sábado, 10 de septiembre de 2016
KIHURA, EL GRANO DE ORO En una noche mágica, las estrellas se movieron agitadas de un lado a otro. Tenían que resolver una emergencia llegada de la tierra. Las más grandes estuvieron de reunión en reunión en el cielo del Perú o Hanaq pacha, mientras las más pequeñas esperaban inquietas. Hasta que recibieron una orden: ellas habían sido elegidas para bajar al Kay pacha, el mundo en que vivimos. ¿Cuál era el propósito? Servirían de alimento a los seres humanos. Una misión increíble que se daría por única vez. La gran bóveda brillaba como nunca cuando se produjo una lluvia de estrellas. En la más alta de las montañas una bella mujer aguardaba ansiosa. El hijo de uno de los señores más queridos de su comarca languidecía en su lecho. Había perdido totalmente los deseos de vivir. La hanpiq o curandera venció muchos peligros para subir a la montaña más alta. Tuta, madre de la noche, ofreció ayudarla, pero ella debería afrontar un largo viaje lleno de dificultades, cuando se ocultara el sol, para llegar a su destino. Al registrarse la lluvia cósmica, la mujer extendió su manta y las estrellas fueron cayendo, convertidas en leves copos. Una vez que estuvieron todas a la hanpiq le faltaron alas para volver al punto de partida. El niño se consumía mientras ella hacía hervir los granos en una manka u olla de plata con agua y hierbas olorosas. Apenas el pequeño enfermo probó la sopa o lawa sintió que una extraña fuerza entraba en su cuerpo y circulaba por sus arterias. Quiso moverse y se sintió ágil, con deseos de correr, saltar, jugar. La vida volvía a él apenas consumió el alimento astral. Rebosando de felicidad, su padre ordenó que los granos fueran sembrados para que toda su gente pudiera participar de ese alimento energético que fue enviado desde el Hanaq pacha. Así se hizo en todas las regiones desde 2,500 hasta 4,000 metros de altura. Las mujeres no sólo aprendieron a usar el grano maravilloso de la kinua o kihura, sino que inventaron muchas maneras de prepararlo. Ya tostado, cocido en humint’a, disuelto en lawa, como arroz andino en pesqe o guiso, en dulce, para los niños con la miel del corazón del maguey y hasta fermentado en chicha; sin mencionar su empleo en casos medicinales y rituales. Los españoles quisieron comparar la kinua con los “bledos” que ellos tenían. Unas plantas de tallos rastreros de la familia de las quenopodiáceas y con el amaranto (amarantus blitum), especies que nunca podrían llegar a las cumbres. La kinua y sus hermanas, la kiwicha y la kañiwa, son estrellas modificadas según la historia mágica, conque fueron agraciados los antiguos peruanos. En el siglo XVI, cronistas ibéricos como Pedro de Valdivia mencionaron a la kinua (Chenopodium quinoa) como “un alimento muy bueno que tenía la gente de esta tierra”. El Inka Garcilaso escribió, en sus “Comentarios Reales”, que en lugar de las mieses del Viejo Mundo que se crían sobre la faz de la tierra, había en el suyo una especie de mijo o arroz pequeño que se le asemejaba en el grano y color. No pudieron plantarlo en España porque no fueron bien embalados y se malograron. Se considera que sus aspectos botánicos fueron descritos por Wildenow en 1778, quien la reconoció como nueva especie nativa latinoamericana Los estudiosos calculan que la kinua tiene entre 9,000 y 5,000 años de domesticación, así como la kañiwa (Chipallidi caule) y la kiwicha (Amaranthus caudatus), siendo sumamente rica en aminoácidos esenciales que se equiparan a la proteína animal, como carne, huevo, queso, leche: Posee también -no obstante que su tamaño no es nada ostentoso- oligoelementos y vitaminas en buena cantidad. Ella puede ayudar a evitar la descalcificación y, por ende, la osteoporosis. En el Perú la llamamos kinua en qechwa y a veces qañawa; en Bolivia la conocen como supha, jopa, jura, qallapi, etc. Ella no exige condiciones notables para vivir. Puede crecer desde el nivel del mar, aunque se da con toda su potencia entre 3,800 y 4,200 metros, que es donde se encuentra con todo su poder. Sus diminutas flores se autofertilizan y producen de 250 a 500 semillas, que se apiñan en los largos tallos que son su hogar. Alta, hermosa, de gran