FRENTE A
LAS WAKAS DE QOSQO
Gracias a los
khipukamayoq el Qosqo tiene otra dimensión para mí. Mientras los árboles de la
vieja quinta Lomellini susurraban historias olvidadas volví a ver al poderoso
Ayar Auka, plegando sus alas, con una última mirada al valle salvaje, antes de
convertirse en piedra. Un poco después llegó sombrío Ayar Manko, después Manko Qhapaq, y decidió asentarse en el lugar, fundando la
ciudad que soñó con sus hermanos. El sol buriló con sus rayos un espacio abajo, y lo dedicó a su padre
celeste, el Sol, Apu Inti, llamándole
Intikancha. Más tarde, entre los cuatro
recintos sacros quedó el recuerdo fundacional. Pachakuti Inka Yupanki hizo
colocar una piedra de río pulida, Qaritanpukancha, “el lugar donde el hombre
ungido por las cirucnstancias, el gran Manko, su antepasado, decidió poner la semilla de un imperio.”
He vivido muchos
años en Santo Domingo, donde está el Qorikancha, y nunca imaginé que en la
plazoleta, donde jugaba el plik plak con mis amigas, existieron ocho wakas amadas por una población
de sacerdotes y pobladores. Que allí estaba Warasuinse, “en cuyas orillas se generaban los
terremotos”; Willka Nina, “la del fuego eterno”; Th’uruka, “el padre barro”,
Kinkil y otras que están en mi libro “La
Memoria de los Khipukamayoq” que voy avanzando día a día.

IMÁGENES EN VITRINA
Ana María
Gálvez ha puesto en una digna vitrina a
las wakas que envié en imágenes a Qosqo. Ella es la Directora del Museo
Histórico Regional “Casa del Inka Garcilaso”, cuyo nombre debe ser simplemente
así, sin Chinpu Oqllo, como se llamaba su madre. No he leído que nadie cargara
con los nombres maternos, ni en qechwa ni en español. El Inka cronista usó como patronímico el apellido del padre y en buena hora, porque no encajaría en el
colchón de Garcilaso, ni Manuel, ni Francisco o Gonzalo.
En la sala de
exposiciones temporales armé una mesa de
ofrenda inka aprovechando nudos de los khipukamayoq que contabilizaron granos
de maíz, mama sara; de kinua, mama kihura; unidades de papa, mama aqsu; otros alimentos, pallares, frejoles, maní, y
también algodón de colores más trozos de wira, una pluma de cóndor, dos de
papagayo, conchas y una estrella de mar, completando los ingredientes con minerales
y tierras de colores. El catálogo que es
una atención de la Dirección de cultura Cusco a los expositores fue un hermoso
recuerdo para los asistentes. Hablaron sobre mi trabajo con generosidad el
escritor Luis Nieto Dégregori, por la Dirección de Cultura; Luis Repetto,
director del Museo de Arte Tradicional de la PUCP de Lima; y, Oscar Oaredes,
antropólogo de la Universidad Nacional de San Antonio Abad.
Esta muestra, -que
ha contado con la simpatía y el aliento de la Empresa Minera Antapaccay, del
Grupo Aranwa, de la Cátedra de la UNESCO de la Universidad Ricardo Palma y de
Samaca Perú-, es muy importante para mí. Como sucedió con las fotografías de
las wakas que ubiqué en Machupiqchu y que tomó Peruska Chambi, es un previo a
la publicación de mi próximo libro: “La Memoria de los Khipukamayoq”. José
Alvarez Blas, gran médico liberteño y fotógrafo de excelencia, se ocupó de las
wakas naturales, nevados, cerros, ríos, espinos y manantiales, y Fernando Seminario Solaligue de las wakas de
la ciudad, para lo cual recorrimos durante muchas horas las calles de Cusco
viendo los ángulos que se precisaban para que fueran apreciadas. En Lima trabajé
con mi hija, la arquitecta Vida Velarde, para extraer del catastro el plano del
Cusco Inka, ocupándose del acabado el ilustrador Ricardo Pachas.
He dejado de
hacer trabajos que me ayudan a vivir para investigar, pero este esfuerzo lo
hago con alegría porque es algo que quiero dejar a los que aman y tienen
orgullo de nuestras culturas. Si quería ubicar las wakas del Centro Histórico de Qosqo
yo tenía que conocer su historia y entrar de lleno en la concepción que tuvo
Pachakuti Inka Yupanki del mundo andino. No sé si lo estoy logrando pero me fui
más allá de lo escrito en khipus peruanos y en letras europeas. Lo digo porque
quise arrancar del lago Morkill, que se desaguó hace unos trescientos mil años
y cuya excelente reconstrucción hecha para el Museo me permitió usar Ana María Gálvez, para presentrar el Qosqo Inka
desde sus orígenes remotos hasta hoy, en que luce postergado y ultrajado, a veces
por propios y extraños, que hacen pintas en sus muros y hasta los rocían bárbaramente con ácidos, como
si sus piedras, sagradas para los Inkas,
los ofendieran o merecieran su rechazo.
Quizá vaya
hablando un poco más de las wakas en adelante, aunque quiero reservar lo que tengo avanzado para el libro. Hay más que caminar le he dicho a Seminario,
que hará más fotografías y deberé pasar más tiempo con los manuscritos, apuntes
y libros junto a la computadora. Como
otros amigos investigadores me
gusta trabajar.
Alfonsina
Barrionuevo
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