DOMINGO DE GLORIA
En Ayacucho una pirámide de velas alumbran el paso
del Señor cuando todavía es de noche.
Arden los chamizos para calentar el ambiente. Un
mecanismo ingenioso oculta la imagen para que las andas puedan salir de la
Catedral y para que pueda volver a ingresar.
En Catacaos los cargadores se reemplazan casi toda
la noche porque avanzan tres pasos y retroceden dos.
Hay roscas de miel que se invita a las personas que
se parecen a queridos difuntos y que puedan saborearlas en su nombre.
No quiero preguntarme si después de estas adorables
expresiones de amor los devotos serán mejores. Basta con gozar la tradición y
esperar que se repita. Cada domingo de Resurrección podría simbolizar levantar
el espíritu y encontrar más ánimo para seguir viviendo .
CRISTOS
TELÚRICOS
¿Puede ser el viento, escultor?, ¿el agua?, ¿la lluvia?,
¿el granizo?, ¿el rayo?. En nuestros
Andes muchas imágenes sacras son obra de las fuerzas telúricas en espacios que
crean para protegerlas. En ellas lo mágico y lo divino se unen, produciendo un
sincretismo que atañe a la hechura o conservación de las tallas.
En Ollantaytambo, Cusco, las burbujas de un manantial pulen
con delicadeza una Cruz. Cuando el madero está listo, el milagroso Señor de
Choqeqilqa, un Cristo pintado en él, llama la atención de Jainos, un humilde campesino,
quien lo saca afuera y comunica a los pobladores el prodigio.
En un bosque de
Huaraz, Ancash, la gente de los alrededores siente un ruido ronco, como si
alguien estuviera aserrando un árbol. El fenómeno se repite varias veces y cuando intentan sorprender al misterioso
leñador, sólo sienten al viento agitando las ramas de los árboles. Un día, en
que el ruido sube sus decibeles, corren hacia el lugar, impulsados por una
fuerza interna, y encuentran un árbol patriarca partido en dos y en el centro,
emergiendo de su corteza, un santo Cristo
surgido en una indiscutible “soledad”.
En Ocongate el Crucificado de Tayankani se llama así
porque se presenta sangrante en un espinoso árbol de tayanka. Más arriba, en un farallón de la panpa de
Sinaqara, frente a Qolqepunku, el nevado de la puerta de plata, el Señor de la
Rinconada o Qoyllur Rit'i es diseñado por las manos del rayo y el granizo.
Otro es “cincelado” por un manante, que se volcaba
tiernamente, sin cesar, dibujando su
cuerpo en una ladera vertical de un cerro en Muruhuay, Junín. Muchos, dicen,
tuvieron la suerte de coger unas gotas de esa agua bendita y curaron sus males. Hoy tiene un gran santuario que cobija a sus
fieles y al mismo tiempo los aleja, mientras el agua se desliza sin volver a
tocarlo, por otro rumbo.
En Santa Clara, Lima, las monjas contemplan asombradas
como la imagen de un artista, que no podían comprar por su pobreza, decidió
quedarse en su monasterio. Su cruz volvió
a ser un árbol y extendió sus raíces por el piso del locutorio. A la par sus
brazos se alargaron, convertidos en ramas, que se estiraban agitadas por un
viento sobrenatural. Empavorecido, ante la voluntad divina tan
extraordinariamente revelada, el tallador se retiró dejando su obra a la
comunidad que hasta ahora la conserva.
En el cataclismo de 1746, que castigó Lima y el Callao,
el mar envolvió en sus olas una nave y la empujó tierra adentro. En su bodega,
que resultó inundada, transportaba la efigie de un Cristo Pobre, hecho en
España por el famoso Montañés. Su dueño entendió que había de por medio una
voluntad del cielo y la entregó a los
pobladores. Puede verse en Santa Rosa, barrio primitivo de pescadores, que fue favorecido
con el precioso regalo. Llegó a sus manos con una advertencia. No apenarle nunca
con graves excesos, porque entonces una lágrima suya de dolor, arrastraría al
Callao a sus abismos.
En un monasterio de Cajamarca una monja sintió golpes
reiterados en la gruesa pared de adobe de su celda. Al repetirse, la madre
superiora ordenó que se abra y encontraron conmovidas un Nazareno de finísima
factura, quien así pidió entrar a sus altares.
En Julkamarka, Ayacucho, ángeles escultores se desprendieron
de la curva de los caminos se encargaron de su talla. El sacerdote que los contrató sin conocer su
identidad celestial es nombrado canónigo de Huamanga y sale a medianoche, bajo
una lluvia intensa para evitar la protesta de los pobladores, y el cielo cubre
la comitiva con un toldo de aire que no permite pasar una sola gota de lluvia,
hasta que llegan a la iglesia de Santa Clara que lo alberga por su decisión.
En Kayara, otra efigie fue enterrada, para salvarla del
odio de sus enemigos, y allí esperó su rescate sin destruirse. La Pachamama,
madre tierra, lo acogió en sus brazos como su hijo, preservando al Cristo de la
humedad. Quince años después reveló que estaba allí a un arriero que descansó en
el lugar y lo devuelve sin huellas de
maltrato.
El nevado Sarasara participó también en la hechura de
esculturas sacras y trabajó, en su corazón, enorme como un taller, a la Virgen
de las Nieves, que encuentran en su glaciar un día de tormenta. La naturaleza
está presente en muchos prodigios según la tradición oral que indica su
incorporación al mágico mundo andino.
La luna convierte las lágrimas de la Dolorosa, que camina
por los campos buscando a su amado Hijo, en las flores de la waq'ankilla, como
si fuera su propio llanto. El arco iris crea para El con sus colores una flor
encendida, la preciosa k'uichi t'ika, de pétalos encendidos. Otra, la flor del
ñuqchu, muestra al abrirse una pequeña campanilla que resbala como una gota de
sangre por el rostro del Señor de los Temblores, el muy querido Taitacha de
Cusco. En su corola, sus pistilos aparecen dispuestos en forma de una cruz.
Otra flor de Semana Santa recibe el nombre de “corona de Cristo” porque la lleva entretejida sobre sus
pétalos. Las “aromas”, unas flores amarillas, que eran distintivo de Lima y de
Abancay, Apurímac, se siguen colocando sobre la cabeza del Señor de Ramos en
Surco. Es el amankay andino que perfuma sus rizos.
Estos señores y otros pertenecen a las ciudades y pueblos
del Perú que tienen Semanas Santas inolvidables, por la unción que se respira
con su presencia. En mañanas de manos tejedoras que hacen cruces de encaje con
palmas, con el regocijo de bronces que sueltan sus repiques en alas del viento
o el silencioso viernes santero que crece con el pasajero graznar de las
matracas. Arenales que extienden hasta el mar sus lenguas áridas y sedientas, por
donde caminó alguna vez la Dolorosa, levantando neblinas para defender a sus gentes
de los ataques aviesos. Y cielos de altura, con pendones de nubes, que
se levantan ciñendo las andas de los Señores triunfantes de Resurrección.
Cocidos de toronjil, manzanilla y romero perfuman los pies de los Crucificados que
pasan sobre alfombras que se tejen con pétalos de keyserina, arrayán, retama,
geranios, claveles y airampos. Naturaleza que se tiende a sus pies participando
de su Pasión en el intento más grande que haya hecho un hombre, el Hijo de
Dios, para salvar a la Humanidad de sus
cuitas.
Alfonsina Barrionuevo
No hay comentarios.:
Publicar un comentario