró a los sagrados y selectos mercados del arte del siglo XX por derecho propio.
En el siglo XVI Francisco Pizarro exportó al Viejo Mundo una imagen deslumbrante de las gentes de esta tierra extraída de un mundo nuevo donde el oro y la plata recubrían, no sólo los muros de sus palacios y sus templos, sino también los cuerpos de sus señores, haciéndolos destellar como estatuas vivientes.
En el siglo pasado le  tocó a  Mérida exportar la imagen de lo que quedó al cabo de cuatro siglos de explotación. La misma gente, cautiva en su propia tierra y exprimida hasta extenuar la raza, sin redención hasta ahora, en que vive en la cordillera mimetizada con la lejanía y el olvido, en lugares donde por razones de altura y hostilidad del clima no podía ser fácil presa del blanco.

Maestro carpintero hasta los 34 años de edad, sin otro horizonte que el que abría a golpes de martillo, el cusqueño fue un fenómeno dentro del arte peruano. Hijo del sastre Vicente Mérida y Susana Rodríguez, nació en 1927 en la calle Pumacurcu, dentro del Hanan Qosqo. Siendo el séptimo de ocho hermanos, “el que iba en la colada”, no tuvo ni siquiera la obligación de heredar el oficio de su progenitor. En su infancia fue sólo un inquieto chiquillo, con una facilidad para los trabajos manuales que no llamaron la atención.         
A los ocho años de edad entró al taller de su primo para jugar con las virutas y ese ingreso fue determinante. En los años siguientes, bajo su sombra y con su estímulo, estuvo haciendo los camiones de juguete que ambos vendían después en la feria del Santurantikuy. Luego aprendió a cortar madera, cepillar y finalmente a hacer sillas, mesas de noche y roperos. La práctica le sirvió mucho y cuando ingresó a la media industrial ya era un carpintero en ciernes, al que sólo habría que afinar la mano.
Mérida reconoce que el ambiente en que le tocó vivir era absolutamente artesanal, pero en cambio tuvo la ventaja de moverse dentro de una clase, la popular, llena de tradiciones y contacto con los hombres del campo. Su abuela que estaba vinculada con la iglesia y las fiestas patronales, confeccionaba las hermosas pelucas con rizos que los mayordomos obsequiaban a vírgenes, santos y santocristos.

Entonces sólo le interesaba la carpintería como medio de vida y en ella cifró su porvenir al casarse, a los 19 años, con Josefina Henríquez. A su taller de la calle Siete Cuartones llegaban pocos clientes pero pudo salir adelante con los encargos que recibía del Politécnico o Media Industrial donde había estudiado. Hasta que el profesor Alejandro Morote lo llevó a Puno para que enseñará en el Politécnico de esa ciudad.
Allí tuvo su primer encuentro con el barro al subir al segundo piso donde funcionaba la sección de Bellas Artes y vio a los alumnos hundiendo con pasión las manos en la masa. El segundo fue en la capital imperial donde, en 1961, entró a un taller de escultura y metió las suyas en la masa. Su primera figura fue el de una mujer andina con trenzas, coqueta y con muchas polleras. Regresaba con ella a su casa cuando vio a una verdadera, con miles de años fundidos en sus carnes, y le pareció que la suya era falsa.

Confeccionó una nueva y hundió brutalmente su dedo índice en la boca y tiró a ambos lados haciendo que se chuparan las mejillas, luego apretó la cintura y colgaron sus senos apretados por la miseria, estiró finalmente los dedos de sus manos y sus pies como si quisieran aferrarse al aire y a la tierra. En ese momento acababa de nacer el artista, al que llamamos t’uru rimachiq, “el que hace hablar al barro”.
Desde entonces no paró. El resto llegó poco a poco. La aclamación de los críticos, las presentaciones en televisión, los viajes al extranjero, la visita de personajes ilustres a su casa de Carmen Alto donde ponían sus apreciaciones y sus firmas en un muro de barro blanqueado con yeso. Sus barros psicológicos irradiaban vida y él esperaba quemarlos con ansia porque lo inquietaban, sintiendo que tenían espíritu.
Están en los museos y en las casas de personas que saben como golpean, sacuden, hieren y estremecen. “Debe ser mi sangre andina”, reconoció una vez. Eso salta a la vista en su “Yawar Fiesta”, por ejemplo, donde toda una raza se toma el desquite. El toro íbero bajo las fieras alas del cóndor, minimizado hasta parecer un simple pedestal.
Edilberto les ha hecho justicia. Puede descansar en paz con el cariño y la admiración de quienes le conocimos y gozamos de su amistad.

