KUKULI Y SUS SUEÑOS DE COLORES
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Isicha de Kukuli Velarde |
Anocheciendo
el siglo XX y amaneciendo el XXI Kukuli inauguró otro proyecto: las Isichas. Se
inspiró en una historia andina: Isichap’uytu. En ese momento mostró un panorama de personajes
femeninos arrancado de las canteras del Ande peruano. La versión que circula en
Qosqo y Apurimaq es la de una mujer amada por un cura. A José María Arguedas le
contaron la verdadera en Sicuani. La historia tiene una protagonista amada por
un kuraka que desafía las fronteras de lo prohibido. La colección en barro de
Kukuli es numerosa. Parecen botijas que hubieran sido arrancadas del propio Ande
para hacer sentir una impresionante gama de emociones, posturas, expresiones,
indumentarias de mujeres. Con esta colección Kukuli volvió al Perú.
SANTOS SEÑORES DE PERU
En
la puerta de mi iglesia las cruces de palma entretejidas estuvieron hoy esperándonos
a los fieles. Temprano se sentía el canto de los pájaros, la frescura del tiempo impresa en el aire y una cierta
nostalgia de Semanas Santas que vi y ahora son de ayer. Cómo no extrañar al
Señor de Burgos, de Chachapoyas, que
lleva en la diestra racimos de pajuros. A María Magdalena de Cajatambo, chaposa
por la altura, retratando su belleza en las pupilas de sus cofrades. Hasta a
Judas en traje de sargento en un pueblo norteño porque las termitas se comieron
su vestimenta bíblica. Harían falta muchas Semanas Santas para que yo volviera
a admirar a los SantoCristos, las Marías dolorosas y a sus fieles seguidores
con sus ramos de flores y velas. Hoy prefiero verles en el recuerdo de aquellas
que escribí con pasión recorriendo los caminos del Perú.
Desde
entonces muchas tradiciones se han perdido pero la Semana Santa sobrevive en
cientos de ciudades y pueblos.Mientras en Azángaro, Puno, ha desaparecido la
lírica estampa de la Ultima Cena; en Catacaos, Piura, y en Lambayeque, las
viejísimas imágenes de los Apóstoles que acusan una calvicie de abandono son
puestas en una anda larguísima para la procesión de Viernes Santo. El Jueves Santo por regla tiene sus manjares.
En el Qosqo son doce platos que se completan con tamal y empanadas de la
condesa. En Piura, sopa de pan,
sarandaja, cachema frita, carne aliñada, seco de cabrito y mala rabia. En
Huancavelica el sabroso chupe de calabaza, el guiso de carne y el ponche con
aguardiente para las velaciones. En Huaura, Lima, tamales, chorizos, salchicha
y camote frito. En Ayacucho, sopa de queso, el aycha kanka, el puka picante, la
mazamorra de calabaza y el ponche de maní. En Huanchaco, La Libertad, sopa
teóloga, qochayuyo y huevera con papa, causa de caballa, cangrejos reventados y
seviche. La lista gastronómica santa es de no acabar.
En
Semana Santa el Qosqo huele a compota de durazno. En las casas hierve el dulce
con canela y el aire lleva prendido su perfume de domingo de Ramos a Domingo de
Gloria. Lo tengo en el recuerdo de años
que los llevo tatuados en la memoria de mis células. Días hermosos de iglesias
con las puertas abiertas, campanas que se echan al vuelo con alegría y cánticos teñidos de fervor. En Lunes Santo
el Señor de los Temblores, Patrón Jurado de la ciudad imperial, recorre las
calles seguido por una multitud ávida que lo sostiene en sus pupilas. Lunes de
lluvia que se seca a sus pies para dejarle pasar. Noches entibiadas por los
cirios para la bendición que todos reciben con amor.
Jueves
de doce platos en la mesa familiar, entradas con pellejito de chancho y habas
verdes (habas k’apchi), sopas despidiendo vapor, segundos con asado y morayas
harinosas y postres de sabor dulzón,
regalo al paladar. Jueves de visita a los monumentos del Santísimo con rosarios
y velas encendidas, entre padrenuestros y avemarías fugitivos. Viernes Santo
con el Señor del Santo Sepulcro en la plaza y la Virgen con un rayo de luz en
las manos. Santos días de papá y mamá que se fueron y que no tienen para qué
volver. Están en mí.
