KUKULI
Y SUS SUEÑOS DE COLORES

Entre
ellas hay una muy significativa, de un personaje prehispánico en el momento en que
se decapita. Nunca se podrá saber qué lo motivó hace 3,000 años para esa decisión suprema. Hacer
que su propia mano corte la arteria vital y que la sangre se dispare. ¿Se trató
tal vez de una auto ofrenda? La pieza de la cultura Cupisnique impresiona por
el tema y la maestría de su anónimo autor. A Kukuli le inspiró en nuestro siglo
para hacer una recreación a su estilo y color de la postura del sacerdote al
transferir a su barro actual su aura mágica.
En
las últimas semanas Kukuli se ha trasladado a las universidades de Texas y Utah
para dictar conferencias sobre sus artes pues suele aplicar la pintura a la
cerámica. En los primeros meses del año estuvo en Creta/Roma, realizando un proyecto
conjunto con Doug Herren, destacado ceramista. En noviembre concurrirá como
invitada de honor al Tercer Encuentro de Cerámica Artística de Colombia, en la
Universidad Nacional de Bogotá.
CORREO DE LUCES
Es
posible que en su cuadra o aposento del Qorikancha las estrellas tuvieran una
dinámica distinta por tratarse de miríadas, como si la luna rompiera sus
fuentes de luz en un parto augural de una infinidad de trozos brillantes. Ellas
aparecen en cielo abierto con un discurso escrito en noches de encanto entre
mayo y agosto, identificándose con pueblos y pisos ecológicos de altura. El templo
del Sol fue su segundo hogar donde concurrían de acuerdo a las estaciones y los meses del año,
recibiendo ofrendas. Sus sacerdotes afirmaban
que todos los seres vivientes nacían con una estrella que debía alumbrar el camino de sus vidas.
Entre
las principales se distinguía Ch’aska, la fulgurante estrella de cabellos largos y crespos, esperada
en dos momentos cumbres; como la matutina Ch’aska Pacha paqareq, hermosa
estrella que anuncia el día, o como la vespertina Ch’isin Ch’aska, que descorre
los velos del atardecer; Qoyllur, la estrella que inspiraba los sueños de las
piwiwarmi, princesas inkas; y la constelación qechwa de las Onkoymita o Siete
Cabrillas, respetadas por su postura y
tamaño, que encerraban en su espiral de luces años prósperos o sombríos para
los campos. En los casos desesperados había que adelantar o retrasar la siembra
para salvar los cultivos.
Los
astrónomos inkas que descifraban sus mensajes de buen augurio o de alerta
conocían el gran mapa nocturno de estrellas, ubicando hasta los huecos oscuros
en el rastro que dejaban al perderse en los abismos siderales. Ellos leían sus
jubilosas o preocupadas profecías en esa kallanpa u hongo negro que es la
noche, mirando en las tinajas de plata con agua del Qorikancha, los manantes, remansos
de los ríos y hendiduras de los roquedales.
Sus
lecturas dependían de sus apariciones, ausencias, calidad de sus fulgores
débiles o fuertes y otras señales. Si la Qolqa, conjunto de estrellas granero,
abría sus luceros en todo su esplendor los surcos florecerían después con el
mismo alborozo. Si alguna se delineaba apenas o no asistía a su cita en el
cielo estaba anunciando un tiempo de escasez.
Qoyllur era también la estrella de las adivinaciones. Si las seis estrellas de Tarpuyoq, el sembrador,
aparecían unidas en una doble línea de surcos lo festejaban en todo el imperio,
si había variación en sus reflejos se adelantaba o retrasaba la siembra. La
fuerza que mostraba el majestuoso río de estrellas que llenaba el cielo de
resplandores de este a oeste, el Willkamayu o Vía Láctea, pronosticaba buenos
augurios y hacía temblar de alegría su corazón.