ANGELES DE LOS ANDES
Los
pobladores de las alturas sienten la magia y la energía que irradian los
cerros, achachilas, apus, wamanis, wamalis, orqos, aukis, aukillos y hirkas.
Ellos dicen que están vivos, que hablan en noches de luna, que pelean cuando
desatan las tormentas, que se abren y regalan sus riquezas a caminantes
afortunados, y bailan en los atardeceres de sol con las doncellas que raptan.
Es
su parte viva. Hay otra que se conoce muy poco porque se encuentra en las
entrañas de los Andes. Maravillas que guardan desde tiempos muy lejanos en su
amanecer. Una riqueza de texturas como si fueran metales, hilachas de agua
congelada, capullos de colores vivos, astillas de blancuras intocadas, enlaces
caprichosos entre unos y otros, cuya vista genera deslumbramiento y atracción hacia espacios cautivantes. Entre esas gemas que aparecen en las geodas, globos donde reposan con propio resplandor, están los cuarzos. Los panpamisayoq, altomisayoq y kuraq akulleq, los conocen bien, que recoen energías ocultas. Una condición especial porque su kamaqen, como si fuera su alma, flota en forma de algodones. Allí reside su fuerza que puede proyectarse a los seres humanos. Si no lo tiene está muerto, curiosa manera de decir pero es porque se convierte en un vidrio sin valor.
BUENOS LADRONES EN WIRAPAMPAS
En Wirapampas
se roba con la venia de un celestial patrón: Santiago, el Mayor. Unas tazas de
buen café y un delicioso chancay con mantequilla bastan para conversar una
tarde cualquiera. Ricardo Valderrama y Enrique Rosas, antropólogos de Cusco, se
detienen para contar sus experiencias de campo; mientras Lima deposita sus
poluciones de anhídrido carbónico en la aromática bebida. Ambos sabían que no
se puede investigar tras un escritorio. Por eso, se fueron de la universidad a
vivir en una comunidad apurimeña.
En las
comunidades la honradez es ley, pero en Wirapanpas, Cotabambas, Apurímac, Taita Dios instauró el
robo: “Los inútiles serán buenos
cristianos; los mediocres serán aquellos que caigan siempre en manos de la
justicia; los buenos ladrones harán crecer bajo su sombra la abundancia.” Así
dijo Taita Dios y dividió a los cristianos en tres grupos”, relata Enrique
Rosas y prosigue. “Para ser justo, les
puso una prueba. Debían robar los huevos de un leqecho, pájaro de la puna con
oídos muy agudos. El primero no llegó a meter su mano en el nido y fue corrido
a aletazos. El segundo esperó que se durmiera y ya estaba por sustraerle uno
cuando fue descubierto. Sólo el tercero lo hizo roncar valiéndose de unas
hierbas y triunfó sobre los otros, menos
listos.”
Ambos sacan
más datos de su mochila de caminantes. “Allá
donde el cielo y la tierra se juntan en Wirapanpas, el Patrón Santiago enseñó a
robar con su mal ejemplo a los hombres, cuando bajaba al Chalwawacho. Este Santiago, el Mayor, era
grande, era robusto. Su gran peso agobiaba a su cabalgadura. Su lomo estaba
lleno de mataduras. En eso encontró a su hermano Santiago, el Menor. Cómo le
envidió su caballo alto, hermoso, con cascos de concha y perla!”, continúa
el antropólogo, para luego seguir:
“Juntos caminaron conversando como dos buenos amigos.
Juntos se echaron para dormir a orillas del manantial, envueltos cada uno en su
capa. Pero Santiago, el Mayor, era ladrón fino. Mientras dormía Santiago, el
Menor, le robó su caballo. Por eso no es pecado robar ni entre hermanos. Sólo
los tontos se descuidan”.

