QOSQO CUNA DE LA LIBERTAD
En 1780 se aglutinaron en Qosqo los esfuerzos del Perú y las naciones de
América del Sur para recuperar su libertad. La revolución de José Gabriel Thupa
o Tupaq Amaru y su esposa Micaela Bastidas es la más importante que se gestó en
los Andes por el propósito de acabar con un oprobioso vasallaje que incluía la
muerte para millones de hombres y mujeres. En ningún otro lugar del continente han
ofrendado su vida en un movimiento libertario más de cien mil participantes que
debían estar reconocidos en el Panteón de los Próceres. Los festejos por el
Bicentenario de la Independencia deben iniciarse en el Qosqo por los derechos
de la sangre derramada. Sus provincias de hijos que lucharon por los más altos
ideales a que puede aspirar un ser humano deben ser el escenario principal. El
Qosqo debe reivindicarlos abriendo el programa, siguiéndole Puno donde se unieron
los luchadores de Qosqo y el Alto Perú con Tupaq Katari, Arequipa que se levantó
a su vez y finalmente todas las provincias que tienen héroes sacrificados por
el mismo ideal por el mismo ideal y donde deben arder las antorchas del
recuerdo.
Las notas
que voy entresacando de mi libro “Habla Micaela”, reeditado por la Dirección
Regional de Cultura de Qosqo, es una llamada de atención en un aniversario de
los 236 años transcurridos. ¡Gloria a ellos! En abril, después de una
sangrienta confrontación, José Gabriel y Micaela fueron llevados a Qosqo para
ser juzgados, sufrieron un cruelísimo martirio que le hizo escribir al
sociólogo y escritor Jorge Cornejo Bouroncle que: …salvando los tiempos y las
circunstancias, si se reunieran imaginariamente el Cristo y Tupaq Amaru y
equipararan la magnitud de los sufrido, Aquel hubiera dicho: ”Tu dolor y el de
tu esposa fue mayor”. Micaela tenía 35 años, su esposo 41 y su hijo Hipólito 17
segados antes de florecer.
14 de abril de 1780
Nos han hecho entrar al Cusco en una
tarde que parece como enferma de melancolía, en que mi boca siente la amargura
de la hiel que está en el aire. No he sentido pena por mí. Ni siquiera por José
Gabriel, porque los dos somos uno, y su corazón late con el mío o el mío es
sólo como un eco del suyo, sino por nuestro pueblo. Hubiera preferido morir en
Tinta, viendo el Cusco solamente con el pensamiento. No quería entrar así,
cuando parece que las piedras lloraran sangre, cuando los insultos se clavan
como cuchillos en nuestro pecho. Los indios agachan la cabeza y la voltean a
otro lado, porque no hay nada peor que contemplar una esperanza rota. No sé qué
lacera más. Si la frustración de llegar a ser libres, o la certeza de que
seguirán esclavizados aún por mucho tiempo. Sé que ellos también se están
desgarrando por dentro más abatidos que antes, en que no habíamos estado tan
cerca del triunfo. A José Gabriel le han puesto en una silla de mujer para
humillarle. El les ha dejado hacer sin replicar. Está impasible, absorto, como
si su alma estuviera ocupada en otras cosas. Así es de estoica nuestra raza.
Los pueblos reconocerán algún día la magnitud de su sacrificio. José Gabriel ya
no es un hombre, sino una montaña. Tal vez ni siquiera una montaña, sino el
Ande entero. No en vano con su voz le ha conmovido, recogiendo la desesperación
de hombres y mujeres sembrada en el
aire. La libertad tiene, en nuestra tierra, desde hoy, un nombre. Se llama
Tupaq Amaru. Quien quiera que pregunte por ella se encontrará con él. Su brazo
levantó a un pueblo que estaba de rodillas. No porque estuvieran completamente
dominado, sino porque sus cadenas le impedían levantarse. Estos blancos
europeos no saben como es el alma india, tiene la fortaleza de los Andes que
son puntales del cielo. En vano han querido doblegarla y sólo se han estrellado
contra ella. En cambio la suya es tortuosa, corrompe lo que toca y se arrastra
como un gusano sobre su barriga. Estuvieron engañados durante doscientos
cincuenta años, creyendo habernos reducido, después de hacer polvo a nuestros
muertos y a nuestros manes tutelares que que asisten también transidos de
amargura a nuestro calvario, y seguirán engañados por otra eternidad, creyendo
que nos han convertido en los parias que querían, sin origen, sin raíces, sin
tradición, sin pasado.
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Cristo que vio morir a Tupaq Amaru
y Micaela Bastidas |
No cayeron en cuenta de que sólo nuestra parte física
sufría el dolor, el hambre o la muerte, mientras nuestro espíritu seguía
altivo como una llama de energía pura. Nos estás viendo padre Cusco, y digo que
nos ves, porque mis lágrimas enturbian mis ojos y me impiden verte como quise,
reinstaurando tus días de gloria, haciendo resonar los hayllis de triunfo en
tus calles, desfilando con nuestros ejércitos victoriosos después de
rescatarte. En cambio entramos apesadumbrados, de duelo, en silencio. Pero
padre Cusco, padre puma, padre de mis mayores, puedes sentirte orgulloso de
tus hijos. Esta es sólo una batalla rendida. Seguimos de pie y los pukakunkas
no podrán decir que sintieron cómo el olor del miedo se desprendía de nosotros.
En este momento no quiero pensar que he renunciado a todo por mi pueblo. No
veré a mis hijos hacerse hombres. No asistiré a sus nupcias. No traerán a mis
brazos sus retoños para que yo vuelva a sentir mi sangre renacida. En mis
entrañas la soledad punza como una espina, por los niños que no se alumbrarán o
que serán nacidos muertos. ¡Pobre mi raza y pobre de mí por haberla defraudado!
¡Por ser sólo una mujer y no haber podido quitar con mis manos sus cadenas!
Padre Cusco, quisiera reinventar de nuevo la esperanza y concebir para tí la
libertad en mi vientre, muriendo al parir, pero muriendo feliz, sabiendo que
fui fértil. Pero eso no es posible, padre Cusco. Soy sólo una mujer y nuestros
enemigos se multiplican como buitres, disputándose la suerte de asistir al
festín. Quisiera gritar tanto que mi grito se quedara prendido en el aire para
que se escuche por siempre, para que vaya de corazón en corazón sin extinguirse.
Alfonsina
Barrionuevo