domingo, 21 de julio de 2013


LA MEMORIA DE LOS KHIPUS  

Al morir Atawallpa unas manos trémulas hicieron nudos en unas cuerdas. Eran un testimonio de vida que nadie percibió.

Los quipos o khipus, pensaron los españoles, debían servir para hacer cuentas. Cada nudo un número. Tal vez diez, cien o mil. Matemática incipiente.

La gente del antiguo Perú, según creyeron, no sabía escribir. Ellos buscaban una escritura semejante a la suya. No podían imaginar que fuera diferente. Increíble, pero, oficialmente, se sigue pensando aún que  no tuvieron escritura.

En el mismo siglo XVI los cronistas ibéricos sí se enteraron del gran contenido de las cuerdas. En el Cusco reunieron a los khipukamayoq quienes les hablaron de su historia, su religión y sus leyendas, “leyendo” en sus khipus. Lo dicen en sus relaciones, muchas de las cuales se perdieron o no fueron utilizadas por los historiadores de los siglos siguientes.   

“No tenían escritura –menciona uno- pero sí usaban de una cuenta muy sutil, unas hebras de lana… con colores en los nudos, llamados quipos … que dan razón de más de quinientos años de todas las cosas que en esta tierra y en este tiempo han pasado. Tenían indios industriados y maestros de los dichos quipos… y estos iban de generacion en generacion… y si por maravilla se olvidaban cosa por pequeña que fuese… tenían en esos quipos que son a modo de pabilos…  conque las viejas rezan en nuestra España… cuenta de los años, meses y lunas, de tal suerte que no habían de errar luna, año ni mes…”

Casi todos los cronistas del siglo XVI recurrieron a los khipukamayoq. Estos podrían haber dado una versión fiel de cuanto recibieron pero usaron sus informes de acuerdo a sus puntos de vista y a sus intereses. Sin embargo, en sus páginas se capta parte de la historia de Qosqo. Así nos llega, gracias al esfuerzo de los paleógrafos que han trasladado a nuestro tiempo el español antiguo, tan difícil de leer.

En los khipus debieron caber hasta poemas, los cuales quedan en esos nudos que son un enigma.

En ellos estuvieron los datos principales que me permitieron ubicar diecisiete wakas o sitios para mi libro “Templos Sagrados de Machupiqchu”. ¡Cuánto más podría encontrar!

Necesito recursos para seguir investigando. Ojalá los encuentre para esta labor que demanda vida, tiempo y trabajo.

¡Un sueño!

         

                   

EL REZO MAGICO DE LOS GALLOS
                          

          “Virgencita de mi Guarda, haz que las patas de mis enemigos no me alcancen, que sus alas no me toquen, que sus ojos no me vean y con tu santísimo manto cúbreme de todos los males para que pueda ganar esta jugada.”

 

En Chincha, donde había buenos entrenadores de gallos  que al mismo tiempo practicaban ritos mágicos, recogí esta oración muy singular. No sé si continuarán ´con ella en los galpones pero me parecieron fabulosos por la identificación de hombre, ave  y creencias religiosas traídas del Africa.
 

No me gustan las peleas de gallos pero admiro a estas nobles aves que compiten por su vida en muchos ruedos del mundo. Para mí el gallo de pelea es un “otelo”  con plumas que liquida sus celos animales  cualquier noche saturada de euforias, Un  racimo de músculos eléctricos,  en constante acecho, donde parece residir el espíritu belicoso y ardiente que lo lleva a morir como un héroe en la arena. El gallo fermenta el virus de un odio ancestral en la sangre hasta que estalla cuando enfrenta al adversario. Entonces es doblemente temible y agresivo.

Verle pelear equivale a confrontar su rabia en un torneo encarnizado, donde se tantean con inteligencia casi humana, se analizan mutuamente, se miden en toda la estatura de su “hombría”. Encrespan su plumaje y lo  despliegan en multicolor abanico. Levantan las alas como si fueran brazos y cada pluma un dardo de violencia. Su mirada certera inquiere por el corazón del rival para atravesarlo. En el centro de la pista parecen dos juramentados enardecidos, furibundos, que estuvieran consumando alguna bárbara vendetta. Sus extremidades, que pasan raudas por el suelo, son mortíferas cuando en una fracción de segundos clavan  el acero de su navaja en el pecho palpitante del contrario.

