viernes, 16 de enero de 2015


PANPAWAYLLO DE APURIMAQ

La primera vez que tuve una sesión con los Apus y las Pachamamas temblé de emoción. Tardaron en llegar y Mario Cama, el altomisayoq, los llamó tres veces. En la oscuridad me pregunté por qué se demoraban. ¿Acaso porque era domingo? La inquietud creció entre mis manos. De pronto me pareció que la habitación se conmovía como si la remeciera un sismo. Casi me levanté, pero enseguida percibí la fuerza de unas alas que iban de un extremo a otro, haciendo viento y ruido. Llegó el primer Apu. Sentí como bajó a la mesa y hasta me pareció percibir cómo recogía sus alas. Luego, dio unos pasos y sus pisadas fueron fuertes. No sabía si ese era su sitio  habitual, pero se puso a la izquierda.

Al oir su voz por primera vez me estremecí. ¿Puede adquirir un espíritu facilmente características humanas? ¿Así hablan los Apus? ¿Como nosotros? ¿Francisco de Avila, extirpador de idolatrías en el siglo XVI, ya consignaba que las  palabras del cerro Makawisa cuando habló con el Inka pesaban en el aire? ¿No era asombroso que yo, una simple mortal, pudiera estar allí en mi Qosqo, oyéndoles?
-¡Panpawayllo, de Apurímac! –se identificó con un tono cordial. -¿Cómo están Uds? Saludo a mi hija Alfonsina.
-¿Me conoces? –le pregunté, reprochándome para mi interior no saber que trato debía darle. Señor Apu, señor ángel. Me sentí incómoda por mi ignorancia. Debía haber preguntado antes. Ya lo averiguaría. Si venía de Apurímac debía ser porque una parte de esa región perteneció al Qosqo, antes de que políticamente la pasaran a otro departamento.
Se hizo un breve silencio. Lo que dura una aspiración de aire y nuevamente otras alas movieron el ambiente. Pensé en cada remolino que producían. Así fue su forma de llegar.
-¡Panpawayllo. de Apurímaq! –repitió con voz muy juvenil, con retintín de campanitas. -¿Cómo estás, Alfonsina?
-¿Cómo estás, madre? –le dije confundida.  ¿Estaba bien decirle madre o sería mejor señora? Su voz sonaba como si fuera una mujer.
-Soy Panpawayllo, Apu de Apurímac. No te equivoques, –me reprendió con una risita irónica y una voz que parecía la de un muchacho que está por cambiar su registro vocal.
-Te dije así porque tu voz es muy delgada.
-Es que mi voz es así. Me has confundido con tu Pachamama. –Me aclaró sin molestarse y asumí mentalmente que debía ser el espíritu de un cerro joven
La habitación vibró dos veces más y vi unos puntos de luz, como si entrechocaran dos trozos de cuarzo en el aire y se desprendieran chispas, sólo para que se vieran, mas no lo suficiente para iluminar .

El misterio comenzaba a develarse y comencé a sentirme más segura. Al cabo me acostumbré a conversar con ellos y ellas, reconociéndoles por el metal de su voz. No me volví a equivocar con Panpawayllo. Siempre era el primero en llegar porque era director de la mesa de Mario Cama.

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Notas del libro “Hablando con los Apus”


LA WAKA DE MICHEQ AMARU

Si acaso volviera a vivir el sacerdote del agua curvaría los labios en una sonrisa al contemplar la muña enseñoreándose en el Palacio Nazarenas de Qosqo. Los novísimos ocupantes del hotel no saben que éste se encuentra ubicado en la waka de Micheq Amaru, literalmente “el Pastor de la Serpiente”, y, en realidad, “el sacerdote de Mama Yaku, el agua,” una de las wakas o sitios sagrados de la ciudad imperial.

En tiempos inkas se edificaron con piedras finamente pulidas los muros que dan a la Plaza de Nazarenas, al costado del Pasaje de las Serpientes. Algunos de sus bloques, estratégicamente distribuídos, llevan cincelados en distintas posiciones siete ofidios. Ellos indican la relación del edificio con Wankar K’uichi, el arco iris, que sólo se deja aprisionar o subyugar por el agua, debido a que ella  es su madre.
 ¡Cuántas ceremonias se habrían llevado a cabo, desde Pachakuti Inka Yupanki, en el lugar emplazado en el barrio de Pumak’urku, el cuello o joroba del puma cusqueño!  ¡Cuántos sacerdotes de menor rango se habrían ocupado en la preparación de los rituales y otros menesteres!  La antigua Casa de las Sierpes aún conserva el  manantial que canta en las fuentes y se yergue en cada uno de sus patios haciendo cimbrear su cuerpo de cristales líquidos como una odalisca andina.
Foto: Fernando Moscoso Salazar
En 1533 los españoles tomaron el Qosqo y lo ocuparon en su totalidad. Mancio Sierra de Leguízamo desplazó  al Micheq Amaru y tomó posesión de su templo y vivienda.  Al finalizar su vida se dio cuenta de su desafuero y pidió perdón en su testamento  por haber entrado a sangre y fuego en las nuevas tierras del “Pirú”, atropellando los derechos de sus legítimos dueños.
Seguramente obsequió la propiedad al obispado o llegó a formar parte de sus bienes posteriormente, porque fue destinada por el siglo XVII a un beaterio donde buscaron refugio mujeres huérfanas y viudas. La espadaña de campanas sopranos invitaban a rezar con las nazarenas descalzas de San Joaquín y luego con las carmelitas a la hora del Angelus.
Después del terremoto de 1950, funcionaron allí las oficinas del Plan COPESCO dedicado a la recuperación de la ciudad, y, en nuestro siglo el arzobispado lo ha entregado por treinta años para el establecimiento de un hotel que ha resultado  entre los mejores de América.

