EL APU DEL RESPLANDOR
Mi
primer viaje hacia los Apus lo hice con Luis Hu al Illa Waman, “el Apu del
Resplandor”. Viajamos a Cusco con Kukuli
y luego hacia el Valle Sagrado. El padre Sol suavizó el frío a 3,800 metros y
nos permitió entrar entrar con los pies desnudos en la corriente gélida que baja del nevado, en señal de respeto y
pidiendo permiso para hacer el camino..
Entrada la tarde llegamos a San Juan de Yukay, una
comunidad marcada por la pobreza, que
araña la tierra para sembrar papas, su único sustento. Nos alojamos en el local
abandonado de la escuela, sin maestra, sin niños y sin vidrios en las ventanas,
pasando la noche casi en vela, con los colmillos del frío incrustándose en
nuestras carnes.
Al
amanecer partimos para llegar a la explanada que se tiende delante del Apu que
parece un cóndor con las alas abiertas. Inmutable, Luis Hu tendió la manta
ritual a más de 4,800 metros, y comenzó
a preparar las ofrendas que había llevado, mientras el sol caía sobre nuestras
cabezas como oro derretido. No había donde albergarse. Cuando terminó
TeodomiroTupayachi, el dueño de nuestras cabalgaduras, preparó el fuego y sobre
los tizones tendió los paquetes con ingredientes de los tres reinos de la
naturaleza y otros. Un torbellino blanco, hermoso, que se levantó en alas del
viento nos reveló que habían sido aceptadas.
En
los bajíos de Wayoqari, donde se cultiva el maíz blanco gigante de Cusco, se
encuentra Yanaqocha, “la laguna negra”. Así se llama porque los cerros le
quitan luz. Sin embargo, crecen a sus orillas bosquecillos de qewña. En sus
aguas vertimos el de agua de mar que recogimos de la Hatunqocha, en Pachakamaq.
Fue increíble, la laguna se estremeció toda con el regalo sagrado y vimos con
suma admiración cómo se abría en ondas circulares, ávidas por recibir y
repartirse “la sangre” de la madre mar. Al caer la arena de la playa, también
de Pachakamaq, se originó un cambio diferente, un movimiento de olas
horizontales avanzo a su encuentro, como si quisieran tocarla todas.
El
bosquecillo fue testigo silencioso del rito. La luna trazó una senda luminosa
por donde volvimos a Yukay. De allí a Cusco
y después a Lima.
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Notas del libro “Hablando con los Apus”
LLAMAS DE PELO FINO
La historia de la llama tiene que ser
reescrita. El animal de carga que conocemos presenta un abolengo de milenios. Jane
Wheeler de Washington revela aspectos
novedosos sobre la llama. Tiene, según dijo, un antepasado remoto en
Norteamérica y sólo mucho tiempo después pobló los llanos amazónicos, se
expandió por las panpas argentinas y terminó llegando al Perú. Su larguísimo
periplo parece de leyenda.
A mediados del siglo pasado las llamas
pasaban por la Plaza de Armas de Qosqo para dirigirse al mercado de San Pedro, su
destino final. Por 1990 vi “puntas” o grupos de llamas saliendo de Tanta, un
poblado de Yauyos, Lima, a casi 4,000
netros de altura, llevando tejidos a diferentes localidades, llegando hasta el
mar en Calango, de donde retornaban con maíz, trigo, garbanzos, habas y también
naranjas y uvas.
El año pasado se les vio en un
documental circulando por los caminos inkas y preinkas. Hace un tiempo estuvieron
de “porteadoras” en el primer Llamanaani de EcoAventura Perú, organizado por Roberto Aldave Palacios ,
llevando mochilas, equipos de fotografía y televisión. A sol
abierto abrieron una ruta que presentó múltiples atractivos paisajísticos,
prehistóricos, prehispánicos y de tipo vivencial, en Bolognesi, Ancash; yendo desde
la laguna “Conococha” hasta Matara,
donde hermosas flores de qantu o kantuta abren sus pétalos profusamente junto a una residencia
preinka.
A medida que pasa el tiempo se abren
nuevas carreteras, pero, en cuanto a las llamas, Aldave ─viajero empedernido─ piensa
que hay gente a la
cual le gusta caminar y compartirá su experiencia con ellas.
Hace poco se publicó la noticia de un convenio
entre Bolivia y Perú para mejorar la
calidad de la fibra de llama. Me pareció estupendo. Alguna vez, en el “Algarrobal”,
un museo moqueguano, la arqueóloga Sonia Guillén me mostró unas llamas
momificadas. Su pelo era suavísimo y de un color canela encendido.
