UNA LUZ EN EL MUSEO
He visto
como se construye un museo y como se destruye. Fernando Cabieses recibió un
elefante blanco en la Av. Javier Prado, un local ministerial que nunca
funcionó, y le puso su alma. Por un tiempo corto fue “el orgullo de todos los peruanos”.
Tuvo un número glorioso de salas y hasta dos o más auditorios. Después se fue
minimizando. Poco a poco ha vuelto a ser casi un erial, una panpa de cemento
armado.
Su
soplo vital reanimó las salas con montajes inspirados para pinturas y
esculturas. Un día logró imprimirle más dinámica inaugurando una sala de
exposiciones temporales que es solicitada desde el extranjero. En el patio,
donde existió un viejo lugar de descanso o de rendición de cuentas, delimitado por
torneadas columnas de piedra, encontró el espacio ideal para visualizar fechas y
hechos importantes.
El
sol que retoza en sus arquerías y balcones como un niño de maskapaicha y
medallón de oro, estuvo atento a su trabajo creativo. Algo más para enriquecer
la casa. Su equipo cumplió con creces sus indicaciones poniendo en valor un
ambiente del primer piso, en el segundo
andén de la waka, donde los visitantes propios y extraños pueden remontar millones
de años. El museo del Inka se place ahora al sorprenderles con éste de aires
antiquísimos. Un bebé gliptodonte petrificado en su puerta y un mastodonte
recuperado a partir de una costilla rota. Allí la antropóloga armó salas
secuenciales de las culturas cusqueñas. Hizo como Fernando Cabieses de cuartos
oscuros una ala vasta donde se puede historiar, a través de reliquias sin edad
y sin tiempo, cuanto se vivió en el Qosqo antes de que fuera el vaso de un lago
glacial, pegado como una lágrima colosal
a los Andes.

En
una Semana Santa lluviosa, para más señal el Lunes de la procesión del Señor de los Temblores, aprecié su cariño
y su respeto por lo nuestro. Al entrar a la plaza principal sus cofrades
quitaron a la imagen del venerado Taitacha el plástico que lo protegía. Estábamos
en el mismo balcón y sólo dijo: “el Cristo no debía mojarse”. Al día siguiente gente
del Centro de Restauración que tenía a su cargo la acompañaron para cuidar que quedara
seco, sin problemas futuros.
Ana María
Gálvez ha hecho mucho más. De sus años compartidos con el centro de Tipón
recuerdo al párroco que le llevó imágenes convertidas casi en leña y pinturas
ennegrecidas, “para que hiciera cualquier cosa con eso”. Al año siguiente regresó
con una sonrisa sarcástica, preparado para el fracaso. Se quedó mudo. No estaba
listo para el esplendor rescatado.
Hay
que amar estas cosas, como decía el pintor Teodoro Núñez Ureta. Las pruebas de lo
contrario se ven cada día. Su reubicación para dar el mando de la Casa del Inca
a otra persona no es justa. Hay que dejarla trabajar, aprovechar su ánimo, su
espíritu de entrega. Que siga siendo una luz en el museo de la calle Heladeros,
siempre de la mano con la cultura haciendo honor a su sangre.
Alfonsina Barrionuevo