Por lo usual, los hoteles  se preocupan  de brindar buena cama y la más alta calidad de servicios a los pasajeros. El Palacio Nazarenas va más allá de esas obligaciones. 
Coincidiendo con la gran cita de la COP’20, realizada hace poco en Lima, para  preservar el medio ambiente del planeta, sus terrazas y jardines son glamorosamente verdes. El diseño de los ambientes exteriores se ha hecho  con exquisito gusto, conjugando sus tonos con la blancura del agua, el gris severo de la piedra y la luz que rueda sobre hojas alargadas, redondas o  encarrujadas. Otro detalle: según el tiempo la lluvia retoza entre ellas y, cuando se va, deja perlas en los cálices de flores que son comestibles. 

No se trata sólo de recrear la vista. El experto que tiene mucho de chef y algo de poeta combina las virtudes de la muña, con las del toronjil, el cedroncillo, la menta y la manzanilla, para preparar infusiones naturales  de inigualable perfume, porque las ramitas se cortan casi en el momento de servirlas, llenas de vida. 
Por allí también están el wakatay, el orégano; la albahaca, el romero; el tomillo y el estragón, que sirven como geniales saborizantes  para un sin fin de manjares.

Foto: Fernando Moscoso Salazar
No faltan en los espacios abiertos del Palacio los arbustos del sacha tomate o tomate de monte de forma ovoide, que se agrega en toque especial al uchukuta picante o como ingrediente de lujo en el aderezo dulce donde nada en almíbar, y también el arbolillo de moras que acicalan los postres.
La muña es bien recibida por más de un exigente comensal, pues además de aromática es digestiva y tiene un aceite esencial que —según investigaciones del científico Mario  Carhuapoma Yance— ayuda a eliminar a la temida bacteria Helicobacter pylori que se aloja en el estómago y resiste a la acción de los medicamentos, pero que se rinde ante los efectos de la hierba gentil.
Tenerla a la mano, fresca y generosa, es ideal. Ella, que es de esta tierra,  pertenece  a la familia Lamiaceae de plantas con flores que —según los botánicos— comprende cientos de géneros  y miles de especies.

Sus usos son variados. En licor se presenta como miskimuña, dulce provocadora de amores; frotada en la palma de las manos y aspirada, reduce el cansancio, y —paradójicamente— en algunas comunidades de Ayacucho se emplea  como componente de la pólvora para los fuegos artificiales que son la alegría de sus fiestas patronales.
Una primicia que llena de fragancias exóticas el Palacio Nazarenas, a sólo dos cuadras de la Plaza Mayor de Qosqo, en la mansión donde el mayestático Micheq Amaru tuvo diálogos con el agua para conocer el futuro del agro.
¡Una tradición que continúa!

Alfonsina Barrionuevo

sábado, 10 de enero de 2015

VOLVIENDO CON LOS APUS

Los nombres de los nevados, los cerros, las lagunas, la tierra, son muy expresivos, mágicos, unidos a historias fabulosas que se conservan en la memoria popular y todavía se transmiten por generaciones. Son miles y varían de acuerdo a las localidades donde se encuentran, pues, tienen identidad y características propias.
Según la región donde están los nevados y los cerros se llaman Apus, Aukis, Achachilas, Wamanis, Hirkas y Orqos. La tierra recibe el nombre de Pachamama y el mar de Mamaqocha.  Ella es madre de los lagos, las lagunas, los ríos y los manantiales.
Se les ofrenda desde épocas sin edad porque son seres vivos, con los cuales millones de peruanos siguen manteniendo una estrecha interrelación, una convivencia espiritual  y material que los compromete a darles “sustento”  porque “tienen sed y hambre”.
Como se trata de formas de energía  sus necesidades no son físicas sino espirituales. Cuando se les invoca están presentes en las ceremonias rituales aunque no tengan que ser visibles.
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Notas del libro “Hablando con los Apus”

FLORES Y HOJAS COMESTIBLE              
Beber la miel de ciertas flores es delicioso. Se encarrujan los pétalos y se va sorbiendo hasta que una gota rueda con su diminuta carga de dulzura hasta la boca. Algo que se puede hacer en algunas huertas y con flores muy especiales. En la huerta de Pachakamaq, Lima, de Alfonso Roda Marrou, miles de flores agitan las cabecitas curiosas. No  se usan como sorbetes sino para engalanar los platos.
Un guiso apetecible, con flores amarillas de chincho que se estiran delicadamente sobre el jugo, es muy tentador. Bellísimas flores azules de arveja o de salvia, sobre la superficie dorada de un enrollado de carne, son una delicadeza. Ni qué decir de flores blancas de papaya, que parecen de cristal, recostadas sobre la pechuga invitadora de un pato. Hay una sensibilidad que se desprende de ellas como adorno y también como aroma o sabor.
Roda Marrou, Don Torcuato para sus amigos, sonríe abiertamente frente a una canastilla de flores que nunca se marchitan. Sería un desperdicio cuando pueden brindar satisfacciones a comensales exigentes. Seda vegetal que se luce en los filamentos verdes de otras plantas que son un ingrediente de lujo de muchos platos que se sirven en restaurantes renombrados.
Nuestro entrevistado, nacido y criado en una huerta de Ñaña en épocas felices, donde aprendió a conocer y disfrutar su valor, muestra con orgullo sus flores y hierbas comestibles que son un artículo de demanda en Lima. Estaba estudiando administración de empresas en la Universidad de Lima cuando comprendió que lo suyo era ser un  agricultor de especies selectas y se pasó a la Universidad Nacional Agraria-La Molina para seguir, en su tiempo libre, veinte cursos técnicos de extensión social.