Alfonsina Barrionuevo


domingo, 8 de noviembre de 2015

HABLA MICAELA

Al leer las cartas que Micaela Bastidas escribió, durante la gesta revolucionaria de su esposo, José Gabriel Tupaq Amaru, decidí escribir la biografía de la heroína. Recurrí a libros y archivos para obtener datos pero no llegué a pasar de doce páginas. Me apenó renunciar a ese proyecto, pero en seguida vino a mi mente una luz, hacer la narración de los hechos como sucedieron en 1780.  Había libros escritos por historiadores de nota. No cabía hacer otro de menor envergadura. Entonces decidí algo audaz. Escribiría la relación en primera persona, como si lo hubiera hecho la misma Micaela. En el inicio me preocupó la vindicta pública. Más, vino en mi ayuda haber escuchado hablar en qechwa durante mi niñez y luego haber recorrido con mis padres prácticamente los lugares donde se movilizaron. Esta obra, que ha reeditado la Dirección Regional de cultura de Cusco, fue escrita íntegramente en la ciudad e hice varios viajes desde Lima con ese fin. Cuando estaba allá sentía una influencia telúrica. 

En una ocasión me alojé en casa de Antonio Olave, el imaginero de los Niños Dios, quien sacaba una mesita para la máquina de escribir con una sombrilla a su patio para que tuviera suficiente luz y calor.  No sólo me sentía inspirada con cuanto leí en los libros del distinguido sociólogo e historiador Jorge Cornejo Bouroncle. Había algo más. Sentía una extraña facilidad como si ella guiara la digitación de mis dedos en el teclado. Muchos años después intenté agregar otros párrafos y nuevamente sentí que me incorporaba a esos momentos. Podía pensar como las mujeres del Ande porque había estado con ellas y sentir de la misma manera. En los motivos que los impulsaron a la lucha estaba, por ejemplo, su indignación ante los fiscales de puna, quienes, si una familia no podía pagar el impuesto eclesiástico del entierro, dejaban uno de sus brazos afuera de la tierra para avergonzarles. Yo vi el famoso féretro en el que se llevaba los cuerpos de los indigentes al zanjón, detrás de la iglesia, y contemplé el dolor de los familiares de no poderles dar un entierro digno por falta de recursos.  Sabía del maltrato y la indiferencia a la gente de las comunidades que bajaba a servir en los pueblos porque vi a los pongos o punkus, dormir al aire libre sobre pellejos al lado de la puerta, sin que a nadie le importara si pasaba frío o enfermaba. Me hice cargo sin dificultad de la forma como arrancaban a los hombres de sus hogares para ir a morir, porque casi nunca regresaban, de las minas de Potosí. 

Había visto en las cárceles a jóvenes andinos que había sido detenidos por no tener documentación de identidad y dejarlos allí por años sin seguirles el debido proceso. Estuve en mi niñez en Tungasuka, Panpamarka, Yanaoka, Tinta y otros pueblos.  Sólo me faltaba Surimana y fui a caballo, cuatro horas de ida y cuatro de vuelta en el mismo día, con mi padre, don Leandro Barrionuevo, para conocer el pueblo encantador donde nació José Gabriel y donde se casaron muy jóvenes. Conozco las injusticias y la indiferencia de la gente muy bien situada o con poder de autoridad desde mis años infantiles hasta ahora. No me es ajena la protesta ni el rechazo al abuso, a la violencia y a la falta de honestidad. 

La primera edición de “HABLA MICAELA” se agotó muy pronto. Sale porque estamos “Rumbo al Bicentenario” y creo que es providencial porque pone en primer plano la lucha de los Tupaq Amaru, de sus parientes, amigos y miles de miles de seguidores. Es necesario que nuestros jóvenes, ya en el siglo XXI, conozcan esa hermosa ofrenda de sangre reclamando un derecho, sagrado para todos los seres humanos, el derecho a la libertad. Líneas abajo copio para Uds. algunos párrafos del libro. Sin duda esta vez se agotará también rápidamente.  


PENSANDO EN LA LIBERTAD

¡Ay.....como quisiera gritar y dejar la vida en un grito! Mi corazón se revuelca en mi pecho como en un charco de dolor y siento que está golpeando como si quisiera salir, como si fuera a estallar, a romperse enun granizo de muerte. Pasan a la horca mi hermano Antonio, José Berdejo, Andrés Gastelú, Antonio Oblitas, Francisco Tupaq Amaru, ¡Hipólito....mi hijo! ¡Ay Hipólito, un río que ahora se desborda en flores de sangre. 'Ama wayqey manchankichu....! Los viejos guerreros kanas están cantando para tí. ¡No tengas miedo hermanito! ¡Yuraq k`anchay maqt`allaqa, chiriangel cholochaqa, qaripuni batikuqcha! Los hombres de la pampa radiante son como una luz que alumbra, ¡puros hombres! ¡Ay Hipólito! ¡Wawaymi! ¡Siento en mis senos correr la leche que te di! ¡Me estás devolviendo la vida y yo siento que estoy muriendo contigo! ¡Las lágrimas astillan mis ojos sin salir! ¡Hipólito, perdón por haberte traído a la vida y por llevarte también a la muerte. Por haber olvidado en el fragor de la lucha que era madre y también, porque si acaso pudiera retroceder el tiempo, yo volvería a caminar lo andado! ¡Ay Hipólito, cómo te apagas.....!!
Al momento de irse, Tomasa, la brava kurakesa, me ha mirado con la ternura de una madre. Como quien dice, voy primero, para recibirte en la otra orilla del Yanamayu (1), cuando estos perros te lleven.