colorido, la planta llega a medir hasta dos metros, dando varias cosechas. Siendo prácticamente un arbusto, es fuerte y soporta temperaturas bajas de menos 4ºC, resistiendo las altas hasta 38ªC. Especialistas bolivianos afirman tener en su banco de germoplasma más de 3,000 variedades y ecotipos que habitan en alturas básicas desde el nivel del mar, los valles interandinos, los salares y las yungas. Por mucho tiempo se creyó que la kinua era sólo blanca; pero en la última década han aparecido en los mercados, además de una de color perla o crema, un degradeé de amarillas, rojas y negras. Al Perú le toca ser uno de los centros originarios del grano de oro que ya tiene fama mundial. Alfonsina Barrionuevo
domingo, 4 de septiembre de 2016
RECORDANDO A LOS YUNGAS DEL RIMAQ
Un paseo por la Alameda de los Descalzos será más interesante al saber que habitó el lugar un pueblo yunga, cuando las bellas flores de amankay llenaban sus lomas. Esa parte de Lima, la ciudad capital, permitía a sus habitantes alimentarse con camarones y peces. Los yungas cogían a estas criaturas de delicadas carnes en el río que entonces era limpio. Ellos eran también agricultores y lograban obtener excelentes cosechas. Los españoles aprovecharon sus artes hasta que el virrey Francisco Toledo trasladó a los "indios" camaroneros y pescadores hacia los Barrios Altos. Los sembríos fueron arrasados y se instalaron unos galpones para que pasaran la cuarentena angolas, mandingas, lúcumes, chalas y otros grupos que eran traídos del Africa por negreros portugueses, cuando existía un mercado humano denigrante. También se ubicó en la tierra desvastada de los yungas mataderos, curtiembres y pulperías. Al cabo la comarca perdió todo su encanto.
Un paseo por la Alameda de los Descalzos será más interesante al saber que habitó el lugar un pueblo yunga, cuando las bellas flores de amankay llenaban sus lomas. Esa parte de Lima, la ciudad capital, permitía a sus habitantes alimentarse con camarones y peces. Los yungas cogían a estas criaturas de delicadas carnes en el río que entonces era limpio. Ellos eran también agricultores y lograban obtener excelentes cosechas. Los españoles aprovecharon sus artes hasta que el virrey Francisco Toledo trasladó a los "indios" camaroneros y pescadores hacia los Barrios Altos. Los sembríos fueron arrasados y se instalaron unos galpones para que pasaran la cuarentena angolas, mandingas, lúcumes, chalas y otros grupos que eran traídos del Africa por negreros portugueses, cuando existía un mercado humano denigrante. También se ubicó en la tierra desvastada de los yungas mataderos, curtiembres y pulperías. Al cabo la comarca perdió todo su encanto.
Después de cinco siglos se podía admirar el antiguo verdor de antaño en la huerta del Convento de los Descalzos hasta que se secó, quedando desolado.
La Alameda se trazó a imagen de la Alameda de Hércules de Sevilla y la mandó hacer el Virrey de Montesclaros.
Alfonsina Barrionuevo
viernes, 2 de septiembre de 2016
ORIGEN DE LA PALABRA HUACHAFA
Para que ayuden a investigar. Parece que la palabra "huachafa" no es un limeñismo, un término de la replana capitalina. Hace tiempo que Hernán Velarde, quien conocía muy bien el qechwa me dijo que la palabra proviene de un término de nuestro idioma materno. Se trata de wakchapa, que se refiere a una persona que no sabe vestir, que no tiene gusto para combinar los colores, que camina con las prendas mal puestas, etc. es decir en español que es una huachafa. No he tenido tiempo de enviar una carta a los medios periodísticos para que indaguen sobre la palabra. Muchos términos qechwa también se han españolizado.
Alfonsina Barrionuevo
RELIQUIAS DE SANTA ROSA
En el monasterio de Santa Catalina de Lima se conservan reliquias de la Rosa Limeña. Ella no conoció la santa casa pero le dijo a su madre que allí tomaría el velo de monja. Tuve la suerte de tener en mis manos el pequeño cascarón de un coco, como un dedal, que le servía para beber un sorbo de chocolate. El extremo de una servilleta delas que ella bordaba para vender y ayudar así a su madre. Las grabé para un programa especial del Cana 7 hace varios años. Un poema televisivo dedicado a nuestra santa limeña.