Durante el tiempo que trabaja mantiene una comunicación interesante con ellas, especialmente las nuestras que son tan diversas. Gracias a la buena tierra del lugar donde se encuentra la Huerta de don Torcuato en la costa o chala, y al invariable cariño que les tiene, logra excelentes cosechas, sin pesticidas ni productos químicos que vayan a alterar su calidad y hacer daño a la salud y al medio ambiente.
Muy pocas veces he visto personas que profesen tanto amor por la naturaleza. Vive y sueña en Lurín y aunque Lima es la ciudad capital del Perú, aprovecha que le queda a la vuelta de la esquina. Asegura que no ha roto con la metrópoli, más bien sus relaciones se han fortalecido con la demanda que tienen sus productos orgánicos en ferias, festivales, supermercados, hoteles y restaurantes.
El orgullo que siente Roda Marrou por su trabajo se refleja en su rostro. Sabe que tiene toda la vida por delante y confía en un futuro que no se desprende de los surcos. La propuesta de sus plantas, unas ochenta variedades a las que mima y engríe, es gourmet.
Entre las aromáticas la muña que es apreciada en infusión y ejerce al mismo tiempo una función repelente de plagas, el toronjil que es un rey de aroma y sabor, y la hierba luisa tan querida para cualquier malestar, un trío que se luce en las infusiones; el chincho, el paiko y el huacatay son los que dan apellido e identidad a la pachamanka; y una variedad de mentas.
La calabaza andina se ha acomodado, en los bordes de la huerta, con honores por sus frutos y también por sus flores, de excelencias gastronómicas. Alfonso Roda explica que se ha hecho una selección, después de que han pasado por un  tamiz probando sus aromas y sabores, para obtener su respectiva calificación. Entre muchas se han llevado palmas las flores de kiwicha, huacatay, culantro, hinojo, anís y romero, alternándose de acuerdo a las estaciones del año.
Las verduras bebé ofrecen ternezas al paladar. Todas son miniaturas de las mayores. Zanahorias, rabanitos, choclitos y  poros. En la lista de vegetales están igualmente los brotes o germinados, tan recomendados por los médicos especialistas. Ver los de cebolla, rabanitos, nabos, beterragas, kiwicha, culantro,  etc, es un jubileo, porque llevan alegría a las mesas con su aspecto delicado y  espectacular.
Roda Marrou incrementa constantemente sus variedades. Del Cusco, donde se trata de recuperar la frutilla, algo parecida a la fresa pero pequeña y más dulce, la fue rastreando con mucha suerte. En el Abra de Málaga, famoso porque allí se reúnen sacerdotes andinos de alto rango, la encontró y se la trajo. En su huerta la cuidó con esmero y ha logrado aclimatarla. No será extraño que vaya aumentando en cantidad. La frutilla se come al natural, en dulce y en las renombradas frutilladas, una chicha que tiene un timbre imperial. 
Su entusiasmo desborda cuando revela que emplea riego tecnificado con agua ozonizada; abono natural que obtiene en parte del reciclaje de las hojas del mismo huerto, y tecnologías que aplicaban a sus cultivos los limeños prehispánicos, como las camas para sembrar y cosechar que se levantan a cierta altura del suelo.
A corta distancia de la ciudad de Pachakamaq se preocupa por su crecimiento apresurado. En cada año que transcurre se van recortando las tierras agrícolas para dar margen a la construcción de viviendas. Lima es la que pierde su último valle verde, de áreas limpias y generosas. Si existiera conciencia acerca de su aporte a la dieta alimentaria de sus habitantes, se incentivaría la existencia de las huertas que quedan, antes de sofocarlas con cemento.
Para completar su oferta la Huerta de don Torcuato ofrece dos servicios semanales. Una Granjita Feliz, diseñada para que los niños conozcan una diversidad de plantas y animales, y un restaurante que funciona sábados y domingos, atendido por  Pilar Gutiérrez.
Nada que hacer, estamos acostumbrados al buen comer y allí se encuentra una carta surtida. Hay pollitos de leche a la leña, conchas acevichadas,  langostinos empanizados, chicharrón de conejo, pato criollo, pachamanka y mucho más. La huerta está a diez minutos del kilómetro 33 de la antigua carretera Panamericana Sur, urbanización Casa Blanca, Pachakamaq, Lima. Un viaje que motivará a la familia o grupos de amigos, entre mar, cielo y arboledas amigables. Los que quieran una canasta de hortalizas pueden llamar al teléfono (01) 2311326. Los precios son económicos y hay reparto a domicilio. ¡Qué más se puede pedir!  
Alfonsina Barrionuevo
               


domingo, 4 de enero de 2015

 LA SOBREVIVENCIA DE LAS WAKAS

El choque de dos culturas adquiere un monumental relieve cuando el virrey Francisco Toledo  intentó desalojar a sus manes tutelares de la plaza sagrada de Qosqo. La fastuosa concentración de ciento diecisiete imágenes, que llegaron de los virreinatos y audiencias de América, resultó ineficaz porque no estaban en el mismo nivel.

Cómo desplazar al Apu Inti, el Sol que da vida y calor a la tierra desde su templo del cielo y su réplica en el Qorikancha; a Mama Killa, la Luna que maneja desde el infinito las mareas de esa inmensa pradera líquida que es Mama Qocha, el mar; a las estrellas que solas, en grupos, constelaciones o desbordándose en un río fulgurante -la Vía Láctea-, deciden el tiempo de siembra,  rigen la multiplicación de los animales y marcan la existencia de los seres humanos; a Mama Qaqa, la piedra que blinda su voluntad para enfrentar los desafíos; a Wayra, el Viento que girando en husos gigantescos se lleva las enfermedades a lejanos confines; a Para, la lluvia, que baja presurosa con su cántaro de greda cuando siente en el aire que se raja el labio de los surcos: a Chiqchi, el granizo, que saltando en un solo pie extiende un manto glacial de silencio; a Wankar K’uichi, al arco iris que deja caer su manto inundando el ambiente de colores; a Nina, el fuego que abre sus flores ardientes en la tierra para animarla; a Warasinse, guardiana de los terremotos y a mama Lloklla, la madre de los aluviones que sabía apaciguar su violencia: a Oqe Mishi, el puma celestial relacionado con el agua; a la Qewña con las neblinas, entre otros elementos.

Cómo romper el carácter sagrado de una ciudad  donde tenía su templo algo tan frágil como Puñuy, el Sueño que extendía su levedad de caricia sobre los párpados cansados y se albergaba también sin reparos a Wañuy, la Muerte tan temida, sin discriminar a Kawsay, la Vida, su gemela. Lo único que logró el arrogante virrey fue el sincretismo, integrar los íconos de su mundo con las energías materiales e inmateriales del nuestro.