Ahora me toca a mí. Ese redoble de tambores me ensordece. ¡Dónde estarán los cóndores! He visto a José Gabriel como un despojo. La sangre negra sobre su ropa desgarrada, manchándole de la cabeza a los pies, sus brazos colgando, flácidos, rotos. ¡Cómo estará sufriendo! En su rostro tan delgado y tan pálido sus ojos queman. El cree, lo sé, que nuestro pueblo tardará mucho en volver a levantarse, que su liberación se ha retrasado, que nuestra causa no pudo madurar y que se ha perdido definitivamente. Yo quisiera animarle, infundir calor a su corazón, decirle otra vez y mil veces que le amo, que voy a morir cantando, que la esperanza no muere, que tengo fe en el mañana, que volveremos a encontrarnos.


Los sayones me arrastran. Me resisto solamente para que él vea, si puede verme, que conservo mi coraje, que voy luchando, que me acerco a la muerte en eterna rebeldía.

Estoy subiendo al tabladillo, empujada por los soldados que se apresuran con miedo de soltar su presa. Rehúso mirarle por segunda vez, desde esta Waqaypata india, que nunca será del todo española, porque por eso la estamos redimiendo. Mientras levanto la cabeza, para ahorrarle trabajo al verdugo, cierro mis párpados. Quiero verle solamente con los ojos del alma, erguido como un Inka, en su caballo blanco, ante los pueblos de las provincias altas, haciendo arder el aire con sus palabras, inflamando de fervor a las gentes, levantando un altar a la libertad en sus corazones, entre el ondear de las banderas y el ulular de los pututos. Hablando, sí, hablando siempre de la libertad…

Alfonsina Barrionuevo

domingo, 1 de noviembre de 2015

UN MUNDO DE ALEGRIA

Quisiera hablar en nombre de la alegrìa. En Todos los Santos, cuando se celebra la dicha de estar vivos.

Asistir a una puesta de sol, escuchar el canto de una ave, pasar los dedos sobre la piel del día, sentir la dulzura de una gota de miel o aspirar la fragancia de una flor. Quién no siente alegría ante lo que existe es digno de lástima. Pero, nos pasa. El tiempo maltrata los sentidos y nos marchita. Perdemos la noción de que existe y cuando lo advertimos ya cometió más de una travesura o la convirtió en excesivo abuso.

Estoy pensando en que el tiempo nos atosiga pero no debemos dejar que nos quite la alegría de vivir.  No sé de dónde viene la costumbre de hacer guaguas de pan. No es oriunda de aquí y hay algo de canibalismo en ella. Se confecciona la guagua, se pone al horno hasta que dore, se le ”bautiza” y finalmente se la parte en pedazos y se comen sus restos  alegremente.

En este día se han preparado miles de piezas de pan en los pueblos del Perú. La mayoría son de harina integral, de nuestro color, matiz andino. Habrá hasta tortas como guaguas, deliciosas, con pasas, anís, chocolatines y caritas sonrosadas con encajes de pasta o manjar blanco. Serán las de menos porque sólo se les ocurre hacerlas a las habilidosas abuelas.
En muchas partes se baila con las guaguas a la espalda como si estuvieran vivas, en otras se les lleva en brazos. La fiesta comienza y termina ruidosamente, con alegría. Viva la capacidad de sonreír. Se puede hacerle frente al tiempo con una sonrisa. Hay que sonreír y se animarán las pupilas y habrá un sol en el rostro. Reciban mis votos por la alegría de estar vivos.


¡LOS PICAROS PICARONES!
                                                 
“¡Aquí están los pícaros calientitos!/ Me llaman picaronera/ porque vendo picarones/ y no me llaman ratera aunque robo corazones. ¡Redondos y tostaditos/ en su miel bien bañaditos,/ van provocando los pillos a vejetes y chiquillos!”  