Alfonsina Barrionuevo
domingo, 28 de agosto de 2016
CANCIÓN PARA MAMASARA
“Tarpuy
kamuy, harawi,
qori
rejawan, qolqe rejawan
¡Wallay,
waychayllay!”
En
la cosecha, según el antropólogo Faustino Mayta Medina, la principal actora es
la mujer que representa a la Pachamama. Después del despanque, ellas secan las
mazorcas en el tendal, protegido por una cruz de maíz adornada con rosas y
claveles. Tanto la siembra como la cosecha se realizan entre canciones que se
deshojan al viento: “Tarpuy kamuy, harawi, qori rejawan, qolqe rejawan”, es
decir: “Sembremos, harawi, con reja de oro, con reja de plata. ¡Wallay,
waychayllay!"
El
siglo XXI asiste a la desaparición del maíz blanco gigante porque su habitat
está solamente en el Valle Sagrado de los Inkas. Se ha querido llevarlo en
diferentes épocas a otros valles gentiles de Cusco para salvarlo y no se puede
porque pierde sus características. Se trata de condiciones específicas de la
tierra que no existen en ninguna parte. También cuestión de altura, de agua, en
fin exigencias que requiere para vivir.
¡ADIÓS MAÍZ BLANCO GIGANTE!
El famoso maíz blanco de los
Inkas se encuentra en proceso de extinción. Empresas nacionales y chilenas, según nos informan, siguen construyendo
hoteles sobre sus preciados surcos. Los viajeros ya duermen sobre las lozas que cubren las airosas plantas
de mazorcas con granos gigantes. Estas noticias deben haber causado pesadumbre a
John Earls, especialista en este maíz.
“Vine
al Perú y me convertí en un fanático del maíz blanco gigante de Urubamba,
Cusco”, me dijo en una oportunidad el científico australiano. Nacido en Sydney,
vino al Perú atraído por la historia de los Inkas, la música andina y la
lectura de José María Arguedas y Ciro Alegría. “Dejé la física y estudié
antropología en la Universidad Nacional de San Cristóbal de Huamanga”, agregó el
distinguido profesor. El segundo idioma que adoptó le permitió abrir las pankas
del maíz gigante y conocer sus secretos.
Los
Inkas, según explicó, tuvieron una escuela de agricultura para el paraqay o maíz blanco de hermosos granos. “En Australia
tenemos un clima uniforme, pero aquí cada 30 metros
de altura varía. La infinidad de altitudes es fascinante. Un metro más es más
frío; menos, más caliente. Influyen también el viento y la lluvia. Me intrigaba
cómo los Inkas pudieron lograr una planificación que coordinara esas diferencias”,
confesó el investigador peruanista, añadiendo: “Entonces, me dediqué a
averiguar cómo pudieron organizar un trabajo tan eficiente para el maíz blanco
gigante, que fue para ellos un cultivo de Estado. Busqué la literatura que pude
y con mis investigaciones obtuve un doctorado en Estados Unidos, estudiando los orígenes de la
agricultura en el Perú.”
Para
John Earls fue muy curioso que la fase de maduración del maíz tuviera tanta
relación con la temperatura. En épocas anteriores esta especie fue muy pequeña.
Mejorar su tamaño fue una hazaña que se logró en base a una observación
constante. Su ritmo de maduración tiene una relación tan directa con la temperatura,
que el aumento de un grado centígrado en
el ambiente reduce su desarrollo.
Si
hay nevadas o sequías no se puede predecir su maduración. Cabe preguntar
también, indicó, cómo en los Andes, de
niveles tan irregulares, los antiguos qosqorunas pudieron asegurar el riego. Si
falta volumen de agua en la época de floración, se malogra la cosecha. Pero los
agricultores prehispánicos dominaron el comportamiento de las diferentes razas
de maíz que hay en el Perú.
En
el Valle Sagrado aún se mantiene el ancestral
sistema de riego en las chacras y los andenes. A los 3,000 metros , el maíz florece
y madura casi en 115 días; mientras que a los 2,500 lo hace en 84 días. Para que el
agua fluya uniformemente se necesita una organización perfecta.
“El
proceso es complejísimo, añadió Earls. La gente lo maneja con los movimientos
del sol y mirando también a las estrellas. Esto ha sido comprobado con
mediciones satelitales y mediciones de la temperatura del mar y de la cantidad
de agua que hay en la atmósfera, las cuales determinan el tamaño de las
mazorcas.”