LOS HORNOS  DE KURANBA

Las auroras siguen pasando sus finas manos de aire sobre la piedra tallada con primor; en los mediodías el sol siembra sus semillas de oro para hacerlas florecer y el arco iris hace flamear como antes sus banderas de colores. Los Inkas se alejaron un día por el camino del tiempo pero quedó el ushnu grandioso como huella de su presencia, comunicándose por escalinatas con una enorme plaza, como en Vilkaswaman, Ayacucho.

Fernando Moscoso Salazar admiró el altar pétreo en un espacio sagrado. El incansable periodista. La minería es su mundo y su pasión. Así encontró Kuranba, en la comunidad de los Kallaspuqyu, distrito de Huancarama, provincia de Andahuaylas, Apurímac.
Quedamos en visitar alguna vez uno de esos centros donde hace unos 10,000 años los antepasados extraían minerales no metálicos como cuarzo, riolita, toba, cuarcita y calcedonia, para fabricar puntas de lanza destinada a la caza, pesca y recolección. En su época demasiado temprana la minería no era ni el atisbo de un sueño. Se dio cuando aprendieron a manejar la flor de fuego unos 6,000 años después.

Los Chankas, que según la leyenda salieron de la laguna de Choklloqocha con Wankas y Wankawillkas, queriendo conquistar a los Inkas cuando tomaron fuerza, destruyeron los asentamientos de la cultura de Kuranba sin entender su avance en tecnología metalúrgica y avanzaron en desatados huracanes de muerte. Ellos jamás renunciaron a su salvaje libertad y cuando fueron sojuzgados prefirieron desaparecer, atravesando el territorio hasta las ignotas cabeceras de la selva.

Moscoso, comunicador y fotógrafo, experto investigador de rastros mineros, encontró una tradición importante en Kuranba, donde quedan todavía cantidad de escorias y otros residuos de metal. Descubrió también como usaron cuernos de animales para extraer los minerales, quimbaletes para la molienda y wayras, hornos, que atizaba el viento con la fuerza de sus pulmones en la altura de los cerros, para la fundición.
Los Inkas que tomaron el lugar, cuenta, lo implementaron con una serie de construcciones. En los alrededores se ubican más de 69 recintos, con calles y escalinatas, además de una fachada principal hacia la plaza central de planta cuadrangular. Así mismo en la pampa adyacente quedan restos de un conjunto de habitaciones, posiblemente para los trabajadores, con piedras calizas de diferentes tamaños -algunas en forma de cuñas- unidas con mortero de barro.

Una densa vegetación cubre en parte el grupo arqueológico que ha sufrido depredación por pobladores actuales que han usado piedras de sus muros para sus viviendas. La escasa enseñanza de nuestra historia, tan rica y vasta, minimiza la urgencia de resguardar estas obras del pasado que se están convirtiendo lentamente en una atracción turística que puede rendir dividendos a los pobladores. La sola vista del ushnu es impresionante.
Los Inkas usaron oro en sus templos y mansiones sin que se conozca hasta dónde llegaron en sus técnicas, pues, los españoles se llevaron todo lo que encontraron. El resto fue ocultado por los cusqueños cuando advirtieron que eran objeto de su codicia. Lo más notorio es el empleo de la piedra como principal material y en eso sus talladores y arquitectos fueron eximios maestros. Sus orfebres dominaron el arte de fundir el oro y la plata, martillar, laminar y  engastar las piezas.

Sin embargo, lugares como Kuranba, indican un quehacer de la minería dedicada a los metales -oro, plata, cobre y otras aleaciones- con una infraestructura de más o menos 500 hornos con fines religiosos y suntuarios de los señores del Tawantinsuyu.
Los hornos metalúrgicos, explica Fernando Moscoso, tienen una ubicación extraordinaria, orientados hacia las fuertes corrientes de vientos procedentes de los valles interandinos. Su vista en las noches debió ser magnífica por el fuego al rojo vivo derritiendo el contenido de los crisoles. Los mineros disponían de un buen abastecimiento de leña en los bosques cercanos donde abunda mucho la chillka, apreciada por su alto contenido de resina, elemento indispensable para atizar los hornos. Agrega que los terrenos de las comunidades de Panpamarka e Iskawaka (Aimaraes) fueron yacimientos mineros donde había vetas de oro, plata, zinc y cobre. Años más tarde, en 1560, durante el mandato del Virrey Andrés Hurtado de Mendoza, se descubrieron minas de azogue en Huancavelica, que pertenecía por entonces a lo que hoy es Apurímac. El interés de los españoles dio lugar a que se establecieran en Andahuaylas 6 Corregimientos y en Abancay un Corregimiento con 23 Repartimientos a fin de proveer mitayos a los explotadores del mercurio. El resto es historia virreinal y los fines completamente diferentes. Una nueva etapa que fue trágica para la minería peruana.


Alfonsina Barrionuevo

domingo, 28 de diciembre de 2014

ESTRELLAS EN LOS ANDES

En los lugares más altos de la cordillera es un privilegio contemplar su cielo estrellado. Unas veces en sembrío de luces. Otras, mostrando enormes cuerpos celestes. Las constelaciones, que aparecen flotando como brillantes navíos espaciales.
“-Mira, aquella es una llama, “-me dijo la abuelísima mama Candelaria, en un pequeño caserío de Canta, en Lima, –y está con su cría, señal de que el año será bueno.”
“-Es la Urkuchillay.”
“-No sé, pero si está sin su cría no se multiplicarán los cultivos.”

En los Andes la gente suele mirarlas durante toda su vida. Los niños nacen de cara a las estrellas y al final, cuando se despiden, ellas rutilan por última vez en las pupilas de los ancianos. Allá su visión es ultraterrena. A la distancia parece que  que llevaran la esencia del infinito. Las mujeres no deben contarlas porque si lo hacen tendrán muchos hijos. “Las estrellas, afirman, son luciérnagas celestes, pinchinkurus, gusanos de luz, que encienden el farolito de sus vientres.”