Ella me dijo que hablara con Jane
Wheeler, una bióloga americana que vino al Perú en el siglo pasado y dirige el Instituto de Investigación y
Desarrollo de Camélidos Sudamericanos “Conopa”. A Jane le
fascinan esas criaturas que parecen
princesas andinas.
Jane Wheeler trabajó en el sitio
arqueológico El Yaral, ubicado entre
cerros abuelos de Moquegua, sobre el río Osmore. Allí se descubrieron llamas y
alpakas momificadas. Mediante análisis de muestras de piel y fibra, ella obtuvo
evidencias de la preexistencia de dos razas de llamas y dos de alpakas. Una raza
de llamas, aparentemente ya extinta, de fibra fina sin pelos, y otra de fibra gruesa,
semejante a las de hoy, pero más
uniforme.
En esa época, hace 900 o 1,000 años, fueron
seleccionadas intensivamente, obteniéndose uniformidad en finura, conformación
del vellón y color, mientras que las actuales tienen gran variación en el
grosor, la pilosidad y el color de la fibra, producto de cruzamientos sin control.
Documentos de los siglos XVI y XVII registran
la virtual desaparición de llamas y alpakas en el Qosqo, junto con un 80% de la
población humana, en menos de un siglo después de la “conquista” española. (Flores Ochoa, 1977 y
1982).
El análisis del ADN de los animales prehispánicos ─dice Jane Wheeler─ ha servido
para medir los cambios genéticos producidos por la conquista y la incidencia de
hibridación en las llamas y alpakas de hoy.
Los comentarios de la bióloga americana
son muy interesantes. Según Crosby
(1972), “el asentamiento europeo y de
colonización del Nuevo Mundo desató una crisis ambiental de magnitud sin precedentes.
Con la introducción de cultígenos del
Viejo Mundo, nuestros animales, prácticas agrícolas y el paisaje, fueron
alterados irreversiblemente.”
Sus ganados (ovejas, cabras, vacas y
cerdos) desplazaron a llamas y alpakas de su hábitat en el valle costero, a
tierras marginales elevadas, donde sus animales no podían sobrevivir. Las
consecuencias de esta catástrofe en la producción de camélidos contemporánea
son raramente consideradas. La falta de registros escritos de la época de preconquista
y la pérdida de conocimientos transmitidos oralmente acerca de la cría de
dichos camélidos hace difícil evaluar la medida en que influyó occidente. En la
actualidad las llamas se crían como animales de carga y se conocen tres
fenotipos diferentes, aunque es probable que haya más.
Casi todas las llamas son del tipo a.1,
caracterizado por la falta de fibra en la cara y crecimiento relativamente
escaso en el cuerpo. Jane Wheeler destaca que es poco común el ch'aku o llama
lanuda, con un vellón más pesado y fibra creciente en su frente y en sus oídos. Las
características de la fibra de la variedad tercera son intermedias. El color
tiende a ser irregular y varía desde blanco a marrón , negro o gris.
La bióloga de Conopa refiere que los pobladores
de la cuenca del Lago Titiqaqa llevaron tradiciones y ganado de mucha altura a la costa. Las alpakas y
llamas de El Yaral pueden ser consideradas como sus descendientes.
Su excepcional estado de conservación ha
hecho posible un análisis sistemático de su fibra y de la composición del
vellón, así como de su microestructura con un microscopio electrónico de
barrido. Fue inesperado encontrar que cinco de seis momias de llama pertenecieran
a una raza aparentemente extinta, de fibra fina. El vellón de la sexta era áspero, representando
claramente una segunda raza de llama. La variabilidad de la fibra de llama hoy
en día muestra un aumento de pelos y aspereza general del
vellón, que probablemente comenzó durante la invasión española.
Al cambiarles de medio ambiente,
recluyéndolas en la puna, y llamarlas “ovejas de la tierra”, se distorsionaron conceptos
que las perjudicaron. Los mismos veterinarios les recetaban medicinas como si
fueran ovejas.
"Se ha aprendido de las llamas y
alpakas prehistóricas de El Yaral cuál es el verdadero potencial de estas
especies como productoras de fibra”, explica Jane Wheeler. “Desafortunadamente,
muy poco se conoce sobre la variación de estos camélidos en los Andes. Incluso no
se puede determinar si las variedades preconquista existen todavía y si son
rescatables con una crianza cuidadosa y la aplicación de la biotecnología
moderna. Hay absoluta urgencia de identificar y preservar a las
poblaciones relictas antes de que ocurra cualquier otra pérdida genética o
modificación.”
Alfonsina Barrionuevo
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