La
gente andina tiene sus estrategias para no perder la cosecha del paraqay y
superar los tiempos tardíos y las sequías. Tienen al kulli, un tipo de maíz
blanco morocho, que madura mucho más rápido, por lo que se puede lograr un
segundo sembrío en el año e incluso asociarlo con otro que va a madurar antes de que llegue
el invierno.
“Para
mí –indicó el doctor Earls- es como si tuvieran una máquina para coordinar su
trabajo con características biológicas excepcionales. La gente usa el ayni y eso
le sirve. Ahora algunos apuntan en cuadernos qué día tendrán un ayni, pero
antes fue seguramente con khipus. Los varayoq o alcaldes andinos tienen en sus
manos el control del trabajo en las comunidades para evitar algún caos. Un sistema brillante”.
El
profesor de la PUCP refirió que los
Inkas se concentraron mucho en el cultivo del gran maíz blanco de Urubamba.
Ellos desarrollaron también la genética para el mejoramiento de las otras razas.
Uno de ellos, hermano de Pachakuteq -tal vez Tupaq Yupanqui-, es recordado como
el pionero en la planificación de la agricultura andina.
Para
terminar, Earls alude a los últimos cambios climáticos. “Son muchos. Los campos
están más expuestos a las radiaciones solares. Han variado los indicadores
ecológicos, los zorros que aúllan meses
antes y los sapos que saltan fuera de época. Habrá modificaciones genéticas en
los cultivos. Confío en que las comunidades encontrarán soluciones. Hay que
tomarlas en cuenta. En 1989 escribí un libro sobre Moray, básicamente un
laboratorio abierto de investigación y experimentación agrícola en diferentes
altitudes dentro de un mismo ecosistema”. Los Inkas quisieron ampliar el
cultivo del paraqay a otras regiones y no dio resultado.
El Perú tiene alrededor de 136 variedades de maíz
que se producen en varias partes del país como el saqsa, rojo con blanco; el
dulce chullpi, el qellosara amarillo, para mote; el oqesara plomo, para tostar; el kondevilla, que es
precoz, y el maná, que al ser tostado se expande y es muy rico. La mayoría
están perdiendo mercado de la demanda. No sólo se usan para confeccionar chicha
que se está comenzando a exportar, como kancha que es el desayuno de los niños
en el campo, para hervirlo y servirlo en la mesa con queso, sino también para
hacer pan. En Julkán, cerca del convento de Santa Rosa de Ocopa, Junín encontré
un agricultor que preparaba la satanka, un panecillo prehispánico en una olla
especial como un horno pequeño y a fuego lento. En Oropesa, Cusco, se prepara
una diversidad de panes desde la t’anta también prehispánica hasta las chutas y
la torta de hurk’a.
En
el Inti Raymi se preparaba posiblemente con el maíz blanco la chicha sagrada o
aqha y unos panecillos llamados sankhu. Los Inkas y los kurakas que estaban
presentes esperaban con ansiedad la aparición del astro rey. Había la creencia
de que la tierra podía quedar en tinieblas al comenzar el solsticio de invierno.
La
bióloga cusqueña Rosa Hernández declara que el parakay debe ser considerado
patrimonio nacional. Ella y su esposo, César Salas, también biólogo, han
abierto en P’isaq un Sara Wasi o “Casa-Museo
de Exposición del Maíz”. Su propósito es dar a los visitantes una explicación
de sus características, que son
definidas. La mazorca tiene ocho hileras simétricas. Su tamaño despierta asombro
y su composición química depende de la calidad del agua, del ph de los campos y
de las diferencias del clima.
Alfonsina Barrionuevo
domingo, 21 de agosto de 2016
ESTANDARTES
SANTOS
La Plaza Bolívar enrejada ya no me
parece la misma que conocí hace unas décadas. La estatua ecuestre del
Libertador siempre me arrancaba una sonrisa. El escultor, que sin duda nunca
vio un caballo ensillado, no le puso a
la montura la faja que la sujeta. Si estuviera vivo el jinete hubiera rodado
con ella antes de subir. Voy al jirón Andahuaylas, detrás del edificio del
Congreso, y observo que hierve de gente
como un hormiguero. Antes era una calle de mercerías que proveían a las
costureras y los sastres de Lima. Sus tiendas estaban colmadas de carretes y canutos
de hilos dorados, plateados y de colores, cintas labradas y de guipiur, encajes de hilo
y de gasa, botonería de metal y perlas, dedales, agujas y un etcetera de
materiales.