Coquetería reposteril, en pirámide, con un ojo risueño al centro, enamorador, rociado con miel de chancaca donde entran hojas de higo para darle sabor y aroma, el picarón nos traslada a épocas inolvidables, cuando las picaroneras lo preparaban en las esquinas de las calles limeñas. A veces precedidos por el anticucho solazándose en su salsa para hacer el contraste. Otros tiempos, otras costumbres, otro regalo para el paladar que llega hasta ahora.
Entre el buñuelo y el picarón hay un cierto parentesco que se remonta más allá de la choznería; porque si bien el buñuelo hispano entró primero en Lima a la sartén en una mezcla casi angelical, liviana, aristocrática y donosa de huevo, harina, leche y polvo de hornear; el picarón, partiendo del mismo tronco genealógico de ingredientes principales asumió distintas características para alegría de los comensales.
Un tono áureo que aumentaba en kilates con el zapallo príncipe y el camote con señorío de la tierra y dulzuras antioxidantes. Su sabor solía ser mas insinuante, aunque no tuviera campanillas de nobleza importadas y por lo mismo fuera más popular. ¿Quién puede atreverse a  compararlos?.El buñuelo tenía la gracia de ser considerado  en los villancicos navideños como preferido del infante divino: “Niño Manuelito, ¿qué quereís comer?,” dizque le preguntaban los cantores y éste respondía: “Buñuelitos fritos envueltos en miel.”

“El buñuelo se prepara también en otras partes del Perú como en Arequipa, donde antaño se vendía con miel de caña a los bañistas en la puerta de los pozos o piscinas de Tingo”, según menciona Manuel J. Bustamante de la Fuente, sin que le cediera campo el picarón, inflado como un salvavidas, que sale con su abertura al centro y redondo cual una rueda, como si las manos de la picaronera tuvieran un molde. Cada uno con su propia personalidad aunque ambos se envuelven en la misma miel; pero sin desconocer que si el primero no hubiera existido, el picarón tal vez no se hubiera inventado; y este es el lazo de inspiración que los une aunque lo demás los separe.
Es de presumir que no fue la limeña de salón de talle de avispa, que arrastraba miradas de los flecos de su manto, sabiendo que la miraban, boca de risa, hoyuelos en las mejillas, de manos mórbidas y con pies de reina, chiquitos y muy monos”, como describe Pablo Patrón, la creadora del alabado dulce.
“La preocupación de la limeña que era un ángel, sea que luciera en los salones el agradable metal de su voz, que se le viera hacer con primor toda clase de labores femeninas, que se la contemplara recogida en oración en el templo, ejercitando las obras de misericordia en los hospitales o alegre y engalanada con los arreos propios de su sexo en los paseos y en los teatros, que era muy dispuesta para la música y el baile, no fue muy aficionada a preparar ni siquiera dulces” según observa Max Radiguet.
Fue la morena que la engreía haciendo malabares en la cocina, ya familiarizada con las especies alimenticias nativas la que definitivamente introdujo en la mesa europea el camote prehispánico, oriundo de los tibios valles de la chala, la yunga y la qechwa, llamado allí kumara, acompañado por el zapallo. Cucurbitáceas cuya presencia en la culinaria nativa tiene milenios.
La distancia depende del momento en que aparece el picarón con entusiasmo en el panorama de la repostería nacional. Las crónicas que hemos investigado lo sitúan en el siglo diecinueve y quizá antes compartiendo tres épocas, el virreinato en vías de fenecer y viviendo rabiosamente sus últimos años porque  entendían que se iban, la independencia y luego la república con herencia de dos mundos.
Que las morenas, inspiradas en el arte de la culinaria y la repostería, lo inventaran antes de su liberación o después no tiene importancia. Pero en el humanísimo decreto de don Ramón Castilla, dado en Huancayo, les permitió desarrollar su talento a otro nivel, porque ellas fueron las  picaroneras más profesionales que tuvo Lima.
Ellas incorporaron al yantar citadino de la aldea grande, como la llama Sebastián Salazar Bondy, los apetitosos anticuchos,  chunchulíes, mollejitas, pancitas y mondongos, servidos con choclos, yucas, papas o camotes, y los picarones como un postre al vuelo. Para ponerlos a punto se modeló el brasero de carbón con abanico de totora y el perol de manteca humeante llevando ya la miel hervida con clavos de olor, hojas de higo, cáscara seca de naranja y tapas de chanchaca cajamarquina o piurana.