Ch’isin ch’aska, “la luz de sus abismos”, estrella del atardecer, es la más bella de todas. La Huch’uy Cruz sale después y se va al amanecer. La que  se oculta de rato en rato es Lluthu, estrella perdiz. Hanp’atu, estrella sapo, salta sobre nuestras cabezas. Llamañawi baja hasta los cerros y se confunde con los rebaños en los meses de mayo y junio. Las Chupayoq Ch’aska son estrellas con cola (cometas).  Si Qolqa, la estrella granero, aparece el 24 de junio, día de San Juan, el año será excelente.

“-Las estrellas son como nosotros, agrega Santusa Wallpari de Ampay, caserío del Valle Sagrado, en Cusco. -Cuando alguna se apaga la noche se oscurece pòrque hay tristeza en el cielo. Qoyllur, es la estrella de las ñust’as o princesas inkas (conocida también como Venus). Es ligeramente rosada (y aparece junto a Sirio, que es brillante). La Cruz del Sur, la Hatun Calvario, se llama también Chakana o Llakana. Los ojos de Urkuchillay, que aparece en medio de un río de estrellas, son grandes y su cuello es largo.  Ella bebe el agua de mar a medianoche  cuando nadie la ve. Dicen que  que si no bebiera esa agua  el mar cubriría el mundo y todos quedaríamos sepultados en sus profundidades.”

El Zodiaco Inka no tiene nada que ver con el zodiaco occidental. Los naskas graficaron en una extensa panpa los signos para el año que valen para todos los peruanos. María Reiche los limpió. No conocía su paralelo con las constelaciones andinas.
¿Algo más?. Mucho se queda en el tintero.
Hasta el próximo domingo.   



MANJARES DE LOS RUNAS
                 
En el siglo XVI, cuando arribaron los españoles, encontraron una cocina multicolor, nutriente y nutrida.
Para ellos, que estaban acostumbrados sólo a las carnes rojas, el trigo, las lentejas, las arvejas, las habas y el arroz, esa diversidad de platos les resultó alucinante. Ignoraban de qué plantas y animales provenían sus manjares,  cómo se preparaban y comían.
Una locura para los estómagos de la tropa acostumbrada a magras raciones. La gente con titulos que llegó después también se asombró,
La conquista española, en el rubro de los alimentos, provocó  otra dura batalla: el arrinconamiento de los nuestros y la imposición de los suyos. Su preocupación se  registra en los premios ofrecidos a quienes lograran que prendieran sus cultivos y obtuvieran la primera cosecha de Occidente en  tierra nueva.
Mientras ponían sambenitos al maíz, como grano maldito que ─supuestamente─ contagiaba la sífilis, el trigo era ─también supuestamente─ bendito, porque en la misa se convertía en “cuerpo de Dios”. La papa  pasó a ser solamente  digna de los cerdos y  los presos de sus cárceles. Ni qué decir de la yuka,  la oka o la  kinua: que conocieron muy tarde. Ni al tomate, que iría  a sazonar sus tallarines.

El primer fruto español en crecer y madurar fue una granada que pasearon en procesión, por la Plaza de Armas de Lima. El dichoso dueño del huerto recibió felicitación desde España y la asignación de una presea valiosa que incentivaría a los demás. La idea no era sólo trasladar lo que tenían y conocían, sino también aprovechar la tierra fértil del territorio conquistado, donde sus cultivos se expandieron poco a poco, hasta asentarse en nuestras ocho regiones y 84 pisos ecológicos.
Cinco siglos después tenemos una cocina no sólo occidental, sino también asiática y de cuanta gente llegó de otras partes para instalarse atraída por la belleza de los diferentes lugares y las oportunidades para formar una familia y crear industrias y otras empresas que generan ingresos y ayudan a tener una economía floreciente.
Hoy este panorama alimentario ha sido muy bien manejado dando lugar a un “boom” gastronómico. Los potajes desplegados en los inmensos comedores de las ferias gastronómicas Mistura evidencian cinco siglos y una década de mezclas y creaciones; las novedades fusionadas de uno y otro lado de dos  océanos que gratifican a los amantes del buen comer.

Hemos incorporado los ingredientes de fuera a los nuestros, para forjar una suculenta mesa, muy peruana en el mejor de los sentidos. Pero siempre hay algo que queda  al margen.
En el recorrido gastronómico se está olvidando los alimentos nativos sobrevivientes y los potajes con milenarias raíces: Por ejemplo, el yaku chupe, el puré de tarwi, el postre de tokosh y así muchos a ojo de buen cubero, teniendo en cuenta que tenemos miles de pueblos y sazones. Se  comienza a buscar y, sin necesidad de lupa, sale a la luz hasta un gusano como el suri amazónico, que es un sibarita autoalimentado por una palmera especial. El Amauta Javier Pulgar Vidal sabía apreciar un rico chicharrón de suri, enviado por sus familiares y amigos desde las junglas de Huánuco. Hasta la grasa rezagada en el plato, como una mantequilla, era un aliño apreciado en galletas para quienes llegaban atrasados a su convite.

Haciendo una ligera memoria sólo en lawas ─así se conocen a las sopas en el Perú profundo, lo más lejos de las ciudades─ las hay de maíz, de zapallo, de calabaza y de qoe o kuye. Es  un pequeño muestrario.
Ahora que se les ha dado por “marquetear” la carne de la alpaka, un animaltan dulce, tan bello y de ojos tiernos─ cabe recordar que los criadores altoandinos de este camélido nativo dan un sinnúmero de usos a la chalona o carne seca, preparada con templanza para hacerla durar el mayor tiempo posible.
En peces está recobrando su categoría la anchoveta, que cierta industria transforma en harina para alimentar chanchos, cuando en Caral era el alimento preferido de la ciudad más antigua de América y, hasta mediados del siglo anterior, disecada y tostada era un excelente fiambre o refrigerio en las grandes faenas del campo.
Arriba, en las lagunas y ríos de los Andes, la  trucha se ha comido a casi todos los peces nativos pequeños. Felizmente, en el lago Titiqaqa el suche ─festín prehispánico que llegó a ser disfrutado hasta el siglo XX, frito, entomatado o al horno─ ha regresado de puro milagro, tras sobrevivir escondido en las nacientes de algunos ríos.

