Los limeños prehispánicos observaron
la extraña danza de los sapos pidiendo lluvia a la luna. Ellos
reconocieron su ayuda al depositar sus cuerpos en diminutas tumbas. Hace años el
arqueólogo Cristóbal Makowski descubrió en la Tablada de Lurín sus frágiles esqueletos
con ofrendas y me dijo que los iba a cubrir otra vez. El lugar sería
urbanizado y sus huesos no iban a detener el avance de las aplanadoras.
Ahora, en que investigo la acción de las
fuerzas de la naturaleza en el Qosqo antiguo, me interesa su relación con el
campo. Los batracios, poco simpáticos a primera vista, son útiles para la agricultura. Ellos
sienten la proximidad de la lluvia o de la sequía a través de sus poros. Su
frescura anticipada acentúa el terciopelo de su piel y hace aflorar una luz radiante en sus pupilas. Por el
contrario, la sequedad del aire la reseca y su preocupación se advierte en la
llama mortecina que encoge sus ojuelos.
Me explico por qué los enterraban con
caracolas y estrellas de mar agradeciendo su concurso. Los sapos son
estandarteros de la lluvia y bailan en vísperas de la época lluviosa, ebrios de
antemano con la parición de las nubes.
En mis recorridos por Canta recibí más
de una información sobre los sapos bailarines. El descubrimiento de su pequeño
cementerio en Lurín le hubiera entusiasmado al monseñor arqueólogo Pedro Villar
Córdova, a quien tuve la suerte de conocer en Cenfotur. Se hubiera conmovido porque
él me habló precisamente de los sapos que bailan cuando el cielo es generoso y
manda la lluvia.
Aquello formaba parte de los indicios biológicos conque
cuentan los campesinos.
En el ámbito rural donde creció pudo
anotar una serie de conocimientos sobre la forma en que funciona la naturaleza. Los
surcos, en cualquier parte de los Andes, esperan con ansias la bendición de las
aguas del cielo. De niño habría visto a los sapos en las noches de luna, con
las pupilas en ascuas, el pecho blanquecino al descubierto y las patas como si activaran
sus resortes haciendo movimientos
inusitados.
Monseñor observó este rarísimo baile
en localidad de Lachaki, Canta. Lo presenció, según dijo, en las faldas del
cerro Kishuy.

La lluvia nunca deja de ser
bienhechora para el agro, cuyos productos consume la ciudad sin tomar en cuenta
del esfuerzo material y espiritual que representan. Cuando noviembre se
aproxima los pobladores de los viejos ayllus de Kushimarka, Kallapanpa y
Qochakalla miran inquietos el espacio celeste.
Si parece oxidado los varallos,
herederos de las artes mágicas de los yachaq, van a buscar el agua de mar que
el río de estrellas o Vía Láctea arrastra al interior de los Andes. Agua de
estrellas que aflora solo una noche al año. Si la encuentran llenan su boca con
ella, hinchan sus carrillos y la arrojan como rocío hacia los cerros. Cuando es
bien recibida por el Apu Pariawansi los sapos bailan de alegría.
Al año siguiente la vida transcurre sin apuros. Entre enero y mayo nacen los
becerros y el tiempo pasa del ordeño a la preparación de quesos, mantequilla y
requesón. Días que tienen sabor a sopa vaquera con papas, leche, queso, fideos
y muña olorosa; a cuajada de la primera leche y
kancha con queso o charki.
En julio las comunidades bajan para celebrar
a la Virgen del Carmen, que unos viajeros vieron lavando ropa en el río. La
santa señora que se convirtió en una imagen se quedó en el pueblo.
A los visitantes les gustaba escuchar
a Félix Huamán, cuando contaba la trágica historia del río Agomayo. Decía que
no es un río. Que es un hombre y que sus aguas no son agua, sino su sangre.
En uno de sus viajes el arzobispo de
Lima, santo Toribio de Mogrovejo, pasó por
Lachaki. La gente se quejó de que carecían de agua y él la hizo brotar milagrosamente
del corazón de una peña. Su idea fue que el pueblo no sufriera de sed y así
fue, pero los surcos esperan siempre con ansias su ración.
Antes de que su población creciera y
se multiplicaran las viviendas el viento mecía la frondosa cabellera de los
bosques de chachakomos, warangos, lloqes, warirumos, taras y lambranes. Después
los mermaron las necesidades de las minas.
Sin su protección el frío es intenso
en las noches. Cuando llega el día el sol entibia el ambiente y es grato pasear
por la quebrada de Kiskichaka entre el mar de aromas que despiden las flores de
tauri, talla y sorka entre otras, además de probar la miel de chimbo que atrae
a los picaflores.