Los wirapanpas
creen en el Lloqe Santiago, Inka Rey, y en el Paña Santiago o P’unchay
Santiago, el santo cristiano. Cada uno
tiene su dominio y recibe sus ofrendas, junto con la Pachamama y los ruwales, espíritus
telúricos. El kinsa ñeqen reza el Ave
María al revés y llevan consigo una layqasqas, brujerías, para que los perros
se duerman cuando van a robar y “contagien”
a los dueños su sueño pesado. Ellos diferencian el robo del asalto que a veces
camina con la muerte. El robo no sólo es una ley de la costumbre. También
cumple una función social, dicen. Por ejemplo, al avaro o al antisocial se le
castiga con el robo, y éste acto es aprobado por la comunidad.
Cuando pueden
llevan escopetas o carabinas en el arzón. Sin embargo, el arma de la mayoría es
el liwi o boleadora que se amarra en la cintura. Los cronistas dicen que se
inventó en tiempos de Manko II para enfrentar a los españoles. El liwi tiene
tres puntas que rematan en piedras recogidas en el Hatun Mayu, río grande. Cada
una se envuelve en un cuero sacado de
una cabeza de res y dentro se coloca koka o mukllu, su semilla, para pedir la fuerza mágica de los espíritus de los
cerros, sebo de culebra para que se enrolle en las patas del caballo o de la
res con facilidad; uñas del wamancha o águila, para que se prenda sobre su
presa; kechifra o pestaña del ojo izquierdo del buey, para que vaya en
dirección recta, y las pestañas del buho para que vea en la oscuridad. La
triple soga es trenzada con las hebras gruesas de la cola del caballo
Una boleadora
bien dirigida puede hacer caer a regular distancia hasta a un hombre. Dos de
las bolas giran por encima de la cabeza del jinete y la tercera, en su mano
izquierda, aguarda el momento del vuelo, para salir disparada con las otras y
la víctima cae en plena carrera. Sirve también para luchar cuerpo a cuerpo y de
un golpe puede partir cabezas. En las batallas del Chiaraq'e, Cusco, muchos
jóvenes guerreros pelean con liwis.
“Por desgracia cada día hay menos que robar”, dicen los
mozos de Wirapanpas. Un día serán mineros cuando comience a explotarse el
yacimiento que hay en su cerro, y el robo quedará atrás como una anécdota. “Patrón Grande roba a Patrón Chico; nosotros
robamos también”, dicen.
Ricardo
Valderrama puede quedarse días, semanas y meses en una comunidad. De aquí, una
Lima movida, donde el tiempo galopa en bestias mecánicas, se irá al Cusco en
avión. Del Cusco, una tierra con paciencia de piedra, a Abancay, y el resto del
viaje a Wirapanpas a caballo o a pie.
A Enrique
Rosas le fascina poetizar el mundo mágico de la Cordillera. Ha rodado alguna
vez con los ukhukus, osos humanos, por los toboganes de hielo de Qoyllur Rit’i;
ha comprado sueños en la feria de los sortilegios y ha traspasado los umbrales
de dos mundos. Quizás en el abismo de su corazón haya un sacerdote del padre
Sol rumiando antiquísimas plegarias.
Cuando no
roban, los wirapanpinos cultivan la tierra. Tienen hasta 90 variedades de
papas, kinua, kañiwa y otros productos de pan llevar. Alternan su vida entre
3.400 y 4,000 metros de altura, donde están los asientos mineros. Descienden
tal vez de los kotaneras o los yanawaras que en 1600 se levantaron contra la
opresión española.
Lima pasa con
su jauría mecánica delante de las ventanas. Los antropólogos preparan sus
mochilas para irse. El viaje no es largo cuando se vuelve a la tierra. En
invierno la ciudad se ve linda con sus celajes
a lo largo de la costa,
maquillaje del atardecer. Aquí hay de todo. Tenemos cine, teatro,
televisión, licor, marihuana, bluejeans y anhídrido carbónico. Es la
civilización. Entre tanto ellos se van en busca de lo suyo. Menos ruido, más
claridad, cielo azul, viento de puna, tricomías de colores en los cerros y
pueblos donde lo absurdo es real, mientras sus habitantes conserven esa actitud
negativa que oxidó sus conciencias. “Lo harán cualquier día —dicen— como quien
deja una cáscara prestada para dejar que brille la propia. Entonces, el Paña
Santiago comenzará a secarse en su altar, sin una flor.