KUKULI Y SUS SUEÑOS DE COLORES

Los niños estaban vestidos con el traje de Tupe, un pueblo muy
antiguo que hasta ahora conserva como una herencia invalorable la lengua kauki
o a’karo, una de las más antiguas que tenemos. En el cuento el arco iris
encierra a la luna en sus anillos y para lograr que la suelte, porque al
retenerla provoca la sequía, ellos se proponen cumplir con las tareas que les
pide mama Yacha, la sabia curandera. En un tiempo mínimo tendrán que llevarle
agua de estrellas, las piedras de colores que el rayo guarda en una laguna del
Ausanqati y un pluma del Qoriq’enti, el picaflor de oro.
JUKHUCHA DIEGO
Alguien dijo que una lámina puede
valer por mil palabras. El prestigioso crítico literario Ricardo González Vigil
me dijo que Jukhucha era una novela infantil y eso es muy interesante, pero
Kukuli no tuvo tiempo de ilustrarla y los niños buscan los colores. Me gustan
sus personajes: un niño enfermo con fiebre, un perrillo imaginario, un ratonzuelo
bribón y un zorro tonto. Copio para Uds. unos fragmentos.
El niño lo miró con los ojos turbios por la
fiebre. Por su carita reseca, de sequía,
corrió una lágrima que se evaporó al llegar a las mejillas. Se durmió y no
despertó hasta muy tarde cuando vino el médico del pueblo y le puso sobre la
frente unas compresas húmedas. No podía saber qué tenía y recurrió a la medicina
tradicional.
En la noche su padre lo despertó
para que tomara un mate de manzanilla y
se sintió un poco animado.
Al día siguiente subió la fiebre
y el médico siguió con sus aplicaciones de compresas de hierbas.
-He tocado todo tu cuerpo. He hablado
con tu pecho, tu espalda, tu estómago. No sé aún qué tienes. Será mejor que
descanses-, le explicó para que entendiera, pues, era sólo un niño.
-¿Hasta cuándo? -, imploró entre
lágrimas.
-Hasta que baje la fiebre.
Sus hermanos entraban y salían.
La abuela tampoco se quedaba. Tenía que cocinar, lavar la ropa y otras cosas.
-Quiero un perrito –suplicó a su
padre.
-El doctor, dice que no puedes
tener un perro. La fiebre no lo permite.
Sus pelos crean alergias-, le explicó.
Una de las noches en que ardía de
fiebre sintió un ladrido al extremo izquierdo de la cama.
-¡Oh!, ¿quién eres? -, Preguntó,
como si pudiera responderle. Se incorporó y descubrió a un perrillo pelo blanco
y manchas marrones.
-¡Vete!-. le pidió -. Yo no puedo
tener un perro.
Para su sorpresa éste le dijo muy
risueño.
-No te preocupes. Soy un perrillo
imaginario. No te pasará nada. He venido a hacerte compañía.
El niño extendió la mano y le
tocó su piel era suave, sus ojos muy expresivos y levantaba las orejas alerta.
-¡Y puedes hablar! –se
sorprendió, mientras la alegría encendía sus mejillas –Te llamarás Quijote.
-Podremos conversar y estaré a tu
lado ,- fue su respuesta -. Sólo tú me verás.
En eso, asomó un ratón por un hueco que había en la pared
-¡Oye, tú, jukhucha! ¿De dónde
vienes? -, le preguntó Panchito, mirándolo desde su cama.
-¿Jukhucha, ratonzuelo? Más
respeto, muchachito, y no voy a gastar mi saliva contigo. Por lo que veo en
esta casa no hay cariño.
-¿Cariño? -. Se asombró Panchito.
Qué se creía ese ratón anónimo para pedir cariño.
-Sí, podían haber dejado por aquí
un trocito de queso, una galleta para los vecinos. Pero, este lugar está pelado
como una panpa. Me voy.
-Espera -le dijo el niño -.Si
vienes mañana tendrás un trozo de galleta de soda. Es una de las pocas cosas
que puedo comer, además de caldo y mazamorra.
-Bueno -dijo el ratón. -Si te
portas bien con este caminante volveré.
-¿Cuál es tu
nombre?
-Jukhucha
Diego.
-¡Qué bien y no te estoy
maltratando, jukhucha quiere decir también ratoncito!
El perrillo pensó que Panchito
era muy generoso. A él no le hizo gracia el ratón por arrogante.
-Si no fuera un caballero lo
atraparía y jalaría los bigotes de su hocico, pelo por pelo, por pillo y
por malcriado -exclamó indignado.
Diego se apareció en la noche.
-¡Buenas noches con todos
menos con uno! –saludó con tono burlón…
Alfonsina Barrionuevo