Javier Luna Elías aprendió el pregón de la picaronera de la tradicionista Rosa Mercedes Ayarza de Morales, que lo recogió de la calle para darle abrigo. Ella encargó al “Grupo Jueves” ponerlo en circulación en sus reuniones culturales y así lo conservó en su memoria el  arquitecto Luna Elías que lo concluye con una acotación ingeniosa también de las sabihondas, que tenían el placer de ofrecerlo en la fiesta y la procesión de la Virgen del Carmen en los Barrios Altos. . “...y si lo dejas un día/ y el picarón se enfría,/ un hervorcito le das/ y volverá su frescura.” Un secreto que pondremos en práctica, pues, a veces, se nos quedan algunos, se achatan y su encanto no regresa al vapor. Tiene que estar borrachito, remojado en su  propia ambrosía, para volver a renacer.
No podemos afirmar con seguridad que la famosa hojarasca que se  come con gusto en la fiesta de la Virgen de Cocharcas, sobre todo en Orcotuna, Junín, sea una hermana andina del buñuelo. ¡Se le parece mucho!. Pero, por qué dudar en el posible parentesco. Después de todo las fiestas religiosas fueron traídas de España y algo más tuvieron que aportar además de los rezos, las misas y los maitines en el interior, para alegría de los niños.

Alfonsina Barrionuevo                             

domingo, 25 de octubre de 2015


LA MAGIA DE LOS BARROW CON KUKULI 


En una tienda de piezas exclusivas del Aeropuerto de Cusco conocí unas bellas esculturas de madera. Había mujeres con polleritas y hombres con tabla casca. A su gran colorido sumaban una extraña movilidad. Era increíble, a la madera le crecían alas. Parecían inmovilizados, en medio baile, con suma gracia. No me quisieron dar el nombre de los autores. Hasta que un día, en una cita internacional, encontré las mismas esculturas. Había un toque de magia en ellas. Hasta el viento había sido sorprendido moviendo las hojas de los árboles.


Miré en una tarjeta que me alcanzaron y vi los nombres de John Barrow y su esposa Martha. Mi búsqueda había terminado. John era un ingeniero que vino de Londres y se enamoró del Perú, quedándose al terminar su contrato. Martha había nacido en un pueblo de los Andes Centrales muy singular, Akolla, que proclamaba con orgullo que todos sus hijos sabían leer y escribir.  Se casaron y a la par que herederos de sus sueños y su sangre crearon un estilo de esculturas en madera.
Hoy son conocidos internacionamente. Para mí fue muy hermoso que decidieran llevar a su arte las ilustraciones de Kukuli. Varios personajes mágicos de mis cuentos adquieren otra dimensión. Quien quiera puede comprar al Divino Robapan, el Niño Dios de Oropesa, sentado sobre una canasta de chutas olorosas; al Muki, como si se hubiera escapado de las minas; al Uchuchullko, pequeño guardián de la vida silvestre en los cerros de Lima; a Paraka, la madre de los vientos del Sur, y a la Madre del granizo, el viento y la helada. Los pueden ver en mi muestra “Alfonsina Total” del instituto Riva Agüero, Jr. Camaná 459, centro histórico de Lima, que estará unos días más, hasta el 3 de noviembre. Les sorprenderán. Un viento mudo hace volar los cabellos de Airin en Parakas.
Por si acaso su e mail es: martha @woodflair.com.



 EL PELIGRO DE LOS TRANSGÉNICOS
                        
En 1993, la Agencia de Control de Alimentos y Medicinas (FDA) de EE.UU., autorizó a la corporación Monsanto para comercializar una hormona del crecimiento para vacunos, obtenida por  manipulación genética.
Los resultados fueron catastróficos.
Dicha hormona, inyectada en vacas lecheras con el fin de inducirles a una mayor productividad, tuvo efectos indeseables: mastitis, terneros con malformaciones y otros trastornos reproductivos, según un trabajo publicado por el especialista Paul Kingsworth en la revista “The Ecologist” en 1998. También otros expertos observaron problemas en niños que tomaron esa leche; por lo que el intento fue discontinuado.     
En ese mismo año, un informe oficial canadiense mencionó los resultados de otro experimento (Jorge Riechmann, Madrid, España) con ratas inyectadas con la referida hormona transgénica: de crecimiento. Entre el 20 y el 30% desarrollaron anticuerpos en la sangre, presentando ─incluso- quistes en la glándula tiroides, infiltraciones en la próstata de algunos machos e incremento de los riesgos de   cáncer a la próstata, la  mama y el colon.
Pese a estos resultados, las  corporaciones transnacionales Monsanto, Du Pont, Syngenta y  Groupe Limagarin -que controlan el 80% de la biotecnología en el mundo, el 60% de los plaguicidas, el 23%  de las semillas convencionales y el 10% de las semillas transgénicas, obteniendo unos 245,000 millones de dólares por año-  no se detuvieron.
En vista de lo sucedido con la referida hormona, se continuó el tema de los transgénicos en algo que fuera menos notorio. Por ejemplo, el maíz amarillo duro, modificado con el gen de la bacteria Bacillus thurigiensis, para que tenga un insecticida propio contra un gusano que ataca a dicho cultivo.
En el Perú, que importa el 60% de dicho grano para alimentar a pollos, aún no ha habido queja de los criadores ni de los consumidores, quizás porque las aves entran a la olla, la sartén o el asador casi al mes de vida. Es posible que, por la misma razón, todavía no se conozcan reacciones colaterales, porque los pollos no llegan a ser gallos ni gallinas.
El problema surgió cuando las corporaciones transnacionales —con Monsanto como líder— trataron de conseguir el libre comercio para sus semillas transgénicas y así controlar a la producción agraria y la alimentación de los pueblos del planeta.
  