El taxista que me llevó hasta
allí desde Lince me comentó que iría después a su casa en el Rímac y que la carrera le resultó de maravilla. Lo esperaba
media familia porque tenían un negocio de papitas rellenas con carne, cebollines
y huevo duro para degustación en el distrito de San Miguel. Era su tercer
recorrido desde el mercado de productores donde se surtían del miércoles para
el jueves, del jueves para el viernes, y del viernes para el sábado. Nada menos que siete
mil kilos de papitas que daban trabajo a su esposa, sus hijos, sus nietos, su
consuegra, sus hermanas y sus sobrinas.
Cuando el dicharachero me
preguntó a qué iba le dije que era más fácil. Ver a las bordadoras que hacían
trabajos de fantasía en sedas, terciopelos y otras telas. Me dejó en el sitio
justo, una tienda que reemplaza como otras a las mercerías de antaño. Me
impresionó pensar que debían surtir a miles de pueblos de Perú en sus fiestas patronales, con bandas para
los priostes, licenciados o mayordomos, capas y túnicas para diversas
imágenes santas, estandartes y detentes de buen tamaño.
ANDANZAS DEL CAPITÁN PELÍCANO
Sigo buscando un financiamiento para la segunda edición de mi novela infantil: "Capitán Pelícano". No se trata de conservar verde al planeta sino también a la fauna que comparte un sitio con las poblaciones humanas que lo habitan. Trabajé con el pelícano como dije, a pedido de Chabuca Granda, la compositora de las Minas Aurarias de Apurímac. Es una ave que representa a las otras que no se atreven a entrar a la ciudad. Ya no lo hacen tampoco ahora.
Va otro fragmento.
-Dicen
que el mar es muy grande, don Robus. ¿Cómo entrará el mar a mis ojos?. ¿Se meterá todo él o lo
veré a pocos?. ¿Quién vive dentro de sus aguas?- ¿Qué espíritu lo anima?. Los
viejos de mi pueblo dicen que es una mujer. El agua es siempre una mujer. De
sus manos nace la vida. Pero nace también el arco iris y el arco iris es malo.
Todo lo que hablamos junto al agua queda escrito por una eternidad. Por eso
sólo se habla de amor. En las orillas de los ríos de mi pueblo que son blancos,
espumosos, porque vienen chocando con la tierra, hay unos duendecillos que
hacen con sus manos de viento sus ollas en la arena. La persona que rompe sus
ollas es castigada. Los duendes del río no le perdonan. ¿Estarán también en las
orillas del mar?.
-No
sé. Nunca he oído hablar de tal cosa. Pero, sí de las sirenas. Unas mujeres con
cola de pez y cabellos de oro. Hay una corvina, Panchito, una corvina de oro
que a veces lleva a las sirenas por los arenales sentadas en su lomo por turno.
Va del mar hasta una laguna encantada y atraviesa las dunas remando con sus
aletas. En el fondo del mar hay una ciudad. Pobre del marinero que escucha sus
campanas en la madrugada. Oirlas doblar es anuncio de muerte. Por sus calles
caminan los pescadores muertos. Todos andan felices y llaman a los que viven en
la tierra. Los que "bajan" no regresan jamás. Por eso los pescadores
arrojan coronas de rosas al mar y ruegan por sus almas.
-Don
Robus, quiero ver el mar. Quiero conocer esas arañas rojas que corren por la
playa. Quiero coger una estrella de cinco puntas para llevarla a mi pueblo.
-Esas
arañas rojas se llaman cangrejos, Panchito. Anda, hijo y que te vaya bien. Aquí
tienes tu platita. Ya sé que pueden juntar más plata caminando. Pero, ésta te servirá y aquí te estoy poniendo dos
soles. Una para ti y otro para el capitán.
Panchito
miró al pelícano y los ojos se le llenaron de lágrimas. Se limpió la nariz con
la punta de la camisa y comenzó a bajar el cerro, rumbo al mar.
Sería
muy largo de contar las cosas que le pasaron en el camino. Mientras lustraba la
gente se reunía a su alrededor para ver a la gran ave marina que permanecía
indiferente esperando. Llovían las preguntas pero el contestaba sólo con
monosílabos. No se sentía con ánimo para contar a los extraños su problema. En
Lima se perdió un poco y así llegaron a la plaza San Martín.
-Mira capitán -exclamó excitado.