Los antiguos peruanos sabían comer desde que eran bebés. La mazamorra morada, con el toque a santidad que recibe en cada octubre de milagros, es la única que ha saltado la valla en Lima. Pero  hay otras riquísimas, aptas para la “papilla” de las “guaguas”, que “forman” a sus estómagos y hasta resultan vigorizantes para las  “mamalas” o abuelitas, como la “rubia” con chancaca, tan buena.
Las chichas  que se beben en el norte, el centro y el sur son otro portento. Y no sólo de guiñapo, que es  como un licor en las fiestas patronales; sino también la ñoqña para los niños, la blanca de maní, y todas las terminadas en “ada”: frutillada, uvachada y muchas más, que ─incluso les hacen competencia a las cervezas..
Me gustaría que el seviche o cebiche volviera a sus grandes tiempos, cuando la gente de mar y tierra cocían la delicada carne de los peces con tumbo verde. Nunca tuvimos los periodistas más sorpresas en una mesa de sabrosos potajes que aquella ofrecida por el difunto Amauta Fernando Cabieses, cuando tenía el Museo de la Salud y servida por su asistente Melchor, un chef inigualable antes de que Gastón Acurio soñara con entrar a una cocina para lidiar con las ollas.

Aprendimos a medida que salían los platos a la mesa. Quién se hubiera imaginado que los antiguos peruanos tenían un endulzante como la penka, cuya médula  “pelada” cuando la planta lanzaba su flor al cielo, era como una delgada caña dulce. Melchor reveló que se hacía hervir y al cristalizarse dejaba una especie de miel excelente para diferentes platillos.  
Ya se han escrito kilómetros de libros sobre la comida peruana. Pero tenemos uno en espera. Estas y otras comidas y bebidas aliñadas con leyenda aguardando un editor.   

Alfonsina Barrionuevo

domingo, 21 de diciembre de 2014

EL VIENTO NIÑO

Hay un viento niño gentil que juega en las playas de los ríos y fabrica sus ollitas de arena. Es un tirabuzón de viento que abre huecos diminutos con una precisión matemática. Aprendí a distinguirlo en Huaro, cuando estuve viviendo por un tiempo con mi abuela. Aprendí a descubrirlo con una niña de comunidad que fue mi amiga en los años de la infancia. Había tardes en que se presentaban tres o cuatro. Desde entonces tuve cuidado al caminar por allí. A quien rompe sus ollitas el mankap’aki, que así se llama, lo castiga y lo hace caer.   
Los vientos son una familia muy grande desde Hatun Wayra, el viento viejo o viento mayor, que pasa el tiempo durmiendo. Despierta malhumorado en agosto y como avanza gruñendo derriba árboles, hace volar casas y se lleva las ropas de los tendederos. Se dice que tiene sed y para aplacarlo se le hace pequeñas ofrendas. hojas de coca, naranjas y flores, asperjando el aire con gotas de chicha para que beba.
Hay un viento mujer que camina entre los maizales y cuando encuentra  hombres en su camino les llena la cara de granos porque es fea  y piensa que nadie la quiere.
Hay un viento varón que corre por las orilla de los ríos volteando las piedrecillas o cantos rodados.
A todos ellos los puedo ver. Es fácil observarlos en el campo y mejor cuando se tiene la compañía de una niña conocedora del paisaje como tuve la suerte de tenerla en mi infancia para llenar mi soledad con sus hermosos relatos.
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Notas del libro “Hablando con los Apus”.

 

 NOCHEBUENA EN EL ANDE

“Niño Manuelito toma mi ovejita
y con su lanita ponchito te haré.
Niño Manuelito toma mi ovejita
y con su lanita polkitos te haré”.       
                  

Para millones de habitantes de nuestro planeta la Navidad es la fiesta más candorosa del año. El consumismo, la globalización y otras causas deplorables, han ido recortando sus alas. En el Perú debemos recuperar la ternura que inspira el pequeño Jesús. Fue lo único amable del arribo de Pizarro y generó arte, imaginación, amor y sueños. Tierra adentro la Nochebuena acerca todavía los corazones. Aún se amarran con entusiasmo los belenes, la gente asiste con fervor a la Misa de Gallo, hay villancicos cada cual más dulce, bellas danzas tradicionales y cenas familiares con una hermosa carga filial.      
 
En el Perú, el Virrreinato de la Nueva Castilla, los festejos de la Pascua Navideña  tomaron impulso a medida que se edificaban las iglesias y llegaban las efigies del recién nacido para presidir los pesebres, portales o  belenes. Estos se amarraban con ramas de algarrobo, huarango, cedro, arrayán,  hojas de plátano y gramalote, de acuerdo a las regiones; y en el piso musgos, achupallas, maíces y trigos recién brotados.
Se ignora la fecha en que se compuso el primer villancico con sabor peruano, como la rendida, conmovida y deslumbrada aceptación de un ícono que es adorable porque se trata de un párvulo que sólo reclama amor. Así los Andes se impregnaron con el aroma a santidad que se desprende del Misterio Biíblico dándole una expresión  propia. 
       
Los catequizadores o doctrineros, según afirma el musicólogo cusqueño Policarpo Caballero, aprovecharon la música y los cantos sacros del antiguo  Perú y también aquellos conque se recibía a las criaturas, modificando sutilmente la letra para aplicarlos al advenimiento del divino infante. Ocurre en el Hanaq Pacha que al parecer fue un Himno al Padre Sol convertido en villancico en 1631 por el canónigo Juan Pérez Bocanegra en el Cusco, o el hallallunch o hallalloch, tonada navideña del chimo o chimu, también adaptada y recopilada por encargo del prelado de Trujillo, don Baltazar Jaime Martínez de Compañón y Bujanda en 1777.       
Un Concilio reunido por Santo Toribio de Mogrovejo a fines del siglo XVI, señalando como fiestas de guardar la Navidad y la Epifania, dio lugar a la creación de coros de niños, cantorcillos o seises, tiples de voz blanca al estilo de la Catedral de Sevilla. Algunos tan famosos como el que tuvo Juli, la Roma Aimara, de cuatrocientos niños, para ensalzar a Dios con cantos gregorianos.