Según lo conocido, la modificación genética se efectúa de acuerdo con la especie y las nuevas características que se le quiere dar. Por ejemplo, a la soya transgénica se le introdujo un gen de la bacteria llamada agrobacterium o un gen del crisantemo, para conferirle  resistencia al herbicida glifosato.
Al tomate transgénico se le incorporó el gen de un pez para darle resistencia al frío. A la papa, -3,600 variedades en el Perú-, se pensó uno de cerdo para que tenga su sabor. Al maíz y al algodón, el de una bacteria, la bacillus thurigiensis, para convertirlos en transgénicos Bt.
Según los expertos no ha transcurrido un plazo prudente para saber si los productos  transgénicos provocan o no consecuencias adversas en la biodiversidad vegetal, los animales y los seres humanos.
Mientras en el público consumidor de  EE.UU. hay un rechazo creciente a los transgénicos. A los norteamericanos no les gustó el resultado de la hormona en las vacas lecheras y tienen preferencia por los alimentos orgánicos, que son mucho más caros que los productos convencionales o quimificados. 
En los últimos años, las industrias transnacionales que manejan la transgénesis insisten en introducir sus productos en diversos países. En la mayoría de casos, los gobernantes y pueblos de éstos los han rechazado de plano, por temor a los riesgos.  
Con los cultivos transgénicos se quiere combatir a ciertas plagas, pero pueden aparecer otras más peligrosas. Ya que la resistencia que adquieren los insectos, convierten a las plagas en superplagas; por lo cual se tendrá que aplicar más agrotóxicos.
Los genes de las plantas ─indican muchos científicos─  son  cruzados con genes de animales, pasando por encima a las leyes de la naturaleza al crear un nuevo ser vivo, conservando su apariencia. La ingeniería genética, biotecnológica o ADN Recombinante se está aplicando sin preveer debidamente los efectos negativos que puede ocasionar en toda la cadena de la vida y la salud humana. Es necesario, indican, realizar investigaciones de mediano a  largo plazos, para confirmar o descartar los riesgos.
El comercio de los transgénicos agrícolas, cuyos principales campos de producción están en  Estados Unidos, Canadá y Chile, tiene otro agregado que no se publicita: las semillas transgénicas dan una sola cosecha. El agricultor, que guarda las mejores para sus siembras posteriores, no puede reutilizar la semilla transgénica porque  es infértil. Entonces tiene que recurrir a la transnacional cada vez que necesite sembrar, cayendo así en una forma de sujeción. Además, tendría que pagar una regalía o royalti,  por derecho  de propiedad intelectual.
Por otro lado, si en la chacra de un agricultor orgánico o convencional aparecen especies transgénicas, por efecto del viento, los insectos y las aves silvestres, que  pueden llevar el polen a kilómetros de distancia, aquél debe pagar una multa, aunque no haya utilizado voluntariamente las semillas transgénicas.
Lo más peligroso es  que los transgénicos pueden contaminar también incluso al suelo y  el agua.  Al respecto, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) señaló, en su informe GEO 2003, la posibilidad  de que los productos modificados puedan infectar descontroladamente  la biodiversidad atentando contra la seguridad alimentaria del planeta.
Según diversos reportes periodísticos, en Argentina la soya transgénica ha causado graves problemas a la producción de dicho cultivo. Lo mismo está pasando con el maíz transgénico en los estados aztecas de Puebla, México y Oaxaca, donde se ha contaminado aproximadamente al 32% de los maíces nativos, poniendo en riesgo a unos 30 variedades y ecotipos, así como otras formas de vida.
El Perú estuvo libre de estos riesgos hasta que el gobierno anterior impuso  “sorpresivamente” el Decreto Supremo  No. 003-201-AG, para abrir las  puertas del país a  la penetración de las semillas transgénicas.
En el momento preciso los peruanos, conscientes del peligro que ofrecen los transgénicos para la biodiversidad que distingue a nuestro país, batallaron para lograr la derogación de ese dispositivo.  Hace tiempo expresaron su rechazo los gobiernos regionales de Cusco, Cajamarca, Ayacucho, Huánuco, San Martín y Lambayeque.
Mario Acosta, director ejecutivo del Instituto “Rural Valle Grande” de Cañete, declaró ante un medio local. “No tiene sentido meter algo que reducirá el uso de insecticidas, cuando amenaza contaminar a otras variedades. Si hay un cruce, se puede perder la calidad del maíz blanco gigante de Urubamba o del maíz morado.”
A eso hay que sumar otros peligros. La chala y la coronta se venden como forraje para ganado,  o sea que habrá carne y leche de animales alimentados con maíz transgénico. ¿Qué consecuencias puede traer eso para nuestra población?  Nadie lo sabe.
El Perú, que ha comenzado a situarse como productor creciente de alimentos orgánicos en el mundo, obteniendo una aceptación que hace honor a la marca país en ferias y festivales internacionales, no debe perder “la suerte de ser un  país de climas y niveles diversos.”