En
Semana Santa Surco se perfumaba con el olor de la uva madura para que salga el Señor de la Viña. Ya no está el
virrey que acompañaba al Cristo vestido de terciopelo y tampoco quedan las
parras, sepultadas por el cemento. Pero el Crucificado, mientras tenga sus devotos, seguirá aromando
la noche del Viernes de Dolores con los racimos que adornan su cruz. El ochenta
por ciento de los limeños ignoran que tienen cerca una Semana de Pasión con las
conmovedoras reminiscencias de antaño. En el viejo Surco el Domingo de Ramos se viste de flores lilas y la brisa
despeina los cabellos de una bella efigie del Señor, que cabalga gallardo en su
burrita blanca, haciendo volar alguna flor artificial de amankay. El Viernes
Santo, después del Sermón de las Tres Horas, "los santos varones"
bajan de su madero al Cristo de la Agonía y limpian de su cuerpo el sudor de la
muerte con algodón de rama que esperan con ansias los fieles. Sus brazos son
articulados y se estrechan en la urna del yacente.
El
drama del Gólgota ha hecho carne con el
Ande a través de sus flores nativas. El ñuqc'hu, que es rojo como
una gota de sangre, encierra entre sus pétalos diminutos una cruz; las
waqankillas son lágrimas de la Virgen, convertidas en pétalos de terciopelo
cristalino; las k'uichit'ika, flores del arco iris que se enredan en sus manos
de paloma y muchas otras cuyo significado conservan las comunidades campesinas.
Lo
propio sucede con hierbas aromáticas como el arrayán y el toronjil que
hierven en ollas de barro para impregnar
con su fragancia los montes o calvarios
de las iglesias; las hierbas de Judas, el ahorcado, que se buscan a medianoche
entre el Viernes de Agonía y el Sábado de Gloria, para conjurar brujerías; el
algodón de rama con que se limpia el torso del Nazareno al reeditar su martirio
y es preciosa panacea para toda clase de males; las hojas de palma que se tejen primorosamente en Domingo de Ramos y los
mentados cigarrillos de anís que fuman los patriarcas en Otuzco, La Libertad, para combatir el frío
de los años.
En
la Semana Santa es lógico pensar que hay miles de Señores. Sólo nombramos los
más famosos. En el Cusco, el Taitacha Temblores de cuerpo magro ennegrecido por
el humo de las velas y la savia dulce de las flores. En Ica, el Señor de Luren,
una efigie de primera que fue pagada con limosnas de segunda, por los pobres,
del cura Madrigal. En Ayacucho, el Nazareno de Julkamarka hecho por los ángeles igual que el Señor de
Huamantanga, en Lima. En Arequipa, el Señor del Gran Poder flanqueado por anónimos penitentes de largos cucuruchos. En
Chancay, el Señor de la Agonía que cambia el huerto de olivos por una anda con
un huerto de frutas; en Huaraz, Ancash, el Señor de la Soledad, que emergió de
un árbol en un bosque profundo. En Tacna, el Señor de Locumba de pies quemados
y bailarines litúrgicos. En Monsefú, Lambayeque; en Ayabaca, Piura, y en los
Barrios altos, Lima, el patético Señor
de los trinitarios que fue Cautivo de los moros. En Catacaos el Señor de la
Caña, el Señor de la Justicia, el Señor de la Caída, el Señor del Prendimiento.
En Tarma, Junín, el Cristo Yacente que pasa sobre floridas
"alfombras" de keyserinas,
arrayanes, retamas, geranios, claveles,
rosas y wayranpus, que “tejen” con puras flores sus fervorosos devotos. En
Lampa, Puno, el Señor de cuero de vaca que es venerada reliquia. Cada uno con
más de una historia prodigiosa y llena de fe.
Alfonsina Barrionuevo