LA PACHAMAMA SE FUE
POR MIS RODILLAS
Cuando
ella e pregunto por donde quería que se fuera
me dejó atónita,
Mil
preguntas acudieron a mis labios. ¿Qué quería decir? Si llegó volando era
lógico que se fuera de la misma manera. Vino un silencio de segundos y sentí
que debía reaccionar pronto. ¿Qué significaba eso? ¿Cómo podía decidir yo su
retiro de la mesa de Mario Cama?
Ante
eso yo estaba en la calle. Ella fue más rápida. antes de que siguiera imaginando
cómo podía irse dijo algo que fue un terremoto para mí.
–
Sabes, hijita, me iré por tus rodillas.
Me
gustó su entrada, sus explicaciones, la
idea de escribir un libro. Mas, que me tocara me dio escalofríos. En
plena oscuridad no podía escapar de la silla que me sujetaba como si tuviera
ataduras invisibles. ¿Cómo podía saber qué significaba eso? Algo hizo que
saliera por la tangente, como se acostumbra decir para desviar la respuesta.
-¿Por
qué no te vas por mi corazón? –le respondí sin pensar en las consecuencias.
-¿Qué,
me estás retando? – preguntó sorprendida.
Tenía
que ser categórica y así le contesté.
-No.
-Pues,
me iré por tus rodillas.
Y…
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Del
libro “Hablando con los Apus”
LA SEÑORA DE
CAO
Cao
Viejo es famoso por una mujer
de alto rango y una fuerte
relación con el agua y la fertilidad de
los campos. Ella fue hermosa, en la edad de los sueños. Su historia está
graficada en una vasija de caolín o arcilla blanca que fue colocada a su lado. Se trata de una
sacerdotisa, envuelta en un manto pallar,
realizando una imposición de mano sobre el ombligo de una niña que lacta
en los brazos de su madre.
Parecía
dormida cuando se fue. Buscaron su
rastro en el pasado, unos 1,700 años, y se
pudo evocar su rostro altivo, sus ojos grandes, su cuerpo esbelto y sus
pies menudos que parecían deslizarse al caminar.
Nunca
se encontró un fardo funerario moche excepcionalmente conservado de, ciento
veinte kilos, un cortejo de mujeres y hombres sacrificados para su servicio,
muchas joyas como símbolos de poder.
La
sacerdotisa de la Waka Cao Viejo envuelve en su encanto el espacio sagrado
donde se hallaba, en el complejo arqueológico El Brujo, a 60 kilómetros, al
noroeste de Trujillo. El lugar donde reposaba, arrullada por un lejano rumor de
olas, en los brazos de la madre tierra de Chicama, estaba en la esquina de
una pirámide trunca.
Trescientos
metros cuadrados, un techo a dos aguas con el soporte de una columna bellamente
decorada, un frontis donde se repìte con gran colorido un personaje de rostro
con rasgos felínicos, manos llevando cóndores y serpientes, y pies abiertos,
entre muros con relieves geométricos que
son un jubileo de peces life serpentiformes (trichomycterus sp) y unos pequeños
felinos (oncifelis colo colo).
Regulo
Franco, arqueólogo director del proyecto El Brujo, cuyo mayor logro es el
hallazgo de la mujer más relevante del antiguo mundo moche, considera que esta
caracterización, en la fase temprana de dicha cultura, tiene un vínculo con el
mundo de los muertos.
En
el marco de la pompa fúnebre un estudio riguroso registra desde el momento en que manos reverentes
lavaron el cuerpo desnudo de la joven Señora de Cao con agua de mar o agua con
sal y le rociaron polvo de cinabrio, sulfato de mercurio, para impedir su
corrupción, acomodando su larga cabellera, con
fleco o cerquillo sobre su frente.
Era
delicada, de una talla que bordeaba el metro cincuenta y apenas unos veinte a
veinticinco años espléndidos que hacían
resaltar los tatuajes impresos en sus antebrazos, los dedos de la mano, la
palma, los tobillos y los dedos de los pies, con misteriosos dibujos de
serpientes, arañas, peces, caballitos de mar, pulpos, un gato montés, líneas y
rombos. Una relación interesante con las imágenes en relieve policromado
emblemáticas que se repiten en las paredes del templo.
