Alfonsina Expo 2015
Mi nombre
no me gusta, es más nunca me gustó. Me confunden con Faustina, Justina,
Josefina, etc. etc… Ya mi padre tuvo una
hija que se llamo así. Algo debió pasarle porque nadie la conoció. Después asomé yo a este mundo y ¡zás! me
llamó igualmente. Sumado a su cimbreante apellido siempre me pareció estirado
como melcocha y con el de mi señora
madre, Sánchez Morales de la Alta Torre, ya parecía en zancos. Ahora que se abrirá una muestra de mi trabajo
tengo nuevamente que mirarlo con ganas de que estuviera debajo de una lupa
invertida, para que las letras se tornen
menudas. Parece corto el nombre de la
exposición. Sólo Alfonsina, Expo Alfonsina o Alfonsina y más, pero no hay
manera de que pueda evadirme y más aún verlo en letrero a la entrada del museo.
No quiero hacerme ilusiones pero esta
exposición me simpatiza. Lucho Repetto, medio que le da vueltas como si fuera
una brasa, pero se las ingeniará, como hace con todo lo que se presenta en Riva
Agüero, y le saldrá bien. Estamos en elsiglo XXI y el registro de recepción de
las 175 piezas que se han ido de mi casa llegarán por internet con su foto
respectiva. Igual que un recién nacido. No lo duda el señor Claudio, su asistente,
que ha se ha dado el trabajo de tomar
una por una con lo que es su huella plantar.
Me voy invitada a la Feria
del Libro de Cusco y cuanto hay queda
interrumpido hasta mi regreso. Después los los días avanzarán y no desesperen los amigos de Lima que irán a
la muestra. Como les digo me comienza a gustar, a pesar de mi nombre y de las
aguas, digo el tiempo. No tengo paraguas para protegerme de los que se fueron.
No importa, estoy acostumbrada a las lloviznas que en Lima son acariciadoras, como
baños de felpa, de terciopelo, digo de
las que me esperan. Hasta entonces. Ya será pronto las doce de la noche. La hora de las lechuzas. ¡Qué
sueño!
TERMAS BRUJAS
Hay magia en Cachicadán, un pequeño
pueblo que se encuentra a corta distancia de Santiago de Chuco, la tierra de
César Vallejo. Sus aguas termales, con virtudes medicinales, tienen ánima y sus manos suavísimas se sienten
sobre la piel como una seda. Al atardecer y en noche de luna el ojo por donde
sale entre neblinas de vapor tiene "encanto". No hay que dejarse
provocar por su aura embrujadora.
Hace cincuenta años, una recién
casada, Luzmila Carrión Méndez, fue con
su jarra al estanque para llenarla y sintió la fuerza de un extraño movimiento
en sus bordes. El miedo puso alas en sus pies y se alejó.
En la noche soñó con una bellísima
señora, muy alhajada, que la invitó a su
palacio de cristales. En la noche siguiente los árboles susurraron dulcemente el llamado a su oído. En la
tercera volvió a aparecer la dueña del agua ofreciéndole preciosas joyas. Así
hasta cinco veces y vio como se abría el cerro, iluminado por dentro. Su esposo
no quiso perderla y luchó con ella para que no volviera hasta vencer su
sortilegio con puro amor.
En el cerro La Botica, de cuyo costado
sale el chorro barroso, hirviendo, crece una infinidad de hierbas medicinales, regalo de su dueño o señor a los
hijos del lugar. Para encontrarlas, refiere Luis Quispe Valverde, que recoge la
aromática palizada para el mate del desayuno, la suelda con suelda para el
dolor de cintura y el corpusguay para curar la sangre, hay que hacerle una
ofrenda o regalo. Pedir permiso dejándole en algún lugar oculto un trozo de
chancaca, cigarrillo, coca y flores. Al entrar en su territorio, es
obligatorio.
En Cachicadán los cerros se arropan en
mantos de color. Sus paisajes encienden las pupilas de acuerdo a la luz del día
o las estaciones del año. Sospecho que
es tierra sacra porque allí se refugió Katekill, el rayo, a quien
buscaron infructuosamente los curas doctrineros de los primeros siglos
españoles.
Los mayores afirman que es uno de los
últimos lugares adonde fue llevado por sus sacerdotes para que no lo
encontraran. La persecución fue implacable durante más de cien años. Katekill
hacía florecer los surcos y llevaba la lluvia sujeta a sus talones. Anegaba los
campos si quería o la retenía atrayendo la sequía. Ahora descansa entre flores
y plantas medicinales aromáticas en el
cerro La Botica, observando, intocado, sin haber permitido el sincretismo.
La iglesia queda en la parte baja del
pueblo, entre soportes de nube. La Virgen del Carmen es la patrona de la iglesia pero los vecinos
veneran a San Martín de Porres que
llegó más tarde y fue llevado en manos de una devota que
recibió sus dones. El santo lego los defiende de cualquier maleficio y atiende
sus ruegos.
Su fiesta principal es el 7 de
noviembre y se celebra con bandas de pallos, cusqueños, canasteros, wankillos, jardineros, osos, vacas locas, venados y pishpillas que bailan
graciosamente. Los mayordomos reciben toda clase de ayuda desde vacas, carneros,
un lechón, un cabrito, cinco cuyes, un saco de maíz, jora para
la chicha.
También comida que preparan las
familias amigas como jamón, pataska, revuelto de papa, bizcochos
chankay, rosquitas y sándwiches. Para la
noche de vísperas gastan muy rumbosos para
castillos de fuegos artificiales que pintan el cielo de colores.
Muy cerca, en Guakás, la tierra se
rompe y afloran las burbujas. El barro que queda al fondo es un prodigioso
cosmético. Las industriosas madres de
familia que conocen sus virtudes lo mezclan con miel de abeja y lo ofrecen para
limpiar la piel de las manchas, el acné, las espinillas y las líneas del
tiempo.
Cachicadán da trigo, maíz, papas, oca, habas,
lentejas, lino, cebada, frutas, manzanas, membrillos e higos. Antes había tejedores de ponchos,
alfombras, fajas, talabarteros que entretejían las riendas y armaban también
las monturas.
Un pueblo con vida donde hacían un
alto en sus viajes los caminantes.