La ola mística que dio lugar en el Perú líneas de imaginería, pintura y talla sagrada, se manifiesta también a través de las albas, alabanzas, aguinaldos o gozos, conque se conoce a los villancicos en diversas partes del país. En cada lugar hay portales y belenes renombrados ante los cuales se canta y se baila y donde se reproducen con ingenio pasajes del Viejo Testamento y también del Nuevo como la Adoración de los pastores, de los Reyes Magos y otros. 
      
En el Cusco, se da la versión peruana del Niño de Judea cuando los imagineros de sangre imperial "lo hacen nacer" en sus manos con maguey y pasta dando lugar a una Escuela de Imaginería del Niño Dios. Es la ciudad donde existe la mayor población de niños sacros en casas, iglesias, monasterios y conventos. La única en el Perú también donde se establece la feria del Santurantikuy,  o mercado de santos.
Los preparativos arrancaban del 22 de noviembre, día de Santa Cecilia, con ensayos de coros y danzas y había en el barrio de San Blas una representación de la Degollación de los Inocentes ordenada por el tetrarca Herodes.
El aporte de los harawiku  o músicos y de los harawiq o poetas qechwas del Tawantinsuyu es importante y se mantiene más o menos vigente merced a músicos como Ricardo Castro Pinto, organista de la Catedral y varias iglesias, virtuoso ejecutante del panpapiano o pianito de panpa. Castro recibió una herencia mística de su propio abuelo, que fue músico del viejo cantor Damián Rosas, de don Mateo Sinchi Roqa, panpapianista con sangre imperial de San Sebastián, de Cosme Lecuona y del violinista Chapaco de Mamara.   
"Villivilliskaschay
flor de clavelina,
claveles y rosas
para el Niño lindo."
"Kay waqcha portalchus,
Belenllaqtapiqa,
kamasqan karkan
 kay kusi lirpuypaq."

"A la choza triste/baja en Belén/ el que es enviado por el cielo/ para reflejar como un espejo/ al mundo su alegría."    
   
En la Ciudad de los Reyes se recibía el 24 con alborozo, repique de campanas, gorjeo de pitos y crujido de matracas, misa de Gallo y luego cena con empanadas, yemas, bizcochuelos y los clásicos orincitos del Niño -chicha de maní-, para acabar el 6 de enero, fiesta de la Epifanía.
La zalamería propia de los limeños discurría en poéticas coplas.
"Manojito de rosas y alhelíes,
dime en qué piensas
que te sonríes."       

En Lambayeque el Niño era llevado de casa en casa para terminar en la iglesia donde era recibido con mucha ceremonia. Allí los fieles le entregaban obsequios con cantos que improvisaban.
"Calla Niño lindo
callad, no lloréis
tomad estos coquitos
para que juguéis."
"Le ofrezco a mi Niño
este vino cardenal
para que se sirva
en su divino altar."
"La más chiquitita,
la más pobrecita le
ofrece a su Niño
        esta palomita".       

En Huancavelica el Niño Dios tenía madrinas y era ahijado de todas las matronas. Sus cuadrillas de pastores o waylías, similares a las waylías o azucenas de Ayacucho, y a las waylijías del valle del Mantaro, Junín, salían a bailar en su honor ricamente vestidas, al son de una banda de qena, caja o bombo, tinya y violín.
"Desde mi chacrita
he venido andando
a ver a este Niño
que se está velando."
"Manuelito lindo
¿qué hacéis en la cuna
la carita al sol
             los pies a la luna?."    
     
Sólo en Chincha, Ica, donde se encontraba hasta mediados de siglo una importante concentración negra en el Carmen y en el Guayabo, se dan villancicos y escubilleos o zapateos con esencia morena. Hasta ellos que viven en humildes rancherías no ha llegado la Navidad consumista y llevan al Niño como ofrenda sus voces y sus contrapuntos.
"A la ru, Niñito,
a la ru, ru, ru.
A la ru, Niñito,
a la ru,ru,ru."
 "Señor don José,
santo carpintero,
hágale una cuna
          para este cordero."    
   
Algún día quizás alguien busque con afán los villancicos a  lo largo y ancho de nuestro vasto territorio, y recoja apenas restos de las lindas composiciones otrora frondosas, ahora en trance de desaparecer. La marea modernista de nuestro nuevo siglo sigue reemplazando con un árbol sintético y una estrella artificial al santo Niño, rubio y semita, que tomó sabiamente el color de la tierra americana para refrescar con un rocío de amor y de paz el el sufrimiento de sus viejos señoríos.        
El Perú se mantiene en una encrucijada cultural  donde se pierden cada día tradiciones que le daban una imagen inconfundible y que no les interesa a sus gobernantes. Un día lo lamentarán ante el afán que han tomado de resurgir con el desarrollo del turismo. La verdadera Navidad Peruana por desgracia es algo vivo que se va entre los dedos como la arena.   
   
  Alfonsina Barrionuevo         


domingo, 14 de diciembre de 2014

HERMANO VIENTO, HERMANA AGUA

“En el Qosqo los q’eros son los San Franciscos del Ande.
Elos hablan con con la hermana agua,
el hermano viento, las hermanas flores, los hermanos
pájaros, las hermanas nubes.
Los q’eros están tan cerca de la naturaleza que
establecen desde un monólogo hasta un diálogo  de una
tierna filosofía con sus elementos.”
Estas líneas pertenecen a Américo Yábar, que tiene el rango de  kuraq akulleq, máximo sacerdote andino, con altos conocimientos sobre las creencias inkas que aún subsisten en el Qosqo. Cuando comencé a asistir a las sesiones de Mario Cama traté de obtener mayores datos con personas versadas en esta ciencia carismática y ecológica. Tuve muchas entrevistas con Juan Núñez del Prado, Rosa María Alzamora y otros maestros en la religión no sólo inka sino más antigua.
Américo nació prematuramente y no hubiera podido cruzar el umbral de la vida si no hubiera sido por los q’eros que se lo llevaron cuando comenzaba a extinguirse. Hicieron una posta de chaskis y cuando las mamalas lo recibieron virtieron en sus labios mustios la leche que tenían gota a gota, logrando que respondiera a sus esfuerzos. Al mes lo devolvieron a sus padres en un estado saludable. Por eso Américo  reconoce su hermandad con los q’eros.
Los q’ero, hijos de la luz según sus leyendas, fueron el primer pueblo fundado en el Qosqo por Inkari y Qollari, cuando la tierra que estaba en tinieblas se iluminó al salir el sol.
Estas historias están en mi libro “Hablando con los Apus” y espero irlas incluyendo.


