CARTA
A ENRIQUE
Dejo en suspenso a mis Apus
hasta el próximo domingo porque debo decir unas palabras de despedida a Enrique
Zileri. Se fue tan pronto que no alcancé a desearle que los Apus protegieran su
camino. La vida se apaga en un soplo pero el recuerdo queda. Nos conocimos en
“Caretas” cuando llegaba a encargarse de la publicidad y el destino puso en sus
manos a una revista superluchadora.
Doris Gibson, su madre, una
gran señora que estaba al tanto de la vida del país, fue su mejor informante acerca
de la política. No lo tuvo previsto pero terminó inmerso en un periodismo
independiente y de valentía cotidiana. Sus pupilas absorbían como esponjas cuanto
ocurría en la palestra de los partidos. En las reuniones de la plana donde yo
estaba no perdía la visión del país donde aparecía algún interés oscuro.
Solía ser perfeccionista. Me
envió tres veces a Cusco para un informe con fotógrafo y no le gustaron las
fotografías. Debía tomar a un hombre recio, con apostura andina y bañarlo con purpurina
para que pareciera de oro. Para conseguir un modelo fui hasta el Batallón de
Infantería. Ninguno sirvió. Eran de tez clara y flacos. Un chofer fue el
elegido. Lo miramos y remiramos con Víctor Manrique y casi le pega. Cuando le
explicamos el asunto aceptó. Tener las fotografías como quería no fue fácil.
En otra ocasión, en una
campaña sobre “no hay Navidad sin Jesús” me envió a buscar un actor cuya esposa había fallecido hacía
una semana.
Estaba muy dolido y me miró con
espanto cuando le expliqué que debía desvestirse en la azotea de la tienda
Scala y vestir sólo con un pañal –no había pampers- para aparecer como un viejo Niño Dios. Yo me
iba a dar la vuelta dándole mis excusas, pero aceptó. Por algo era actor.
Cuando siguió las indicaciones en un verano calcinante vio que miraba sus
calcetines y zapatos y me preguntó si debía sacárselos. Afirmé con la cabeza y
obedeció. Yo me sentí muy mal. Enrique quería una caricatura casi imposible.
Otra vez debía escribir
sobre el síndrome del carro chiquito. La foto era un esqueleto sentado en el
asiento del piloto de un escarabajo. Busqué uno en media Lima, hasta en la
morgue, donde pasé entre mesas con fuerte olor a formol y no pude comer carne
durante un mes. Encontré uno muy bueno en una clínica y tuve que sacarlo en una
camilla co una sábana encima porque el director no quería que lo vieran sus
pacientes graves.
Lo he visto ayer lleno de vida
en una entrevista del archivo de RPP que le hizo Raúl Vargas. Me hubiera
gustado conversar alguna vez con él antes de que tomara el camino sin retorno. La
hubiéramos pasado bien y riendo sin parar.
EL PUEBLO DEL AGUA
Puno,
la única tierra del Perú donde la luna flota como una boya sobre la gigantesca
charca de plata del Titiqaqa, y donde los celajes pacen como salvajes potrillos
sobre praderas de espejos, estuvo inmersa en una apatía provinciana.
Increíblemente Puno era una cenicienta para el turismo y no figuraba en los
circuitos nacionales e internacionales.
Hasta
mediados de la segunda mitad del siglo pasado sólo llegaban los ganaderos de
Arequipa, los propagandistas de productos veterinarios, los oficiales del
ejército o la guardia republicana de servicio obligatorio y algunas comparsas de diablos de Oruro, Bolivia, que en
febrero pasaban el puente del Desaguadero para celebrar a la Candelaria, una
Virgen que tiene el lujo y el capricho de pasear en su octava sobre los polícromos
bosques de cuernos de luzbeles qechwas y
aimaras.
Como
consecuencia sufría las incomodidades propias del olvido. Escasos hoteles
criando moho, comedores con un menú para desanimar al más hambriento y nada de
calefacción en las noches heladas.
Hasta
que un día la corriente turística que entra por Argentina a Bolivia hizo
conexión con el Cusco y Puno quedó en
medio del camino. Ojos ávidos de maravillas captaron el paisaje de la tierra
del lago navegable más alto del mundo y comenzaron a pasarse la voz. Poco
a poco, sin que el resto del Perú lo
notara, comenzó a cambiar su fisonomía de ciudad recogida en el claustro de la
lejanía a ciudad anfitriona, preocupada por dispensar gentilezas a quienes
vencían el escollo de sus 3,830 metros sobre el nivel del mar.
