EL
ALTOMISA DE OCONGATE
En 1974 John M. Hickman publicó en su libro “Los
Aymara de Chinchera, Perú”, cuya vida,
costumbres y creencias , investigó durante dos años, que un paqo puede llegar
a ser ap’allani, o sea un experto en comunicarse con los espíritus de los
cerros o achchilas, que así se llaman en el altiplano. En Bolivia son
conocidos con el nombre de chamakani. Harry Tschopik, autor del libro “Magia en
Chucuito” menciona al ap’allani como “un espíritu del cielo que habla con cierta frecuencia en
las sesiones. Uno de los informantes de Hickman conocía a un paqo que podía
comunicarse en plena luz del día.
El antropólogo Aurelio Carmona decía que el
altomisayoq sabre curar, en algunos lugares le llaman ruwalparlachaq, otro
nombre que tiene los altomisa.
Carmona conocía a uno muy famoso llamado Mariano
Turpo que habitaba al pie del nevado Ausangate. Al llegar a la vejez ya no
quería que lo visitasen. Decía que su contacto lo contaminaba. Prefería la
meditación y dedicarse a pastar su rebaño de alpakas.
Por estos días se ha llevado a cabo una batalla
ritual en el Chiaraqe entre unos veintidós pueblos de Chumbivilcas y Canas para
asegurarse que el año será bueno. Los combatientes usan armas prehispánicas,
hondas y liwis. Los mayores y las jóvenes cantan bellas canciones para
animarle. “Si estás en un río de sangre piensa que es un río de flores”
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Notas
del libro “Hablando con los Apus”
AMOR EN EL ANDE
Las diferencias entre el mundo andino
y el occidental se advierten de diferentes formas. Una de ellas son los
Carnavales que fueron traídos al Perú. En Europa, un motivo de diversión. En el
Perú, el puqllay, la wayllacha o el punpin, entre otros, una alegre manera de
encontrar una pareja para compartir la vida y formar una familia. Veamos.
“Madre, en mi corazón crece la soledad
como si fuera un árbol y siento miedo. Un día puede ser muy grande, sin pájaros
que hagan nido en sus ramas.”
Si pudiera el dios Baco levantaría
burlón una ceja al escuchar a la joven. Bajo su reinado se armaban las
bacanales romanas. Un incendio de pasiones que enloquecía a hombres y mujeres
por igual. Con él otras frondas se agitaban. Los zagales podían ser príncipes. Las
pastoras, reinas. Los señores, mozos de servicio. Las princesas, camareras;
protegidos todos por el antifaz que encubría su identidad.
América acogió al vuelo la alegría y
el desenfreno de estas fiestas en sus capitales. Tenía el mismo chance como
Europa de arrepentirse el miércoles de ceniza. En el campo los calendarios
sobran. Para leer los movimientos del tiempo se tienen los giros de curso del
sol o las señales que envían las estrellas. El nacimiento de las crías, la fragancia de una flor o las caída de las
hojas ebrias de luz.
“Mascarita, toma, vamos a bailar el
carnaval.” Las abuelas de la ciudad
cuentan historias de maravilla. El juego con agua de olor y polvos de
París, chisguetes y serpentinas. Los bailes en las casas de señorío después de
los corsos que encandilaban multitudes.
“Madre, en mi corazón cantan las aves
de la soledad y su canto es triste!”
En Brasil el Carnaval es una institución.
Las escuelas de samba jalan turistas como un panal de miel. En las antiguas
haciendas los juegos terminaban en las piscinas o en los ríos. En el cerro de
San Cosme, con agua comprada en cilindros a precio de oro para la miseria los
jóvenes se divertían por igual haciendo reventar en la cabeza o en el cuerpo de
las chicas cascarones de huevos que rellenaban con agua colorada y taponaban
con cera. Ellas los perseguían con harina en las manos para dejarles la cara y
los cabellos a lo Pierrot.
“Madre, siento pena por el niño que no
acunarán mis brazos,”
En algunos barrios y urbanizaciones de
Lima se dispara globos incluso a los omnibuses y si el juego es más brusco se
pinta la cara de las “víctimas”con betún. En el Perú de adentro que comienza en
la puerta de las ciudades el pukllay o la wayllacha es diferente. Un mundo
paralelo donde el amor es un viento que empuja a los jóvenes para encontrarse
en los pueblos. Los cantos dicen claramente: “Los casados a sus casas, los
solteros a las calles.” El carnaval es sinónimo de esas fiestas de la juventud prehispánicas
donde los que se pasaban de años, hombres y mujeres, tenían una oportunidad
para conseguir pareja.
En esas fiestas los banderines blancos
ondean en el ambiente festivo de las
casitas campesinas o comunales, en los wayllares o pampitas verdes, lindas para
kaswar.
“Madre…”
Al fin la madre dice que sí y ella
sufre su mayoría de edad porque allá en las comunidades de los cerros a los
veinticinco años se va haciendo tarde para amar. Se prepara gozosa para ir.
Trenza sus cabellos con cintas y flores, se pone sus galas nuevas. Su montera de
barboquijo con cinta labrada, el phullu recién tejido, su prendedor de plata.
Ambas saben que el destino las alejará. En el pukllay su pareja puede ser de
otra comunidad y su hogar florecerá en otra parte. Pero, su sangre lo reclama.
En el camino se unirá con otras jóvenes que van con el mismo propósito. No
dejará de atarse a la cintura el banderín blanco de solterío. El blanco que
grita su libertad, mientras los mozos harán otro tanto. Se pondrán al cuello,
en la cabeza o en el sombrero el pañuelo blanco con el que “dicen” con afán no tener compromiso.
La música que se escucha a lo lejos despierta
su entusiasmo.
“Haykuykamuy, wayqeychallay,
pasaykamuy panachallay, pukllaykusun, kaswaykusun….”
“Ven hermanito, pasa hermanita,
jugaremos, bailaremos…”
Ellas harán tímidamente sus rondas sin
mirar a quienes irán llegando. Pueden ser conocidos pero unos y otras buscarán
gente nueva. Las muchachas sonreirán y en sus ojos risueños habrá un brillo de
complicidad compartida. (“¿Será bueno el hombre, diligente, cariñoso?) (“¿Será
la mujer trabajadora, alegre, amante de su hogar? “). Sabe que allí está su
futuro y sea lo que fuere tendrá que ser aceptado. En cierto momento harán su
propia ronda haciendo trinar sus charangos o dejando el encargo a sus amigos
casados que son testigos de sus sueños.
En la ciudad, los carnavales perdieron
su belleza, su poesía, su imaginación. Son sólo una bulliciosa competencia de
baldazos de agua. Salvo que se adopte el carnaval como un atractivo turístico,
se inventen reinados y se desentierre a Ño Carnavalón con su jocoso testamento.
Las yunsas y los cortamontes provinciales son sólo un pretexto para el baile
colectivo, para comer, beber y divertirse.
Perú adentro hay fiestas de la
juventud que se realizan al pie de la Cruz de Mayo levantadas obre una waka que
recobra su viejo poder de propiciar la fertilidad. Las parejas, cuando baje la
tarde bailarán juntas. Una mirada, una sonrisa, un gesto decidirá su unión. A
medida que se compenetren en la kaswa se irán retirando hasta que a lo lejos se
extingan las últimas coplas y comiencen a brillar las primeras estrellas en el
cielo.
Alfonsina Barrionuevo