domingo, 14 de enero de 2018

KUKULI Y SUS SUEÑOS DE COLORES

Estuve con Kukuli en Londres para una exposición organizada por un holandés que compró sus últimas pinturas en la Galería Equus. Consiguió pasajes en la British Airways*, según nos dijo, y fuimos por única vez a Inglaterra. Resultó emocionante. Atravesar el Atlántico como si hubiéramos viajado sobre un lápiz de colores volador. Fue un sueño. A ella la confundió el cambio de horario. Europa tiene como ocho horas de diferencia. Lo más resaltante de tres días de estancia fue la visita nocturna un vidente que pidió verla. Kukuli no entendió su revelación de que la acompañaban tres grandes maestros. Yo tampoco, con tantos nombres gloriosos que había por allí. No estaba preparada para saber que eran tres qelqereq nuestros, quizá de los más renombrados del Poqenkancha. ¡Estarían con ella solo un tiempo!
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*En ese tiempo era gerente de la línea Carlos López Gallego.



KUYE MILLONARIO EN AÑOS

Nos miramos frente a frente. El, con su naricita graciosa, sus orejas de paraguas, sus bigotes ralos y sus ojazos risueños. Al sentirse descubierto hizo como un mohín. A muy pocos les gusta hablar de su edad. Lo descubrí de pura casualidad, leyendo un trabajo de Jane Wheeler y Juan Rofes. El kuye no sólo es tatarabuelísimo sino muchísimo más. Los años le llueven por todas partes torrencialmente sobre su cabeza, en un patinaje loco encima de su cuerpo lustroso y anegando los dedos de su patitas creando un charco como un océano.
El kuye nuestro tiene millones de años de vivir sobre la tierra, este planeta al que los humanos no dejamos en paz. “Estudios recientes, -dicen Wheeler y Rofes- han demostrado que los roedores llegaron a Sudamérica hace unos 35 millones de años procedentes del continente africano (Wyss et al., 1993). Tenemos así que la forma ancestral del suborden Hystricognathi dio origen, entre otros, a los Hystricidae (puercoespines) en Africa, y a los Caviidae (cuyes) en Sudamérica (Woods, 1984; Wyss et al., 1993).”

No quiero seguir abundando en esta valiosa información por no incomodar al kuye o qoe, amigo de toda la vida, al que consumimos cariñosamente en Cusco al horno, relleno, en nuestro caso, de hierbas olorosas,  crocante como un lechoncito y saboreando sus suaves carnes hasta dejar sus huesos mondos; y también aunque menos en  qowilawa, qowelawa o “crema, sopa, de kuye”. En otras partes lo comen chaktado (Arequipa y Moquegua), frito (Ancash, Junín) o nadando en aceite (Cajamarca). De todas formas es sabroso.      
Tampoco se trata de elogiarlo solo como alimento ni cómo ha sido  recibido en mesas extranjeras, -a los coreanos les apasiona-, sino de revisar el trabajo de Wheeler y Rofes y agregar algunas notas recogidas en mis viajes. Ellos afirman que el cuye doméstico es “un pequeño animalito de temperamento inofensivo”, que “posee piernas cortas, cuerpo y cuello anchos y carece de cola” tiene unos 9,000 años de antigüedad, según los hallazgos en depósitos arqueológicos. Es importante remarcar que  no tiene cola, hace décadas lo confundían en Lima con la rata, que es muy diferente y tiene además de hocico largo y amenazadores dientes una larga y repugnante  cola.

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Y ahora sí que nuestro kuye (Cavia porcellus ) , cuyo nombre corresponde a su nombre peruano “qowe o qowi”,  respira con algún alivio. Se siente como un bebé al lado de sus ancestros, cuando los continentes estaban unidos y siendo tan tímido, tan ajeno a las aventuras, pudo pasar valientemente uno a otro. ¡Pequeño gigante!
En Cusco, según las añejas tradiciones andinas, el Ukhupacha, el mundo de abajo, está poblado por unos hombres pequeñitos que tienen cabeza de qoe. Son los ukhupacharunachakuna, pastores de los poronqoes. Kukuli los dibujó alguna vez con unos pequeños chalecos bordados con flores.
En Puno tuve la suerte de ver a los poronqoes, sus antepasados silvestres. Al atardecer salieron de sus madrigueras y se movieron en una mancha que llenaba la vía. A medida que avanzábamos en el auto, se abrían. Eran miles y ni pensar en que se pudiera coger uno para examinarlo. Hubieran desaparecido en instantes porque son rapidísimos.

Al parecer se alimentan únicamente de pasto. Un guía del lugar nos informó que no son comestibles, porque su carne tiene sabor a hierba y no es agradable. Jane Wheeler, de CONOPA, estaba en lo cierto cuando afirmaba que al convivir con el hombre ganó mucho. Su condición de doméstico le proporcionó un techo seguro y un ambiente grato, tibio, por el calor de los fogones; al recibir una alimentación especial (alfalfa o sutuche) su carne llegó a hacerse apetecible, considerándose además que siendo magra es muy deseable como alimento propio de los Andes.
A todo eso hay que agregar que el número de crías es mayor y que sus variados colores, negro, blanco, crema, beige, marrón claro y anaranjado,  lo han ayudado a sofisticarse, al grado de convertirse en mascota. En la Universidad Agraria de La Molina me mostraron ejemplares muy simpáticos de pelo crespo, en bucles o pelo largo, lacio, que podía ser usado para hacer tejidos.
En una entrevista a la arqueóloga Sonia Guillén, en Moquegua, sobre los chiribayas, ella me mostró unas momias de infantes que habían sido colocados en unas ollas con sus juguetes. Los tiernos niños llevaban al mismo tiempo unas ofrendas de kuyes bebé, quién sabe para “su comida” en la otra vida, que se habían secado completamente sin perder su delicado pellejo. 

Una interesante investigación de Escobar & Escobar en Cusco, mencionados por Wheeler y Rofes, revela nominaciones de acuerdo a algunas características de estos animalitos. “El kuy que combina el blanco con el negro recibe el nombre de habas t’ikacha, “flor de habas”. Cuando tiene otro color alrededor de los ojos se le llama dokturcha, “doctorcito”. Si su cuerpo es de dos colores, a la hembra se le dice pollerachayoq, “con pollera”; y si es macho pantalonchayoq, “con pantalón”. Cuando se le mira del medio para arriba sakuchayoq, “con saco”. “Los cuyes poco desarrollados son llamados phuchus. Las crías muy pequeñas, qhulla, “verdes”, qhullu, “menudos”, uña, “tiernos” o huch’uy, “pequeños”.

Las Hermanitas Sánchez (Constantina y Victoria) de Huancavelica, solían cantar en qechwa un waynito pícaro sobre un kuyecito que habían comido con placer y que, por alguna razón, rascaba su estómago con sus uñitas, quizá pidiendo un poco de anisado, licor dulcete, o un bocado de buena chicha. 

Alfonsina Barrionuevo

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