El
fenómeno se advierte cuando se hace un balance entre su letargo de ayer y la actividad
de hoy, como si todos sus habitantes hubieran abierto sus puertas, tendido sus
mesas y arreglado sus cuartos de huéspedes. Puno tiene ahora hoteles de cinco estrellas y otros muy buenos,
hostales, pensiones, restaurantes y salones de té, mientras en sus calles
céntricas se habla en francés, inglés, japonés y se practica también el alemán.
Ahora
está poniendo en valor sus atractivos para encandilar al más veterano conocedor
de tesoros de la tierra. El viajero encuentra en Puno lo que no hay en otras
partes. El pez más exquisito del mundo, porque sólo el suche que se cría en
aguas dulces puede asarse y nadar en la mantequilla de su propia piel, el queso
de Paria inigualable porque es obtenido de una leche espesa, casi galáctica, y
la cerveza que no pueden saborear los alemanes en Europa porque está helada a
temperatura de estrellas.
Como
si fuera poco el Titiqaqa, donde las balsas de totora se movían antaño
majestuosamente, dueñas de su espacio, es surcado hoy por esbeltas lanchas. Los
espíritus mágicos de sus profundidades, el anchancho que enferma a las
personas, la mekalla vampira que les chupa la sangre y la voladora cabeza kate
kate, que eran espantadas por las luminosas notas del charango, compañero inseparable
por este motivo del balsero, no alcanzan a rodear las raudas embarcaciones que
pasan como flechas disparadas sobre las aguas.
Quienes
trepan hasta la meseta sienten la misma emoción de descubrimiento de Pedro
Martinez de Morguer y Diego de Agüero hace 400 años. “Un lago de mucho señorío,
de aguas claras cargadas de argentinas criaturas donde una excepción es el
famoso qele, sapo acuático “con pantalones” que respira a través de sus poros.
La
gente que lo habita en islas flotantes participan de la leyenda de los uros que
se llamaban a sí mismos prohombres de la humanidad, los kot suns, “el pueblo
del agua”. Ellos también nacen, viven y envejecen sobre la totora, adquiriendo
la inmortalidad del agua cuando bajan a los vergeles encantados de Paa Suma, “principio
y fin de todas las cosas”.
El
orgulloso español que fundó San Carlos de Puno en 1668 no sabía que estaba
planificando su futuro. Sólo Iquitos, acoderada sobre el corpulento brazo del
Amazonas puede compararse en el Perú a la ciudad de Puno que luce, suspendida
como en un mirador, sobre el mar interior que ondula al suave vaivén de qotathaya,
viento tempranero que va como una caricia de su seno a la tierra o se encabrita
si lo toca el sunithaya, viento nocturno,
el qarithaya, viento varón, o el qaqathaya, viento de la muerte.
A
partir de la Catedral en cuya fachada de piedra sigue floreciendo el arte de
Simón Asto, los turistas pueden hacer el circuito de la ciudad. Ver al Señor
del Quinario que lleva en el hombro derecho la bala que iba a matar a su devoto,
visitar el museo de la Casa Dreyer, subir al romántico cerrillo de Waqsapata
para avizorar el panorama, hacer un alto en el paseo del Arco Deústua y
terminar el día en la casa de los artesanos que arman laboriosamente las
alucinantes máscaras de la diablada.
Allá hay mucho que ver. Entre los principales, hacia el sur Chucuito y Juli con sus hermosas
iglesias de espléndidos encajes tallados sobre la piedra. A unos kilómetros al
este Sillustani, “donde la uña resbala” alta colina sobre el lago Umayo con
chullpas que guardan el polvo de los kurakas qollas y los príncipes inkas que gobernaron
la región. Al paso Paukarqolla, pueblo de estirpe que tuvo al diablo por
alcalde, y también Hatunqolla en cuya iglesia sentó sus reales el apóstol San
Andrés rendido según murmuran las pícaras lenguas por la real belleza de sus
mozas.
Al
noreste Santiago de Pupuja, Kalapuja y Sorarija, donde bufan en la arcilla los
toros más bravos del Perú, Pukara que ahora muestra un centro ceremonial prehispánico
y Orurillo que venera al Machuniño, “un Niño Dios que sabe mucho de amores porque
es “viejo”. En Lampa, pintoresca ciudad de las paradojas que tiene una cárcel “sin
presos”, un “hospital sin enfermos” y un “puente sin río”, existe un Cristo de
prodigio trabajado en cuero de vaca con
los feligresas más ricas de la región, esposas de los famosos vikuñas que
adornan sus chaqueta con botones de oro.