Después de medio milenio, los agricultores que están saliendo de la postergación,  no tienen por qué renunciar a su derecho por un triunfo justo en el mundo.

sábado, 17 de octubre de 2015

MAESTRO CON ALITAS


Nadie sabe cómo fue creado el hombre. A lo más hemos alcanzado a conocer, por las Sagradas Escrituras, que fue hecho de barro y que perdió una costilla para que el Señor hiciera a la mujer. Sin embargo, según las leyendas andinas hubo un testigo. Un pajarito que lo vio en el norte del Perú. Dios hizo una masa de barro y después le fue dando vueltas, dice una leyenda. El pajarito, a quien después le dieron el nombre de chilalo, estuvo observándole y como tenía que hacer su nido pensó aplicar esa tecnología. El problema fue que no tenía manos para el paleteo. Entonces, como era muy ingenioso, empleó las patitas. ¡Dale por allí, dale por allá y dále…! Al final obtuvo una bola redonda y pulida. La abrió por un costado y así tuvo un lugar para criar a sus polluelos.

Los habitantes de Chulucanas, Piura, aprendieron del chilalo a modelar el barro. Sus vasijas son amasadas con una maestría espectacular. Si Dios hizo así al primer hombre su técnica fue nada menos que celestial. Cuando fui por allá los vi trabajar de esa manera y me pareció estupenda. 

Me compré unos pajaritos para mi colección y tomé notas de la historia. Pueden ver las piezas de los chilalos en la muestra "ALFONSINA TOTAL" que se exhibe de lunes a viernes, de 9 de la mañana a 7 de la noche en el Museo de Artes y Tradiciones del Instituto Riva Aguero, Jr. Camaná 459, Lima. Tienen tiempo, dos semanas más. Les espero. 



LOS FRUTALES DEL UBINAS

                  
               
Emiliano Esquicha, morador de Huatagua, en las alturas de Moquegua, sonríe ampliamente cuando habla del volcán “Ubinas”.
Para la gente del valle donde él nació, el familiar “Tata” (padre) San Pedro es el protector de sus campos y villorrios, aunque últimamente está de malhumor.
El “Ubinas”, a 5,672 m.s.n.m., abarca  una superficie de 45 kilómetros cuadrados y sus erupciones alcanzan hasta 4,000 metros de altura.
Se sabe que el volcán está en alerta roja pero él, como los miembros de muchas generaciones, espera que no pase de fumarolas y rezongos. Lo mismo piensan los demás habitantes de la provincia General Sánchez Cerro, aunque últimamente están alertas.

“Lo que pasa es que el volcán está vivo y ésa es la diferencia con otros que están dormidos desde hace miles de años”—comenta—. “Allá la gente nace escuchando su vozarrón  interior y sabe que es su manera de hacer sentir su presencia.”
En las fiestas lo saludan con flores, coca y chicha, ofrenda que el Apu volcánico comparte con la Pachamama o Madre Tierra.

En esta entrevista le comento que un volcán no es un cerro cualquiera. Sus enojos harán que la población de Querapi tenga que trasladarse a otra parte. La lluvia de cenizas que arroja arruinará los pastizales y sus animales. No podrán seguir viviendo si se quedan donde hoy están.
Maximiliano reconoce que los de Querapi están muy cerca, a sólo unos cinco kilómetros, pero no se mudarán muy lejos, porque no pueden abandonar las heredades de sus padres. “Todos esperamos que pronto vuelva la tranquilidad. Estamos acostumbrados a sus ruidos”, manifiesta.
Años atrás, cuando fui con Victoria Cano Diaz al pueblo de Ubinas, las señoras recordaban que la ceniza del volcán cayó durante varios días, pero que resistieron a esa descarga porque tenían provisiones.
En realidad los pobladores de esa comarca tienen una fibra muy recia y aunque aprecian los monitoreos del Instituto Geofísico del Perú y el Ingemmet no se asustan. Si hay algo muy riesgoso, tendrán tiempo para retirarse y luego volver. Muy rara vez se producen explosiones y según dicen “sólo parecen fuegos artificiales.”