LUIS E: VALCARCEL

El damero de verdes fluctuantes de los cerros debió inspirar a Luis E. Valcárcel en su juventud. En sus recorridos por las provincias altas el Cusco lo acercó a las comunidades. Sus habitantes sobrevivian en una injusta pobreza. La siembra de escasas especies y el pastoreo no eran suficientes para una buena calidad de vida.
A principios del siglo XX tenían que responder además a la exigencia de los hacendados que requerían sus servicios a cambio de nada. Siguiendo la tradición ellos formaban parte de sus  tierras como bienes muebles.

Valcárcel no tenía en las pupilas el recuerdo del mar. Nació en Ilo, Moquegua, y lo llevaron a Cusco cuando no había cumplido un año. Creció en la capital imperial y se  nutrió con sus imágenes. Sintió que era necesario un cambio y escribió un libro, “Tempestad en los Andes”, que prologó José Carlos  Mariátegui, llevando el  colofón de Luis Alberto Sánchez.
Sesenta y ocho años después, al enterarse de que las comunidades seguían en su antigua rutina debió haberse decepcionado. Definitivamente siguen olvidadas en una lejanía irredenta. En su época  pensó ayudarlas y, según su reseña biográfica, inició la primera huelga estudiantil universitaria de Sudamérica que permitió los estudios autóctonos en  la región.
En 1913 fundó el Instituto Histórico de Cusco y en 1916 obtuvo el grado de doctor en Letras, Derecho y Ciencias Políticas y Administrativas, en la Universidad de San Antonio Abad.

En la capital cusqueña fue profesor de Historia del Perú y de Historia del Arte Peruano, columnista en varias publicaciones, director del diario “El Comercio”, y diputado a Congreso por la provincia de Chumbivilcas, donde fue a caballo.
Su trayectoria es indiscutible. En 1920 formó parte del grupo “Resurgimiento” con importantes intelectuales de la época como Uriel García y otros. Una nueva “Escuela Cusqueña” que abarcó historia, música, arte y otras manifestaciones, para revalorar la cultura nativa tan menospreciada por la gente de élite. En 1928 fundó el Museo Arqueológico  con la primera colección que fue su base.
  
En Lima, adonde se trasladó finalmente, fue nombrado Director de los Museos de Arqueología, Nacional de Historia y de la Cultura Peruana y Bolivariana. Al mismo tiempo ingresó a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos como profesor de Historia de los Inkas e Historia de la Cultura Peruana.
En 1936 viajó a Francia para organizar el primer Pabellón Peruano en la Exposición Internacional de París. En 1946 fundó el Museo de la Cultura Peruana, con la colección etnográfica más importante del país y colaboradores de nota como José Sabogal, Julia Codesido, Enrique Camino Brent, Teresa Carvallo, Alicia Bustamante y José María Arguedas.
           
Durante el primer gabinete del doctor José Luis Bustamante y Rivero fue Ministro de Educación Pública. “En ese periodo -dice su nieto Fernando Brugué Valcárcel- hizo importantes aportes para mejorar los sistemas educativos, como la creación de Núcleos Escolares Campesinos y el apoyo al Instituto Lingüístico de Verano para el estudio de lenguas nativas, contribuyendo a elevar el nivel de vida de las comunidades de la Amazonía y el Ande”.
Impulsó de manera decisiva la educación técnica reorganizando el Politécnico Nacional, fundó el Conservatorio Nacional de Música y el Teatro Nacional, con las Escuelas de Arte Dramático, Escenografía y Folklore.

Su labor fue altamente reconocida. Recibió la condecoración de la Gran Orden del Sol de Perú, el Premio Nacional de Cultura en el área de Ciencias Humanas, la Medalla del Congreso y las Palmas Magisteriales en el grado de Amauta.
En 1964 el editor de libros Juan Mejía Baca le encargó escribir una Historia del Perú a base de documentos de los siglos virreinales, que estaban en el Perú o de copias que fueron obtenidas en el Archivo de Indias. “Un resumen de millares de páginas distribuidas en infolios, muchos apenas conocidos por los eruditos, ediciones rarísimas, agotadas”, decía el prestigiado librero del jirón Azángaro.

Su nieto Fernando Brugué conserva con orgullo la máquina de escribir mecánica que usó para llevar a cabo  esta obra. Luis E. Valcárcel fue sin duda la personalidad exacta para hacer ese estudio con la meticulosidad que exigía. Poco a poco los capítulos llevan al lector a través de las culturas conocidas hasta esa fecha,  desde sus mitos, leyendas, historia, tradiciones, costumbres, artes, música y todo cuanto está registrado en las fuentes a las que recurrió y que son básicas como fundamento de una identidad nacional.

Cuando cumplió noventa años el Instituto de Estudios Peruanos publicó sus Memorias, donde sus recuerdos de Cusco proyectan una visión interesante de la ciudad que fue conociendo desde que dio los primeros pasos. En México recibió el premio “Rafael Heliodoro Valle” y un día fue propuesto por la Comisión del Premio Nobel al Nobel de la Paz.
Había vivido largamente y al irse se fue convencido de que solamente la historia, esa gran maestra, puede enseñar a los futuros hombres de gobierno lo que deben hacer para llevar a buen puerto un país como el nuestro. 
             

Alfonsina Barrionuevo