-Ese debe ser el general San Martín. Don Robus me contó que le llaman el santo
de la espada. Cuán erguido se ve en su caballo. El lugar donde está, me dijo,
se llama la plaza de la libertad. ¡Qué hermosa!.
El pelícano no entendía el lenguaje
de Panchito ni le escuchaba bien. Pero presentía su próximo abandono. En la
Plaza de Armas metió el gran pico en la fuente. Panchito que estaba sudando
hubiera querido meterse en el agua. No lo hizo por timidez. Se limitó a
acariciar a los leones que arrojaban un chorro por las fauces y entonces el guardián
lo sacó afuera.
-¡No
se puede entrar!. ¿No ves la cadena, chico?, -preguntó molesto.
-El
pelícano tenía sed -dijo Panchito, simplemente. -No íbamos
a hacerle nada a los leones.
Alfonsina Barrionuevo
domingo, 14 de agosto de 2016
SOMBRILLAS SOLARES EN LA PUNA
“Piececitos de niños,/ azulosos de frío,/ ¡como os
ven y/ no os cubren,Dios mío!”
Gabriela Mistral, Nobel de
América, protestó poéticamente por el estado en que vio los piececitos de los
niños en los Andes. Su tierno reclamo sigue vigente. La lejanía en que ellos y
sus familiares se encuentran ha despertado en este año la atención de Lima por
el extremo descenso de la temperatura en las provincias que ha llegado a veinte
grados bajo cero. En la pantalla chica se ha visto su difícil subsistencia a más
de 4,000 metros sobre el nivel del mar. Por primera vez han dejado de ser
solamente una cifra dolorosa para aparecer en un documental impactante que ha
generado una preocupación colectiva. Miles de personas han demostrado que son solidarias
y han enviado fardos de frazadas y ropas de abrigo a pequeñas localidades que
están siendo muy castigadas por el frío.

Sin embargo, se puede llegar a
mayores logros en los próximos años. Diversas entidades han planteado la
necesidad de “cambiar” el clima en las punas, cuyos habitantes están expuestos
a enfermedades broncopulmonares, a falta de agua y cuanto se deriva de su
excesiva pobreza, pues son pastores de camélidos que también sufren los rigores
del mal tiempo.
Las termas o paneles solares, que
han pasado de ser un experimento, pueden “calentar” los Andes. Algo así como
ponerles una sombrilla de energía espacial. Cada año los cambios climáticos
cobran vidas, sobre todo de niños y ancianos. La aplicación de sus efectos
benéficos que podrían ser asumidos por entidades estatales y privadas contarían
con la mano de obra de los mismos pobladores de las comunidades. Trabajando con
proyectos en las zonas más críticas se podría avanzar en la lucha para dar una importante
inyección de vida a los altiplanos. Estamos en el siglo XXI y ya no se puede
justificar el abandono que sufren millares de peruanos. Es hora de actuar.
LA
TUNA EN LOS ANDES
Helada,
con su frío de altura o recién sacada de la refrigeradora, la tuna puede calmar
la sed más ardiente. Si pudiera soñar estaría acuñando en los veranos la
frescura de los nevados para mitigar los calores. Muy conocida, desde el Canadá
hasta el Estrecho de Magallanes, de punta a punta de las Américas, tiene en el Perú
el encanto de un Niño divino que apareció en un tunal espantando a la sequía.
La
tuna, cualesquiera sea su color —verde o blanca, roja o morada, amarilla o
anaranjada— se hace amar por su entrega total. Su envoltura con espinas
amedrenta a los depredadores, pero ella —que se recuesta en un lecho de seda y
terciopelo— es tierna y dulce.
He
visto la historia del nopal mexicano,
casi semejante. Ambas cactáceas detentan un pasado prehispánico y son Opuntia_ficus-indica, Linneaus y Miller, porque
esta planta de orejotas verdes fue descrita científicamente en 1753 por Carlos Linneo y atribuída en 1768 al
género Opuntia por Philip Miller.
En
sus cladodios (hojas o paletas) ovalados alberga un insecto carmínico: la cochinilla o “Dactylopius coccus, Costa”. Pero, allá es casi un árbol, un poco
flaco y de hojas alargadas. Aquí es menos alta y más ancha. En México el fruto
ostenta veintitrés nominativos: higo chumbo, choya y tasajillo, entre otros. En
el Perú su patronímico es tuna simplemente. La distancia las separa y establece
las diferencias.