Los gallos centran la inquietud del público aficionado. En un ambiente caldeado de juramentos y gritos, a la luz artificial de las lámparas se desafían y luchan como dos guerreros medievales. El prestigio del gallo colude el prestigio del hombre. Gallo que corre estigmatiza al criador. Pero esto ocurre rara vez. El gallo, por lo general, se da íntegro en la pelea hasta el fin. Su agonía es patética cuando pugna por levantarse para herir a su adversario con el postrero residuo de energía y logra su objetivo. Muy tarde para disfrutar la gloria, pero con  tiempo suficiente para expirar como un valiente después de hacer que el otro “plante el pico”.

Los españoles trajeron al Perú, entre su  bagaje de aventureros la riña de gallos. En 1772, en el coliseo de la Plazuela de Santa Catalina se batió la primera pareja bárbara y salvajemente. Los griegos fueron los primeros que aprovecharon su innato antagonismo. Mucho antes ya lo habían tomado como ejemplo para azuzar el valor de las tropas y en el fondo, más de un soldado espartano o ateniense deseaba, al ver a su enemigo, participar de esta furia ciega, apasionada, que anima al gallo cuando cree que otro puede violar sus derechos de macho. También los ingleses, a despecho de su puritanismo, de su flema y sus sociedades protectoras de animales, han saboreado desde épocas antiguas el valor de esta lucha.

Nervioso, inquieto, vigilante, con todo el donaire y garbo de un caballero andante. La cresta como una cimera roja, las agallas de tono subido, ojos vivos y retadores, pico agudo y cortante. con un arcoiris que relumbra en el cuello airoso y en el plumaje petróleo oscuro. Piernas macizas de gladiador y  con poder una vez armadas para cercenar o astillar un hueso de un solo navajazo. Cualquier gallo, de los tantos que criaban con afán los hermanos Arístides, Humberto y José Gonzáles Vigil, podría ser pariente de aquel legendario gallo del escritor  Abraham Valdelomar.  “El Caballero Carmelo”, flor y nata de paladines del verde  y fecundo valle del Caucato. Un guerrero químicamente puro, por cuyas arterias de alambre circulaban ríos de gelinita.

Había escuchado tanto de ritos mágicos que se practicaban en los poblados y aún en la misma Lima, que pregunté a don José, nacido entre batir de alas, cantos de desafío, golas erizadas, ojuelos inyectados de sangre y espolones armados de muerte, cuánto sabía sobre eso.

Una sonrisa se extendió en su rostro curtido por el sol mientras yo insistía: “Me parece algo fuera de serie. Imagino qué les dirán al oído, a qué santos invocarán mientras el gallo vela inquieto con sus cuidadores de tez jengibre, que van recitando palabras en un jerigonza extraña. No sé qué gallardías querrán insuflarles en la sangre. Qué llamados harán a su valor, qué cosas les contarán para enrrabiarlos y sacarles coraje.”
 
Su respuesta fue directa. “Algo hay, aunque nosotros acabamos con eso. Para mí el gallo es bueno o malo de nacimiento y es como un atleta, cuyo triunfo depende de su buen estado físico. Pero, pregunte Ud. entre ellos.”

En el galpón conocí historias alucinantes. Al gallo que va a pelear le frotan el cuello con sebo de zorra para que el otro corra. Le dan huevo con pimienta, con ají, le hacen tragar píldoras de estricnina dosificada para que multiplique su agresividad. Arrojan al galpón del contendor tierra de muerto robada de los cementerios y una mezcla de huevo podrido. Rezan en la noche y vuelven a rezar en el momento y lugar de la pelea. Para rezar se desnudan, hacen dos cruces con las plumas del gallo y la amarran en sus alas. Luego comienzan a mascullar una jerga. Aukallama, en el norte es una tierra famosa de estos brujos; Mala y Chincha, en el sur. También los brujos son unos tremendos aficionados.

Verídico o pura fantasía es apasionante asomarse a su mundo de ritos mágicos. Me mostraron como trabajan en la semioscuridad, a la luz agorera de las ceras que a veces se agitan sin que haya viento, murmurando al gallo misteriosas palabras. Y al animal de pie, como un guerrero de manto tornasolado que vela el acero de sus patas para armarse caballero. Hablé con un tal Cecilio Pecho, iqueño envejecido en el oficio, que sonrió con una mueca que hizo saltar sus arrugas como si fueran un acordeón.

Negó sus conocimientos como sus colegas de profesión. Sin embargo, a mucha insistencia reveló, como quien suelta una perla, la plegaria del gallo. Plegaria que aquellos susurran pretendiendo encarnar el ánimo de la ave, con un gorgoteo que termina cuando aquel, cansado de sus ensalmos y sus rezos se  los sacude de encima con un violento y rebelde quiquiriquí de medianoche.

           

Alfonsina Barrionuevo

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