Los abuelos cuentan que el “Ubinas” tenía un casquete de hielo como el “Misti” de Arequipa,  que se cubre de nieve en algunos inviernos. Pero un día lo lanzó por el aire y su cráter quedó al descubierto, como un boquerón enorme que se ve claramente desde los aviones, cuando hay vientos muy fuertes en su ruta habitual y se desvían por allí.

Por carretera se llega a Ubinas desde Arequipa, atravesando la laguna “Salinas” que a veces se llena de pariwanas o flamencos rosados, y ofrece un espectáculo bellísimo cuando levantan el vuelo. Eventualmente, la sal se solidifica y semeja un páramo blanquecino.
El ómnibus que nos llevó fue rodeando una trocha agreste, que  ha mejorado, pasando cerca a uno de sus ríos de agua dulce, fría  y cristalina. “Los volcánmayu salen de los flancos del “Ubinas”—cuenta Esquicha—“y riegan los pueblos del valle”. Su baja temperatura hace pensar que va por cauces de roca que no tienen contacto con la chimenea que sale por el  otro lado del cráter.
A su contenido de ciertos minerales se atribuye la calidad de los frutales que crecen en los pisos ecológicos templados de la zona, además de papas, maíz, alfalfa, cebolla, haba, zapallo y hortalizas. En Huatagua, Huarina, Matalaque y otros anexos hay un constante jubileo de lúkumas de corazón amarillo, peras jugosas, duraznos de pulpa blanca, membrillos olorosos, higos que resuman dulzuras, cerezos tiernos, guindas aromáticas, tunas blancas y de colores, naranjas de néctares esenciales, pakaes de sabroso ”algodón”, paltas como de mantequilla y riquísimos damascos que en Moquegua se maceran en piscos finísimos.
En el Perú muchas ciudades se han poblado demasiado en lo últimos años. Pero Maximiliano cuenta que en su provincia no han crecido. El aumento que se registra es de manera natural, mas no por las migraciones. Tal vez los foráneos no se acostumbran a dormir con los ruidosos monólogos del volcán y prefieren irse a otros lugares.
¡En cambio ellos están muy bien en sus distritos y anexos celebrando con danzas cada fecha santa!. En setiembre a San Miguel Arcángel, en diciembre a la Inmaculada Concepción y, en enero, al Niño de Praga. Los Patroncitos bailan para ellos con máscaras de tez blanca, ojos azules y barbas. Los ví en casa de un familiar de Esquicha, evocando a los  tucumanos, que en los años virreinales llegaban desde Argentina  con sus recuas de mulas a vender productos de cuero para caballos. Aperos, monturas, riendas, lazos y también frenos y herrajes.  En algún momento dejaron de ir, pero queda la danza como una remembranza. 

“Ojalá que “Tata” San Pedro haga que el volcán acabe con sus berrinches y nos deje en paz”, reclama Emiliano Esquicha, para luego añadir: “Criamos vacunos, ovinos, alpakas y kuyes. Allá se prepara deliciosos kuyes chaktados con piedras calientes, que resultan muy sabrosos y crocantes”. Su receta es un secreto de las “chefs” del lugar. Ellas frotan la piel de cada kuy con jugo de naranja y no sé qué más para que resulten crocantes, con pequeñas burbujas de aire, asado bajo piedras calientes. También preparan un sabroso puchero de cordero y un chicharrón de cerdo con culantro o wakatay, para chuparse los dedos.

“En diciembre espero regresar, afirma. Para entonces, quizás el volcán “Ubinas” haya vuelto a ronronear como un gato mañoso. Así es nuestra vida y la aceptamos, confiando en la protección de “Tata” San Pedro”,  finaliza optimista.

domingo, 11 de octubre de 2015

Les cuento... El chilalo es un pajarito que hace miles de años enseñó a los hombres del norte de Perú a hacer sus cerámicas. El pajarito vio como el Señor hizo al hombre de barro. Más, él no tenía manos. Muy ingenioso usó sus patitas. Sus hijos, nietos, biznietos, tataranietos, choznos, etc., etc., aprendieron a trabajar su nido paleteando el barro. La gente de Chulukanas, que vio como trabajaba el chilalo aprendió a dar una forma redonda, acabada, a sus vasijas, con... ¡los pies¡
Hasta ahora lo hacen paleteando el barro con rapidez y dejando pulida la superficie de sus ollas, todas redondas.
Alfonsina Barrionuevo