Los antiguos peruanos la descubrieron en su
hábitat de los valles interandinos, entre mar y cielo azul, sobre suelos
arenosos, calcáreos, pedregosos y poco fértiles, como un alimento al alcance de
su mano. El ecologista Antonio Brack Egg
menciona que fue consumida hace más de 2,000 años.
Ellos
no tardaron en darse cuenta de la propiedad que tenía un huésped cariñoso de la
tuna: la cochinilla, que se recubre con
una especie de gasa blanquecina. La apretaron y se mancharon las manos de carmín. Su tinte rico en color púrpura ha sido hallado en textiles
tiawanaku, chimu, naska, parakas, chankay, wari e inka.
Unos
trescientos años atrás los tintes alemanes llegaron a nuestros Andes, cruzando
dos océanos. Ahora y gracias al “Dactylopius coccus” le toca al milenario
tinte hacer el viaje a la inversa. El Perú es primer productor de cochinilla
carmín en el mundo y cubre una demanda que llega al 90%.
En
los febreros, meses con paraguas, Ayacucho —que se ufana legítimamente de tener
los mayores tunales del Perú— celebra el Festival
de la Tuna y la Cochinilla.
La
tuna en estado natural es sumamente agradable. Como fruto, cortado en rodajas,
da un toque de alegría a las ensaladas de verduras o de frutas. También
gratifica el paladar en mermeladas, jaleas, yugur, néctares y licores.
En
la farmacopea se usa para elaborar champúes,
cremas, jabones, lociones, mascarillas y cosméticos que brillan en las mejillas
y en las sonrisas.
Con
sus hojas tiernas se prepara ensaladas y confitados, tal como lo demostró la
Universidad Nacional “San Cristóbal” de Huamanga en una de las ferias Agrotec de Lima, por 1980.
La
goma de la penca, con barro y paja, sirve para tarrajear viviendas de adobe, y
actúa como floculante y clarificante de aguas turbias. Sus raíces forman una
malla para detener la erosión de los suelos. Sus hojas o paletas alimentan al
ganado como forraje cuando hay sequía y sus cenizas son buenos biofertilizantes.
En
el virreinato elevó su valor un infante celestial que apareció en un
poblado de Huanta, —según los
relatos — para jugar con los niños. Blasito, su nuevo compañero, les enseñó
a respetar a los pájaros y a los sapos que eran blanco de su puntería.
Un
día caluroso los encontró cabizbajos. Preguntó el motivo de su desazón y le contaron
que el sol había escondido a la lluvia y abrasaba los sembríos. El año sería
malo y no tendrían qué comer.
Su amigo
entendió el problema y les dijo que volvería en unos días, que buscaran sus
hondas. Cuando regresó y le preguntaron a quién dispararía, respondió sonriente
que sería al cielo. Las piedras iban a ser tres, en nombre de la Santísima
Trinidad.
Ellos
no le creyeron, mas la la primera piedra que arrojó abrió una brecha en la
bóveda celeste, la segunda dejó asomarse por el boquete a una nube y la tercera
la dejó salir. Ella engordó como un globo y dejó caer la lluvia. Otras salieron
por el mismo forado acabando con la sequía.
Su
gentil amigo dijo que no volvería y que debían buscarle en la Pampa de San Agustín, en Huamanga. Al acabar la cosecha, los niños
fueron con sus padres y se acongojaron al
ver que era un sitio solitario. Pero, estaba allí, en medio de una floración increíble
de tunas que parecían ceras encendidas, convertido en una imagen de pasta. En
el lugar se edificó una iglesia. El santo Niño sostiene una honda con tres
pedruzcos de plata, recordando el milagro.
La
tuna lleva en sus carnes la fuerza telúrica de los Andes. Su base son minerales
esenciales —potasio, selenio, fósforo, cobre, zinc— que la nutren en Ayacucho, Ancash,
Arequipa, Apurímac y Huancavelica.
Los
estudiosos destacan su contenido de proteínas, carbohidratos, calcio, vitaminas
y otras sustancias antioxidantes que pueden ayudar a controlar la fiebre, la
diabetes, el exceso de colesterol y triglicéridos, las úlceras estomacales y
los problemas del hígado irritado, así como participar en la lucha contra el
cáncer.
La tuna sale de su ostracismo para dar batalla
entre otros alimentos peruanos. Su corazón es de oro.
Alfonsina Barrionuevo
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