Su
rostro fue cubierto respetuosamente con un cuenco de metal, se colocó un
segundo en la parte lateral del tórax y un tercero hacia la espalda. Alrededor de su cabeza, cuarenta y cuatro
narigueras de oro y plata magistralmente decoradas con pelícanos, alacranes,
serpientes bicéfalas, cangrejos y arañas.
También
quince collares de oro, cobre y piedras semipreciosas, sartas de aretes de
cobre con incrustaciones de turquesa y orejeras. Un tesoro digno de su estatus
mágico religioso y social.
Envuelta
con varias mantas fue colocada sobre una base de caña brava y debajo del cuerpo
depositaron veintitrés estólicas buriladas, con representaciones diferentes. Estas
lanzadoras de dardos aparecen en la iconografía mochica en escenas de caza del
venado y lanzamiento de flores con probable intención ceremonial de purificar
el aire.
La revistieron con un manto de
placas metálicas, cosidas a la tela como si fueran un estandarte. Encima
acolchonaron la superficie con una capa de algodón blanco que parecía espuma de mar. A su lado añadieron husos,
ovillos, agujas de oro, de cobre y
vestidos pintados con figuras
geométricas o bordados con peces.
Siguieron
envolviéndola en ricas telas y en la última delinearon su rostro con anillos y
placas de metal. Sobre este primer fardo fueron sus emblemas, coronas,
diademas, bastones-porras a los costados
propios de varones y más paños de
tela y piezas de tejido llano, una tan larga que le dio 48 vueltas. El último
envoltorio, cosido con puntadas en zigzag, llevaba dibujado otro rostro
coloreado.
Hace
años visité con Régulo Franco la Waka El
Brujo o Waka Cortada, después de entrevistar a don Guillermo Wiese de Osma,
quien hizo reproducir en el museo de una sucursal del Banco Wiese, Miraflores, las
extraordinarias pinturas que se encontraron en sus andenes. Al caminar por
ellos, donde aparecen danzarines, guerreros victoriosos y prisioneros, se
percibía mucha energía.
Todavía
estaba inédito el contenido de la waka de Cao Viejo, en cuyas cercanías quedan
los escombros de una iglesia virreinal y un poblado, Magdalena de Cao con
rancherías. Los españoles difundieron que sus habitantes eran brujas, en
realidad gente de curandería.
En
el año 2,008 el apoyo de la Fundación
Augusto N. Wiese y el Instituto Nacional de Cultura de la Libertad permitió excavar en la waka de Cao Viejo. Al
comienzo los arqueólogos hallaron unas vasijas enterradas y un fragmento de
mate pirograbado. Al pie de la banqueta del recinto esquinero notaron el
contorno de una fosa extensa. Hacia el sur una lechuza de cerámica los orientó
a ofrendas incineradas de hilos en husos de madera, restos de tejidos, agujas
de cobre, y otros.
El
siguiente paso fue el descubrimiento de
un guerrero, una pequeña escultura de madera que lleva sobre su cabeza un tocado de cobre dorado y en sus
manos una porra y escudo forrado también con metal dorado. Así se llegó a la
Señora de Cao. Su entierro corresponde a una de las fases más antiguas, previa
al terremoto devastador que afectó todas
las construcciones en el siglo IV d.C., a juzgar con los fechados de carbono
14, con evidencias de su gobierno o cogobierno con asistentes.
Su atuendo y sus tatuajes concuerdan con un papel
de sacerdotisa de la Luna. Las coronas repujadas con diseños de felinos, arañas
o adornadas con una diadema en forma de “V” y una figura de murciélago son típicas de los personajes
sobrenaturales relacionados con el mar, la noche y con el mundo subterráneo,
escribe Régulo Franco.
Ella habría ejercido un rol
soberano entre los moche a pesar de su
extrema juventud, que supone un gran
carácter. Debió influir en el gobierno y en la religión por su capacidad de
vidente definiendo si el año sería bueno o malo para la agricultura, su dominio
para curar y el ejercicio de ceremonias y rituales que la elevaron a un sitial
donde no llegaron otras mujeres ni
hombres de su época. Hay que visitar su museo de sitio para admirarla.
Alfonsina Barrionuevo