VIEJAS CONQUISTAS
Convertir el viento en música,
aprender el lenguaje de las estrellas y
los astros, formar una familia con la naturaleza, crear laboratorios de
genética para domesticar cientos de plantas alimenticias y animales, realizar
sus sueños a través de las artes, trepar los peldaños del aire para construir
sus viviendas, descubrir el secreto de los minerales, tomar la fuerza
espiritual de la piedra, seguir las estaciones del año con sabiduría, navegar
en los crepúsculos remando hacia el sol, alumbrar el tiempo con la luna, llevar
con sus manos el agua a los desiertos, inventar la alegría, dejar que fluya su
bravura como un río, caminar de brazo con
la muerte hacia la vida, es algo extraordinario. Los pueblos del antiguo
Perú dieron un sentido grandioso a su existencia. Negar sus conquistas es falta
de conocimiento, conciencia del atraso de otros o el producto de su propia
subestima.
La culinaria peruana, que puede colmar una mesa kilométrica con manjares
de climas fríos, templados y ardientes, sorprende a los gastrónomos más
avezados con lo que ofrece. Sabores, fragancias, delicadezas y exotismos
propios de un país con una naturaleza pródiga en frutos y con una cultura
gastronómica milenaria que goza además del toque telúrico que le confiere un
carácter mágico y sagrado.
Aquí, la historia y la
leyenda van de la mano cuando se trata de explicar el origen de los alimentos
como un regalo divino, una ofrenda de amor o el producto de una investigación
que duró siglos de siglos, registrando casi fotográficamente el brote de una
hoja o la apertura de un capullo, así como la conducta de los animales desde
que nacen hasta que están listos para convertirse en fuente de proteínas.
Hay un creador todopoderoso, invisible, que puede ser Kon, Ai Apaiek,
Pachayachachiq o Pachakamaq; un padre cósmico que genera calor vital, es el Apu
Inti o Padre Sol; una madre celeste que influye en las mareas y en los
eclipses, es Mama Killa; una madre marina que es Mamaqocha, bien amada por los
pescadores; una madre terrena, Pachamama, fecunda y generosa; y, una infinidad
de espíritus benéficos o maléficos porque todo es dual en el mundo andino, cuyo
hábitat es la inmensidad del cielo, los palacios de cristal de los nevados, la
entraña misteriosa de los cerros o el aposento encantado de los lagos, las
lagunas y los ríos.
Hace 10,000 años es un ser sobrecogido por el espectáculo grandioso de
una geografía avasallante, como si anduviera perdido entre amaneceres con
catedrales de celajes sobre su cabeza y crepúsculos con soles de cobre que caen
en el bolsillo sin fin del horizonte; frente a un océano de olas encrespadas,
cuyo lenguaje intenta vanamente entender; en arenales, que al ser arrastrados
por el viento se retuercen como los anillos de una sierpe de escamas
tornasoladas; por valles y quebradas pobladas de voces rumorosas, por pampas y
punas que tienden su vegetación franciscana al pie de los glaciares donde se
refracta el parpadeo de las estrellas, y, la selva, donde la luna deja caer su
cauda nupcial sobre la copa de los árboles y el arco iris cuelga del aire como
una rara flor.
Alfonsina
Barrionuevo